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¿Por qué todo es de la forma que es?

El punto de vista que prevalece hoy en los medios noticiosos, en las escuelas públicas y en la sociedad que nos rodea, es que la Biblia no es verdad, que las personas educadas no creen en Dios, sino que la ciencia es la clave para los misterios de la vida.

La mentira de la evolución está implantada tan profundamente, que la liberación se hace cada vez más difícil. El mundo rechaza lo que dice Diosy acepta los postulados de la cienciacomo la verdad final. Muy pocos se dan cuenta que la ciencia no puede responder a preguntas importantes como: ¿Por qué existe el universo y la vida? ¿Por qué cada niño sabe la diferencia entre el bien y el mal, y cree que Dios existe hasta que alguien le enseña algo “mejor?”

Muy pocos incluso saben lo que algunos científicos líderes admiten. Max Planck, considerado como el padre de la Teoría Cuántica, dice lo siguiente en la página 153 de su libro en inglés El misterio de nuestro ser: «La ciencia no puede solucionar el misterio final de la naturaleza». Nosotros ni siquiera sabemos lo que son tiempo, espacio, materia o energía, mucho menos lo que es el alma y el espíritu.

Pero... ¿Por qué no pueden hacérsele estas preguntas al universo? Porque sólo el Creador tiene la respuesta. Uno no puede razonar con un terremoto o con un huracán. No hay compasión en la “naturaleza”.

Erwin Schrödinger, quien fuera laureado con el premio Nobel de física, uno de los arquitectos de la mecánica cuántica, escribió en la página 81 de la publicación Quantum: «El cuadro científico del mundo real a mi alrededor es... espantosamente silencioso respecto a todo lo que... realmente nos preocupa... No sabe nada de belleza y fealdad, bueno o malo, Dios y eternidad... ¿De dónde vine y a dónde voy? Esta es la gran pregunta insondable... para cada uno de nosotros. La ciencia no tiene la respuesta».

La ciencia no sabe nada de la verdad, sólo de los hechos físicos. Dennis Overbye, dice en La Ciencia espera nuevas opciones conforme el modelo normal avanza en el vacío, volumen 03, edición 06, del 6 de agosto de 2006, que Lee Smolin, miembro fundador del Instituto Perímetro para la Teoría Física en Waterloo, Canadá, dijo: «Cuando un niño pregunta: ‘¿Qué es el mundo?’ literalmente no tenemos nada que responder...»

La pregunta «¿por qué?» irrita a los ateos, sencillamente porque es el hacedor quien decide el propósito de cualquier cosa que hace. Sin un Creador, ni el universo ni la vida tienen significado alguno. Sin Dios, no hay razón para un capullo de rosa, para el rocío que emite destellos al ser alumbrado por el sol de la mañana, o para cualquier otra cosa más que amamos y disfrutamos, incluyendo la propia existencia humana.

¿Por qué todo es de la forma que es? Porque Dios es el camino. Pero... ¿Quién es ese Dios? ¿Es el Zeus de los griegos, el Brahma de los hindúes, o el Aláh del islam? ¿Importa esto? No basta sólo con reconocer un “poder superior”. Pero... ¿Superior a qué? Ningún “poder” impersonal podría crear a las personas. Tampoco ninguna “fuerza” concibe y escribe en palabras o en el ADN, el código genético, la información para darle forma, materia y movimiento a todas las cosas vivas.

El ateísmo conduce a numerosos absurdos promovidos por personas que se consideran inteligentes. Sir Francis Crick, laureado con el premio Nobel como co-descubridor del lenguaje del ADN, dice en la página 3 de su libro Hipótesis asombrosa: La búsqueda científica por el alma, publicado en 1994: «Usted, sus alegrías y sufrimientos, sus recuerdos y ambiciones, su sentido de la identidad personal y libre albedrío, son de hecho nada más que la reacción de una vasta asamblea de células nerviosas y sus moléculas asociadas».

Si esta es la forma cómo el universo nos hizo, ¿por qué el señor Crick le llama «hipótesis asombrosa?» ¡Sencillamente porque sabe que es contraria al sentido común! Sin embargo, para seguir asido a su ateísmo debe persistir en tal locura. Aunque la mayoría de las personas objetarán firmemente la descripción del señor Crick, ya que cualquier individuo que piensa, sabe que antes de adoptar una decisión debe meditar cuidadosamente; sabe que experimenta alegrías, dolores, esperanzas, ambiciones, temores, remordimientos y que se arrepiente de cosas que son bien reales.

