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Soy cristiano… ¿Qué hago ahora?

Hay muchas cosas que el cristiano debe saber y también hay otras que debe hacer, si quiere vivir una vida fructífera para el Señor y para sus semejantes.

 Este artículo, si bien no pretende contestar a todas las preguntas del nuevo creyente, sí trata los aspectos esenciales para la vida diaria de este. La Biblia responde a todas las inquietudes de quienes han experimentado el nuevo nacimiento, pero es asombroso ver cuántos cristianos, incluso de muchos años, no reconocen las respuestas que Dios les da en su Palabra, la Biblia.

Muchas personas confunden por ejemplo la salvación con la convicción. Hay que tener cuidado con esto, porque la Biblia no dice que los convencidos irán al cielo. Otros confunden la santidad con la religión, incluso hay quienes piensan que religión y salvación son sinónimos. Hay también quienes no distinguen las denominaciones cristianas de las herejías o sectas, y hasta hay quienes se enfrentan con sectas heréticas y creen que ellos también son cristianos.

Para su seguridad, recorreré los pasillos principales de la vida cristiana, tratando de ser su guía para que pueda vivirla provechosa y felizmente. Usted puede y debe ser un cristiano feliz, porque únicamente así será también útil para el Señor y para la iglesia.

Si acaba de recibir a Cristo como Salvador de su alma, es importante que sepa todo cuanto tengo para mencionarle aquí. Comprendo que hay muchas cosas que desearía entender, pero no sabe a quién debe acudir. Dios quiera que pueda encontrar una explicación satisfactoria a sus preguntas, y aunque es imposible responderlas todas, esperamos que al menos las más importantes y las más urgentes le sean contestadas satisfactoriamente. Recuerde que el cristiano debe buscar las respuestas a sus preguntas en la Biblia, la Palabra de Dios. Porque Él y únicamente Él tiene siempre y en todo la última palabra.

1. Usted tuvo que nacer de nuevo

La Biblia dice que sin el nuevo nacimiento ningún pecador será salvo, es decir que el nuevo nacimiento es un requisito indispensable para ir al cielo. Si tiene alguna duda en cuanto a su propia regeneración, le mencionaré qué debió haber sucedido en su vida para saber si nació o no de nuevo.

En primer lugar, debe haber escuchado la Palabra de Dios, es decir que alguien le habló de Cristo y de la salvación de su alma, o bien lo leyó en la Biblia, especialmente en el Nuevo Testamento. También pudo haberlo oído por la radio u otros medios; lo cierto es que la Palabra de Dios llegó a sus oídos. “Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Ro. 10:17).

Esta declaración del apóstol tiene dos partes principales: Primero, dice que el pecador tiene que oír para poder creer, y segundo debe oír la Palabra de Dios.

La fe que salva, que regenera, que hace que uno nazca de nuevo o garantiza el nuevo nacimiento, es la fe que el pecador deposita en la Palabra o en las promesas Divinas. Note que no se trata de fe en la religión, fe en la iglesia, fe en las buenas obras, ni en una vida piadosa ni nada por el estilo.

Si quiere estar seguro si nació de nuevo, usted tuvo que haberse arrepentido de sus pecados. Porque el segundo paso, que conduce a la regeneración o nuevo nacimiento es justamente el arrepentimiento. El pecador oye la Palabra de Dios y luego se arrepiente, si no se da este segundo paso, aunque haya dado el primero, nunca llegará a la regeneración. Son muchísimos los pecadores que oyen y escuchan la Palabra de Dios con mucha frecuencia, pero no son regenerados porque no quieren reconocer que necesitan un auténtico y genuino arrepentimiento.
Pero… ¿qué es el arrepentimiento? Algunos fracasan en este punto, porque escuchan la Palabra de Dios de algún Pastor muy elocuente, es decir, de alguien que conmueve mucho a su audiencia y que tal vez usa ilustraciones electrizantes que los hace emocionarse hasta llorar, terminan por asegurar que en ese momento recibieron a Jesucristo como Salvador personal. Sin embargo, al pasar unas horas y después de esa experiencia emocional, se van a sus casas y siguen viviendo sus vidas como antes, todo les parece igual.

El verdadero arrepentimiento puede conmover o no emocionalmente al pecador, pero lo que debemos saber es que nuestras experiencias emocionales no necesariamente justifican nuestro arrepentimiento. El mejor ejemplo de arrepentimiento, es el cuadro de aquellos que escucharon el conmovedor sermón del apóstol Pedro en el día de Pentecostés. Pedro habló realmente en el poder del Espíritu Santo – el poder de Dios, y cuando terminó lo hizo finalizando con estas palabras: “Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo”(Hch. 2:36).

