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Porqué Aláh no es Dios

En el idioma árabe la palabra Aláh significa "el dios". Es una contracción de la palabra compuesta Al-iláh. Al es un artículo definido, singular, que significa Él y la palabra Iláh que connota el concepto de ‘poder’, ‘de dios fuerte’. En conjunto las dos palabras enfatizan la unicidad del todopoderoso dios.

Al-ilháh en su forma contraída de Aláh estaba en uso corriente como uno de los títulos que las tribus árabes paganas daban a un ídolo popular, el dios-luna. Las tribus del tiempo de Mahoma percibían al dios-luna como una deidad masculina.

Es digno de nota que el término Aláhno es una palabra que inventa el profeta del Islam Muhammad (Mahoma), ni que tampoco fue acuñada originalmente por el Corán. Por largo tiempo Aláh era un nombre de uso común y corriente entre las tribus árabes, incluyendo la tribu Quraysh, de la que procedía Mahoma. Aláh pues resulta ser un término pre-Islámico, o sea, anterior al Islam, y al nacimiento de su profeta. Lo prueba el hecho de que la palabra Aláh se ha encontrado repetidas veces en inscripciones arábicas antiquísimas según afirma la Enciclopedia Británica y confirma la Enciclopedia Islámica. Era común que los árabes idólatras añadieran a sus nombres propios la terminación Aláh para eslabonarse o identificarse con el culto al dios-luna. Entre ellos, el padre y el tío de Muhammad(Mahoma). De ahí que el nombre del padre del profeta fuera Abd - Alláh, y el de su tío fuera Obied - Alláh.

Mucho tiempo antes de nacer Mahoma las tribus árabes venían adorando a este Aláh, conjuntamente con otros 360 o más ídolos residentes en el santuario de la Ka´báhoKa´abah en la ciudad de Meca (Makka). Según las creencias paganas de la época, Al-ilah o el dios-luna, estaba casado con la diosa-sol que era percibida por las tribus árabes como una deidad femenina y esposa de Aláh. Las estrellas eran sus hijas. Por cierto, el símbolo de la luna en su cuarto creciente, con las estrellas a su lado, simbolizaba al dios-luna acompañado de sus hijas. Los nombres de éstas eran Al-Lat, Al-Uzza y Monat. Al-Lat, y Al-Uzza son formas femeninas del nombre Aláh. Alrededor de estas tres diosas hijas de Aláh se generalizó un culto que se propagó como pólvora por la península arábica y que era especialmente peculiar de la tribu Quraysh. De dicho culto y su extensión dan fe numerosos hallazgos arqueológicos.

En diversas excavaciones arqueológicas se han encontrado estatuillas del dios-luna en la que se ve la luna en cuarto creciente. Esta fase lunar es la que exhiben en sus banderas nacionales distintos países islámicos y ocupa un lugar prominente en todas o en la mayoría de las mezquitas musulmanas alrededor del mundo. El origen pagano de Aláh, por sí solo, descalifica de cuajo a Aláh como dios viable, aunque como veremos más adelante, ésta no es la única razón para descalificarlo.

Como es sabido, el profeta Mahoma fue criado en la religión del dios-luna. Su familia y su tribu se consideraban a sí mismos descendientes de Ismael y eran además los custodios del culto a Aláh. Las tribus árabes concurrían en masa al panteón en la Ka´báhpara adorar sus dioses. La tribu Quraysh consideraba a Aláh como una deidad mayor o superior y también a las hijas de Aláh. Descansaba además entre los dioses de la Ka´báh la famosa piedra negra o meteorito sagrado, que los árabes tenían como "talismán de buena suerte".

La palabra Ka´báhdesigna la estructura cuadrada o más bien cúbica que hasta el sol de hoy es una estructura sacrosanta para el musulmanismo. Hacia éste cubículo se orientan todavía los rostros de millones de árabes y de muslims de otras nacionalidades en el momento que ofrecen sus rezos cinco veces al día. Los musulmanes creen que Adán construyó la Ka´báh y que posteriormente la repararon Abraham y su hijo Ismael. Sus paredes están forradas exteriormente por un elaborado revestimiento de lienzo negro con bordados de oro. Este lienzo exhibe además frases de caligrafía coránica.

