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La verdad y la gracia

      En nuestros días, tal parece que la verdad fuera elástica.  Se nos dice que debemos ser tolerables y aceptar la idea de que cada cual puede determinar su propio camino, su propia verdad.  Que lo que es bueno para uno, no lo es para el otro.  Con esta filosofía, existen muy pocos absolutos.  De hecho, podemos concluir que la sociedad moderna adora el trono de la tolerancia y el relativismo.

      Según la Enciclopedia Wikipedia, “El relativismo es el concepto que sostiene que los puntos de vista no tienen verdad ni validez universal, sino sólo una validez subjetiva y relativa a los diferentes marcos de referencia”.  En otras palabras que no existe la verdad absoluta, sino las verdades que un individuo o una cultura particular escoja creer.  Si uno cree en el relativismo, entonces está aceptando que cada persona puede tener diferentes perspectivas sobre lo que es moral e inmoral.

      De acuerdo con nuestra sociedad, y hasta entre los miembros de la misma iglesia cada vez más secular, los cristianos con normas morales definidas, o que creemos que la Biblia tiene autoridad sobre nuestras vidas y que Dios espera que como sus hijos nos comportemos conforme a su Palabra, somos unos intolerantes y críticos de los demás. Cada día los cristianos somos más ridiculizados en la esfera pública.

      A las personas mayores criadas en hogares cristianos, les enseñaron a respetar la verdad contenida en la Palabra de Dios, y que ignorar esta verdad de Dios tendría serias consecuencias.  Los animaron a arrepentirse, buscar el perdón de Dios, aceptar al Señor Jesucristo como su Señor y Salvador y saldar sus cuentas con quienes les rodean.  Tienen una clara comprensión sobre lo que está bien y lo que está mal.  Para ellos no hay áreas borrosas, porque no apoyan lo que creen en su propio criterio, sino lo que dice la Palabra de Dios.  No obstante en este siglo veintiuno, el mantra del mundo es que “Todo está bien, siempre y cuando aceptemos a cada persona con amor y tolerancia”.  Lo blanco y lo negro han dejado de ser relevantes, porque todo ya es gris.

      Antes decíamos: “No podemos esperar que los inconversos actúen como creyentes”.  Hoy es exactamente lo opuesto, porque los que dicen ser cristianos se comportan peor que cientos de miles de inconversos. Por ejemplo, sabemos de pastores que aconsejan a las parejas para que vivan juntos antes de casarse, para así asegurarse de que son compatibles, tanto en su vida íntima como personal. Otros enseñan una teología de “súper-gracia”, asegurando que como la obra del Señor Jesucristo sobre la Cruz nos salva de todo pecado: pasado, presente y futuro, los creyentes no tenemos por qué esforzarnos a tratar de vivir en santidad, porque anulamos la gracia de Dios, ya que el Señor pagó de una vez y para siempre por nuestros pecados.

      Vivimos en un tiempo en que no adoramos a Dios ni aceptamos su Palabra, sino que hemos “divinizado” a esos grandes pastores que nos predican una gracia tan barata y dicen, que como el Señor hizo ya todos por nosotros, no tenemos por qué angustiarnos y llorar pidiendo perdón, porque tenemos suficiente gracia para que cubra todos nuestros pecados.  Dice Efesios 2:8-10: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.  Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”.
El clérigo cristiano y evangelista Steve Hill, quien nació en 1954 y falleció en el 2014, en su libro Avalancha Espiritual, menciona una conversación que tuvo con un líder espiritual, quien le dijo: “Ustedes están anticuados en su 'santidad.'  Nosotros estamos modernizados en la 'gracia’.  Ustedes viven en esclavitud, mientras que nosotros podemos hacer todo lo que queramos”. 

