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¿Existen realmente los dragones?

Dice la Escritura: “En aquel día Jehová castigará con su espada dura, grande y fuerte al leviatán serpiente veloz, al leviatán serpiente tortuosa; y matará al dragón que está en el mar” (Is. 27:1).

Virtualmente todas las culturas en la tierra tienen alguna clase de creencia en los dragones.  Se dice que el dragón del Lejano Oriente vuela en los cielos de la tierra en busca de su sabiduría perdida.  Asimismo que los dioses de los aztecas e incas adoptaban la forma de serpientes voladoras.  Prevalece también la creencia que unos monstruos con escamas viven en las aguas de nuestro planeta y a menudo se les llama dragones.

El llamado «monstruo del lago Ness» en Escocia es tal vez uno de los más conocidos de todos, pero hay muchos, muchos otros.  Prácticamente se les menciona en todas partes del mundo.  Desde el lago Champlain en Nueva York, hasta el lago Okanagan en Columbia Británica.  De la misma manera en ocasiones se han reportado avistamientos en los lagos en la base del monte Fuji en Japón.  Estos monstruos en alguna forma, parecen estar relacionados tanto con la descripción bíblica de los dragones, como con los objetos paganos de adoración.  Cuando se les ve en tierra, parecen arrastrarse sobre sus vientres como serpientes gigantescas, pero sin la gracia acostumbrada de los reptiles.  Su torpeza es bien documentada.  En el agua sus fieras cabezas se elevan sobre un cuello nervudo, encorvado y cubierto de escamas.  Quienes aseguran haberlos visto han quedado mudos de espanto.

A este punto, tal vez usted objete diciendo que estos monstruos marinos son sólo el producto de una imaginación calenturienta.  Después de todo, su existencia no ha sido comprobada.  O tal vez usted sea de la opinión de que si monstruos tales como Nessie existen en realidad, simplemente son reliquias de una era prehistórica, atrapados en lagos interiores.  Naturalmente, a menudo se los describe como la descendencia de los antiguos plesiosauros, serpientes marinas que de alguna forma sobrevivieron hasta el día presente.  Esos que admiten su existencia dicen que la clave de su supervivencia es la habilidad que tienen para esconderse.  En Europa a menudo se les llama «caballos de agua» porque sus cabezas se asemejan en gran manera a la cabeza de un caballo, con una gruesa crin de caballo y un largo hocico.

Las personas que los han visto dicen que dan la impresión de poseer un extraordinario nivel de inteligencia.  Además, literalmente se han reportado cientos, si acaso no miles de avistamientos en cada océano del mundo.  Pero... ¿Qué son realmente estos modernos monstruos marinos y qué nos dice la Biblia al respecto?
La revelación de Dios a Job.

Vamos a examinar a continuación un capítulo en la Biblia que está completamente dedicado a cierto “leviatán”.  El capítulo 41 de Job nos da detalles abrumadores sobre una intrigante forma de vida, una criatura extraña que en todos los detalles parece ajustarse a la descripción de los clásicos monstruos marinos.  El Señor le dio a Job una explicación detallada de estos monstruos marinos no documentados, ya que no aparecen en los textos de estudio de zoología, pero a los que han visto capitanes de barcos, turistas y pescadores alrededor del mundo.

La revelación de Dios se encuentra a la conclusión de su declaración en primera persona, concerniente a las glorias de su creación.  Cada uno de los 34 versículos de este capítulo, revela un aspecto nuevo de una criatura que la humanidad considera como un simple cuento fabuloso, un mito.  Sin embargo, es claro que el Señor presenta al leviatán como una criatura física y tangible, un animal que considera el rey de las aguas.
Después del sufrimiento severo de Job, durante el cual él intentó comprender la causa y efecto de su difícil situación, Dios se le apareció en un torbellino.  Luego siguió una especie de interrogatorio divino, en el cual el Señor expuso una narrativa de las glorias de su creación.  El propósito del monólogo divino fue restaurarle a Job la perspectiva que había perdido.  Al final, el patriarca estaba plenamente consciente de su diminuto lugar en el universo y colmado de asombro ante la grandeza de la creación de Dios y de su gracia insondable.
Respecto al leviatán, el Señor gentilmente reprende a Job.  Le pregunta:“¿Sacarás tú al leviatán con anzuelo, o con cuerda que le eches en su lengua?  ¿Pondrás tu soga en sus narices, y horadarás con garfio su quijada?” (Job 41:1, 2).  ¡Claro que no!  Le inquiere a Job si acaso podrá domesticar al animal, o hacer que le hable con dulces palabras.  Le plantea la posibilidad de llegar a un acuerdo con el leviatán para que el monstruo le sirva:“¿Multiplicará él ruegos para contigo?  ¿Te hablará él lisonjas?  ¿Hará pacto contigo para que lo tomes por siervo perpetuo?  ¿Jugarás con él como con pájaro, o lo atarás para tus niñas?” (Job 41:3-5).  ¡De ninguna manera!  Los cuadros presentan un caso poderoso, Job de inmediato debió haberlo captado.  Su perspectiva respecto a su lugar en el universo alcanzó una nueva claridad.