El interior de la Ka´báh está vacío y sólo se entra allí una vez por año cuando le hacen una limpieza ritual. En tiempos modernos vienen todos los años a la Ka´báh millones de peregrinos de todo el mundo islámico. Con ello buscan cumplir el requisito u obligación que les impone el quinto pilar de su religión. El quinto pilar o Jajj (jash) requiere que todo muslim en condición de hacerlo, haga una peregrinación a la Meca (Ma kka) a lo menos una vez durante el ciclo de su vida.

Cuando Mahoma escogió del panteón de dioses de la Ka´abah a Aláh como el dios único, disparó por las nubes el status de este ídolo. De la noche a la mañana Aláh se graduó de ser un ídolo común y corriente, entre muchos otros, al sitial exclusivo de "el dios" (al-ilah). Presumo que dicha promoción precipitó la formulación del primer pilar del nuevo credo, o sea, la profesión de fe que hacen a diario millones de muslims y la cual reza: al ilaha il alah ua muhammad rusul alah! Esta declaración de fe que debe hacerse siempre en árabe, significa: "Sólo Aláh es Dios y Muhammad es su profeta" (o apóstol).

Eventual y paulatinamente se hizo necesario ir construyendo un aparato teológico un tanto más estructurado que definiera la nueva fe que ahora tomaba carácter monoteísta, es decir, dirigida a un solo Dios. Dicho aparato siguió afinándose hasta evolucionar como la religión que hoy define teológicamente a más de mil millones de musulmanes alrededor del mundo. Creo que ni los mejores magos de Egipto hubieran podido descifrar qué cosa pasó por el cerebro de Mahoma cuando consintió seguir llamando Aláh, nombre de origen politeísta, al nuevo dios del sistema religioso que acababa de emerger y que suponía ser monoteísta.

Como hemos mencionado, Aláh residía en convivio con otros 360 o más dioses paganos en medio del culto idolátrico que se llevaba a cabo en la Ka´báh desde tiempos pre-islámicos. Competía allí por la atención de los adoradores tribales. Las tribus árabes, particularmente la Quraysh, rendían culto al dios-luna (Aláh) mediante los siguientes ingredientes y procedimientos:

1. El uso del símbolo del cuarto creciente lunar y las estrellas.

2. La oración de cara a la Ka´báh varias veces al día.

3. El peregrinaje una vez en la vida a la Meca (Ma kka).

4. Las siete carreras alrededor de la Ka´báh.

5. El beso y la caricia de la piedra negra.

6. Tirándole piedras al diablo en un arroyo o Wadi.

7. Sacrificando una oveja.

8. Dando limosnas a los pobres.

9. Ayunando durante todo el mes que comenzaba y terminaba con la luna en cuarto creciente también llamado el mes de Ramadán.

Por lo que acabamos de señalar, habrá percibido mi aguzado lector que en el diseño de su flamante sistema religioso Muhammad adoptó el nombre del dios, los símbolos, los ritos y las ceremonias paganas que desde antaño venían usándose en el culto al dios-luna. Semejante sincretismo dio pie para que el teólogo bautista August Strong acertara al decir que el Islam es una especie de "paganismo en forma monoteísta".

Muhammad le puso por nombre Islam a la nueva fe. Islam significa "sumisión" y ciertamente asfixiados viven perennemente los muslámicos bajo el peso de esta "sumisión" que es extrema y severa en demasía. Desdichadamente, no es una sumisión en la que entran por amor sino por miedo. Se asemeja más a una esclavitud de marcha forzada contraria a todas las ansias y a las más altas aspiraciones libertadoras del espíritu humano. En el Islam, Aláh es la personificación misma de una voluntad arbitraria. En contraste, en el cristianismo, la sumisión a Dios es voluntaria y amorosa y la dedica el creyente a un Dios que también es amor. En consecuencia, el acatamiento de la voluntad del Dios Bíblico llega a ser un deleite en vez de una agobiante carga.

No faltan los que erradamente afirmen que el dios del Islam y el Dios de los cristianos son uno y el mismo. Los de esta persuasión afirman que es sólo asunto de semántica, del uso de palabras distintas que significan lo mismo, del empleo de un nombre diferente para el mismo Dios, que al fin y al cabo todas las religiones monoteístas adoran al mismo Dios.

