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David y su búsqueda de Dios

David era el menor de ocho hermanos, hijo de Isaí y bisnieto de Rut y Booz. Fue el segundo rey de Israel y gobernó entre los años 1000 al 962 A.C. Su nombre, que significa «amado», aparece mencionado unas ochocientas veces en el Antiguo Testamento y sesenta en el Nuevo.

David y su búsqueda de Dios

Desde muy joven demostró su valor y ternura como pastor de ovejas.

Aunque Saúl fue profeta y también el ungido de Dios como rey de Israel, el día que desobedeció su Palabra tuvo un fin trágico.  En el capítulo 15 del primer libro de Samuel leemos que desobedeció a Jehová Dios y fue desechado: “Y Samuel respondió a Saúl: No volveré contigo; porque desechaste la palabra de Jehová, y Jehová te ha desechado para que no seas rey sobre Israel” (1 S. 15:26).

Luego Saúl ordenó la muerte de los profetas de Dios: “Entonces dijo el rey a la gente de su guardia que estaba alrededor de él: Volveos y matad a los sacerdotes de Jehová; porque también la mano de ellos está con David, pues sabiendo ellos que huía, no me lo descubrieron.  Pero los siervos del rey no quisieron extender sus manos para matar a los sacerdotes de Jehová.  Entonces dijo el rey a Doeg: Vuelve tú, y arremete contra los sacerdotes.  Y se volvió Doeg el edomita y acometió a los sacerdotes, y mató en aquel día a ochenta y cinco varones que vestían efod de lino” (1 S. 22:17, 18).

En otra ocasión visitó a una bruja, la adivina de Endor: “Y se disfrazó Saúl, y se puso otros vestidos, y se fue con dos hombres, y vinieron a aquella mujer de noche; y él dijo: Yo te ruego que me adivines por el espíritu de adivinación, y me hagas subir a quien yo te dijere” (1 S. 28:8).  Fue allí cuando comenzó el conteo regresivo de su horrible muerte en la guerra con los filisteos, porque Dios había prohibido de manera terminante acudir a brujos o adivinos.  Saúl lo sabía, pero tal vez pensaba que por haber sido ungido, y por su investidura como rey, esto lo exoneraba de cualquier culpa.

Fue así como llegó un tiempo cuando “...Samuel dijo a Saúl: Locamente has hecho; no guardaste el mandamiento de Jehová tu Dios que él te había ordenado; pues ahora Jehová hubiera confirmado tu reino sobre Israel para siempre.  Mas ahora tu reino no será duradero.  Jehová se ha buscado un varón conforme a su corazón, al cual Jehová ha designado para que sea príncipe sobre su pueblo, por cuanto tú no has guardado lo que Jehová te mandó” (1 S. 13:13, 14).

La unción de David

     Después de su confrontación con Saúl, Samuel fue enviado por Dios a un hombre de la tribu de Judá para que ungiera por rey a uno de sus hijos.  Habiendo arreglado las circunstancias de tal manera que no causara sospechas a Saúl, Samuel llegó a la casa de Isaí, quien presentó sus hijos ante el profeta.  Eliab, el mayor, fue el primero en pararse frente a él: “Y Jehová respondió a Samuel: No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón” (1 S. 16:7).

Siete hijos más de Isaí comparecieron ante el confundido profeta; todos fueron rechazados por Dios: “Entonces dijo Samuel a Isaí: ¿Son éstos todos tus hijos?  Y él respondió: Queda aún el menor, que apacienta las ovejas.  Y dijo Samuel a Isaí: Envía por él, porque no nos sentaremos a la mesa hasta que él venga aquí” (1 S. 16:11).  Tan pronto compareció David, Dios le hizo saber a Samuel que éste era el “varón conforme a su corazón” y fue así como Samuel lo ungió en conformidad con las instrucciones de Dios, “…y desde aquel día en adelante el Espíritu de Jehová vino sobre David…” (1 S. 16:13), esperando por el día en que sucedería a Saúl como rey.

David era el octavo hijo de Isaí.  Los primeros siete, cifra que es el número espiritualmente perfecto, no eran aptos.  Se necesitó el octavo, el número del nuevo principio para producir al rey más grande de Israel.  Es interesante notar que el valor numérico del nombre del Señor Jesucristo es 888.  Tal parece como si cada detalle tuviera sugerencias proféticas.  “Y Samuel tomó el cuerno del aceite, y lo ungió en medio de sus hermanos; y desde aquel día en adelante el Espíritu de Jehová vino sobre David.  Se levantó luego Samuel, y se volvió a Ramá” (1 S. 16:13).