¿Qué resultado tuvieron sus palabras en aquella singular audiencia? “Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos? Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hch. 2:37, 38).

Las palabras de Pedro habían golpeado las conciencias de aquella gran multitud, provocándoles una experiencia emocional, ya que el apóstol dice que se compungieron de corazón. Algunos seguramente lloraban, otros golpeaban sus pechos porque se sintieron muy culpables y verdaderamente sufrían, pero todo esto también puede suceder con una persona que tiene una experiencia puramente emocional.

La mejor explicación de la palabra «arrepentimiento» es darse uno la vuelta, cambiar de rumbo. Para hacerlo se necesita el conocimiento y la voluntad, por eso es necesario primero oír la Palabra de Dios, luego obedecer y actuar voluntariamente. Ellos, habiendo oído la Palabra de Dios obtuvieron el conocimiento de que eran pecadores, que perecerían en el infierno si continuaban así, que Dios los amaba y esperaba que se arrepintieran. Y ellos preguntaron: «¿Qué haremos?». Pedro les dijo que debían bautizarse. Al decir esto, el apóstol les quiso expresar que debían comenzar una vida de obediencia a Jesús, a las enseñanzas que Él había traído.

El bautismo es el primer paso de obediencia en el nuevo recorrido en la vida cristiana. No olvide que Jesús, en obediencia como Hijo al Padre, lo primero que hizo fue bautizarse y después de esto pasó en ayunas en el desierto, de esta manera comenzó Su ministerio. La carrera del cristiano comienza también con el bautismo después de haber recibido a Cristo como Salvador. Jesús había aceptado el encargo de la salvación de la humanidad y ahora comenzaba su carrera como Mesías con el bautismo.

Para el incrédulo su primer fruto es el arrepentimiento. La contrición es la decisión del pecador para ponerse de acuerdo con Dios. En el momento del arrepentimiento el pecador renuncia a sus pretensiones, ya sean religiosas, morales o intelectuales y se somete enteramente a la voluntad del Salvador. En ese instante el pecador no sólo reconoce los pecados graves contra Dios, sino que también acepta el perdón divino, y por la fe sabe que todos sus pecados le fueron perdonados.

2. Usted creyó en Cristo o recibió a Cristo por Salvador

Hay muchas personas que dicen creer en Cristo, pero se niegan a recibió como Salvador personal y todo suficiente.

Hay que distinguir entre la fe de los demonios, y la fe de los santos. Una persona puede tener la fe de los demonios pensando que es la misma fe de los santos. Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan. ¿Mas quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta?” (Stg. 2:19, 20).

Dios nos dice en su Palabra, que la fe sin obras es la de los demonios. Algunos piensan que deben hacer buenas obras para salvarse, debemos tener cuidado porque los demonios no se niegan a hacer buenas obras. Hay muchos hombres y mujeres, jóvenes y mayores que recurren a los demonios para obtener salud, dinero, popularidad, etc., y pueden recibir todo esto y mucho más. Hay quienes desean contar con este carisma que atrae a multitudes, y se asocian con los demonios adquiriendo una personalidad verdaderamente singular y atractiva, suelen hablar tan dulcemente que parecen mensajeros divinos.

¿Quiere decir entonces que los cristianos no deben hacer buenas obras? La respuesta bíblica es muy clara, el cristiano debe hacer UNA OBRA, que ningún demonio aceptará jamás. “Entonces le dijeron: ¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios? Respondió Jesús y les dijo: Esta es LA OBRA de Dios, que creáis en el que él ha enviado” (Jn. 6:28, 29). “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Jn. 1:12).

En el momento de la regeneración, cuando un pecador nace de nuevo y se constituye en hijo de Dios, la única obra que el Creador espera de él es que crea en Cristo como su único Salvador. En este momento el pecador no debe confiar en sus experiencias emocionales, ni en las promesas que pretende hacerle al Señor, ni en la iglesia, ni en ningún sacrificio personal. Las buenas obras tienen su lugar más allá de la regeneración, de la misma manera como tiene su lugar el desarrollo de un bebé, más allá de su nacimiento. Recuerde que cuando uno llega a ser cristiano acaba de nacer, las buenas obras pueden ser una manifestación del nuevo nacimiento, pero nunca las buenas obras podrán ser parte del nuevo nacimiento.

