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¿Un santo o un cristiano falso?

El 13 de mayo de 2005, el cardenal Camillo Ruini, vicario para la ciudad de Roma, inició formalmente el proceso de beatificación de Juan Pablo II.  Para ello, el actual papa Benedicto XVI concedió dispensa del plazo de cinco años de espera después de la muerte, que requiere el derecho canónico católico para iniciar el proceso de beatificación.

Lo mismo que hizo el propio Juan Pablo II con el proceso de beatificación de la Madre Teresa de Calcuta.

El 2 de abril de 2007, a dos años de su muerte, concluyó la fase diocesana del proceso de beatificación, reuniéndose todos los testimonios sobre su vida y sus presuntos milagros, destacándose el de la monja francesa Marie Simon Pierre, quien dice haber sido curada por intercesión del pontífice fallecido, de la enfermedad de Parkinson a dos meses de su muerte.

En una misa que se realizó en la plaza de San Pedro el mismo día, el papa Benedicto XVI informó, que finalizada la primera fase del proceso de canonización, le había concedido a Juan Pablo el título de Siervo de Dios, y el 19 de diciembre de 2009 lo declaró «Venerable».

Después de su muerte, muchos católicos, desde el cardenal británico Cormac Murphy-O’Connor hasta periódicos italianos como L’Osservatore Romano, o su sucesor Benedicto XVI, se refieren a él como Juan Pablo Magno, aunque se ignora si le impondrán este título póstumo.  También, muchos seguidores del pontífice durante los actos de exposición pública de su cadáver demandaron que fuese canonizado de inmediato, gritando «Santo Súbito», que quiere decir «¡Ya es Santo!».

Sin embargo, de acuerdo con la Biblia, la palabra «santo» que se origina del griego hagios significa «consagrado a Dios», y se usa para referirse a cualquiera que ha recibido a Cristo como su Señor y Salvador y que ha sido apartado para su reino.  Hay varios pasajes de la Escritura que definen de alguna forma el carácter de los santos, tal como estos que dicen:

•    “Que la recibáis en el Señor, como es digno de los santos, y que la ayudéis en cualquier cosa en que necesite de vosotros; porque ella ha ayudado a muchos, y a mí mismo” (Ro. 16:2).
•    “A fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo” (Ef. 4:12).
•    “Pero fornicación y toda inmundicia, o avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como conviene a santos” (Ef. 5:3).
Por lo tanto, de acuerdo con la Escritura, los santos son el cuerpo de Cristo, su iglesia.  Todos los cristianos son considerados santos, y se les llama santos.  Así lo afirma 1 Corintios 1:2: “A la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro”.

Sin embargo, para los católicos ser santo significa algo muy diferente a lo que enseña la Biblia.  En la teología católico romana los santos están en el cielo, pero la Escritura dice que se encuentran en la tierra.  En la enseñanza católica una persona no puede ser santa, a menos que primero sea “beatificada” y después “canonizada”, por el Papa.  En la Biblia, todos los que hemos recibido a Jesucristo por fe, como Señor y Salvador somos santos.  En la práctica católica los santos son reverenciados, se les reza, se les considera intercesores capaces de otorgar milagros y hasta se les adora.  En la Biblia, los santos son llamados a reverenciar, adorar y orar únicamente al Dios Todopoderoso.

Conforme reflexionaba en la vida de este hombre, no podía dejar de pensar en la terrible advertencia que diera el apóstol Pablo: “Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema.  Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema” (Gá. 1:8, 9).

Las palabras de Pablo no pueden ser más claras.  Él incluso repite el punto, para enfatizarlo.  El mensaje es, que cualquiera que presente un evangelio diferente al que está revelado en la Escritura, así sea hombre o ángel, sea anatema, es decir, sea maldito.

Por 26 años Juan Pablo II violó esta advertencia del apóstol.  Durante su papado guió a millones hacia las tinieblas espirituales, al enseñarles que una persona puede ganar la salvación por medio de las buenas obras.  Tal enseñanza es una mentira demoníaca y es una blasfemia de la sangre de Jesús.

