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La imagen de Dios en el hombre

Douglas Hamp, autor de Descubriendo el lenguaje de Jesús, Los primeros seis días y Corrompiendo la imagen, obtuvo su maestría en la Biblia hebrea y el Medio Oriente en la Universidad Hebrea de Jerusalén, Israel.  Durante sus tres años en Israel, estudió tanto hebreo moderno cómo bíblico, arameo bíblico, griego Koine, otras lenguas antiguas, al igual que textos antiguos y la arqueología de la Biblia.

 Prestó sus servicios como pastor asistente en la Capilla Calvario de Costa Mesa, California, por más de seis años, en donde enseñó en la Escuela del Ministerio, en la Escuela en Español del Ministerio y en el Colegio Bíblico de la Escuela de Posgrado. Ha dictado numerosas conferencias sobre los lenguajes bíblicos, creacionismo y profecía en Estados Unidos e internacionalmente.
Recibe el apoyo del Dr. John Morris, presidente del Instituto para la Investigación de la Creación; Ken Ham, fundador y presidente de Respuestas en Génesis y el Museo de la Creación; Joseph Farah, presidente ejecutivo de WorldNetDaily.com, y de personalidades como el científico aeroespacial jubilado Dr. Stan Sholar y muchos más.
Es un seguidor comprometido de Yeshua - Jesús.  Vive con su esposa y sus tres hijos en el Sur de California.
Las dos simientes y la profecía de Génesis

     Algo abominable se cierne sobre este mundo: el esfuerzo final de Satanás en la batalla por destrozar la imagen y semejanza en que fue creado el hombre, contienda que ha estado desatada desde el principio del tiempo.  Si Satanás puede arruinarla, entonces podrá evitar su propia destrucción.  La Biblia declara que Jehová creó a Adán a su imagen y semejanza: “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza...” (Gn. 1:26a).

No obstante, cuando Adán pecó al desobedecer al Creador, esa imagen se corrompió, pero no se perdió.  Como resultado de esto, el hombre no puede estar con Él en persona, debido a que su código genético y composición espiritual se alteró, se corrompió, ya que sus descendientes fueron engendrados conforme a la imagen ya corrupta de su predecesor, como dice Génesis 5:3: “Y vivió Adán ciento treinta años, y engendró un hijo a su semejanza, conforme a su imagen, y llamó su nombre Set”.

Dios envió a su Hijo para que ofrendara su vida como un sacrificio perfecto por la humanidad, para así corregir el problema genético y moral de la raza humana por medio de la cruz.  Esta corrección tendrá su cumplimiento final cuando recibamos nuestros cuerpos glorificados.  No obstante, ha habido un movimiento constante de parte del enemigo para destruir completamente lo que queda de esa imagen.  El principio de esta historia lo encontramos en Génesis 3:15, que nos habla de las dos simientes.

La simiente de la mujer trajo al Salvador, la de Satanás traerá al Destructor.  En otras palabras, un día la serpiente procreará una falsificación de la encarnación.  Por consiguiente, vamos a investigar esta profecía en las páginas de la Biblia, desde una perspectiva genética, una perspectiva histórica y cuál será su impacto final en los últimos días.

Cuándo se corrompió la imagen

     La historia comienza en el huerto del Edén y concluye con la segunda venida de Cristo.  Inmediatamente después que Adán y Eva pecaron, Dios le dijo a la serpiente: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (Gn. 3:15).

A esta declaración se le llama a menudo el proto-evangelio, porque se trata del primer pronunciamiento de parte del Creador de que proveería un camino para que el hombre fuera salvo y el diablo destruido.  No sólo habla de buenas nuevas para los humanos y malas noticias para Satanás, sino que también nos dice algo acerca de cómo se llevará a cabo la redención, y cómo Satanás ha tratado y trata de trastornar los planes divinos.  El Señor declaró específicamente que habría odio entre su simiente y la de la mujer, y que Jesús, la simiente de la mujer, heriría la cabeza de la serpiente, y la serpiente le heriría en el calcañar.

La simiente de la mujer se hizo una realidad en la persona del Señor Jesucristo, y consistente con la interpretación de la Biblia, implica que la simiente de Satanás, de la misma manera será un día una realidad.  Desde que tuviera lugar la caída en el huerto, y en una manera similar el nacimiento virginal de Jesús, Satanás ha estado tratando por todos los medios de encontrar un camino para que “su simiente” se haga una realidad.

Casi lo logró en los días de Noé, cuando los hijos de Dios (los ángeles caídos) descendieron a la tierra y tomaron mujeres como esposas y engendraron una raza de seres genéticamente híbridos, llamada los «Nefilims»: “Aconteció que cuando comenzaron los hombres a multiplicarse sobre la faz de la tierra, y les nacieron hijas, que viendo los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas, tomaron para sí mujeres, escogiendo entre todas... Había gigantes en la tierra en aquellos días, y también después que se llegaron los hijos de Dios a las hijas de los hombres, y les engendraron hijos.  Estos fueron los valientes que desde la antigüedad fueron varones de renombre” (Gn. 6:1-2, 4).

Los Nefilims estuvieron en la tierra una vez más e invadieron el territorio de Canaán mientras el pueblo de Israel estaba en Egipto.  El Señor Jesucristo dijo en Mateo 24:37: “Mas como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del Hombre”.  Con esto quiso implicar, que en los últimos días reinarían las mismas condiciones que prevalecieron antes del diluvio.  Según la profecía de Génesis, Satanás un día mezclará su simiente con la humana para procrear al Anticristo, como una falsificación de la encarnación del Señor Jesucristo.

Las simientes prometidas

     Estamos seguros que la “simiente de la mujer” se refiere al Mesías por el pronombre personal «él» en hebreo.  Esto no alude colectivamente a la humanidad contra Satanás, sino a lo que el Mesías le haría a la obra del maligno.  Esta interpretación es ratificada por muchos comentaristas judíos de la antigüedad, al igual que por eruditos modernos.  El doctor Thomas Constable, fundador del Departamento de Educación del Seminario Teológico de Dallas, y profesor de exposición bíblica, articula muy bien la importancia de esta antigua profecía: La de la victoria final de la simiente de la mujer sobre Satanás:

•   “Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente.  No dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo” (Gá. 3:16).
•   “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo” (He. 2:14).

La mayoría de intérpretes han reconocido a Génesis 3:15, como la primera promesa bíblica de la provisión de salvación, es decir, el proto-evangelio o primer evangelio.  El resto del libro, de hecho el entero Antiguo Testamento procede a señalar que la simiente de Satanás será aniquilada cuando el Señor finalmente aplaste la cabeza de la serpiente.  Consecuentemente, es mucho más lo que implica este pasaje, que lo que el lector percibe a primera vista.

Se instituye un programa.  Se establece una conjura que nos llevará mucho más de lo que podemos captar en primera instancia, a lo que representan la serpiente y su simiente.  A Ese que aplastará la cabeza de la serpiente.  El Targum Pseudo Jonatan, el cual podríamos considerar como un comentario judío antiguo, dice que esto tendrá lugar en los días del Mesías.  El Targum Onkelos, otro comentario antiguo, implica que tanto la serpiente, es decir Satanás, como la mujer, tendrían un hijo de la promesa, y añade con relación a Génesis 3:15: «Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu hijo y el hijo de ella.  Él te recordará lo que le hiciste al principio, y lo que te hará a ti en el fin».

