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¿Qué ocurrió en el calvario?

Vamos a hacernos estas preguntas y tratar desde luego de contestarlas. Las ceremonias, las tradiciones religiosas, muchas costumbres, las canciones lastimeras y tristes para conmemorar la muerte del Señor y la semana santa, han ocultado el verdadero significado del Calvario:

 • ¿Qué tiene que ver conmigo lo ocurrido en el Calvario?

• ¿Cómo me afecta la muerte y resurrección del Señor Jesucristo?

• ¿Qué importa si sé algo de su muerte o lo ignoro todo?

• ¿Tiene la muerte de Cristo importancia para mi vida más allá de la muerte?

Preguntas como estas nos permiten pensar en profundidad sobre el acontecimiento que tuvo lugar en las afueras de la ciudad de Jerusalén, allá en Israel donde nuestro Señor Jes ucristo fue crucificado, clavado sobre una cruz.

Hay tantas cosas que uno quisiera escribir de lo sucedido en el Calvario, sin embargo nos limitaremos a lo que nos toca directamente. Si la muerte del Señor Jesús tiene algo que ver con mi persona y si mi actitud hacia él determina mi eternidad, entonces debo prestar mucha atención a todo cuanto dice la Biblia sobre el verdadero por qué de la muerte del Hijo de Dios.

Primero que todo, se cumplieron las profecías. Allá en los albores de Israel, cuando Dios escogió a un hombre llamado Abraham para que de su simiente en cuanto a la carne viniera el Salvador, encontramos un cuadro muy tierno y conmovedor. En Génesis 22:7 y 8, leemos: “Entonces habló Isaac a Abraham su padre, y dijo: Padre mío. Y él respondió: Heme aquí, mi hijo. Y él dijo: He aquí el fuego y la leña; mas ¿dónde está el cordero para el holocausto? Y respondió Abraham: Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío. E iban juntos”.

Pues bien, Dios le había ordenado a Abraham que sacrificara a su único hijo Isaac. Abraham, aunque muy confundido porque sabía que Dios nunca instituyó los sacrificios humanos en su altar pues era práctica pagana, no obstante, obedeció. Iban juntos, el niño Isaac y su padre Abraham para ofrecer el sacrificio, y fue a cierta altura mientras caminaban, que el pequeño Isaac se percató, descubrió de repente que faltaba lo principal para el sacrificio, no llevaban al cordero para sacrificar.

Aunque Abraham estaba tan confundido como su pequeño Isaac, Dios puso las palabras correctas en labios de este padre. Abraham le dijo a su hijo que la cuestión cordero para el sacrificio era un asunto que Dios mismo debía proveer. El relato sigue y luego termina: “Entonces alzó Abraham sus ojos y miró, y he aquí a sus espaldas un carnero trabado en un zarzal por sus cuernos; y fue Abraham y tomó el carnero, y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo” (Gn. 22:13).

Ese cordero que apareció, o como dice la Biblia un carnero en un lugar donde jamás alguien se imaginaría que se hallaría, representa a nuestro Señor Jesucristo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. En ese momento Dios proveyó el sacrificio, pero aunque Abraham no lo sabía, proféticamente estaba hablando de Cristo. Desde aquí en adelante todos los profetas hablaron de nuestro Salvador y dieron muchas señales que tendrían que cumplirse en una persona exacta que sería el Salvador del mundo. Jesús vino al planeta igual como todos los demás, pues aunque fue engendrado por el Espíritu Santo, nació de una mujer, tuvo madre, un padre adoptivo, hermanos, hermanas, primos y parientes en general.

Para que nadie se dejara llevar por algún pseudo Mesías o salvador falso, los profetas en el Antiguo Testamento nos ofrecen varias señales que debían cumplirse en una sola persona, los judíos las conocían. Hay más de 330 profecías solamente relacionadas con el Mesías, muchas de ellas se cumplieron, otras todavía no. Nosotros tomaremos solamente unas cuantas para demostrarle a usted, que Jesús es el Mesías, sobre todo si usted es judío.

El Mesías debía nacer de una virgen

Dice en Isaías 7:14: “Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel”. El profeta Isaías dijo esto unos 700 años antes de Cristo, hay que notar que esta es la señal, la Biblia no dice que el Señor daría una señal, sino que da a entender que esta sería la mayor señal para Israel, para que ellos pudieran creer que Jesús traía credenciales mesiánicas. Ahora, es cierto que Jesús nació de una virgen. Dice en Mateo 1:22 y 23: “Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta (esto es Isaías), cuando dijo: He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros”. Los judíos conocían esta señal y debieron haberse percatado que Isaías habló de Jesús, el hijo de María que nació en Belén.

