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Los insensato de Dios

Dijo el apóstol Pablo por inspiración Divina: “Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres” (1 Co. 1:25).  La palabra “insensato” en el pasaje bíblico citado, se origina del término griego moros, del cual se deriva la palabra «morón».

Pero... ¿Cómo puede un Dios perfecto, omnisapiente de alguna forma hacer algo insensato?  La sola idea parece ser irrespetuosa, ¡tal vez hasta blasfema!  Sin embargo, es obvio que la Biblia habla claramente de “lo insensato de Dios”.  Sin embargo, luego de reflexionar nos damos cuenta que Pablo está empleando aquí un instrumento literario.  Es una paradoja, una contradicción aparente de términos, intentando enfatizar un punto, es decir, que incluso la idea más necia de Dios, es infinitamente superior a la más grande sabiduría del hombre.

Es un punto que toca muy de cerca a muchos de nosotros.  ¿Alguna vez ha tenido que decidir entre obedecer a Dios o seguir su propia sabiduría y lógica?  Yo lo he hecho, y tal vez usted también.

Abraham enfrentó tal decisión.  Dios le llamó para que abandonara su tierra en Caldea, sin siquiera decirle a dónde tenía que ir: “Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré” (Gn. 12:1).

Abraham, cuyo nombre original era Abram, obedeció las instrucciones de Dios.  Hasta donde sabemos, respondió de inmediato, sin vacilar o pensarlo mucho.  Él y su familia lo empacaron todo y partieron sin siquiera preguntar a Dios respecto a su lugar de destino: “Y se fue Abram, como Jehová le dijo; y Lot fue con él.  Y era Abram de edad de setenta y cinco años cuando salió de Harán” (Gn. 12:4).

La obediencia del patriarca llega a ser incluso aún más impresionante, cuando advertimos que estos eventos tuvieron lugar hace 4.000 años, cuando el viajar era algo lento y peligroso.  En esos días las personas no contaban con automóviles, trenes, aviones, ni siquiera una bicicleta.  Las únicas carreteras, eran caminos pedregosos, rutas peligrosas plagadas de asesinos y asaltantes.  No asombra entonces que tantas personas vivieran toda su vida, desde la cuna hasta la tumba, a no más de 15 kilómetros de distancia del lugar donde nacieron.

Sin embargo, Abraham, junto con toda su familia y su ganado, estuvieron dispuestos a embarcarse en una jornada de unos 800 a 1.300 kilómetros, dependiendo de la ruta que tomaron.  ¿No le parece increíble?

Si fuésemos Abraham, habríamos hecho muchas preguntas, tales como estas: «¿Hacia dónde vamos a ir?  ¿Cómo serán las personas que viven en ese lugar?  ¿Qué idioma hablan?  ¿Podremos encontrar trabajo allí?  ¿Qué tal serán las escuelas?  ¿Cuánto tardará nuestro viaje?».

Pero Abraham no cuestionó las órdenes de Dios, sólo las siguió.  Ahora, no estamos sugiriendo que debemos vivir nuestras vidas de forma despreocupada, ni tampoco que las decisiones ilógicas son siempre las mejores, ¡nada más lejos de eso!  El punto simplemente es este: Debemos recordar que los caminos de Dios son siempre los mejores, porque su sabiduría es infinitamente mayor que la nuestra.  De hecho, la Biblia delinea un buen número de paradojas divinas, en donde Dios reta nuestra sabiduría humana convencional.

La verdadera libertad proviene de ser un siervo

     Una de estas paradojas Divinas, es que no somos verdaderamente libres, hasta tanto no nos convertimos en siervos.  El apóstol Pablo dijo de sí mismo: “Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios” (Ro. 1:1).  Aquí, la palabra griega para “siervo” es doulos.

En el antiguo imperio romano, la razón más común para que alguien se convirtiera en doulos, es decir, en esclavo o siervo, era para pagar una deuda.  Sin embargo, alguien se convertía en esclavo, simplemente para tener comida para su familia y un techo que lo cubriera.

Entonces tenemos aquí a Pablo, quien era un ciudadano romano, un hombre libre, educado y criado en una clase alta, ¡refiriéndose orgullosamente a sí mismo como un esclavo común y corriente!