Por estas fuentes antiguas podemos entender que el remedio para el ataque en el calcañar estará centrado en el Mesías, y también que su simiente se está refiriendo a un hijo que está conectado con Eva.  Sin embargo, la simiente de la serpiente es una referencia al hijo de Satanás, quien de acuerdo con la hermenéutica (la sana interpretación de la Biblia), debe también ser su descendencia genética.
Ireneo, uno de los primeros padres de la iglesia, en su libro Contra herejías, identificó a Jesús como la simiente de la mujer y al Anticristo como la simiente de la serpiente que será pisoteada por el Mesías.  Tanto los intérpretes judíos como los cristianos, están convencidos que la referencia a la simiente de la mujer encuentra su culminación en el Mesías.  De tal manera que podemos resumir los elementos de Génesis 3:15 en la siguiente forma:

•   La enemistad entre la serpiente que es Satanás y Eva.
•   Enemistad entre la simiente de Satanás y la simiente de la mujer, que es Cristo.
•   Cristo herirá la cabeza de Satanás.
•   Satanás herirá el talón de Cristo.

El segundo punto es el más significativo de los cuatro.  La simiente de la mujer, de hecho resultó en la encarnación del Señor Jesús.  Antes de que podamos entender adecuadamente lo que esto significa, debemos primero ver que la Escritura dice claramente que la encarnación de Jesús sería el resultado de la simiente de la mujer y de la intervención del Espíritu Santo.  No podía ser a través de Adán, porque cuando él desobedeció, lo que perdió fue tanto espiritual como genético y su corrupción lo separó de Dios.

Desde allí podemos entender las profundidades de la promesa de que la Simiente de la Mujer traería redención para el hombre, y con eso en mente veremos cómo Dios restauraría su imagen perfecta en el creyente por medio de lo que la Biblia llama nuevo nacimiento.  Una vez que logramos entender esto, podremos ver cómo Satanás ha estado intentando destruir la imagen de Dios a lo largo de la historia, tal como está descrito en la Biblia y confirmado por evidencia extra bíblica, y cómo planea imitar y falsificar la obra redentora de Dios en el híbrido final de todos los tiempos al que la Biblia llama “la Bestia” o “Anticristo”.

El plan de Satanás para estos últimos días ya está en marcha, y se llevará a cabo en parte por medio del transhumanismo y por el engaño de los extraterrestres.  En otros artículos de Profecías Bíblicas, tal vez usted ya ha leído sobre el transhumanismo, pero si es la primera vez permítame aclararle de qué se trata esto.

El transhumanismo es un movimiento cultural internacional, intelectual y creciente, que ha sido abrazado por las más profundas y tenebrosas cámaras de los laboratorios nacionales en Estados Unidos, los cuales están tratando de usar la tecnología GRIN: la combinación de la genética, robótica, inteligencia artificial y la nanotecnología, como instrumentos para rediseñar radicalmente nuestras mentes, nuestras memorias, fisiología, descendencia, e incluso nuestras almas, tal como lo dice Joel Garreau, un periodista norteamericano nacido en 1948, erudito y autor del libro éxito de ventas publicado en inglés La evolución radical: La promesa y peligro de mejorar nuestras mentes, nuestros cuerpos y lo que significa ser humano.

El cambio tecnológico, cultural y metafísico que se está gestando, anticipa un futuro dominado por nuevas especies de seres humanos superiores e irreconocibles.  Lo que hará este sueño realidad, son los fondos de los gobiernos e instalaciones privadas de investigación alrededor del mundo.  Esto incluye entre otras cosas, rediseñar el ADN, en algunos casos de hecho hasta combinarlo con el de animales, un hecho no sólo reflejado en el presupuesto de la Agencia de Investigación de Proyectos Avanzados de Defensa (cuyas siglas en inglés son DARPA), y el presupuesto del presidente Barack Obama.  Sin embargo, lo que harán estos estudios sobre transhumanismo, no sólo es alterar nuestro cuerpo y alma, sino que abrirán una puerta que bien podrá ponernos en contacto con inteligencias invisibles.

Parte de la doctrina del movimiento de la Nueva Era asegura que el origen de los dioses, y de la raza humana, tal como lo conocemos hoy, es el resultado directo de la actividad extraterrestre, de los ovnis.  La Escritura registra en el capítulo 24 de Mateo que el Señor Jesucristo dijo, que estos eventos que ocurrieron durante los días de Noé, se comparaban con los días previos al rapto de la Iglesia.
Esta profecía es asombrosa, cuando uno se da cuenta que la actividad aparente de estos seres celestiales cesó aproximadamente hasta 1940.  Luego, siguiendo al infame incidente de Roswell, que tuvo lugar en Nuevo México en 1947, las personas alrededor del mundo comenzaron a tener encuentros con criaturas extrañas que están llevando a cabo experimentos reproductivos con una regularidad cada vez más creciente.  Uno se ve forzado a preguntarse: ¿Qué está pasando?  ¿Quiénes son estas criaturas?  ¿Son los visitantes actuales de los ovnis, los mismos del tiempo de Noé?  Y si es así, entonces ¿de qué se tratan estos experimentos reproductivos?  Quizá la respuesta a estas preguntas, se encuentran en el capítulo 6 de Génesis.

Otro de los factores que contribuyó a pavimentar el camino fue la teoría de la evolución, la cual está en el corazón de todas estas enseñanzas.  La evolución niega la existencia de Dios, y Satanás la ha usado para que las personas acepten la idea de que estamos evolucionando hacia otro nivel.  Por otra parte, el transhumanismo alardea de que el hombre puede dirigir su propio destino al rediseñar el código de su ADN.  El transhumanismo busca convertir a los hombres en dioses al dirigir su propia evolución.  En lugar de aceptar que el Creador originalmente hizo a Adán a su propia imagen y que el hombre ahora aunque es un ser caído, mediante el Señor Jesucristo será restaurado a esa imagen original y perfecta, el transhumanismo insiste en que puede hacerlo por sí mismo.  De hecho, el transhumanista Richard Seed, un físico nuclear de Chicago, audazmente declaró: «Vamos a convertirnos en dioses».

A fin de poder comprender el engaño, primero debemos entender que «La simiente de la mujer trajo al Salvador y la de Satanás traerá al Destructor», y que Dios es infinito, por lo tanto hay cosas que nunca podremos saber acerca de Él.  Sin embargo, todo lo que revela la Biblia debemos aplicarlo firmemente a nuestro concepto de quién es Él y cómo es.  Algo que es fundamental para entender a Dios es su imagen, porque la Escritura nos dice en Génesis 1:26, que hizo al hombre conforme a su imagen y semejanza, pero... ¿Qué significa realmente esto?: “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra”.