Debía nacer en Belén

El profeta Miqueas tuvo su ministerio entre los años 740 a 686 A.C. Hablando del Mesías, dijo: “Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad” (Mi. 5:2).

Esta profecía también se cumplió literalmente. Bien recordamos que cuando unos sabios de lejanas tierras vinieron a Jerusalén averiguando el lugar exacto del nacimiento del Salvador, el rey Herodes convocó a los teólogos de sus días, conocedores de las Escrituras, para que le dijeran en dónde decían los textos sagrados que debía nacer el Mesías. La respuesta no se hizo esperar: “Ellos le dijeron: En Belén de Judea; porque así está escrito por el profeta: Y tú, Belén, de la tierra de Judá, no eres la más pequeña entre los príncipes de Judá; porque de ti saldrá un guiador, que apacentará a mi pueblo Israel” (Mt. 2:5, 6).

No hubo otra persona alguna sobre la cual los profetas hayan hablado tanto y quien al nacer haya cumplido todas esas profecías. El cumplimiento de las profecías mesiánicas en una sola persona llamada Jesús, debe hacernos pensar que él es realmente el prometido de Dios, el único salvador, el Mesías.

Debía proceder de Egipto

Un profeta llamado Oseas profetizó entre los años 730 a 722 A.C., y dijo refiriéndose al Mesías, al hijo de Dios: “Cuando Israel era muchacho, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo” (Os. 11:1). ¿Se cumplió esta profecía? Bueno, lea esto: “Y él, despertando, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto, y estuvo allá hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta, cuando dijo: De Egipto llamé a mi Hijo” (Mt. 2:14, 15).

Cuando uno lee los evangelios y nota detalles como el intento de Herodes de matar a Jesús, la huida de José y María junto con el niño Jesús a Egipto, el regreso desde Egipto y su radicación en Nazaret, se da cuenta de la cantidad de profecías que se iban cumpliendo en cada paso de la vida de esta singular persona llamada Jesús.

Él debía hacer milagros específicos

Otros hombres de Dios hicieron milagros grandes, especialmente Elías, Eliseo, los profetas, Moisés, Josué y otros. Pero los de Jesús fueron predichos y nadie jamás los hizo en la forma que él los hizo. Aquellos a quienes les dio poder para hacerlos fueron sus doce apóstoles: “Vino Jesús a casa de Pedro, y vio a la suegra de éste postrada en cama, con fiebre. Y tocó su mano, y la fiebre la dejó; y ella se levantó, y les servía. Y cuando llegó la noche, trajeron a él muchos endemoniados; y con la palabra echó fuera a los demonios, y sanó a todos los enfermos; para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: El mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias” (Mt. 8:14-17).

Ahora, Isaías sí habló de esto. Permítame leer estos dos pasajes: “Decid a los de corazón apocado: Esforzaos, no temáis; he aquí que vuestro Dios viene con retribución, con pago; Dios mismo vendrá, y os salvará. Entonces los ojos de los ciegos serán abiertos, y los oídos de los sordos se abrirán. Entonces el cojo saltará como un ciervo, y cantará la lengua del mudo; porque aguas serán cavadas en el desierto, y torrentes en la soledad” (Is. 35:4-6). Luego Isaías 53:4: “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido”.

Todo esto constituye las credenciales de la condición mesiánica de un hombre llamado Jesús. Ahora, en este artículo no tratamos de demostrar si hoy hay sanidades o no las hay, nada de esto tiene importancia aquí. Lo que vemos es que hay referencias específicas de un profeta como Isaías, quien escribió con 700 años de anticipación lo que haría el Mesías, para que su propio pueblo pudiera reconocerle.

Sería traicionado y vendido

Alrededor del año 530 A.C., el profeta Zacarías dijo: “Y les dije: Si os parece bien, dadme mi salario; y si no, dejadlo. Y pesaron por mi salario treinta piezas de plata. Y me dijo Jehová: Echalo al tesoro; ¡hermoso precio con que me han apreciado! Y tomé las treinta piezas de plata, y las eché en la casa de Jehová al tesoro” (Zac. 11:12, 13). “Así se cumplió lo dicho por el profeta Jeremías, cuando dijo: Y tomaron las treinta piezas de plata, precio del apreciado, según precio puesto por los hijos de Israel; y las dieron para el campo del alfarero, como me ordenó el Señor” (Mt. 27:9, 10).