Conforme el Señor continúa pintando la ridícula pintura de simples hombres subyugando al gran monstruo marino, llega a ser claro que su intento es educar a Job acerca de quién es él en este universo, abarcando aspectos de su asombrosa creación física que incluye animales tales como el leviatán.  La descripción de Dios del leviatán revela una apariencia tan fiera que los hombres son arrastrados a sentirse derrotados ante su sola presencia.  Al verlo caen de rodillas con miedo.  Él le recuerda a Job que si los hombres no pueden permanecer ante una de sus criaturas, seguramente no podrán estar en su propia presencia.
Por otra parte, el Señor considera al leviatán como una criatura hermosa en su propia forma, a pesar de su fiereza y de que “...las hileras de sus dientes espantan” (Job 41:14b).  Sus escamas están tan selladas una contra la otra que son completamente herméticas.  Aparentemente es capaz de zambullirse en las profundidades: “Las partes más flojas de su carne están endurecidas; están en él firmes, y no se mueven” (Job 41:23).  Además, es tan fuerte que puede resistir cualquier cosa: “Cuando alguno lo alcanzare, ni espada, ni lanza, ni dardo, ni coselete durará.  Estima como paja el hierro, y el bronce como el leño podrido.  Saeta no le hace huir; las piedras de honda le son como paja” (Job 41:26, 27).  Verdaderamente el leviatán es una armadura viva.

Cuando el leviatán estornuda y ronca, sale lumbre de su nariz.  ¿Será alguna especie de combustión contenida?: “De su boca salen hachones de fuego; centellas de fuego proceden.  De sus narices sale humo, como de una olla o caldero que hierve.  Su aliento enciende los carbones, y de su boca sale llama” (Job 41:19-21).  La conformación interna del leviatán es un cuadro de fortaleza.  Su musculatura es de una clase peculiar que forma una estructura inconmovible.  Su corazón es vigoroso como una piedra.  Cuando el leviatán se levanta, los hombres fuertes se tornan débiles y buscan la misericordia del Señor.  Las armas no sirven para nada delante de él: “En su cerviz está la fuerza, y delante de él se esparce el desaliento” (Job 41:22).

Cuando se mueve, las aguas hierven y deja una estela de espuma que relumbra misteriosamente: “Hace hervir como una olla el mar profundo, y lo vuelve como una olla de ungüento” (Job 41:31).  Su sola presencia causa temor.  Dice Job 41:33, 34: “No hay sobre la tierra quien se le parezca; animal hecho exento de temor.  Menosprecia toda cosa alta; es rey sobre todos los soberbios”.
Pero... ¿Quién es el leviatán?

Hablando bíblicamente, al leviatán ciertamente se le presenta como un animal vivo y real.  En el día de Job, probablemente alrededor del tiempo de Abraham, el leviatán era una realidad.  Tradicionalmente los expositores han tratado de descartar al leviatán argumentando que se trata de un cocodrilo antiguo de las aguas del Medio Oriente.  Pero esta explicación común rápidamente se desploma ante la realidad del propio texto.  Primero que todo, nunca se ha sabido de un cocodrilo que respire humo y fuego.  Segundo, es bien fácil arponear a un cocodrilo.  Tercero, los cocodrilos no dejan una estela de espuma, ni tampoco están cubiertos totalmente de escamas.  De hecho, los hombres en los tiempos antiguos compraban y vendían las pieles de cocodrilo.  Y aunque el aspecto de sus dientes imponga respeto, los hombres no caen de rodillas temerosos ante su sola presencia.  Pero entonces... ¿Cuál es este animal descrito en el capítulo 41 de Job?  Si no es porque parece absurdo, la impresión es que se trata del dragón clásico que escupe fuego.  ¿Significa esto entonces que los dragones realmente existen?  Y si es así, ¿cuál es su relación con “el gran dragón” de Apocalipsis 12:9,“...la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero...?