Sí, era cierto.  Pablo estaba muy consciente que el Hijo de Dios había pagado un precio muy alto para redimirlo.  Por eso escribió: “Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1 Co. 6:20).
Asimismo dijo Pedro: “Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 P. 1:18, 19).

¡Esto debería sernos cierto!  De esta paradoja podríamos derivar un subtítulo, que podríamos llamar: «La verdadera identidad e individualidad, proviene únicamente de la sumisión».

Algunas personas piensan que Dios desea que todos sus hijos luzcan, hablen y piensen como si fueran robots, como marionetas a su servicio.  Sin embargo, todo lo que tenemos que hacer es mirar a la creación que nos rodea, para reconocer que Dios valora la individualidad.  Se dice que ni siquiera dos copos de nieve son exactamente iguales, ¡y hay literalmente billones de estas obras de arte microscópicas!  ¿Qué le parece esto en lo que respecta a variedad e individualidad?

El diablo desea que pensemos que el propósito de Dios es dominarnos y ahogarnos.  Esta fue la mentira que le hizo creer a Adán y a Eva en el huerto del Edén.  Convenció a Eva que Dios estaba tratando de refrenarlos para que alcanzaran su verdadero potencial, cuando la verdad era completamente lo contrario.

Como dice el recuento bíblico: “Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho; la cual dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?  Y la mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis.  Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal.  Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella.  Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales” (Gn. 3:1-7).

El enemigo ahoga, estanca y estrangula, mientras que Dios trae libertad, identidad y realización final.  Cuando nos convertimos en siervos de Jesús, Él nos otorga libertad para que nos transformemos en los individuos únicos para lo cual nos creó.  Nuestra verdadera identidad está en Él mientras aprendemos a convertirnos en todo lo que desea que seamos.  El Señor Jesucristo dijo: “Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (Jn. 8:36).

La tendencia que existe entre la humanidad en general, es que entre más confiamos en las armas, más efectivos seremos en la guerra.  Todos se sienten impresionados con las demostraciones externas de poderío militar.

Anualmente se celebran en Estados Unidos exhibiciones de los nuevos aviones de guerra, y nadie puede negar que en un sentido impresionan, aunque esto sea engañoso.  Todo este sofisticado armamento puede hacernos pensar que estamos a salvo y seguros, cuando realmente no es así.  En ese sentido, son más bien armas de engaño masivo.

La Biblia dice que nuestros verdaderos enemigos son espirituales más que físicos.  Es decir, que estamos peleando contra legiones del mal, las fuerzas demoníacas de las tinieblas.  Pablo advirtió: “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Ef. 6:12).
Claro está, hay un lugar para la guerra convencional, sin embargo es una futilidad librar una guerra espiritual con sólo armamento físico.  Es como tratar de contener el agua dentro de un colador.  Desde que comenzó la guerra terrorista con la destrucción de las Torres Gemelas en septiembre del 2001, esta guerra todavía continúa, Estados Unidos no ha podido ganarla a pesar de su poderío militar, por el contrario, ha costado miles de vidas.  Lo que las personas han ignorado, es que la guerra terrorista tiene un componente espiritual que no se puede desconocer.  Entre más pronto captamos el mensaje, mejor.

En el Israel antiguo, los sacerdotes armados con sus trompetas, eran considerados una parte tan importante de la fuerza de guerra, como los más afamados y poderosos guerreros, tal como leemos en Josué 6:9: “Y los hombres armados iban delante de los sacerdotes que tocaban las bocinas, y la retaguardia iba tras el arca, mientras las bocinas sonaban continuamente”.  ¿Puede usted imaginar ir a la batalla con una porción significativa de su ejército, armado con instrumentos musicales en lugar de armas?  Suena absurdo y hasta loco, pero eso es precisamente lo que hacían los israelitas de la antigüedad.