Satanás usará el deseo del hombre de ser su propio dios para engañarlo y hacerlo que crea la última mentira: que sus mensajeros caídos son tanto los creadores como los salvadores.  Él no hará esto abiertamente, sino que engañará a la humanidad por medio de los demonios, los cuales se disfrazan como “extraterrestres”, quienes están propagando el mensaje de que los habitantes de la tierra pueden evolucionar, ser como ellos y obtener poderes trascendentes.  Finalmente llegará la simiente de la serpiente, quien será un hombre superior que sus semejantes, quien entenderá todos los escenarios siniestros y se convertirá en el Anticristo.

La creación y caída de Adán

     Cuando Adán se encontraba en el huerto después de haber desobedecido a Dios, un sentimiento de miedo debió sobrecogerlo al escuchar la voz de Ése que no hacía mucho tiempo, lo había creado, a él y a su esposa Eva, y que antes le producía un goce indescriptible: “Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto.  Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú?” (Gn. 3:8, 9).

Adán podía recordar muy bien el primer momento cuando abrió sus ojos y vio a Quien había tomado el polvo de la tierra y con sus propias manos, lo había formado y luego le infundió su Espíritu.  El esplendor radiante del rostro de Dios fue lo primero que contempló este hombre acabado de hacer.  La expresión de su Creador debía hablar de la profundidad del amor que tenía para él.  Aunque Adán apenas comenzaba a respirar, entendía el cuidado tierno de su Padre.  Podía ver que irradiaba luz para él: su hijo.
Ese sexto día de la creación, cuando Dios creó al hombre a su propia imagen y semejanza, fue el día cuando Adán vio por primera vez a su Creador, ¡cuando contempló lo dulce y amoroso que era!   Había provisto todo para él: árboles, sombra, alimento delicioso y un hermoso huerto.  Le trajo los animales, a los cuales había creado horas antes, para que le pusiera nombres.  Sin embargo, debido a que no había nadie como él, entonces su Padre hizo algo más maravilloso.  Lo durmió profundamente, removió una de sus costillas, y entonces tomó de su médula ósea, los bloques constructores de su ADN, y formó una como él, pero diferente, una compañera que sería su complemento.  Ella era perfectamente apta para Adán y él la amó.

Sin embargo, le impuso una condición, le dijo: “...De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Gn. 2:16b. 17).  Pero la serpiente estaba atenta, y la primera vez que abrió su boca, fue para poner un interrogante donde Dios había puesto un punto.  Lo primero que hizo fue pervertir la opinión que tenían Adán y Eva de Dios.  Retrató al Creador como a un ser malo, que no se preocupaba por sus criaturas.  Por eso le hizo a Eva esta pregunta: “...¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?” (Gn. 3:1).  Y cuando Eva le respondió: “Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis.  Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal” (Gn. 3:2-5).

En otras palabras le dijo: «¡Dios está engañándolos!  Está ocultando la razón verdadera.  No quiere que coman el llamado ‘fruto prohibido’ porque sabe que si lo hacen, serán como Él mismo, todopoderosos!  Quiere la gloria, no porque sea justo, ¡sino porque no desea lo mejor para la humanidad!  ¡Es un mentiroso y egoísta!».  Note la astucia de Satanás: Hizo que Adán y Eva apartaran su atención de todo lo que tenían, para volverla hacia el único árbol al cual no tenían acceso.  Hizo que quedaran ciegos a las miles de plantas exóticas que colmaban el huerto, para que centraran su atención sólo en este árbol.  Este solo hecho negativo fue suficiente para desacreditar todo lo positivo.  Ese que venía con engaños acusó a Dios de mentiroso.  ¡Ese que no puede decir verdad, le imputó mentiras al Creador!

Si reflexionamos nos damos cuenta que Dios, de hecho, estaba exhibiendo su bondad al poner un cerco alrededor del árbol y decir: «¡No coman!».  Esto fue misericordia y gracia, y prueba que se preocupaba por Adán, Eva y por su futuro.  Cualquier restricción que nos pone es para nuestro bien, nunca para nuestro detrimento.  Contradiciendo al Señor, la serpiente le dijo a Eva: “No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal” (Gn. 3:4, 5).

Fue así como ellos comieron del fruto prohibido y desde el momento en que lo hicieron sus cuerpos comenzaron a deteriorarse físicamente, a envejecer y avanzar inexorablemente hacia la muerte, y murieron en el tiempo estipulado por el Creador, quien les dijo: “El día que de él comieres, ciertamente morirás”.  En ese mismo día del Señor murió Adán “Y fueron todos los días que vivió Adán novecientos treinta años; y murió” (Gn. 5:5).  Porque Pedro nos dice: “Mas, oh amados, no ignoréis esto: que para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día” (2 P. 3:8).  ¡Por lo tanto Adán murió exactamente en el día del Señor!  Y también habría muerto eternamente si Dios no hubiera intervenido.

Después de haber comido del fruto y escuchar al Señor que se paseaba en el huerto y le llamaba, el corazón de Adán estaba turbado y sus manos temblaban conforme trataba de coser las hojas para hacer una cobertura para Eva y para sí mismo.  Con sólo unos pocos nudos su nuevo vestido estaría listo.  Las hojas de higuera no eran gran cosa, pero al menos les proveería algo para cubrirse.  En el momento en que comieron del fruto prohibido, la luz que hasta ese momento irradiaba sus cuerpos, de súbito desapareció.
La serpiente les había dicho que no morirían, sino que al comer del fruto serían como Dios.  Estas palabras en un principio tenían sentido.  Después de todo, el Señor los creó y dijo que todo era bueno.  Ese árbol era parte de la creación hecha por Él.  Estaba en medio del huerto.  El conocimiento del bien y del mal, era claramente algo que Dios deseaba que el hombre tuviera, sin embargo, les había dicho que si comían del fruto prohibido, sin duda morirían.  El fruto parecía muy apetitoso y si lo comían obtendrían el conocimiento del bien y del mal y serían como Él.

Adán rápidamente se puso la vestidura de hojas de higuera que había hecho y se la colocó también a Eva.  ¿Qué había ocurrido?  ¿En dónde estaba la luz de la cual estaban revestidos en un principio?  ¿Qué les iba a decir Dios tan pronto como los viera?  ¿Qué iban a responderle?  Sus ojos ciertamente estaban abiertos y ahora se daban cuenta que habían sido engañados.  La serpiente les había prometido que serían como Dios, ¡pero ellos ya lo eran, aunque no lo habían advertido!  Estaban revestidos de la misma luz del Creador, estaban llenos de su Espíritu.  Ahora habían perdido todas estas cosas.  Pero... ¿podrían volver a recuperarlas?
Adán ahora entendía que lo del árbol era simplemente una decisión: escoger seguir a Dios, lo cual era bueno, o desobedecerlo y elegir el mal.  Él pudo haber resistido la tentación de la serpiente y ser semejante a su Señor, si hubiera retenido lo que le había dado: la luz y su Espíritu.  El decidir obedecerlo, de igual manera le habría abierto sus ojos y lo habría librado de la culpa, porque habría adoptado su propia decisión, una buena.

