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El cristiano, el deporte y la vestimenta

Vamos a tratar un tema no muy corriente, nos referimos al deporte y a la vestimenta del cristiano.

 Es mucho más fácil para mí, hablar de profecías bíblicas o de todas esas otras doctrinas bíblicas, donde no existen dudas si alguien protesta.  La situación difícilmente llega a dividir a los hermanos cuando se trata de temas fundamentales.  No obstante, la cosa es muy diferente cuando tocamos temas, como las tradiciones en el vestir y lo que muchos cristianos muy respetados por cierto y de buen fundamento bíblico en otras áreas, consideran absolutamente necesario.  Hay que tener mucho cuidado de no introducir algo que, según el parecer de ellos constituya mundanalidad, carnalidad y cosas parecidas.  Hasta a veces, pecados difíciles de perdonar.

He aprendido que un pedazo de trapo, un poco de pintura, un arete, un brazalete, o dar una pateada a un pedazo de cuero lleno de viento, puede producir toda una división en una gran y buena iglesia.

Repito, no quiero ofender a ninguno de esos hermanos que profesan sana doctrina, con quienes estoy muy bien identificado y quienes además son mis mejores colaboradores, especialmente en todo lo que es Asunción y alrededores, donde funciona nuestra querida Radio América, llevando la Palabra de Dios a tantas almas necesitadas con urgencia del mensaje celestial.

Me refiero de manera especial a las Iglesias que mantienen la sana doctrina a las que mucho admiro.  He descubierto sin duda alguna, al menos hasta donde conozco, que es la denominación que mejor se ha mantenido sin caer en el laberinto del modernismo doctrinal, ni en el tan gustado cristianismo… digamos católico romano que muchos cristianos confunden con el cristianismo genuino.

Pero existe un problema, y aunque en este momento no constituye un peligro, yo lo veo avanzar a paso firme.  Se trata de algo que podría producir un desmembramiento en estas denominaciones evangélicas, separando a los jóvenes de los mayores.

Pero… ¿Qué es eso?  Bueno, se trata de algo tan insignificante como el vestir o el jugar al fútbol.  Antes que todo, espero paciencia y comprensión de los hermanos de mi edad o aun mayores.  De ninguna manera quiero criticarlos, nada está más lejos de mi ánimo.  Lo hago con verdadero amor cristiano, queriendo conservar la estima que me tienen estos hermanos, pero al mismo tiempo invitándolos a meditar seriamente en todo cuanto he de decir.

En cierta oportunidad, al visitar una iglesia, un joven me preguntó si tenía algo grabado sobre el deporte.  Él me dijo: «Hermano, ¿no tiene algún mensaje grabado sobre fútbol?».  «No» – respondí – «No me ha parecido necesario hablar de esto». «» – me dijo él – «quiero que nos diga algo al respecto».  Le prometí que lo haría.

Por esta razón, estoy cumpliendo con ese compromiso.  Cuésteme lo que me cueste, hay que hacerlo.  Noté que si no se dice nada a tiempo, los mismos hermanos que tanto aman al Señor, por algo tan insignificante terminarán por ahuyentar a la propia juventud de su iglesia.  Ya está sucediendo y lo peor de todo, es que esos jóvenes, aunque la mayoría asisten a otra iglesia, siempre se trata de congregaciones cuyas doctrinas básicas no son confiables.

Es así como por unos simples trapos, por unos pedazos de metal que son pura fantasía, o por un trozo de cuero inflado, estamos prefiriendo que nuestros jóvenes se vayan de nuestro medio, quedándonos siempre con personas adultas y niños, quienes también dentro de unos pocos años, ni bien crezcan seguirán el mismo camino.  Terminarán por abandonar la iglesia que les ofreció tan buena doctrina.

A modo de introducción del tema, permítame citar estas palabras de Jesús: “Guías ciegos, que coláis el mosquito, y tragáis el camello!” (Mt. 23:24).  “¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?” (Lc. 6:41).  Es muy importante que sepamos, especialmente los líderes, pastores, diáconos, ancianos y maestros; que es perfectamente correcto que los cristianos no imiten al mundo, pero hay muchas cosas que nosotros hacemos exactamente igual que los demás.

Es a esto a lo que me refiero, y a esto se refiere Pablo cuando escribe a los hermanos de Corinto, él les dice: “Os he escrito por carta, que no os juntéis con los fornicarios; no absolutamente con los fornicarios de este mundo, o con los avaros, o con los ladrones, o con los idólatras; pues en tal caso os sería necesario salir del mundo.  Más bien os escribí que no os juntéis con ninguno que, llamándose hermano, fuere fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón; con el tal ni aun comáis” (1 Co. 5:9-11).  Por un lado, Pablo urge a los cristianos a no juntarse con los mundanos para nada, pero luego aclara que es imposible evitar esto por completo, mientras estemos aquí.
En muchos casos los mundanos son dueños de los supermercados por ejemplo, de las fábricas, atienden el correo, enseñan en la escuela y hasta nos gobiernan.  Los cristianos al igual que todos los ciudadanos, compramos los alimentos en los supermercados y tenemos que cargar combustible al automóvil en estaciones de servicios, en la mayoría de los casos administrados por incrédulos.

