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El cristiano y su recompensa celestial

El hecho de que un día tendremos que dar cuenta de lo que hicimos en este mundo para el Señor, es ciertamente una de las enseñanzas más serias de la Escritura. Sin embargo, raras veces se analiza la naturaleza de la prueba que enfrentaremos y lo que seguirá después.

Como considero que este es un asunto de interés vital, quiero que juntos examinemos todo lo que dice la Biblia a este respecto:

• La diferencia entre salvación y recompensas

• Una descripción del juicio ante el tribunal de Cristo

• El criterio por el que será juzgado cada cristiano

• Las recompensas que recibirán esos que pasen la prueba

• Cómo Satanás trata de desviar nuestra atención para que perdamos las recompensas.

Pero... ¿Qué pasaría si el Señor llegara en este momento? ¿Estaríamos gozosos o nos lamentaríamos porque no hicimos todo lo que debíamos haber hecho? Todavía la humanidad no ha sido testigo de este drama, pero es algo tan seguro como la salida del sol, porque un día el Señor Jesucristo vendrá por su iglesia: “Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras” (1 Ts. 4:16-18).

Ese día no está muy lejano. Cristo vendrá muy pronto por los suyos. ¡Cuánta satisfacción y recompensa futura podrían tener los creyentes si estuvieran tan activos en el servicio del Señor, de la misma forma como están en las cosas de este mundo! Si pudiéramos echarle una ojeada a ese día cuando todas las oportunidades terrenales para servir al Señor cesarán, habría un cambio drástico en nuestras acciones y actitudes presentes.

Armados con el conocimiento de su pronto y seguro regreso, ¿por qué no nos disponemos a servir a Dios en forma más consistente? Tal vez hoy estaríamos haciendo más, si tuviéramos un conocimiento más claro de cuáles son los incentivos para servirle.

En su segunda carta a la iglesia de Corinto, Pablo expresó sus motivos para ser un discípulo activo del Señor, se refirió a los tres incentivos diferentes que lo impulsaban al servicio. Dijo que servía a su Amo para hacerse agradable a Él: “Por tanto procuramos también, o ausentes o presentes, serle agradables” (2 Co. 5:9). Esta fue la razón personal del apóstol para servir al Señor y debe ser un incentivo suficiente para cada creyente. En este pasaje, Pablo se refiere a servicio, no a salvación. Le preocupaba que su labor no fuese aceptable al Señor, su Juez, por eso servía con motivos puros para que su esfuerzo no fuese en vano. En esencia, esto era lo que Pablo quería decir: «Trabajo, de tal manera que cuando aparezca ante mi Juez y mi servicio hecho en forma apropiada sea probado, sea hallado aceptable. Ha sido hecho para Su gloria, no para mi propia ganancia».

La segunda razón de Pablo para servir al Señor era menos personal y orientada de otra forma. Su consideración sobre el juicio del creyente cambia de inmediato al juicio de los incrédulos. Dice en 2 Corintios 5:11: “Conociendo, pues, el temor del Señor, persuadimos a los hombres...” Pablo explica que como el juicio de Dios provoca el temor de los hombres, trata de persuadirlos para que se acerquen a Cristo. La palabra que se traduce como “temor”, es el vocablo griego phobos, que significa «miedo, reverencia o respeto». El significado en cada caso, depende de cuál será nuestra posición ante el Señor en el juicio. El incrédulo siente miedo de Dios. Su vida está colmada con pecado y el Creador odia el pecado. El creyente reverencia y respeta a Dios, sabe que es santo y todopoderoso, el soberano del universo. Este era el caso de Pablo, lo reverenciaba y por tanto le servía para ser un siervo más aceptable.

El versículo 11 indica, que la mente de Pablo estaba principalmente enfocada en esos que deben tener miedo, porque sus pecados no han sido tratados con confesión y arrepentimiento. El apóstol sabía que la ira terrible de Dios vendrá sobre todos los que rechacen al Señor Jesucristo como su salvador. Tenía una comprensión plena de cómo será ese día: “y los reyes de la tierra, y los grandes, los ricos, los capitanes, los poderosos, y todo siervo y todo libre, se escondieron en las cuevas y entre las peñas de los montes; y decían a los montes y a las peñas: Caed sobre nosotros, y escondednos del rostro de aquel que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero” (Ap. 6:15, 16).

Pablo estaba bien consciente de que la ira de Dios no se derramará sobre los cristianos: “Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Ts. 5:9). Por lo tanto, así como laboraba para el Señor preocupado por serle agradable, también lo hizo porque sabía el terror que experimentarán un día todos los hombres y mujeres no regenerados. Dios había colocado a Pablo en la brecha entre los incrédulos y su ira tremenda, y el apóstol lo sabía, por eso no podía permanecer en silencio.

Después que Pablo se aparta un poco del tema en los versículos 12 y 13 del capítulo 5 de 2 Corintios, parece que levantara sus manos y nos diera la razón más apremiante para servir al Señor. Su primer motivo era personal, trata con su aceptabilidad como siervo. El segundo tiene que ver con los no salvos a su alrededor y el tercero concierne estrictamente al Señor. Pablo dice: “Porque el amor de Cristo nos constriñe...” (2 Co. 5:14a) para que le sirvamos. En el griego original, esta palabra es sinónima de «urgir, impulsar o presionar duro». El apóstol está diciendo que el amor de Cristo lo impulsaba, lo presionaba a trabajar activamente en su servicio. Si no lo hacía por ninguna otra razón, todavía estaba el conocimiento consciente del amor de Cristo, lo cual lo animaba a trabajar para él.

Pablo al considerar el amor que mostró por nosotros el Señor Jesucristo, quien se ofreció como sacrificio voluntario en el Calvario para así salvarnos de la condenación, además del amor que le enseñó a sus discípulos como la fuerza que moviera sus vidas, no le quedó más, sino que involucrarse en la propagación de la historia del evangelio. Se vio obligado a servir a Dios por amor. Una vez que el creyente ha experimentado el amor de Dios y lo ha apreciado apropiadamente, se siente impulsado a trabajar para él: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Ef. 2:10). De tal manera que los motivos o incentivos de Pablo para servir al Señor fueron tres:

• El querer ser un siervo aceptable ante Dios,

• Porque sabía lo que le espera a esos que rechazan al Señor, y

• Porque el gran amor de Cristo lo movía a hacerlo.

Casi puedo imaginar a Pablo y a Silas en la prisión en Filipo, cantando a medianoche del gran amor de Dios, de todo lo que había hecho por los pecadores. ¿No le parece extraño que los cristianos hoy sepan tan poco o casi nada de los incentivos de Pablo para servir al Señor? Se habla mucho sobre el amor de Cristo y nuestra expresión de ese amor hacia otros, pero realmente, ¿cuánto sabemos de ese sentimiento? ¿Cuánto respecto al juicio que deberán enfrentar todos los hombres sobre la faz de la tierra? Tal vez el menos comprendido de los tres motivos de Pablo sea el primero. La mayoría de cristianos no entienden en realidad, qué hace que el servicio del creyente sea aceptable ante Dios. Si usted realiza algún trabajo doméstico en la iglesia o tiene alguna obligación voluntaria en la escuela dominical, por lo cual no recibe retribución alguna, es muy probable que otros hermanos le hayan dicho: «¡Sólo piense en la recompensa que recibirá en el cielo!»

Eso es fácil de decir, pero... ¿Será cierto? ¿Qué sabemos realmente, respecto a las recompensas que recibiremos en la gloria? ¿Tenemos conocimiento de qué serán? ¿Sabemos cuándo las recibiremos? Las enseñanzas de la Palabra de Dios son más detalladas con respecto a las recompensas del creyente, que lo que el cristiano promedio sabe. En esta serie de artículos vamos a explorar estas y otras preguntas concernientes a los galardones del creyente a la luz de las evidencias presentadas en las Sagradas Escrituras. Entre más sepamos del Juez y las recompensas, más significativo será nuestro conocimiento y tendremos un discernimiento pleno de que realmente todo valdrá la pena.

La salvación y las recompensas

¿Alguna vez ha tenido una discusión con alguien sólo para darse cuenta que han estado discutiendo de dos cosas diferentes? Frecuentemente se habla de las recompensas y la salvación del creyente como si se tratara de lo mismo, pero esto es absolutamente inexacto. A menos que se trace una distinción clara entre la salvación y los galardones, la confusión resultante será desastrosa. Las Escrituras dejan bien claro esta diferencia. Vamos a examinar lo que dice la Biblia respecto al contraste entre salvación y recompensa.