Adán ahora entendía que la resolución era seguir al Creador y obedecer su orden, eso era lo que requería de él, pero ahora era demasiado tarde... ¡era demasiado tarde!  ¡Había tomado la decisión equivocada!  Consideraba que verdaderamente había obtenido el conocimiento del bien y del mal.  Pero si hubiera decidido obedecer, habría comprobado que ya la tenía y que vivirían para siempre.  ¡Pero ahora morirían!  Debió secarse el sudor que empapaba su frente, porque ya podía sentir en su cuerpo cosas que nunca había experimentado antes. ¿Acaso era eso la muerte?

Dios estaba paseando, tal como hacía todos los días.  Adán podía ver cómo se aproximaba y que muy pronto ya no podría esconderse.  En un tono aterrado, “...él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí” (Gn. 3:10).  La voz gentil de Dios se tornó inquisitiva: “¿Quién te enseñó que estabas desnudo?  ¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses?” (Gn. 3:11).  Adán pensó rápidamente qué iba a responder.  ¿Qué podía decirle a Ese que le amaba?  ¿Cómo podía explicar su traición, su falta de fidelidad?

Sus ojos rápidamente se volvieron a la mujer, quien también permanecía inmóvil y pálida: “Y el hombre respondió: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí” (Gn. 3:12).  ¡Funcionó!  Al menos así lo creía, ya que el Señor Dios que estaba parado enfrente de ellos, se volvió hacia la mujer y le preguntó: “...¿Qué es lo que has hecho?  Y dijo la mujer: La serpiente me engañó, y comí” (Gn. 3:13b).

Adán entonces notó un cambio definitivo en el semblante de Dios.  De hecho, nunca había visto este aspecto de Él.  Hasta ese momento, sólo había contemplado un Creador amante y tierno.  Pero ahora con una voz de juicio, “Jehová Dios dijo a la serpiente: Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias y entre todos los animales del campo; sobre tu pecho andarás, y polvo comerás todos los días de tu vida.  Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (Gn. 3:14, 15).  Las palabras pronunciadas por Jehová eran buenas, y le proporcionaron a Adán cierto consuelo.  Después de todo había esperanza para él y su esposa.  Adán reflexionó en lo que dijo el Señor, a pesar de que no comprendía plenamente todo lo que conllevaba.

Un poco después de este tiempo de juicio, Dios hizo algo mucho más inesperado.  Tomó uno de los animales, a los que Adán le había puesto nombre, ¡y le dio muerte!  ¡Oh, cuán inmediata y aterradora era la muerte! ¿Por qué un animal que no había hecho nada tenía que morir?  Después de todo, pensaba Adán, era él quien había desobedecido a Dios, no el animal.  El Señor le quitó la piel, la limpió quitándole la sangre y luego los vistió con ella.  Debían llevar puesta la cobertura de piel, en lugar de la vestidura de luz que habían perdido.  ¡Cuán patética era en comparación con la que tenían!

Adán comenzó a anhelar ese día en que vendría la simiente de la mujer, destruiría la serpiente que lo había engañado y restauraría lo que había perdido: el Espíritu de Dios y la luz gloriosa que los recubría.  Adán también vislumbraba y pensaba en aquel día cuando ese estado llamado muerte, en el cual estaban atrapados ahora, sería removido.  ¿Cómo quitaría la simiente prometida, la corrupción que había tocado cada fibra de su ser?  Y si era simiente de la mujer, ¿cómo tendría el poder para restaurarlos?  El único anhelo de su corazón era ser libres.  ¡Cuándo llegaría ese día en que vendría la simiente prometida!

Al escuchar su sentencia, la serpiente comenzó a conjurar su escenario para contrarrestar la profecía.  También iba a proveer un salvador para la humanidad, pero de acuerdo a su propia imagen, porque pensaba que si podía destruir la imagen de Dios, también podría prevenir su propia destrucción.

La imagen maestra

     A fin de ponerle un alto al engaño, primero necesitamos entender el original.  Dios es infinito, y claro está hay cosas que nunca entenderemos respecto a Él.  Sin embargo, todo lo que revela la Biblia debemos aplicarlo firmemente a nuestro concepto general de quién es Él y cómo es.  Algo que es fundamental para entender al Creador, es su imagen.  Él nos dice en Génesis 1:26 que hizo al hombre a su imagen, conforme a su semejanza, pero... ¿Qué significa esto?  “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra” (Gn. 1:26).

¿Cómo podemos entender lo que significa, “imagen” y “semejanza”?  ¿Acaso imagen denota algo físico, respecto a la forma cómo “luce” Dios, o se trata simplemente de su carácter divino?  ¿Se refiere semejanza, a sus atributos?  Pero... ¿No será posible que aluda a la forma cómo luce?  Hablando generalmente, los comentaristas suponen que la palabra «imagen» se aplica sólo a los atributos Divinos y que en cualquier ocasión que la Escritura menciona, por ejemplo las manos de Dios, su cabeza, o pies, lo describe en términos antropomórficos a fin de que nosotros podamos entenderlo.  No obstante, la Biblia demuestra que cuando registra alguna visión o una descripción profética de Dios, realmente nos está permitiendo que le echemos una ojeada a su imagen, a la forma cómo es.  El poder tener una buena comprensión de la imagen del Creador nos ayudará a averiguar lo que está en el futuro del creyente, y también cómo el enemigo ha tratado de destruir la imagen en nosotros en el pasado, y cómo engañará a la humanidad en un futuro cercano.

De acuerdo con la Biblia, Dios es eterno y no hay ninguno como Él.  Tal como lo declaran estos pasajes de la Escritura:

•   “...Jehová es Dios arriba en el cielo y abajo en la tierra, y no hay otro” (Dt. 4:39b).
•   Él es Ese, “Que anuncia lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que digo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero” (Is. 46:10).
•   Quien dice: “Yo soy el primero, y yo soy el postrero, y fuera de mí no hay Dios” (Is. 44:6b).
•   Y también declara: “Yo hice la tierra, y creé sobre ella al hombre.  Yo, mis manos, extendieron los cielos, y a todo su ejército mandé” (Is. 45:12).  Dios existe por sí mismo, nunca fue creado y no tiene fin.  No hay nadie como Él en los cielos arriba, en la tierra o debajo de la tierra.

Adán, el primer hombre fue creado hace aproximadamente seis mil años, y cada ser humano en el planeta es un descendiente de él, por lo tanto todos somos seres creados.  Nunca nos convertiremos en dioses, ni nunca por medio de nuestros esfuerzos alcanzaremos la divinidad.  No es cierto que estemos evolucionando hacia un orden o existencia superior.  El hombre nunca será un dios, ¡mucho menos igual al Todopoderoso!  La Biblia expone con claridad cómo cayó del estado en que fuera creado.  Adán fue hecho a la imagen y semejanza de Dios, pero en su caída, cuando pecó y la muerte entró en el mundo, la imagen del Creador en él se corrompió.  La pregunta que tenemos ante nosotros es: ¿Qué es exactamente lo que quiso decir Dios cuando declaró que creó al hombre a su imagen y semejanza?

Hay varias formas cómo podemos comprobar el significado correcto de esa frase.  Primero que todo, examinaremos las palabras hebreas en cada instancia en que aparecen en la Biblia para ver cómo se usan en otros contextos.  Cuando se habla en términos del sector inmobiliario, el nombre del juego es la ubicación.  Mientras que en los estudios bíblicos es el contexto.  El término «contexto» determina lo que significa una palabra.  También podemos usar la lingüística comparativa para ver cómo otros idiomas semíticos interpretaban la misma raíz en su lengua.  Podemos volvernos a las traducciones más antiguas, tales como la Septuaginta en griego y el Targumim Arameo, para ver cómo tradujeron esas palabras.