Predicó muchas otras doctrinas antibíblicas, pero la salvación por medio de las buenas obras, fue uno de sus errores básicos.  Esto es algo completamente ajeno a la Palabra de Dios.  Nadie puede ser salvo por las buenas obras, ni siquiera un hombre como él.  Es así como lo declara el apóstol Pablo en Efesios 2:8 y 9: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”.

Otra de las cosas terribles que hizo este Papa, fue exaltar el culto a María por encima de todas las cosas.  Dedicó su vida por entero a María.  Cuando fue consagrado obispo de Krakow por Pío XII en 1985, adoptó como su lema la frase Totus Tuus, que significa «todo tuyo», al ofrecerse a sí mismo a María.  En su primer mensaje como Papa ante el mundo, dijo: «En esta hora tan difícil, colmada de temores, debemos volver nuestros pensamientos con devoción filial a la virgen María quien siempre vive en medio de Cristo y existe como su madre.  Debemos repetir las palabras ‘Totus Tuus’ e inscribirlas en nuestro corazón y alma».

Adicionalmente, en la oración del Padre Nuestro para el año mariano, Juan Pablo le agregó: «Susténtanos, oh virgen María, en nuestra jornada de fe y alcanza para nosotros la gracia de la salvación eterna». ¡Qué gran blasfemia al pedirle a María que obtenga para nosotros lo que Dios nos ofrece gratuitamente por su gracia a través del Señor Jesucristo!

En una homilía que pronunciara en la plaza de San Pedro el 9 de abril de 1997, Juan Pablo II dijo: «En unión con Cristo y cediéndole un lugar a él, ella colaboró para obtener la gracia de la salvación para toda la humanidad... Porque Dios habiendo creado al hombre como ‘hombre y mujer’ también llevó a cabo su redención de la misma manera.  Por eso el Señor quiso poner a la Nueva Eva al lado del Nuevo Adán... Fue así como María, la Nueva Eva, se convirtió en el ícono perfecto de la iglesia, porque ella en el plan divino representa bajo la cruz la humanidad que contribuyó a redimir».

Esto no es sólo un disparate, sino una blasfemia de la peor clase.  La Biblia en ningún lugar dice que María es la Nueva Eva, por el contrario afirma: “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Ti. 2:5), además agrega del Señor Jesucristo, que él “...efectuó la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo...” (He. 1:3c).  El Señor Jesucristo no recibió ayuda de ninguna clase para obtener nuestra salvación.  María era una pecadora y fue salva de la misma forma como somos salvos todos los pecadores, al depositar su fe en el Señor Jesucristo como su Señor y Salvador.  Ella no es Madre de Dios o Reina del Cielo.  Los apóstoles nunca la exaltaron, ni enseñaron que debemos orar a ella.  Tampoco puede responder a las oraciones, mucho menos ayudar a nadie en necesidad, ni espiritual ni físicamente.

Este Papa urgió a todos los cristianos a que aceptaran a María como su madre.  Citando las palabras expresadas por Jesús en la cruz cuando le dijo a Juan: “He aquí tu madre…” (Jn. 19:27a), aseguró que con esta declaración el Señor instituyó la adoración a su madre, como madre de toda la iglesia.

Juan Pablo enseñó «que María es el sendero que conduce a Cristo, y que nuestra devoción filial a ella, de ninguna manera disminuye nuestra intimidad con Jesús, sino que le aumenta, conduciéndonos hacia los niveles más altos de perfección». Concluyó pidiéndole a los cristianos «que dejaran un espacio especial para María reconociendo su papel providencial en el sendero de salvación».