Creemos que esta es una de las más monumentales falacias inventadas por el ingenio del mal. Desgraciadamente su éxito de propagación ha sido fenomenal y universal. De lo que no se percatan los que así piensan es, que precisamente, la diferencia entre Jehová y Aláh es piedra de toque entre el cristianismo y el islamismo y donde primero tienen el encontronazo frontal sus enormes diferencias. Pero mirando la cuestión objetivamente, no será difícil colegir que el Aláh del Qu´rán, no es el mismo Dios que proyecta la Biblia. Aláh jamás puede ser "El Gran Yo Soy" que proclaman los sagas hebreos, ni el Dios a quien Jesucristo llamara Su Padre, y con quien reclamara identidad o co-igualdad. Más ancha todavía se haría esta grieta si comparáramos los atributos que el Corán confiere a Aláh con los atributos que la Biblia adjudica a Yahwéh, Yavéh, o Jehová.

Por ejemplo, nos dicen los arabistas e islamólogos que Aláh no es siquiera un nombre sino una "designación" de la deidad. Esto se debe a que Aláh no es una persona. El Dios de la Biblia, por su parte, sí que es una Persona, divina, y sí que tiene nombre propio. Su nombre es Yahwéh o Yavéh, tal vez Javéh, como lo representa su tetragrama hebreo formado por las consonantes Y H W H. Se trata del Nombre de "El Gran Yo Soy", Jehová. El Aláh del Corán, al ser un dios impersonal, en el análisis final hace imposible que uno se le acerque siquiera o que pueda empezar a comprenderlo. Según la teología musulmana Aláh es tan y tan trascendente que llega a ser inconocible. En contraste, el Dios de la Biblia es un Dios que a la vez de trascendente se hace también accesible al hombre, lo llama su amigo, como lo hizo Jehová con Ibrahim el Halil (Abraham el "amigo de Dios") (Is. 41:8; Stg. 2:23). Jehová es un Dios que condesciende a dialogar cara a cara con sus amigos. El caso de Moisés en la escena de la zarza ardiente ilustra esto hasta la saciedad (Ex. 3:1-22). De dulce recordación es también la íntima conversación entre Jesús y sus discípulos en la que éste les dice: "Vosotros sois mis amigos" (Jn. 15:13-15). El Yavéh o Jehová Bíblico es por consiguiente un amigo del hombre y se hace accesible y conocible a éste.

De proseguir contrastando al Dios de la Biblia con el Aláh del Corán encontraríamos:

1) Que los llamados 99 atributos de Aláh se dan sólo en forma negativa, o sea que únicamente declaran lo que Aláh no es. Quedan sin embargo en falta al no declarar de manera positiva lo que Aláh es.

2) El dios del Corán escoge a la sirvienta Hagar y a su hijo Ismael para entrar en un pacto con ellos, mientras que el Dios de la Biblia, para pactar, escoge al patriarca Abraham y a su hijo Isaac.

3) En la Biblia Dios es un Dios de Amor. Por cierto, 1 Juan 4:8 va más allá al afirmar que "DIOS ES AMOR". Por lo que se ve, la idea va más lejos que el mero hecho de que Dios ame porque esto es sólo su mínimo. El concepto aquí se ha estirado a su máximo para mostrar que la esencia misma de Dios es amor. Descorazona estudiar el Corán y percibir que el amor no es necesariamente una característica esencial ni principal de Aláh. Aláh fracasa al no proyectarse como alojando en su pecho sentimientos de cariño o de apego hacia la criatura. Esta faceta del dios del Corán no deja de ser significativa ya que no hay otra necesidad más grande en el hombre que aquella de ser amado y aceptado a cabalidad. Aláh pues le falla miserablemente al hombre dejándolo en perenne orfandad y desamparo.

4) El Dios bíblico se rige y en cierto modo se restringe a sí mismo por lo que Él es en esencia, y como lo proyecten sus atributos. Por su parte el Corán revela que Aláh es un dios medio caprichoso y susceptible de cambios en su modalidad, que no está atado por sus acciones, que no lo restringen sus atributos, ni tampoco sus propias palabras o las promesas salidas de su boca. Aláh pues se toma la libertad de cambiar de acuerdo a las circunstancias, puede bendecir ahora y condenar un rato más tarde, todo depende del estado anímico que lo posea en el momento. Aláh es pues un dios mercurial totalmente impredecible, jamás se sabe lo que Aláh va a hacer o cómo va a reaccionar.

5) Aláh no es un dios de gracia inmerecida. El Dios bíblico sí que lo es.

6) El Aláh coránico es concebido unitariamente mientras que el Dios de la Biblia es un Dios proyectado trinitariamente.