Luego volveremos nuestra atención a lo que Dios revela de sí mismo en porciones de la Escritura.  La Biblia dice que Dios es espíritu.  Es claro que el Creador no es carne ni sangre, no depende del oxígeno, alimento, o agua; no es una forma de vida basada en el carbono.  Pero... ¿Acaso cuando decimos que es espíritu, lo que significa es que no tiene cuerpo?  Pablo hace una distinción entre los diferentes tipos de cuerpo en el capítulo 15 de su primera epístola a los Corintios.  Vamos a examinar pasajes en donde un profeta, vidente o discípulo “tiene una visión” de Dios en el cielo o en un lugar parecido.  Entonces... ¿Cómo debemos interpretar esto a la luz de la discusión de Pablo acerca de los cuerpos celestiales?

Lo siguiente que vamos a analizar es la simiente de Dios.  Primero Juan 3:9 dice, que la simiente de Dios permanece en nosotros.  En el hebreo, la palabra que se traduce como «espermatozoide» o esperma, es la misma que se usa para describir la simiente humana e incluso la animal que propaga la raza.  El apóstol Pedro dice que hemos sido redimidos con simiente incorruptible.  ¿Significa eso entonces que nosotros tenemos la simiente incorruptible de Dios?  ¿Cómo difiere esto de la simiente corrupta que tenemos en la actualidad?  ¿Será acaso por eso que el Señor Jesucristo dijo tan enfáticamente que teníamos que nacer de nuevo?  Pablo dijo que somos una nueva creación, que la vieja ya pasó.  El que el Espíritu Santo more en nosotros, ¿tendrá algo que ver con el hecho de que Dios sopló en la nariz de Adán el aliento de vida en el huerto?  ¿Se perdió esto cuando el hombre pecó?

La evidencia bíblica demostrará que la imagen y semejanza de Dios, NO SE REFIERE SÓLO a su carácter y atributos, sino también a su forma o figura, es decir, al aspecto general como luce cuando se le percibe con los ojos, o los ojos de la mente.  Además, la simiente de Dios, aunque no está compuesta de proteínas y aminoácidos en cadenas de ADN, es la que recibimos en nuestros cuerpos.  Esta también era la esencia de Adán antes de la caída, cuando estaba revestido de luz, tal como está Dios, y es algo que será restaurado en nosotros cuando nos encontremos en el reino celestial o espiritual.

A imagen y semejanza de Dios

     Dios declara en Génesis 1:26a y 27: “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza... Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó”.  Este hecho es reiterado así: “El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada; porque a imagen de Dios es hecho el hombre” (Gn. 9:6).

Dios es un ser infinito y tiene muchas características comunicables y no comunicables que podemos reconocer.  Ciertamente el hombre no es omnipotente y omnisciente como Él.  Pero sí comparte a un grado inferior, su creatividad, visión, pasión, habilidad para amar, misericordia, etc., cualidades que son parte de su imagen y semejanza.  Sin embargo, no nos centraremos en estos aspectos, sino específicamente en cómo, tanto la imagen y semejanza son usados en la Biblia con relación a su forma.  Las palabras y su combinación son las que forman la Escritura, y consecuentemente nuestra teología está construida sobre los términos que encontramos en ella.  Por esta razón, rastrear una palabra a través de la Escritura es un medio muy práctico para entender su significado y cómo debemos interpretarlo.

«Tselem»

     La palabra «imagen», que en el hebreo es Tselem, está mencionada quince veces en la Biblia hebrea.  Según el diccionario Hebreo Lexicon, el significado básico de su raíz se refiere a una «sombra».  Basado en su uso, podemos con confianza deducir la siguiente definición: «Una representación viva o no viva de algo más».  En once de quince versículos, «imágenes» se usa para referirse a ídolos.  En el libro de Ezequiel, «ídolos» eran la imagen, la representación física de un demonio u hombre.  Pablo explica que los ídolos eran de hecho demonios, declara: “Antes digo que lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios; y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios” (1 Co. 10:20).

La palabra Tselem se usó para describir esos ídolos o imágenes las cuales eran representación de los demonios que verdaderamente eran adorados, tal como leemos en Números 33:52: “Echaréis de delante de vosotros a todos los moradores del país, y destruiréis todos sus ídolos de piedra, y todas sus imágenes de fundición, y destruiréis todos sus lugares altos”.

Los versículos de Ezequiel son específicamente reveladores, ya que demuestran que las imágenes también eran representaciones de hombres (algo sobre lo cual estamos de acuerdo), como dicen estos pasajes:

•   “Por cuanto convirtieron la gloria de su ornamento en soberbia, e hicieron de ello las imágenes de sus abominables ídolos, por eso se lo convertí en cosa repugnante” (Ez. 7:20).
•   “Tomaste asimismo tus hermosas alhajas de oro y de plata que yo te había dado, y te hiciste imágenes de hombre y fornicaste con ellas” (Ez. 16:17).
•   Ezequiel 23:14 muestra que una imagen es una representación exacta de la cosa real: “Y aumentó sus fornicaciones; pues cuando vio a hombres pintados en la pared, imágenes de caldeos pintadas de color”.

La imagen no puede caminar o hablar, pero sí describe fielmente cómo luce la persona.  Lo mismo es en nuestros días, una fotografía no es la persona, pero sí su imagen.  Por consiguiente, una imagen transmite sólo alguna información, pero no todos los detalles.
El último versículo que necesitamos discutir para completar nuestro estudio es Génesis 5:3 el cual declara que Set fue engendrado a la imagen de Adán: “Y vivió Adán ciento treinta años, y engendró un hijo a su semejanza, conforme a su imagen, y llamó su nombre Set”.

Este versículo es una ilustración asombrosa de cómo somos.  Así como nuestros hijos actúan de la misma manera que nosotros, a nuestra semejanza, también se parecen físicamente.  Cuando veo a mis hijos, observo en sus rostros y apariencia, una combinación mía y de mi primera y segunda esposa, en ambos casos.  Ellos se parecen a nosotros.  Mi pequeño hijo, por ejemplo, se parece a mí cuando era niño.

Es por eso que teólogos respetables creen, que cuando Dios hizo a Adán lo hizo para que se pareciera a Él y actuara como Él.  Aunque los hijos luzcan como los padres y actúen como ellos, obviamente son seres separados y distintos.  De la misma forma, aseguran que Dios hizo a Adán para que actuara y luciera como Él, pero que Adán ni siquiera era dios con minúscula.

«T’munah»

     La palabra hebrea t’munah significa «aspecto, perfil, imagen o forma» y es muy análoga al término tselem, que ya hemos examinado.  Según el propio Dios, Moisés vio su forma: “Cara a cara hablaré con él, y claramente, y no por figuras; y verá la apariencia de Jehová.  ¿Por qué, pues, no tuvisteis temor de hablar contra mi siervo Moisés?” (Nm. 12:8).

