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La crucifixión de Jesús

La cruz fue el Instrumento de muerte en donde murió Jesucristo. Tal vez era una derivación de la antigua costumbre de empalamiento, ya que la palabra griega para cruz es stauros que significa palo o estaca vertical. Su uso posiblemente fue una invención de los persas o fenicios.

Luego la emplearon los griegos, los cartagineses, y más que nada los romanos. Además de la cruz simple o palo vertical, se utilizaban otras formas: la cruz que tenía la forma de una T mayúscula, y esa en la que el palo vertical sobresalía sobre el horizontal. Según la tradición, esta última fue la cruz en que murió Jesús, así parece corroborarlo Mateo 27:37 que dice: “Y pusieron sobre su cabeza su causa escrita: ÉSTE ES JESÚS, EL REY DE LOS JUDÍOS”.

La cruz consistía en un palo vertical de unos dos metros y medio de largo que muchas veces se dejaba permanentemente en el lugar de ejecución. Un palo transversal y un saliente de madera, servían de asiento para sostener el cuerpo del crucificado y prolongar así su martirio. Para los romanos, la crucifixión era el suplicio más cruel y horroroso de todos. Se aplicaba generalmente a esclavos y a libres no romanos, por crímenes de robo, homicidio, traición o sedición. Después de condenado, al reo se le administraban los azotes prescritos, los que a veces producían la muerte. Luego lo obligaban a caminar por las calles principales hacia un lugar fuera de la ciudad cargando el patíbulo. Iba custodiado por cuatro soldados, y llevaba un título o tablilla con su nombre y delito escrito allí.

Cuando los evangelistas escuetamente dicen que a Cristo “le crucificaron”, se refieren a un proceso bien conocido. En el lugar de ejecución, los soldados desnudaban al reo y tomaban sus vestidos como botín. Luego de atarle o clavarle las manos al patíbulo, levantaban éste con la víctima y lo colocaban en su lugar de manera que los pies quedaban a poca distancia de la tierra. Los pies y las manos podían atarse o, como en el caso de Cristo, clavarse a la cruz. Los restos recién descubiertos de un crucificado en Palestina indican que un solo clavo atravesó literalmente ambos tobillos. Por último se aseguraba una tablilla en la parte superior con el nombre y delitos cometidos por el reo, y allí permanecía la víctima agonizando hasta morir.

Lo horrible de la muerte por crucifixión se debía en parte al intenso dolor causado por la flagelación, los clavos y la incómoda posición del cuerpo que dificultaban la respiración. Además, la deshidratación por la pérdida de sangre y la fiebre producían una sed intolerable. A esto hay que agregar la vergüenza que sufría el condenado al verse desnudo ante los curiosos que pasaban insultándole. Los judíos acostumbraban ofrecerle al crucificado una bebida narcótica para aliviar el sufrimiento, bebida que Jesucristo rechazó: “Le dieron a beber vinagre mezclado con hiel; pero después de haberlo probado, no quiso beberlo” (Mat. 27:34).

El crucificado moría lentamente, casi siempre el segundo día, pero a veces cuando se trataba de un reo joven y sano, permanecía en agonía hasta ocho días. El exceso de sangre en el corazón debido a la obstrucción de la circulación, combinado con la fiebre traumática, el tétano y el agotamiento, terminaban por matar a la víctima. Para acelerar la muerte del crucificado se le quebraban las piernas con un martillo, antes de traspasarle con espada o lanza, o bien se le ahogaba con humo. “Entonces los judíos, por cuanto era la preparación de la pascua, a fin de que los cuerpos no quedasen en la cruz en el día de reposo (pues aquel día de reposo era de gran solemnidad), rogaron a Pilato que se les quebrasen las piernas, y fuesen quitados de allí. Vinieron, pues, los soldados, y quebraron las piernas al primero, y asimismo al otro que había sido crucificado con él. Mas cuando llegaron a Jesús, como le vieron ya muerto, no le quebraron las piernas. Pero uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua. (Jn. 19:31-34).

Cuando los escritores del Nuevo Testamento hablan de la crucifixión no se refieren al sufrimiento que causaba, sino a su significado. La crucifixión representa todo el mensaje de salvación por la muerte de Cristo. “Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios” (1 Cor. 1:18). A los griegos les parecía locura que el Mesías hubiera muerto en la forma más ignominiosa. “Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura”. Para los judíos esta afirmación era un tropiezo. “... En tal caso se ha quitado el tropiezo de la cruz. (Gal. 5:11).