Seguramente habrá oído la ilustración del enfermo y la medicina, dice así: «A una persona enferma le recomiendan un gran médico, y de esta manera el enfermo comienza a tener fe en lo que le prescribirá el buen médico. Es examinado por este y se descubre que tiene un mal muy grave, pero recibe las alentadoras palabras del facultativo, que su mal será completamente curado con cierta medicina que acaba de ser parte de la farmacopea, y que es segura en un cien por ciento. El enfermo sale del consultorio médico con una doble fe, pues cree en la persona que le recomendó al médico, y cree también en las palabras del galeno. Una vez en la farmacia, el farmacéutico le dice que la medicina es realmente una maravilla y un verdadero milagro, cura a todos cuantos la reciben. Ahora el paciente va a su hogar con una fe cuadruplicada, cree en quien le recomendó al médico, cree en las palabras del doctor, cree en la medicina y naturalmente también cree en las palabras del farmacéutico. Al llegar a su casa, experimenta una mezcla de tristeza y optimismo al mismo tiempo, tristeza por haberse descubierto que padece de un mal muy grave, y optimismo porque acaba de recibir tantas garantías de la eficacia de la nueva medicina. Coloca el frasco con su medicina en la mesita de noche y se acuesta a dormir esperando su pronta y total recuperación, de acuerdo a la promesa cuadruplicada que había recibido. Pero… ¿cómo se va a recuperar si no hizo lo principal? Efectivamente este paciente se acostó a dormir con mucha fe, toda la fe del mundo, pero no tomó la medicina, por lo cual ésta no pudo hacer ningún efecto».

La Biblia dice que el pecador debe recibir a Cristo y que solamente a los que lo recibieron, Dios les dio potestad o autoridad de ser hechos hijos de Dios. “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”(Jn. 1:12).

Recibir a Cristo es creer en Él, es apropiarse de todas Sus promesas y aceptarlas como garantía final, total y absoluta. La fe del cristiano dice: «Dios lo declara por eso yo creo». Cuando el pecador reconoce a Jesucristo como su único y personal Salvador, lo está recibiendo en el sentido bíblico de la palabra. El pecador en ese momento deposita toda su fe en las promesas Divinas y sabe que es salvo, no porque se siente mucho mejor, o tiene paz, o está tranquilo, o porque oyó una voz por la noche o tuvo un sueño revelador y maravilloso, es todo lo contrario. Aunque no haya recibido ningún sacudón emocional, no obstante se aferra a las promesas Divinas y dice: «Señor, tú dices que el que oye tu Palabra y cree en ti tiene vida eterna, yo la he oído y ahora no solamente me reconozco pecador, sino que también creo plenamente en ti y en todas tus promesas».

Recuerde que recibir a Cristo no es recibir la hostia, el bautismo o la confirmación, tampoco es la experiencia emocional que uno tiene. Recibir a Cristo es depositar su fe en Él y en todas Sus promesas, con o sin sacudones espirituales.

3. Usted fue regenerado

En cada caso de regeneración intervienen dos personas, el pecador y Dios. El asunto es muy sencillo, el pecador necesita ser regenerado y Dios es el único que lo puede regenerar. La regeneración es un milagro y el Señor es el único Autor de los milagros.

Examine esta conversación entre Jesús y Nicodemo: “Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer? Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu. Respondió Nicodemo y le dijo: ¿Cómo puede hacerse esto? Respondió Jesús y le dijo: ¿Eres tú maestro de Israel, y no sabes esto? De cierto, de cierto te digo, que lo que sabemos hablamos, y lo que hemos visto, testificamos; y no recibís nuestro testimonio. Si os he dicho cosas terrenales, y no creéis, ¿cómo creeréis si os dijere las celestiales?”(Jn. 3:3-12).

Lo que usted debe saber sobre estas profundas y al mismo tiempo sencillas declaraciones divinas – profundas para la mente, pero sencillas para la fe – es que en primer lugar hay que notar que el hombre que habla con Jesús es alguien versado en las Escrituras, es un conocedor de la Biblia.

En segundo lugar, notemos que Nicodemo no es salvo, porque Jesús le dice que necesita nacer de nuevo, de lo contrario estaría perdido eternamente. En tercer lugar, advertimos que el nuevo nacimiento es requisito absolutamente indispensable para la salvación.
En cuarto lugar, Jesús dice que el nuevo nacimiento es un milagro, y si es un milagro es algo que no se espera que lo expliquemos, no lo podemos definir pero lo podemos notar. En otro lugar, la Biblia hablando del milagro del nacimiento físico dice: “Como tú no sabes cuál es el camino del viento, o cómo crecen los huesos en el vientre de la mujer encinta, así ignoras la obra de Dios, el cual hace todas las cosas” (Ec. 11:5).

