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Grande es el misterio

A pesar de los miles de años de inquirir respecto al universo y la super tecnología de las computadoras de hoy que ayudan a la ciencia, todavía no sabemos casi nada en comparación con todo lo que se encuentra allí para conocer. No entendemos en realidad qué es la energía, la gravedad, la luz o el espacio.

Refiriéndose al universo, el astrónomo británico Sir James Jeans declaró: «Aún no estamos en contacto con la realidad final».

Mucho menos comprendemos qué es la vida. Las cosas vivas están constituidas por maquinarias químicas, sin embargo, el secreto de la vida no se encuentra en la combinación correcta de los químicos de que están hechas. La ciencia trata de descubrir cómo se le imparte vida a la materia, que de otra forma sería una cosa muerta. Esperan con esto revertir el proceso de la muerte y crear así vida eterna. A pesar de todo, nunca podrán descubrir el secreto examinando criaturas vivas, porque la vida que poseen no es propia.

Nosotros ahora sabemos lo que Darwin nunca imaginó, que la vida se basa en la información codificada en el ADN, el ácido desoxirribonucleico. Indiscutiblemente, ninguna información se origina del medio que la comunica, la información sólo puede engendrarse de una inteligencia. Es claro entonces, que la información que proporciona las instrucciones para construir y operar las máquinas increíblemente pequeñas y complejas que constituyen las células, sólo puede provenir de una inteligencia más allá de nuestra capacidad para comprender.

El Señor aseguró ser la fuente de la vida: "Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá" (Jn. 11:25). Lo demostró al entregar su vida y resucitar de entre los muertos y afirmar: "Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar..." (Jn. 10:17,18). Y así lo hizo.

No obstante, hay algo más que la vida física. Indiscutiblemente, existe un lado no físico del hombre. Las palabras y las ideas conceptuales que expresamos, incluyendo esas impresas en el ADN, no son parte del universo físico limitado por las dimensiones. Por ejemplo, la idea de la "justicia" no tiene nada de tangible, ni se puede describir en términos de cualquiera de los cinco sentidos. Yace en otro reino.

Los pensamientos no son físicos. No se originan de la materia, tampoco ocupan espacio. Nuestros cerebros no piensan, de ser así seríamos prisioneros de esas pocas libras de materia dentro de nuestros cráneos, esperando por las próximas órdenes que pudiera darnos. El hombre no sólo tiene vida física, sino vida inteligente. Pero... ¿De dónde se origina esta fuente?

Juan, dijo del Señor Jesucristo: "En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres" (Jn. 1:4). Cristo declaró: "Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida" (Jn. 8:12). La referencia no es a una luz física, sino a la luz espiritual de la verdad, otro concepto abstracto sin ninguna relación con el universo físico.

La verdad nos lleva más allá del reino animal, ya que no tiene significado alguno para los animales. La "inteligencia" de ellos no sabe nada de amor, moral, compasión, misericordia o entendimiento, sino que está confinada al instinto y respuestas condicionadas al estímulo. Burrhus Frederic Skinner, quien fuera el psicólogo más notable desde Sigmund Freud, trató de colocar al hombre en el mismo molde, pero nuestra habilidad para formar ideas conceptuales y expresarlas por medio del idioma, no puede ser explicada en términos de reacciones, como respuesta al estímulo. Existe un abismo infranqueable entre el hombre y los animales.

La inteligencia no es física, porque concibe y usa materiales de construcción no físicos que claramente no se originan de la materia del cerebro o el cuerpo. Esto nos lleva más allá del universo físico, hacia el reino del espíritu. Nosotros no sabemos qué es el alma y el espíritu, o lo que significa que "Dios es Espíritu..." (Jn. 4:24). "Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó" (Gn. 1:27).

Dios nos ha dado pruebas suficientes que podemos verificar, para hacer que confiemos completamente en todo lo que declara su Palabra, concerniente a cosas que no podemos comprender plenamente. Aquí es donde entra la fe. Hay mucho que sabemos que es verdad, a pesar de que no podemos entender. Por ejemplo, este es el caso con el hecho de que Dios no tiene ni principio ni fin. Nuestra mente se turba, pero sabemos que es así.