De acuerdo con la Ley judía, un crucificado caía bajo la maldición divina. “Si alguno hubiere cometido algún crimen digno de muerte, y lo hiciereis morir, y lo colgareis en un madero, no dejaréis que su cuerpo pase la noche sobre el madero; sin falta lo enterrarás el mismo día, porque maldito por Dios es el colgado; y no contaminarás tu tierra que Jehová tu Dios te da por heredad” (Deut. 21:22,23). Incluso consideraban una ignominia la posibilidad de recibir salvación mediante la cruz. “Todos los que quieren agradar en la carne, éstos os obligan a que os circuncidéis, solamente para no padecer persecución a causa de la cruz de Cristo” (Gal. 6:12). “Porque por ahí andan muchos, de los cuales os dije muchas veces, y aun ahora lo digo llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo” (Fil. 3:18)

Los cristianos, sin embargo, ven en la Cruz su salvación, como afirmó Pablo: “Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado” (1 Cor. 2:2). Cristo, llevó nuestros pecados en la cruz, “Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados” (1 Ped. 2: 24). Sufrió la maldición que merecíamos nosotros, “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero)” (Gal 3:13). Su muerte en la cruz efectuó la reconciliación con Dios,“Y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz” (Col 1.20), como también la reconciliación entre judíos y gentiles,“Y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades” (Efe. 2:16).

La cruz también simboliza la separación de la vieja vida. Por su unión con Cristo, el creyente participa de la muerte mediante la cruz, “Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado” (Rom. 6:6). Como resultado, está libre del dominio del pecado, “Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rom. 6:11). Del egoísmo personal, “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí... Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos” (Gal. 2:20; 5:24), y del mundo, “Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo” (Gal. 6:14).

El asesinato más brutal jamás cometido en la historia de la humanidad fue la crucifixión de Jesús. No obstante, tal vez alguien pueda pensar que en el curso de la historia han tenido lugar otras ejecuciones mucho más crueles que el suplicio aterrador por el que tuvo que pasar el Señor Jesucristo. Antes de aceptar la validez de esto, hay dos cosas importantes que debemos considerar:

  1. Respecto a la condición de los seres humanos, la Biblia dice: “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Rom. 3:23). También leemos en Romanos 3:10: “Como está escrito: No hay justo, ni aun uno”. La Palabra de Dios con precisión maravillosa asegura, que no hay una sola persona que no peque sobre la tierra. Lo declara firmemente, porque tal vez alguien podría concluir que siempre existe la excepción de la regla. Como para que no quede duda alguna, la Biblia ratifica esto asegurando: “No hay justo, ni aun uno”. Esto concluye de una vez por todas el asunto. No hay un solo justo ante los ojos de Dios. Por consiguiente, cualquier crueldad que alguien pueda experimentar, cae en la categoría de que puede “ser un castigo por sus pecados”. Pero en el caso del Señor, Jesús no cometió pecado. Isaías 53:9 dice, que “nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca”. Jesús incluso desafió a las autoridades religiosas de Israel cuando les preguntó: “¿Quién de vosotros me redarguye de pecado? Pues si digo la verdad, ¿por qué vosotros no me creéis?” (Jn. 8:46). Pablo más tarde testificó: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Cor. 5:21). El Apóstol Pedro ratificó este testimonio con estas palabras: “El cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca” (1 Ped. 2:22).
  1. La segunda cosa que convierte la crucifixión del Señor en el acto más injusto y cruel jamás cometido, se resume en esta frase: “Su sacrificio fue voluntario”. Jesús no sucumbió víctima de una conspiración. No fue tomado de sorpresa sin estar preparado. En Juan 10:17,18 leemos que dijo: “Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre”. Nadie en el mundo tenía poder para tomar la vida de Jesús. La vida eterna moraba en Él. Sus palabras: “Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo”, validan el hecho de que dio su vida voluntariamente. Ni los judíos en Jerusalén, ni mucho menos los romanos tenían poder para quitarle la vida sin su consentimiento.