Nuestros hijos acuden a la escuela, donde rara vez el maestro o la maestra son cristianos.  La Escritura además nos exhorta a orar por los gobernantes y los magistrados (que son los jueces), siendo que la gran mayoría, si no todos, no son cristianos.

El apóstol Pablo aclara que al decir: “No os juntéis”, habla específicamente de cristianos que dicen ser nuestros hermanos, pero que andan desordenadamente, practicando pecados tales como: la inmoralidad sexual, la idolatría, la borrachera y cosas parecidas, en ese mismo contexto.  Vemos entonces que, en muchos aspectos, aunque no nos guste, nos parecemos demasiado a los demás.

Muchas de las cosas que hacen los no salvos, no son malas; se visten como corresponde, estudian, asisten a encuentros deportivos, etc.  Debemos comprender esto antes de fijar pautas en lo que a deporte se refiere por ejemplo.  Y aunque en América Latina, sin duda lo más popular es el fútbol, deseo tocar aquí todo cuanto tiene que ver o gran parte de lo que tiene que ver con los deportes.

Pero… ¿Habla la Biblia acerca del deporte?  Al leer lo que dice el apóstol sobre los deportes de sus propios días, tengo la impresión que Pablo era algo así como un aficionado a los deportes.  Sería difícil que a un hombre al que no le gustara para nada el deporte, usara tantos detalles sobre sus variadas disciplinas para esclarecer su mensaje.  Tomemos como ejemplo estas palabras de Pablo: “¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio?  Corred de tal manera que lo obtengáis.  Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible” (1 Co. 9:24, 25).
La carrera era muy conocida para Pablo, lo mismo que la lucha.  No sé si usted alguna vez ha visto lo que es la lucha grecorromana profesional, donde lo que vale no es necesariamente la fuerza, sino el arte, la habilidad de hacer que el rival caiga y con ello pierda puntos.  Este deporte rara vez puede verse por televisión, pero es realmente un deporte.  Lo que Pablo destaca es, cómo los atletas se preparan para una competencia, porque la meta de cada uno es ganar, ¿no le parece?

Hacen muchos ejercicios, realmente ejercicios agotadores y a veces dolorosos.  Llevan hasta el mismo límite la resistencia de sus cuerpos.  Se abstienen de muchos alimentos para no aumentar de peso, y para dar al organismo solo los nutrientes adecuados.

Lo notable es que los griegos a quienes Pablo escribe en la ciudad de Corinto, eran muy conocidos por su espíritu deportivo.  De hecho, los «Juegos Olímpicos» o, si usted quiere «Olimpiadas» se originaron en Grecia.

Pero veamos lo que dice al respecto el Gran Diccionario Enciclopédico Ilustrado: «Juegos olímpicos: Juegos que se hacía cada cuatro años en Olimpia.  Las olimpiadas de Grecia antigua celebradas cada cuatro años en honor al dios Zeus.  Se iniciaron según la tradición en el año 776 A.C».
Note que Pablo de ninguna manera les dice que ahora que se han convertido ya no tienen nada que ver con los deportes.  ¡No!  Por el contrario, usa este ejemplo porque sabe que está escribiendo a unos hermanos fanáticos de varios deportes allá en Corinto.

Solo piense por un momento, si Pablo hubiera estado convencido de que los deportes eran pecaminosos, ¿cree usted que se habría servido de estos ejemplos para explicar verdades fundamentales de la fe cristiana del aspecto espiritual?

En la Biblia de Estudio de Ryrie en español hablando sobre este mismo pasaje, Ryrie dice: «Pablo deduce una ilustración de los juegos atléticos bien conocidos de sus lectores que eran celebrados cada dos años en Corinto.  Para ser ganador es mejor entrenarse diligentemente.  En los juegos del istmo de Corinto el premio era… ¡Una corona de ramas de pino!».

Ahora, no me extrañaría que algunos hermanos en Corinto participasen en estos juegos, y que incluso algunos de ellos fueran hasta entrenadores.  En este mismo capítulo, Pablo amplía lo espiritual y termina diciendo: “Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado” (1 Co. 9:26, 27).

Pablo de ninguna manera está sugiriendo que podría perder la salvación, sino que usa la analogía para aclarar que él al igual que los entrenadores de juegos deportivos era un entrenador, pero de la causa del evangelio.  Su trabajo evangelístico era establecer una iglesia, enseñar y cimentarla en la sana doctrina (entrenarlos).  Claro que si enseñaba una herejía de inmediato quedaría descalificado como maestro, como entrenador.

Pero… ¿Quiere decir que por todo esto podemos marcharnos a las canchas y patear con toda la fuerza el balón?  Total si todo está bien, qué problema hay.  Bueno, en cierto modo la respuesta es sí.  Pero debo aclarar, que existen circunstancias en que el deporte, cualquiera de ellos es malo, y el cristiano debe evitarlo.