Algún tiempo después, cuando los ejércitos de Israel eran derrotados por el gigante Goliat de Gat, quien por cuarenta días se había mofado de los israelitas desafiándolos mañana y tarde, David fue enviado por su padre para llevar alimentos a sus hermanos que estaban en el ejército, y escuchó los alardes del filisteo.  Aunque el rey Saúl “y todos los varones de Israel que veían aquel hombre huían de su presencia, y tenían gran temor” (1 S. 17:24), David sólo lo vio como a alguien que se atrevía a desafiar al Dios de los ejércitos de Israel: “Entonces habló David a los que estaban junto a él, diciendo: ¿Qué harán al hombre que venciere a este filisteo, y quitare el oprobio de Israel?  Porque ¿quién es este filisteo incircunciso, para que provoque a los escuadrones del Dios viviente?” (1 S. 17:26).

Cuando Saúl se enteró de las palabras del joven lo hizo comparecer ante su presencia, y David le declaró su deseo de enfrentarse contra el gigante.  Al ver el valor del muchacho, el rey le autorizó para que lo enfrentara.  Él mismo lo vistió con su armadura, pero como David no podía siquiera caminar con esto, se la quitó y armado con su cayado y su honda se dispuso a enfrentar a Goliat, confiando en que el Señor le daría la victoria sobre el gigante: “Entonces dijo David al filisteo: Tú vienes a mí con espada y lanza y jabalina; mas yo vengo a ti en el nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a quien tú has provocado.  Jehová te entregará hoy en mi mano, y yo te venceré, y te cortaré la cabeza, y daré hoy los cuerpos de los filisteos a las aves del cielo y a las bestias de la tierra; y toda la tierra sabrá que hay Dios en Israel” (1 S. 17:45, 46).

La motivación de David al darle muerte a Goliat era que el nombre de Dios fuera honrado y glorificado.  Deseaba que todos los hombres reconocieran la soberanía universal del Dios de Israel.  Debido a que caminaba con Él y habitualmente meditaba en su Palabra, el Señor le pudo revelar muchas cosas que están registradas para nosotros en la narración de su vida y en muchos de los Salmos que escribió.

Al principio todo marchaba bien entre Saúl y David, quien disfrutaba de su talento musical.  Pero algo inesperado cambió el curso de los acontecimientos, porque el rey sintió celos ante el nuevo campeón de Israel.  Después que David le diera muerte a Goliat, las mujeres israelitas le dieron la bienvenida cantando: “Saúl hirió a sus miles, y David a sus diez miles.  Y se enojó Saúl en gran manera, y le desagradó este dicho, y dijo: A David dieron diez miles, y a mí miles; no le falta más que el reino.  Y desde aquel día Saúl no miró con buenos ojos a David” (1 S. 18:7b-9).

A partir de este momento, el trato de Saúl para con David cambió hasta convertirse en completa hostilidad y ataques en contra de su vida.  Las etapas siguientes en su existencia se caracterizaron por huidas constantes ante la implacable persecución de Saúl.   Por fin David logra organizar un grupo, que al principio estaba constituido por una pandilla heterogénea de fugitivos, pero que más tarde se transformó en un ejército que asolaba a los invasores del exterior y protegía las cosechas y el ganado de las comunidades israelitas ubicadas en lugares remotos.

Podemos ver que David captó el plan de perdón de Dios debido a que era un “varón conforme a su corazón”.  A pesar de todo, todavía era un hombre y reconocía que sólo podía llegar delante del Creador con un corazón puro y con los pecados perdonados.  Muchos de sus salmos expresan arrepentimiento, un ejemplo es el Salmo 51 el que escribió con un corazón verdaderamente contrito, después que reconoció la acción tan vil que cometió en contra de Urías, el esposo de Betsabé.

Sabía que los sacrificios de animales eran efectivos para el perdón, sólo cuando estaban acompañados por un corazón contrito.  Sus salmos, escritos por inspiración del Espíritu Santo, contienen profecías del Mesías que habría de venir para cumplir con todos esos sacrificios simbólicos, al dar su propia vida como un sustituto perfecto e infinito, aceptable ante Dios en favor de todos esos que se arrepienten verdaderamente.