En Juan 19:30 leemos: “Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu”. Lo ocurrido aquí es contrario a la naturaleza del hombre. Las personas no entregan su espíritu voluntariamente, por el contrario hay un instinto inherente en le hombre que lo hace aferrarse a la vida, pero Jesús conscientemente inclinó su cabeza y entregó su espíritu. Mas antes de que esto tuviera lugar el Señor pronunció siete frases, las cuales resumen este mensaje:

  1. Oró por el perdón incondicional de sus verdugos.
  2. Le prometió la salvación al ladrón que moría a su lado.
  3. Se encargó de que alguien se hiciera cargo de su madre.
  4. Clamó porque sufrió la ira de Dios por cada pecador.
  5. Clamó por el agua de vida al decir: “Tengo sed”.
  6. Concluyó su obra en el Calvario cuando exclamó: “Consumado es”, y finalmente
  7. Jesús se sometió a sí mismo al Padre Celestial.

1.“Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen...” (Luc. 23:34)

¡Qué declaración más increíble! Jesús no expresó tristeza, odio o amargura por su sufrimiento, sino una oración por los culpables: “Padre, perdónalos...” Esta declaración se yergue en oposición a cualquier clase de justicia. Parece sólo natural que un hombre a punto de morir, confiese sus faltas o condene al sistema judicial responsable de su muerte, pero Jesús actuó en forma completamente diferente, se comportó como un Rey. Era el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y también el León de la tribu de Judá. En una forma real se presentó como la única alternativa para la salvación del hombre caído. Sin su sacrificio en la Cruz del Calvario no habría perdón de los pecados, vida eterna, ni gloria en la presencia de Dios. Setecientos años antes de que ocurriera este evento, Isaías dijo de Jesús: “Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca” (Is. 53:7).

Jesús además practicaba lo que predicaba. Cuando le predicó el Sermón del Monte al pueblo, no sólo les mostró la forma de ser bendecidos, sino que también les reveló el cumplimiento de la ley con estas palabras: “Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mat. 5:43,44).

Esta teología simple ha sido completamente olvidada en nuestro día. Desde los púlpitos a través de todo el mundo, por la radio y la televisión y hasta por los programas evangélicos se nos reta a que luchemos por nuestros derechos. A diario escuchamos decir que podemos crear una sociedad mejor, en donde la paz, la prosperidad y la justicia, gobiernen nuestras acciones. Se nos urge a que le escribamos a los políticos, que nos opongamos a la iniquidad, que protestemos contra el mal y que nos unamos en marchas de protesta para demostrar nuestra justicia y moralidad. ¡Pero Jesús no enseñó tales cosas! Nunca dijo que denunciáramos los pecados de los otros o de los gobiernos.

A diario recibo material de diferentes ministerios cristianos en los que nos instan a que los apoyemos protestando en contra del aborto, la homosexualidad, la violencia, la industria del entretenimiento y la inmoralidad. Siempre revelando los pecados de otros, pero nunca los propios. Permítame hacerle una aclaración, no es que no me oponga a los pecados que he mencionado, sino que estoy absolutamente convencido, de que los seres humanos no podemos hacer nada en contra del progreso del pecado en el mundo. Sin embargo, sí somos responsables del pecado en nuestras vidas, y aquí es donde estriba la gran diferencia. No importa lo duro que tratemos, no podemos cambiar a las personas, sin embargo Dios sí nos ha otorgado poder para vencer el pecado en nuestras vidas.

Esto fue lo que dijo Jesús respecto a cómo luchar contra el mal: “Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra” (Mat. 5:38,39). Fue por eso que Esteban, el primer mártir que siguió los pasos de Jesús, al momento de su ejecución: “Y puesto de rodillas, clamó a gran voz: Señor, no les tomes en cuenta este pecado. Y habiendo dicho esto, durmió” (Hec. 7:60).

2. “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Luc. 23:43)

Clavado sobre una cruz romana, Jesús fue crucificado en medio de dos criminales, tal como profetizara Isaías. “... Y fue contado con los pecadores...” (Is. 53:12). Los tres condenados esperaban la muerte, pero la conversación de Jesús con estos dos criminales muestra dos cosas: el camino de salvación y la condenación. Los criminales habían violado la ley y el castigo era la muerte por crucifixión. Basado en el informe que encontramos en los evangelios de Mateo y Marcos, los ladrones que fueron crucificados con Jesús lo detestaban. Como dice la Escritura: “También los que estaban crucificados con él le injuriaban” (Mar. 15:32). Esto es típico de la humanidad: maldecir y condenar a los demás y exonerarse a sí misma. Es el cuadro de un mundo perdido y en tinieblas.

Pero en el último momento, uno de los criminales tuvo un cambio en su corazón, “Y uno de los malhechores que estaban colgados le injuriaba, diciendo: Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros. Respondiendo el otro, le reprendió, diciendo: ¿Ni aun temes tú a Dios, estando en la misma condenación? Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas éste ningún mal hizo. Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino” (Luc. 23:39-42).