El biólogo Richard Lewontin, de manera desafiante alardea así en un artículo titulado Billones y billones de demonios, publicado en The New York Review del 9 de enero de 1997: «Tomamos el lado de la ciencia a pesar de la ridiculez patente de sus constructores... porque no podemos permitir un Pie Divino en la puerta».

Richard Dawkins, un astuto ateo y enemigo declarado de Dios, asegura que somos simples vehículos por medio de los cuales «los genes egoístas» se perpetúan a sí mismos. Sin embargo, dice que los genes no predicen las cosas anticipadamente, que no planean por adelantado, porque los genes son sólo genes. También declara en la página 2 de su libro El gen egoísta publicado por Oxford University Press en el año 2006: «Por más que deseemos creer de otra forma, el amor universal y el bienestar de las especies... son conceptos que simplemente no se ajustan a ningún pensamiento evolutivo». ¡Qué manera de reconocer una verdad! Si la evolución nos hace incapaces del amor verdadero, de moral o ética, ¿por qué entonces admiramos esas cualidades? ¿Cómo podemos ser tan antinaturales, si somos la progenie de la naturaleza? Los señores Crick y Dawkins parecen desconcertados porque muchas de las cualidades de los seres humanos no pueden haber sido producidas por la evolución. No pensamos ni actuamos como si hubiéramos evolucionado de criaturas inferiores.

Dawkins dice: «El componente del lenguaje en el gen humano es idéntico en cada particular, a ese en un caracol. Sólo la secuencia de los bloques constructores... es diferente». El genio Creador de la secuencia perfecta del ADN es impresionante. Usando las mismas cuatro letras para plantas, animales y hombres, mantiene la distinción no sólo entre todas las especies de seres vivos, sino entre individuos de cada clase. Este ingenioso arreglo establece límites que hacen imposible que el ADN de una especie de vida, cambie en el ADN de otra.
Indiscutiblemente, el lenguaje del ADN (ácido desoxirribonucleico), el cual es la base de toda la vida, no pudo evolucionar. La similitud entre el ADN del hombre y el de todos los animales, no prueba de ninguna manera que el hombre evolucionó de los animales, como tampoco la evidencia de la semejanza entre nuestro ADN y el de las plantas indica que hemos evolucionado de las plantas.

La evolución no nos hizo, sino Dios. Pero los ateos se mantienen asidos a la evolución como un escape para no rendirle cuentas a su Creador. La teoría de Darwin fue su venganza en contra del “dios” en quien ya no podía creer, el “dios” que había permitido que su hija Annie muriera. El Darwinismo ateo impide que la ciencia sepa por qué las cosas son como son. Sin Dios no hay respuesta al por qué de todas las cosas. Sin embargo, estamos aquí, en un universo vasto y asombroso y el sentido común clama por una razón para su existencia y la nuestra.

¿Por qué todo es de la forma que es? Sólo porque Dios, quien creó todo, es de la forma como es. ¿Y por qué es Dios de la forma que es? Porque a diferencia de los dioses caprichosos de las religiones no cristianas, se reveló a Moisés, cuando le dijo: “YO SOY EL QUE SOY” (Ex. 3:14). De manera consistente, el Dios de la Biblia declara: “Porque yo Jehová no cambio...” (Mal. 3:6a). Dios está separado de la línea del tiempo y de los cambios tan evidentes en nuestro mundo.

Dawkins dice: «Los genes son sólo eso, genes». Pero no es así, los genes no existen por sí mismos, ni son eternos. Ellos fueron hechos por un Hacedor. Sólo Dios no fue hecho por nadie, sino que es el Hacedor de todo: existe por sí mismo, no fue creado, no cambia, es perfecto, eterno, omnisciente, omnipresente y omnipotente. Para que Dios sea Dios, es quien debe ser.

