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El profeta Abel

En este breve artículo plantearemos una pregunta enigmática: «¿Puede un hombre que nunca habló mientras estaba vivo, hablarnos ahora que está muerto?» 

Sí, ese hombre es Abel. En el recuento del libro de Génesis, no leemos que hubiese dicho algo, lo único que sabemos de él, es que “...Abel fue pastor de ovejas, y Caín fue labrador de la tierra.  Y aconteció andando el tiempo, que Caín trajo del fruto de la tierra una ofrenda a Jehová.  Y Abel trajo también de los primogénitos de sus ovejas, de lo más gordo de ellas.  Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda; pero no miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya.  Y se ensañó Caín en gran manera, y decayó su semblante.  Entonces Jehová dijo a Caín: ¿Por qué te has ensañado, y por qué ha decaído tu semblante?  Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido? y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta; con todo esto, a ti será su deseo, y tú te enseñorearás de él.  Y dijo Caín a su hermano Abel: Salgamos al campo.  Y aconteció que estando ellos en el campo, Caín se levantó contra su hermano Abel, y lo mató” (Gn. 4:2b-8).

Pese a todo, el escritor de la epístola a los Hebreos le llama un hombre de fe. “Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín, por lo cual alcanzó testimonio de que era justo, dando Dios testimonio de sus ofrendas; y muerto, aún habla por ella” (He. 11:4).

Pero más que eso, nuestro Señor Jesucristo cuando se dirigió a los fariseos y maestros de la Ley, le llamó profeta: “Para que se demande de esta generación la sangre de todos los profetas que se ha derramado desde la fundación del mundo, desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, que murió entre el altar y el templo; sí, os digo que será demandada de esta generación” (Lc. 11:50, 51).

De tal manera que Abel era un profeta, y debemos notar que nuestro Señor compara a los escribas y fariseos con Caín, quien le dio muerte a Abel.  Pero... ¿En qué consistió la fe de Abel y cómo difería de la de Caín?  ¿Por qué se le llama a Abel un profeta, y qué es lo que tiene que decirnos hoy?

Creo que lo que Abel está diciendo es: «Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo.  Confía en su sangre derramada sobre la cruz.  Haz de eso tu única esperanza.  Cuando vayas delante de Dios y te confieses pecador, usa como tu único medio intercesor, su muerte sobre la cruz».

Ahora, ¿de dónde sacamos todo esto?  Bueno, para saberlo tenemos que buscar en la Biblia que Abel conocía, ¡porque Abel creía en la Biblia!  Sin embargo, como murió en el capítulo 4 de Génesis, todo lo que tenemos son los capítulos 1 al 3 de Génesis, para averiguar qué pudo haber aprendido de sus padres.  Ellos, sin duda, debieron contarle de cómo era la vida en los primeros días en un mundo perfecto, su terrible caída cuando pecaron y la esperanza que les diera Dios.

Sabemos que cuando hizo el mundo, “vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera...” (Gn. 1:31a).  Eso significa que no había pecado, ni decadencia ni muerte.  La primera pareja fue colocada en este medio maravilloso y se le encomendó la misión de cuidar del huerto: “Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase” (Gn. 2:15).  Luego sigue diciendo Génesis 2:25, que “estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban”.  Poniendo esto en una forma teológica, lo que quiere decir es que no tenían puesta ninguna cobertura para el pecado, sencillamente porque no había pecado.  Lo único que tenían que hacer era escuchar la voz de su Creador para que todo continuara bien.

No vamos a detenernos con los detalles de la triste caída de Adán y Eva en pecado, sino que proseguiremos a notar que tan pronto desobedecieron se advirtieron de que algo terrible había cambiado para siempre: “Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales” (Gn. 3:7).

¡Hojas de higuera!  Si alguna vez ha visitado los museos en Italia, o si ha tenido la oportunidad de ver alguna enciclopedia de arte, habrá notado que todas las estatuas que se hicieron durante la época del renacimiento, están desnudas.  Bueno, se dice que un Papa católico romano ordenó que por modestia, les colocaran una hoja de higuera para cubrir sus partes privadas.  Pero esto no funciona, porque realmente no oculta nada, ¡ya que todos sabemos exactamente lo que se encuentra debajo de las hojas!