El deporte en sí no tiene nada de malo, como tampoco es pecado comer carne por ejemplo, salvo que a uno le haga mal por su salud.  El deporte ni es pagano ni es cristiano, es solo deporte.  Usted no es mejor ni peor cristiano porque coma o deje de comer aquello o lo otro.  Pablo dijo: “Recibid al débil en la fe, pero no para contender sobre opiniones.  Porque uno cree que se ha de comer de todo; otro, que es débil, come legumbres.  El que come, no menosprecie al que no come, y el que no come, no juzgue al que come; porque Dios le ha recibido” (Ro. 14:1-3).  Si Dios le ha recibido… hermanos, tenemos que hacer lo mismo.

Si parafraseamos estas palabras, y en lugar de comida colocamos juegos o deportes, que da igual, diría así: «Recibid al débil en la fe, pero no para discutir sobre deportes.  Porque uno cree que se puede participar del fútbol y de otros deportes, otro que es débil lo rechaza todo.  El que es fanático de un cuadro deportivo o le gusta jugar, no menosprecie al que se opone a este y a otros juegos parecidos.  Y el que no juega ni asiste a los estadios, no juzgue al fanático de los deportes; porque Dios ha recibido a ambos».

Por otro lado, el joven que goza de los deportes, no debe argumentar con esos hermanos que no comparten su punto de vista.  Para ellos esto es incorrecto y el joven debe respetar su opinión.  Pero el hermano mayor, sea anciano o líder de la iglesia, de igual manera debe asumir la misma posición y respetar al joven que ama los deportes.

Si una de las partes insiste en que la otra no debe existir, entonces el deporte es malo.  No porque sea malo en sí, sino que el espíritu que está dividiendo a los hermanos es dañino y es malo, y hay que evitarlo.  Pero… ¿Quién debe ceder?  ¡De nada vale esta pregunta!  Porque en estas cosas cederá siempre el más maduro.
Si el antideporte es maduro dirá: «Bueno, no estaré cuestionando algo que a mí no me gusta como persona y que la Palabra de Dios no prohíbe.  No me gusta, pero no quiero que los jóvenes de mi iglesia se sientan culpables innecesariamente o que dejen la congregación y se vayan a una iglesia liberal por causa de este pedazo de cuero con viento».

Pero si el antideporte no es de este tipo de gente, no quiere ceder, entonces el deportista… por mucho que le guste esto, cederá y no hará aquello que podría servir de escándalo para otros.  En el mismo pasaje de Romanos, Pablo termina diciendo: “Yo sé, y confío en el Señor Jesús, que nada es inmundo en sí mismo; mas para el que piensa que algo es inmundo, para él lo es.  Pero si por causa de la comida (o por causa del deporte, diríamos aquí) tu hermano es contristado, ya no andas conforme al amor.  No hagas que por la comida tuya (o por tu deporte preferido o favorito) se pierda aquel por quien Cristo murió… Porque el que en esto sirve a Cristo, agrada a Dios, y es aprobado por los hombres.  Así que, sigamos lo que contribuye a la paz y a la mutua edificación.  No destruyas la obra de Dios por causa de la comida (agregue: por causa de los deportes)...  Bienaventurado el que no se condena a sí mismo en lo que aprueba.  Pero el que duda sobre lo que come, es condenado, porque no lo hace con fe; y todo lo que no proviene de fe, es pecado” (Ro. 14:14, 15, 18-20, 22, 23).

El fútbol al igual que la mayoría de los deportes, no constituye pecado alguno, tampoco el hecho que uno tenga que jugar con inconversos, porque lo mismo hacemos cuando tratamos con ellos en el banco, supermercado, escuela, estación de servicios, etc.  Pero si usted me dice que esta comparación no cabe aquí, porque lo uno es indispensable y lo otro no, permítame decirle que cuando Pablo escribió no había bancos ni estaciones de servicios hasta donde yo sé; tampoco había automóviles, ni supermercados.  Por eso no podía usarlos para comparación.

La discusión de qué comer y qué no comer es muy parecida a la de los deportes.  Jesús hablando de los alimentos dijo: “No lo que entra en la boca contamina al hombre; mas lo que sale de la boca, esto contamina al hombre… Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemia” (Mt. 15:11, 19).  Entonces qué... ¿Podemos ir a la cancha a darle una buena pateada a ese pedazo de cuero con viento?  En principio sí, pero consideremos a continuación cuándo no debemos hacerlo:

1.  Cuando practicar el fútbol, por ejemplo, puede provocar disgusto en la iglesia, hay que limar esto primero.
2.  Cuando la práctica entorpece su horario de actividades en la iglesia.
3.  Cuando el joven cristiano no puede mantener en alto su testimonio, porque claro, se altera o se violenta cada vez que le atribuyen una falta que cometió otro.
4.  Cuando debido al deporte la vida espiritual es desplazada a un nivel secundario.
5.  Cuando debido al papel tan destacado del joven cristiano en el deporte, éste se convierte en un orgulloso y ególatra.
6.  Cuando hay que sacrificar la armonía y buen funcionamiento de la familia, por causa de ese pedazo de cuero con viento.

Pero… ¿Tiene ventajas para el cristiano participar en deportes?  La respuesta es sí.  Por ejemplo, el cristiano puede alcanzar a otros deportistas para Cristo, mediante su buen desempeño en el mismo, por su disciplina, conducta sobria, su humildad.  Además de poder hablarles directamente a sus compañeros, orar con ellos y por ellos.  Nadie puede hacerlo mejor que él.