7) Aláhjamás se encarnó, por consiguiente no puede compadecerse de nuestras debilidades humanas ni compenetrarse con nuestras necesidades más íntimas. Se mantiene en lontananza como un dios remoto, desentendido, no involucrado. En la Biblia Dios es un Dios que se encarna y por lo tanto es capaz de compadecerse y compenetrarse íntimamente con sus criaturas.

Evidentemente, el Corán está más abocado a revelar la voluntad de Aláh que a revelar la personalidad de Aláh. Dicha voluntad todo lo que parece apetecer es que el hombre se le someta, no importa a qué costo. La Biblia supera estas fallas del concepto islámico logrando ambos objetivos: revelándonos a Dios como Persona, divina; y enseñándonos cuales son sus gustos y disgustos.

Habrá muchos otros contrastes que señalen la falacia con que el enemigo de las almas ha enredado a tantos millones cegándoles los ojos para que no vean la diferencia abismal entre Aláh y el Dios del Antiguo y Nuevo Testamentos. Basten por ahora los contrastes enumerados aquí. Una cosa estos contrastes hacen claros: Jehová y Aláh NO son el mismo Dios. Consecuentemente nadie debe diluirse a creer que lo son puesto que esta falacia puede resultar eternalmente catastrófica. Sí, suele ser fatal adorar a un dios equivocado porque esto indefectiblemente degenera en la abominación de la idolatría, y de los idólatras, sentencia la Biblia, les espera su parte "en el lago de fuego y azufre, que es la muerte segunda" (Ap. 21:18). Es también fútil servir en vida al dios que no es, pues esto priva a uno de su eterna recompensa.

Asegúrese el lector de no cometer tan colosal error.

En nuestro artículo anterior discurríamos sobre el culto pagano al ídolo Aláh. Decíamos que el mismo se remonta a la lejana época pre-islámica. Hicimos algunos contrastes entre el Dios de la Biblia Yawhéh o Yavéh y Aláh el dios del Corán. Afirmamos categóricamente que son dos dioses diferentes. Inferíamos por tanto, que uno de los dos debe ser un dios falso ya que en el universo no caben dos soberanos. Conviene al hombre hacer esa diferenciación y decidirse cuanto antes por el Dios auténtico. Siendo que los últimos libros de la Biblia se terminaron de escribir 600 años antes del nacimiento de Muhammad, y ante la repetida insistencia del “noble Corán” de ser en sí mismo una “revelación de confirmación” de la que ya está vertida en la Biblia (ver el Surah 46:11-12 y los Surahs 2:41,89,91,101; 5:48; 6:92), estos dos hechos por sí solos deben constituirse en suficientes elementos de juicio para que la mente racional dilucide sin equívocos quién es el verdadero Dios.

Como la Biblia vino antes que el Corán y el Qu’rán reclama ser su “continuación”, el Dios verdadero debe ser Aquel de quien escribiera Moisés en el Toráh o Pentateuco; en cuyo nombre hablaron los profetas antiguos que precedieron por más de un milenio a Muhammad; el Dios que alabaron los Salmos, y del que ampliamente da fe el Nuevo Testamento. Este Dios debe ser identificado sin titubeos como el único Dios verdadero. Desde las páginas de la Biblia habla este Dios y nos dice con gracia, aunque con firmeza: “Yo mismo soy; antes de mi no fue formado Dios, ni lo será después de mi” (Is. 43:10-11) y añade: “Yo soy Jehová, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí” (Is. 45:5). A través del decálogo en Éxodo 20 oímos de nuevo su voz sonora diciendo: “No tendrás dioses ajenos delante de mi” (Ex. 20:3).

Destacábamos en el artículo anterior el criterio de arabistas e islamólogos de que Aláh no es siquiera un nombre sino una “designación” para la deidad. Recordábamos que esto se debe a que Aláh no es una persona. Contrastamos que el Dios de la Biblia, sí que es una Persona, divina, y que también tiene nombre. Mostramos que Su nombre es Yahwéh o Yavéh como está representado por su tetragrama hebreo.