Las realidades espirituales son la razón verdadera de las realidades físicas.  La oración puede ser un arma poderosa cuando impacta las fuerzas poderosas en el reino espiritual.  Tal como en esta ocasión en que Eliseo oró: “Y se levantó de mañana y salió el que servía al varón de Dios, y he aquí el ejército que tenía sitiada la ciudad, con gente de a caballo y carros.  Entonces su criado le dijo: ¡Ah, señor mío! ¿qué haremos?  Él le dijo: No tengas miedo, porque más son los que están con nosotros que los que están con ellos.  Y oró Eliseo, y dijo: Te ruego, oh Jehová, que abras sus ojos para que vea.  Entonces Jehová abrió los ojos del criado, y miró; y he aquí que el monte estaba lleno de gente de a caballo, y de carros de fuego alrededor de Eliseo” (2 R. 6:15-17).

En el Israel antiguo, el pueblo de Dios obtenía la victoria, no tanto por su poderío militar, sino porque eran poderosos en oración y alabanza.  El rey David aclamó y alabó a Dios por medio de Asaf (para liberación), y decía: “Sálvanos, oh Dios, salvación nuestra; recógenos, y líbranos de las naciones, para que confesemos tu santo nombre, y nos gloriemos en tus alabanzas” (1 Cr. 16:35).

Este mismo principio se aplica hoy: “Estos confían en carros, y aquéllos en caballos; mas nosotros del nombre de Jehová nuestro Dios tendremos memoria” (Sal. 20:7).

La vida proviene de la muerte

     Cuando se mira cara a cara, la muerte luce como tinieblas, desesperación y derrota.  El apóstol Pablo dijo de nuestro enemigo final: “Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte” (1 Co. 15:26).

Sin embargo, la muerte también es la puerta de entrada hacia la gloria, nueva vida y victoria final; tal como lo describe Pablo: “Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho.  Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos.  Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados.  Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida... Así también es la resurrección de los muertos.  Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción.  Se siembra en deshonra, resucitará en gloria; se siembra en debilidad, resucitará en poder.  Se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual.  Hay cuerpo animal, y hay cuerpo espiritual... Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad.  Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria.  ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?  ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?  ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley.  Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Co. 15:20-23, 42-44, 53-57).

En una de las lecciones más conmovedoras de la naturaleza, aprendemos que incluso una simple semilla de grano, primero debe morir, antes que pueda brotar una nueva vida de ella: “De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto” (Jn. 12:24).

El Señor Jesucristo tuvo que morir antes de poder resucitar en poder y gloria.  La Biblia lo dice: “Así también es la resurrección de los muertos.  Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción.  Se siembra en deshonra, resucitará en gloria; se siembra en debilidad, resucitará en poder” (1 Co. 15:42, 43).

Si desea ser el primero, póngase como último

     Casi siempre los patrones del mundo están en desacuerdo con Dios.  Este hecho es visto fácilmente en el Sermón del Monte, en donde el Señor Jesucristo enunció una serie de principios del Reino que distinguió de muchos valores comunes sostenidos por el mundo.

Uno de esos principios del Reino es el dado en Mateo 5:5 y Salmo 37:11, donde dice que “…los mansos heredarán la tierra…”  ¡Cuánta diferencia hay en esto y en lo que observamos en el mundo hoy!  El actual sistema mundial es dominado por los individuos más ricos, fuertes y poderosos en el planeta.  A menudo el código de ellos es: «Quien tiene poder siempre tiene la razón».

¡Esto es positivamente una secuela de las enseñanzas de Darwin!  Que sólo los fuertes y dominantes sobreviven, que la selección natural es lo mejor.  Sin embargo, no siempre será así, porque en el Reino venidero gobernarán los mansos.  Algunas personas que fueron poderosas e importantes en esta vida, no llamarán la atención para nada en la otra, mientras que otras que apenas eran notadas se convertirán en gobernantes.  Tal como dijo el Señor Jesucristo:

•   “Pero muchos primeros serán postreros, y postreros, primeros” (Mt. 19:30).
•   “Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, postrándose ante él y pidiéndole algo.  Él le dijo: ¿Qué quieres?  Ella le dijo: Ordena que en tu reino se sienten estos dos hijos míos, el uno a tu derecha, y el otro a tu izquierda.  Entonces Jesús respondiendo, dijo: No sabéis lo que pedís.  ¿Podéis beber del vaso que yo he de beber, y ser bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado?  Y ellos le dijeron: Podemos.  Él les dijo: A la verdad, de mi vaso beberéis, y con el bautismo con que yo soy bautizado, seréis bautizados; pero el sentaros a mi derecha y a mi izquierda, no es mío darlo, sino a aquellos para quienes está preparado por mi Padre.  Cuando los diez oyeron esto, se enojaron contra los dos hermanos.  Entonces Jesús, llamándolos, dijo: Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad.  Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mt. 20:20-28).