La gestación y el desarrollo de un bebé en el vientre de su madre es un milagro, sin embargo aquí estamos. Así también ocurre con el nuevo nacimiento, es un milagro, no lo podemos explicar, pero aquí estamos; hemos dejado el paganismo religioso y nos hemos rendido a Cristo. Sabemos que somos salvos por la fe en Él, sabemos que todas las promesas Divinas son nuestras y que jamás seremos defraudados; los resultados de estos milagros evidencian que somos regenerados.

En quinto lugar, la regeneración es obra Divina desde el comienzo hasta el fin, tal como dice: «Así ignoras la obra de Dios el cual hace todas las cosas, Dios hace todas las cosas para que un nuevo ser sea engendrado, se desarrolle en el vientre de su madre y nazca, y Él también hace todas las cosas para que un pecador llegue a nacer de nuevo».

En sexto lugar, el Señor le hace ver a Nicodemo que él ni siquiera puede explicar ni entender las cosas terrenales que pueden ser entendidas y explicadas por el hombre.

¿Por qué se preocupa tanto por explicar el milagro de la regeneración? El cristiano sabe que ha nacido de nuevo porque la Biblia lo declara regenerado. Sin el nuevo nacimiento no es posible ser salvo, pero si oyó la Palabra de Dios y luego se arrepintió de sus pecados y recibió a Cristo por Salvador, ¡usted nació de nuevo! No espere explicarlo ni sentirlo, debe creerlo para la gloria de Dios.

4. Usted no perderá su condición de salvo

Si el nuevo nacimiento es necesario e indispensable para la salvación, usted se preguntará: «¿Por cuánto tiempo uno es salvo después de nacer de nuevo?». Como nuevo en la fe es necesario que sepa qué alcance tiene su salvación. Por ejemplo, si compra una póliza de seguro de vida, usted querrá saber qué beneficios tiene y bajo qué términos la compró. ¡Cuánto más debe investigar los beneficios de la póliza de vida eterna! Su salvación dependió, depende y dependerá de su Salvador, no de usted.

Hay quienes piensan que Dios nos salva bajo ciertas condiciones, por ejemplo, nos concede el nuevo nacimiento, y luego dice: «Si te portas bien como yo quiero llegarás al cielo, si no te portas bien, tu destino final y eterno será el mismo infierno». Esta enseñanza es exactamente la misma que predican los paganos llámense o no cristianos, es una salvación que uno debe “ganarse”. Pareciera que el Señor Jesús solamente le ayuda a uno en sus primeros pasos y luego le dice: «Bueno mira hijo o hija mía, yo acabo de salvarte, acabo de revestirte con esta nueva naturaleza. Tú acabas de nacer en mi familia, acabas de constituirte en mi hijo, y yo te amo con amor eterno, pero si te alejas de mí, si cometes algún pecado, si no vives a la altura que yo vivo, recuerda que perderás todos tus privilegios celestiales e irás a parar con el diablo y con los demonios en el infierno».

Si Dios esperara nuestras buenas obras para la salvación, ninguna persona jamás podría ser salva. No hay un solo cristiano que habiendo recibido a Cristo ya no peque más. El pecado no debe enseñorearse de nosotros, pero aun así el pecado es un tropiezo constante en nuestras vidas. Hay quienes dicen que el predicador que instruye de esta manera, está estimulando a los nuevos creyentes y también a los viejos a pecar. Pero esto no es así, sino que es todo lo contrario, ya que como ningún cristiano mientras está en el cuerpo puede vivir a la medida de los deseos de Dios, por lo tanto, recibe Su estímulo para seguir adelante luchando y permaneciendo fiel a Él, sabiendo que siempre tiene perdón y restauración a mano.

Por otra parte, aquellos que exigen lo que ni la Biblia enseña y ni ellos mismos viven, cierran todas las puertas para la restauración del cristiano que ha tropezado. Jesús dice: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano”(Jn. 10:27, 28).

Si la salvación dependiera de nosotros, no olvidemos que tenemos a un adversario mucho más poderoso que nosotros mismos. Pedro dice: “Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar; al cual resistid firmes en la fe, sabiendo que los mismos padecimientos se van cumpliendo en vuestros hermanos en todo el mundo. Mas el Dios de toda gracia, que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo, después que hayáis padecido un poco de tiempo, él mismo os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca” (1 P. 5:8-10).