La palabra tetragrama es un compuesto de tetra (‘tetra’) que quiere decir cuatro, y de grama (‘grama’) que significa letra. El tetragrama está formado por cuatro consonantes, sin que medien vocales entre ellas. Estas consonantes son Y H W H. Este es el nombre de Dios, el Gran Yo Soy, Jehová. Los antiguos traductores masoretas eventualmente se empeñaron en transcribir el tetragrama añadiéndole entre cada consonante una de las vocales pertenecientes al nombre Adonai. Con ello buscaban hacer pronunciable el tetragrama. De ahí que al vocalizarlo arribaran a la palabra Y a h o w a h Y e h o v a h . Felizmente, en la Biblia que usted y yo leemos en español, sus traductores acertaron a españolizar el ya vocalizado tetragrama y lo transliteraron como Jehová. De otra manera hubiera sido imposible para usted y yo pronunciar el nombre de Dios partiendo de las cuatro consonantes del tetragrama.

Dios dio a conocer a Moisés su precioso nombre en conversación que sostuvieron cara a cara en el desierto (Éxodo 3:1-22) El escenario de este diálogo se ubicó alrededor de una zarza ardiendo que el fuego no consumía. De este encuentro resultó la comisión e investidura con que Dios honró al legislador Moisés al encomendarle la liberación de Su pueblo. Recuerde el lector que a la sazón los israelitas servían como esclavos a los egipcios.

A esa instancia de Dios, Moisés replicó: “He aquí que llego yo a los hijos de Israel, y les digo: El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Si ellos me preguntaren: ¿CUÁL ES SU NOMBRE? ¿Qué les responderé? Y respondió Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY. Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vosotros. Además dijo Dios a Moisés: Así dirás a los hijos de Israel: JEHOVA el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, me ha enviado a vosotros, ESTE ES MI NOMBRE PARA SIEMPRE; con él se me recordará por todos los siglos” (Éxodo 3:13-15). Dios revela en este estupendo pasaje su nombre propio, Jehová, y añade que con ese nombre se le ha de recordar por todos los siglos, que este es su nombre para siempre. ¡Alabado sea el nombre de JEHOVÁ!

Mas adelante, en el capítulo 6 del libro de Deuteronomio versículos 2 y 3, Dios reitera y subraya de nuevo su nombre personal al decir: “Yo soy JEHOVÁ, y aparecí a Abraham, a Isaac y a Jacob como Dios Omnipotente, mas en mi nombre, JEHOVÁ, no me di a conocer a ellos”. De modo que el nombre del Dios de la Biblia es JEHOVÁ, el “Yo soy el que es”, El Gran Yo Soy, el “Yo soy eterno existente”, aquél que tiene existencia inherente o propia, el que es, fue y será. El Apocalipsis 1:8 da seguimiento al concepto al decir: “Aquel que es, que era y que ha de venir, el Todopoderoso”.

¿Cuántos más nombres debemos invocar para ser salvos?

¿Cuantos inventen los hombres?

¡Perezca el pensamiento! “No hay otro nombre debajo del cielo dado a los hombres en que podamos ser salvos” (Hch. 4:12). “Yo, yo Jehová, y fuera de mí no hay quien salve” (Is. 43:11).

En nuestro escrito anterior, y sólo para beneficio del lector, citábamos el shahadah o credo, la profesión de fe que recita todo muslim a diario y que los musulmanes requieren como puerta de entrada al que busca iniciarse en el Islam: la ilaha il aláh, muhammad ur rusul aláh. Traducida a nuestra lengua significa: “Sólo Aláh es Dios y Muhammad es su profeta” (o apóstol). Procedimos a citar el credo muslim no para hacer profesión de fe nosotros ni para convertir al lector en musulmán, sino simplemente para ilustrar a éste sobre lo que es una creencia sillar o pilar del Islam la cual es menester rechazar. En cuanto a nosotros, nos resistimos a aceptar siquiera, mucho menos a creer, en una deidad de tan nebuloso origen y de tan oscura trayectoria. Nunca accederíamos a elevar por las nubes al dios-luna a quien evolucionaron a la fuerza al status de deidad. Preferimos dejarlo en su nivel histórico de ídolo de tribus primitivas. Pereceríamos además si diéramos crédito a un profeta que como veremos más adelante es espurio, o a un libro “sagrado” que se canta y se llora, y que a pesar de reclamar repetidas veces que es una continuación de lo revelado en la Biblia, contradice la mismísima revelación bíblica que dice continuar. Para colmo, como también hemos de ver más adelante, el Corán se contradice a sí mismo también. Para decirlo en lenguaje suave, Aláh, nos parece, es un mito, no existe, y su religión en nuestra estimación es el más deprimente ejercicio en futilidad.

