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El hombre

  Los ingenieros jamás han ideado una computadora que iguale a la suprema crea­ción de Dios: al hombre.   Un atleta puede correr 40 kilómetros por hora, lanzar una pelota a 160 kilómetros por hora o saltar a una altura de más de dos metros.  Nues­tras actividades comunes y corrientes se deben a la energía de una maquinaria maravi­llosa, que por su complejidad y eficacia haría parecer rudimentaria a la más perfec­cionada de las computadoras.

Consideremos por ejemplo el sistema circulatorio.  Durante cada minuto de nues­tra vida el corazón bombea 4,70 litros de sangre y hasta 14,10 litros en un ejercicio violento.  Esta sangre es bombeada a través de 96.560 kilómetros de arterias, venas y vasos capilares.  Nuestra sangre contiene unos dos billones de glóbulos rojos portadores de oxígeno y 3.000 millones de glóbulos blancos para combatir las enfer­medades.

Los vasos capilares, finísimas tuberías que sirven al torrente sanguíneo, tienen una superficie que cubriría un campo de más de media hectárea.  Una zona del cerebro llamada vasomotor, regula el caudal sanguíneo de acuerdo con las necesidades de cada momento.  Los vasos capilares de los pulmones filtran y purifican el torrente sanguíneo por medio de la respiración.  En el curso de una vida de duración media, respiramos más de 500 millones de veces.  El 95% del cuerpo está compuesto de agua, lo que equivale al 60% del peso medio de una persona.

El cuerpo humano contiene también varias sustancias: grasa suficiente para hacer siete barras de jabón, bastante cal para encalar una habitación pequeña, carbón equivalente a un saco de 13 kilogramos, fósforo para 2.200 cerillas y el hierro existente en un clavo de 2,5 centímetros de largo.  También contiene una cucharada colmada de azufre y 28 gramos de diversos metales diferentes.

Y dice la Palabra de Dios sobre esta maravillosa computadora hecha por las manos del Creador: "Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, confor­me a nuestra semejanza ... Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente" (Gen. 1:26; 2:7).
Science Digest

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