¿Por cuánto dice el profeta que sería vendido Jesús? Por treinta piezas de plata. ¿Por cuánto lo vendió Judas Iscariote? Por treinta piezas de plata. ¿Cómo se puede explicar esto si no se acepta que la Biblia es de inspiración divina? ¿Qué excusa podrá presentar delante de Dios quien niega la inspiración de la Biblia y la procedencia mesiánica de Jesús?

Jesús debía ser crucificado

Una de las profecías más sorprendente es justamente la crucifixión, nadie conocía este método de castigo capital entre los israelitas hasta muchos siglos después que el salmista lo declarara, y en realidad ni siquiera los paganos lo practicaban. Dice el Salmo 22:16-18: “...horadaron mis manos y mis pies. Contar puedo todos mis huesos; entre tanto, ellos me miran y me observan. Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes”.

La palabra “horadaron”, está en Salmos 22:16 y significa «perforar». La Biblia nos dice que Jesús fue colocado sobre una cruz de madera y fue clavado, por lo cual efectivamente le perforaron, horadaron sus manos y sus pies: “Y él, cargando su cruz, salió al lugar llamado de la Calavera, y en hebreo, Gólgota; y allí le crucificaron...” (Jn. 19:17, 18).

¿Cómo pudo saber David, 900 ó 1000 años antes, que el Mesías sería crucificado? David no lo sabía, pero el Salmo 22, lo mismo que el resto de la Biblia, no es producto de la mente humana, sino que es la Palabra de Dios, y Dios sí sabía que el Mesías moriría crucificado.

Partirían su ropa y echarían suertes

“Cuando los soldados hubieron crucificado a Jesús, tomaron sus vestidos, e hicieron cuatro partes, una para cada soldado. Tomaron también su túnica, la cual era sin costura, de un solo tejido de arriba abajo. Entonces dijeron entre sí: No la partamos, sino echemos suertes sobre ella, a ver de quién será. Esto fue para que se cumpliese la Escritura, que dice: Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes. Y así lo hicieron los soldados” (Jn. 19:23, 24). ¿Quién había profetizado esto? Salmos 22:18: “Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes”.

Moriría entre malhechores

No sería crucificado solo, sino que otros serían crucificados uno a cada lado. Siglos antes de este acontecimiento en el Calvario, Isaías dijo: “Y se dispuso con los impíos su sepultura...” (Is. 53:9). “Y cuando llegaron al lugar llamado de la Calavera, le crucificaron allí, y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda” (Lc. 23:33).

¿Se cumplió? ¡Claro que sí! ¿Es todo esto pura coincidencia? Si no cree que la Biblia es la Palabra de Dios sin importar la razón por qué no cree, le aseguro que le será imposible justificar su incredulidad delante de Dios. Usted no tiene que ser un teólogo o un experto en el conocimiento de la Palabra de Dios para darse cuenta que la Biblia no es de origen humano, sino divino. Que Dios le habla al hombre a través de sus páginas y que Jesús es el Mesías. El texto de Isaías 53:9 ofrece otro detalle que debía cumplirse en una misma persona.

Su sepultura sería con los ricos

¡Qué contrastes! Por un lado, Jesús fue despreciado por Herodes y su corte y condenado por Poncio Pilato y una gran multitud que reclamaba su muerte. Por el otro, al morir recibió sepultura de un verdadero monarca: “Y se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte...” (Is. 53:9). Ahora... ¿Qué ocurrió para que esta profecía tuviera cabal cumplimiento?: “Cuando llegó la noche, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también había sido discípulo de Jesús. Este fue a Pilato y pidió el cuerpo de Jesús. Entonces Pilato mandó que se le diese el cuerpo. Y tomando José el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia, y lo puso en su sepulcro nuevo, que había labrado en la peña; y después de hacer rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, se fue” (Mt. 27:57-60).

Mateo dice que José era rico, Marcos que era miembro noble del concilio (Mr. 15:43), Lucas declara que José era varón bueno y justo (Lc. 23:50) y Juan que José era discípulo de Jesús, pero secretamente (Jn. 19:38). También Juan agrega que Nicodemo, quien se había entrevistado con Jesús, ayudó a José en esta sepultura.