¡Todo esto es completamente herético y blasfemo!  La Biblia no dice absolutamente nada a este respecto.  Ella no es la Madre de Dios, ni siempre Virgen, Reina de la Salvación, o Corredentora y Comediatrix con Cristo.  No puede ni escuchar ni responder las plegarias, porque eso sólo es una prerrogativa del Dios Todopoderoso.  La humanidad no necesita a María para llegar ante Cristo, sino que pueden hacerlo directamente. Él mismo nos dijo: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mt. 11:28).

Este hombre visitó las principales iglesias y basílicas en el mundo erigidas a María.  Atribuyó, el haber sido librado de la muerte cuando fue víctima del ataque de un asesino, y el derrocamiento del comunismo en Europa Oriental, a la intervención de María.  Roma no es la iglesia del Señor Jesucristo, sino la sinagoga de María, algo inventando por los Papas y fomentando más que nadie por Juan Pablo II.   En la verdadera iglesia cristiana, nuestro Señor tiene toda la preeminencia, en la iglesia de Roma, María.

Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios Espíritu Santo, fueron degradados a un lugar secundario por Papas considerados infalibles. Tenga bien presente que no me estoy refiriendo a María, la madre de Jesús, sino a esa mujer inventada por Roma, muy diferente a la María del Nuevo Testamento, y estas dos Marías, están tan distante la una de la otra, como el infierno del cielo.

El Nuevo Testamento dice muy poco de María.  Uno de esos incidentes fue, cuando ella, sus hijos e hijas estuvieron buscando al Señor, y dice el registro bíblico, que “mientras él aún hablaba a la gente, he aquí su madre y sus hermanos estaban afuera, y le querían hablar.  Y le dijo uno: He aquí tu madre y tus hermanos están afuera, y te quieren hablar.  Respondiendo él al que le decía esto, dijo: ¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos?  Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos.  Porque todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y hermana, y madre” (Mt. 12:46-50).

Note que el Señor Jesucristo nunca le llamó «madre», sino “mujer”.  También se le menciona durante la crucifixión de Jesús y finalmente como uno de los cristianos que se encontraban en el aposento alto, antes de la llegada del Espíritu Santo.

La profesora de Biblia Loraine Boettner declara: «Los apóstoles no la honraron de manera especial.  Pedro, Pablo y Juan no mencionan su nombre ni siquiera una vez en las epístolas que escribieron para las iglesias.  Juan la cuidó hasta que murió, pero no la nombró en ninguna de sus tres epístolas o en el libro de Apocalipsis».

Cuando la iglesia fue instituida en Pentecostés, sólo se citó un nombre mediante el cual podemos ser salvos: “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hch. 4:12).  En donde quiera que la Biblia se refiere a la abundancia de gracia, no encontramos mención alguna a María.  Sin duda ese silencio es una reprensión contra todos esos que fabricarían un sistema de salvación a su alrededor.  Dios nos dio todo el registro posible concerniente a ella, y en él no encontramos indicación alguna que debemos profesarle adoración o veneración de ninguna clase.

¡Cuán obvia es entonces toda esta falsedad creada por los romanistas, de darle la adoración y devoción primaria a María!

Cuando Dios la escogió para ser el vaso en el cual se encarnó la segunda persona de la Santísima Trinidad, Dios el Hijo, por ese privilegio especial, dice la Escritura que sería «Bendita entre las mujeres», no por encima de todas, ni mucho menos por encima de Dios.  Sin embargo, Juan Pablo II proclamó:

•    Su inmaculada concepción
•    La que nunca cometió pecado
•    Su eterna virginidad
•    Su posición como Corredentora
•    Sus milagros ilimitados
•    Su ascenso al cielo en cuerpo y alma
•    Su coronación como Reina del Cielo
•    Su posición, superior a la de Dios
•    Sus muchas fiestas
•    Sus muchos títulos

Esta mujer que tanto adoró Juan Pablo II, es alguien irreconocible, muy diferente a la María de la Escritura.  La supuesta “Madre de Dios” es un maniquí inventado por Roma, su diosa y deidad suprema, su máximo ídolo.  Y Juan Pablo II ha sido hasta ahora, su mayor promotor.  Y después de todo esto, yo le pregunto: ¿Cree usted que Juan Pablo II sea un santo?