Además, el deporte mantiene el cuerpo del cristiano cansado y ocupado, lo cual le evita muchos pensamientos morbosos y destructivos, ayudándole así a canalizar sanamente las energías propias de la edad.

Además como viajo con tanta frecuencia y me hospedo en tantos hogares, he visto algo que me ha ayudado a entender mejor este punto.  En hogares donde las familias cuentan con… por lo menos un joven entre los 14 y 25 años de edad, si el joven es dado al deporte, al entrar en su dormitorio uno puede ver las paredes parchadas con fotografías de jugadores famosos, equipos completos, banderines, etc.  Todo cuanto tiene que ver con su cuadro favorito, allí está.

Otra escena completamente diferente se ve en el dormitorio del joven poco dado a los deportes, tal vez porque se le prohibió.  Usted podría pensar: «Bueno, allí seguramente las paredes están parchadas de textos bíblicos».  Eso quisiera yo.  Pero muchas veces son fotografías de mujeres semidesnudas y no las hay más desnudas porque los padres no quieren.  Esto ocurre justamente por la falta de interés en aquello que requiere ejercicio corporal.  ¡Cuánto beneficia a la juventud el cansancio físico para evitar inclinaciones pecaminosas propias de la edad!

Sin embargo hay algunos juegos a los que se les da el nombre de «deporte», pero que en realidad no lo son.  Es necesario que aclaremos muy bien este asunto, ya que los mismos traen consigo violencia y la propia destrucción del cuerpo.  Por ejemplo, el boxeo no es deporte, es salvajismo.  La tan conocida lucha libre, tampoco es deporte, ni las corridas de toros, ni las peleas de gallos, o las carreras automovilísticas.  Pero el fútbol, el ciclismo, las carreras (digamos el correr), el basquetbol, el tenis y otros juegos parecidos, no dañan al cristiano para nada.  Pero qué en cuanto a asistir a los juegos.

Bueno, en muchas de nuestras ciudades, si no tenemos equipos profesionales o ligas mayores, sí tenemos algún equipo aficionado.  ¿Pueden los jóvenes cristianos de nuestras iglesias asistir a las canchas como hinchas de tal o cual equipo.  Bueno, no existe ninguna cláusula bíblica en contra, pero es necesario aclarar en qué circunstancias los jóvenes no deben asistir:

1.  Cuando hay posibilidad de borracheras y peleas, hay que averiguar bien esto.
2.  Cuando no hay seguridad absoluta para los espectadores.
3.  Cuando debemos sacrificar el dinero que tanto necesitamos para pagar la entrada y no usarlo para lo más necesario.
4.  Cuando debido a nuestro temperamento no podemos aceptar la derrota del equipo preferido.
5.  Cuando el juego coincide con alguna actividad de la iglesia, ya que la mayoría de los juegos tienen lugar los días domingo, y esto hay que verlo de cerca.

Tengo varias recomendaciones para esa iglesia que hasta el momento se resiste a aceptar la posición expuesta en este artículo.  No pretendo que esto sea una palabra final, autorizada, algo así como un dogma; sin embargo veo con mucha preocupación, que si una iglesia bíblica en sus principios doctrinales no hace algo, se verá empobrecida innecesariamente y los hermanos verán con pesar cómo la gente joven comienza a marcharse a otras iglesias o al mundo.  Para evitar esta situación, he aquí algunos principios que podríamos seguir:

1.Hablar ampliamente sobre los factores en favor y en contra del deporte y su participación.
2.Nombrar en la iglesia a un hermano, alguien más o menos joven, yo diría entre los 30 y 60 años de edad, si es saludable, que pueda supervisar esta parte de la vida de la iglesia.  Preferentemente alguien con espíritu deportivo.
3.Redactar un documento que especifique los lineamientos generales sobre ese campo, y que el mismo sea aprobado por ambas partes: los líderes de la iglesia y la juventud.

No me parece correcto que una iglesia haga algo sólo porque otra lo hizo antes, o porque varias de la misma denominación lo están haciendo y esto es una tradición.  Si no existen restricciones bíblicas claras, cualquier decisión debe tomarse en base al sentido común y teniendo bien presente siempre, que ello no provoque controversias y divisiones.  Así que, es necesaria una evaluación.

No estoy sugiriendo que una iglesia bíblica debe comenzar a revisar si puede ser más flexible en las doctrinas bíblicas.  ¡No!  Pero en cuanto a costumbres y hábitos, entretenimientos por ejemplo, si no son abiertamente conflictivos con la vida cristiana, creo que una iglesia debe analizar bien su situación siguiendo algunos de los siguientes puntos, que podrían ayudar un poco:

•   ¿Por qué los jóvenes se van de la iglesia?
•   ¿Estamos exigiendo de ellos lo que es realmente bíblico o solamente lo tradicional?
•   ¿Estamos dispuestos a considerar nuestra intransigencia en asuntos secundarios como es por ejemplo el deporte?
•   ¿Es cierto que las circunstancias que viven los jóvenes de hoy son iguales a las que imperaron hace 40 años o más?
•   ¿Estamos realmente convencidos como líderes de la iglesia, que el deporte es dañino para la juventud o para el cristiano en general?
•   ¿Qué consejo le daría Pablo a mi iglesia si viviera en el mundo presente y se le consultara sobre la cuestión deportes?
•   Si impongo mi criterio como líder de la iglesia, gano a los jóvenes o los ahuyento de la iglesia y de la comunión con los hermanos.
•   ¿Estoy realmente dispuesto a escuchar a los jóvenes, o ya de antemano tomé mi decisión y esto es palabra final?
•   En cuanto a deportes, ¿dañan u ofrecen algún beneficio para quienes lo practican?
•   ¿Es posible hallar una solución en este caso, para darle cierta libertad a los jóvenes sin sacrificar las doctrinas y el testimonio cristiano?