La paráfrasis dice: «No mucho después José de Arimatea, quien por temor a los jefes judíos hasta entonces había guardado en secreto que era discípulo de Jesús, se atrevió a pedirle permiso a Pilato para llevarse el cuerpo de Jesús. Pilato se lo concedió. Nicodemo, el hombre que había acudido de noche a Jesús, acompañó a José de Arimatea y llevó consigo unos treinta y tres kilos de ungüento para embalsamar, compuesto de mirra y áloes. Entre los dos envolvieron el cuerpo de Jesús en lienzos saturados de especias aromáticas, como era costumbre en los funerales judíos» (Jn. 19:38-40). Todo cuanto hemos visto es apenas una pequeña parte de la profecía o profecías que se cumplieron en el Calvario.

¿Qué más ocurrió en el Calvario? Lo mencionado hasta ahora es más bien para demostrar cuán confiable es la Biblia, cuán cierto es que se trata de la Palabra de Dios, pero lo que nos corresponde saber cuando estamos hablando de la muerte de nuestro Salvador, es lo que Él proveyó para nosotros mediante Su sacrificio. Hay unas cuantas cosas que todos debemos saber y que jamás debemos olvidar. Tanto aquellos ya salvos como quienes aún viven sin el perdón de Dios, no deben ignorar estas verdades bíblicas sobre el sacrificio de nuestro Salvador.

Jesús, en primer lugar tomó nuestro puesto. Recuérdelo, mi lugar y el suyo en el Calvario. Para quienes conocemos la Biblia, recordamos siempre la muerte del cordero inocente allá en Egipto, cuando Dios exigió que las puertas de los hebreos tuvieran marcas de sangre para evitar la muerte del primogénito (Ex. 12). Ese cordero inocente, bien pudo llamarse el cordero de Dios, pero muchos siglos después, aunque los judíos seguían conmemorando mediante la pascua aquella victoria, aquella salvación, Juan el bautista presentó a Jesús ante su propia gente: “El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn. 1:29).

Hay algunos cuadros y expresiones en la Biblia que nos muestran cuán importante es esto para nosotros, un ejemplo es Barrabás: “Y tenía necesidad de soltarles (esto es Poncio Pilato) uno en cada fiesta (es decir, Fiesta de la Pascua). Mas toda la multitud dio voces a una, diciendo: ¡Fuera con éste, y suéltanos a Barrabás! Este (Barrabás) había sido echado en la cárcel por sedición en la ciudad, y por un homicidio. Entonces Pilato sentenció que se hiciese lo que ellos pedían; y les soltó a aquel que había sido echado en la cárcel por sedición y homicidio, a quien habían pedido; y entregó a Jesús a la voluntad de ellos” (Lc. 23:17-19, 24, 25).

¡Qué elección que hizo esa multitud! Sentenciaron a muerte al Señor del universo, al Creador y reclamaron a un homicida. No extraña que la suprema corte haya sentenciado a muerte a todo cuanto tenga que ver con Dios y los principios bíblicos, a cambio de la tiranía, el homicidio, la evolución, el secularismo y el libertinaje.

Hoy tenemos a más de un Barrabás suelto, tal vez en el palacio del gobierno, en el palacio de justicia, en las cortes del país, en nuestras aulas y ciertamente en muchas de las clínicas especializadas en el planeamiento familiar, o dicho más claramente especializadas en el feticidio. Seguramente que Barrabás murió algunos días o años después, no sabemos mucho de él, sólo sabemos que esa generación prefirió a un criminal antes que a Dios mismo. ¡La muerte de nuestro Salvador era inevitable! Él tomó el lugar, no sólo de un Barrabás, sino de cada uno de nosotros, quienes no somos mejores que Barrabás, ya que demasiado nos parecemos a un homicida. Debemos dar gracias a Dios por el extraño intercambio que se hizo, cuando Barrabás fue puesto en libertad y el Señor fue llevado a la cruz que ya estaba preparada para sacrificar sobre ella a Barrabás.

¿Está seguro que usted mismo no es un homicida? ¿Totalmente seguro? Antes de juzgar y condenar a Barrabás mírese en el espejo de la Palabra de Dios y vea: “Todo aquel que aborrece a su hermano es homicida; y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él” (1 Jn. 3:15).