El Salmo 22 contiene un registro de la clara y conmovedora visión de la muerte del Mesías, tan vívida que David habla en primera persona, aunque es claro que el método de muerte descrito es la crucifixión, algo que era desconocido en su día: “Porque perros me han rodeado; me ha cercado cuadrilla de malignos; horadaron mis manos y mis pies.  Contar puedo todos mis huesos; entre tanto, ellos me miran y me observan.  Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes” (Sal. 22:16-18).

El Salmo 110 también se refiere al Mesías: “Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies... Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec” (Sal. 110:1, 4).

El conocimiento de David sobre la vida después de la muerte

     Una relación personal con Dios es algo maravilloso, incluso aunque sólo la experimentemos en esta vida, ya que la muerte nunca estuvo en los planes originales de Dios para el hombre, y para con esos que participan de una relación con Él en esta vida.  Cuando el apóstol Pablo dijo en 1 Corintios 15:54: “…Sorbida es la muerte en victoria”, estaba citando a Isaías 25:8 que dice: “Destruirá a la muerte para siempre... porque Jehová lo ha dicho”.

El conocimiento de David también abarcaba el hecho, que no sólo los justos verán a Dios, sino que además se reunirán con sus seres queridos quienes también caminaron con Dios.  Previamente él había ayunado y orado, mientras que sus siervos tenían miedo de informarle que su hijo había muerto: “Mas David, viendo a sus siervos hablar entre sí, entendió que el niño había muerto; por lo que dijo David a sus siervos: ¿Ha muerto el niño?  Y ellos respondieron: Ha muerto.  Entonces David se levantó de la tierra, y se lavó y se ungió, y cambió sus ropas, y entró a la casa de Jehová, y adoró.  Después vino a su casa, y pidió, y le pusieron pan, y comió.  Y le dijeron sus siervos: ¿Qué es esto que has hecho?  Por el niño, viviendo aún, ayunabas y llorabas; y muerto él, te levantaste y comiste pan.  Y él respondió: Viviendo aún el niño, yo ayunaba y lloraba, diciendo: ¿Quién sabe si Dios tendrá compasión de mí, y vivirá el niño?  Mas ahora que ha muerto, ¿para qué he de ayunar?  ¿Podré yo hacerle volver?  YO VOY A ÉL, MAS ÉL NO VOLVERÁ A MÍ” (2 S. 12:19-23).

Dios le reveló otra verdad a ese “varón conforme a su corazón”, quien escribió: “Se alegró por tanto mi corazón, y se gozó mi alma; mi carne también reposará confiadamente; porque no dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción” (Sal. 16:9, 10).

Estas dos conclusiones están asociadas.  El Señor Jesucristo describió el Seol o Hades como un lugar de dos compartimientos, dividido por una gran sima que no puede ser cruzada.  Los espíritus de los justos muertos estaban en el Paraíso y los de los pecadores no arrepentidos en un lugar de tormento: “Aconteció que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; y murió también el rico, y fue sepultado.  Y en el Hades alzó sus ojos, estando en tormentos, y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno.  Entonces él, dando voces, dijo: Padre Abraham, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque estoy atormentado en esta llama.  Pero Abraham le dijo: ...Además de todo esto, una gran sima está puesta entre nosotros y vosotros, de manera que los que quisieren pasar de aquí a vosotros, no pueden, ni de allá pasar acá” (Lc. 16:22-26).

Cuando el Señor Jesucristo yacía sobre la cruz le prometió al ladrón arrepentido que estaba a su lado que estaría con él en el Paraíso ese día.  El apóstol Pedro dijo: “Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu; en el cual también fue y predicó a los espíritus encarcelados, los que en otro tiempo desobedecieron...” (1 P. 3:18-20).

Dios le reveló a David muchas profecías, incluso permitió que supiera que no «permitiría que su Santo viera corrupción», por eso el tercer día el Espíritu de Jesús retornó a su cuerpo transformado y glorificado en una resurrección eterna, quedando libre de las leyes naturales de la tierra.  Por eso cuando ascendió a las alturas “...llevó cautiva la cautividad...” (Ef. 4:8) y se llevó consigo a David y a los espíritus de todos los justos que estaban en el Paraíso, en uno de los lados del Seol o Hades.  Desde ese instante, todos los creyentes cristianos que han muerto, …esta(n) ausentes del cuerpo, y presentes al Señor” (2 Co. 5:8).