Mientras trata de desenmarañar los secretos del universo, la ciencia es negligente con su Creador. El universo sólo puede llevar al hombre hacia un camino sin salida, ya que el conocimiento final se encuentra escondido en Dios quien hizo existir todas las cosas.

Cualquier adorador de ídolos en el sentido más primitivo, científico, profesor universitario, ejecutivo de negocios o líder político, que no conoce a Cristo, cabe en la descripción dada en el capítulo 1 de Romanos de esos que rechazan el testimonio del universo y adoran a la creación en lugar del Creador: "Porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa. Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles" (Ro. 1:19-23). Es posible que los cristianos hoy, también podamos quedar atrapados en esta misma ambición materialista, sin darnos cuenta de lo que Dios nos ofrece en sí mismo.

El deseo más sincero de Pablo era que todos los creyentes pudieran: "...alcanzar todas las riquezas de pleno entendimiento, a fin de conocer el misterio de Dios el Padre, y de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento" (Col. 2:2, 3).

Nuestro conocimiento, tanto de lo físico como de lo espiritual, está limitado en su mayor parte. Sin embargo, un día comprenderemos plenamente, cuando estemos con Cristo en nuestros cuerpos glorificados: "Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido" (1 Co. 13:12). Cuando nos encontremos en su presencia, conoceremos plenamente a Cristo tal como es, todas las limitaciones habrán desaparecido, incluso hasta nuestra falta de poder para vencer el pecado. Como dijo el apóstol Juan: "Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es" (1 Jn. 3:2). ¡Conocer a Cristo es todo!

El conocimiento secular que persiguen nuestras universidades, está encaminado hacia la dirección equivocada. El tesoro de conocimiento y sabiduría oculto en Cristo, nunca podrá ser descubierto por investigación científica, sino que es revelado por su Espíritu, mediante su Palabra, a esos que creen en Él.

El concepto de un Dios verdadero que existe en tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo, lo rechazan incluso, hasta algunos que aseguran ser cristianos; a pesar de que lo enseña toda la Escritura, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamentos. Considere lo que dijo Dios por medio del profeta: "...Desde que eso se hizo, allí estaba yo; y ahora me envió Jehová el Señor, y su Espíritu" (Is. 48:16). No cabe duda de que el propio Dios está hablando. Él es el único que existe desde siempre, sin embargo, declara: "...y ahora me envió Jehová el Señor, y su Espíritu". Nosotros no podemos comprender el misterio de la Trinidad, pero no hay más razón para dudar, que dudar de cualquier otra cosa más que sabemos que es real, pero que no podemos comprender.

Si Dios fuera una sola persona, tal como creen los musulmanes de Alá y la mayoría de judíos de Jehová, habría tenido que crear criaturas a fin de experimentar amor, compañerismo y comunión. El Dios de la Biblia es amor en sí mismo, manifestando pluralidad en la Trinidad: "Porque el Padre ama al Hijo..." (Jn. 5:20a). Dios es uno, pero debe incluir tanto singularidad como pluralidad.

Sólo Dios podía pagar el precio infinito que demandaba su justicia por el pecado. Pero eso no habría sido justo, porque tal como afirma Números 23:19: "Dios no es hombre..." Por consiguiente, fue necesario la encarnación, aunque la misma habría sido imposible si Dios fuera una sola persona. Como dijo Juan: "Y nosotros hemos visto y testificamos que el Padre ha enviado al Hijo, el Salvador del mundo" (1 Jn. 4:14). Fue el Señor Jesucristo quien murió en la cruz, no el Padre ni el Espíritu Santo.

Tampoco podía un hombre finito, pagar por una pena infinita. Además, en todo el Antiguo Testamento, Jehová declara que sólo Él es el único Salvador:

"Porque yo Jehová, Dios tuyo, el Santo de Israel, soy tu Salvador... Yo, yo Jehová, y fuera de mí no hay quien salve" (Is. 43:3, 11).

"Verdaderamente tú eres Dios que te encubres, Dios de Israel, que salvas... Y no hay más Dios que yo; Dios justo y Salvador; ningún otro fuera de mí" (Is. 45:15, 21b).