La Biblia registra la historia de los tratos de Dios con el hombre, con una referencia especial a la provisión de Dios para la salvación del hombre. A continuación vamos a presentar un breve sumario del carácter de la salvación.

1. La salvación es apropiada para los pecadores

Una de las creencias fundamentales en la historia de la salvación de Dios para el hombre, es el hecho de que verdaderamente necesita ser salvo. La Biblia describe al ser humano como una criatura rebelde que decide desobedecer a su Creador. Habiendo tenido la oportunidad para vivir en un medio perfecto, libre de polución, en armonía con él y la naturaleza, el hombre en lugar de eso le prestó atención al perverso consejo de Satanás y pecó en contra de Dios. De tal manera que el compañerismo que era una parte integral de su relación con el Señor en el Edén, se perdió. La humanidad llegó a estar separada de Dios, dejó de disfrutar de su compañía.

Todo esto pertenece a la historia. La crónica de la salvación incluye el plan de Dios para redimir al hombre de las cadenas del pecado, restaurarlo al compañerismo que perdió con su Creador y renovar su mente para que pueda entender las cosas del Señor y vivir en paz con él. Si el hombre nunca hubiera pecado, no tendría necesidad de salvación. El hecho es que pecó e incurrió en la ira y juicio de Dios, pero ese juicio es moderado con su amor. Fue así como él dispuso la salvación de la raza humana mediante el derramamiento de la sangre inocente de su Hijo, el Señor Jesucristo, el sacrificio perfecto. Este sacrificio era necesario como el pago que merecía el pecado del hombre. El pecado siempre acarrea la pena de muerte. El único que nunca pecó fue el Señor Jesucristo, pero como todos hemos pecado tenemos necesidad desesperada de la salvación de Dios. Cristo murió en nuestro lugar, pagó el castigo por nuestros pecados y proveyó la salvación, murió por los hombres y mujeres pecadores. La salvación está reservada y es apropiada para los pecadores, así lo demuestran los siguientes versículos:

“Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Ro. 6:23).

“Mas la Escritura lo encerró todo bajo pecado, para que la promesa que es por la fe en Jesucristo fuese dada a los creyentes” (Gá. 3:22).

“Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Jn. 1:12).

“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira” (Ro. 5:8, 9).

“Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero” (1 Ti. 1:15).

“Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lc. 19:10).

2. La salvación es igual para todos los pecadores

Los expertos en genética nos dicen que no hay dos personas que sean exactamente iguales. Ni siquiera hay dos copos de nieve, árboles u hojas de la hierba que sean justamente lo mismo. Cuando una persona experimenta milagrosamente el nuevo nacimiento por el Espíritu de Dios, las circunstancias de las cuales es salvo, no son idénticas a las de ningún otro. Algunos no han cometido lo que puede ser considerado como crímenes excepcionales contra la sociedad, otros sí. Hay quienes nunca han puesto un pie en una iglesia, mientras que otros sí. Las experiencias y el trasfondo de los cuales Dios nos saca y salva, nunca son idénticos. En muchas ocasiones ni siquiera similares. Si la salvación dependiera del esfuerzo de las personas, algunas tendrían que luchar más duro que otras para ganarla. La salvación sería un logro mucho mayor para algunos que para otros.

Esto sería cierto si la salvación dependiera del esfuerzo del individuo por vivir su existencia en conformidad con los estándares de santidad establecidos por Dios, sin embargo, este no es el caso. La salvación no depende de la persona, es un acto de la gracia de Dios, quien saca al pecador del pozo horrible del pecado, limpia su vida y lo coloca sobre la roca sólida que es Cristo Jesús. Para humanizar la metáfora, la salvación no es el intento vano del hombre por tratar de asirse al Padre Celestial, sino que es Él quien deliberadamente extiende su misericordia y extrae desesperadamente al hombre de las arenas movedizas de su propio pecado. A pesar de lo que hizo en el pasado, cuando deposita su fe en la muerte del Señor Jesucristo en favor suyo, Dios mediante su Espíritu, lo limpia, justifica y santifica en el nombre del Señor Jesús. Como dice 1 Corintios 6:11: “Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios”.

Por consiguiente, dado que la salvación es un acto de Dios y debido a que su carácter es inmutable, que nunca cambia, la salvación es la misma para todos los pecadores. No fluctúa con circunstancias extenuantes. No varía en ningún grado. Algunos han sido salvos de pecados más espantosos que otros, pero no son más salvos que ellos. La salvación es lo suficientemente profunda y completa para cubrir al pecador más terrible, al igual que a otro que ha cometido pecados que ni siquiera son juzgados por la sociedad. La salvación de Dios es igual para todos los hombres que la reciben, porque Dios es el mismo para todo el que le recibe:

“Porque yo Jehová no cambio; por esto, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos” (Mal. 3:6).

“Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación” (Stg. 1:17).

“Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (He. 13:8).

“Mas aquel a quien Dios levantó, no vio corrupción. Sabed, pues, esto, varones hermanos: que por medio de él se os anuncia perdón de pecados, y que de todo aquello de que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él es justificado todo aquel que cree” (Hch. 13:37-39).

“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Co. 5:17).

3. La salvación es un regalo de gracia

Básico a nuestra comprensión de la salvación está el hecho de que es un don de Dios. Los hombres son salvos por la gracia divina, mediante la fe en los méritos de la muerte expiatoria del Señor Jesucristo. Se dice que es por gracia porque no depende de ningún mérito de parte del pecador. Los homo sapiens no pueden avanzar, y es una buena razón de por qué son objetos adecuados del amor del Creador. Se rebelaron en su contra, a pesar de todo los ama. Tal acción sólo puede ser atribuida a la gracia de Dios, quien es el único digno y salva al hombre de su indignidad. Tal es su gracia.

De la misma manera, la salvación es un regalo, no sólo uno inmerecido, sino el más valioso. El hombre no puede hacer nada por tratar de escapar de las arenas movedizas del pecado, sino que lo más importante es que la Biblia describe al pecador como muerto en sus pecados: “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados” (Ef. 2:1). El hombre no puede incluso ni siquiera levantar un dedo en un intento por escapar del pecado. Sólo la muerte del Señor Jesucristo puede salvarlo de la culpa. No hay nada que el pecador pueda hacer, sino recibir la luz del Espíritu Santo para salvación. Esto constituye un regalo de Dios, otorgado por su gracia, completamente aparte de mérito. No se gana, porque es imposible ganar algo que es un regalo, sólo se puede recibir con agradecimiento. De tal manera, que en lo que respecta al regalo de la salvación, el hombre lo recibe, pero no es un participante activo para ganarlo. La Escritura habla de la salvación como el agua viva:

“Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva” (Jn. 4:10).

“A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche” (Is. 55:1).

“Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (Ap. 22:17).

Asimismo los siguientes versículos enseñan claramente que es imposible ganar la salvación: “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Ro. 6:23).• “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Ef. 2:8, 9).• “Quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos” (2 Ti. 1:9).

4. La salvación es una posesión presente

La salvación es algo de que se habla en términos de pasado, presente y futuro. En el momento del nuevo nacimiento fuimos salvos del castigo que merecía nuestro pecado: “Aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos). Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios” (Ef. 2:5, 8).

Ahora mismo Dios nos está salvando del poder del pecado en nuestras vidas. Como dice Romanos 6:14: “Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia”. La Escritura también nos promete que un día también estaremos libres de la propia presencia del pecado: “Y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo” (Ro. 8:23).

Es importante darse cuenta que la salvación no se trata de una posesión futura. Es real en la vida de cada creyente en este preciso momento. Él no tiene que mirar con anticipación al día en que sus pecados serán perdonados, porque ya fueron perdonados. No tiene que esforzarse para alcanzar una meta como hace un corredor para llegar a la línea de carrera. El cristiano no ha llegado todavía a su meta, pero mientras corre está vestido en la salvación de Dios y su llegada es cosa segura.

No obstante, la salvación no es la meta en sí. No es el premio al final de la carrera. No depende de luchar o correr, sino que es un regalo de Dios, un don que el creyente puede disfrutar ahora mismo. El cristiano no tiene por que estar en tinieblas con respecto a la salvación, respecto a si es real o no. Él o ella pueden disfrutar de ese regalo permanente e irrevocable, desde el momento que sus ojos se abren al hecho de que Dios les ama y envió a su Hijo a morir para que pudieran tener nueva vida.

“De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida” (Jn. 5:24).

“El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida. Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios” (1 Jn. 5:12, 13).

