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Elías escuchó la voz de Dios

Un estudio reciente especializado indica, que la sociedad estadounidense revisa colectivamente sus teléfonos inteligentes 46.000 millones de veces al día.  Otro artículo en la revista Scientific American, asegura que la persona promedio pasa unas nueve horas y 22 minutos cada día frente a varias pantallas. 

Otra investigación similar llevada a cabo en Canadá reveló, que la televisión, Internet, Facebook, Twitter, Instagram y los mensajes de texto, consumen el 70% del tiempo de los canadienses.  Que los australianos pasan más tiempo poniendo mensajes en las redes sociales, que durmiendo.

El Reino Unido, Europa y Sudáfrica publicaron estadísticas similares, mientras que Corea del Sur y Japón declararon que sus ciudadanos permanecen absortos en los medios digitales seis o siete horas por día.

Pero preste atención a esto: Según otro estudio reciente de la compañía de investigación comScore, publicado en julio del 2018, los latinoamericanos son los internautas que más tiempo pasan en las redes sociales en todo el mundo, dedicándoles la tercera parte del período total que invierten en Internet.

Los latinoamericanos también son, los que invierten más horas en sitios de entretenimiento, seguidos por los norteamericanos, Europa, el Medio Oriente, África, y Asia.  Los datos de comScore también revelan que los latinoamericanos pasan un promedio de más de seis horas en las plataformas de redes sociales, aunque son los brasileños quienes ocupan el primer lugar.

Los medios digitales están aquí para quedarse, para bien o para mal, e inevitablemente impregnan casi todos los aspectos de la vida. Nuestros sentidos son constantemente asaltados por imágenes y sonidos que quienes nos precedieron ni siquiera podían haberse imaginado, mientras que no advertimos ni nos inquieta, el hecho que deberíamos estar ansiosos por oír ese susurro de Dios que tanto necesitamos escuchar. Con nuestros oídos tan acostumbrados al estruendo, ¿cómo podemos percibir esa suave y apacible voz de Dios? Más importante aún: ¿cómo la reconoceremos cuando nos esté hablando?

El relato bíblico más conocido sobre escuchar la suave y apacible voz de Dios, lo encontramos en 1 Reyes 19:11b-12 donde leemos:  “... Y he aquí Jehová que pasaba, y un grande y poderoso viento que rompía los montes, y quebraba las peñas delante de Jehová; pero Jehová no estaba en el viento.  Y tras el viento un terremoto; pero Jehová no estaba en el terremoto.  Y tras el terremoto un fuego; pero Jehová no estaba en el fuego.  Y tras el fuego un silbo apacible y delicado”.

La frase original en hebreo para la “la voz de Dios”, es kol d’mamá daká, y muchos eruditos cristianos y judíos están de acuerdo en que esa expresión se refiere a un susurro interno silencioso que escuchamos en nuestro interior.  Dicen que se traduce literalmente como una “voz suave y tenue en el silencio”. Profesores expertos en el hebreo, le agregan a esta definición dos posibilidades más: que es como un susurro o un silencio total.  La versión de la Biblia en inglés New Revised Standard Version está de acuerdo con eso último. Traduce la frase como “un sonido de silencio absoluto”.

Con nuestros oídos saturados con el ruido, es difícil imaginar cómo sería un silencio absoluto. Algunos lo comparan con la “calma después de la tormenta” y otros con la total ausencia de sonido que existe en lo profundo del desierto del Neguev.  No sería una voz suave y delicada, ni tampoco un susurro, sino una voz de silencio.

Otros eruditos toman un enfoque completamente opuesto. En un artículo titulado “¿Una brisa suave o un estruendo rugiente?”, el autor postula que no hubo ningún susurro en el encuentro de Elías con Dios.   Sugiere que la frase hebrea kol d’mamá daká se refiere a rugidos y gemidos. Basado en su investigación lingüística y el patrón de teofanía en el Antiguo Testamento, el autor cree que una mejor traducción podría ser “una voz rugiente y atronadora”.

