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Boletin dominical - 10/05/09

1. María era una joven temerosa de Dios. Ella NO nació sin pecado, pues era hija de una madre contaminada por el pecado y la engendró un descendiente de Adán. No obstante, la Biblia dice que a ella le fue asignada una parte muy importante en el plan de salvación que Dios diseñó para cuantos deseen ser eternamente salvos. María era como muchas otras doncellas en Israel: una joven que soñaba algún día casarse con un varón piadoso y temeroso de Dios, ser madre y criar a sus hijos en el conocimiento de la ley divina.

Pero... ¡Qué sorpresa se llevó cuando en un momento un ángel, un mensajero celestial le comunicó que ella sería madre de un Hijo no engendrado por un hombre, sino por medio del Espíritu Santo!

 

Es notable que a pesar de tantas dificultades que enfrenta la mujer hoy, la gran mayoría de ellas desea ser madre. Siempre hubo mujeres que nunca se casaron, otras estériles, también se dan casos de mujeres casadas que no tienen hijos porque el problema está en el esposo. Por supuesto que la pareja puede adoptar algunos pequeñitos y suplir esa necesidad de ser padres.

En la Biblia tenemos varios ejemplos de madres. Deseo referirme a una de ellas: María, la madre de nuestro Señor.

1. María era una joven temerosa de Dios. Ella NO nació sin pecado, pues era hija de una madre contaminada por el pecado y la engendró un descendiente de Adán. No obstante, la Biblia dice que a ella le fue asignada una parte muy importante en el plan de salvación que Dios diseñó para cuantos deseen ser eternamente salvos. María era como muchas otras doncellas en Israel: una joven que soñaba algún día casarse con un varón piadoso y temeroso de Dios, ser madre y criar a sus hijos en el conocimiento de la ley divina.
Pero... ¡Qué sorpresa se llevó cuando en un momento un ángel, un mensajero celestial le comunicó que ella sería madre de un Hijo no engendrado por un hombre, sino por medio del Espíritu Santo!
Aunque María no entendía muchas cosas que le fueron dichas, aceptó la misión que le fue encomendada. Para cuando esto ocurría, ella ya era “...desposada con un varón que se llamaba José...” (Lc. 1:27).
¿Qué ocurrió después? María concibió milagrosamente al Hijo que el ángel le anunció.
¿Sabía ella todo cuanto esto implicaba? No, de ninguna manera, ya que lo que de ella se esperaba era creer que Dios cumpliría su promesa.
El relato que encontramos en Lucas 1 es muy completo y toca varios aspectos de lo que ocurrió con ella después que fue notificada por el mensajero de Dios (un ángel), acerca de que esto era lo que el Creador haría.

2. María, cumplido el tiempo señalado por Dios, dio a luz a su Hijo primogénito (el primero) y José, su esposo, lo llamó Jesús.
María era una mujer sencilla, humilde, santa, temerosa de Dios y no dejaba de agradecer a Dios por darle esta oportunidad; es decir, de ser la madre del Salvador.
¿Era fácil para ella explicar cómo es que esperaba un bebé, sin haberse unido aún con José que ya era legalmente su esposo? Es notable que durante los años siguientes, no encontramos que alguien haga referencia a este hecho. Se referían a Jesús como... “hijo de José”. Basta notar lo que se nos dice en Lucas 2:41-52, cuando el Señor se quedó en Jerusalén hablando con los grandes teólogos abriéndoles las Escrituras. Fue entonces cuando María le dijo: Hijo, ¿por qué nos has hecho así? He aquí, tu padre y yo te hemos buscado con angustia (v. 48). Con esto María no estaba diciendo que José era su padre por haberlo engendrado, pero sí lo era porque, junto a su madre, lo había criado. Hasta la fecha decimos que el padre biológico no siempre lo es, ya que es fácil comprender que difícilmente alguien creía que Él no era Hijo de José, sino Hijo de Dios. ¿Era todo esto fácil para su madre, María? ¿No se estarían burlando de ella como de una joven que tuvo un... desliz en la vida y con el argumento de haber concebido a su primer Hijo alegaba que era Hijo de Dios?