Si la salvación no fuera una posesión presente, el servicio que hacemos hoy para el Señor no tendría valor alguno. Pablo nunca se hubiera atrevido a hacer el reclamo de que era siervo del Señor Jesucristo, sin haber estado disfrutando del poder que acompaña la salvación. La salvación debe anteceder al servicio. Si no pudiéramos servir al Señor, entonces no tendría sentido que el Salvador nos hubiera ordenado que lo hiciéramos. La salvación es algo que nos pertenece ahora mismo, es presente y permanente para nosotros por la gracia de Dios. Note en los siguientes versículos cómo se habla siempre de la salvación en el tiempo presente:

“Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida” (1 Jn. 5:11, 12).

“El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Jn. 3:36).

“De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida” (Jn. 5:24).

“De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna. Yo soy el pan de vida” (Jn. 6:47, 48).

Muchos han vivido con una idea equivocada respecto a la salvación. Han estado confiando en las bondades que hacen a diario, esperando que esto apacigüe la ira de Dios contra sus pecados. La Biblia es muy clara, no importa si pensamos que somos buenos, ante los ojos de Dios nadie es bueno. Como dice su Palabra: “Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Ro. 3:10-12).

No hay ninguna persona que pueda medir el criterio de santidad de Dios, un estándar que es necesario para entrar al cielo: “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Ro. 3:23). Dios nos hace esta advertencia: “Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento” (Is. 64:6). Lo que es peor, como hemos pecado, la Biblia dice en Romanos 6:23: “Porque la paga del pecado es muerte...” El único camino de escape es a través del Señor Jesucristo.

Cuando el carcelero de Filipos desesperado les preguntó a Pablo y a Silas: “Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo? Ellos dijeron: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa” (Hch. 16:30, 31). El Señor Jesucristo es la única respuesta para el problema del pecado: “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hch. 4:12). Para que nuestros pecados puedan ser perdonados, debemos arrepentirnos y pedirle al Señor Jesucristo que sea nuestro Salvador. No hay otra forma. Él dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Jn. 14:6).

Permaneciendo en contraste con la salvación del creyente, están las recompensas. Al examinar cuidadosamente el carácter de nuestras recompensas en oposición con el carácter de nuestra salvación, podemos ver fácilmente una aguda distinción. El sumario del carácter de las recompensas es como sigue.

1. Las recompensas serán otorgadas a los santos

En el Nuevo Testamento la palabra “santo” siempre se refiere a los creyentes que han sido apartados para el servicio de Dios. A diferencia de la salvación, que se aplica a las vidas de los pecadores, las recompensas les serán entregadas a los santos en el tribunal de Cristo. Estas recompensas sólo están reservadas para los santos. Los no regenerados, esos que nunca recibieron al Señor Jesucristo como su salvador, no participarán en este juicio.

Así como una persona no puede recibir un cheque de pago hasta que no es empleado legal de una compañía, tampoco nadie puede recibir las recompensas divinas si no es siervo de Dios. El apóstol Pablo frecuentemente comparó la vida cristiana con la carrera de un atleta. El corredor no puede recibir el premio en la meta final, a menos que primero entre a la pista de carrera y se disponga a participar en la competencia. Asimismo, una persona no puede esperar las recompensas de Dios por un servicio fiel, a menos que entre en el camino correcto y de hecho viva la vida de un siervo fiel. Dado que sólo Dios por su gracia es capaz de hacer un atleta de cada uno de nosotros y que no hay premio alguno para quienes no se encuentran en el sendero verdadero, las recompensas sólo están reservadas y les serán otorgadas a los santos, a esos lavados y limpios por la sangre del Cordero, el Señor Jesucristo:

“¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis” (1 Co. 9:24).

“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Ef. 2:8-10).

“Bienaventurados seréis cuando los hombres os aborrezcan, y cuando os aparten de sí, y os vituperen, y desechen vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del Hombre. Gozaos en aquel día, y alegraos, porque he aquí vuestro galardón es grande en los cielos; porque así hacían sus padres con los profetas” (Lc. 6:22-23).

2. Las recompensas son proporcionales al servicio

La Biblia habla sólo de dos clases de personas. No se trata de blancos y negros, ricos y pobres o morales e inmorales. Los dos grupos son los salvos y los perdidos, es decir, los que conocen y han recibido al Hijo de Dios como su Señor y salvador, y quienes no lo tienen: “El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida” (1 Jn. 5:12). Vemos entonces que no hay grados entre los que han sido salvos del pecado, o somos maravillosa y completamente salvos o estamos total y desesperadamente perdidos.

A diferencia de la salvación, hay varios grados de recompensas. Algunos recibirán grandes galardones, otros no. Unos obtendrán recompensas completas, otros no. Lo que determinará lo que reciba el creyente, si un galardón grande o pequeño, completo o parcial, es la calidad y cantidad del servicio para el Señor. En contraste con la salvación, la recompensa del cristiano será proporcional a su servicio aceptable, incluso el Señor Jesucristo con mucha frecuencia habló del pago en relación con la labor. Después de hacerlo, usualmente aconsejó a sus discípulos a trabajar en busca de una gran recompensa. Juan dijo: “Mirad por vosotros mismos, para que no perdáis el fruto de vuestro trabajo, sino que recibáis galardón completo” (2 Jn. 8). Pablo por su parte dijo: “Alejandro el calderero me ha causado muchos males; el Señor le pague conforme a sus hechos” (2 Ti. 4:14).

Una y otra vez el Señor Jesucristo le dijo a sus discípulos: “Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos...” (Mt. 5:12). Si se pueden usar adjetivos como completo, grande, etc. para describir las recompensas, esto quiere decir que no todas serán iguales. Los galardones serán otorgados como paga por el Señor, y ese pago será proporcional al servicio que hagamos para él:

“Y el que planta y el que riega son una misma cosa; aunque cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor” (1 Co. 3:8).

“Aquel siervo que conociendo la voluntad de su señor, no se preparó, ni hizo conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes. Mas el que sin conocerla hizo cosas dignas de azotes, será azotado poco; porque a todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará; y al que mucho se le haya confiado, más se le pedirá” (Lc. 12:47, 48).

“Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo” (2 Co. 5:10).

“Pues la Escritura dice: No pondrás bozal al buey que trilla; y: Digno es el obrero de su salario” (1 Ti. 5:18).

“Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras” (Mt. 16:27).

3. Las recompensas son un pago por gracia

La Biblia enseña que somos salvos por gracia mediante la fe, ¡sin nada! Esto quiere decir que somos salvos por gracia, sin obras. No obstante, después que hemos sido regenerados por Cristo, debemos practicar las buenas obras: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Ef. 2:8-10).

Es el propio Dios quien otorga las recompensas sobre la base del servicio fiel que ha rendido el creyente después de ser salvo. Eso quiere decir que sólo los cristianos recibirán recompensas. Los galardones es un salario que se paga por la labor de amor realizada. Si no se hace nada por el amor de Cristo, no se recibe nada.

Además, hay que tener bien claro, que incluso hasta las recompensas que ganamos son otorgadas por la gracia de Dios. La parábola de los obreros indica que Dios siempre es justo con sus siervos: “Porque el reino de los cielos es semejante a un hombre, padre de familia, que salió por la mañana a contratar obreros para su viña. Y habiendo convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. Saliendo cerca de la hora tercera del día, vio a otros que estaban en la plaza desocupados; y les dijo: Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo. Y ellos fueron. Salió otra vez cerca de las horas sexta y novena, e hizo lo mismo. Y saliendo cerca de la hora undécima, halló a otros que estaban desocupados; y les dijo: ¿Por qué estáis aquí todo el día desocupados? Le dijeron: Porque nadie nos ha contratado. Él les dijo: Id también vosotros a la viña, y recibiréis lo que sea justo. Cuando llegó la noche, el señor de la viña dijo a su mayordomo: Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando desde los postreros hasta los primeros. Y al venir los que habían ido cerca de la hora undécima, recibieron cada uno un denario. Al venir también los primeros, pensaron que habían de recibir más; pero también ellos recibieron cada uno un denario. Y al recibirlo, murmuraban contra el padre de familia, diciendo: Estos postreros han trabajado una sola hora, y los has hecho iguales a nosotros, que hemos soportado la carga y el calor del día. Él, respondiendo, dijo a uno de ellos: Amigo, no te hago agravio; ¿no conviniste conmigo en un denario? Toma lo que es tuyo, y vete; pero quiero dar a este postrero, como a ti. ¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? ¿O tienes tú envidia, porque yo soy bueno? Así, los primeros serán postreros, y los postreros, primeros; porque muchos son llamados, mas pocos escogidos” (Mt. 20:1-16).