¿Cuál es la esperanza del cristiano frente a los ataques de Satanás? La esperanza del cristiano es Cristo mismo. Es Él quien se ocupa de perfeccionar a cada hijo suyo, cada vez que sus vestidos se manchen. Un verdadero hijo de Dios muy pronto comprende la necesidad de ser sobrio, velar y resistir firme en la fe, cuando el maligno le tienta y trata de arrastrarlo al pecado. Tan cierto es, que debido a que nunca alcanzamos la estatura que sabemos que agrada a Dios, la Biblia frecuentemente nos urge a no olvidar que somos sus hijos, por eso dice: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros. Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (1 Jn. 1:8-10; 2:1-2).

“Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios” (1 Jn. 5:13).

Juan dice que escribe a los que creen en el nombre del Hijo de Dios, dice también que les escribe para que ellos sepan que ya tienen vida eterna.  Ellos no debían esperar para sentirse salvos, ellos tenían que saber que lo eran, porque la salvación no se siente.  La salvación se recibe por la gracia Divina.  Además, si ellos hubieran tenido una conducta intachable, no habría necesidad de recordarles que tenían vida eterna.

Por último, Juan dice que escribe esta epístola para que ellos crean en el Hijo de Dios.  Pareciera contradictorio, al comienzo decía que les escribía porque ellos creían, y ahora dice que les escribió para que creyeran.  No hay nada anormal en esto, los cristianos de entonces al igual que los de ahora, debido a que nunca alcanzan la estatura de santidad que desean, suelen dudar de su salvación, por lo cual Juan les anima a no perder la seguridad de su salvación, debido a sus altibajos espirituales.

En otro pasaje Juan dice: “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él.  Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es.  Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro”(1 Jn. 3:1-3).

Esta declaración es de suma importancia para cada cristiano, especialmente para el cristiano nuevo.  Juan comienza diciendo cuán grande es el amor del Padre, al punto que nos permite llamarnos hijos de Dios.  También dice que debido a la salvación por la fe, sin las obras, el mundo no nos conoce.  Luego declara: “ahora somos hijos de Dios”, no dice que si nos conducimos bien, tal vez seremos hijos de Dios o probablemente iremos al cielo.  Además Juan declara que «nosotros los cristianos sabemos que cuando Él se manifieste seremos semejantes a Él», no lo sentiremos, lo sabremos.

Juan simplemente declara que los cristianos “sabemos”, la única manera para saber es que alguien de entera confianza nos lo diga, alguien en quien podemos confiar, y ese alguien de entera confianza es nuestro Señor Jesucristo.  Y Él nos declaró salvos para siempre, al confiar plenamente en Él.  Jesús también nos dice: “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida”(Jn. 5:24).  ¡Qué declaración más clara y solemne!  La salvación es oír, creer y tener.

Ahora bien… ¿qué ocurrió y ocurre con los pecados?  Es necesario que un cristiano nuevo sepa lo antes posible, qué exactamente ocurrió con sus pecados.  Satanás puede muy bien usar esta brecha de los pecados pasados, presentes y futuros.  Lamentablemente tenemos que recordar que todavía estamos en la carne, y estamos sujetos a toda clase de faltas y pecados.  “Yo deshice como una nube tus rebeliones, y como niebla tus pecados; vuélvete a mí, porque yo te redimí” (Is. 44:22).  “Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz, y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz” (Col. 2:13-15).
En primer lugar, se nos dice que Cristo nos dio la vida eterna, no que nosotros la ganamos.  El Señor dice que nos perdonó todos los pecados, no nos dice por ejemplo que nos perdonó todos los pecados cometidos “antes” de recibir a Cristo.  Si la Biblia nos dice que Jesús nos perdonó con Su sacrificio en la cruz todos los pecados, esto significa que Él adelantó Su perdón, aun para los pecados que Él sabía que cometeríamos.  Además Él nos los perdonó mucho antes que nosotros naciéramos, así que no había pecados tales, como pasados, presentes o futuros; todos nuestros pecados eran futuros.

Luego el apóstol Pablo habla de cierta acta de los decretos que había en contra nuestra, finalmente siempre en relación a esta acta, dice que esos documentos los exhibió públicamente y triunfó sobre ellos en la cruz.  Pablo explica el perdón que el cristiano recibe, ilustrándolo con los presos de aquellos días.  Un preso tenía sobre la puerta de la celda hacia el exterior una tablilla, en la cual estaban escritos sus crímenes, de modo que cualquiera que pasaba por allí podía ver y saber por cuántos años el preso permanecería privado de libertad.

