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Un imaginario diálogo ante el Tribunal de Cristo

     El Señor: Hijo, ¿por qué fuiste tan negligente?  Te mostraré lo que te había preparado, pero no te lo daré porque te hiciste inmerecedor.

      El Cristiano: Señor, no creía que podría yo pretender algo porque era conciente de mis pecados, por lo cual te ruego que de todos modos me permitas ocupar el lugar que me habías preparado.  Porque... ¿acaso no es cierto que tú eres “amplio en perdonar”?

     El Señor: Lo de “amplio en perdonar” es cierto, pero eso corresponde a cuando tú vivías en la tierra.  Te lo habría perdonado y en realidad te lo perdoné, porque de lo contrario no estarías aquí.  ¿Recuerdas Colosenses 2:13?

     ¿Sabes, hijo, yo me avergüenzo de ti, tal como te lo había anticipado  (Mr. 8:38).  Ahora ya es tarde para reparar cualquier cosa, porque tú bien sabías lo que se escribió en Proverbios 28:13.

¿Nunca leíste lo que está en 1 Juan 2:1, 2?  ¿Por qué despreciaste este recurso tan generoso?

     El Cristiano: Señor... no sé qué decirte porque tú sabes todas las cosas.  Tú me viste siempre  (Sal. 139:7-12; Jer. 23:23, 24).

     El Señor: ¿Hijo, acaso no sabía yo que tú seguirías siendo pecador?  ¿Acaso no es esa la razón por la cual existen tantos recursos para el que ya es salvo?  ¿Por qué insisto tanto en mi Palabra sobre el perdón para todo aquel que me lo pida?

¿No recuerdas los textos tales como 1 Juan 1:8-2:2; Salmo 85:1, 2; 130:1-4 Proverbios 20:9; 28:13, 14 e Isaías 43:25; 44:22?
¿Acaso no sabías que yo siempre me ofrecí como tu abogado y en realidad, aunque nunca solicitaste mis servicios, de todos modos yo desempeñé mi función a la perfección?  ¿Por qué no reconociste esta maravillosa verdad y no te abocaste a mi servicio?  Permaneciste acurrucado como un inútil, cuando tenías todas las oportunidades que los demás cristianos que se dedicaron a servirme.

¿Recuerdas lo que yo mandé a escribir en 2 Timoteo 2:11-13?

Yo tengo que ser fiel.  Te prometí salvación sin obras y por eso te tengo aquí.  Pero también te comuniqué muy a tiempo que, además de la salvación, habría remuneración.  Pero tu pecado favorito (¿lo recuerdas?) te mantuvo alejado de lo que por parte mía te pertenecía, si fueras un cristiano consagrado.

     El Cristiano: Señor, ¿me quieres decir que mi caso se parece al caso de Esaú, quien por un plato de lenteja despreció su primogenitura?

     El Señor: Así es hijo mío, ya que mencionaste el caso, te recordaré lo que ocurrió allí.  Quiero que notes cuánta similitud hay entre tú y Esaú (He. 12:15-17):

1)Esaú era hijo de Isaac y tenía los privilegios de un hijo primogénito.
2)Esaú no se ganó ese sitial, lo obtuvo por nacimiento.
3)Esaú no valoraba este privilegio espiritual, pero su hermano Jacob daría cualquier cosa por ocupar ese lugar.
4)Esaú cambió la dádiva de Dios por un plato de lenteja, ¿recuerdas?
•   ¿No cambiaste tú, tu galardón por un bocado de placer fugaz?
•   ¿No cambiaste tú, tanta distinción por correr tras el mundo?
•   ¿No cambiaste tú, tanta generosidad divina por algo de reconocimiento, popularidad o fama, fomentando un cristianismo hueco para acomodarlo a cuantos apóstatas encontraste?

Yo te vi cuando besabas tu mano derecha porque recibiste bastante dinero, pero también te vi cuando, aunque sabías de las grandes necesidades, te excusaste diciendo que no tenías.

Yo te vi cuando cobraste mucho y deseabas dar tu ofrenda, pero luego, viendo que a tu juicio era demasiado, entregaste solamente un cuarto de lo que sería tu ofrenda.

¡Cuánto lamenté cuando vi cómo despreciabas todo cuanto yo tenía apartado para ti y tú jamás te detuviste para examinar tu conciencia y tu corazón!

Yo te vi con todas tus apariencias, de modo que todos pensaban que eras el cristiano ejemplar, y tú no eras más que un artista aprendiz para el servicio dominical.

¿Recuerdas cómo le fueron las cosas a Esaú?  ¿Recuerdas que él, siendo ya hombre, lloraba a gritos en el dormitorio de su padre? (Gn. 27:38).

Bien, hijo mío, Isaac bendijo con lo mejor a Jacob, pero era muy poco lo que le quedó para aquel que despreció lo que yo aprecio, es decir, a Esaú.

•   Yo amo a los perdidos y quiero que sean salvos.
•   Yo amo la santidad verdadera y la prolijidad del alma, lo mismo que del cuerpo.
•   Yo amo a quienes no viven como mundanos, sino como cristianos.
•   Yo amo a quienes, siendo mis hijos, atesoran lo mejor en el cielo.
•   Yo amo a quienes se dedican al servicio a los demás.
•   Yo amo a quienes jamás torcerían las Escrituras haciendo que yo diga lo que no dije.
•   Yo amo a los que buscan las cosas de arriba, no las de la tierra.
•   Yo amo a quienes se despojan de sus pecados favoritos y no desprecian la victoria que tengo para ellos.

     El Cristiano: ¿Quiere decir que en mí se cumple lo de 1 Juan 2:28?  ¡Nunca pensé que esto era tan literal y yo mismo sería el protagonista de un papel tan miserable, triste e irreversible!

     El Señor: Hijo, con todo tú eres salvo, y permíteme secar tus lágrimas, porque, aunque mucho es lo que pierdes, todavía eres superior en mi reino de lo que era Juan el Bautista en la tierra, con toda la admiración que mereció de miles de seguidores  (Mt. 11:11).

     A ESTA ALTURA EL CRISTIANO  DESPERTÓ... ¡Era solamente un sueño...!

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