La Escritura deja claro que el Señor creó la serpiente original, quien en un tiempo fue el “...querubín grande, protector...” (Ez. 28:14).  De hecho, no hay evidencia de que Lucifer fuera algo diferente a una especie de serpiente.  Bajo esta forma se le apareció a Eva en el huerto del Edén.  Pero en un tiempo fue glorioso.  Desde entonces, él y todos los de su clase han sido colocados bajo maldición.  Su gloria fue reemplazada por una apariencia repulsiva y odiosa.

Por el capítulo 41 de Job es obvio que Dios creó al leviatán como una serpiente fiera, que escupía fuego y estaba cubierto de escamas.  No está de más enfatizar que se presenta como una criatura viva, física.  Pero hay otra clave respecto a la identidad del leviatán.  Se encuentra al principio del libro de Job, en el capítulo 3, cuando el afligido Job está sentado sobre una pila de ceniza acompañado por sus tres amigos.  En este su primer discurso, él de manera elocuente maldice el día de su nacimiento, diciendo en primer lugar que habría sido mejor no haber nacido nunca.  Su lenguaje es una maldición al día de su nacimiento y a la noche de su concepción: “Después de esto abrió Job su boca, y maldijo su día.  Y exclamó Job, y dijo: Perezca el día en que yo nací, y la noche en que se dijo: Varón es concebido.  Sea aquel día sombrío, y no cuide de él Dios desde arriba, ni claridad sobre él resplandezca.  Aféenlo tinieblas y sombra de muerte; repose sobre él nublado que lo haga horrible como día caliginoso.  Ocupe aquella noche la oscuridad; no sea contada entre los días del año, ni venga en el número de los meses.  ¡Oh, que fuera aquella noche solitaria, que no viniera canción alguna en ella!  Maldíganla los que maldicen el día, los que se aprestan para despertar a Leviatán.  Oscurézcanse las estrellas de su alba; espere la luz, y no venga, ni vea los párpados de la mañana; por cuanto no cerró las puertas del vientre donde yo estaba, ni escondió de mis ojos la miseria.  ¿Por qué no morí yo en la matriz, o expiré al salir del vientre?” (Job 3:1-11).

En este pasaje Job, considerándose a sí mismo maldito, clama por tinieblas que le parecen más acordes con su condición.  Ora para que Dios le deje solo.  Pero en el versículo 8, pronuncia una declaración reveladora, clama por esos “que maldicen el día” para que vayan y lo maldigan.  Luego clama por esos “que se aprestan para despertar a Leviatán”.  Según el Comentario del Antiguo Testamento de Keil y Delitzsch, «esos que maldicen los días son los magos que saben cómo cambiar los días en uno de maldición, debido a sus encantamientos.  Según una superstición vulgar, de la cual se tomaron prestadas las imágenes del versículo 8, había un arte especial para agitar al dragón, el cual es el enemigo del sol y la luna, de los dos, para que así, al devorarlos, prevalezca la oscuridad total.  Al dragón se le llama en hindú ‘rahu’; los chinos y también los nativos de Argelia, incluso hasta el día presente, hacen un tumulto violento con los tambores y las vasijas de cobre cuando ocurre un eclipse de sol o de luna, hasta tanto que el dragón no libera su presa.  Job desea que este monstruo se trague el sol de su nacimiento».
De tal manera, que al principio de sus tormentos, Job neciamente clama en su angustia por una maldición tenebrosa y diabólica, que involucra la aparición del dragón... de leviatán.  Más tarde, 38 capítulos después, en el 41, Dios le muestra a Job eso que había estado deseando.  El Señor le dice que hay un leviatán real.  Es sólo mediante su gracia que el leviatán permanece a prudente distancia.  Una vez Job se dio cuenta de esta verdad, debió sentirse colmado de inmensa gratitud, incluso hasta el día que murió.