Pero, entonces, ¿cómo fue? ¿Cómo lo sabremos?  La pregunta es: ¿Elías, vio  o escuchó?  Si alguien nos pidiera que explicáramos las diferencias entre ver y escuchar, ¿qué diríamos?  Obviamente, un sentido es el visual y otro es el auditivo. Una persona ciega es capaz de captar parcialmente su entorno por medio de los sonidos, mientras que una sorda conoce a su mundo silencioso según formas y colores. Pero en cierta manera, la vista es una percepción externa y distante. Una persona que ve podría pasar toda su vida como espectador y no como participante, mirando desde afuera mientras otros ganan medallas olímpicas, actúan en un teatro o simplemente viven sus vidas aparte de los demás.

En contraste, hablar y escuchar son formas de interacción más íntimas, y representan los verdaderos cimientos de una relación. La audición proporciona un encuentro más cercano y transformador que la vista. Ambos son regalos maravillosos de un Creador amoroso, pero para Elías, un sentido claramente superó al otro en importancia espiritual.

La revelación de Dios en el Monte Sinaí introdujo un paradigma completamente nuevo. El Dios de Abraham, Isaac y Jacob se reveló al mundo como un Dios de relación, Uno que habla y escucha para quien la intimidad es de suprema importancia.  No se reveló por medio de una forma o presencia visible, sino a través una voz que ordenaba, prometía, desafiaba y convocaba, tal como lo hace hoy día.  La Escritura registra más de cuatro mil momentos en que Dios le habló a alguien.

Dado que Él es el Dios que no se puede ver, a diferencia de los dioses del panteón griego, el cristianismo se basa en escuchar y prestar atención a su Palabra registrada en la Biblia, igualmente el judaísmo en el Torá.  En Deuteronomio 4:1, Dios le recalcó al pueblo judío: “Ahora, pues, oh Israel, oye los estatutos y decretos que yo os enseño, para que los ejecutéis, y viváis, y entréis y poseáis la tierra que Jehová el Dios de vuestros padres os da”.  Les habló sin manifestar su presencia para que no sucumbieran a la tentación de adorar lo que podían ver.

Aunque Dios está en todas partes y podemos conectarnos con Él sin importar dónde nos encontremos, la respuesta del cristianismo y el judaísmo ante el paganismo, es que Dios no puede ser hallado en la luz enceguecedora del sol, ni en la majestuosidad de las montañas. No se encuentra en los espacios infinitamente vastos del universo, con sus cientos de billones de galaxias, cada una con cientos de billones de estrellas.  Ni siquiera está en las letras del código genético que da a cada forma viva su estructura y diversidad.  Si en esos lugares donde usted busca a Dios, está mirando en los sitios equivocados.

El Creador debe ser “hallado” no mirando, sino escuchando.  Él vive en las palabras que sus profetas y apóstoles registraron en la Biblia, y es a través de ellas que debemos interpretar todas las demás cosas.

El cristianismo y el judaísmo están de acuerdo en que Dios no puede ser visto, pero podemos escucharlo y Él a su vez hace lo mismo.  Es a través de la Biblia y la oración que podemos tener una relación íntima con Él como nuestro Padre, Amigo, Soberano que nos ama y a quien amamos. 

Hay innumerables ejemplos en la Biblia de lo que podríamos llamar “vista” versus “sonido”.   Uno de ellos se encuentra en la historia de Jacob y Esaú. Jacob fue animado por su madre a hacerse pasar por su hermano Esaú para poder recibir la bendición de su padre.  Vestido con la ropa de su hermano y llevando una porción del famoso guiso de venado de Esaú, envuelto en pelo de cabra y oliendo a campo como debía oler Esaú, Jacob se acercó a su padre. Prácticamente todos los sentidos de Isaac ya le fallaban, excepto uno, el oído, por eso “... se acercó Jacob a su padre Isaac, quien le palpó, y dijo: La voz es la voz de Jacob, pero las manos, las manos de Esaú” (Génesis 27:22).