Los justos retornarán con el Mesías y le ayudarán a administrar y establecer su reino eterno de paz y justicia, y entre ellos se encontrará un “varón conforme a su corazón”.  Así lo prometió por medio de su profeta: “Y levantaré sobre ellas a un pastor, y él las apacentará; a mi siervo David, él las apacentará, y él les será por pastor.  Yo Jehová les seré por Dios, y mi siervo David príncipe en medio de ellos.  Yo Jehová he hablado”(Ez. 34:23, 24).

El anhelo de David

     A pesar de sus defectos y pecados, David buscaba a Dios ansiosamente.  Por todo lo que escribió, podríamos decir que lo buscó más que nadie, aunque no podemos asegurarlo porque sólo el Señor conoce el corazón.  Lo que sí es obvio, es que de todos los autores en las Escrituras, David es quien mejor expresó su anhelo por Dios.  Lo buscaba apasionadamente, y sus palabras lo expresan de manera tangible, al describir cuadros que nos ayudan a comprender lo que es el hambre por el Creador.

El Salmo 42, por ejemplo, expresa este anhelo de David.  ¿Qué corazón no se siente conmovido mientras lee esta alabanza?  Casi podemos percibir sus sentimientos mientras suspiraba por Dios.  Sin embargo, cualquiera que ha estado enamorado, sabe que es necesario escribir más que una simple carta para expresar la profundidad del amor que se siente.  Por lo tanto, vamos a examinar algunas de estas cartas de amor del rey David, en un anhelo por despertar esa ansia por Dios en nuestro propio corazón.

Después que los israelitas vagaron en el desierto por cuarenta años, justo antes de entrar a la Tierra Prometida, Moisés describió el futuro de la nación, un futuro que le fue revelado sobrenaturalmente.  Dijo: “Cuando hayáis engendrado hijos y nietos, y hayáis envejecido en la tierra, si os corrompiereis e hiciereis escultura o imagen de cualquier cosa, e hiciereis lo malo ante los ojos de Jehová vuestro Dios, para enojarlo; yo pongo hoy por testigos al cielo y a la tierra, que pronto pereceréis totalmente de la tierra hacia la cual pasáis el Jordán para tomar posesión de ella; no estaréis en ella largos días sin que seáis destruidos.  Y Jehová os esparcirá entre los pueblos, y quedaréis pocos en número entre las naciones a las cuales os llevará Jehová.  Y serviréis allí a dioses hechos de manos de hombres, de madera y piedra, que no ven, ni oyen, ni comen, ni huelen.  Mas si desde allí buscares a Jehová tu Dios, lo hallarás, si lo buscares de todo tu corazón y de toda tu alma” (Dt. 4:25-29).

Moisés, tal vez con voz entrecortada por el dolor les dice: “Oye, pues, oh Israel, y cuida de ponerlos por obra, para que te vaya bien en la tierra que fluye leche y miel, y os multipliquéis, como te ha dicho Jehová el Dios de tus padres” (Dt. 6:3).  Luego Moisés pronuncia la famosa frase que la nación ha recitado diariamente desde entonces, llamada el Shemá, y que dice: “Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es.  Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas” (Dt. 6:4, 5).

Cuando Dios levantó a David para ser rey, el profeta Samuel le dijo a Saúl: “Mas ahora tu reino no será duradero. Jehová se ha buscado un varón conforme a su corazón, al cual Jehová ha designado para que sea príncipe sobre su pueblo, por cuanto tú no has guardado lo que Jehová te mandó” (1 S. 13:14).  Cuando el apóstol Pablo habló a la multitud durante uno de sus viajes, relató esa historia y clarificó así parte de su significado: “Luego pidieron rey, y Dios les dio a Saúl hijo de Cis, varón de la tribu de Benjamín, por cuarenta años.  Quitado éste, les levantó por rey a David, de quien dio también testimonio diciendo: He hallado a David hijo de Isaí, varón conforme a mi corazón, quien hará todo lo que yo quiero” (Hch. 13:21, 22).

