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La resurrección del Señor Jesucristo

El pastor Ray Ortlund, misionero norteamericano, anfitrión de un programa cristiano de radio que se escuchaba a través de todo Estados Unidos, escribió: “La resurrección de Jesús comprueba que ‘lo peor que puede pasar’ no es la muerte; lo peor es no tener como nuestro futuro a Jesús”.

La resurrección física del Señor Jesucristo es una doctrina cristiana fundamental y  esencial. Es tan importante que sin ella el cristianismo sería una mentira.  En 1 Corintios 15:13-17 el apóstol Pablo dice: “Porque si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó.  Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe.  Y somos hallados falsos testigos de Dios; porque hemos testificado de Dios que él resucitó a Cristo, al cual no resucitó, si en verdad los muertos no resucitan. Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó; y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados”

Aún cuando existen muchos otros temas en la Biblia en que los cristianos  no están de acuerdo, y a pesar de todo se les sigue considerando cristianos, éste no es uno de esos.  Negar la resurrección de Jesús es negar el corazón del cristianismo mismo.

El doctor Henry Morris, nacido en Estados Unidos, quien falleció en el año 2006, y fuera científico, apologista cristiano y comentarista bíblico, además de fundador del Instituto para la Investigación de la Creación, hizo esta observación en la primera página de su libro Muchas pruebas de la verdad, dijo: “De hecho, todo el tema de las evidencias es casi exclusivamente del dominio cristiano.  Otras religiones dependen de la experiencia subjetiva, la fe ciega, la tradición y la opinión.  Sin embargo, el cristianismo se sostiene o cae, sobre la realidad objetiva de eventos gigantescos sobrenaturales en la historia y por las evidencias.  Este hecho en sí mismo es una prueba de su verdad”.

El norteamericano Aiden Wilson Tozer, un gran teólogo, pastor cristiano, autor, editor de una revista y mentor espiritual, quien recibió dos doctorados honorarios y murió en 1963, escribió: “La enseñanza del Nuevo Testamento es que ahora, en este mismo momento, hay un Hombre en el cielo quien comparece ante la presencia de Dios por nosotros.   Él tan ciertamente  es un hombre como lo fue Adán, Moisés o Pablo; es un varón glorificado, pero su glorificación no lo deshumanizó.  Hoy es un ser real, una criatura humana con nuestros rasgos y características, un hombre visible y audible, que cualquier otro individuo reconocería instantáneamente como uno de nosotros”.

Pero más que esto: Él es el heredero de todas las cosas, Señor de todos los señores, Cabeza de la iglesia, Primogénito de la creación.  Es el Camino a Dios, la vida del creyente, la esperanza de Israel y el sumo sacerdote de cada verdadero adorador.  Posee las llaves de la muerte y el infierno, y se erige como defensor y garantía para todos los que creemos en Él en espíritu y en verdad.

La salvación viene, no al aceptar su trabajo terminado o al decidirnos por Él, sino que tiene lugar cuando creemos de corazón que el Señor Jesucristo es el Señor vivo, vencedor y victorioso. Dios quien como hombre, libró nuestra lucha y la ganó, aceptó nuestra deuda como suya y la pagó, tomó nuestros pecados sobre sí y murió por ellos.  Se levantó nuevamente para liberarnos, ascendió al cielo en donde intercede por nosotros.  ¡Éste es el verdadero Cristo, nuestro bendito Salvador y Señor!

Sin embargo, el problema con la resurrección de Jesús no es tanto acerca de sí resucitó o no, sino en la forma cómo lo hizo.  Desafortunadamente, las sectas atacan esto y lo reinterpretan en formas diferentes: como por ejemplo, negando su resurrección física. Debemos preguntarnos si el Señor Jesús resucitó de entre los muertos en el mismo cuerpo en que murió, o si lo hizo en uno que no era carne y huesos.