La historia del reencuentro de José con sus hermanos cuando llegaron a Egipto en busca de alimentos es otro ejemplo.  Cuando los hermanos de José fueron acusados de ser espías, creyeron que su desgracia a manos del líder egipcio se debía a que vieron, pero no escucharon:  “Y decían el uno al otro: Verdaderamente hemos pecado contra nuestro hermano, pues vimos la angustia de su alma cuando nos rogaba, y no le escuchamos; por eso ha venido sobre nosotros esta angustia” (Génesis 42:21).

Estudiosos afirman que tenemos otro ejemplo en la historia de Adán y Eva en el Huerto del Edén.  Parecían ser una pareja muy feliz.  Vivían en el lugar ideal jamás creado; sus necesidades eran suplidas de manera sobrenatural; escuchaban la voz de Dios en el fresco de la tarde y estaban desnudos pero no sentían vergüenza. Todo lo que necesitaban hacer era prestar atención a las instrucciones del Creador y evitar comer del árbol del conocimiento del bien y del mal.  Las cosas fueron muy bien hasta que la serpiente le enfatizó a Eva cuán hermoso era ese árbol.  Asegurándole que solo un bocado de esa fruta prohibida podría abrirle sus ojos, y que sería como Dios.   Dice la Biblia, que el árbol y su fruto eran agradables a la vista, y cuando Adán y Eva comieron de él, sus ojos realmente les fueron abiertos.  Más tarde, cuando escucharon la voz del Señor en el jardín, se escondieron porque sabían que estaban desnudos, y temieron.

Esa interpretación sugiere que el verdadero pecado cometido por Adán y Eva fue la elección de ver en lugar de escuchar.  Dios creó a la humanidad para estar en relación con Él, compartiendo y comunicándose a través del habla.  Lo vemos en su interacción con Abraham y Moisés, quienes hablaban con Dios “... como habla cualquiera a su compañero...” (Éxodo 33:11b). El salmista, los profetas y los apóstoles escucharon la voz de Dios.  Pero Adán y Eva abrieron la puerta por la cual entró el mal cuando decidieron que era más deseable ver que escuchar.

Elías es una figura admirada en el judaísmo, un valiente profeta que enfrentó al malvado rey Acab y a su igualmente perversa esposa Jezabel.  Fue un sanador y hasta resucitó a personas de la muerte.  Es honrado cada año por los judíos en la mesa de la Pascua, con una copa especial, y es uno, de los únicos dos hombres en la Biblia, que nunca murieron, sino que fueron arrebatados al cielo.

El reinado de Acab y Jezabel fue un tiempo particularmente oscuro en la historia judía, ya que el rey y su reina extranjera hicieron que Israel se apartara de su Dios, llenando el país con la adoración de Baal. Elías fue un profeta valiente y apasionado que confrontó a la pareja real en muchas ocasiones, advirtiéndoles del destino que les esperaba si continuaban en sus viles prácticas paganas.  Su corazón sangraba al ver cómo el pueblo de Israel era engañado y Jehová Dios deshonrado.

Después de desafiar a 450 profetas de Baal y demostrar la falsedad de su dios, tenía la esperanza de que la gente regresara al único Dios verdadero. Cuando no lo hicieron, se desanimó irremediablemente y huyó tratando de librar su vida de la reina Jezabel.

Su viaje lo llevó al desierto más allá de Beerseba.   De hecho, él, además de Moisés, fueron los únicos en llegar al Monte Horeb, otro nombre para el Monte Sinaí. Sólo podemos imaginar que en su angustia, esperaba que Dios le hablara como lo hizo a Moisés.