Aunque David pecó como cualquier otro hombre, tal como leemos en el capítulo 12 del libro segundo de Samuel, sentía tanto amor por Dios, que cuando lo hizo se arrepintió con igual pasión.  Cualquiera que lea el Salmo 51 puede percibir el profundo quebrantamiento y dolor que David sentía por causa de su pecado, y también el temor que experimentaba de quedar separado de Ese a quien amaba tan profundamente: “No me eches de delante de ti, y no quites de mí tu santo Espíritu... Porque no quieres sacrificio, que yo lo daría; no quieres holocausto.  Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Sal. 51:11, 16, 17).

Tenemos que experimentar un amor profundo por Dios para arrepentirnos de manera apasionada y sincera.  Pero hoy en día, un montón de líderes han caído en graves pecados, mucho peores que el de David, pero no se arrepienten ni se someten a la disciplina del Señor.  ¡Ojalá pudieran ser hombres “conforme al corazón de Dios!” De igual manera, los miembros de la iglesia también somos culpables de pecado.  Permita Dios que cada uno de nosotros se arrepienta de sus faltas, en lugar de defendernos y justificarnos.  No obstante, para poder hacerlo debemos desarrollar un corazón como el de David.

¿Cómo debemos buscar a Dios?

     Con ansia, así “como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía.  Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo...” (Sal. 42:1, 2a).  El salmista tiene tanta sed, que dice: “Fueron mis lágrimas mi pan de día y de noche...” (Sal. 42:3a).  ¡Ese es el lenguaje de un hombre desesperado!

Sabemos que David vivió en el desierto de Judea, justo al sur de Jerusalén, mientras huía del rey Saúl.  Sus palabras describen muy bien su anhelo por el Señor en ese tiempo: “Dios, Dios mío eres tú; de madrugada te buscaré; mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, en tierra seca y árida donde no hay aguas” (Sal. 63:1).  Dice 1 Samuel 23:29, que David encontró un escondite en En-gadi, un lugar en el desierto rocoso frente al mar Muerto, donde había agua abundante para él y para todos sus hombres.  Pero... ¿En el desierto?  Sí, ¡en el desierto!

En la actualidad En-gadi es una de las más hermosas atracciones turísticas de Israel.  Sus manantiales de agua, riachuelos y cascadas, adornan el paisaje.  ¡Cuán asombroso es ver el contraste entre la piedra estéril y el riachuelo marcado de verdes arbustos!  Al principio del camino, nadie podía sospechar que hubiese allí una gota de agua.  ¡Qué oasis debió ser para el desanimado David y sus hombres!

El agua de la Palabra de Dios y su refrescante presencia está siempre a nuestra disposición, pero a veces tenemos que experimentar una sed enorme antes que la busquemos.  Hay mucha gente que ni siquiera sabe a dónde ir para saciar su sed.

En su libro Sermones de los Salmos, el pastor Clovis G. Chappell comparte esta ilustración: «Hay una historia antigua sobre un barco que iba a la deriva, y cuya tripulación languidecía de sed.  Por fin se les acercó otra embarcación.  La tripulación afligida hizo una seña: ‘Agua, agua; estamos muriendo de sed’.  ‘Bajen sus cubetas allí mismo donde están’, fue la respuesta que recibieron.  Pero estas palabras les parecieron una burla a los hombres sedientos.  Y volvieron a gritar: ‘Agua, agua; estamos muriendo de sed’.  Y de nuevo, les respondieron, ‘Hagan descender sus cubetas allí mismo donde están’.  Finalmente decidieron hacer caso, sin seguridad de lo que pudieran encontrar, pero con una pizca de esperanza de que quizás no se estuvieran burlando.  Y realmente encontraron algo, descubrieron agua fresca, que para ellos era inmensurable, ya que sin saberlo habían entrado en la amplia desembocadura del río Amazonas, cuyas aguas endulzaban el mar por muchos kilómetros adentro».

También debemos buscar a Dios con desesperación.  En Salmos 63:1, David describe su sed con la frase “mi carne te anhela”.  Esta es la única vez en la Biblia donde aparece la palabra hebrea kamá, que significa «languidecer» o «desfallecer».  Describe una desesperación severa.

También debemos buscar a Dios con gozo.  El capítulo 6 de 2 Samuel dice: “Y David y toda la casa de Israel danzaban delante de Jehová con toda clase de instrumentos de madera de haya; con arpas, salterios, panderos, flautas y címbalos” (2 S. 6:5).  Fue tanto el gozo de David cuando recuperó el arca, que él junto con sus hombres, saltaban de gozo delante de la presencia de Jehová.