La respuesta a esta pregunta es vital ya que la misma separa a los verdaderos cristianos de los sistemas falsos.  Por lo tanto, aquí debemos definir la doctrina correcta de la resurrección en el cristianismo, la cual es tan importante, que la misma debe ser establecida como una declaración verdadera: “Que el Señor Jesucristo resucitó de entre los muertos con el mismo cuerpo físico con que murió.  Su cuerpo resucitado es un cuerpo glorificado, espiritual”.

La explicación anterior es la correcta doctrina de la Escritura, es la que se sostiene como tal, en contra de grupos como los Testigos de Jehová y la Iglesia Shepherd, dirigida por el pastor Arnold Murray, la que se encuentra en Gravette, Arkansas, Estados Unidos, y cuenta con más de 200 estaciones de televisión que apoyan su ministerio.

Este pastor, al igual que los falsos Testigos de Jehová,  declara que Jesús no resucitó corporalmente sino espiritualmente.  Ninguno de los dos grupos busca negar la declaración bíblica tan obvia de la resurrección de Cristo, pero sí cambian su significado como si ésta no hubiera sucedido.  Pero... ¿Realmente resucitó Cristo de entre los muertos con el mismo cuerpo con el que murió? ¡Claro que sí, pero glorificado!

Leemos en la Biblia, que después de la resurrección “Mientras ellos aún hablaban de estas cosas, Jesús se puso en medio de ellos, y les dijo: Paz a vosotros.   Entonces, espantados y atemorizados, pensaban que veían espíritu.  Pero él les dijo: ¿Por qué estáis turbados, y vienen a vuestro corazón estos pensamientos?  Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo.  Y diciendo esto, les mostró las manos y los pies.  Y como todavía ellos, de gozo, no lo creían, y estaban maravillados, les dijo: ¿Tenéis aquí algo de comer?  Entonces le dieron parte de un pez asado, y un panal de miel.  Y él lo tomó, y comió delante de ellos” (Lucas 24:36–43).

El Señor comió con sus discípulos.  Les mostró sus manos y pies con la señal de los clavos en estos.  Dice la Escritura, que “Pasado el día de reposo, al amanecer del primer día de la semana, vinieron María Magdalena y la otra María, a ver el sepulcro.  Y hubo un gran terremoto; porque un ángel del Señor, descendiendo del cielo y llegando, removió la piedra, y se sentó sobre ella.  Su aspecto era como un relámpago, y su vestido blanco como la nieve.  Y de miedo de él los guardas temblaron y se quedaron como muertos.  Mas el ángel, respondiendo, dijo a las mujeres: No temáis vosotras; porque yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado.  No está aquí, pues ha resucitado, como dijo.  Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor.  E id pronto y decid a sus discípulos que ha resucitado de los muertos, y he aquí va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis. He aquí, os lo he dicho.  Entonces ellas, saliendo del sepulcro con temor y gran gozo, fueron corriendo a dar las nuevas a sus discípulos.  Y mientras iban a dar las nuevas a los discípulos, he aquí, Jesús les salió al encuentro, diciendo: ¡Salve! Y ellas, acercándose, abrazaron sus pies, y le adoraron” (Mateo 28:1–9).

“Fue entonces María Magdalena para dar a los discípulos las nuevas de que había visto al Señor, y que él le había dicho estas cosas.  Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros.  Y cuando les hubo dicho esto, les mostró las manos y el costado.  Y los discípulos se regocijaron viendo al Señor...” (Juan 20:18-20a).   

“Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando Jesús vino.  Le dijeron, pues, los otros discípulos: Al Señor hemos visto.  Él les dijo: Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré.  Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás.  Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros.  Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.  Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío!” (Juan 20:24–28).

Obviamente el Señor resucitó en el mismo cuerpo con el que murió, con las mismas cicatrices dejadas por los clavos en sus manos y pies. ¿Acaso no vimos que Él mismo declaró que tenía carne y huesos?

