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La roca de nuestra salvación

“Viva Jehová, y bendita sea mi roca, y enaltecido sea el Dios de mi salvación” (Salmo 18:46).

Néguev es un desierto de Asia, situado al sur de Israel, en el distrito meridional.  Su nombre proviene de una raíz hebrea que significa “seco”, pero tomó asimismo el significado de “sur”, por su ubicación.  Ocupa un área de unos 13.000 kilómetros cuadrados, y tiene forma de triángulo invertido cuyo vértice meridional está situado en Eilat, sobre la costa del mar Rojo.  Al oeste limita con la península del Sinaí en Egipto, y al este con la zona meridional de Jordania, sirviendo de frontera el wadi Aravá.  La ciudad principal es Beerseba, situada en el borde septentrional del desierto, con Eilat al sur en la costa del mar Rojo, Dimona, Mitzpé Ramón y Rahat.

El Néguev posee importantes rasgos de tipo geológico y cultural.  Respecto al aspecto geológico, se trata de un lugar inhóspito, con temperaturas próximas a los 50 grados centígrados, y con la presencia de páramos pizarrosos, cañadas y cañones arrasados por la erosión.  Sus recursos minerales son escasos, si bien destaca la existencia de filones de cobre y muestras de petróleo.  Exhibe uno de los paisajes más espectaculares del mundo.  Consiste de escarpados riscos de piedra caliza, enormes peñas y cauces secos de río tallados por las fuertes corrientes repentinas, como las huellas que dejan los dedos cuando se arrastran por la tierra.

Es hermoso y salvaje a la vez, y en el verano, las temperaturas pueden alcanzar hasta 50 grados.  Los turistas especialmente sufren de insolación.  El agua en las botellas se torna tan caliente que parece calentada sobre la estufa.  Experimentan mareos y náuseas, y oscurecimiento de la visión.  Cuando eso ocurre tienen que protegerse del sol de inmediato, y rápidamente buscar una sombra fresca, gracias a Dios pueden hacerlo bajo las enormes peñas al pie de los riscos. El alivio que experimentan es indescriptible.

Eso nos ofrece un cuadro gráfico de lo que el profeta Isaías quiso expresar cuando describió el reino del Mesías y dijo: “He aquí que para justicia reinará un rey, y príncipes presidirán en juicio.  Y será aquel varón como escondedero contra el viento, y como refugio contra el turbión; como arroyos de aguas en tierra de sequedad, como sombra de gran peñasco en tierra calurosa” (Isaías 32:1–2).

También explica por qué la Biblia describe al Señor como una Roca, por qué cuando nos apartamos de su cuidado y protección, nuestros pasos se tornan confusos y erráticos; nuestra visión se nubla y perdemos nuestro enfoque.  Dios declara que rescatará a los que le aman, protegerá a los que confían en su nombre y estará con nosotros siempre.  Dice: “Por cuanto en mí ha puesto su amor, yo también lo libraré; le pondré en alto, por cuanto ha conocido mi nombre.  Me invocará, y yo le responderé; con él estaré yo en la angustia; lo libraré y le glorificaré” (Salmo 91:14-15).

Agua de la Peña

En el Antiguo Testamento, la primera referencia a Dios como nuestra Roca se encuentra en el Cántico de Moisés en el capítulo 32 de  Deuteronomio.  Mientras los hijos de Israel vagaban por el desierto del Sinaí, el intolerable calor y la implacable sed los había debilitado en gran manera, así como a muchos visitantes que han experimentado esto mismo.
Los oídos de Moisés resonaban con las quejas desesperadas del pueblo pidiendo agua, al igual que el clamor de los animales:  “Y altercó el pueblo con Moisés, y dijeron: Danos agua para que bebamos... ¿Por qué nos hiciste subir de Egipto para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?  Entonces clamó Moisés a Jehová, diciendo: ¿Qué haré con este pueblo? De aquí a un poco me apedrearán.  Y Jehová dijo a Moisés: Pasa delante del pueblo, y toma contigo de los ancianos de Israel; y toma también en tu mano tu vara con que golpeaste el río, y ve.  He aquí que yo estaré delante de ti allí sobre la peña en Horeb; y golpearás la peña, y saldrán de ella aguas, y beberá el pueblo.  Y Moisés lo hizo así en presencia de los ancianos de Israel”  (Éxodo 17:2a–3b, 4-6).