Las personas en general, pero especialmente los medios noticiosos aseguran que este hombre hizo muchísimas cosas buenas durante su reinado como Papa.  Que transformó radicalmente el papado, de la misma forma como Franklin Roosevelt transformó la presidencia norteamericana.

Antes de él, el oficio papal era considerado como exclusivo de los italianos, pero Juan Pablo lo internacionalizó al llevarlo a los cuatro puntos cardinales del planeta y visitar 129 países diferentes, de los 195 países que hay en el mundo.  Es cierto que sólo 192 países son miembros de las Naciones Unidas, pero entre ellos no se incluye El Vaticano, Kosovo y Taiwán.  Es por esta razón que se le reconoció como un líder dinámico y generoso.

Sin embargo, el Vaticano cuenta con riquezas cuantiosas e incalculables en el mundo entero.  Posee cientos de millones de acciones en las corporaciones internacionales más poderosas del mundo, tales como Gulf Oil, Shell, General Motors, Bethlehem Steel, General Electric, International Business Machines, TWA y muchas otras.  Si hacemos un cálculo conservador, sólo en Estados Unidos sus inversiones sobrepasaban a mediados de la década de 1990, los 500 millones de dólares.

En esa época, la Arquidiócesis de Boston declaró que su capital en los bancos, ascendía a más de 636 millones de dólares. Si sumamos la riqueza de las 28 arquidiócesis y las 122 diócesis en Estados Unidos, siendo que algunas de ellas son más ricas que la arquidiócesis de Boston, es posible estimar a cuánto asciende la increíble riqueza de la iglesia, ¡y eso solamente en Estados Unidos!

Por las declaraciones de un miembro de la Conferencia Católica de Nueva York, podemos tener una idea de los bienes raíces y otras formas de riqueza que controla la Iglesia Católica.  Este hombre afirmó, «que probablemente su iglesia ocupa el segundo lugar, sólo después del gobierno de Estados Unidos, en el total de compras anuales».

Tal vez es aún más reveladora, la declaración que hizo un sacerdote católico y periodista nacionalmente conocido, quien dijo que, «la Iglesia Católica sin duda es la corporación más grande de Estados Unidos.  Tenemos una sucursal en cada vecindario.  Nuestro capital y bienes raíces probablemente sobrepasen los de Standard Oil, A.T.&T. y U.S. Steel juntos.  La lista de nuestros miembros que contribuyen con la iglesia, sin duda está en segundo lugar, sólo después de la lista de contribuyentes de impuestos del gobierno de Estados Unidos».

Cuando se toma en cuenta el total de su capital activo, cualquiera puede darse cuenta que la Iglesia Católica es el corredor de bolsa más grande del mundo.  Independientemente de cada sucesión papal, el Vaticano ha enfocado su creciente interés en Estados Unidos.

El periódico The Wall Street Journal comentó, «que los tratos financieros del Vaticano, sólo en Estados Unidos, eran tan grandes que frecuentemente vendía o compraba oro en lotes de un millón de dólares o más a la vez».

La revista United Nations World Magazine calculó, que el tesoro en oro sólido del Vaticano llega a varios miles de millones de dólares.  Una gran cantidad está almacenada en lingotes de oro en el Banco de la Reserva Federal de Estados Unidos, y el resto se encuentra en bancos de Inglaterra y Suiza.  Sin embargo, esto es solamente una pequeña porción de la riqueza del Vaticano, la que sólo en Estados Unidos supera a la de las cinco corporaciones gigantes más ricas del país.

Si a todo esto le sumamos los bienes raíces, propiedades, bonos y acciones en el extranjero, obras de arte en el propio Vaticano, riqueza y ornamento de sus templos, entonces tenemos que la asombrosa acumulación de riqueza de la Iglesia Católica llega a ser tan grande que es difícil de evaluar racionalmente.