Previamente los israelitas fueron instruidos de no hacer ninguna t’munah, es decir imagen de ninguna cosa en el cielo o en la tierra: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra” (Ex. 20:4).

Esta misma palabra se usa para describir lo que viera Moisés y también, lo que el pueblo de Israel no vio.  Ellos no pudieron percibir la forma real de Dios que sí observó Moisés.  Sin embargo, se usó la misma palabra para describir la imagen y semejanza de las cosas, es decir, para indicar la forma cómo lucían.  Moisés recordó al pueblo, el hecho que ellos no hayan visto la forma de Dios (a pesar de que tenía), y que por consiguiente, no debían hacer imagen de Él: “Y habló Jehová con vosotros de en medio del fuego; oísteis la voz de sus palabras, mas a excepción de oír la voz, ninguna figura visteis... Guardad, pues, mucho vuestras almas; pues ninguna figura visteis el día que Jehová habló con vosotros de en medio del fuego; para que no os corrompáis y hagáis para vosotros escultura, imagen de figura alguna, efigie de varón o hembra... Guardaos, no os olvidéis del pacto de Jehová vuestro Dios, que él estableció con vosotros, y no os hagáis escultura o imagen de ninguna cosa que Jehová tu Dios te ha prohibido... Cuando hayáis engendrado hijos y nietos, y hayáis envejecido en la tierra, si os corrompiereis e hiciereis escultura o imagen de cualquier cosa, e hiciereis lo malo ante los ojos de Jehová vuestro Dios, para enojarlo” (Dt. 4:12, 15-16, 23, 25).

Como testimonio de lo que tenemos en la Escritura, el salmista nos dice que seremos en la forma de Dios en su t’munah, cuando nos despertemos o seamos resucitados: “En cuanto a mí, veré tu rostro en justicia; estaré satisfecho cuando despierte a tu semejanza” (Sal. 17:15).

La visión de Ezequiel de Dios

     En el primer capítulo de su libro, el profeta Ezequiel nos habla de una visión que tuvo.  Describe los aspectos visuales de una serie de criaturas que vio que se movían cada vez que el Espíritu se movía: “Aconteció en el año treinta, en el mes cuarto, a los cinco días del mes, que estando yo en medio de los cautivos junto al río Quebar, los cielos se abrieron, y vi visiones de Dios... Y miré, y he aquí venía del norte un viento tempestuoso, y una gran nube, con un fuego envolvente, y alrededor de él un resplandor, y en medio del fuego algo que parecía como bronce refulgente, y en medio de ella la figura de cuatro seres vivientes.  Y esta era su apariencia: había en ellos semejanza de hombre… Y el aspecto de sus caras era cara de hombre, y cara de león al lado derecho de los cuatro, y cara de buey a la izquierda en los cuatro; asimismo había en los cuatro cara de águila.  Así eran sus caras.  Y tenían sus alas extendidas por encima, cada uno dos, las cuales se juntaban; y las otras dos cubrían sus cuerpos.  Y cada uno caminaba derecho hacia adelante; hacia donde el espíritu les movía que anduviesen, andaban; y cuando andaban, no se volvían.  Cuanto a la semejanza de los seres vivientes, su aspecto era como de carbones de fuego encendidos, como visión de hachones encendidos que andaba entre los seres vivientes; y el fuego resplandecía, y del fuego salían relámpagos.  Y los seres vivientes corrían y volvían a semejanza de relámpagos” (Ez. 1:1, 4, 5, 10-14).

Él, a continuación describe lo que observó por encima de las criaturas: “Y sobre las cabezas de los seres vivientes aparecía una expansión a manera de cristal maravilloso, extendido encima sobre sus cabezas” (Ez. 1:22).  Habiendo definido en gran detalle la apariencia o semejanza de las criaturas, Ezequiel entonces comparte que vio al Señor Jehová por encima de la expansión.  Dice: “Y sobre la expansión que había sobre sus cabezas se veía la figura de un trono que parecía de piedra de zafiro; y sobre la figura del trono había una semejanza que parecía de hombre sentado sobre él.  Y vi apariencia como de bronce refulgente, como apariencia de fuego dentro de ella en derredor, desde el aspecto de sus lomos para arriba; y desde sus lomos para abajo, vi que parecía como fuego, y que tenía resplandor alrededor.  Como parece el arco iris que está en las nubes el día que llueve, así era el parecer del resplandor alrededor.  Esta fue la visión de la semejanza de la gloria de Jehová.  Y cuando yo la vi, me postré sobre mi rostro, y oí la voz de uno que hablaba” (Ez. 1:26-28).

El versículo 26 nos muestra que el que está sobre el trono, que ya sabemos por el versículo 28 que es Dios, tiene la apariencia de un ser humano.  El texto hebreo original dice: «Como la semejanza de Adán».  En otras palabras, Dios, tiene “una semejanza que parecía de hombre”.  Pero antes aclararemos algo: Ezequiel no está implicando de ninguna manera que Dios tiene la imagen del hombre, porque sabemos por Génesis 1:26 y 27 que es el hombre quien fue hecho a la imagen de Dios.  De tal manera, que lo que el profeta declara es que Adán se asemeja a Dios.

Ezequiel tuvo otro encuentro con esta persona radiante: “Y miré, y he aquí una figura que parecía de hombre; desde sus lomos para abajo, fuego; y desde sus lomos para arriba parecía resplandor, el aspecto de bronce refulgente” (Ez. 8:2).
Sabemos también que se trata de Dios, debido al hecho que en los siguientes versículos, habla en primera persona y declara que Él es Ese que está siendo provocado y quien también juzgará: “Y me dijo: ¿No has visto, hijo de hombre?  ¿Es cosa liviana para la casa de Judá hacer las abominaciones que hacen aquí?  Después que han llenado de maldad la tierra, se volvieron a mí para irritarme; he aquí que aplican el ramo a sus narices.  Pues también yo procederé con furor; no perdonará mi ojo, ni tendré misericordia; y gritarán a mis oídos con gran voz, y no los oiré” (Ez. 8:17, 18).

Uno como el Hijo de Hombre

     Este «hombre de fuego» es el mismo que se revela en el libro de Apocalipsis, como Ese «que vive, y estuvo muerto; y he aquí vive por los siglos de los siglos».  También es descrito como “El Hijo del Hombre”, que es la forma hebrea para decir «humano»: “Y me volví para ver la voz que hablaba conmigo; y vuelto, vi siete candeleros de oro, y en medio de los siete candeleros, a uno semejante al Hijo del Hombre, vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido por el pecho con un cinto de oro.  Su cabeza y sus cabellos eran blancos como blanca lana, como nieve; sus ojos como llama de fuego; y sus pies semejantes al bronce bruñido, refulgente como en un horno; y su voz como estruendo de muchas aguas.  Tenía en su diestra siete estrellas; de su boca salía una espada aguda de dos filos; y su rostro era como el sol cuando resplandece en su fuerza.  Cuando le vi, caí como muerto a sus pies.  Y él puso su diestra sobre mí, diciéndome: No temas; yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén.  Y tengo las llaves de la muerte y del Hades” (Ap. 1:12-18).