El Señor no da menos que lo justo, y el siervo no tiene derecho alguno para reclamar nada. Se debe realizar su trabajo, “no con tristeza, ni por necesidad”, sino con amor, confiando en que Dios será fiel en recompensarnos. Nunca debemos hacer comparaciones con esos otros que trabajan a nuestro alrededor, porque Dios otorga los galardones por su gracia, no por obligación.

Aunque hayamos ganado las recompensas por servicio, hayamos sido siervos fieles y trabajado duro, eso es lo que se espera de nosotros. Hemos sido salvos para servir a nuestro amo, el Señor Jesucristo. Es sólo por la gracia infinita de Dios que tenemos capacidad para realizar cualquier servicio aceptable, pero la gloria es suya, asimismo el salario. Él tuvo la misericordia de hacer de nosotros vasos de honra, aptos para el servicio, además de recompensarnos por lo que hizo por medio nuestro. Somos instrumentos de su obra, pero es él quien obra. Se nos recompensa por ser instrumentos listos y dispuestos. Nuestros galardones entonces son un salario por gracia, que percibimos por nuestra disposición para ser usados. El hombre sólo recibe la salvación, pero a diferencia, participa activamente para ganar los galardones.

“Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (2 Ti. 4:6-8).

“He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra” (Ap. 22:12).

“Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras” (Mateo 16:27).

“¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis. Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible” (1 Co. 9:24, 25).

4. Las recompensas son una posesión futura

En contraste con la salvación, la cual según la Biblia disfrutamos ahora, las recompensas son estrictamente un logro del futuro. Hoy luchamos por los galardones, ya que será el salario que recibiremos por un servicio fiel. Sería absurdo esperar paga por un trabajo que no se ha hecho. Es obvio que la remuneración por un servicio completo, no se otorga hasta tanto no se completa el mismo. De tal manera que la recompensa por lo que podamos hacer hoy, la recibiremos en el futuro, cuando estemos en el hogar celestial.

Tal vez hay una buena razón para que no percibamos las recompensas ahora. Quizá todavía no seamos capaces de apreciarlas. Algunos de los galardones, por su propia naturaleza, no los podemos recibir hasta tanto no estemos a salvo en los brazos del Señor. Ahora, esto no quiere decir que actualmente no podemos disfrutar de bendiciones por servir fielmente al Maestro. Sí, nos gozamos, pero sólo son bendiciones temporales, no recompensas eternas, hay una gran diferencia. Es satisfactorio saber que estamos haciendo la voluntad de Dios. Este conocimiento trae gran alivio y bendición, pero no se compara con el gozo de escuchar que el propio Señor nos dice: “Bien, buen siervo y fiel”.

Podemos pensar en nuestras recompensas celestiales, anticiparlas, pero sólo las disfrutaremos cuando estemos ante el Señor Jesucristo. Es el amor por él, la anticipación de estas recompensas y el deseo de verlo, lo que hace que creamos que todo valdrá la pena. Note que Pablo habla de recompensas como un logro futuro:

“Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa” (1 Co. 3:14).

“He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (2 Ti. 4:7, 8).

• Nuestro Señor asimismo se refiere a estas recompensas como algo futuro: “Y serás bienaventurado; porque ellos no te pueden recompensar, pero te será recompensado en la resurrección de los justos” (Lc. 14:14).

“Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras” (Mt. 16:27).

En resumen, hay un profundo abismo entre el significado de la salvación y el de las recompensas, para nada son lo mismo. La salvación es para los pecadores y las recompensas para los santos. La salvación es idéntica para todos los que por fe reciben al Señor Jesucristo como Señor y salvador, mientras que las recompensas les serán otorgadas a los cristianos por una vida de servicio. La salvación es un regalo por gracia que le otorga Dios a los perdidos, los galardones son un pago que le adjudica a los creyentes por su gracia, por permitir que obrara a través nuestro. La salvación la tenemos ahora, para disfrutarla por la eternidad. Las recompensas las recibiremos cuando ganemos la carrera y estemos en la presencia de nuestro gran Señor, Dios mismo.

Si es uno de los que espera que en el día del juicio sus recompensas o buenas obras pesen más que sus pecados, tengo muy malas noticias para usted. No tendrá nada para pesar. Sólo el siervo puede ganar una recompensa, y hasta que no se arrepienta de sus pecados y le implore al Señor Jesucristo que lo salve, no podrá convertirse en un siervo. A todos los que no son siervos del Señor, el consejo es: “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida” (Jn. 5:24).

La sala de justicia

El matrimonio cristiano es uno los eventos más sagrados y bendecidos que se nos permite presenciar. El tema del matrimonio adorna las páginas de la Santa Palabra de Dios, de la misma forma como el vestido engalana a la novia. Uno de los pronunciamientos más antiguos de Dios fue: “No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él... Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (Gn. 2:18, 24). No obstante, el matrimonio cristiano es apenas una fracción de la grandeza y magnificencia del evento que presagia. Muchos pasajes en el Nuevo Testamento comparan la relación entre Cristo y su iglesia con la del esposo y su esposa:

“Porque os celo con celo de Dios; pues os he desposado con un solo esposo, para presentaros como una virgen pura a Cristo” (2 Co. 11:2).

“Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha. Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama. Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia, porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos. Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne” (Ef. 5:25-31)

“Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado. Y a ella se le ha concedido que se vista de lino fino, limpio y resplandeciente; porque el lino fino es las acciones justas de los santos” (Ap. 19:7, 8).

Se describe a la Iglesia como una desposada ansiosa esperando el regreso de su esposo quien se ha ido. El esposo está bien ocupado preparando un lugar confortable para su esposa. Le ha prometido que regresará, y ella lo espera confiada. Mientras tanto, también está preparándose. Su compromiso está confirmado y la boda es segura, está agradecida, le ama y es fiel. ¿No le parece que esto es una semblanza perfecta de la Iglesia? Esperamos el regreso del Señor, sabiendo que nuestro matrimonio con él está sellado por el Espíritu Santo, y es una certeza porque nos dio su Palabra:

“En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria” (Ef. 1:13, 14).

“Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios” (1 Jn. 5:13).

Nosotros permanecemos firmes en su amor porque él nos sostiene, sabiendo que somos receptores inútiles de su elección. Estamos agradecidos con él porque, “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Co. 5:21).

Poco después del retorno del Señor Jesucristo para llevarse consigo a su esposa, tendrá lugar la boda, cuyo esplendor excederá a todos los matrimonios previos combinados. Será la reunión y boda de Cristo y su esposa la iglesia. La salvación por la cual murió el Señor Jesucristo se completará cuando estemos unidos con él para siempre.

Sin embargo, hay un evento que precederá el matrimonio de Cristo con su iglesia. Es la preparación final de la propia esposa. Hay un dicho muy viejo que dice que todas las novias son hermosas. Esto es parcialmente cierto, debido al vestido que viste la desposada antes de la ceremonia. El atuendo tradicionalmente es blanco y diáfano. Las ropas que llevaba puestas son colocadas a un lado, sólo una vestidura apropiada la adorna.

La Biblia habla más o menos en la misma forma de la iglesia, la esposa de Cristo: “Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado. Y a ella se le ha concedido que se vista de lino fino, limpio y resplandeciente; porque el lino fino es las acciones justas de los santos” (Ap. 19:7, 8).

Cuando la esposa se presente ante su esposo en las bodas del Cordero, estará vestida con ropas limpias, blancas, de lino fino. Todo lo impuro o inapropiado será removido, sólo lo puro y verdadero permanecerá.

El hecho de que la iglesia es la esposa de Cristo, indica que cada uno de sus miembros ha experimentado el nuevo nacimiento por el Espíritu de Dios. El Señor Jesucristo nunca se uniría a una esposa no regenerada, sólo lo hará con esos que han nacido de agua y por su sangre.

“Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta” (He. 13:12).

“Y de Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén. He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá, y los que le traspasaron; y todos los linajes de la tierra harán lamentación por él. Sí, amén” (Ap. 1:5-7).

De tal manera que cuando la Biblia dice que “su esposa se ha preparado”, no se refiere a salvación. Lo que indica es que ha trabajado por las vestiduras que lleva puestas. Son las ropas del servicio, no de la salvación. Es el vestido que debe usar, no para entrar en el cielo, sino porque ya ha entrado al cielo. Su vestido de lino fino, blanco, limpio y resplandeciente, son la “justicia de los santos”. No obstante, no todo el servicio rendido por los santos será encontrado apto, de la misma manera no todos los vestidos en el vestuario de la esposa serán aptos para este día tan anticipado. De tal manera que previo a la boda, tendrá lugar un evento en el cual le dirán a la esposa qué será lo apropiado para que se ponga, cuáles son las vestiduras de justicia y cuáles no, qué servicio hecho para el Señor es aceptable y cuál no es. La esposa estará cubierta con las obras de servicio aceptables, las cuales ha hecho para su Esposo. Todo lo que no sea idóneo será desechado como indigno.