A mi juicio, los hermanos bíblicos lejos de ser tajantes y terminantes en lo que no puede ser un dogma, deberían analizar cada cuadro por separado, porque pueden darse casos en donde la solicitud de los jóvenes no es pecaminosa ni dañina para la obra.  Tal vez afecte únicamente algún aspecto de la estructura tradicional de la iglesia, pero no mina sus doctrinas básicas en lo más mínimo.

Y ahora, pasamos a algo todavía más delicado.  A continuación, vamos a entrar en un tema que es bastante delicado, porque tiene que ver con el comportamiento en el vestir, especialmente de las damas en la iglesia y fuera de ella.

¿Cuán importante es el vestir, los aretes, la cabellera, los brazaletes y quien sabe cuántas otras cosas que suelen ser parte del vestir de las damas?  Ni la cabellera ni el vestir es tan grave como la lengua.
Conozco a pastores tan estrictos, que si detectan que una hermana de su iglesia viste pantalones mientras trabaja en el fondo de su casa, removiendo la tierra, sembrando y plantando; si era maestra de la clase bíblica dominical, allí mismo la destituyen de sus funciones.  ¡Esto se parece bastante al mormonismo!  Pero lo peor de todo es que en ocasiones, ese mismo pastor puede vivir una vida muy dudosa, moralmente hablando, sin embargo ve lo que pasa en otros.

También puede darse el caso de una dama que usa aros, brazaletes, anillos, cadenillas, etc., algo muy propio del sexo femenino; y que los diáconos o los ancianos de la iglesia aparezcan en la casa de la hermana para decirle que se quite cualquier alhaja de sí misma.  ¿Está bien eso?  ¿Es bíblico proceder así?  ¿Es pecado que una mujer use alhajas?  ¿Hay una base bíblica para insistir en estas cosas?
Antes de que usted me juzgue de liberal o algo así, permítame ofrecerle la versión bíblica de todo esto.  No voy a hablar de lo que cree, practica o exige tal o cual denominación o grupo, esto es secundario.  Lo que realmente tiene importancia, es enterarnos exactamente qué es lo que la Biblia dice al respecto.  Estos no son temas de “fulano”, son temas bíblicos.  La Biblia menciona muchos adornos de las mujeres.  Al abrir la Biblia nos encontramos con que muchas mujeres piadosas eran también muy coquetas, y vestían ropas especiales y usaban adornos.  La Biblia no prohíbe en ningún lugar que la mujer se adorne con alhajas, ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamentos.

Comprendo que si usted no comparte esta declaración, ya mismo estará pensando que he omitido lo que Pedro dice en su epístola.  Examinaremos sus palabras y pronto descubriremos que lo que tanto escandaliza a algunos hermanos, es en realidad parte de la vestimenta de las damas, incluso en la iglesia primitiva.  Ello nunca constituyó escándalo ni preocupación para la iglesia.

Partamos citando lo que dice Pedro cuando menciona a las mujeres piadosas del Antiguo Testamento: “Porque así también se ataviaban en otro tiempo aquellas santas mujeres que esperaban en Dios, estando sujetas a sus maridos” (1 P. 3:5).  Después de estas palabras citadas por el apóstol sería bueno echarle una mirada a esas santas mujeres para enterarnos de cuál era la relación de ellas con las alhajas o adornos de todo tipo: pendientes, aros, anillos, brazaletes, etc.

Cuando Abraham comisionó a su siervo para que fuera en busca de una esposa para su hijo Isaac, él se encontró con Rebeca; y la Biblia registra lo que ocurrió cuando este hombre, temeroso de Dios pensó que ella podía ser la esposa ideal para el hijo de su amo: “…Entonces le puse un pendiente en su nariz, y brazaletes en sus brazos” (Gn. 24:47b).  No olvidemos que el mayordomo Eliezer, era un hombre singularmente temeroso de Dios.  Si usted lee la historia se dará cuenta.  Nunca le habría entregado a esa doncella algo que luego escandalizaría al mismo patriarca Abraham y al futuro esposo de ella, Isaac.
Pero… ¿Cuál sería la actitud de nuestros hermanos en alguna iglesia bíblica si una señorita de la talla de Rebeca, llegara con brazaletes, aunque no tuviera puesto un pendiente en su nariz, pero sí aretes colgando de las orejas y algunas otras joyas?