Otra forma por medio de la cual llegamos ante la presencia de Dios es a través de la alabanza.  Es por esta razón que iniciamos los servicios dominicales entonando himnos de alabanza.  Sin embargo, no siempre se experimenta un sentimiento de gozo.  Incluso, en ocasiones podríamos sentirnos muy tristes y deprimidos, pero conforme comenzamos a alabarle y darle gracias, nuestro espíritu comienza a elevarse, si nos disciplinamos a pensar de otra manera.  “Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad.  Lo que aprendisteis y recibisteis y oísteis y visteis en mí, esto haced; y el Dios de paz estará con vosotros” (Fil. 4:8, 9).

Igualmente debemos buscar a Dios diligentemente.  Aunque esta afirmación no proviene de uno de los salmos de David, el autor de la carta a los Hebreos dice que Dios “...es galardonador de los que le buscan” (He. 11:6b).  Este es el significado de la palabra griega que implica investigar, escudriñar o buscar con ansias, de manera diligente.

Podemos buscarlo de muchas maneras, pero la mejor forma de hacerlo es por medio de la reverencia y atención que prestemos al leer y escuchar la exposición de su Palabra.

¿Cuándo debemos buscar a Dios?

     Claro está, tenemos acceso a Dios durante cualquier hora del día, pero veamos lo que nos dice el salmista: “Oh Jehová, de mañana oirás mi voz; de mañana me presentaré delante de ti, y esperaré... Tarde y mañana y a mediodía oraré y clamaré, y él oirá mi voz... Dios, Dios mío eres tú; de madrugada te buscaré; mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, en tierra seca y árida donde no hay aguas” (Sal. 5:3; 55:17; 63:1).  Muchos cristianos luchamos por orar en ciertas horas específicas, pero los judíos tradicionales desde los tiempos de Moisés, han tenido horas precisas para orar.

Durante el segundo siglo, luego de que fuera destruido el segundo templo, surgió un debate entre los rabinos respecto a si se debía orar dos o tres veces al día.  Muchos creían que Abraham introdujo la oración de madrugada, Isaac la de la tarde, y Jacob, la oración nocturna.  Incluso aseguran que hay algunos versículos que parecen sugerirlo, tal como estos que dicen:

•   “Y subió Abraham por la mañana al lugar donde había estado delante de Jehová” (Gn. 19:27).
•   “Y había salido Isaac a meditar al campo, a la hora de la tarde; y alzando sus ojos miró, y he aquí los camellos que venían” (Gn. 24:63).
•   “Y durmió allí aquella noche, y tomó de lo que le vino a la mano un presente para su hermano Esaú” (Gn. 32:13).

Otros aseguraban que las oraciones sólo debían hacerse de mañana y tarde, según la hora de los sacrificios, en conformidad con esta Escritura: “Esto es lo que ofrecerás sobre el altar: dos corderos de un año cada día, continuamente.  Ofrecerás uno de los corderos por la mañana, y el otro cordero ofrecerás a la caída de la tarde” (Ex. 29:38, 39).

Al considerar el Salmo 55 y el hecho de que Daniel oraba tres veces al día, fue determinado que se debería orar tres veces al día: “Cuando Daniel supo que el edicto había sido firmado, entró en su casa, y abiertas las ventanas de su cámara que daban hacia Jerusalén, se arrodillaba tres veces al día, y oraba y daba gracias delante de su Dios, como lo solía hacer antes” (Dn. 6:10).

Pablo exhortó a que nos mantuviéramos siempre en una actitud de oración, dijo: “Orad sin cesar” (1 Ts. 5:17).

Si tomamos en cuenta los textos del Antiguo Testamento, y especialmente el hecho de que Dios instituyó la adoración en el Tabernáculo y el Templo de manera regular y diaria, podemos concluir que su deseo es que le busquemos regularmente, más que sólo una vez al día.  Eso requiere disciplina, pero si deseamos su compañía, no debe ser una obligación, sino un gozo.

Pero... ¿Dónde debemos buscar a Dios?  Podemos buscarlo en cualquier lugar.  Pero... ¿A qué se debe que la Biblia narre tantas experiencias importantes en el desierto?