Fue lo mismo con Adán y Eva.  Dios, que veía lo que había debajo, supo que estaban tratando de cubrir su pecado.  Y eso es lo mismo que hacemos nosotros cuando tratamos de cubrir nuestro pecado con buenas obras o rituales religiosos, ¡porque Dios puede ver a través de ellos!  Dijo el profeta: “Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia...” (Is. 64:6a), es decir que todas nuestras buenas obras son inaceptables delante de Dios para cubrir nuestro pecado.  Habacuc nos dice: “Muy limpio eres de ojos para ver el mal, ni puedes ver el agravio...” (Hab. 1:13a).  Dice el salmista, que entre los hombres “…no hay quien haga el bien” (Sal. 14:1b).  La única cobertura para el pecado debe provenir del propio Dios, es la única aceptable para él.

Ahora, repasemos Génesis 3:15 cuando Dios pronuncia su juicio contra la serpiente: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar”.  Pero... ¿Quién es esta descendencia de la mujer, mas no del hombre?  ¡El Señor Jesucristo, quien nació por el poder del Espíritu Santo de una virgen!  Él fue quien sufrió la herida en el calcañar, y quien aplastará la cabeza de Satanás.  Este es el camino de redención dispuesto por Dios para librar a la humanidad del poder del pecado y la muerte, a través del segundo Adán: “Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1 Co. 15:22), mediante la sangre derramada por el Señor Jesucristo.

Esta fue la salvación anunciada a Adán y a Eva, la cual Dios anticipó y simbolizó cuando vistió a la pareja culpable: “Y Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió” (Gn. 3:21).  No obstante, para poder hacerlo fue necesario que muriese una criatura inocente.  ¡Eso era todo lo que Abel sabía!  Él debió escuchar toda la historia de boca de sus padres.  Esa era su Biblia, y Dios abrió su corazón para que recibiera todo como una verdad.  Se vio a sí mismo con sus colores verdaderos, como un pecador en necesidad desesperada de redención.  Y vio que esta esperanza sólo yacía en una cobertura o expiación por sus pecados.  Necesitaba un Salvador, uno que quitara sus pecados mediante un sacrificio de propiciación perfecto, santo y sin mancha, aceptable a Dios.  Abel miró a través de los siglos y vio con los ojos de la fe al Señor Jesucristo, derramando su sangre y muriendo sobre la cruz por él: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn. 3:16).

Y Abel, movido por ese amor del Creador, tomó la mejor oveja de su rebaño y la sacrificó delante de Él como una prefiguración del Cordero de Dios “...que quita el pecado del mundo” (Jn. 1:29b).  Por eso dice la Escritura: “Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín, por lo cual alcanzó testimonio de que era justo, dando Dios testimonio de sus ofrendas; y muerto, aún habla por ella” (He. 11:4).

Por esto podemos ver que el hombre recibió revelación incluso desde antes que se constituyera la nación de Israel, o que se le entregara la ley a Moisés.  Por ejemplo:

•   Adán vivió 930 años y murió sólo 243 años antes del diluvio.  Su nieto Matusalén, quien vivió por 243años junto con Adán, murió el año del diluvio.  De tal manera que la revelación que Adán y Eva recibieron en el huerto del Edén, estuvo disponible de boca de los propios protagonistas por casi un milenio y luego a disposición de parte de esos que los conocieron personalmente por casi otro milenio.  Noé y sus hijos pudieron haber conocido a Matusalén, quien a su vez conoció personalmente a Adán.
•   Abel, el segundo hijo que le nació a Adán y a Eva era un profeta, tal como lo dijo el Señor Jesucristo en Lucas 11:50 y 51.  Y ofreció un sacrificio por fe en la Palabra de Dios.
•   Enoc era un profeta, y profetizó de la segunda venida del Señor Jesucristo: “De éstos también profetizó Enoc, séptimo desde Adán, diciendo: He aquí, vino el Señor con sus santas decenas de millares, para hacer juicio contra todos, y dejar convictos a todos los impíos de todas sus obras impías que han hecho impíamente, y de todas las cosas duras que los pecadores impíos han hablado contra él” (Jud. 14, 15).  Su rapto al cielo fue también un testimonio a los hombres: “Por la fe Enoc fue traspuesto para no ver muerte, y no fue hallado, porque lo traspuso Dios; y antes que fuese traspuesto, tuvo testimonio de haber agradado a Dios” (He. 11:5).
•   Job fue un profeta y tenía comprensión de la resurrección del cuerpo y de muchas otras grandes verdades: “Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios; al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro, aunque mi corazón desfallece dentro de mí” (Job 19:25-27).  Job vivió después del diluvio y antes de Moisés.
•   Noé fue predicador de justicia.  Y durante 120 años, mientras estuvo construyendo el arca, fue un testimonio a su generación: “...sino que guardó a Noé, pregonero de justicia, con otras siete personas, trayendo el diluvio sobre el mundo de los impíos” (2 P. 2:5b).