Las Escrituras no añaden mucho más que eso, pero podemos imaginar el asombro y entusiasmo del pueblo, cuando brotó el agua de la peña, y todos se acercaron para beber, bañarse y llenar sus recipientes con agua.

En base a esa poderosa y milagrosa experiencia, Moisés proclamó que Dios es una Peña o Roca.   El Rabino Maimonides hizo notar, que  tzur - la palabra hebrea para roca, sugiere una fuente de agua.  Dios le demostró a los hijos de Israel que perecían de sed en el desierto, que Él era su Sostén, su Manantial de Vida y Fuente de agua que nunca se acaba.

La Roca que les seguía

Según un artículo publicado por la Sociedad Arqueológica Bíblica, en el desierto se manifiesta un fenómeno misterioso conocido como las “rocas rodantes”. Esas rocas se trasladan sobre la superficie del suelo arenoso del desierto de manera muy misteriosa.
El apóstol Pablo habló de una “roca espiritual” que seguía a los israelitas en el desierto, dijo: “Porque no quiero, hermanos, que ignoréis que nuestros padres todos estuvieron bajo la nube, y todos pasaron el mar; y todos en Moisés fueron bautizados en la nube y en el mar, y todos comieron el mismo alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo” (1 Corintios 10:1-4).

Según Pablo, los israelitas fueron sostenidos por esa “roca espiritual que los seguía”Podemos estar bastante seguros que esa roca espiritual que Pablo describió no era una de esas rocas misteriosas.  ¿Pero a qué se refirió entonces, cuando dijo que esa roca les seguía?

John Byron, profesor de Nuevo Testamento,  en un artículo publicado por la revista en inglés  Revisión de la Arqueología Bíblica titulado “Pablo, Jesús y la Roca Rodante” - dijo que Pablo no fue el único en expresar que la roca con agua seguía a los israelitas por el desierto.  Añadiendo: “En otro documento del primer siglo conocido como Antigüedades Bíblicas de Seudo-Filo, leemos: ‘Pero respecto a su propio pueblo, los dirigió por el desierto.  Por cuarenta años Dios hizo llover pan del cielo, y les trajo codornices desde el mar, y un manantial de agua les seguía’”

Tanto Pablo, como el que registró esta cita en Antigüedades Bíblicas, percibieron que el agua de la roca, suplió de continuo con el precioso líquido a millones de israelitas y sus animales durante los 40 años que estuvieron vagando en el desierto. Un comentario en el Midrash Numbers Rabbah, también menciona que un Manantial de agua viva acompañaba al pueblo por el desierto.

En 1 Corintios 10:4, Pablo compara esa Roca con el Señor Jesucristo, “Y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo”.  En su carta a los Efesios, describe así a Jesús:  “Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo” (Efesios 2:20).  Mientras que el apóstol Pedro aclaró que esa piedra angular es “La piedra que los edificadores desecharon” (1 Pedro 2:7b).   Muchos eruditos cristianos también creen que Jesús fue esa “Roca rodante” que acompañó a los israelitas, proveyéndoles de valiosa agua durante todo su tiempo en el árido desierto.

En la Hendidura de la Peña

En el libro de Éxodo, vemos que se enfatiza el concepto de Dios como una Roca.  En Éxodo 33:18, Moisés le pidió al Señor que le revelara su gloria. Necesitaba la seguridad de que su presencia los acompañaría hasta la Tierra Prometida.  Pero ver el rostro de Dios implicaría una muerte segura, por lo tanto, “Y dijo aún Jehová: He aquí un lugar junto a mí, y tú estarás sobre la peña; y cuando pase mi gloria, yo te pondré en una hendidura de la peña, y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado” (Éxodo 33:21–22).

Aquí tenemos un hermoso cuadro sobre dos aspectos de la naturaleza de Dios: Su compasión junto con su poder.  Proteger a Moisés del poder de su presencia al cubrirlo con su mano y esconderlo en la hendidura de la peña.