¿Por qué todo es de la forma que es? Porque Dios, quien lo hizo todo, es como es. Del universo creado, leemos: “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. Y fue la tarde y la mañana el día sexto” (Gn. 1:31). ¿Por qué todo era “bueno?” Porque Dios quien lo hizo todo, es bueno: “...Ninguno hay bueno sino uno: Dios...” (Mt. 19:17b).
Incluso, en su estado corrupto actual, mucho del universo es todavía tan hermoso, que nos emociona y conmueve de manera profunda, porque Dios quien lo hizo es hermoso. David escribió: “Una cosa he demandado a Jehová, ésta buscaré; que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura de Jehová, y para inquirir en su templo” (Sal. 27:4). ¡Necesitamos apreciar más la belleza de Dios!

¿Por qué hay “bondad” aparente, incluso en personas como Hitler o Stalin? Los guardas en los campos de exterminio nazi, quienes llevaban a cabo el asesinato de los judíos durante el día, por las noches acudían a sus hogares, besaban a sus esposas, jugaban con sus niños e incluso hasta disfrutaban escuchando a Wagner. Esto es, porque Dios, quien es bueno, hizo a Adán “a su imagen”: “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Gn. 1:26, 27). Aunque el pecado separó a toda la humanidad del Creador santo, un vestigio de la imagen de Dios en la cual fue creado, permanece en ella. Pese a todo, el hombre corrompe todo lo que toca, hasta el amor.

El individuo que persuade a una mujer para que viva con él sin casarse, le dice que “la ama”. Pero quizá lo que quiere decir, sin que tal vez él mismo sepa, sería: «Me amo a mí mismo y quiero poseerte». Tal vez demasiado tarde descubra que eso es lo que significa para él, el amor.

Pero... ¿Por qué la ruina, la putrefacción y la muerte lo mancha todo en todas partes? Esto es porque Dios es de la forma que es. Es su carácter divino el que revela y condena el pecado; y sin la ley de Dios escrita en la conciencia del hombre, no habría conocimiento del pecado: “Que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo Jehová soy el que hago todo esto” (Is. 45:7).

Pero... ¿Cómo pudo un Dios bueno crear la calamidad? De la misma forma como Dios quien es luz, creó las tinieblas. Una persona que nace y muere en una caverna en total oscuridad, no sabrá que estaba en tinieblas hasta que alguien haga brillar una luz. La luz revela de súbito las tinieblas por lo que es, y la perfección santa de Dios revela el mal por lo que es. La inolvidable memoria del paraíso perdido persiste en el corazón del hombre. ¿Por qué debe ser en esta forma? Porque Dios quien es bueno también es santo y justo; y el primer hombre hecho a su imagen, se rebeló.

Pero... ¿Qué con respecto al tormento en el lago de fuego? Eso también es porque Dios es amor y justo. Creó al hombre para que viviera para siempre en el gozo de su amor, no como algo “adicional”. Esos que rechazan su amor se condenan ellos mismos al tormento eterno de una sed ardiente por Ese quien los hizo para sí mismo. El cielo será la satisfacción eterna del agua de la vida fluyendo: “...un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero” (Ap. 22:1). El infierno será la agonía eterna de estar sediento por Dios, el horror de saber que uno se encuentra allí por el pecado de rebelión al rechazar a Cristo.

1 Juan 4:8, declara que “...Dios es amor”. El amor es la esencia de su ser. Él nos ama y desea perdonarnos, pero también es santo y justo. Si Dios perdonara a los pecadores sin que tuvieran que pagar por ello, contradiría su propia justicia y se convertiría en partícipe de nuestra perversidad. Cristo pagó por completo el castigo que merecían nuestros pecados, pero nosotros debemos anhelar y aceptar ese perdón con gozo. Dios no llevará a nadie al cielo por la fuerza.

Los ateos se preguntan con sorna: «¿Cómo pudo un Dios bueno crear este mundo tan perverso?» «Si Dios no puede hacerle un alto al sufrimiento y a la muerte, es demasiado débil para ser Dios; y si puede, pero no quiere, es un monstruo en quien no debemos confiar». De hecho, este no es el mundo que el Señor hizo, sino el producto de la rebelión en su contra. ¡No culpe a Dios por lo que nosotros hemos hecho a su mundo que en un tiempo fue perfecto!