La ofrenda de Abel

     Ahora, observe las características de la ofrenda de Abel:

•   Abel presentó su ofrenda de acuerdo con la Palabra de Dios.  Había prestado atención cuidadosa a las instrucciones del Creador y no trató de modificar el plan divino en conformidad con su propia manera de pensar.  Fue el padre de todos los que reconocen la Palabra de Dios como la única autoridad en asuntos de fe y práctica.  Entendía que sólo hay un camino para Dios y que esos que siguen las religiones falsas no serán aceptados.
•   La ofrenda de Abel hablaba de su condición pecaminosa, de que reconoció su culpa personal y de cuán indigno era al ofrecer un sacrificio que simbolizaba a Ése que sufriría en su lugar.  No pretendió ser un hombre justo, ni que Dios aceptara sus obras.  Reconoció que el pecado es algo muy serio delante del Creador, y que sólo puede limpiarse mediante la sangre y muerte del Señor Jesucristo.
•   La ofrenda de Abel hablaba de la necesidad de sangre y muerte, y era una semblanza de la expiación de Cristo “Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel” (He. 12:24).
•   Reconoció que sin muerte y derramamiento de sangre no hay remisión de pecados: “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Ro. 6:23).  Ya que “...sin derramamiento de sangre no se hace remisión” (He. 9:22b).  La religión incruenta, sin sangre, es falsa.
•   La ofrenda de Abel hablaba de la necesidad de sustitución.  El Señor Jesucristo recibió en su propio cuerpo el castigo que merecíamos, para que los creyentes recibiéramos su justicia.  Como profetizó Isaías: “...por cuanto derramó su vida hasta la muerte, y fue contado con los pecadores, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores” (Is. 53:12b).  Y como dijo Pablo: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Co. 5:21).
•   La ofrenda de Abel hablaba de fe, no de obras: “Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín, por lo cual alcanzó testimonio de que era justo, dando Dios testimonio de sus ofrendas; y muerto, aún habla por ella” (He. 11:4).
•   Abel fue salvo por su fe porque la salvación siempre ha sido mediante la fe sin obras: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Ef. 2:8, 9).  “Porque ¿qué dice la Escritura?  Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia... Mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia” (Ro. 4:3, 5).  “Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo” (Tito 3:5).
•   La ofrenda de Abel hablaba de arrepentimiento.  Con el simple hecho de ofrecer el sacrificio ordenado por Dios, Abel demostró que se arrepentía del pecado, la religión falsa y las obras muertas.  El Señor Jesucristo nos enseñó que no hay salvación sin arrepentimiento, así lo afirmó en Lucas 13:3 y 5: “Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente”.

No fue el sacrificio lo que hizo a Abel justo delante de Dios, ya que Hebreos 10:4 dice: “Porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados”.  Fue su fe lo que hizo su sacrificio apto, por cuanto estaba mirando anticipadamente hacia Cristo, la única ofrenda verdaderamente aceptable delante de Dios.  Abel no sabía nada de circuncisión, ni de bautismo.  La primera es una ordenanza para el pueblo judío, la segunda para los cristianos, pero ni la una ni la otra proveen salvación.  Sólo la sangre de Cristo hace eso, si estamos mirando hacia la cruz, tal como hicieron Abel y Abraham.  Y sobre este último dijo el Señor: “Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó” (Jn. 8:56).  Es lo mismo que hacemos hoy los cristianos cuando miramos retrospectivamente a la cruz.  Ningún rito religioso, ni religión, puede conducirnos a Dios, sólo la confianza y aceptación en la obra consumada por Cristo.