Ahora bien, Pedro menciona a aquellas santas mujeres que esperaban en Dios, entre las cuales sin duda debemos también incluir a esta doncella.  El hecho que ella llevara puestas estas joyas no le quita nada de su piedad, espiritualidad o temor de Dios.  Incluso antes de ponerle el pendiente en su nariz, el mayordomo ya le había dado un pendiente de oro que pesaba medio ciclo y dos brazaletes que pesaban diez (Gn. 24:22).

La muchacha indudablemente estaba cargada de joyas.  ¿Pero era esto falta de decoro, de humildad y decencia en el vestir?  ¿Ella era mundana por eso?  Eliezer no fue a ninguna joyería en el desierto para comprar estas alhajas.  Ya las tenía consigo, conocía el gusto de las damas y sabía que las joyas eran un adorno importante para la vestimenta femenina, así de sencillo.

La Biblia nos dice que en el sentido espiritual, la iglesia es la esposa del Señor.  En el Antiguo Testamento era Israel, pero como esposa no fue fiel.  Sin embargo es interesante leer cómo Dios adornó a quien había amado tanto: “Te atavié con adornos, y puse brazaletes en tus brazos y collar a tu cuello.  Puse joyas en tu nariz (dice Dios), y zarcillos en tus orejas, y una hermosa diadema en tu cabeza.  Así fuiste adornada de oro y de plata, y tu vestido era de lino fino, seda y bordado…” (Ez. 16:11-13a).
Hermano, si usted se fija tanto en lo que las damas usan hoy, al primero que tendría que expulsar de la iglesia es a Dios, porque fue Él quien enseñó cómo adornar a una dama.  Mientras que, la paráfrasis aquí dice: «Te di hermosas joyas, brazaletes y primorosos collares, un anillo para tu nariz y dos más para tus orejas, y una espléndida diadema para tu cabeza.  Y así fuiste hecha hermosa con oro y plata, y tus vestidos eran de seda y lino finamente bordados...»

¿Se imagina usted si una mujer engalanada así entrara en uno de nuestros templos a la hora del servicio, o por lo menos de algunas iglesias?  ¿Cuántos ancianos no la sacarían afuera de inmediato y la borrarían de la membresía por semejante atrevimiento y falta de respeto al templo, y por su mundanalidad en el vestir?  Si ella supiera solamente estos pasajes bíblicos, diría: «¿Por qué no expulsaron a Dios?».  Tal vez ya lo han hecho.

La Biblia nunca ha prohibido que las damas se arreglen y usen joyas.  Y lo más notable, es que esta tendencia no sólo prevalece en las mujeres de culturas pasadas, sino que también podemos verla en el mundo occidental.

Sin considerar ahora el contexto, es necesario que examinemos lo que dice Dios por medio de su profeta Isaías.  Dios protesta desde luego contra la infidelidad de Israel, y lo compara con una esposa infiel a su marido.  También declara cómo la belleza de esa dama (de Israel en este caso), con todos sus adornos y joyas que la adornaban, sería cambiada en algo degradante: “Aquel día quitará el Señor el atavío del calzado, las redecillas, las lunetas, los collares, los pendientes y los brazaletes, las cofias, los atavíos de las piernas, los partidores del pelo, los pomitos de olor y los zarcillos, los anillos, y los joyeles de las narices, las ropas de gala, los mantoncillos, los velos, las bolsas, los espejos, el lino fino, las gasas y los tocados” (Is. 3:18-23).

Ahora, tenga bien en cuenta que Dios no protesta contra las mujeres de Israel por utilizar todas estas cosas, a pesar de la gran cantidad de artículos que las damas usaban para mantenerse bellas.  Es simplemente natural que la mujer desee ser hermosa, y que el varón desee ser fuerte.
Ahora vea las mismas palabras de Isaías, pero en la paráfrasis bíblica: «No se oirá más el orgulloso tintineo al paso de ellas.  Porque el Señor las desnudará de su belleza artificiosa y sus adornos, de sus collares, pulseras y velos de sedoso tul.  Se acabaron las chalinas y las cadenas para los tobillos, las cintas para el cabello, los aretes y los perfumes, los anillos y las joyas, los vestidos de fiesta, las batas de casa, los sombreritos, las peinetas y los bolsos, los espejos, la linda ropa interior, los hermosos vestidos y velos».

En todo cuanto dice Dios, por boca de Isaías, no hay una sola palabra en contra de estos arreglos, adornos, alhajas y vestidos delicados.  El tema es otro aquí.  Esta lista de los arreglos de la mujer nos permite ver que es completamente natural que las damas se arreglen y se adornen.  La Biblia no le niega esto a la mujer en ningún lugar.

Isaías menciona los siguientes artículos: collares, brazaletes (o pulseras), velos de sedoso tul, chalinas, cadenas para los tobillos, cintas para el cabello, aretes, perfumes, anillos y joyas, vestidos de fiesta, batas de casa, sombreritos, peinetas, bolsos y espejos, hermosos vestidos y velos.  Si separamos prenda por prenda y artículo por artículo, encontraremos que el profeta menciona aquí cerca de 20 cosas diferentes.
Como ya mencionamos, no existe un solo pasaje en la Biblia que prohíba esto.  La protesta de Dios, especialmente en este pasaje se basa, no en la falta de las mujeres por adornarse o arreglarse, sino porque Israel como nación se había alejado de Dios, como una mujer infiel que adornada, le es infiel a su marido.
Alguien podría decir: «Bueno, la mujer cristiana no debe parecerse a la mundana».  En cierto modo así debe ser.  Si asumimos que estamos hablando de una mujer mundana de conducta dudosa, porque hay muchas mujeres mundanas que se visten decentemente, también debemos tener bien presente que hay cosas comunes que todas las mujeres hacen, así sean cristianas o mundanas.