La bestia que no está allí

Hoy, los informes acerca de monstruos parecidos a dragones, provienen de las islas Británicas, Suecia, Rusia, Siberia, Argentina, Tasmania, Canadá y Estados Unidos, sólo para mencionar unos pocos lugares.  El finado naturalista doctor Ivan T. Sanderson, escribió en 1968: «Hoy, existen tres escuelas básicas de pensamiento acerca de estas criaturas.  Debo enfatizar aquí que ahora tenemos pruebas absolutas de que existen y que son animales.  No hay necesidad de discutirlo, de hecho nunca debió haber argumento alguno respecto a esto, y por una simple razón.  Esta es una pregunta directa: ¿Qué puede bramar sobre la superficie del agua a diez nudos, sin un marino que la conduzca, dejando una marca clara en el agua en forma de ‘v’, sin motores de propulsión?  Sin embargo, esto es justamente lo que se dice que hacen estas cosas, y que se han filmado que hacen.  Y una vez usted tiene una película de ‘algo’ que se impulsa por sí mismo sin un motor, no puede ser más que una inferencia a saber, un animal».

Él cita muchos ejemplos de avistamientos, incluyendo el del una vez famoso capitán Rostron de las Líneas Cunard.

Él y docenas de otros le han seguido las huellas a tal monstruo por muchas horas, en medio del océano.  ¡Se dice que tenía como una cuadra de largo!

En la Edad Media, los caballeros iban de un lado a otro matando dragones monstruosos, serpientes marinas, a las que se les llamaba en forma colectiva«gusanos».  La palabra anglosajona wyrm, era un término colectivo que significa «dragón, serpiente» o «gusano».  Se pensaba que estos gusanos diabólicos eran engendros del diablo y se dice que traían maldición a los pueblos y villas cercanas, todo lo cual iba acompañado por su gran apetito por el ganado.

Se han avistado ocasionalmente serpientes marinas de 61 a 100 metros de largo.  Se dice que el monstruo del lago Ness tiene unos 25 metros de largo.  Los monstruos medievales todavía llamados «dragones», aparecen mencionados literalmente en cientos de crónicas que se encuentran enmohecidas en húmedas bibliotecas, ignoradas prácticamente por todos.  Pero si alguien está interesado, hay muchos libros sobre la materia.

Uno de estos famosos relatos sobre un encuentro con un dragón lo menciona el naturalista F. W. Holiday, en su obra El gran gusano del lago Ness.  Aproximadamente en el año 1420, un tal John Lambton, un noble caballero, defendió su propiedad en el condado Durhman al lado del río Wear.  El sitio todavía es bien conocido, cerca de la moderna villa de Fatfiel, Inglaterra.  Tal parece que cuando joven, John había atrapado a un gusano joven mientras pescaba.  Semejaba «un gusano de la apariencia más impropia y repugnante».  Él lo arrojó a un pozo cercano, donde se dice que creció rápidamente, lo suficiente para escapar y arrastrarse hasta el río en donde se le vio por muchos años después de eso.  Finalmente, creció de un tamaño enorme y se aficionó a «hacer incursiones periódicas de pillaje en la villa» en donde se convirtió en una peste al devorar el ganado de las granjas de los alrededores.  Los labriegos estaban aterrados de muerte ante su sola presencia.

Mientras tanto, John, quien ahora era un hombre, había hecho votos cristianos y se había convertido en un caballero cruzado al servicio del rey.  Decidido a derrotar a la bestia, le aconsejaron que adornara su armadura con puntas de arpón para que así el pestilente gusano se cortara él mismo cuando tratara de devorarlo.  Según la historia, la estratagema funcionó y finalmente hizo pedazos al dragón.  Esta vieja balada que conmemora el evento se ha conservado hasta este día:

«Como un relámpago de luz viva,
Las aguas enciende alrededor de su sendero,
En un arco iris de brillantes colores.
Y cuando vio al caballero armado,
Se armó de todo su orgullo
Y se enrolló en un radiante espiral,
Cabalgó vigorosamente sobre la ola,
Y cuando se lanzó con su fuerza de dragón,
Un terremoto estremeció la roca.
Fieras chispas de fuego brillante cayeron sobre el caballero
Quien como roca inconmovible aguantó la acometida.
Aunque su corazón era intrépido, a no dudar tembló,
La sangre se le heló en las venas,
Mientras la fiera serpiente se enroscaba en su cuerpo,
Haciéndose pedazos en la lucha cuerpo a cuerpo con los arpones».