Pablo explica que cada cristiano es un preso en el sentido espiritual, y el acta que hay en contra nuestra es la condenación eterna debido a nuestros pecados.  Pero luego dice que el Señor arrancó esas tablillas donde aparecían nuestros pecados y las llevó consigo al Calvario, muriendo allí por cada uno de nosotros y triunfando sobre todos ellos.  Ya que Él pagó con la pena capital nuestras transgresiones, y luego resucitó, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros.

Si el creyente piensa que pierde su salvación cada vez que comete un pecado, le hace un favor mayúsculo al diablo, ya que éste no quiso que nuestro Señor fuera a la cruz, para perdonarnos nuestros pecados para siempre.  Ahora, no pudiendo hacer otra cosa, Satanás procura anular la maravillosa Obra redentora de Cristo, por medio de falsas doctrinas, pervirtiendo las verdades bíblicas.  Todo cristiano que duda de la salvación eterna, es un aliado de Satanás, aunque sólo fueran por unos días u horas.

¿Cómo o a quién debo confesar mis pecados?

     El creyente – el hombre y la mujer regenerados, deben aprender a confesar sus pecados al Señor cada día.  Una vez salvos, ningún pecado puede arrebatarles su salvación, sin embargo estas son algunas de las consecuencias de los pecados no confesados, ni abandonados.

En primer lugar, perdemos la comunión con Dios y nos sentimos extremadamente solos, tristes y abatidos.  El mejor ejemplo bíblico de esto, es el rey David, quien había cometido un pecado bastante grave en relación a la muerte de Urías heteo, todo esto se encuentra en 2 Samuel 11.

Mientras David vivía sin el perdón de Dios y sin su restauración, su congoja era indescriptible, pero luego él confiesa este gran pecado y su oración de confesión la hallamos en el Salmo 51, que en parte dice así: “Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos… Purifícame con hisopo, y seré limpio; lávame, y seré más blanco que la nieve… Esconde tu rostro de mis pecados, y borra todas mis maldades.  Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí.  No me eches de delante de ti, y no quites de mí tu santo Espíritu.  Vuélveme el gozo de tu salvación, y espíritu noble me sustente.  Entonces enseñaré a los transgresores tus caminos, y los pecadores se convertirán a ti.  Líbrame de homicidios, oh Dios, Dios de mi salvación… al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios”.

En ningún momento David, el siervo de Dios pierde la salvación, él sabía que pertenecía a Dios, pero él también se dio cuenta de su grave pecado y vivió en soledad y orfandad, cuando Dios le retiró su comunión.  La comunión del Espíritu Santo es el mejor aliado de cada creyente, lo primero que produce el pecado en la vida del creyente es la falta de comunión con Dios.  Por eso el pecado debe ser confesado a Dios, y abandonado definitivamente.  Ninguna confesión aunque se haga directamente a Dios, si no va acompañada de una auténtica decisión de abandonarlo, no va a ser una verdadera confesión, esto puede ser una burla al Señor en el mejor de los casos.

El pecado no confesado ni abandonado anula el testimonio del cristiano.  El creyente que ha pecado pero no lo ha confesado a Dios, y por ende tampoco lo ha abandonado, no puede dar testimonio cristiano ya que no hay deseos para testificar a otros del amor de Dios.  Por otra parte, no hay poder Divino y hay una seria contradicción y confusión en su vida.

Hay muchos cristianos que se niegan a dar testimonio de su fe, estos no hablan a otros de Cristo, porque carecen de autoridad moral y espiritual para hacerlo.  ¿Cuántos cristianos viven en esta condición?  El pecado no confesado ni abandonado aleja al cristiano de sus hermanos, salvo caso de fuerza mayor.  Cuando un cristiano evita su concurrencia a los servicios, o cuando vive una vida cristiana no integrada a las muchas actividades de la iglesia, el Pastor sabe que algo bastante serio está ocurriendo en esa familia o en esa persona.

La Biblia dice que los cristianos deben congregarse siempre para edificarse mutuamente.  Para orar unos por otros, para aprender más de la Palabra Divina – la Palabra de Dios – y para alabar al Señor.  Pero el pecado en el creyente lo aleja de este tipo de encuentros, porque su conciencia es muy molestada por la Palabra de Dios.  La Biblia dice: “Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca” (He. 10:24, 25).