¿Se ha colocado usted en el lugar donde estuvo Abel?  ¿Se ha visto a sí mismo como un pecador culpable, condenado justamente por Dios?  ¿Ha mirado retrospectivamente a través de los años por fe, tal como hizo Abel hacia el futuro, anticipando la cruz?  No tiene necesidad de hacer ningún sacrificio ahora, porque Cristo ya hizo la ofrenda perfecta: “Pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios” (He. 10:12).  Cuando tomamos el pan y el vino en la Cena del Señor, estamos recordando al Salvador, quien se interpuso entre el cielo y el infierno y tomó sobre sí el castigo que merecíamos por nuestros pecados.

La ofrenda de Caín

     Pero... ¿Qué diremos ahora respecto a Caín?  ¿Es qué acaso no creía en Dios?  ¡Oh sí, sí que creía!  Era un devoto regular: “Y aconteció... que Caín trajo del fruto de la tierra una ofrenda a Jehová” (Gn. 4:3).  Si hubiera sido miembro de una iglesia, lo habrían considerado como un hermano dedicado que ayudaba con sus ofrendas.  De hecho, hoy en día tenemos a muchos Caínes en las iglesias en todo el mundo.  Pero... ¿Cuáles eran las marcas de la religión de Caín?

•   La religión de Caín era una religión de obras.  En el corazón de su religión está la terquedad voluntaria de hacer las cosas de la forma como queremos, la creencia de que Dios estará satisfecho con eso que decidamos darle.  Por eso fue que mientras Abel trajo de las ovejas creadas por Dios “lo más gordo de ellas”, Caín presentó el producto de su propio esfuerzo, tal vez trigo y unas papas.

Al ofrecer esta ofrenda producto de su labor, Caín estaba negando su condición caída.  Creía que Dios lo aceptaría tal como era.  Es el padre de todos los que niegan que el hombre es inicuo, el padre de todos los que creen “que hay una chispa de bondad en todos lo hombres”, de quienes creen en la paternidad universal de Dios, de quienes están convencidos que la sinceridad es suficiente y que mientras el hombre sea sincero Dios lo aceptará.

•   La religión de Caín la inventó él mismo, fue producto de su propia imaginación, no de la Palabra de Dios, la que ignoró.  Caín fue el primer filósofo e inventor de su propia religión.
•   Su religión negaba la necesidad del sacrificio de sangre.  Era una religión incruenta.  Él reemplazó la sangre y la muerte de una víctima inocente, con productos frescos y fragantes de su propio huerto.  Es el padre de todos esos que creen que se pueden acercar a Dios de cualquier otra forma diferente al sacrificio de la sangre derramada de Cristo.
•   La religión de Caín creía que hay muchos caminos que conducen a Dios.  Adán y Eva sin duda le relataron todo lo que el Creador les había dicho en el huerto, que el camino de salvación era por medio de un sacrificio de sangre, y que se los había demostrado cuando los vistió con la piel de los animales que sacrificó.  También le dijeron que Dios les habló de la Simiente de la mujer que vendría un día para morir por los pecados de los hombres, y así aplastar la cabeza de la serpiente.  Sin duda, también su hermano Abel le advirtió que sólo había un camino a Dios, pero Caín debió pensar que su hermano era de mente estrecha.  Es así como Caín se constituye en el padre de quienes están convencidos que todas las religiones conducen a Dios.

¿Cuál fue el resultado de la religión de Caín?