La Iglesia Católica es la mayor potencia financiera y propietaria de bienes que existe sobre la faz de la tierra.  Posee más riquezas materiales que cualquier otra institución, corporación, banco, fiduciaria, gobierno o estado en todo el mundo.  Por tanto, el Papa como administrador visible de esta inmensa riqueza, es la persona más rica del mundo.  Nadie puede calcular en forma realista a cuánto asciende su fortuna en términos de billones de dólares.

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, cada día mueren de hambre unos 16.000 niños en el mundo, eso sin contar los adultos que sucumben por la misma causa.  Es decir, que cada cinco segundos muere una persona de hambre en el planeta.  Se asegura que Juan Pablo II evidenció una gran pasión por la paz, la igualdad y una gran compasión por los pobres.  Y si era un santo tan generoso, tan magnánimo, ¿por qué no tomó tan siquiera alguna de sus vajillas de oro en el Vaticano o su trono de oro, y lo donó para aliviar el hambre de tantas personas?

También se dice que fue un hombre justo, que su reinado jamás se vio empañado por inmoralidad personal o corrupción, a diferencia de muchos otros de sus predecesores, y que además se opuso firmemente a males como el aborto, la eutanasia, la homosexualidad y los matrimonios entre personas del mismo sexo.  Que se opuso al comunismo y que le dio gran apoyo a los movimientos anticomunistas en Europa Oriental.

Siendo este hombre tan moral, ¿cómo es posible que tolerara el abuso y la corrupción en la Iglesia Católica?  A pesar de su nivel “tan alto” de moralidad, pasó por alto la inmoralidad tan propagada dentro de su iglesia.  Toleró la corrupción administrativa al trasladar a los sacerdotes ofensores de ciudad en ciudad y de país en país, para protegerlos contra la persecución por ser criminales.  Igualmente se negó a cambiar la doctrina antibíblica del celibato sacerdotal.

Sólo para que tenga una idea, en Estados Unidos, La Junta Nacional para Protección de los Niños y Jóvenes establecida por la Conferencia Norteamericana de Obispos Católicos, tuvo mucha dificultad para determinar el grado de abuso cometido en este país contra menores, por los sacerdotes católicos.

Muchas diócesis se negaron a cooperar y a aportar información, asimismo diversas organizaciones religiosas. Ahora tenga presente que aquí sólo se incluyó el abuso contra niños, sin contar las miles de situaciones en que los sacerdotes han sido acusados de mantener relaciones ilícitas con monjas, mujeres, hombres, y con los jóvenes seminaristas. Tampoco se hizo mención a las muchas vidas que han sido destruidas por el abuso de alcohol, drogas, violencia, suicidio y sexo sin protección en los seminarios.

Muchas de las víctimas se negaron a testificar por miedo a las represalias.  Tampoco se dijo nada sobre los múltiples abusos de toda naturaleza cometidos por los sacerdotes de esta iglesia, como robo, engaño y demás.  He aquí la conclusión de esta conferencia:

•    Sacerdotes, diáconos y obispos, acusados en Estados Unidos como pedófilos y pederastas entre 1950 al año 2000: 4.392.
•     Personas que los acusaron: 10.667.
•    Edades de las víctimas:
* Menores de 7 años: 5,8%
* Entre 8 a 10 años: 16%
* Entre 11 a 14 años: 50,9%
* Entre 15 a 17 años: 27,3%

•    Sexo de las víctimas
* Niños: 81%
* Niñas: 19%

•    Tiempo que duró el abuso
*  38,4% de las víctimas dijeron que el abuso duró más de un año.
*  21,8% que fueron abusados por uno a dos años.
*  28% de dos a cuatro años, y el resto
*  11,8% por más tiempo.