Después de que Moisés cortara dos nuevas tablas de piedra y ascendiera nuevamente al Monte Sinaí, “... Pasando Jehová por delante de él, proclamó: ¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado; que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación” (Éxodo 34:6–7).

Los nombres en la Biblia no sólo identifican a la persona sino que a menudo describen el carácter del individuo, incluso a veces indican su destino personal.  Dios no sólo proclamó su nombre a Moisés, sino que aseveró la verdad, belleza y gloria de su carácter.  Moisés respondió a las palabras del Creador al adorarlo con el rostro en tierra.  “Entonces Moisés, apresurándose, bajó la cabeza hacia el suelo y adoró”.  Nuestra respuesta debe ser la misma. El Señor quiere que le conozcamos y que edifiquemos nuestra fe sobre ese conocimiento para que tengamos el deseo de adorarle y aumentar nuestro asombro hacia Él que nos ama.

La Roca de Ana

Una de las porciones más bellas de la Escritura es la oración de alabanza y gratitud de Ana.   Esta mujer era estéril, y por largos años había llorado y clamado para que Dios le diese un hijo, pero era como si las puertas del cielo estuviesen cerradas ante sus plegarias.  Sin embargo ella nunca titubeó en su creencia de que algún día Dios contestaría su oración.  El Creador fue fiel, y en su debido tiempo Ana tuvo un hijo y lo nombró Samuel, que significa: “Se lo pedí a Dios, y Dios escuchó”. 

El cántico de Ana, a menudo se le considera como una expresión profética respecto a la venida del Mesías.  Ella lo expresó luego de que Dios le concedió el deseo de su corazón: un hijo.   En este cántico hay aspectos semejantes al cántico de Moisés.

Dios evidenció su fidelidad a esta mujer, que depositó su confianza en la Roca y en la cual además se regocijó grandemente.   De la misma manera en que Moisés exaltó la fidelidad de Dios: “Y Ana oró y dijo: Mi corazón se regocija en Jehová, mi poder se exalta en Jehová; mi boca se ensanchó sobre mis enemigos, por cuanto me alegré en tu salvación.  No hay santo como Jehová; porque no hay ninguno fuera de ti, y no hay refugio como el Dios nuestro” (1 Samuel 2:1–2).

Nuestra Roca y Fortaleza

La protección, la confiabilidad, el poder y la inmutabilidad de Dios son ilustradas por el Salmista, quien se refiere a Dios como su Roca.  David era un hombre que conocía bien el desierto, ya que pasó muchos años huyendo del rey Saúl, quien lo quería matar.  En esa tierra seca y árida, tuvo que haber conocido el intenso calor del sol y la refrescante frescura bajo la sombra de una peña o en la profundidad de una cueva.

Él se refirió así a Dios: “Jehová es tu guardador; Jehová es tu sombra a tu mano derecha.  El sol no te fatigará de día, ni la luna de noche.  Jehová te guardará de todo mal; Él guardará tu alma. Jehová guardará tu salida y tu entrada desde ahora y para siempre” (Salmo 121:5–8).  David sabía que en el momento del peligro y presión, Dios estaría allí para protegerlo física y emocionalmente.

Leemos en 1 Samuel 23:29, que David a menudo se refugiaba en En-Gadi, un riachuelo en un profundo desfiladero entre altos riscos a ambos lados.  Los abundantes manantiales proveían agua para que David y sus hombres bebieran, cabras monteses que podían cazar como alimento, y muchas cuevas en donde se podían esconder del ejército de Saúl integrado por tres mil soldados que el rey había destinado para que encontrasen a David. Está registrado en el capítulo 24 de 1 Samuel, que fue en una de esas cuevas que David silenciosamente cortó una de las esquinas del manto de Saúl.

Por años él pudo eludir todas las trampas de Saúl, es claro que Dios lo protegía en momentos muy peligrosos.  Durante todo ese tiempo, David se afirmaba sobre el sólido fundamento de las promesas de esa Roca. Dios le había prometido el trono de Israel, y su coronación ocurriría en el momento perfecto de Él.  David podía confiar en que haría lo que había prometido, y se encargaría de su bienestar, por eso declaró:  “Él solamente es mi roca y mi salvación; es mi refugio, no resbalaré” (Salmos 62:2).