•   Caín fue rechazado por Dios: “Pero no miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya...” (Gn. 4:5a).  El Señor lo rechazó porque no se aproximó a él de acuerdo con Su revelación y con el sacrificio de sangre.  El Señor Jesucristo dijo: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.  Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?  Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mt. 7:21-23).
•   Caín estaba furioso y celoso de su hermano porque éste siguió el camino de Dios, ya que Abel no había hecho nada en su contra: “Y Abel trajo también de los primogénitos de sus ovejas, de lo más gordo de ellas.  Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda; pero no miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya.  Y se ensañó Caín en gran manera, y decayó su semblante” (Gn. 4:4, 5).
•   Caín ignoró la bondadosa advertencia de Dios, quien sabe y observa todo lo que hacen los hombres.  Note cuán paciente fue Jehová con Caín, a pesar de su desobediencia abierta respecto al sacrificio.  Pudo haberlo acabado de inmediato, pero no lo hizo, porque es paciente y misericordioso.  Le dijo a Caín que tenía la opción de hacer bien o mal, le advirtió que si continuaba sirviendo al pecado terminaría por destruirlo.  Dios describió el pecado como una bestia viciosa dispuesta a saltar: “Entonces Jehová dijo a Caín: ¿Por qué te has ensañado, y por qué ha decaído tu semblante?  Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido? y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta; con todo esto, a ti será su deseo, y tú te enseñorearás de él” (Gn. 4:6, 7).

Los hombres tenemos libre albedrío.  Y no es nuestra voluntad la que está en esclavitud, sino la mente y corazón.  Como dijo el profeta: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jer. 17:9).  Sin embargo, Dios les da luz a todos los hombres, así que no tenemos excusa: “Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo” (Jn. 1:9).

•   Caín rehusó escuchar a su hermano Abel, quien era un profeta, despreció la predicación del primer fundamentalista.
•   Caín asesinó a su hermano por celos y furia demoníaca.  En un acto de persecución religiosa, mintió y se justificó a sí mismo: “Y dijo Caín a su hermano Abel: Salgamos al campo.  Y aconteció que estando ellos en el campo, Caín se levantó contra su hermano Abel, y lo mató.  Y Jehová dijo a Caín: ¿Dónde está Abel tu hermano?  Y él respondió: No sé.  ¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?” (Gn. 4:8, 9).
•   Caín fue juzgado por Dios, quien lo maldijo de la tierra, y con la tierra, y finalmente sufrirá en el infierno eterno.  Dios asimismo le expulsó de su presencia.  Este será el castigo para todos los no regenerados: “Los cuales sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder” (2 Ts. 1:9).

Dios marcó a Caín para que así todos lo reconocieran y supieran de su pecado.  Fue una desgracia perpetua, porque pecados como asesinato y adulterio siempre acarrean desgracia a pesar del arrepentimiento y el perdón: “Y él le dijo: ¿Qué has hecho?  La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra.  Ahora, pues, maldito seas tú de la tierra, que abrió su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano.  Cuando labres la tierra, no te volverá a dar su fuerza; errante y extranjero serás en la tierra.  Y dijo Caín a Jehová: Grande es mi castigo para ser soportado.  He aquí me echas hoy de la tierra, y de tu presencia me esconderé, y seré errante y extranjero en la tierra; y sucederá que cualquiera que me hallare, me matará.  Y le respondió Jehová: Ciertamente cualquiera que matare a Caín, siete veces será castigado.  Entonces Jehová puso señal en Caín, para que no lo matase cualquiera que le hallara.  Salió, pues, Caín de delante de Jehová, y habitó en tierra de Nod, al oriente de Edén” (Gn. 4:10-16).

•   Caín es el padre de esos que tratan de vivir en este mundo de acuerdo con sus propios términos, aparte de Dios.  Es padre del “sistema mundial”.

La civilización actual es de origen canaanita.  Todavía tenemos asesinos jactanciosos, y esos que violan los votos sagrados del matrimonio.  Los hombres todavía rechazan la revelación divina y confían en sus propios recursos.  El cristianismo verdadero no pertenece a este “sistema mundial” que está pasando.  El Señor Jesucristo dijo: “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo.  Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él.  Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo.  Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Jn. 2:15-17).