"...Y conocerá todo hombre que yo Jehová soy Salvador tuyo y Redentor tuyo, el Fuerte de Jacob" (Is. 49:26b).

"Mas yo soy Jehová tu Dios desde la tierra de Egipto; no conocerás, pues, otro dios fuera de mí, ni otro salvador sino a mí" (Os. 13:4).

De tal manera Jesús tenía que ser Jehová, pero también un hombre. Cuando el Hijo de Dios se hizo hombre, no dejó de ser Dios porque no podía. Jesús era tanto Dios como hombre.

Pero entonces... ¿Cómo pudo convertirse en hombre? Una vez más, eso sólo fue posible mediante la Trinidad. El Padre no se hizo hombre ni tampoco el Espíritu Santo. Aunque no podemos comprender esto, sabemos que tuvo que ser así. El castigo por nuestros pecados es infinito, porque Dios y su justicia son infinitos. Consecuentemente, esos que rechazan el pago hecho por el Señor Jesucristo en favor de ellos, quedarán separados eternamente de Dios.

Es un misterio cómo pudo surgir el mal en el universo de Dios, el "...misterio de la iniquidad..." de que habla 2 Tesalonicenses 2:7. La Escritura afirma: "Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera..." (Gn. 1:31). Esta iniquidad llegará a su plenitud en el Anticristo, a quien Satanás usará para gobernar al mundo. Satanás se manifestará en la carne en el Anticristo, tal como hizo Dios en el Señor Jesucristo.

Satanás sin duda era brillante, más allá de toda comprensión, aparentemente sólo segundo después de Dios en poder y comprensión. Es un misterio, que Satanás, habiendo conocido íntimamente el poder y la santa y gloriosa presencia de Dios en su trono, pudiera haberse atrevido, mucho menos haberse rebelado en su contra. ¿Cómo se le ocurrió que podía derrotar a Dios? ¡Sin duda esto es un gran misterio!

Satanás no fue criado en medio de una familia con problemas, o en una barriada, tampoco fue un niño víctima de abusos. Ninguna de las excusas aceptadas por los psicólogos cristianos para justificar el comportamiento egoísta y rebelde, aplican a Satanás, o a Adán y Eva. Aceptar cualquier explicación para el mal, diferente a la que nos ofrece la Escritura es engañarse. Ciertamente, los populares diagnósticos de nuestro día de "baja autoestima" o "una imagen pobre de sí mismo", ¡no eran el problema de Satanás!

La Escritura dice que Satanás se llenó de orgullo: "Tú, querubín grande, protector, yo te puse en el santo monte de Dios, allí estuviste; en medio de las piedras de fuego te paseabas. Perfecto eras en todos tus caminos desde el día que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad... Se enalteció tu corazón a causa de tu hermosura, corrompiste tu sabiduría a causa de tu esplendor..." (Ez. 28:14,15,17). Aparentemente, Satanás es un engañado ego maníaco, cegado por el orgullo en su propio poder y habilidades.

Este es el misterio de la iniquidad, que en la propia presencia de Dios, en el corazón del querubín más íntimo y cercano a Él, se concibió la maldad final. Por una decisión fatídica, el ser angélico más poderoso e inteligente se convirtió por la eternidad en la maldad final: el archi-enemigo de Dios y del hombre: "...El gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero..." (Ap. 12:9).

Pablo advierte que ningún hermano debe convertirse en obispo de la iglesia hasta no estar maduro en la fe. Y dice: "No un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo" (1 Ti. 3:6). Esto nos dice una vez más, que el orgullo fue la causa de la caída de Satanás, y que es asimismo un pecado dominante en los hombres: "Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu" (Pr. 16:18).

También es un misterio que Eva hubiera creído la mentira de la serpiente, contradiciendo lo que había dicho su bondadoso Creador: "Y Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión" (1 Ti. 2:14). A no dudar, debido a su amor por Eva y no deseando separarse de ella, Adán se unió a su mujer en desobediencia, a pesar de que sabía cuáles serían las consecuencias. También sigue siendo un misterio que cualquier persona se rebele contra su Creador, que prefiera los placeres del momento a cambio de la separación eterna de Dios.

