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Cuidando el púlpito

Introducción: Este artículo lo escribo con el ardiente deseo de que podramos despertar y ver lo que se está haciendo con la Palabra de Dios y la manera de enseñarla. Pido al Señor que nos dé la sabiduría y el discernimiento de poder entender la necesidad que tenemos de volver a los tiempos de Pablo, cuando se predicaban mensajes basados en la verdad doctrinal y no en experiencias personales o fábulas.

     La palabra «púlpito»,es la plataforma elevada desde la que se predica, no sólo en la iglesia (templo), sino en cualquier lugar que el pueblo de Dios se reúna para adorar a Dios y exponer su mensaje, como por ejemplo en un congreso, un campamento, una asamblea, etc.  El púlpito ha venido a simbolizar un lugar especial para el predicador que tiene un mensaje de parte del Creador.

Sin embargo, ese lugar prominente que debe ocupar el púlpito se ha ido perdiendo.  En nombre de un supuesto evangelio, se predican hoy muchos mensajes superficiales, dirigidos a la superación personal, a la sanidad interior, al éxito financiero.  Sin usar la Palabra de Dios, muchos modernos predicadores han enterrado la doctrina del pecado y del arrepentimiento y se han entregado a las fábulas.

¿Qué está dañando el púlpito hoy?

•  Las experiencias personales sustituyen a la Palabra de Dios.

     Con frecuencia, escuchamos en la radio o vemos en la televisión o Internet a predicadores que se pasan el “mensaje” entero, compartiendo sólo sus experiencias personales y contando chistes.  Un método favorito de los predicadores de hoy día, consiste en hacer creer a la gente que mire la Palabra, pero no que la recuerde y mucho menos la practique (Stg. 1:22-25).  Según una encuesta de la firma Gallup, nunca antes en la historia de Estados Unidos, el evangelio de Jesucristo ha penetrado tanto mientras que al mismo tiempo ha hecho poca diferencia en cómo la gente vive su vida.

  El pobre testimonio del predicador es piedra de tropiezo.

     La Palabra de Dios pierde credibilidad cuando una persona con mal testimonio la usa.  La decepción de los oyentes se expresa en la queja: «mira éste, hablando de santidad; pero hay que ver cómo vive».  Los escándalos financieros y sexuales de predicadores de éxito ha manchado el nombre de Cristo en los labios de inconversos, quienes incluyen a todos los cristianos en el mismo saco.

  El poder de la predicación nace de una comunión personal con el Señor.

     En una ocasión, unos judíos intentaron sacar un demonio usando el nombre del Señor, sin ser seguidores de Cristo.  El demonio conocía de la farsa de estos impostores, por lo que los agredió con violencia (Hch. 19:15).  Ellos no tenían ni el poder ni tampoco el testimonio para ser representantes genuinos de Jesucristo.

  Los nuevos predicadores hablan de temas que la gente quiere oír.

     Esto se da mucho en invitados, que conocen lo que a la iglesia le gusta: reír y sentirse bien.  De ahí que preparan mensajes cargados de chistes.  Hay iglesias en las que no se predica sobre el pecado, la santidad o la consagración.  Sólo hablan de humanismo (de respetar los derechos del otro), prosperidad, paz interior, etc.

¿Qué traerá sanidad al púlpito?

  La dirección de iglesias por pastores o líderes con visión.

     Un líder con una visión clara de lo que Dios quiere para su pueblo podrá predicar la sana enseñanza y preparar a otros para que evangelicen con la dirección del Espíritu Santo y la autoridad de la Palabra (Hch. 13:2; 2 Ti. 2:2).

  Preparación o conocimiento de la Palabra y del tema a tratar.

     Es necesario que el predicador conozca la Biblia.  Debe conocer el contenido general de los libros, las doctrinas fundamentales y el tema que tratará con la iglesia (Mt. 13:54).
Los predicadores que Dios usa para transformar vidas, saturan sus mentes con la Palabra de Dios.  Por ejemplo, George Whitefield (1714-1770), hijo de un tabernero, comenzó a trabajar detrás de la barra.  Cuando el bar cerraba, subía las escaleras a su habitación y leía su Biblia a la luz de una vela.  Así comenzó la vida devocional de un hombre que Dios usó para uno de los avivamientos más profundos en toda Gran Bretaña y Norteamérica.

  Oración continua y ferviente, antes y después del mensaje.

     Es necesario que el predicador pase tiempo ante la presencia de Dios en oración.  Cuando oramos, lo más seguro es que se producirán resultados positivos e impactantes entre quienes nos escuchen; como se evidenció en el pasaje bíblico en el cual el escriba Esdras compartió la Palabra a los repatriados de Israel (Neh. 8:5, 8, 9).

Alexander Maclaren (1826-1910), comenzaba su ministerio en un pequeño lugar, tranquilo y oscuro donde podía pasar un rato con su Biblia.  Levantándose al amanecer y estudiando de nueve a diez horas por día, era capaz de dedicar un promedio de 60 horas a cada sermón).

  Testimonio del que usa el púlpito.

     Quien enseña desde el púlpito debe vivir una vida de santidad delante del Señor.  Su mensaje será tomado en cuenta por el ejemplo de su vida.  Un refrán popular dice que: «una acción vale más que mil palabras».  Del Señor, la gente podía decir: ¿No es éste el Hijo del carpintero?  ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Jacobo, José, Simón y Judas? (Mt. 13:55).  Y el apóstol Pablo fue capaz de escribirle a los corintios: “Sed imitadores de mí, como también yo lo soy de Cristo” (1 Co. 11:1).

  Respeto al público y sobre todo a la Palabra de Dios.

     Hay que tener bien claro a quiénes les hablamos y sobre qué les estamos hablando.  Le hablamos al pueblo santo de Dios y declaramos la Santa Palabra de Dios.  En tal sentido, esto nos obliga a comportarnos con decoro, respeto y dignidad (Neh. 8:5, 8, 9).

  Oyentes o miembros que escudriñen las Escrituras.

     Cuando el pueblo de Dios escudriña la Palabra de Dios, el predicador se preocupará por enseñar y profundizar en esa Palabra (Hch. 17:11).

  Cuidar la sana doctrina (Hch. 20:29, 30; 2 Ti. 2:15).

  Hablar sólo de la Biblia (1 P. 1:23; Stg. 1:18; Jn. 17:17; Ef. 6:17; He. 4:12, Neh. 8:2-6).

  Debe hablarse de Cristo.

     Conclusión: Es nuestro deber y obligación velar por la sanidad de nuestro púlpito.  Tenemos que conocer cada día más la Palabra y estar conectados con Dios; de esta manera, podremos discernir cuándo un mensaje es de parte de Dios y cuándo es de parte de un hombre.
El púlpito no se hizo para relajar, contar historias personales o exhibir lo mucho que sabemos. Se hizo con la finalidad de exaltar y glorificar el Santo y Bendito nombre de Dios.  La predicación debe estar basada en la Palabra de Dios y acompañada de una vida devocional, similar a la que practicaron los grandes predicadores del pasado.

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