¡Sí es cierto que su cuerpo físico murió, pero resucitó en este mismo de carne y huesos espiritual y glorificado!  Porque si el Señor no hubiera resucitado físicamente, entonces... ¿qué le sucedió a su cuerpo?  ¿Se deshizo?  ¿Fue trasladado a algún otro lugar?  No existe ningún registro bíblico de lo sucedido, con excepción de lo que aparece en la Escritura: que el Señor Jesucristo resucitó en el mismo cuerpo en que murió.

Está registrado en el Evangelio de Juan, que estando con sus discípulos en el templo y después de haberse airado contra los judíos porque lo habían convertido en un mercado,  “Respondió Jesús y les dijo: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.  Dijeron luego los judíos: En cuarenta y seis años fue edificado este templo, ¿y tú en tres días lo levantarás?  Mas él hablaba del templo de su cuerpo.  Por tanto, cuando resucitó de entre los muertos, sus discípulos se acordaron que había dicho esto; y creyeron la Escritura y la palabra que Jesús había dicho” (Juan 2:19–22).

La frase “lo levantaré” es traducida de la palabra griega “egeiro” que significa “yo levanto”.  Esta expresión implica: “Hacer acopio de las facultades de uno, despertar, levantarse literalmente del sueño, de estar sentado o acostado, de la enfermedad, de la muerte; o figurativamente de la oscuridad, inactividad, ruina, de la no existencia, enderezar, levantar, despertar, resucitar”.  En este caso y debido a que el vocablo original está en primera persona, Jesús está diciendo que “Él mismo estaría llevando a cabo la acción de la resurrección”.

Esto por lo tanto, es prueba concluyente de que Jesús resucitó con el mismo cuerpo en que murió. Este pasaje muestra claramente que Él profetizó que levantaría su mismo cuerpo, como efectivamente así lo hizo.  A nuestro juicio creemos que esto debería ser suficiente para terminar con el tema, lamentablemente la oposición continúa.

El apóstol Pablo dijo: “Pero dirá alguno: ¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué cuerpo vendrán?  Necio, lo que tú siembras no se vivifica, si no muere antes.  Y lo que siembras no es el cuerpo que ha de salir, sino el grano desnudo, ya sea de trigo o de otro grano; pero Dios le da el cuerpo como él quiso, y a cada semilla su propio cuerpo.  No toda carne es la misma carne, sino que una carne es la de los hombres, otra carne la de las bestias, otra la de los peces, y otra la de las aves...  Así también es la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción.  Se siembra en deshonra, resucitará en gloria; se siembra en debilidad, resucitará en poder. Se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual. Hay cuerpo animal, y hay cuerpo espiritual” (1 Corintios 15:35, 39, 42-44).

El versículo 44 que acabamos de mencionar, se usa en un intento para establecer la idea de que Jesús no resucitó físicamente, sino espiritualmente.  Sin embargo, la Escritura demuestra que regresó en su mismo cuerpo, con las mismas cicatrices en sus manos y pies.   Y que Él mismo declaró: “Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo” (Lucas 24:39).

Tampoco está indicando de ninguna forma que hay dos cuerpos separados para cada ser humano: el físico y el espiritual y que después de que el físico muere, el segundo espiritual y totalmente diferente al físico ocupa su lugar. Más bien, el apóstol declara con referencia al mismo cuerpo: “Se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual.  Hay cuerpo animal, y hay cuerpo espiritual”.

En ambas oraciones, Pablo se está refiriendo al mismo cuerpo, porque las mismas no son separadas y diferentes.  El cuerpo animal se convierte en uno resucitado, el cual es el  espiritual.

Dice 1 Corintios 15:53-54: “Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad.  Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria”.

Nuestros cuerpos perecederos y mortales poseerán finalmente las características imperecederas e inmortales del cuerpo espiritual.  El Señor Jesucristo fue simplemente el primer fruto de esta resurrección: “Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho” (1 Corintios 15:20).

Podemos ver por lo tanto que nuestros cuerpos futuros y resucitados serán espirituales, pero al mismo tiempo físicos, hechos con los mismos que tenemos ahora - solo que glorificados. ¡De lo contrario no habría resurrección!

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