Los hijos de Caín construyeron la primera ciudad, la que se convirtió en la sede de su desafío en contra de Dios y en una norma para esos del mismo parecer.  Pero... ¿En dónde consiguió Caín su esposa?  La respuesta está en Génesis 5:4 que dice: “Y fueron los días de Adán después que engendró a Set, ochocientos años, y engendró hijos e hijas”.
Adán y Eva tuvieron muchos hijos e hijas cuyos nombres no se mencionan en el libro de Génesis.  Caín obviamente se casó con una de sus hermanas.  Esto no era malo en los primeros días de la raza humana, porque el linaje genético no se había debilitado como hoy: “Y conoció Caín a su mujer, la cual concibió y dio a luz a Enoc; y edificó una ciudad, y llamó el nombre de la ciudad del nombre de su hijo, Enoc.  Y a Enoc le nació Irad, e Irad engendró a Mehujael, y Mehujael engendró a Metusael, y Metusael engendró a Lamec.  Y Lamec tomó para sí dos mujeres; el nombre de la una fue Ada, y el nombre de la otra, Zila.  Y Ada dio a luz a Jabal, el cual fue padre de los que habitan en tiendas y crían ganados.  Y el nombre de su hermano fue Jubal, el cual fue padre de todos los que tocan arpa y flauta.  Y Zila también dio a luz a Tubal-caín, artífice de toda obra de bronce y de hierro; y la hermana de Tubal-caín fue Naama.  Y dijo Lamec a sus mujeres: Ada y Zila, oíd mi voz; mujeres de Lamec, escuchad mi dicho: Que un varón mataré por mi herida, y un joven por mi golpe.  Si siete veces será vengado Caín, Lamec en verdad setenta veces siete lo será” (Gn. 4:17-24).

Sus hijos pervirtieron la institución matrimonial, ya que Lamec contrajo matrimonio con dos mujeres.  El pervertir lo instituido por Dios siempre ha resultado en grandes males morales y confusión espiritual.  Ellos además fueron perversos, orgullosos y violentos.  Aunque llevaron a cabo grandes logros.

Esto fue lo que escribió el gran teólogo Matthew Henry al respecto: «Note que las personas carnales en lo único que ponen sus corazones son en las cosas terrenales, y en ellas son muy ingeniosas e industriosas.  Así fue con la raza impía del maldito Caín.  Aquí tenemos al padre de los pastores y al padre de los músicos, pero no a un padre de los fieles.  Aquí está uno que era un maestro artífice en hierro y bronce, pero ninguno que enseñara el conocimiento de Dios.  Aquí tenemos instrumentos para hacernos ricos y poderosos, y cómo estar felices, pero nada de Dios, ni de su temor y servicio.  Son estas las cosas que colman la mente de la mayoría de personas».

A la luz de todo esto, ¿cómo puede alguien decir que la doctrina no importa?  Aquí tenemos una diferencia doctrinal directa entre Caín y Abel, una que es aceptable ante Dios y otra que no lo es.  La doctrina de Caín reconoce a Dios como creador, pero no como salvador.  A Caín le incomodaba eso de la teología de la sangre, y tal vez se dijo: «No importa en lo que crea, con tal de que sea sincero».

Caín inició así el movimiento inter-denominacional, el movimiento ecuménico y la Iglesia Emergente, pero el profeta Abel, como Pablo estaba diciendo:

•   “Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado” (1 Co. 2:2).
•   “Porque los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura” (1 Co. 1:22, 23).
•   “En ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hch. 4:12).

Cuando Caín miró hacia la cruz, no vio a un Salvador derramando su sangre y muriendo en su lugar, sino que vio en esto, una especie de ejemplo de bondad y abnegación que pensó que debía seguir.  Él hizo lo mismo que hacen tantos hoy, quienes creen que porque asisten a la iglesia cada domingo, depositan unas pocas monedas en el plato de la ofrenda y se abstienen de cometer pecados groseros, Dios está feliz con eso.

Sé que muchos “cristianos” famosos y reconocidos mundialmente, hacen más que eso, que sus obras realmente son dignas de encomio, pese a todo profesan la religión de Caín, porque están ofreciendo el producto de sus propias obras, están haciendo lo mismo que hizo Adán: ¡Se están cubriendo con la hoja de higuera!

El profeta Abel no dependió de nada de eso, su único deseo fue como el de Pablo, quien dijo: “Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe” (Fil. 3:8, 9).