Hill continuó escribiendo: “Pastores y maestros alrededor del mundo han sucumbido a enseñanzas heréticas, incluyendo la reconciliación universal y la deificación del hombre, retan la validez de la Palabra de Dios, incluso de sus juicios, y también eliminan los controles de conducta, alegando que la gracia asombrosa es realmente ‘libertad asombrosa’.  Alegan que están libres para vivir según sus propios deseos. ¿No le suena esto familiar?  Leemos en Jueces 17:6: “En aquellos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que bien le parecía”.

¿Qué Haremos?

      Pero entonces... ¿Los proponentes de esta “super gracia” tienen razón? ¿Será cierto que a los creyentes después de la conversión, nos está permitido hacer lo que nos plazca, incluso hasta ser homosexuales, beber licor o consumir drogas?  En principio permítannos decirles: cualquiera que dice haberse hecho cristiano para ser salvo y luego tener licencia para pecar, el tal nunca ha sido salvo.

      Nosotros podemos tomar unas pocas verdades con respecto a la gracia y distorsionarlas, pensando que libertad significa que podemos hacer lo que deseemos en lugar de buscar esa hermosa verdad de vivir como Dios quiere que vivamos.  Cuando pedimos perdón y recibimos a Jesucristo como Señor y Salvador, somos librados del pecado, pero liberados para la justicia.  Somos incapaces de ser justos por nuestros propios méritos.  Pero cuando el Señor murió sobre la Cruz nos imputó su justicia.  La Gracia nos libra de la esclavitud del pecado, que nos impedía ser justos, pero no nos libra de nuestro llamado a ser justos.  Antes de ser salvos no podíamos escoger otra cosa, excepto pecar y seguir nuestros propios deseos, pero ahora tenemos la libertad de vivir la vida con el propósito real para el cual fuimos creados: Conocer a Cristo y hacer que otros le conozcan.

      Pablo aclara mejor esto en Romanos 6:14-18, cuando dice: “Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia.  ¿Qué, pues?  ¿Pecaremos, porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia?   En ninguna manera. ¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia?  Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia”.  Pero... ¿en qué parte de este pasaje dice que esa gracia nos da licencia absoluta para andar pecando?

      Somos salvos sólo por fe, pero nuestra fe debe guiarnos hacia la obediencia.  Mientras no debemos obedecer a Dios para ganar su amor, somos negligentes si nuestra fe no nos motiva a obedecer.  Su Palabra lo dice y lo prueba, que lo que Dios dice es mejor que lo que nosotros deseamos.

      Charles Spurgeon, un predicador bautista británico conocido como “El Príncipe de los Predicadores”, en su sermón La obediencia de fe, dijo: “Entre más fe tengamos en Él, más obediencia le manifestaremos”.   Tenemos la tendencia a usar la frase: “Somos salvos por fe y no por obras”, como una excusa para no vivir “vidas santas”.  Pero la realidad es que nuestra fe debería motivarnos a vivir en santidad. 

      Aunque la desobediencia ciertamente no hace que perdamos nuestra salvación, esto debería creer un conflicto en nuestros corazones porque estamos actuando en una forma que es contraria a lo que creemos.  La confianza absoluta de que la sabiduría y el conocimiento de Dios son superiores a nuestros pensamientos y deseos, nos debe llevar a obedecer lo que Él dice.

El Evangelio de manera inherente cambia la vida

      Un encuentro verdadero con la gracia salvadora de manera natural cambia radicalmente el corazón para reflejar más justicia, no para permitir más injusticia.  No obstante, esto no significa que usted de inmediato dejará de pecar o que nunca va a tener luchas en su vida.  Sin embargo, un encuentro con la gracia drásticamente cambia la vida, tal como dice Pablo: “¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?” (Romanos 2:4).

      El encuentro con esta gracia altera drásticamente la vida.  La comprensión de lo que se ha logrado en nosotros, nos da una perspectiva más allá de nuestros propios placeres y hábitos. Incluso más que cambiar la manera de ver la vida, cambia la forma cómo la vivimos, ya que trabaja en nuestro corazón a lo largo de nuestra existencia.  Tal como dice Gálatas 5:24: “Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos”.