Los abusos fueron cometidos en las residencias de los sacerdotes, en las iglesias, escuelas y otros lugares más. Ahora tenga bien presente, que esto sólo es Estados Unidos, y si contamos con que hay 195 países en el mundo, esto le dará una mejor idea.  Estas cifras tampoco incluyen los 800 sacerdotes que fueron removidos de sus ministerios por abuso en Estados Unidos, que no están incluidos en esta lista.

Esto fue lo que escribió Rod Dreher en un editorial publicado en el periódico Dallas Morning News: «Es un hecho triste, pero indiscutible... que como gobernador de la iglesia, Juan Pablo II fue un gran fracaso.  Lejos de ser el recto disciplinario que retrataron los medios noticiosos, siempre se negó a confrontar a los malos obispos, la mayoría de ellos nombrados por él mismo, y a impartir efectivamente y de acuerdo con su propio catecismo, su liderazgo pastoral en la iglesia».

Su pervertido ecumenismo

Otra de las cosas alarmantes que hizo durante su papado, y por lo cual fue aclamado mundialmente, fue acercarse a todas las religiones del mundo, en un intento por someterlas bajo la influencia de la Iglesia Católica.  Al hacer esto, comenzó a pavimentar el camino para el establecimiento de la religión mundial del Anticristo.

Un buen ejemplo de lo que estoy diciendo, fue lo que tuvo lugar en octubre de 1986, cuando Juan Pablo II invitó a los líderes de todas las religiones del mundo para que fuesen a Asís, Italia, a unirse con él para rezarle a sus dioses por la paz mundial.  Pero... ¿Es que acaso creía que los dioses de ellos eran reales?  ¿O sería que creía que los dioses de ellos eran iguales a los de él?  Uno de esos líderes que acudió fue Dalái Lama, quien es considerado por sus seguidores como un dios.  Pero entonces... ¿Fue que este hombre se rezó a sí mismo?

Esta extraña reunión de líderes espirituales fue atendida, entre otros por seguidores de Confucio, sintoístas, budistas, hindúes, wiccans, brujos africanos, chamanes de los indígenas norteamericanos y muchos otros representantes de todas las creencias paganas.  El Papa les dio la bienvenida con gran entusiasmo a todos.  ¡Qué gran contraste entre ese hombre y el gran profeta Elías, quien hizo descender fuego del cielo sobre los profetas del dios falso Baal!

Juan Pablo II fue el primer Papa en visitar una mezquita musulmana.  Fue el primero también en besar públicamente El Corán.  Es difícil creer que un “líder cristiano” le otorgue su bendición a un libro escrito por un hombre que estaba poseído por los demonios, ¡un libro que niega la Deidad de Jesús!  Juan Pablo llegó al extremo de proclamar al dios del islam, como el mismo Dios del cristianismo, cuando la realidad es que son tan opuestos como la luz a las tinieblas.

Juan Pablo II enseñó que después de ganar su salvación, al morir usted todavía tiene que ir a un lugar llamado purgatorio, para purgar por sus pecados mediante el sufrimiento.  La Biblia no hace mención a tal lugar.  Además, el propio concepto del purgatorio es una blasfemia contra Jesús, porque la Biblia dice que su sangre fue suficiente para expiar por todos nuestros pecados: “...Y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Jn. 1:7b).

Este hombre perpetuó la mentira de que Jesús es crucificado una y otra vez en el sacrificio de la misa que se celebra miles de miles de veces cada día en todas las iglesias católicas del mundo.  La Biblia enseña que el sacrificio del Señor Jesucristo sobre la cruz fue suficiente para proveer redención: “Y no para ofrecerse muchas veces, como entra el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre ajena.  De otra manera le hubiera sido necesario padecer muchas veces desde el principio del mundo; pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado” (He. 9:25, 26).  Fue por esa razón que sus últimas palabras sobre la cruz fueron: “Consumado es” (Jn. 19:30b).