Caín ha estado activo en la iglesia, desde entonces hasta hoy.  Vea lo que dice Judas 4: “Porque algunos hombres han entrado encubiertamente, los que desde antes habían sido destinados para esta condenación, hombres impíos, que convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios, y niegan a Dios el único soberano, y a nuestro Señor Jesucristo”.

¿Acaso no tenemos a esas personas hoy en las iglesias?  ¡Líderes que condenan el adulterio, la homosexualidad y al hacerlo niegan que no hay ningún pecado del cual Cristo no nos pueda librar!  Ahora vea lo que sigue diciendo el versículo 11 de Judas: “¡Ay de ellos! porque han seguido el camino de Caín...”

Un punto final: Caín odiaba a Abel y le asesinó.  Asimismo el profeta Abel nos está diciendo hoy: “Y también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución” (2 Ti. 3:12).

Sin embargo, tal vez usted diga: «¡Bueno, yo soy cristiano y nadie me persigue!»  Permítame decirle, sin querer ofenderlo: Tal vez su vida, su forma de hablar y sus costumbres sean tan similares a las de sus vecinos incrédulos, que ellos ni siquiera saben que usted es cristiano.  Pero Dios sí lo sabe.  Espero que las últimas palabras que escuche de Él no sean estas: “Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mt. 7:23b).

Nuestras vidas, como la de Abel, deben ser diferentes a la de esos a nuestro alrededor: “Baste ya el tiempo pasado para haber hecho lo que agrada a los gentiles, andando en lascivias, concupiscencias, embriagueces, orgías, disipación y abominables idolatrías.  A éstos les parece cosa extraña que vosotros no corráis con ellos en el mismo desenfreno de disolución, y os ultrajan” (1 P. 4:3, 4).

Si su vida ha sido verdaderamente cambiada por su confianza en Cristo, entonces algunos serán influenciados de manera positiva por su testimonio: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt. 5:16).  Pero así como Abel ofendió a Caín, de la misma manera habrá otros que también se sentirán ofendidos por su comportamiento.  El apóstol Juan escribió: “No como Caín, que era del maligno y mató a su hermano.  ¿Y por qué causa le mató?  Porque sus obras eran malas, y las de su hermano justas” (1 Jn. 3:12).

A las personas no les gusta quedar expuestas públicamente.  Cada día se hace más difícil predicar en contra de la fornicación, homosexualidad, borrachera y codicia, porque nadie quiere verse confrontado con sus pecados.  El profeta Abel nos está diciendo: “Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas” (2 Ti. 4:3, 4).

Pero... ¿Cuál es su esperanza hoy para evitar los dolores del infierno y alcanzar finalmente el cielo?  ¿Espera que Dios le declare justo en el día que comparezca ante su presencia?  ¿Cree que será por su estilo de vida ejemplar, tan diferente al de sus vecinos?  ¿Por la forma tan generosa como da a la iglesia?  ¿Por sus buenas obras?  ¿O por sus puntos de vista políticamente correctos, tratando siempre de no ofender a nadie?

Ninguna de esas cosas lo hacen justo delante de Dios aparte del Señor Jesucristo.  Porque no hay otra cosa, ¡excepto la sangre de Cristo!  ¡Sólo esa sangre que Cristo derramó sobre la cruz una vez y para siempre por los pecadores!  Él le llama y le dice: “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más” (Is. 45:22).
Mírelo a Él, véalo sangrando y muriendo sobre la cruz y crea que fue por usted.  Que fue su pecado lo que lo llevó allí.  El pecado por el cual hizo expiación con su propia sangre, pagando el rescate por su alma, librándola de la condenación y eterna separación de Dios.  En esta forma, y no en otra, experimentará el gozo de que sus pecados han sido perdonados y que tiene paz y seguridad eterna con Dios.  Sólo así llegará “...al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles... a Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel” (He. 12:22, 24).

La sangre de Abel clama por justicia, como le dijo Jehová Dios a Caín: “La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra” (Gn. 4:10b).  ¡Pero la sangre de Jesús clama por perdón para todos los que confían en él!

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