Asimismo, ambos grupos de mujeres son potencialmente madres y esposas.  Son muchas las cosas que hacen todas la damas, sin importar su condición espiritual, o su condición de salvas o no salvas.
Hay unos cuantos pasajes en el Nuevo Testamento que nos ayudarán a entender esto mucho mejor.  Muchos cristianos están seguros de que en el Nuevo Testamento existe un nuevo código de vestir para la mujer, pero permítale decirle que por mucho que busque no hallará tal código, pero leamos lo que dice el apóstol Pedro al respecto: “Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos, sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios.  Porque así también se ataviaban en otro tiempo aquellas santas mujeres que esperaban en Dios, estando sujetas a sus maridos” (1 P. 3:3-5).

Pero… ¿No aquí que las damas cristianas deben tener cuidado con el peinado, la forma de vestir, y que la mujer cristiana no debe llevar ningún adorno?  ¡Rotundamente no!  Pedro no fue inspirado para darles a las mujeres un modelo de ropa de vestir.  Lo que el apóstol dice es que las mujeres cristianas no deben conformarse con la belleza externa que se logra con cierto peinado, vestimenta, adornos, alhajas, etc.
Alguien una vez preguntó al Hno. McGee, este hombre que ha hecho tanto por la obra y ha hechos tantos estudios bíblicos: «Se permite a la mujer pintarse», él dijo: «Si el galpón necesita pintura hay que pintarlo».

Ya vimos que las mujeres a las que Él hizo referencia eran las más coquetas del mundo.  La mujer de hecho, se arregla porque esto es parte de su naturaleza femenina, ella debe ser delicada, hermosearse, arreglarse, ponerse joyas, etc.  El hombre tiene otra naturaleza y generalmente lo único que se pone es su reloj pulsera, y no para embellecerse, sino porque lo necesita, por práctico.

Pedro menciona a Sara como un ejemplo, pero ni remotamente habla de la forma cómo ella se vestía.  Abraham era uno de los hombres más rico de su tiempo, y puesto que su siervo llevó tantas cosas para la futura nuera de Sara, imagino que como Elieser era un siervo tan antiguo de la casa de Abraham antes de morir, Sara tal vez le habló sobre la posibilidad de su futura misión, aconsejándole qué presentes serían los adecuados para la futura esposa de su hijo Isaac.

El propósito de Pedro era destacar que la belleza espiritual valía mucho más que la física y externa.  Anima a las hermanas a que dediquen tanto tiempo en el embellecimiento de su carácter como el que dedicaban de hecho para hermosearse exteriormente.  Pedro habla de un espíritu afable y apacible que es de gran estima delante de Dios.  Veamos cómo la traduce la versión parafraseada: «No se preocupen demasiado de la belleza que depende de las joyas, vestidos lujosos y peinados ostentosos.  La mejor belleza es la que se lleva dentro.  No hay belleza más perdurable ni que agrade más a Dios que la de un espíritu afable y apacible».  Lo ideal sería desde luego que la mujer mantuviera el equilibrio y no se esforzara tanto en embellecerse físicamente, descuidando al mismo tiempo su carácter y descomponiendo todo aquello que ha logrado en su físico con sus alhajas, debido a su carácter intolerable.  Hablando justamente de esto, Salomón dice: “Como zarcillo de oro en el hocico de un cerdo es la mujer hermosa y apartada de razón” (Pr. 11:22).

Ahora, qué en cuanto al cabello o cubrirse la cabeza… Bueno, a veces me pregunto, por qué los varones somos tan exigentes con las damas.  Nuestra madre, muchos tenemos hermanas y luego esposa e hijas, estamos rodeado de mujeres y sin ellas valemos menos que los químicos que tenemos en nuestra anatomía.  ¿Por qué tenemos que fustigarlas tanto?  Pero… alguien dirá: «Bueno porque el aposto Pablo dijo que la mujer debe cubrirse la cabeza y llevar el cabello largo».  Y luego pasan a citar este pasaje, por cierto bien intrincado: “Pero quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo.  Todo varón que ora o profetiza con la cabeza cubierta, afrenta su cabeza.  Pero toda mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta, afrenta su cabeza; porque lo mismo es que si se hubiese rapado.  Porque si la mujer no se cubre, que se corte también el cabello; y si le es vergonzoso a la mujer cortarse el cabello o raparse, que se cubra.  Porque el varón no debe cubrirse la cabeza, pues él es imagen y gloria de Dios; pero la mujer es gloria del varón.  Porque el varón no procede de la mujer, sino la mujer del varón, y tampoco el varón fue creado por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón.  Por lo cual la mujer debe tener señal de autoridad sobre su cabeza, por causa de los ángeles.  Pero en el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón; porque así como la mujer procede del varón, también el varón nace de la mujer; pero todo procede de Dios.  Juzgad vosotros mismos: ¿Es propio que la mujer ore a Dios sin cubrirse la cabeza?  La naturaleza misma ¿no os enseña que al varón le es deshonroso dejarse crecer el cabello?  Por el contrario, a la mujer dejarse crecer el cabello le es honroso; porque en lugar de velo le es dado el cabello.  Con todo eso, si alguno quiere ser contencioso, nosotros no tenemos tal costumbre, ni las iglesias de Dios” (1 Co. 11:13-16).