También dijo el propio Dios por medio del profeta: “No temáis, ni os amedrentéis; ¿no te lo hice oír desde la antigüedad, y te lo dije?  Luego vosotros sois mis testigos.  No hay Dios sino yo.  No hay Fuerte; no conozco ninguno” (Isaías 44:8).

En el capítulo 19 de Lucas está registrada la ocasión en que el Señor Jesucristo descendía del Monte de los Olivos hacia Jerusalén cabalgando sobre un pollino, hijo de asna.  Una multitud de sus discípulos, a ambos lados del camino, arrojaban sus mantos delante de Él y le alaban a gran voz, diciendo: “¡Bendito el rey que viene en el nombre del Señor; paz en el cielo, y gloria en las alturas!  Entonces algunos de los fariseos de entre la multitud le dijeron: Maestro, reprende a tus discípulos.  Él, respondiendo, les dijo: Os digo que si éstos callaran, las piedras clamarían” (Lucas 19:38–40).

Ciertamente, si las piedras clamaran, ¡ese sería un evento sobrenatural!  Pero el Señor Jesucristo, quien es Dios, sabía algo que los científicos sólo han descubierto recientemente, en el último siglo, que hay piedras que sí realmente producen sonidos.  Sus sonidos existen en frecuencias tan bajas que el oído humano no los puede percibir.   Algunos campos rocosos alrededor del mundo pueden emitir unos  sonidos claros, como cuando uno martilla unos tubos metálicos.  Los científicos denominaron ese extraño fenómeno como “piedras vivas”.

En el pueblo de Costeti, Rumania, este extraño fenómeno natural de las piedras vivas, se ha convertido en los últimos años en un atractivo tanto para científicos como para turistas.  Denominadas Trovants por los pobladores, palabra que significa en rumano “piedras que crecen”, su aspecto no difiere en general de las piedras normales, aunque los minerólogos descubrieron ciertos detalles que las convirtieron en únicas en todo el planeta.

Luego de diferentes análisis, las rocas - que fueron declaradas monumento de la humanidad por la Unesco - se desarrollaron diferentes teorías con respecto a su capacidad para crecer. Hay investigadores que sostienen que las piedras pueden “reproducirse e incluso hasta respirar”,  aunque aclaran que estos procesos suceden en una escala micro, entre dos días y tres semanas por “respiración”.  Es más, hasta aseguran que emiten un extraño pulso que puede detectarse utilizando un equipo de alta sensibilidad.

De manera interesante, el apóstol Pedro usó ese término para describir al Señor Jesucristo, dijo: “Acercándoos a él, piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa” (1 Pedro 2:4).  Y luego siguió diciendo en referencia a los creyentes en Jesús: “Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (1 Pedro 2:5).

Los cristianos creemos que Jesús es la Piedra Viva, el fundamento sobre la cual está firmemente construida la Iglesia.  Es posible que el apóstol Pedro recordara las palabras de Jesús en Cesarea de Filipo cuando le dijo: “... y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mateo 16:18b).  Pedro comprendió quién era esa Roca, y así lo proclamó en su epístola, que Jesús es esa Roca.

Los seguidores del Señor Jesucristo somos llamados a ser imitadores de Él, a ser también “piedras vivas” para la edificación de su Iglesia.  Somos un edificio espiritual fundado no sobre la arena, sino sobre la Roca, capaces de resistir firmemente en medio de la tormenta porque hemos sido investidos en el interior con Su Espíritu y unidos a Él en una comunión inseparable, tal como expresó el propio Señor:  “Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca.  Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca” (Mateo 7:24–25).

Hoy en día vemos grandes construcciones, rascacielos maravillosos, vecindarios hermosos. Vemos mucha destreza y orgullo en el diseño y la construcción de viviendas y edificios.   Sin embargo, estamos conscientes del triste hecho de que todo esto llegará al final, porque al cabo de los años tendrán que ser derribados y reemplazados por otra cosa más moderna.