La Biblia nos dice en 1 Reyes 19:9 que “Y allí se metió en una cueva, donde pasó la noche. Y vino a él palabra de Jehová, el cual le dijo: ¿Qué haces aquí, Elías?” (1 Reyes 19:9).  La tradición judía dice que no era cualquier cueva, sino que era la “hendidura de la peña” donde Dios ocultó a Moisés para enseñarle su gloria.  La respuesta de Elías fue un desahogo de su atribulado corazón.  “Él respondió: He sentido un vivo celo por Jehová Dios de los ejércitos; porque los hijos de Israel han dejado tu pacto, han derribado tus altares, y han matado a espada a tus profetas; y sólo yo he quedado, y me buscan para quitarme la vida” (1 Reyes 19:14).  Necesitaba una palabra, una señal y también aliento emocional.  Elías necesitaba ver la gloria de Dios.

El Señor no lo decepcionó. Pasó frente a Elías un fuerte viento que rasgó la montaña y quebró la roca en pedazos. Fue seguido por un terremoto y después por un fuego. Pero las Escrituras nos dicen que Dios no estaba en ninguno de los tres. Luego vino el silencio.  Elías lo escuchó, dice la Biblia, que envolvió su rostro en su manto y salió de la cueva.

Algunos estudiosos cristianos y judíos creen que Elías no fue al Monte Horeb para escuchar la voz de Dios, que ese no fue el caso porque Él ya le había hablado, sino que el profeta pensó que era preferible ver que escuchar.  Estaba buscando exactamente lo que Dios le dio: una demostración visual abrumadoramente poderosa de su poder, tal como se la dio a Moisés y a los israelitas.  Quería ver que el monte temblara, que el fuego rugiera y que el relámpago cayera.  Pero cuando todo terminó, no quedó nada.  Sólo silencio, pero su corazón seguía atormentado y angustiado.  Toda esa escena visual había sido en vano. Entonces se dio cuenta del error que había cometido.  Elías envolvió su rostro con su manto para protegerse de la distracción visual y salió de la cueva.

Cuando hizo esto, Dios le habló y le hizo la misma pregunta: “¿Qué haces aquí, Elías?” (1 Reyes 19:13b).  Es como si le hubiera preguntado: “Elías, ¿por qué hiciste este viaje tan largo al Monte Horeb, cuando te estaba hablando todo el tiempo?”.  Entonces, sus instrucciones al profeta fueron simples: “Vuelve y haz lo que has sido llamado a hacer”.  Elías fue obediente.  Regresó a su hogar y continuó honrando a Dios con valentía y pasión, terminando por pasarle su manto de profeta a Eliseo antes de que Él se lo llevara al cielo en un carro de fuego.

Entonces, ¿cómo fue la voz de Dios?  ¿Fue un susurro? ¿Fue un trueno? ¿O absolutamente nada?  No creemos en realidad que esto importe mucho. La lección de Elías es simple: Dios nos ha dado ojos, pero no lo hallaremos con la vista.  Nos dio oídos, pero tampoco lo encontraremos en el estruendo, en el ruido, lo cual implica que debemos escucharle en el silencio. Ya sea que truene o susurre, Dios busca a aquellos que desean escuchar su voz, oírle atentamente, recibir lo que dice en su Palabra, la Santa Biblia, amarlo apasionadamente y relacionarse con Él para que su voluntad se haga realidad.

Esa suave y apacible voz… ¡cuánto deberíamos anhelarla!  A primera vista, debería ser algo muy sencillo, ya que es sólo cuestión de saber escuchar.  Pero con el paso del tiempo, las ocupaciones de la vida y ahora las redes sociales con todos sus “atractivos” los creyentes se mantienen tan ocupados, completamente alejados del santuario de oración donde los corazones y oídos están abiertos, para encontrarse en el bullicio de la vida donde ese susurro de Dios es virtualmente indiscernible. Mientras nuestros antepasados, a pesar de las ocupaciones y los rigores de la vida carente de todas las comodidades y tecnologías modernas, encontraban tiempo para estar a solas con el Señor y escuchar su voz, el mundo moderno digital ha empeorado nuestra situación y nos ha alejado de nuestro Creador y Redentor.

Dijo el Señor Jesucristo: “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.  Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:4–5).

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