Entre el rapto de la Iglesia, cuando seamos arrebatados por nuestro Señor Jesucristo en el aire y las bodas del Cordero, habrá un período durante el cual se juzgará la vida y servicio de la esposa, en el Tribunal de Cristo.

Los juicios de los creyentes

A lo largo de nuestras vidas cristianas, los creyentes estamos involucrados en tres juicios distintos. En cada uno de los cuales se nos juzga como personas en una categoría diferente.

1. Como pecadores somos juzgados en la cruz del Calvario

Sin mérito alguno de nuestra parte, somos absueltos de la pena del pecado, porque el castigo que teníamos que pagar lo expió otro, alguien que no había cometido pecado. El Señor Jesucristo fue juzgado en lugar nuestro y gracias a Él somos justificados ante los ojos de un Dios santo:• “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros... Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne” (Ro. 5:8; 8:3).• “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Co. 5:21).• “Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados” (1 P. 2:24).

Gracias al Hijo de Dios, nuestro juicio por el pecado quedó atrás, Él también nos justificó gratuitamente por su gracia, por esta razón nunca seremos juzgados ni divinamente condenados por nuestro pecado:• “Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira. Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida... Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu... Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó. ¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros” (Ro. 5:9, 10; 8:1, 30-34).• El Hijo de Dios no sólo nos libró del castigo de nuestro propio pecado, sino que también nos preserva de la ira venidera: “...a Jesús, quien nos libra de la ira venidera... Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Ts. 1:10; 5:9).• Somos libres para siempre del castigo que merecemos por nuestros pecados, el cual es muerte: “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Ro. 6:23).

2. Como hijos de Dios somos juzgados constantemente

Cuando experimentamos el nuevo nacimiento y nacemos en la familia de Dios, comenzamos a disfrutar de ciertos derechos. Tenemos al Señor Jesucristo como nuestro Abogado Defensor, como Intercesor, Esperanza, Salvador y Mediador. También tenemos al Espíritu Santo como un Compañero constante, Amigo siempre presente, Consolador, Maestro y Guía. Asimismo a Dios el Padre como nuestro Padre celestial, con todos los derechos y privilegios que acompañan esta relación única. Tenemos que amar a Dios, honrarlo, asirnos a lo que es bueno y aborrecer lo malo. Como hijos de Dios, somos juzgados constantemente en esta tierra por nuestras acciones y pensamientos hacia él y otros. Este castigo correctivo nos mantiene en el sendero correcto, y nos hace más parecidos al Maestro, el Señor Jesucristo:

“Y habéis ya olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige, diciendo: Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por él; porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo. Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos. Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos? Y aquéllos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad. Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados” (He. 12:5-11).

“Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa. Porque el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí. Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen. Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados; mas siendo juzgados, somos castigados por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo” (1 Co. 11:28-32).

3. Como creyentes somos lavados y limpiados en la sangre de Jesús, y en el tribunal de Cristo seremos juzgados como siervos del Señor

Este juicio final no tiene nada ver con la salvación o destino, porque eso fue determinado ya por nuestra respuesta al evangelio. Como dijo el Señor Jesucristo: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él... De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida” (Jn. 3:36; 5:24).

Este juicio tiene que ver con el servicio y exige atención en nuestro estudio de las recompensas de los creyentes. Con respecto a la escena en la sala de justicia, en el tribunal de Cristo, es importante considerar su tiempo y lugar, las personas que son juzgadas, el Juez y el propio tribunal. Vamos entonces a entrar a la sala de justicia.

El tribunal de Cristo

Uno bien puede preguntar, ¿qué es el tribunal de Cristo? Hay dos palabras en el Nuevo Testamento que se traducen como “tribunal”. La primera se encuentra en Santiago 2:6 y la segunda en 1 Corintios 6:2-4, es el vocablo griego criterion, que significa: «la regla por la cual se juzga, o el lugar donde se pronuncia el juicio». La segunda es bema: «la tarima o plataforma de estrado desde la cual los jueces impartían su veredicto en los antiguos estadios griegos». Esta plataforma elevada a la que se ascendía por escalones, era también la tribuna o el sitio oficial desde el cual juzgaban tanto a griegos como a romanos. Fue en el bema localizado en la ciudad capital de Cesarea, en donde Herodes Agripa se sentó cuando se dirigió a los ciudadanos de Tiro y Sidón (Hechos 12:20, 21).

El bema era generalmente una plataforma elevada edificada en un lugar público. Esto permitía que todas las personas pudieran escuchar los resultados de los juicios. Sobre este lugar leemos en la Escritura:

“Entonces Pilato, oyendo esto, llevó fuera a Jesús, y se sentó en el tribunal en el lugar llamado el Enlosado, y en hebreo Gabata” (Jn. 19:13).

“Pero siendo Galión procónsul de Acaya, los judíos se levantaron de común acuerdo contra Pablo, y le llevaron al tribunal” (Hch. 18:12). Esta última referencia registra, que cuando Pablo fue llevado ante el tribunal, el cargo contra el apóstol era que “...persuade a los hombres a honrar a Dios contra la ley” (Hch. 18:13).

El bema también era la antigua plataforma elevada en los juegos en Atenas, Grecia, en donde se sentaba el árbitro o juez. Desde allí observaba las competencias. Cuando se decidía quién era el ganador, el atleta victorioso se acercaba al bema y allí era recompensado. Éste no era el banco judicial de condenación. Allí no se determinaba quién era el ganador, sino que la competencia se ganaba en el campo de juego. Sólo los ganadores se paraban delante del juez y allí se les alababa, dependiendo de cuán grande había sido su victoria o batalla decisiva, y se les otorgaba diversos tipos de galardones.

Las palabras de advertencia de Pablo cuando describe el tribunal de Cristo, se basaron en su conocimiento de los bemas en Cesarea, Corinto, Atenas, etc. Había una correlación natural entre ellos. En el bema celestial no se decidirá nuestra culpa o inocencia. Ese asunto, como ya explicara, fue determinado hace mucho tiempo en la cruz del Calvario, cuando el Señor Jesucristo expió por nuestros pecados con su propia sangre. En el tribunal de Cristo no se resolverá si somos salvos o perdidos, sino que se juzgará el mérito verdadero de nuestro desempeño por el Señor. Como contendientes de la fe somos íntimamente escudriñados durante nuestra vida de servicio, y un día el Juez nos recompensará y nos otorgará los laureles que ganamos en la arena de la fe. Los atletas griegos eran laureados, no por ser atletas, ya que todos los que entraban en la arena ya lo eran, sino por su actuación en la competencia. De la misma manera, los creyentes también seremos galardonados por nuestro desempeño como siervos de Dios. El tribunal de Cristo se menciona por nombre sólo dos veces en el Nuevo Testamento:

“Pero tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? O tú también, ¿por qué menosprecias a tu hermano? Porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo” (Ro. 14:10).

“Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo” (2 Co. 5:10).

Con este bema está asociado la prominencia, el honor, autoridad, declaración y recompensa, exactamente como con cualquier otro bema. Sin embargo, es mucho más prominente y honorable que esos en Cesarea y Corinto, porque es el bema de Cristo el Señor. La mayor diferencia entre el bema celestial y las otras plataformas elevadas, es la peculiaridad de quienes serán juzgados y la preeminencia del Juez.

¿Quiénes serán los juzgados?

El Nuevo Testamento usa el término “Iglesia” para referirse al cuerpo de hombres y mujeres que reconocieron su condición pecaminosa, se arrepintieron de sus pecados, reconocieron el sacrificio del Señor Jesucristo en el Calvario como el pago por su maldad y le recibieron como Señor y Salvador. Todo esto confiando en la promesa de Dios: “Que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación... Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Ro. 10:9, 10, 13).

De tal manera, “Iglesia” como se usa aquí, obviamente no se refiere a un edificio sagrado, una denominación o grupo religioso en general. Sólo alude a esos que han recibido a Jesús como su Salvador, sin tener en cuenta dónde se encuentran o a qué denominación pertenecen. No todos los que aseguran ser cristianos, en realidad son propiedad de Cristo comprados del pecado por su sangre preciosa. Muchos tienen la idea errónea que si no son judíos, musulmanes, budistas o ateos, automáticamente caen en la categoría de cristianos. Pero la Biblia dice que los cristianos, esos incluidos en la iglesia de Cristo, son sólo los salvos del pecado, separados para vivir una existencia que place a Dios.