Por la costa del mar Mediterráneo se encuentran las ruinas de una ciudad llamada Cesarea Marítima, la que en su tiempo fue una de las maravillas del mundo.  La ilustración de su  gloria anterior podemos percibirla en su anfiteatro e hipódromo parcialmente restaurados. Tuvo que haber sido una ciudad grandiosa en su tiempo, un tributo al ingenio creativo de su arquitecto y constructor - Herodes el Grande.  Pero aunque Herodes trató de dejar un esplendoroso legado, esas estructuras se encuentran en ruinas hoy día, y su famosa bahía ahora yace cuatro metros y medio bajo el mar, ofreciendo una triste ilusión del monumento que construyera este rey.

El legado casi desaparecido de Herodes, fue levantado sobre la inestable arena de la costa Mediterránea, y ha sido abatido por las tormentas, las olas y los terremotos.  El rey Herodes depositó su confianza en las arenas movedizas de su propia sabiduría, pero como todas las cosas terrenas, llegó su inevitable fecha de expiración. Si queremos que nuestro legado perdure, debe ser edificado sobre Aquel cuyo nombre y naturaleza son eternos.

La Piedra Fundamental

“Por tanto, Jehová el Señor dice así: He aquí que yo he puesto en Sion por fundamento una piedra, piedra probada, angular, preciosa, de cimiento estable; el que creyere, no se apresure” (Isaías 28:16).

Jerusalén, también conocida como Sion, es central para el pueblo judío.  El Monte Moriah, el lugar donde se encontraba el templo, es el sitio alrededor del cual gira todo.  La Escritura nos dice que el Monte Moriah fue el sitio donde Abraham levanto un altar, ató y casi sacrificó a su hijo Isaac. “Entonces el ángel de Jehová le dio voces desde el cielo, y dijo: Abraham, Abraham. Y él respondió: Heme aquí. Y dijo: No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada; porque ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único. Entonces alzó Abraham sus ojos y miró, y he aquí a sus espaldas un carnero trabado en un zarzal por sus cuernos; y fue Abraham y tomó el carnero, y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo. Y llamó Abraham el nombre de aquel lugar, Jehová proveerá. Por tanto se dice hoy: En el monte de Jehová será provisto” (Génesis 22:11–14).

Más tarde, en el Monte Moriah, Salomón edificó un templo.  Al concluir su obra, “... Le dijo Jehová: Yo he oído tu oración y tu ruego que has hecho en mi presencia.  Yo he santificado esta casa que tú has edificado, para poner mi nombre en ella para siempre; y en ella estarán mis ojos y mi corazón todos los días” (1 Reyes 9:3).  Esto implica que su presencia descansaría para siempre sobre este cimiento de piedra, llamado en hebreo Even ha Sh’tiyá.  La tradición judía dice que el mundo fue creado y fundado sobre ese cimiento, el mismo centro desde donde todo parte en cualquier dirección.  Asimismo los sabios judíos creen que debajo de ese cimiento se encuentra un manantial de agua que corre hacia el resto del mundo.

La Roca de Israel

La Biblia fue parte fundamental e integral para el establecimiento del moderno estado de Israel el 14 de mayo de 1948.  En su Declaración de Independencia, los padres fundadores se aseguraron de incluir esta frase: “… Depositamos nuestra confianza en la Roca de Israel”.   Aunque su inclusión fue combatida por un secularista, permaneció allí.  El señor David Ben-Gurión dijo: “Cada uno de nosotros, a su propia manera, cree en la ‘Roca de Israel’ de acuerdo en la forma como la percibe”.

Algunos prefieren interpretar esa frase como una referencia al territorio de Israel.  Sin embargo, para los que creen en Jehová, la “Roca de Israel” es sinónimo del “Dios de Israel”, porque esta nación está firmemente establecida sobre su Dios, un Dios de poder, permanencia y confiabilidad, quien la protegerá en medio de sus vecinos extremadamente hostiles. Como la historia ya lo ha evidenciado, Él ciertamente ha sido fiel con su pueblo, lo ha rodeado con su protección divina, lo ha cubierto con su mano y lo ha escondido amorosamente en la hendidura de la Peña.

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