      La Escritura dice: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14).  Y continúa declarando: “Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo” (Juan 1:17).  El Señor Jesucristo vino en gracia, pero también en verdad.

      Él es la Verdad, entonces el asalto contra la verdad presenta un verdadero reto para la Iglesia hoy día. Sabemos que la verdad es buena. Sabemos que viene de Dios.   El Señor Jesucristo dijo: “Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32).  ¿Qué significa esto? ¡Quiere decir que hemos sido librados del poder del pecado y ahora estamos libres para vivir según Dios! ¡No estamos libres para festejar o pecar!

      Dios es identificado en muchos pasajes bíblicos como la Verdad. El Salmista escribió: “En tu mano encomiendo mi espíritu; Tú me has redimido, oh Jehová, Dios de verdad” (Salmo 31:5).  Asimismo “Jesús... dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6).

      En el capítulo 27 de Deuteronomio, Moisés exhorta a los hijos de Israel para que escojan el camino de la bendición y no el de la maldición.  “Y Moisés, con los sacerdotes levitas, habló a todo Israel, diciendo: Guarda silencio y escucha, oh Israel; hoy has venido a ser pueblo de Jehová tu Dios.  Oirás, pues, la voz de Jehová tu Dios, y cumplirás sus mandamientos y sus estatutos, que yo te ordeno hoy” (Deuteronomio 27: 9–10).  Luego vemos el asombroso pasaje sobre las bendiciones resultantes por obedecer las ordenanzas de Dios, y las consecuencias de la desobediencia.

      Todos sabemos y reconocemos, aunque a veces no lo queramos aceptar así, que nuestras decisiones y acciones tienen consecuencias.  Por ejemplo, si nos alimentamos bien y hacemos ejercicio, disfrutaremos de una mejor salud.  Pero si decidimos comer cosas deliciosas, pero poco beneficiosas y además no hacemos ejercicio, sufriremos las consecuencias.  Probablemente nos falte el aire al caminar o al subir las escaleras.  Si los jóvenes son aplicados en sus estudios, tendrán más probabilidades de obtener un mejor empleo.  Si no terminan sus estudios, eso probablemente limite sus ingresos financieros.

      Si se mantienen sexualmente puros, no contraen enfermedades sexualmente transmisibles. Si son promiscuos, muy probablemente adquirirán una enfermedad venérea o tendrán hijos fuera del matrimonio.  Si hacen trampa en su declaración de impuestos, probablemente enfrentarán penalidades, multas y hasta encarcelamiento.

      El Señor Jesucristo dijo: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15).  Por su parte el apóstol dijo por inspiración Divina:   “Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos.  El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él” (1 Juan 2:3–4).

      Pablo le dijo al joven Timoteo: “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Timoteo 3:16–17).  Hay varias cosas que debemos aclarar en este pasaje.  Primero, cuando Pablo habla de toda la Escritura se estaba refiriendo al Antiguo Testamento, ya que el Nuevo -  los Escritos de los Apóstoles, todavía no habían sido añadidos al Canon de la Biblia, ya que esto ocurrió aproximadamente, entre los años 325 al 385 de nuestra era.

      En segundo lugar, noten que Pablo dice, que la Escritura es “útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia”, en otras palabras que la Escritura nos disciplinará.  Un capítulo después nos dice estas palabras: “Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas” (2 Timoteo 4:3–4).

      Estimados Hermanos, los exhortamos a que busquen la verdad, no permitiendo que los grandes pastores de nuestros días hagan que ignoren partes de las Escrituras, que a muchos no les agradan, y que se dejen adormecer por esos sermones motivadores que sólo sirven para aumentar las cuentas bancarias de ellos, pero que lo privan a usted de vivir una vida triunfante en Cristo.

      No olviden estas palabras del apóstol Pablo: “¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?  En ninguna manera.  Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? ¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?  Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado.  Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él; sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él. Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive. Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.  No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias; ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia” (Romanos 6:1–13).

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