Uno de los secretos del éxito de la iglesia primitiva radica precisamente en este detalle.  Esos hermanos de la iglesia primitiva llegaron a congregarse cada día.  La iglesia es un cuerpo, y cada hermano y hermana de ésta, constituyen en sí un miembro de dicho cuerpo.  Cuando hay debilidad espiritual, ésta se refleja en la poca concurrencia de la totalidad de los hermanos al templo, cada vez que hay algún servicio.  La ausencia de tantos hermanos en los servicios, especialmente en los estudios bíblicos y las reuniones de oración, reflejan el desprecio de los hermanos a Dios.  La única manera para explicar esto, es que quienes actúan así cobijan pecados no confesados, pecados ocultos, pero conocidos por Dios y por quien está viviendo en ese pecado.

En segundo lugar, el pecado no confesado ni abandonado detiene el crecimiento de la obra.  Cuando una iglesia permanece con la misma membresía, es decir, el mismo número de miembros año tras año, no se necesita adivinar el diagnóstico.  En esa iglesia hay pecados ocultos, y estos son ignorados por toda la iglesia.  Es probable que haya hermanos estafadores, adúlteros, chismosos, ocultistas, materialistas, groseros, etc.  Si Dios bendijera tal iglesia se haría cómplice de sus pecados, Dios no hará tal cosa jamás, y dice: “Como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia; sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo” (1 P. 1:14-16).

Cualquier iglesia que no gana almas, debería humillarse delante de Dios y buscar dónde exactamente están los pecados que mantienen al Señor al margen de sus actividades.  El pecado una vez descubierto, debe ser denunciado y quienes lo ocultan, disciplinados.  Si no se procede de esta manera, Dios pedirá cuentas cuando llegue el día final.

El nuevo creyente si por alguna razón es atrapado en una iglesia que oculta pecados, debería buscar otra iglesia sin estos compromisos con Satanás.  No gana nada con escandalizarse ni con tratar de corregir la situación por su cuenta, esto es imposible.  Siempre debemos confesar nuestros pecados a Dios.  “Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él.  Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad; pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado.  Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.  Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.  Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros… Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo.  Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (1 Jn. 1:5-10-2:1, 2).

Esta declaración de Juan tiene que ver con el creyente y sus pecados, en calidad ya de hijos de Dios. 

Enumeremos lo que el Señor dice:

1. Si decimos que tenemos comunión con Él y estamos comprometidos con algún pecado, mentimos, porque tal como vimos, el pecado interrumpe la comunión con Dios.  Esto es lo primero que el pecado hace, el creyente carece de comunión con Dios si vive en algún pecado.
2. Si practicamos la vida de santidad, no solamente tenemos comunión con Dios, sino que también tenemos comunión con nuestros hermanos.  Por este motivo decíamos que cuando los creyentes no asisten a los servicios, y prefieren evitar la comunión con los hermanos, es porque no tienen comunión con Dios debido a sus pecados.
3. Aun cuando vivimos en comunión con Dios y con los hermanos, es muy posible que cometamos pecados, pero debido a la comunión constante con Él, la sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado.
4. Si decimos que no tenemos pecado estamos mintiendo, porque podemos cometer muchos pecados sin siquiera darnos cuenta de ello.
5. Si confesamos nuestros pecados a Cristo, Él es fiel y justo para perdonarnos, esto significa que debemos confesarle a Él y solamente a Él, porque solo Él tiene poder y autoridad para perdonar pecados.
6. Si le confesamos nuestros pecados a Él, no solamente nos perdonará, sino que también nos limpiará de toda maldad.
7. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a Él mentiroso, porque Él dice que nosotros siendo aun hijos de Dios somos pecadores, pero somos pecadores perdonados.
8. Juan escribe a los creyentes instándolos a no pecar, pero agrega que si cometen algún pecado, cada creyente tiene un gran Abogado a su favor, ese Abogado es Cristo Jesús.  Cristo es el único recurso que Dios acepta para perdonar todos nuestros pecados, Dios no acepta ningún sacrificio ni penitencia que se imponga a los pecadores o que otros les impongan.  Cristo es la propiciación por nuestros pecados, esto quiere decir que cuando el creyente peca contra Dios, Dios ve la justicia de Cristo, quien nunca pecó.  Pero siempre debemos confesar nuestros pecados directamente a Dios, y en el nombre de Cristo que ha muerto por nuestros pecados.  “Jehová, si mirares a los pecados, ¿quién, oh Señor, podrá mantenerse?  Pero en ti hay perdón, para que seas reverenciado” (Sal. 130:3, 4).

La única manera para saber que somos perdonados es porque la Palabra de Dios nos lo dice.  Tenemos que dar gracias a Dios porque Él no mira nuestros pecados, porque si Él mirara nuestros pecados nadie podría ser salvo.  Él mira a Cristo Jesús que pagó todos nuestros pecados sobre sí mismo, y porque Cristo fue santo en todo, Dios nos mira ahora como a santos, tan santos como Cristo por habernos rendido a Él.  “Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente; quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados” (1 P. 2:21-24).