La relación entre la Iglesia y Jesucristo es de bienaventuranza. Entre Cristo y su iglesia existe unidad que es sin paralelo en la historia. La Iglesia es un cuerpo de creyentes, y Cristo es su cabeza, como dicen estas Escrituras:

“Y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia... Porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador” (Ef. 1:22; 5:23).

“Y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia” (Col. 1:18).• La Iglesia es un edificio incorpóreo del cual Cristo es el fundamento y la piedra angular: “Porque nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios” (1 Co. 3:9).

“Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu” (Ef. 2:19-22).

• La Iglesia es como una rama y para poder sobrevivir debe estar arraigada en Cristo, la vid, así lo dijo él mismo: “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer” (Jn. 15:5).• La Escritura también nos dice que la Iglesia es la esposa y Cristo el esposo: “Pero quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo” (1 Co. 11:3).

“Porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador” (Ef. 5:23). Con esta asociación y unidad íntima, es sólo natural esperar que Cristo y su Iglesia moren unidos.

Sin embargo, éste no es el caso en la actualidad, pero esto no significa que Cristo ya no ama a esos por quienes murió, sino por el contrario, nos ama tanto que ahora mismo está preparando un lugar para nosotros. Su promesa es: “Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Jn. 14:3). Cuando venga por nosotros, moraremos con él por la eternidad. Este evento, que conocemos comúnmente como el rapto de la Iglesia, antecederá al juicio ante el tribunal de Cristo. Primero seremos arrebatados al cielo y luego compareceremos ante el Señor en el bema, en donde seremos recompensados por nuestro servicio.

Ya que no podemos presentarnos ante el tribunal de Cristo a menos que seamos siervos de Dios, y dado que no podemos ser siervos de Dios si no hemos sido salvos del pecado por el Señor, entonces sólo los salvos estarán delante del Juez en el bema celestial. En estas porciones de la Escritura que tratan con el tribunal de Cristo, se menciona con gran frecuencia al verbo en la primera persona. Por ejemplo en los primeros 10 versículos, del capítulo 5 de 2 Corintios, se usa la primera persona en plural, no menos de 17 veces: “Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos. Y por esto también gemimos, deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial; pues así seremos hallados vestidos, y no desnudos. Porque asimismo los que estamos en este tabernáculo gemimos con angustia; porque no quisiéramos ser desnudados, sino revestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida. Mas el que nos hizo para esto mismo es Dios, quien nos ha dado las arras del Espíritu. Así que vivimos confiados siempre, y sabiendo que entre tanto que estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor (porque por fe andamos, no por vista); pero confiamos, y más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor. Por tanto procuramos también, o ausentes o presentes, serle agradables. Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo” (2 Co. 5:1-10).

Pablo dirige esta carta “...a la iglesia de Dios que está en Corinto, con todos los santos que están en toda Acaya” (2 Co. 1:1). Ambas palabras “iglesia” y “santos” son términos reservados a esos lavados y limpios en la sangre del Cordero, el Señor Jesús. Cuando Pablo se refiere a “nosotros” en el capítulo 5, está hablando no del mundo entero, sino de los cristianos a quienes dirige la carta. Así sea que estuvieren en Corinto en el primer siglo, o en cualquier pueblo en este siglo, es el cristiano quien un día comparecerá ante el tribunal de Cristo. El mundo no tendrá participación de ninguna clase, como tampoco se paraba en el bema en el antiguo Corinto implorando una corona, alguien que no era atleta.

Pero... ¿Qué con respecto a esos que han rechazado a Cristo? ¿Acaso no serán juzgados? Sí, pero no comparecerán ante el Juez en este bema celestial. Ellos se presentarán ante él en la corte judicial del gran trono blanco, retratada proféticamente en Apocalipsis 20:11-15. Pablo de ninguna manera pudo haber incluido a los no regenerados en el capitulo 5 de 2 Corintios. De acuerdo con el versículo 1, los no regenerados no tienen “de Dios un edificio”; tampoco poseen “las arras del Espíritu” de que habla el versículo 5; no andan “por fe”, como dice el versículo 7; no tienen la esperanza de estar “presentes al Señor” a su muerte, como declara el versículo 8; su labor no es “agradable” para Dios y subsecuentemente no comparecerán ante el tribunal de Cristo.

Es evidente que quienes serán juzgados en el bema de Cristo son los que por medio de la gracia inmerecida de Dios han recibido nueva vida en Cristo. Éste será el juicio de la Iglesia, no de la humanidad en general o del mundo. Sólo esos capacitados podrán encontrarse allí y la única forma para calificar es mediante la muerte de Jesús en favor nuestro. Seremos juzgados por las cosas que hicimos en el cuerpo, sean buenas o malas. No se nos juzgará como pecadores, sino como siervos. En el tribunal de Cristo estaremos como siervos del Dios vivo.

¿Quién es el Juez?

Los jueces generalmente son oficiales elegidos o nombrados. Los requisitos para este alto oficio exceden las simples consideraciones partidistas. A la mayoría no le preocupa mucho a qué afiliación política pertenece el candidato, sino que lo principal es que sea el mejor hombre, que tenga buen juicio y lo más importante, que sea una persona íntegra. Los jueces deben ser hombres de calibre, con alta fibra moral y un carácter incuestionable. Deben ser compasivos y sensible a las necesidades de esos que juzgan.

Estas características estaban bien claras en las mentes de los judíos de la antigüedad cuando elegían a un hombre para el Sanedrín, la corte suprema del judaísmo. Una de las estipulaciones era que fuese casado y posiblemente hasta padre con hijos. Consideraban que esto los capacitaba para tratar mejor a sus semejantes y administrar la justicia con misericordia. Hoy en día, un buen juez es uno cuyo buen carácter le permita sentir amor y compasión cuando administra la justicia. No puede dejar de impartir el castigo merecido, pero tampoco puede usar severidad irrazonable cuando impone la pena.

Si esos son los requerimientos que debe reunir un buen juez en nuestra sociedad, ¿cuánto más no se requerirá del Juez que se sentará en el tribunal de Cristo? El Juez sentado en el bema celestial debe ser alguien con integridad y santidad absoluta, alguien que esté bien al corriente de las pruebas que enfrentan los hombres.

Ese Juez sólo puede ser Dios, garantizando así que la entrega de las recompensas será algo completamente honorable. De igual manera, debe ser un hombre, a fin de sentir simpatía y comprensión por los problemas de los seres humanos para servir a su Amo. Esto significa que el Juez perfecto tiene que ser Dios y hombre. Eso es exactamente lo que es el Señor Jesucristo: Dios y Hombre perfecto. En conformidad con el programa sublime de Dios, el Juez en el tribunal, será verdaderamente el Señor Jesucristo. El Señor Jesús, quien es Dios en la carne, ciertamente hará un juicio santo y honesto al otorgar las recompensas por el servicio, porque su esencia es la honestidad y santidad: • “Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos” (He. 7:26).

• Como hombre, Jesús conoce a los seres humanos, tal como así lo ratifica este versículo: “Pero Jesús mismo no se fiaba de ellos, porque conocía a todos, y no tenía necesidad de que nadie le diese testimonio del hombre, pues él sabía lo que había en el hombre” (Jn. 2:24, 25).

• Como humano fue tentado, pero no pecó: “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (He. 4:15). Se compadece y entiende los problemas que tenemos que enfrentar para vivir una vida que agrade a Dios.

El bema celestial es el tribunal de Cristo, y no hay duda alguna de quién será el Juez. Hay un buen número de referencias adicionales a Jesús como Juez. Al meditar en el tiempo de su partida, en 2 Timoteo 4:8 Pablo se refiere a “la corona de justicia, la cual le dará el Señor, juez justo”. Pedro dice que a Jesús “...Dios lo ha puesto por Juez de vivos y muertos” (Hch. 10:42). Lucas registró en Hechos 17:31 que Dios “ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos”.

Como ya hemos notado, el único hombre calificado para ser tal Juez es el Señor Jesucristo. Este versículo de la Escritura apoya esta conclusión: “Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo” (Jn. 5:22). Por lo tanto, es evidente que en el tribunal de Cristo seremos tratados con justicia. Debido a la justicia e integridad del Juez en el bema, el Señor Jesucristo, si nuestras obras son encontradas aceptables se nos otorgarán recompensas.