¡Qué cosa más increíble! En el último momento de su vida un criminal condenado a muerte se arrepintió y recibió esta respuesta de Jesús: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Luc. 23:43). ¿Y qué significaban sus palabras? Era el cumplimiento de 2 Corintios 5:8: “... Estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor”. En el momento en que este ladrón murió partió para estar en la presencia del Señor, en donde no hay lágrimas, ni sufrimiento, ni pesar o dolor. En su presencia estamos en contacto directo con la luz y la verdad.

3. “Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa” (Jn. 19:26,27)

Jesús fue condenado inocentemente a muerte. Sufrió un dolor inexpresable, oró por sus enemigos y le prometió la salvación a un asesino condenado. Incluso en su agonía se preocupó por su familia. La Escritura no ofrece información adicional respecto a José el esposo de María, pero por este versículo podemos concluir afirmando que ya había muerto y que María estaba viuda y en gran desventaja. Por eso le pidió a su madre que aceptara a Juan como a su hijo: “Mujer, he ahí tu hijo”. Y luego volviéndose a Juan le dijo: “He ahí tu madre”. Como resultado de esto, Juan aceptó la responsabilidad “Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa”. Una vez más podemos ver las características divinas de este hombre llamado Jesús, quien se preocupó por su madre. Esto nos recuerda lo que dice Pablo en 1 Timoteo 5:8: “Porque si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo”.

 

4. “Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mat. 27:46)

Jesús seguía colgado sobre la cruz y se aproximaba la hora de su muerte. Sin duda en este momento Satanás y sus demonios debían estar felices imaginando que habían ganado la batalla en contra del amor de Dios. ¡Aparentemente había quedado eliminada la salvación para los hombres! Ellos también escucharon a Jesús clamando: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”. Sin embargo, en ese momento, completamente indefenso, abandonado por Dios, muriendo sobre la Cruz del Calvario y permitiendo que sus enemigos hicieran lo que querían con él, Jesús llevó a cabo la obra más grandiosa en toda la historia de la humanidad. Pero tal parece que este hecho, estaba aparentemente oculto a Satanás y a sus huestes.

Claro está, sabían que Jesús llegaría para redimir a la humanidad, pero ignoraban cómo lo llevaría a cabo. Recordemos que cuando el Señor estuvo en Galilea se encontró con dos personas poseídas por los demonios. Cuando lo vieron “... clamaron diciendo: ¿Qué tienes con nosotros, Jesús, Hijo de Dios? ¿Has venido acá para atormentarnos antes de tiempo?” (Mat. 8:29). Noten que no sólo no fue una pregunta, sino una protesta: “¿Has venido acá para atormentarnos antes de tiempo?”. Es claro que estaban bien informados.

Cuando Jesús clamó a Dios por estar abandonado, fue más bien una proclamación de victoria, la que más tarde describió así Pablo bajo la inspiración del Espíritu Santo: “Y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz” (Col. 2:15). Debemos tener en mente que Satanás ocasionó la muerte de la única persona inocente en toda la historia, valiéndose de las manos de hombres rebeldes. En su furia ciega y odio por la humanidad debido al amor de Dios, el diablo cometió su mayor error. Debemos recordar que fue el diablo quien engañó a Adán y a Eva para que creyeran en sus promesas en lugar de obedecer a Dios. Ahora el Creador podría ofrecer algo eterno a todos los que creyeran en Él. Una promesa a la inversa: de la oscuridad a la luz. Esa es la verdad fundamental del Evangelio: Que la fe es la clave de la salvación, no las obras, ni la actividad social o la lucha. Es por fe que creemos que Jesús murió inocentemente en la Cruz del Calvario derramando su sangre como la paga completa de nuestros pecados. El primer Adán perdió el compañerismo con Dios por un acto de fe al creerle a Satanás y el postrer Adán, Jesús, ahora ofrece acceso a la presencia de Dios para cualquiera que cree en Él.

5. “Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, dijo, para que la Escritura se cumpliese: Tengo sed” (Jn. 19:28)

Esta simple expresión “Tengo sed”, exhibe la humanidad de Jesús. Él era un hombre de carne y hueso, tal como nosotros. La Biblia dice: “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo” (Heb. 2:14). El hambre, la sed, la fatiga y la compasión son sólo algunas de las características de su naturaleza humana. Todo lo que sentía, ya fuese físico o emocional - era tan real como cualquier cosa que nosotros experimentamos. Juan enfatizó específicamente que la petición de Jesús era un cumplimiento de la Escritura.