•   Fue allí donde Dios entrenó a David para ser rey.  Él dijo por ejemplo en Salmos 63:1, mientras se encontraba en el desierto de Judá: “Dios, Dios mío eres tú; de madrugada te buscaré; mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, en tierra seca y árida donde no hay aguas”.
•   Fue en el desierto donde Agar se encontró con Dios: “Y la halló el ángel de Jehová junto a una fuente de agua en el desierto, junto a la fuente que está en el camino de Shur” (Gn. 16:7).
•   En el desierto preparó Dios a Moisés durante cuarenta años para que fuera pastor, y se le reveló en una zarza ardiente: “Apacentando Moisés las ovejas de Jetro su suegro, sacerdote de Madián, llevó las ovejas a través del desierto, y llegó hasta Horeb, monte de Dios.  Y se le apareció el Angel de Jehová en una llama de fuego en medio de una zarza; y él miró, y vio que la zarza ardía en fuego, y la zarza no se consumía” (Ex. 3:1, 2).
•   Fue donde Dios se dio a conocer a Israel repetidamente durante cuarenta años: “Y vuestros hijos andarán pastoreando en el desierto cuarenta años, y ellos llevarán vuestras rebeldías, hasta que vuestros cuerpos sean consumidos en el desierto” (Nm. 14:33).
•   Fue al desierto a donde huyó Elías de Jezabel y fue encontrado por Dios: “Y él se fue por el desierto un día de camino, y vino y se sentó debajo de un enebro; y deseando morirse, dijo: Basta ya, oh Jehová, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres” (1 R. 19:4).
•   Donde Juan el Bautista vivía y ministraba: “En aquellos días vino Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea” (Mt. 3:1).
•   Allí Jesús fue tentado antes de comenzar su ministerio: “Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo” (Mt. 4:1).
•   Igualmente fue en el desierto donde probablemente Pablo recibió más comprensión sobre el Nuevo Pacto, tal como él mismo lo dijo: “Ni subí a Jerusalén a los que eran apóstoles antes que yo; sino que fui a Arabia, y volví de nuevo a Damasco” (Gá. 1:17).

¿Desea usted ser un hombre o una mujer de Dios?  Entonces, no resista las épocas de “desierto” en su existencia.  Desafortunadamente, a menudo necesitamos “sequías” en nuestra vida para que busquemos a Dios de verdad, tal como dijo Dios por medio del profeta: “...En su angustia me buscarán” (Os. 5:15b).

David le buscaba en el santuario: “...así como te he mirado en el santuario” (Sal. 63:2b).  “Una cosa he demandado a Jehová, ésta buscaré; que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura de Jehová, y para inquirir en su templo.  Porque él me esconderá en su tabernáculo en el día del mal; me ocultará en lo reservado de su morada; sobre una roca me pondrá en alto” (Sal. 27:4, 5).

Moisés y Josué también le buscaron allí.  El deseo de David no era de sólo encontrarse con Dios dos veces al día durante el momento del sacrificio, sino de habitar con Él.  Para los cristianos esta es una verdadera posibilidad.  A eso se refería el Señor Jesucristo cuando nos dijo que moráramos en él.

David amaba el lugar de la morada de Dios, y sabemos que el Tabernáculo y el Templo eran simples réplicas de su trono celestial.  En el cielo, nuestra experiencia de adoración será más espectacular de lo que podríamos experimentar en la tierra, aunque allí la adoración no será privada, sino corporativa.  Seremos parte de “...una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas, y con palmas en las manos” (Ap. 7:9).

Una relación como la que anhelaba David comienza con Dios, porque es él quien nos dice: “…Buscad mi rostro…” (Sal. 27:8).  Las Escrituras nos enseñan que Dios es un buscador diligente, como el pastor amoroso.  Él no está interesado sólo en grandes números, sino que deja el rebaño para buscar a una sola oveja perdida y desesperada.  Como dice en el libro de Ezequiel: “Yo buscaré la perdida, y haré volver al redil la descarriada; vendaré la perniquebrada, y fortaleceré la débil...” (Ez. 34:16a).

Si nuestros corazones carecen de la pasión de David, o si no tenemos la disciplina necesaria para continuar adelante, todo lo que tenemos que hacer es clamar a Dios por misericordia.  Él anhela nuestro bien, desea tener una relación más profunda de lo que nosotros mismos pudiéramos desear.  Esa es la promesa que nos hizo a través de Jeremías: “Y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón” (Jer. 29:13).

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