¿Cuándo será el juicio?

Ya hemos notado que el juicio ante el tribunal de Cristo, antecederá a la cena de las bodas del Cordero. La esposa estará adornada con lino blanco, fino y resplandeciente que son las justicias de los santos. Esto significa que estaremos vestidos con las obras de servicio para el Señor, que Dios por su gracia nos permita hacer. Es también obvio que este juicio tendrá lugar después del rapto de la Iglesia, cuando “...el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor” (1 Ts. 4:16, 17).

En este mismo momento, el Señor no está juzgando el servicio de esos que llegan ante Él al morir. De acuerdo con lo que dice la Escritura, el Señor Jesucristo ahora mismo ejerce sus funciones de Intercesor, no de Juez: “Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (He. 7:25). “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Ti. 2:5). Él no ha entrado todavía a la sala de justicia ni ha ascendido los escalones del bema. No lo hará hasta que no haya recogido a esos cuyas obras juzgará.

Más imponente es aún la lista de referencias del Nuevo Testamento que indican que las recompensas no serán entregadas sino hasta después del retorno del Señor. Se habla de las recompensas de los santos en asociación con ese día, el cual se refiere al glorioso día en que seremos recogidos en los brazos de Cristo:

“Así que, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones; y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios” (1 Co. 4:5).

“Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (2 Ti. 4:8).

“He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra” (Ap. 22:12).

Es evidente que las recompensas no son una posesión presente, tampoco son otorgadas a la muerte del creyente. Sólo serán adjudicadas después que los siervos sean juzgados, y eso será en el tribunal de Cristo. En los versículos arriba citados, el énfasis es siempre en el futuro, el día en que vendrá el Señor. Considere también los siguientes pasajes:

“Después de mucho tiempo vino el señor de aquellos siervos, y arregló cuentas con ellos” (Mt. 25:19).• “...pero te será recompensado en la resurrección de los justos” (Lc. 14:14b).

“Asidos de la palabra de vida, para que en el día de Cristo yo pueda gloriarme de que no he corrido en vano, ni en vano he trabajado” (Fil. 2:16).• “Porque ¿cuál es nuestra esperanza, o gozo, o corona de que me gloríe? ¿No lo sois vosotros, delante de nuestro Señor Jesucristo, en su venida?” (1 Ts. 2:19).

Cuando el Señor Jesucristo venga, entonces seremos juzgados y recompensados. Ahora mismo decimos que todo valdrá la pena cuando veamos a Cristo, pero en ese día confirmaremos esto. Ahora, estamos aguardando su venida, tal como una esposa espera ansiosa la llegada de su futuro esposo. El juicio ocurrirá casi inmediatamente después del rapto, porque la ceremonia matrimonial tiene lugar poco después de la llegada del esposo. Los eventos del rapto y del bema sucederán en un corto período de tiempo. No habrá una espera ansiosa para el juicio. El esposo estará allí y nosotros nos encontraremos cubiertos con las vestiduras blancas de servicio que hayan resistido la prueba del fuego.

¿Dónde será el juicio?

Así como el tiempo del juicio ante el tribunal de Cristo, no puede ser otro, más que el que sigue inmediatamente después del rapto y antes de la cena de las bodas del Cordero, de la misma manera el lugar del juicio no puede ser otro que el cielo. 1 Tesalonicenses 4:13-18 describe el rapto de la Iglesia e indica que “...seremos arrebatados... en las nubes para recibir al Señor en el aire...” Además, 2 Corintios 5:1-8 retrata la valentía que debemos tener en la muerte, porque sabemos “...que entre tanto que estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor”. Y como Pablo, “...quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor”.

La muerte para el creyente significa estar en la presencia inmediata de Dios. Así sea que lleguemos ante él por la muerte o por el rapto, sin duda compareceremos ante su presencia en el bema, en donde será tanto Juez como Remunerador. Es obvio que este evento sucederá en el cielo, porque el juicio sólo puede celebrarse donde está el Juez y los que serán juzgados. La Biblia indica claramente que después de nuestro traslado desde la tierra, moraremos en el cielo, así lo afirmó el Señor Jesucristo: “No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Jn. 14:1-3).

Es un pensamiento impresionante a considerar, el hecho que las recompensas otorgadas en el tribunal de Cristo determinarán nuestra posesión y situación por la eternidad. Lo que es aún más increíble, es que el servicio que estamos llevando a cabo ahora para Dios será la base del juicio en el bema celestial. Esto hace que el trabajo que realizamos hoy para el Señor, sea lo más importante en nuestra vida. Hágamoslo ahora, porque “...La noche viene, cuando nadie puede trabajar” (Jn. 9:4b).

En la primera parte de este artículo hemos estado interesados en particular, en los participantes y el escenario de la sala de justicia celestial. Una vez estamos al tanto de que el Señor Jesucristo es el juez justo, y que como creyentes seremos los juzgados, es completamente natural que nuestro interés cambie al actual proceso en el bema de Cristo. Muchas de las parábolas del evangelio enseñan que en un día señalado el Señor requerirá que sus siervos rindan cuentas del servicio hecho para él:

“Por lo cual el reino de los cielos es semejante a un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos... Después de mucho tiempo vino el señor de aquellos siervos, y arregló cuentas con ellos” (Mt. 18:23, 25:19).

“Entonces le llamó, y le dijo: ¿Qué es esto que oigo acerca de ti? Da cuenta de tu mayordomía, porque ya no podrás más ser mayordomo” (Lc. 16:2).

Es importante explicar que la evaluación y el juicio ante el tribunal de Cristo es universal. Como ya mencionara, sólo los creyentes serán juzgados. De tal manera que la evaluación de las obras en el bema celestial es universal y exclusiva. Es universal para todos los que hayan experimentado el nuevo nacimiento por el Espíritu de Dios y exclusiva de todas las demás.

Romanos 14:10-12 declara: “Pero tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? O tú también, ¿por qué menosprecias a tu hermano? Porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo. Porque escrito está: Vivo yo, dice el Señor, que ante mí se doblará toda rodilla, y toda lengua confesará a Dios. De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí”.

Para asegurarse de que todos comprendieran la universalidad de la evaluación de los cristianos, Pablo vuelve a decir: “Porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo... De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí”. Pablo no tenía duda alguna a este respecto. Así como los siervos en las parábolas que pronunciara el Señor Jesucristo tuvieron que presentarse ante sus amos, de la misma forma el creyente tendrá que acudir ante Dios y rendirle cuenta de su vida y obras. Si usted es cristiano, tendrá una cita divina ante el tribunal de Cristo.

Pablo se refiere a este mismo tema en 2 Corintios 5:9, 10: “Por tanto procuramos también, o ausentes o presentes, serle agradables. Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo”. Hablándole a los creyentes, Pablo dice: “Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo”, eso excluye a cualquiera que no le haya recibido como Salvador. Pero nosotros que somos propiedad de Cristo, porque le recibimos como nuestro Señor y salvador, estaremos allí. Todos los que hayan sido lavados y hechos limpios por la sangre del Cordero se presentarán ante él como Señor, y rendirán cuentas de su vida de servicio a Dios.

La evaluación es necesaria

El poeta y escritor de himnos William Cowper, escribió: «Dios se mueve en formas misteriosas, para llevar a cabo sus obras maravillosas». Sin embargo, esto no significa que es ilógico. El misterio de sus movimientos es un enigma sólo para nosotros. Tal vez no veamos completamente la lógica en que Dios salvara al hombre que se había rebelado en su contra, pero ciertamente podemos ver la ideología en nuestra separación y alejamiento de Dios. Una de las formas más básicas de lógica ilustra esto:

• Premisa mayor: Dios es santo y sólo puede morar en un medio santo: “Bienaventurado el varón a quien el Señor no inculpa de pecado” (Ro. 4:8).“Mira desde tu morada santa, desde el cielo...” (Dt. 26:15a).

• Premisa menor: El hombre es impío y sólo mora en un medio impío: “Como está escrito: No hay justo, ni aun uno... por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Ro. 3:10, 23). “Entonces dije: ¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos” (Is. 6:5).

• Conclusión: Dios y el hombre son enteramente opuestos y no pueden morar juntos: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Is. 55:8, 9). “Los cielos son los cielos de Jehová; y ha dado la tierra a los hijos de los hombres” (Sal. 115:16).