En ese tiempo los hombres morían a menudo víctimas de los dragones quienes los hacían pedazos.  En la mayoría de recuentos, tal como en esta balada, se mencionan en forma repetida muchos de los atributos del leviatán.  Pero, ¿qué otro animal arroja humo y fuego de su boca o hace hervir el agua como un caldero?  Sólo el leviatán se ajusta a esta descripción.  Los relatos de esta naturaleza suman montones.  Están presentados, no como un mito, sino como verdades absolutas.  Se dice que Lord Conyers le dio muerte a una «serpiente voladora que les daba muerte a hombres, mujeres y niños».  La recompensa que le dio el rey Eduardo III, fue la heredad de Sockburn, la que es propiedad de su familia hasta este mismo día.  También se habla del gusano de Linton y el dragón de Ruardean.

De todos los mata dragones, tal vez la figura más popular es San Jorge, a pesar de que muchos de los que llegaron después están mejor documentados.  Y dice la Enciclopedia sobre San Jorge: «Se ignora el día de su nacimiento, pero murió aproximadamente en el año 303.  Mártir cristiano y santo patrón de Inglaterra, nacido en Capadocia, Asia Menor oriental.  Su vida queda oscurecida por la leyenda, aunque su martirio en Lydda, Palestina, está considerado como hecho histórico, testificado por dos inscripciones primitivas en una iglesia siria y por un catálogo del papa Gelasio I, fechado en el año 494, en el que San Jorge aparece mencionado como una persona cuyo nombre fue objeto de veneración.  La más popular de las leyendas creadas en torno a él relata su encuentro con el dragón.  Una ciudad pagana de Libia era acosada por un dragón, al que los habitantes habían intentado en un principio aplacar ofreciéndole un cordero, y después con el sacrificio de varios miembros de su comunidad.  La hija del rey fue elegida por sorteo; antes de la aparición del monstruo, llegó Jorge, mató al dragón y convirtió a toda la comunidad al cristianismo.  En 1222 el Concilio de Oxford ordenó que su festividad, el 23 de abril, se celebrara como fiesta nacional, y en el siglo XIV se convirtió en el santo patrón de Inglaterra y de la orden de la Jarretera, a pesar de la ausencia de cualquier conexión histórica entre él e Inglaterra.  También es patrón de otras regiones como Cataluña en España y ciudades como Génova en Italia».

Y dice, refiriéndose a los dragones, un escritor de Hollywood: «No se puede poner en duda la existencia de estos gusanos.  Sabemos los nombres de personas que les dieron muerte y en dónde ocurrieron los encuentros.  Esos detalles están apoyados por documentos al igual que por evidencia monumental.  En Inglaterra aún existen varios relieves que muestran cuando se les da muerte a esos gusanos.  Los más típicos son los que se encuentran en las iglesias en Ruardean, Gloucestershire, Moreton Valence, Inglaterra y en Brinsop cerca de Hereford.

Es muy significativo que estos relieves se encuentren en los bancos de los ríos.  Al gusano de Lambton se le dio muerte en el río Wear.  El de Sockburn en el río Tees y el gusano de Linton en un tributario del Tweed.  Los relieves de Ruardean, Moreton y Brinsop se encuentran en los bancos del río Wye.  Era obvio que el gusano o dragón, como el ‘Orm’ en el río Ness, vivía en el agua».

Sí, vivía en el agua pero, ¿es este gusano simplemente un fenómeno histórico... o un mito pasado de generación en generación?  Difícilmente, ya que la historia del dragón se remonta a más de 4.000 años.  Lo encontramos en las culturas de Europa, Sythia, Mongolia y China.  Los arqueólogos han descubierto esculturas de dragones hermosamente ejecutadas en los muros de Babilonia antigua.

Y claro está, cualquiera que haya comido en un restaurante chino sabe que las personas del Lejano Oriente reverencian la criatura divina que llaman «dragón de la fortuna».  A esta criatura voladora se le considera como la guardiana de la sabiduría y de las bendiciones.  Sus hogares y negocios están profusamente decorados con dragones en diferentes escenarios.

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