El Señor se inclinó y le lavó los pies a sus discípulos, de hecho insistió en que debía hacerlo: “Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido.  Entonces vino a Simón Pedro; y Pedro le dijo: Señor, ¿tú me lavas los pies?  Respondió Jesús y le dijo: Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; mas lo entenderás después.  Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás. Jesús le respondió: Si no te lavare, no tendrás parte conmigo” (Jn. 13:5-8).  De acuerdo con el punto de vista del mundo, esto fue una gran humillación.  Incluso el título favorito que Jesús usaba para sí mismo, era “Hijo del Hombre” en lugar de decir “Hijo de Dios”.

Colosenses 1:16 y 17 afirma, que Él creó el universo: “Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él.  Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten”.  Pese a todo, durante su vida terrenal fue humilde, tal como afirma Pablo: “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.  Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Fil. 2:5-11).

Agustín, un líder de la iglesia, dijo: «¿Desea ascender?  Comience por descender.  ¿Quiere planear una torre que se eleve hasta las nubes?  Ponga primero el cimiento de la humildad».

Si quiere conservar algo, regálelo

     Las posesiones terrenales son temporales, transitorias e ilusorias.  El Señor dijo en Mateo 24:35a, que un día “El cielo y la tierra pasarán...”.  También dijo el apóstol en 2 Pedro 3:12b, que “¡...los cielos, encendiéndose, serán deshechos, y los elementos, siendo quemados, se fundirán!”.  Es decir, que todo el universo físico pasará.

Tenemos la tendencia a pensar que el mundo físico es lo único real, tangible, y que el espiritual es irreal.  Sin embargo, la Biblia presenta una perspectiva, un punto de vista muy diferente de la realidad.  Nos dice que este universo físico está limitado, que no es infinito, porque sólo Dios es infinito.  La primera línea del libro de Génesis, declara: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Gn. 1:1).  Por consiguiente, Dios y la eternidad son las realidades finales.

Antes que nada existiera, Dios estaba allí.  Él es real.  La ciencia moderna parece apoyar este punto de vista.  Los físicos dicen que vivimos en una matriz gigantesca compuesta de electrones y otras partículas subatómicas que giran, y que en realidad los científicos nunca han visto.

Si una partícula como un neutrino, fuera tan grande como el tamaño de un guisante, el guisante más cercano en el núcleo podría estar como a unos 160 kilómetros de distancia, o tal vez más.  Eso indica cuán distante pueden estar las partículas.

¿Y qué hay en medio de la expansión de estas diminutas partículas?  ¡Nada!  Para nosotros es muy difícil asimilar esto.  Cuando vamos caminando por un lugar pedregoso y tropezamos contra una roca, ciertamente sentimos que nos ha lastimado, porque nos golpeó fuerte.  Pero si pudiéramos observar esa misma roca a un nivel subatómico, ¡veríamos que está compuesto en su mayor parte de espacio vacío!

Los científicos han sugerido que la cantidad de sustancia real que compone el entero universo, todas las galaxias y sistemas solares que podemos ver con telescopios y otros artefactos, podrían comprimirse en una burbuja del tamaño de una pelota de ping pong.  ¡Eso indica que el universo está constituido en su mayor parte por espacio vacío!  Increíble, ¿cierto?

Con esto en mente, entonces, ¿en qué debemos invertir?  ¿En algo que en su mayor parte está constituido por la nada, y que no durará; o en algo que es real y que permanecerá por la eternidad?  La respuesta debe ser obvia: Debemos invertir en la eternidad, la realidad final.

No asombra entonces que el Señor Jesucristo dijera: “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan” (Mt. 6:19, 20).