Es muy importante que aprenda a orar.  Como hijo de Dios tiene que mantener un ameno, útil y santo diálogo con Dios, mediante la oración y la lectura de la Biblia.

¿Qué es orar?  Es simplemente conversar con Dios, decirle a Dios todo lo que hay en nuestro corazón.  Compartir con Él lo bueno y lo malo, las victorias y las derrotas, las alegrías y las tristezas; pero antes de orar debemos conocer algunos principios básicos sobre la oración, asegúrese que no haya obstáculos entre usted y Dios.

Enumeremos algunos de los obstáculos más comunes que pueden anular completamente el intento de orar con éxito.  Primero que todo, el pecado no confesado ni abandonado.  “He aquí que no se ha acortado la mano de Jehová para salvar, ni se ha agravado su oído para oír; pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír” (Is. 59:1, 2).

En el Antiguo Testamento encontramos que Dios con frecuencia denunció el pecado de su pueblo, diciéndoles: “He aquí yo traigo sobre ellos mal del que no podrán salir; y clamarán a mí, y no los oiré”(Jer. 11:11).

Es tan serio este asunto de ocultar el pecado, pretendiendo orar y recibir el socorro y la ayuda Divina, que se declara que el Señor ni siquiera quiere escuchar tales oraciones.  El caso que ilustra esto, es el cuadro del pecado de Acán en el Antiguo Testamento.  Sería necesario leer todo el capítulo 7 del libro de Josué para entender lo que sucedió.  Pero en resumen sucedió lo siguiente: los israelitas obtuvieron una gran victoria en la toma de la ciudad de Jericó en el comienzo de la conquista de Canaán.  Dios les había dicho que destruyeran todo y no tomaran nada para sí.  Pero un hombre llamado Acán, codició ciertas cosas, las tomó, y las guardó sin que nadie se enterara.  “Pues vi entre los despojos un manto babilónico muy bueno, y doscientos siclos de plata, y un lingote de oro de peso de cincuenta siclos, lo cual codicié y tomé; y he aquí que está escondido bajo tierra en medio de mi tienda, y el dinero debajo de ello” (Jos. 7:21).

Nadie sabía nada de este pecado, por eso Josué envió a unos mensajeros para que reconocieran la próxima ciudad llamada Hai.  Estos regresaron diciendo que era muy pequeña, y que pocos hombres bastarían para tomarla, pero no fue así a causa del pecado de Acán.  Porque los israelitas fueron derrotados de delante de sus enemigos.

Josué, líder de ellos no sabía de este pecado y el pueblo tampoco, pero Dios sabía lo que estaba pasando.  Inmediatamente Josué comenzó a orar de todo corazón, porque necesitaba el socorro Divino con urgencia.  “Y Josué dijo: ¡Ay, Señor Jehová!  ¿Por qué hiciste pasar a este pueblo el Jordán, para entregarnos en las manos de los amorreos, para que nos destruyan? ¡Ojalá nos hubiéramos quedado al otro lado del Jordán!  ¡Ay, Señor! ¿qué diré, ya que Israel ha vuelto la espalda delante de sus enemigos?  Porque los cananeos y todos los moradores de la tierra oirán, y nos rodearán, y borrarán nuestro nombre de sobre la tierra; y entonces, ¿qué harás tú a tú grande nombre?  Y Jehová dijo a Josué: Levántate; ¿por qué te postras así sobre tu rostro?  Israel ha pecado, y aun han quebrantado mi pacto que yo les mandé; y también han tomado del anatema, y hasta han hurtado, han mentido, y aun lo han guardado entre sus enseres” (Jos. 7:7-11).

Es completamente claro, que mientras el pecado se interponía entre Dios y su pueblo, no valía la pena orar.  Es raro que Dios le diga a un siervo suyo que no ore, que se levante de sus rodillas y que no exponga su oración.  Aquí vemos que si hay pecado no confesado, la plegaria no resuelve todos los problemas.  El problema del pecado no se resuelve orando, ni ayunando, ni gimiendo, ni dando dinero a la iglesia; el problema del pecado se resuelve confesándolo arrepentido, esto implica abandonarlo.  Después que ese problema fue resuelto y el transgresor fue castigado, Dios volvió a dar la victoria a Su pueblo.
    Otro problema que impide que las oraciones sean contestadas, es el resentimiento, producto del rencor.

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