La Biblia enseña que un ídolo, “no es nada” (RVRO60) “no tiene valor alguno en el mundo” (VP), de nada sirve. Puesto que el ídolo no tiene existencia ni propia ni conferida, carece de mente pensante, de conocimientos, de sentimientos. No le acompaña ninguno de los cinco sentidos. Es una entidad muerta y su cadáver nos es sin valor. Sólo vale para el que ejerce la profesión de sepulturero. Los ídolos de las naciones sirven sólo para embobarlas y como bien dice de los seguidores de ídolos el Salmo 115: “Semejantes a ellos son los que los hacen, y cualquiera que confía en ellos”. Prosigue diciendo el Salmo 115: “Los ídolos de ellos son plata y oro, obra de manos de hombres. Tienen boca, mas no hablan; tienen ojos, mas no ven; orejas tienen, mas no oyen; tienen narices, mas no huelen; manos tienen, mas no palpan; tienen pies, mas no andan; no hablan con su garganta. Nuestro Dios, está en los cielos. Todo lo que quiso, ha hecho”.

Poner la fe en un ídolo, es enviarla al limbo. Es como flotar en el vacío. Es poner los pies sobre algo que se disuelve al tocarlo. La fe cristiana en cambio se ancla en el Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob, y del resto de los patriarcas; de los profetas; del escritor de los Salmos; y de los autores del Nuevo Testamento. En otras palabras, nuestro Dios es el Dios del Antiguo y Nuevo Testamentos. Es el Dios que tiene existencia propia, que ha intervenido la historia multiformemente, y cuya última palabra la verbalizó al enviarnos a su Hijo Jesucristo, el Verbo de Dios.

Pero cuando lo consideran táctico, los defensores del Islam procuran biblificar a Aláh insistiendo que el nombre de Aláh se encuentra en la Biblia. El Dr. Roberto Morey, elocuente apologista cristiano y quien a menudo debate por radio y televisión a clérigos y eruditos musulmanes, en una presentación a que mi señora Perla y yo asistimos en la iglesia Moody de Chicago, le oímos de sus labios contar experiencias con el Embajador de Sudán ante las Naciones Unidas. El diplomático porfiaba que el nombre de Aláh sí, se encuentra en la Biblia. El Dr. Morey lo desafió a producir los capítulos y versículos que en la Biblia hicieran referencia a dicho nombre. El sudanés replicó que donde quiera que en la Biblia aparece la palabra ‘aleluya’, ésta es una referencia a Aláh. El diplomático veía a Aláh en cada uso de la palabra bíblica aleluya y argüía que esta palabra era un término compuesto de Aláh –y– luya. Ni corto ni perezoso el Dr. Morey le contestó que la palabra bíblica no era Aláh – luya como el presumía, sino que era Alé–luya. No Aláh–luya sino Alé–luya. La palabra aleluya es hebrea y no arábica, es un término compuesto del verbo ALELU que significa load y el nombre YA que es un apócope o contracción de Yavéh. Aleluya pues significa load a Yavéh, y Yavéh, amigo mío, es la antítesis misma de Aláh, o sea, su total opuesto. La palabra hebrea aleluya dista mucho de incluir en su raíz el nombre arábico de Aláh, y en su lugar, irónicamente, a quien loa es al nombre que es sobre todo nombre, el nombre de Jehová.

Dándose por no vencido, el Embajador sudanés bien rápido esgrimió otro argumento para situar a Aláh en la Biblia. Dijo que en la cruz del Golgotha Jesús dijo a gran voz: Aláh, Aláh ¿lama sabactani? que traducido es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? A lo que el Dr. Morey respondió: ¡De ninguna manera! Jesús no dijo Aláh, Aláh lama sabactani, sino que dijo: Eli, Eli lama sabactani. El divino sufriente expresó esta oración en arameo, no en árabe. El arameo era un vernáculo palestinense que se cree era el idioma que hablaba Jesús el Cristo.

A la luz del oscuro origen de Aláh, de su diferencia abismal con el Dios de la Biblia, a la luz del desconocimiento total que le acuerdan a su nombre las Escrituras judeo-cristianas, se hace necesario concluir que Aláh no es el Dios de los cielos. Que Aláh es más bien un Dios espurio, ficticio, inventado por la fiebre religiosa de un autoproclamado profeta. Es un “dios”, con minúscula, de los millares que hay en el panteón de las naciones, y por tanto no es un Dios capaz de salvar ni digno de seguir. La religión que lo auspicia es un camino que podrá parecer derecho a muchos, pero al fin probará ser un camino de muerte

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