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Entrevista con Eva

Son muchas las preguntas que tendremos los seres humanos cuando lleguemos al cielo. Seguramente cada uno de nosotros deseará saber algo. Ya sea preguntarle a Moisés, por qué levantó una "serpiente en el desierto” y no un cordero.

O preguntarle a María, la hermana de Moisés, por qué se sublevó, junto con su hermano Aarón, en contra de Moisés. Bueno... es posible que ella diga: «Lo que pasaba era que tanto Aarón como yo le teníamos envidia». A Samuel le pediremos que nos explique, cómo fue que a tan temprana edad, tal vez unos trece años, se pudo enfrentar a Eli, el sumo sacerdote que ya era un anciano, junto con su familia. Y si se sentía bien o temblaba. Por supuesto a Jeremías le preguntaremos, cómo fue que sobrevivió a tanto abuso, justo antes de ir al exilio. Más que todo hablaremos con David, cómo fue que planeó la muerte de Urías, uno de sus mejores oficiales en el ejército, si sabía que Dios lo veía todo. Él seguramente nos diría: «Bueno, cuando Satanás quiere causarle daño a un siervo de Dios, como que lo enloquece, le 'blanquea' la mente, la memoria, de modo que hace las peores cosas, las más pecaminosas, incluso el crimen, como si se estuviera preparando un desayuno».

Así llegaríamos también el apóstol Pablo, para hacerle un montón de preguntas sobre sus en­fermedades, las defensas que esgrimía ante los reyes y gobernantes, de su lucha con los hermanos, algunos “hermanastros", sus cartas a las diferentes iglesias, etc. Le preguntaremos también qué fue lo que quiso aconsejar cuando dijo «que los solteros no se casen y los que estén casados que no traten de ’soltarse’,  de quedar solteros nuevamente». Pero específicamente le preguntaremos a qué se refirió cuando dijo... "sean como yo”. «¿Qué quisiste decir con eso? - le diremos - ¿es que siempre fuiste soltero? ¿eras viudo? ¿te dejó tu esposa?». Muchas preguntas del capítulo 7 de la Primera Epístola a los Corintios, podrían ser contestadas allí.

Pero... ¿Qué en cuanto a las enfermedades y eso de enfermarnos? Sabemos que esto es conse­cuencia de la desobediencia de nuestros queridos antepasados Adán y Eva. Eso sí, me imagino que Eva tendrá en el cielo una gran audiencia, en los primeros millones de años de la eternidad. Algunos le dirán: «¿Para qué comiste esa manzana?». El resto se reirá, porque bien sabemos que lo cierto es que nadie sabe si era manzana, pera, banano, sandía, ciruela, uva, mango o quien sabe qué fruta. Pero como hay tanta gente ignorante que cree que la Biblia dice lo que no dice, es posible que arrastren esa ignorancia voluntaria hasta el cielo. Bueno, realmente no lo sé. La verdad es que Eva dirá que todo lo relacionado con las enfermedades comenzó luego, cuando ya había pecado. Dirá con todo el énfasis, que «Satanás siempre ofrece mucho, que da poco y lo quita todo». Aclarando: «A mí me ofreció ser igual a Dios. En realidad fue la primera vez que escuché la doctrina mormona de que todos somos dioses y diosas. Me aseguró que sería mucho más sabia, más libre y feliz. ¡Sonaba a tanta verdad que no pude menos que hacerle caso! Inmediatamente compartí mi transgresión con mi esposo, aunque yo le llamaba iluminación. Al comienzo palideció y me hizo ver que Dios le había dicho que no lo hiciéramos. Pero yo, bien arregladita, con una sonrisa graciosa, gestos típicos femeninos, hice pedazos al pobre Adán. Me abrazó con ternura y él también dio un mor­disco. Así ya estábamos empatados. ¡Ay pero después nos vino el temor y el temblor! Algo que nunca nos había ocurrido antes. La voz de Dios que siempre había sido tan placentera, ahora nos parecía una amenaza.

Bueno, ustedes ya conocen la historia. Dios se acercó a nosotros y lo primero que hizo fue sacrificar unos corderitos inocentes que tomó de la impecable manada para despojarlos de su piel y cubrir nuestros cuerpos con ellas. Luego el sermón que nos dio. Eso fue algo más. Entre las muchas cosas que nos dijo, por primera vez nos habló del ’dolor', y aquí ya tenemos la enfermedad, porque son sinónimos. Yo no entendía bien qué era lo que significaba la palabra, pero noté que se iniciaron las disputas entre Adán y yo, luego se manifestó el egoísmo, la soberbia, la lucha por la supervivencia, porque tampoco el trabajo de mi esposo le rendía lo suficiente. Labraba la tierra, pero en lugar de darle frutos, lo que crecía eran hierbas extrañas y dañinas. Y no quiero acordarme de los dolores que experimenté cuando nacieron mis hijos Caín y Abel. Pero todo eso sólo era el anticipo del dolor tan grande que sentiríamos mi esposo y yo cuando vimos muerto a nuestro hijo menor, muerto por la mano de Caín, nuestro hijo mayor. ¿Me preguntan ahora por qué nos enfermábamos cuando estábamos en la tierra? Todas las enfermedades, en una u otra forma están ligadas a la historia que seguramente leyeron en el capítulo 3 de Génesis, y que tiene que ver con el pecado. No sólo las enfermedades, sino también la muerte» - terminó diciendo Eva. Pero si yo tuviera que usar sólo una palabra para explicar el porqué de las enfermedades, ¡le diré que es el PECADO!

Ignoro cuantas preguntas te estás reservando para el cielo. Espero que las mías me sean contes­tadas ni bien llegue allá.

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