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Sé que puedo perdonar, pero... ¿Cómo puedo olvidar el dolor que me causaron?

“Y se acordó Dios de Noé, y de todos los animales, y de todas las bestias que estaban con él en el arca; e hizo pasar Dios un viento sobre la tierra, y disminuyeron las aguas” (Génesis 8: 1).

En la Biblia, recordar y olvidar no tienen que ver con rememorar constantemente una información en el cerebro.  En Génesis 8:1, dice que después del diluvio, “Se acordó Dios de Noé”

Pero... ¿implica esto, que por un tiempo, el Señor se olvidó de Noé, lo dejó flotando dentro del arca en un lugar extraño entre las aguas del diluvio, y luego un día lo recordó y pensó que era mejor ir y ver qué estaba haciendo?  ¡Por supuesto que no!  El concepto bíblico de “acordarse”, tiene que ver con “la decisión de actuar” y olvidar significa “decidir no actuar” en favor o en contra de algo o alguien. Cuando la Biblia dice que Dios “se acordó de Noé”, quiere decir que el Señor eligió actuar en favor de Noé y envió un viento para ayudar a que las aguas retrocedieran más rápidamente.

El Señor promete en Jeremías 31:34: “Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová; porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado”.

En Hebreos 8:12: “Porque seré propicio a sus injusticias, y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades”.

En Hebreos 10:17: “Añade: Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones”.

Dios no olvida que la gente ha pecado, pero cuando perdona, elige no actuar sobre la base de esos pecados.  Es similar a lo que Él expresa en el capítulo sobre el “Amor” en 1 Corintios 13:4-5: “El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor”.

En este contexto bíblico, “perdonar” y “olvidar”, son realmente sinónimos.  Ambos significan que la persona que ha perdonado no continuará sosteniendo ese pecado contra su ofensor, ni lo tendrá en cuenta en futuras interacciones. Él o ella, pueden recordar lo que sucedió, pero optan por no actuar, eso es lo que significa el olvido bíblico.

Pero entonces... ¿Debemos perdonar a esas personas que han pecado en nuestra contra, pero que no confiesan sus pecados, se arrepienten, o piden perdón por ellos?  Dijo el Señor en Mateo 18:15-17: “Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano.  Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra.  Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano”.

Muchos se preguntan si es correcto perdonar a personas que han pecado o nos ofenden, pero quienes no han confesado sus culpas y son indiferentes a las cosas de Dios.

A veces, ante el tribunal, las víctimas de un crimen pueden hablar con el perpetrador antes de que se dicte la sentencia. Los perjudicados explican cómo les ha afectado el crimen y hasta pueden pedirle al juez que imponga la sentencia más estricta.  Pero, en ocasiones, esas mismas personas agraviadas le dicen al perpetrador: “Te perdono”.  Pero... ¿Es válido este perdón si el criminal condenado no ha confesado su culpa, o incluso no ha solicitado el perdón?

La respuesta es “sí” y “no”, porque por un lado la víctima a menudo perdona al criminal, para que el odio hacia él o ella, no le afecte en su propia vida.  Sin embargo, el perdón que le otorga en el tribunal, no lo exime del castigo que demanda le ley, el cual el estado todavía tiene derecho a procesar y ejecutar.  Mientras que por el otro lado, Dios perdona a las personas cuando confiesan sus pecados y piden perdón.

Este perdón sólo viene a través de la fe en el Señor Jesucristo, e implica una transformación espiritual.  En el ejemplo de la víctima que perdona al culpable  en la sala del tribunal, aunque el agraviado pase por alto su acción, nunca podrá haber un verdadero restablecimiento o restauración de la relación, a menos que el delincuente confiese su pecado y realmente implore el perdón.

El objetivo del perdón bíblico, no es solo beneficiar a la víctima sino también restaurar al pecador.  Esto no puede suceder sin el reconocimiento del pecado de parte del pecador.   Por lo tanto, en algunos casos, cuando una persona ha cometido una falta, un pecado, no es correcto ignorarlo y simplemente dejarlo pasar, permitiendo que quien cometió la ofensa, no la reconozca ni pida perdón.  Los buenos padres deben estar siempre dispuestos a perdonar a un hijo descarriado, una vez que él o ella  han confesado su culpa y pedido perdón, pero tienen derecho a retener este perdón, hasta que el hijo o hija haya tomado las medidas necesarias que permitan la reconciliación. 

Sería una necedad de parte del padre, si simplemente perdona al adolescente por desobedecer sus reglas, o la  ley esto en el caso que haya ingerido licor y conducido su vehículo, si el joven no ha reconocido que lo que hizo estuvo mal.  Sin embargo, el padre debe estar dispuesto a perdonarlo cuando las condiciones sean las adecuadas.  En algunas situaciones, otorgar un perdón no solicitado, abarata el concepto e ignora la gravedad de la ofensa.

Siempre debemos estar dispuestos a perdonar cada vez que se nos solicite el perdón, tal como lo  enseñó nuestro Señor Jesús.  Después de todo...  ¿acaso no es esto lo que hacemos delante de Dios cada día, y no es así como Él nos perdona?

En cuanto a los pequeños desaires y ofensas, que a veces se suceden entre la familia y en la iglesia, lo correcto es pasarlos por alto.  Dios nos dice en Mateo 5:39, como regla general a este respecto: “Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra” (Mateo 5:39).

Si la ofensa es tal, que la persona ofendida no se siente capaz de poner la otra mejilla, está obligada a hablar con el ofensor.  Bajo ninguna circunstancia tenemos derecho alguno de albergar resentimiento, alimentar amarguras o difundir chismes sobre la ofensa que hemos recibido.

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