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Del tercer mundo al tercer cielo

Nosotros ya sabemos que somos del «tercer mundo». El... «primer mundo» suponen ser los países ricos, como el caso de USA, países europeos y Japón.  Luego viene el «segundo mundo», que serían los llamados «países emergentes», es decir, los que tratan de llegar al primero también.

  Aquí podemos mencionar por ejemplo a Brasil, Argentina, México, Australia, Canadá, Corea del Sur y otros países de Asia, etc.  Luego vienen los países como los centroamericanos, africanos y el Lejano Oriente.  Aquí en el Sur podemos mencionar a Bolivia, Paraguay, Uruguay, etc.

No debemos sentirnos como... despreciados por ser los del «tercer mundo», porque cuando el Señor recoja a los suyos de todo el planeta, seremos los únicos que podremos decir: «Somos los del tercer mundo», o mejor dicho: «éramos, pero… ¡ahora estamos en el tercer cielo!».

Cuando se produzca el arrebatamiento, el Señor recogerá a todos los suyos de todos los países y entonces todos juntos estaremos en el TERCER CIELO.
El apóstol Pablo nos dice que tuvo la oportunidad de dar un vistazo a ese TERCER CIELO.  Con todo el conocimiento que tenía y lo inteligente y educado que era, dice él que le era imposible explicar en términos humanos lo que en ese viaje relámpago había visto: “Conozco a un hombre en Cristo, que hace catorce años (si en el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe) fue arrebatado hasta el tercer cielo.  Y conozco al tal hombre (si en el cuerpo, o fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe), que fue arrebatado al paraíso, donde oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar” (2 Co. 12:2-4).

Al escudriñar las Escrituras, notamos que en realidad se nos dice que existen tres cielos.  El primero es el espacio que podemos ver.  El segundo viene a ser la bóveda celeste que también vemos, donde, desde nuestra perspectiva aparecen el sol, la luna, las estrellas y las galaxias. El tercer cielo, cuyo nombre es también el Paraíso, coinciden los teólogos serios, que es el lugar donde habita Dios.  ¡Qué interesante que Él no habite en el primero ni en el segundo, sino en el tercero!  Muy lejos de nuestro planeta llegaremos en una fracción de segundo, “en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta”: “He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados” (1 Co. 15:51).

Cuando volamos en avión, mientras tramitamos nuestra tarjeta de embarque, la pregunta casi obligatoria que se nos hace es: «¿cuántos equipajes lleva?». Otra pregunta es: «¿Cuántos son los que viajan?», especialmente si las valijas son varias.

Yo mismo, como he viajado tanto y siempre con más valijas de lo permitido, para no pagar extra, solía comenzar a cargarlas unos diez días antes de la salida, porque luego olvidaría algunas cosas importantes.

Pero... ¡Cuán diferente será este viaje!  No tendremos equipaje alguno, ya que incluso nuestro cuerpo tendrá que ser otro para poder entrar a ese... Paraíso, a la presencia de Dios.  De nada valdría preparar ropa muy elegante y de última moda, “porque la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción.  He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados” (1 Co. 15:50, 51).  Dicho esto en términos más sencillos, otra versión lo traduce así: «Les voy a revelar ahora un extraño y glorioso secreto: No todos moriremos, pero todos recibiremos nuevos cuerpos.  Ocurrirá en un abrir y cerrar de ojos, cuando suene la trompeta final.  Cuando la trompeta suene, los cristianos que hayan muerto resucitarán con cuerpos nuevos que jamás morirán; y los que estemos vivos recibiremos de repente cuerpos nuevos también».

Pero esto no es todo, porque sucederán otras cosas que el Señor hará en cuestión de fracción de segundo.  ¡Todos los salvos que murieron resucitarán, pero ya en sus cuerpos nuevos y los que en ese momento estén aún viviendo en sus cuerpos serán cambiados en menos de un segundo!: “En un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados.  Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad” (1 Co. 15:52, 53).  De nuevo veamos cómo aparece este texto en la paráfrasis bíblica: «Ocurrirá en un abrir y cerrar de ojos, cuando suene la trompeta final.  Cuando la trompeta suene, los cristianos que hayan muerto resucitarán con cuerpos nuevos que jamás morirán; y los que estemos vivos recibiremos de repente cuerpos nuevos también, porque es imprescindible que este cuerpo corruptible nuestro se convierta en un cuerpo celestial, incorruptible e inmortal».

Pero... ¿Es verdad que nada llevaremos con nosotros?  Sí, llevaremos con nosotros nuestras obras.  No olvidemos que esto es únicamente para los salvos, y estos sin duda habrán creído en las doctrinas bíblicas, por lo tanto sus creencias serán analizadas a la luz de su vivir: “Oí una voz que desde el cielo me decía: Escribe: Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor.  Sí, dice el Espíritu, descansarán de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen” (Ap. 14:13).  Cuando Juan dice que “sus obras con ellos siguen”, se refiere a las almas que habremos conducido a Cristo, gracias a nuestro esfuerzo por invertir en algo tan maravilloso.  Los que entienden y creen en la doctrina del arrebatamiento nunca discuten si el diezmo es o no para los cristianos.  Lo ven muy poco y prácticamente trabajan acumulando en el cielo.  Allí no se pierde nada.  El “Contador” es el mismo Señor.

Aquí podemos entender mejor las palabras de Jesús: “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan” (Mt. 6:19, 20).  Podríamos traducir estas palabras así: «No acumulen tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido corrompen».

Y... ¿Cuándo sucederá esto?  ¡Nadie sabe, porque Dios prefirió mantenerlo en secreto!: “Pero de aquel día y de la hora nadie sabe, ni aun los ángeles que están en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre” (Mr. 13:32).  Han habido muchos y los tenemos hoy, quienes fijaron y fijan fechas exactas como si supieran cuándo sucederá.  Pero el Señor fue claro cuando dijo: «Sin embargo, nadie, ni los ángeles del cielo ni yo mismo, sabe el día ni la hora en que esto ha de acontecer; sólo el Padre lo sabe».  Muchos cristianos “se rompen la cabeza” para poder entender cómo es que el Señor es Dios mismo y ahora dice que la fecha y la hora nadie sabe, «ni yo mismo». En cuanto a mí, resolví este problema: ¡simplemente lo creo y se acabó!

¿Cómo es que uno puede estar preparado para partir junto con los millones que lo harán?  El pasaje ya fue pagado hace más de dos mil años cuando el Señor murió por nosotros colgado de una cruz.  Todo lo que usted debe hacer para estar seguro de que partirá, es recibir por la fe a Jesucristo como Salvador personal.  Si hasta ahora ha creído en su religión, en María, la madre de Jesús, en los “santos”, (canonizados por lo impíos [aunque se autoproclamen Píos]), tenga por seguro que eso NO es «recibir a Cristo y ser salvo». Note bien lo que dice la Biblia: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Jn. 1:12).

¡Y pensar que usted lo puede hacer ahora mismo, elevando una breve plegaria al Señor, arrepentido de sus pecados y depositando su fe en Él!  ¿Lo hará?  Si lo hace, ¡nos iremos juntos!

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