Pero... ¿Cómo hacemos tesoros en el cielo?  Muy simple, entregándonos a Dios nuestras posesiones en la tierra.  Cada vez que damos con un corazón lleno de amor, Él lo sabe.  Cada vez que ayudamos a alguien que lo necesita o apoyamos económicamente su obra, Él lo sabe.  Ninguna ofrenda, por pequeña que sea, escapa de su atención.  Tal como declara este pasaje: “Levantando los ojos, vio a los ricos que echaban sus ofrendas en el arca de las ofrendas.  Vio también a una viuda muy pobre, que echaba allí dos blancas.  Y dijo: En verdad os digo, que esta viuda pobre echó más que todos.  Porque todos aquéllos echaron para las ofrendas de Dios de lo que les sobra; mas ésta, de su pobreza echó todo el sustento que tenía” (Lc. 21:1-4).

Dwight L. Moody, el famoso evangelista norteamericano, contaba la historia de un niñito que estaba parado tristemente al lado del lecho de su abuelo agonizante.  A este hombre distinguido le había ido muy bien en el mundo de los negocios.  Era propietario de varias compañías, vivía en una mansión palaciega, tenía muchos empleados, criados y conducía automóviles costosos.

Este pequeño niño era curioso como la mayoría de los chicos, y le preguntó: «Abuelo, cuando estés en el cielo, ¿vivirás en una casa grande?».  Las lágrimas nublaron los ojos del hombre mientras pensaba en la pregunta inocente de su nieto.  Finalmente suspiró y dijo: «No querido, temo que no».
Este hombre enfermo sabía que era cristiano, pero estaba dolorosamente consciente de que había estado más dedicado a sus negocios que a las cosas espirituales.  Cuando miró retrospectivamente a su propia vida, se sintió avergonzado al admitir que había puesto sus prioridades en el lugar equivocado y que tendría muy pocos tesoros en el cielo.
Jim Elliot, el misionero que fue martirizado en las junglas de Ecuador en la década de 1950, dijo: «No es un necio quien da lo que no puede retener, para ganar aquello que no puede perder».

Si quiere ganar el mundo, lleve el evangelio al pueblo judío primero

     Esta es mi paradoja favorita.  Es tomada de la prioridad que declara el apóstol Pablo cuando dijo: “Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente...” (Ro. 1:16a).  A todos los lugares a donde iba, Pablo primero visitaba las sinagogas.  Esto fue cierto en Salamina, Antioquía, Iconio, Tesalónica, Atenas, Corinto, Éfeso y en otros lugares, así está registrado en la Escritura:

•   “Y llegados a Salamina, anunciaban la palabra de Dios en las sinagogas de los judíos...” (Hch. 13:5a).
•   “Ellos, pasando de Perge, llegaron a Antioquía de Pisidia; y entraron en la sinagoga un día de reposo y se sentaron” (Hch. 13:14).
•   “Aconteció en Iconio que entraron juntos en la sinagoga de los judíos, y hablaron de tal manera que creyó una gran multitud de judíos, y asimismo de griegos” (Hch. 14:1).
•   “Pasando por Anfípolis y Apolonia, llegaron a Tesalónica, donde había una sinagoga de los judíos.  Y Pablo, como acostumbraba, fue a ellos, y por tres días de reposo discutió con ellos, declarando y exponiendo por medio de las Escrituras, que era necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos; y que Jesús, a quien yo os anuncio, decía él, es el Cristo” (Hch. 17:1-3).
•   “Así que discutía en la sinagoga con los judíos y piadosos, y en la plaza cada día con los que concurrían” (Hch. 17:17).
•   “Y algunos filósofos de los epicúreos y de los estoicos disputaban con él; y unos decían: ¿Qué querrá decir este palabrero?  Y otros: Parece que es predicador de nuevos dioses; porque les predicaba el evangelio de Jesús, y de la resurrección” (Hch. 17:18).
•   “Y llegó a Éfeso, y los dejó allí; y entrando en la sinagoga, discutía con los judíos” (Hch. 18:19).