Pero... ¿Por qué el Creador le permitió al hombre que se rebelara? Sencillamente porque es amor y no podemos, ni recibir ni disfrutar su amor a cambio ni amarnos unos a otros, si no tenemos el libre albedrío. El amor es del corazón. La habilidad para decir «sí», no significa nada sin la igual habilidad para decir «no». Trágicamente, Adán y Eva optaron por decirle «no» a su Señor y seguir a Satanás. Como resultado, el entero universo sufre: “Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora; y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo” (Ro. 8:20-23).

Esos que rechazan la verdad desprecian a Dios. Sir David Attenborough, productor por décadas de programas de televisión que promueven la evolución, argumentó: «El Dios en que ustedes creen... un dios todo misericordioso, creó... un gusano parásito que sólo puede vivir en el globo ocular de un niño inocente en África Occidental».

No, esa no es la forma cómo era el universo en el principio. Durante el reinado milenial de Cristo, el mundo será restaurado a su condición original, sin animales que se devoren los unos a los otros, sin microbios y parásitos haciendo presa a todos los seres vivos, entonces “Morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará. La vaca y la osa pacerán, sus crías se echarán juntas; y el león como el buey comerá paja. Y el niño de pecho jugará sobre la cueva del áspid, y el recién destetado extenderá su mano sobre la caverna de la víbora. No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte; porque la tierra será llena del conocimiento de Jehová, como las aguas cubren el mar” (Is. 11:6-9).

Sólo en Cristo, quien pagó el castigo de nuestros pecados en la cruz, podemos encontrar reconciliación con Dios y el significado final y propósito: “Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Jn. 1:3). ¡Qué gran misterio! El niño nacido en Belén fue y es para siempre “...Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz” (Is. 9:6b). El Señor Jesucristo dijo: “Yo y el Padre uno somos” (Jn. 10:30).

¿Cómo podemos entender y conocer mejor a este Dios infinito? Nos creó para sí mismo, y nosotros naturalmente estamos sedientos de Él, tal como dijera el salmista: “Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo...” (Sal. 42:2a). Pero esos en rebelión, neciamente tratan de satisfacer esa sed adquiriendo posesiones materiales, satisfaciendo los placeres de la carne y manifestando su orgullo y arrogancia. Dios le reveló al hombre que el único que puede satisfacer su anhelo interior, es Jesús, “su Hijo unigénito”: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad... Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn. 1:14; 3:16).

El sufrimiento que Cristo soportó en manos de los hombres, reveló la perversidad en nuestros corazones. El dolor que le infligimos no puede salvarnos. Fue el castigo por nuestros pecados, lo que Jesús sufrió en la cruz bajo la ira de Dios en contra del pecado, lo que hizo posible que todo el que crea en Él, sea perdonado. Debido a que pagó plenamente el castigo en nuestro lugar, Él puede decir: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba” (Jn. 7:37b).

Él, quien nació de una virgen y es un hombre completo, también es Dios completo: “Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad” (Col. 2:9). “El cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas” (He. 1:3).

El apóstol Pablo declaró: “E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria” (1 Ti. 3:16). Aunque casi no podemos entender, porque “ahora vemos por espejo, oscuramente...” (1 Co. 13:12a), tenemos la gloriosa promesa que entre más poseamos fe y meditemos en el Señor Jesucristo, más claramente le veremos y nos pareceremos más a él: “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Co. 3:18).

La revelación de Cristo, la cual anhela nuestra alma, nos emociona y aumenta conforme comprendemos más claramente quién es él en toda su plenitud, y lo que hizo al reconciliarnos consigo mismo. Algo de su maravillosa persona es expresado hermosamente en el himno de Graham Kendrick, que dice:

Humildad y majestad

Humildad y majestad, hombría y deidad,
En armonía perfecta, el hombre que es Dios;
Señor de la eternidad, que habita en la humanidad,
Se arrodilla en humildad, y lava nuestros pies.

Resplandor puro del Padre, perfecto en inocencia,
Quien obedeció hasta morir sobre una cruz;
Sufrió para darnos vida,
La conquistó mediante el sacrificio
Y mientras lo crucificaban, oraba: «Padre, perdónalos».

Sabiduría insondable, Dios el invisible,
Su amor indestructible que parece frágil;
El Señor del infinito, al condescender tan tiernamente
Levantó nuestra humanidad
A las alturas de su trono.

¡Oh qué misterio! Humildad y majestad;
Inclinémonos y adoremos,
¡Porque este es tu Dios, este es tu Dios!

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