3. ¿Qué en cuanto a sus otros hijos que ella tuvo, todos los cuales eran de ambos, de José y María? Aquí no es necesario saber si lo eran o no, lo que vale es lo que la Biblia nos dice (Mt. 13:55, 56). Como vemos, estos cuatro hijos de María y esas... “todas sus hermanas”... tres por lo menos, ¡son en total unos ocho hijos de María! Jesús, su primogénito, no era de José, pero los demás sí lo eran. ¿Creían sus hermanos que él (Jesús, el mayor de todos) era el Mesías? No, no creían: Porque ni aun sus hermanos creían en él (Jn. 7:5).
¿Cómo reaccionaba María a todo esto? ¿Les habló María del nacimiento del Señor?
¿Les dijo cómo ella había creído en Él, reconociéndolo como su Señor, su Dios y su Salvador?
¡Cuánto deseaba esta madre tener algún día a todos sus hijos e hijas consigo como salvos por el mismo Señor! ¿Lo logró ella?

4. Llegó el momento cuando María se vio rodeada de todos sus hijos ya salvos en esa reunión de oración, después que el Señor, a la vista de 120 cristianos ascendió al cielo.
¡Cuántas madres quisieran antes de partir de esta vida, verse rodeadas de todos sus hijos en una reunión como ésta! Todos éstos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos(Hch. 1:14).
¿Quiénes eran esas... mujeres que también estaban presentes en esta reunión?
¿No serían las mismas que aparecen como... “todas sus hermanas?”
¡Qué cuadro tan conmovedor y de tanto significado espiritual!
¿No se habrán burlado de nuestro Señor sus propios hermanos y hermanas? No cabe duda que así fue. Podemos entender por qué “ni aun sus hermanos creían en él”.
José y María, a no dudar, eran los únicos que se habían rendido a Él sabiendo que era el Mesías prometido. Esta era la preocupación de María. Se cree generalmente que para cuando el Señor fue llevado a la cruz, José ya habría muerto. Probablemente era mucho mayor que María. Tal vez le encargó a ella a que se mantuviera firme en la fe para que también todos sus hijos fueran salvos. Pero... ¿Cuál era la reacción de María cuando los otros hermanos del Señor no creían en él y hasta se burlaban (Jn. 7:2-5).
A esto, María sin duda habrá reaccionado siempre tal como lo hizo cuando la gente contaba cómo los ángeles anunciaban el advenimiento de su Hijo primogénito (Lc. 2:19).
Por lo visto, María sabía que ella no podría “regenerar” a sus otros hijos, ya que tal como el Espíritu Santo la asistió para que recibiera a su Hijo como su Salvador, el mismo Espíritu Santo haría su obra en la vida de cada uno de sus hijos.
Para cuando llegó el día de la muerte de esta singular madre, ella estaba segura que sus hijos, todos ellos, y muy probablemente un lindo grupo de nietos un día, uno a uno, partirían para el reencuentro eterno en la patria celestial.
María nunca presumió ser... la reina del cielo, la madre de Dios, la co-redentora, la mediadora más segura y eficiente. Hasta su muerte ella mantuvo su postura de “...He aquí la sierva del Señor...” (Lc. 1:38).
Yo tengo muchas preguntas para María cuando la encuentre en el cielo. Me gustaría que ella me dijera cómo pudo ver a su Hijo y Salvador, crucificado como un criminal. Por lo visto ella no tuvo apoyo de sus hijos en ese momento, razón más que suficiente para que el Señor encargara a Juan para que la recibiera como si fuera su madre (Jn. 19:27). ¡Pero todo cambió cuando el Señor abandonó la tumba vacía! María no quedó desamparada. Fue el Señor quien quedó desamparado por el Padre (Mt. 27:46). Todas las madres deben recordar que jamás serán desamparadas. Puede que el esposo y los hijos la abandonen, pero el Señor no lo hará jamás.

J. A. Holowaty, Pastor

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