Toda la evidencia parece indicar que el hombre luce como Dios.  Ciertamente, el Creador está muy por encima de su creación, sin embargo hizo que de alguna forma nos pareciéramos a Él.  Un día seremos semejantes a Él, en el hecho que también estaremos revestidos de su luz radiante y tendremos un aspecto similar.  Veamos lo que dicen estos pasajes de la Escritura:

•   “En cuanto a mí, veré tu rostro en justicia; estaré satisfecho cuando despierte a tu semejanza” (Sal. 17:15).
•   “Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (1 Jn. 3:2).

Un cuerpo espiritual

     Sin embargo, ¿cómo puede ser todo esto, cuando se nos dice tan claramente en el capítulo 4 de Juan que Dios es espíritu?  ¿Cómo puede Dios entonces, tener una figura o una forma?  Para entender esto es necesario que vayamos al capítulo 15 de la primera epístola a los Corintios, en donde Pablo deja claro que en el mundo venidero no estaremos en estado incorpóreo, sino que tendremos una nueva clase de cuerpo.  El cuerpo actual, del cual fue hecho originalmente el de Adán, es de polvo, queriendo implicar con esto que es una forma de vida basada en el carbono y literalmente es terrenal.  Sin embargo, el cuerpo celestial será de una naturaleza diferente y no limitada, como el terrenal.  Pablo responde así a esta pregunta: “Pero dirá alguno: ¿Cómo resucitarán los muertos?  ¿Con qué cuerpo vendrán?” (1 Co. 15:35).  Luego procede a explicar los diferentes tipos de cuerpos: humanos, animales, pájaros, peces, naturales y espirituales, y cómo serán nuestros nuevos cuerpos: “Necio, lo que tú siembras no se vivifica, si no muere antes.  Y lo que siembras no es el cuerpo que ha de salir, sino el grano desnudo, ya sea de trigo o de otro grano; pero Dios le da el cuerpo como él quiso, y a cada semilla su propio cuerpo.  No toda carne es la misma carne, sino que una carne es la de los hombres, otra carne la de las bestias, otra la de los peces, y otra la de las aves.  Y hay cuerpos celestiales, y cuerpos terrenales; pero una es la gloria de los celestiales, y otra la de los terrenales.  Una es la gloria del sol, otra la gloria de la luna, y otra la gloria de las estrellas, pues una estrella es diferente de otra en gloria” (1 Co. 15:36-41).
Pablo hace una serie de revelaciones importantes concerniente a cómo es Jesús, y cómo seremos después de resucitar.  Comienza diciendo que primero hay diferentes clases de carne: animal, peces, aves y humanos, y estos últimos los divide en celestiales y terrenales: “Así también es la resurrección de los muertos.  Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción.  Se siembra en deshonra, resucitará en gloria; se siembra en debilidad, resucitará en poder.  Se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual.  Hay cuerpo animal, y hay cuerpo espiritual” (1 Co. 15:42-44).

Pablo está mostrando los paralelos entre los cuerpos terrenales y los espirituales.  Por el hecho que nuestro cuerpo futuro no estará hecho de polvo, eso no significa que no será tangible, algo que se pueda tocar y que sea permanente: “Así también está escrito: Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante.  Mas lo espiritual no es primero, sino lo animal; luego lo espiritual.  El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, que es el Señor, es del cielo.  Cual el terrenal, tales también los terrenales; y cual el celestial, tales también los celestiales.  Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial” (1 Co. 15:45-49).

Por este pasaje aprendemos que así como fuimos hechos físicamente a  semejanza de Adán, así también en la resurrección portaremos la imagen de Jesús corporalmente: “Así también es la resurrección de los muertos.  Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción.  Se siembra en deshonra, resucitará en gloria; se siembra en debilidad, resucitará en poder.  Se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual.  Hay cuerpo animal, y hay cuerpo espiritual.  Así también está escrito: Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante.  Mas lo espiritual no es primero, sino lo animal; luego lo espiritual.  El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, que es el Señor, es del cielo.  Cual el terrenal, tales también los terrenales; y cual el celestial, tales también los celestiales.  Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial.  Pero esto digo, hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción.  He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados.  Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad.  Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria” (1 Co. 15:42-54).

El punto final de Pablo es que espiritual no significa algo nebuloso o incorpóreo.  Simplemente quiere decir tener un cuerpo, pero en la dimensión espiritual.  El cuerpo resucitado del Señor Jesucristo parece ser un paradigma, un modelo de cómo será el nuestro.  Su cuerpo resucitado no está sometido al pecado, corrupción, decadencia, descomposición, o muerte.  Puede pasar a través de las paredes, existir en el reino espiritual y sin embargo entrar en este mundo, y comer y beber a voluntad.  Si Jesús es el paradigma, entonces esto significa que tendremos un cuerpo similar, si no exacto, tal vez paralelo.  Pablo declara que nuestro yo, es a semejanza de Dios, y que por lo tanto debemos despojarnos “…del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos”, y renovarnos “...en el espíritu de (n)uestra mente, y vesti(rnos) del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Ef. 4:22b-24).

Semejantes a su cuerpo

     Pablo es incluso más específico en el libro de Filipenses en donde declara que nuestros cuerpos serán semejantes al del Señor.  Nuestra existencia en el mundo venidero, no será un alma sin cuerpo, sino que tendremos uno que será mucho más real y tangible que el actual.  Sólo que no estará hecho de polvo como el que tenemos ahora, ¡sino de “espíritu” y será como el del propio Señor Jesucristo!: “El cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas” (Fil. 3:21).

Juan corrobora esto en su primera epístola cuando declara: “...Aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (1 Jn. 3:2b).  Lo que hemos aprendido es que Dios es espíritu, y claro está su cuerpo no es terrenal (no está hecho de polvo), su esencia es espíritu, además no es creado.  Sin embargo, esto no implica que es incorpóreo.  Él tiene un cuerpo espiritual e hizo al hombre a su imagen.  Nuestro cuerpo es un reflejo o sombra del suyo.  De acuerdo con la Escritura, el reino celestial es el original y las cosas aquí en esta tierra, son más o menos una copia.  Leemos en Hebreos 8:5 con respecto a los sacerdotes: “Los cuales sirven a lo que es figura y sombra de las cosas celestiales, como se le advirtió a Moisés cuando iba a erigir el tabernáculo, diciéndole: Mira, haz todas las cosas conforme al modelo que se te ha mostrado en el monte”.

De hecho, cada lugar en la Biblia que describe una visión Divina, notamos que Dios tiene características que están asociadas con un cuerpo.  Además del pasaje revelador del primer capítulo de Ezequiel, hay varios otros textos en los cuales se narra algo sobre la forma o figura de Dios.  Tal como este que dice: “Y subieron Moisés y Aarón, Nadab y Abiú, y setenta de los ancianos de Israel; y vieron al Dios de Israel; y había debajo de sus pies como un embaldosado de zafiro, semejante al cielo cuando está sereno.  Mas no extendió su mano sobre los príncipes de los hijos de Israel; y vieron a Dios, y comieron y bebieron” (Ex. 24:9-11).