Este hombre continuó con el mito de otorgarle santidad a personas muertas, para que otros les oren.  Durante su papado, canonizó un total de 500 “santos”, más que todos sus predecesores a lo largo de quinientos años.  No olvide que a los católicos se les anima a que recen a estas personas y que les pidan que intercedan por ellos.  Cuando Juan Pablo murió, un vocero del Vaticano lo declaró santo de inmediato, cuando dijo: «Hasta este día había estado rezando por el Papa, pero desde hoy le rezó a él». ¡Increíble!

La Biblia enseña que todas las recompensas serán entregadas por el propio Jesús ante el tribunal de Cristo:

•    “Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo” (Jn. 5:22).
•    “Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo” (2 Co. 5:10).

El cristianismo verdadero no es una religión, sino una relación personal.  Es por eso que Jesús dijo: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Jn. 17:3).  Note que Jesús no dijo que la salvación se encuentra en ser miembro de una iglesia, ritos o buenas obras, sino en una relación personal con el Señor Jesucristo.

Esta relación comienza cuando experimentamos el nuevo nacimiento, cuando depositamos nuestra fe en Jesús como Señor y Salvador.  Es asombroso ver cuántos que profesan ser cristianos, niegan el nuevo nacimiento, porque el término los identifica con los cristianos evangélicos conservadores, a pesar que el Señor Jesucristo dijo que nadie puede entrar al cielo si no ha nacido de nuevo: “Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Jn. 3:5).

Cuando usted habla con un católico, usualmente le dirá que espera ser salvo porque es miembro de la iglesia, o porque atiende misa regularmente. Uno de sus argumentos más comunes es que piensan que tienen bastante posibilidad de ir al cielo porque viven una vida mucho mejor que la de algunos de sus amigos o familiares.  Lo que no entienden es que Dios no evalúa a nadie por sus obras, sino de acuerdo con la cruz.

Es así como toda la supuesta bondad y justicia de Juan Pablo II, palidece en comparación con el daño incomparable que hizo al propagar las falsas doctrinas de Roma, por su avaricia al permitir tanta miseria en el mundo, mientras él mismo comía en vajillas de oro, y por permitir tanta corrupción dentro de su iglesia.

El pastor Barry Cameron, de la Iglesia Cristiana Crossroads en Grand Prairie, Texas, el día que Juan Pablo II murió, resumió así la vida de este hombre.  Dijo: «Durante su entero papado, predicó otro evangelio; propagó otro método de oración; promovió otro sendero al cielo; perpetuó otra forma de bautismo; persuadió a otra generación más para que siguiera enseñanzas fabricadas por el hombre, en lugar de seguir la Biblia; promovió a María por encima de Jesús; protegió a un número incontable de corruptos; y se elevó a sí mismo a una posición antibíblica de autoridad que no le correspondía.  ¿Cree que puede sorprenderle a alguien que haya ido ‘a otro lugar’?».

Mike Gendron, un ex católico que ahora dirige un ministerio para los católicos que se llama Proclamando el Evangelio, escribió el siguiente resumen sobre el papa Juan Pablo II: «Este Papa nunca reclamó ser Dios, pero se complació en que le llamaran con títulos que sólo están reservados para el Creador.  Le usurpó el nombre de ‘Santo Padre’ a Dios el Padre, de ‘Cabeza de la Iglesia’ al Señor Jesucristo, y de ‘Vicario de Cristo’ al Espíritu Santo, a quien Jesús prometió que enviaría en su lugar.  Juan Pablo a menudo se sentaba en pomposa arrogancia sobre su trono real de oro, mientras sus súbditos fieles se arrodillaban a sus pies.  Nunca rehusó ser adorado, tal como hiciera Pedro cuando Cornelio salió a recibirlo y se postró ante sus pies, y le ordenó de inmediato: ‘Levántate, pues yo mismo también soy hombre’ (Hch. 10:26)».

Este hombre no era “el Santo Padre”, sino un pecador como todo el resto de nosotros.  Él no podía ganar su camino al cielo, sino que ya tuvo que enfrentarse con el Dios Santo y Todopoderoso!

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