Pídale a Dios que le ayude a amar a todos, especialmente a los hermanos en la fe. Si hay algún pecado que indica que una persona no es salva, es este, cuando alguien aborrece a su hermano. El odio es incompatible con la vida eterna. Donde hay odio no hay vida, ni perdón; donde hay amor hay vida y perdón divino. Cuando Jesús murió clavado de esa cruz, no murió porque Pilato lo sentenció o porque la multitud lo rechazó, aunque todo esto sí ocurrió. Nuestro Señor murió para que usted y yo pudiésemos tener perdón y vida eterna. Fuera de Él no se sabía de tal perdón, aun hoy, quienes no acudan a Él jamás serán salvos.

¿Cuántos pecados nos perdonó Dios? Bueno, si arrepentido delante de Él recibió por la fe a Jesucristo como su salvador, Dios le perdonó todos sus pecados. No hay pecado que no le haya perdonado, así los recuerde usted o los haya olvidado. Lo que vale aquí no es la tortura de su conciencia por lo que ha hecho, aun conociendo al Señor. Lo que vale es lo que Dios declara que ocurrió cuando Jesús expiró en la cruz y exclamó: “Consumado es” (Jn. 19:30).

Con su muerte Él consumó, completó la salvación del pecador arrepentido. Si no se arrepiente ni le interesa recibir a Jesucristo, ¿cuántos pecados le serán perdonados? ¡Ninguno!: “Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz, y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz” (Col. 2:13-15).

La paráfrasis lo pone así: «Ustedes estaban muertos en pecados y en la incircunsición, pero Él los vivificó con Cristo y les perdonó sus pecados; la prueba acusatoria que había contra ustedes, es decir, la lista de mandamientos que no habían obedecido, quedó anulada, clavada en la cruz de Cristo. De esta manera despojaba a Satanás del poder de acusarlos de pecado, y proclamaba al mundo el triunfo de Cristo en la cruz» (Col. 2:13-15).

El preso tenía en su puerta la lista de delitos cometidos, allí estaban los años que le correspondían para purgar sus delitos. Dios también tenía la lista de sus delitos, del pecado de cada uno de nosotros. El Creador había dado una ley a través de Moisés, todos se convirtieron en transgresores de esa ley. Cuando Jesús murió en la cruz, no murió por delitos propios, porque no había cometido un sólo pecado, sino que murió por nuestros pecados, por nuestros delitos, y se burló de Satanás despojándolo de cualquier derecho de acusarnos delante de Dios.

¿Tiene usted alguna duda respecto al completo perdón divino? Piense por un momento en sus años pasados y probablemente hasta el presente. ¿Hay algo que no le permite disfrutar de paz? ¿No será que duda del perdón de Dios y permite que el pecado que ya le ha sido perdonado siga molestándole porque no logra captar la enormidad del amor de Dios?

Permitamos que la Biblia hable por sí misma ofreciéndonos algunas de esas maravillosas cápsulas divinas del perdón también divino: “Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados” (Is. 43:25). Esto es posible porque alguien ya sufrió por usted y por mí: “Yo deshice como una nube tus rebeliones, y como niebla tus pecados; vuélvete a mí, porque yo te redimí” (Is. 44:22). “Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar” (Is. 55:7). “¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado... No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en misericordia” (Mi. 7:18). “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Jn. 1:9).

¿En qué base puede el Señor concedernos tan amplio perdón? Cuántas veces hemos leído los pasajes de la Biblia que hablan del sacrificio de nuestro Señor sin prestarles mucha atención: “Porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados” (Mt. 26:28). Dios nos perdona, no en base a nuestro arrepentimiento, sino en base al sacrificio de Cristo. Nosotros como favorecidos por su perdón, cuando nos arrepentimos y depositamos nuestra fe en Cristo, somos salvos, pero si él no se hubiera adelantado y nos hubiera provisto de esta salvación tan completa, del completo perdón mediante Su sacrificio en el Calvario, de nada valdría nuestro arrepentimiento, la fe, la confesión de pecados y todo cuanto hagamos para ganar el favor de Dios. No habría posibilidad.

Usted no se salvará porque es filántropo, porque procura ser muy buen ciudadano, moralmente intachable, nada de esto, únicamente por la sangre de Cristo vertida en la cruz del Calvario.

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