Hay alusiones a este orden de prioridades, incluso en el ministerio de Jesús el Mesías.  En Galilea, por ejemplo: “A estos doce envió Jesús, y les dio instrucciones, diciendo: Por camino de gentiles no vayáis, y en ciudad de samaritanos no entréis, sino id antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel.  Y yendo, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado” (Mt. 10:5-7).

Más tarde instruyó así a sus discípulos judíos: “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mt. 28:19).  Note la secuencia en estos dos pasajes de Mateo: en el capítulo 10 dice que primero hay que predicar a Israel, y que luego a las naciones en el 28.

De hecho, tal parece haber un paradigma incrustado en toda la estructura de la Escritura, que refleja la intención de Dios de bendecir al mundo a través de Israel.  Estos pasajes que citaremos a continuación como un ejemplo, así lo declaran:

•   “Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición.  Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra” (Gn. 12:2, 3).
•   “Acontecerá en lo postrero de los tiempos, que será confirmado el monte de la casa de Jehová como cabeza de los montes, y será exaltado sobre los collados, y correrán a él todas las naciones.  Y vendrán muchos pueblos, y dirán: Venid, y subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará sus caminos, y caminaremos por sus sendas.  Porque de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová” (Is. 2:2, 3).
•   “Levántate, resplandece; porque ha venido tu luz, y la gloria de Jehová ha nacido sobre ti.  Porque he aquí que tinieblas cubrirán la tierra, y oscuridad las naciones; mas sobre ti amanecerá Jehová, y sobre ti será vista su gloria.  Y andarán las naciones a tu luz, y los reyes al resplandor de tu nacimiento” (Is. 60:1-3).
•   “En aquel día yo levantaré el tabernáculo caído de David, y cerraré sus portillos y levantaré sus ruinas, y lo edificaré como en el tiempo pasado; para que aquellos sobre los cuales es invocado mi nombre posean el resto de Edom, y a todas las naciones, dice Jehová que hace esto” (Am. 9:11, 12).
•   “...Sin muros será habitada Jerusalén, a causa de la multitud de hombres y de ganado en medio de ella.  Yo seré para ella, dice Jehová, muro de fuego en derredor, y para gloria estaré en medio de ella” (Zac. 2:4b, 5).
•   “Canta y alégrate, hija de Sion; porque he aquí vengo, y moraré en medio de ti, ha dicho Jehová.  Y se unirán muchas naciones a Jehová en aquel día, y me serán por pueblo, y moraré en medio de ti; y entonces conocerás que Jehová de los ejércitos me ha enviado a ti.  Y Jehová poseerá a Judá su heredad en la tierra santa, y escogerá aún a Jerusalén” (Zac. 2:10-12).

Para algunas personas, esto tal vez no tenga sentido, y se preguntarán: «¿Para qué gastar recursos en tratar de alcanzar al pueblo judío, cuando parece que son tan pocos los que responden?».  Y la respuesta es: «Porque Dios dice que así es como debemos hacer».

Este es otro aspecto de la paradoja: «Darle prioridad al grupo que menos está respondiendo».  Tal cosa parece bien necia, ¡hasta ilógica!  Pero ¿sabe qué?  Cuando obedecemos a Dios, Él nos bendice, su Palabra así lo demuestra, “porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres”.
Los expertos en misiones nos dicen que la tasa mundial de nacimientos hoy, supera con creces la tasa de nacimientos espirituales.  Es decir, que nacen muchas más personas a una velocidad mucho mayor, que las almas que estamos ganando para el Señor, ¡de tal manera que estamos perdiendo terreno con cada día que pasa!

Así ha sido por mucho tiempo.  Por lo tanto, todo demuestra que la estrategia actual de la iglesia en las misiones mundiales, claramente no está funcionando.  Esto, a pesar del hecho que hay más misioneros en el mundo hoy, y más organizaciones misioneras que en ninguna otra época de la historia de la iglesia.

Alguien ha dicho, que la definición de locura es hacer la misma cosa una y otra vez y esperar un resultado diferente.  Por lo tanto, todo indica que nuestra obligación como cristianos es hacer de la evangelización judía, una prioridad en nuestras iglesias y esperar por lo que Dios hará.

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