Si tomamos literalmente que las hermanas tienen que cubrirse la cabeza en el templo, deberíamos tomar otras indicaciones en el mismo pasaje que como bíblicos fundamentales no aceptamos por las prohibiciones que hay en otros versículos de la Escritura.  Por ejemplo, Pablo dice: “Pero toda mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta, afrenta su cabeza…” (v. 5).  Todos estamos de acuerdo que «profetizar» en este particular pasaje es sinónimo de predicar o enseñar en una congregación como dice en 1 Corintios 14:3: “Pero el que profetiza habla a los hombres para edificación, exhortación y consolación”.  Mientras que en el mismo capítulo que estamos tocando leemos: “Vuestras mujeres callen en las congregaciones; porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas, como también la ley lo dice” (v. 34).

Pero entonces… ¿con qué quedamos?  ¿Pueden las mujeres hablar, es decir, predicar o enseñar en el templo, siempre y cuando se cubran la cabeza?  O les está terminantemente prohibido asumir el papel de pastor o pastora, o algo parecido.

Si queremos descubrir la respuesta, debemos leer algunos otros pasajes paralelos:

•   “Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador.  Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo” (Ef. 5:22-24).
•   “La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción.  Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio” (1 Ti. 2:11, 12).
Pero… ¿Qué hacemos entonces con la cabellera de la mujer cristiana?  ¿Se corta o no se corta?  Antes de aventurar una respuesta, notemos que Pablo dice: “…al varón le es deshonroso dejarse crecer el cabello?” (1 Co. 11:14b).  Pero la misma Biblia también dice que los hombres más afortunados, escogidos por Dios desde antes de nacer, y en algunos casos antes de ser concebidos.  Escogidos por Él para una misión muy especial, eran nazareos.  No debían cortarse el cabello nunca.  Algunos de ellos fueron, Samuel, Sansón, Juan el Bautista.  Mi conclusión en cuanto a esto, de cabello es:
*  La mujer debe distinguirse del varón, sujetándose a su esposo, si es casada.  Y siendo cristiana, debe dejarse crecer el cabello.
*  La mujer nunca debe asumir responsabilidades pastorales, porque el pastor tiene la obligación de sujetarse a Dios, si ha de ser fiel a la Palabra.  En cambio la mujer debe sujetarse a su esposo, aunque éste no sea cristiano.
*  El mismo cabello le sirve a la mujer, tanto casada como soltera de velo, pero si la costumbre en el templo, es que además de la cabellera, la mujer se cubra con un velo, no creo que haya nada de malo en ello.  Sin embargo, no me parece correcto imponer este punto de vista, ni pelear por el pedazo de trapo.
En todo caso, cuando surge una situación como esta, en lugar de legislar sobre la cuestión del velo, es mucho mejor tratar de convencer a los fieles de su conveniencia.  No obstante, antes de entrar en discusiones acaloradas sobre el tema de la vestimenta, dejarse o no dejarse crecer el cabello, usar o no usar velo, cubrirse la cabeza.  Yo creo que sería bueno examinar esto mismo desde otro ángulo y tener más conocimiento de las circunstancias vividas en los tiempos bíblicos.
*  Hasta la fecha en algunos países árabes cuando un hombre se divorcia de su esposa, lo único que ella recibe de parte de su esposo son sus alhajas.
*  En los tiempos bíblicos, especialmente en el Antiguo Testamento, las contribuciones consistían muchas veces de alhajas, oro, plata, etc., para la obra por ejemplo: “Vinieron así hombres como mujeres, todos los voluntarios de corazón, y trajeron cadenas y zarcillos, anillos y brazaletes y toda clase de joyas de oro; y todos presentaban ofrenda de oro a Jehová” (Ex. 35:22).
Si la forma de vestir y el usar alhajas han de producir divisiones y malestar, la persona que tiene más madurez debe siempre ser más tolerante.  Lo que no se debe hacer es expulsar a una hermana o un hermano, o incluso condicionar su bautismo por estos códigos del vestir.
Antes de proceder a tomar alguna medida con jóvenes o señoritas, o incluso con personas mayores, damas casadas, debemos tomar en cuenta los siguientes elementos:
*  Es mi exigencia en el vestir más importante que las almas de los pecadores por quienes Cristo murió.
*  Vino Jesús a morir para que las mujeres vistan de tal o cual manera.
Qué es lo que nos corresponde predicar y qué estamos predicando.  Que Dios nos ayude y recuerde, cuando se usa la palabra «mujer» en la pluma del apóstol Pablo como se tradujo al español, siempre en estos contextos es «esposa».  Quiere decir que mucho de lo que se dice aquí no se aplica para la hermana que es soltera.

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