Aquí vemos la misma referencia a la piedra de zafiro, tal como la vimos en Ezequiel 1:26.  En este pasaje parece que sólo sus pies son visibles, pero eso es significativo.  Si interpretamos este texto directamente, debemos concluir que Moisés y los ancianos de hecho vieron a Dios, incluyendo sus pies.  Pero... ¿Será posible que ese texto implique exactamente lo que dice?  En 2 Crónicas 18:18, el profeta Micaías describe lo que vio: “Entonces él dijo: Oíd, pues, palabra de Jehová: Yo he visto a Jehová sentado en su trono, y todo el ejército de los cielos estaba a su mano derecha y a su izquierda”.

Por este pasaje podemos saber que Dios se sienta.  Aunque es posible deducir que lo hace, no porque esté fatigado como los seres humanos, pero sí podemos ver su cuerpo sentado sobre su trono.  Esto mismo también vieron Isaías y Daniel:

•   “En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo” (Is. 6:1).
•   “Estuve mirando hasta que fueron puestos tronos, y se sentó un Anciano de días, cuyo vestido era blanco como la nieve, y el pelo de su cabeza como lana limpia; su trono llama de fuego, y las ruedas del mismo, fuego ardiente” (Dn. 7:9).

Daniel incluso ve mucho más que Isaías.  Nota que el “Anciano de días” está sentado, y que también sus vestiduras son blancas como la nieve, y el cabello de su cabeza como lana pura.  Dios no sólo está sentado, sino que tiene cabello sobre su cabeza.  Los eruditos a menudo han tratado de explicar estas descripciones, interpretándolas figurativamente o asegurando que los autores bíblicos están usando lenguaje antropomórfico.  Sin embargo, cuando se examina el pasaje minuciosamente, esta interpretación se hace añicos.  Después de todo, ya hemos visto que Ezequiel dice que vio sobre el trono a «alguien semejante a Adán».  Ciertamente, Dios es mucho más grandioso que lo que nosotros podamos concebir o entender, pero su forma básica o silueta, no es el punto en cuestión.  Él existe en un cuerpo espiritual.

Pero... ¿Podemos entender esto completamente?  No, pero la idea general es suficiente para captarla.  Aparentemente, los eruditos se sienten celosos por guardar el carácter de Dios.  Ellos quizá temen que si se toma muy literalmente el lenguaje de las manos, pies, cabeza y cabello, podría hacer que las personas redujeran a Dios a la imagen del hombre.  Pero como ya hemos examinado, la verdad es exactamente lo opuesto.  Dios creó a Adán y a la humanidad a su imagen y semejanza.  Cuando Adán y Eva le prestaron atención a las astutas palabras de la serpiente, ellos murieron de inmediato, sin embargo le tomó a Adán 930 años para sucumbir finalmente a la muerte.  Pero... ¿Cómo pueden ambas cosas ser ciertas?  Bueno, eso ya lo explicamos, pero lo repetiremos una vez más.

Desde el momento en que comieron del fruto prohibido sus cuerpos comenzaron a deteriorarse físicamente, a envejecer y avanzar inexorablemente hacia la muerte, y murieron en el tiempo estipulado por el Creador, quien les dijo: “El día que de él comieres, ciertamente morirás”.  En ese mismo día del Señor murió Adán: “Y fueron todos los días que vivió Adán novecientos treinta años; y murió” (Gn. 5:5).  Porque Pedro nos dice: “Mas, oh amados, no ignoréis esto: que para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día” (2 P. 3:8).  ¡Por lo tanto Adán murió exactamente en el día del Señor!  Y también habría muerto eternamente si Dios no hubiera intervenido.

La naturaleza Triuna de Dios

     Pero... ¿Cómo pudo ser que muchos, incluyendo los líderes de Israel vieron a Dios, si hay pasajes innegables en el Nuevo Testamento, en los cuales el propio Señor Jesucristo declara que nadie ha visto a Dios?  Dice por ejemplo:

•   “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer” (Jn. 1:18).
•   “También el Padre que me envió ha dado testimonio de mí.  Nunca habéis oído su voz, ni habéis visto su aspecto” (Jn. 5:37).
•   En Éxodo 33:20, Jehová “Dijo más: No podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y vivirá”.
Y entonces... ¿Cómo podemos explicar estos pasajes, a la luz de las muchas veces que los profetas dicen que vieron a Dios, incluyendo Éxodo 24:9 y 10 que declara: “Y subieron Moisés y Aarón, Nadab y Abiú, y setenta de los ancianos de Israel; y vieron al Dios de Israel; y había debajo de sus pies como un embaldosado de zafiro, semejante al cielo cuando está sereno”?
Cuando el Señor Jesucristo afirmó que nadie ha visto a Dios, se estaba refiriendo a dos cosas:

1.  Nadie ha visto al Padre, pero obviamente ellos fueron capaces de verlo a Él, a Jesús, quien es el Verbo hecho carne, es decir, la segunda Persona de la Trinidad.  Es por eso que le respondió a Felipe diciendo: “¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe?  El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre?” (Jn. 14:9).  Según el Señor Jesucristo, si lo hemos visto a Él, hemos visto al Padre.
2.  Nadie puede ver a Dios en toda su gloria.  Sin embargo, Moisés estuvo cerca de Él, cuando lo escondió en la hendidura de la peña y permitió que viera sus espaldas.  De tal manera que se entiende que nadie puede ver el rostro de Dios en toda su gloria.  Por consiguiente cuando Moisés hizo esta petición, a la luz de su relación íntima con el Creador, Él le permitió que le viera, y le dijo: “Y cuando pase mi gloria, yo te pondré en una hendidura de la peña, y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado.  Después apartaré mi mano, y verás mis espaldas; mas no se verá mi rostro” (Ex. 33:22, 23).

El que los profetas vieran el rostro de Dios y vivieran, mientras que Moisés no pudo, se debió al hecho que los profetas sólo contemplaron visiones de Dios, mientras que Moisés estuvo en su propia presencia.  La diferencia puede compararse a la de un astronauta que viaja en una nave espacial en dirección al sol para examinarlo de cerca, y otro que lo hace a través de la pantalla de una computadora, o por medio de la realidad virtual.

Si la persona en la nave espacial se aproxima demasiado, se calcinará porque el calor y la energía son muy elevados.  Sin embargo, el sol puede ser estudiado con grandes detalles si uno usa una cámara y proyecta su imagen a través de la pantalla de un televisor o de una computadora.  De hecho, es lo que sucede con la televisión, la que transmite la idea de lo que le ocurrió a los profetas.  El Diccionario Etimológico en Línea, define la televisión «como la acción de ver de otra manera por medio de las ondas Hertzianas, lo que está existiendo u ocurriendo en un lugar oculto o distante de los ojos del observador».  Por consiguiente, de una forma similar fue posible ver el rostro de Dios, por eso Isaías declaró: “¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos” (Is. 6:5).
No obstante, el estar en la misma presencia de Dios no era posible, incluso ni siquiera para alguien tan cercano a Él como Moisés.  De ahí que la experiencia del profeta fuera algo similar a la experiencia de la realidad virtual, donde la persona ve y puede incluso interactuar con las cosas en la pantalla, pero sin encontrarse físicamente allí.

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