David, un hombre conforme al corazón de Dios, pasó por un gran sufrimiento para poder tener una visión profética de lo que habría de venir. Y escribió: “El escarnio ha quebrantado mi corazón, y estoy acongojado. Esperé quien se compadeciese de mí, y no lo hubo; y consoladores, y ninguno hallé. Me pusieron además hiel por comida, y en mi sed me dieron a beber vinagre” (Sal. 69:20,21). Esto para que se cumpliera la Escritura: “Y estaba allí una vasija llena de vinagre; entonces ellos empaparon en vinagre una esponja, y poniéndola en un hisopo, se la acercaron a la boca” (Jn. 19:29). La copa de la muerte está ilustrada por la amargura del vinagre y del hisopo.

6. “Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es...” (Jn. 19:30).

Pero... ¿Qué estaba consumado? ¡Su obra sobre la Cruz del Calvario! Jesús hizo todo lo que su Padre le dijo que hiciera al venir. Cumplió con todo hasta en su más mínimo detalle. Durante el entero episodio de su arresto hasta su ejecución leemos que no protestó ni se defendió. Contrario a su oración en el huerto de Getsemaní, ahora estaba dispuesto a poner su vida. Esa era la voluntad del Padre, la única forma de redimir a la humanidad de su destino de condenación eterna.

Sabemos que antes de ser arrestado en el huerto de Getsemaní, Jesús oró fervorosamente con estas palabras: “Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo. Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú” (Mat. 26:38,39). Si Jesús hubiera muerto en el huerto de Getsemaní no habría podido exclamar “Consumado es”, porque allí todavía no había concluido su misión. Tenía que morir en la Cruz del Calvario. Leemos en Hebreos 5:7 “Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente”. ¡Tenía que ser librado de la muerte en el huerto de Getsemaní para poder exclamar: “Consumado es”!

7.“Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró” (Luc. 23:46)

Una vez más esto fue el cumplimiento de las profecías de la Biblia. David, orando proféticamente dijo: “En tu mano encomiendo mi espíritu” (Sal. 31:5). Paso a paso vamos siguiendo la vida de Jesús y de la misma forma somos convencidos por las Sagradas Escrituras, que hizo la voluntad del Padre todo el tiempo. No fue coincidencia o accidente, sino un plan ejecutado por resoluciones eternas desde antes de la fundación del mundo, lo cual corresponde con 1 Pedro 1:20: “Ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros”. Con Dios no hay accidentes. Con autoridad soberana implementó su plan. Cuando llegó el tiempo envió a Jesús, su Hijo unigénito para que se hiciera hombre con un sólo propósito: la salvación de la humanidad “Sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil. 2:7,8).

Esto es lo que significa la Cruz y el Calvario. No era sólo un antiguo método de ejecución romano, sino un evento que estremeció toda la tierra. Pero incluso aún más, fue un evento universal. Las tinieblas cubrieron la tierra desde la hora sexta hasta la novena. Estoy seguro que no se trataba de un eclipse, sino de la intervención del propio universo, cuando el Hijo de Dios quien se convirtió en Hijo del Hombre, derramó su sangre y entregó su vida sobre la Cruz del Calvario. En ese momento, algo de gran significado tuvo lugar en el templo: “Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron” (Mat. 27:51). Esto obviamente fue obra de Dios. El velo del templo se rasgó de arriba abajo. Si esto hubiera sido hecho por mano de hombre se habría rasgado de abajo hacia arriba. Dios estaba indicando con esto, que la puerta estaba abierta para todos los que creyeran en su Hijo. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn. 3:16).

¿Ha puesto su espíritu en las manos de Dios? Si no lo ha hecho, todavía tiene la oportunidad, quien sabe si sea la última para que pueda emprender su camino decisivo hacia el Calvario en donde será juzgada su vieja naturaleza. Las buenas noticias es que en el mismo momento en que crea en que Jesús, el Hijo de Dios, se despojó de toda la gloria que tenía en el cielo y vino a la tierra, vivió sin pecado y voluntariamente entregó su vida sobre la Cruz para expiar por nuestros pecados, recibirá una nueva naturaleza, nacerá del Espíritu de Dios. ¿Lo cree usted? Si es así, escuche entonces lo que dice Efesios 1:13: “En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa”.

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