El corazón de este misterio es la autonomía de seres creados inteligentes que claramente poseen algo que se llama voluntad propia. Por lo menos los ángeles, Satanás y esos que se le unieron en la rebelión, y todos los hombres, tienen el poder para decidir por sí mismos. Al hacerlo sobre creencias o acciones, aunque la evidencia sea mayor, finalmente se pone a un lado la razón para inclinarse ante el trono del yo. ¡Somos nuestros peores enemigos!

El yo tuvo su tenebroso nacimiento cuando Eva adoptó la decisión de desobedecer en nombre de todos sus descendientes. Cristo dijo: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame" (Mt. 16:24). La única forma para someter el yo de manera efectiva, es abrazando la cruz de Cristo como propia, de tal manera que podamos decir como Pablo: "Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Gá. 2:20).

También es un misterio la solución del mal mediante la encarnación: "E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria" (1 Ti. 3:16).

¡Qué gran misterio! "Dios fue manifestado en carne". Se hizo un feto en el vientre de María. Cuando Juan el Bautista tenía seis meses de encontrarse en el seno de su madre Elisabet, saltó de gozo al reconocer que María estaba embarazada con el Mesías. ¡Es increíble!

Dios fue "visto de los ángeles". Los seres celestiales debieron haber visto su encarnación con asombro. Ese, a quien habían conocido como Dios el Hijo, que era uno con el Padre, por lo menos durante 6.000 años de acuerdo con el tiempo de la tierra, aunque no sabemos en qué momento del pasado fueron creados los ángeles, estaba creciendo en el vientre de María, para convertirse en un recién nacido que necesitaba la leche y el cuidado de su madre, un hombre verdadero, sin embargo, al mismo tiempo Dios verdadero. ¡Misterio de los misterios!

"Creído en el mundo". El apóstol habla con temor reverente de Ese de quien "...hemos oído... hemos visto con nuestros ojos, lo... hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida (porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó)" (1 Jn. 1:1,2). En su evangelio, Juan dice: "Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad" (Jn. 1:14).

Sí, fue "creído en el mundo". Ciertamente Juan creía al igual que Pablo, que Jesús el Mesías de Israel era verdaderamente "Dios manifestado en carne". Para ser cristiano uno debe creer que el Señor Jesucristo es Dios, y que vino a la tierra como un hombre para redimirnos. ¡Un amor inmenso que descendió de lo alto para rebajarse tanto, para ser rechazado, odiado, no comprendido, burlado, difamado, desnudado, azotado y crucificado por esos que vino a redimir!

"Recibido arriba en gloria". Su sacrificio fue aceptado por el Padre, y está glorificado a su mano derecha. Desde allí intercede por nosotros: "¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros" (Ro. 8:34). Pero antes de tener esa gran reunión en su presencia en la casa del Padre: "...nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor" (2 Co. 3:18).

Indudablemente, si la encarnación es el gran misterio de la piedad, entonces para poder vivir santos debemos tener a Cristo morando en nosotros y manifestando su vida a través nuestro: "...Cristo en vosotros, la esperanza de gloria, a quien anunciamos, amonestando a todo hombre, y enseñando a todo hombre en toda sabiduría, a fin de presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre" (Co. 1:27,28). Esta es la esperanza del llamado por el que Pablo oró, pidiendo para que los santos de Éfeso entendieran: "Alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos" (Ef. 1:18). Pedro explica que "...el Dios de toda gracia... nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo..." (1 P. 5:10). Un día seremos como Cristo. ¡La gloria que los discípulos contemplaron en Cristo, se manifestará también en nosotros!

Somos transformados por su Palabra, la Palabra de verdad con la cual nos alimentamos para nutrición espiritual. Las instrucciones escritas que Dios imprimió en el ADN y las cuales son esenciales para la vida física actual, son un cuadro poderoso de "...las palabras que... son espíritu y son vida" (Jn. 6:63). Esta es la Palabra viva de Dios, la que cuando creemos, engendra y alimenta la vida espiritual.

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