Todo esto es cierto, fue por eso que el Señor Jesucristo tuvo que venir para morir y expiar por nuestros pecados. Vino para santificar al impío ante los ojos de Dios, para hacer posible que un día lleguemos a conformarnos a la imagen de Dios y podamos morar con él, ya que por nuestro pecado quedamos separados de su santidad y presencia. El Señor Jesucristo vino para tender un puente entre el Dios santo y el hombre impío. Hizo posible que nosotros pudiéramos una vez más ser partícipes de la santidad de Dios: “Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Jn. 14:3). “Y aquéllos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad” (He. 12:10). ¡Cuán agradecidos debemos sentirnos!

Es gracias a la muerte de Jesús que podemos entrar a la morada de Dios, pero tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo, para que nuestra vida de servicio sea evaluada. Es posible que algunas de nuestras obras no sean santas o justas, porque los motivos que tuvimos para hacerlas no fueron puros. Incluso, tal vez nuestra vida como siervos no haya siempre sido lo que debería haber sido. Es por eso que se requiere que todas las obras impuras o injustas sean reveladas antes de que emprendamos la eternidad en la presencia de un Dios santo. Por lo tanto es razonable suponer:

• Premisa mayor: Un Dios santo sólo recompensará el servicio hecho en justicia y fe: “Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos” (Mt. 6:1). “Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” (He. 11:6).

• Premisa menor: No todo nuestro servicio para Dios lo hacemos en justicia y fe: “Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa... Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa... Cuando ayunéis, no seáis austeros, como los hipócritas; porque ellos demudan sus rostros para mostrar a los hombres que ayunan; de cierto os digo que ya tienen su recompensa” (Mt. 6:2, 5, 16).

• Conclusión: Un Dios santo no puede recompensar todo nuestro servicio: “Respondiendo su señor, le dijo: Siervo malo y negligente, sabías que siego donde no sembré, y que recojo donde no esparcí. Por tanto, debías haber dado mi dinero a los banqueros, y al venir yo, hubiera recibido lo que es mío con los intereses. Quitadle, pues, el talento, y dadlo al que tiene diez talentos” (Mt. 25:26-28).

Tal conclusión filosófica necesita un juicio, uno que eche fuera lo inaceptable, antes de que nuestro servicio justo pueda ser presentado delante de Dios. Como entraremos al cielo con una historia de servicio hecho tanto en la carne como en el Espíritu, es necesario que sea removido todo lo que se hizo en la carne, para preservar así la integridad de la labor realizada en el Espíritu. Este es el proceso por el que tendremos que pasar en el tribunal de Cristo.

La evaluación es visible

Además de ser universal y necesaria, la evaluación de nuestro servicio en el bema celestial, también será visible. Una vez más el versículo clave es 2 Corintios 5:10, que dice: “Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo...” El verbo principal es“comparezcamos”. Un estudiante de griego probablemente diría que es un aoristo, es decir que el verbo es un pretérito indefinido, pero sólo digamos que en esta palabra hay más de lo que se ve a primera vista. Por ejemplo, el verbo comparecer no significa simplemente «presentarse». No sólo estaremos presentes en el tribunal de Cristo, sino que esta expresión declara más exactamente «manifestarse» o «hacerse visible». Cuando nosotros como siervos comparezcamos delante del Señor, todo lo que fuimos quedará revelado. Como el verbo está en pasivo, eso implica que no nos descubriremos nosotros mismos, sino que Él nos revelará. Nuestra vida no sólo quedará al descubierto ante el Juez, sino ante nosotros mismos. De súbito, tal vez por primera vez, veremos verdaderamente cómo fue nuestra existencia de servicio.

En este versículo clave (2 Co. 5:10) tenemos una comprensión un poco más profunda hacia la evaluación real de nuestro trabajo. El versículo dice: “Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos”. Note, que no dice que nuestras obras y servicio serán presentados delante de Dios, sino que “nosotros” debemos comparecer ante Él. Esto es más personal. Vamos a ser expuestos como individuos en la sala de justicia.

Hay un vínculo inseparable entre nuestra labor para el Señor y nuestra vida en Él. De hecho, el servicio que prestamos es nuestra vida, las cosas que hicimos en el cuerpo. No sólo se juzgará lo que hicimos para Él, sino también lo que somos. Nos presentaremos para ser juzgados y recompensados por lo que permitimos que Dios hiciera en nuestras vidas. Nuestros motivos, capacidad, deseo de servir y servicio en sí, todo estará resumido en un solo paquete, el cual presentaremos para evaluación. Este paquete es nuestra vida. En el bema el entero panorama de nuestra existencia cristiana y servicio quedará expuesto.

El día de la revelación

Incluso aún más profundo para nuestro entendimiento de la visibilidad de esta apreciación celestial, 1 Corintios 3:13 añade: “La obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará”. Tenga en mente que la palabra “obra” aquí, e implicada en Romanos 14:12 y en otros pasajes más, representa la totalidad de nuestra vida cristiana al igual que servicio. Por este versículo aprendemos que “el día... declarará” nuestra vida. ¿Cómo será ese momento en que nuestras vidas serán transparentes y no habrá nada oculto?

Pablo debe estarse refiriendo a un día mencionado previamente en 1 Corintios 1:7,8, en donde dice que debemos estar “...esperando la manifestación de nuestro Señor Jesucristo; el cual también os confirmará hasta el fin, para que seáis irreprensibles en el día de nuestro Señor Jesucristo”. Cuando Jesús venga para llevarse a su esposa, nos conducirá directamente al bema celestial y nos juzgará de acuerdo con lo que hayamos permitido que Dios haga en nuestras vidas.

• Ese es el día en el cual el Señor “aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones; y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios” (1 Co. 4:5).

• Es “...el día en que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres, conforme a mi evangelio” (Ro. 2:16).

La implicación es clara. En ese día nuestra entera existencia quedará expuesta delante del Señor Jesucristo, el juez justo y verdadero: “Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta” (He. 4:13). No habrá nada oculto, tal como así lo declara el verbo manifestar. Así como el día trae consigo la luz del sol para revelar las cosas ocultas de las tinieblas, ese día traerá la luz del Hijo de Dios para revelar las cosas ocultas de las tinieblas que hicimos en el cuerpo. Sin embargo, asimismo también quedará visible todo lo bueno que hicimos en secreto. Muchos servicios que realizamos y que fueron pasados por alto, se verán entonces. Será una revelación total de nuestra vida y trabajo para el Señor. Será un día tanto de vindicación como de desilusión.

Esto debe hacer que el cristiano se detenga y reflexione respecto a lo que está haciendo con su tiempo. Un día lo que hayamos hecho y también lo que pudimos haber realizado y no hicimos, será revelado ante nosotros y es posible que nos cause mucha vergüenza. Hagamos ahora las obras de justicia, para que cuando nuestra vida sea escudriñada por el Señor, podamos sentirnos agradecidos por la gracia que nos otorgó Dios para usarnos.

La evaluación es privada

A pesar de que nuestras vidas como creyentes serán como un libro abierto en ese día, y todo lo que hayamos hecho en el cuerpo, bueno o malo, será revelado, nuestro juicio permanecerá como algo privado. No seremos juzgados en masa, o por grupos, o clases, sino como siervos individualmente. Podemos suponer esto por varias razones.

Primero, aunque la Biblia no declara específicamente que compareceremos uno por uno delante del Juez justo, muchos versículos dan esa impresión. Por ejemplo Romanos 14:12 indica: “De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí”. Lo que hicimos es una asunto privado y sólo le concierne a Jesús, nuestro juez:

“Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras” (Mt. 16:27).

“Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo” (2 Co. 5:10).

Segundo, porque ya tenemos hasta cierto punto un precedente. Dios está muy interesado en los individuos. Muchos libros de la Biblia están centrados alrededor de una persona, tal como Rut, Job, Filemón, etc. Dios le habla a Satanás directamente e inquiere por uno de sus hijos por nombre:

“Y Jehová dijo a Satanás: ¿No has considerado a mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal?” (Job 1:8).

• El salmista nos dice: “Oh Jehová, tú me has examinado y conocido. Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; has entendido desde lejos mis pensamientos. Has escudriñado mi andar y mi reposo, y todos mis caminos te son conocidos. Pues aún no está la palabra en mi lengua, y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda” (Sal. 139:1-4).

• El Señor está tan interesado en los individuos que dice: “Pues aun vuestros cabellos están todos contados” (Mt. 10:30).

• Todos los discípulos del Señor Jesucristo, incluso esos como Pedro y Andrés, quienes estaban juntos, fueron llamados individual y personalmente: “Andando Jesús junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano, que echaban la red en el mar; porque eran pescadores. Y les dijo: Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres. Ellos entonces, dejando al instante las redes, le siguieron. Pasando de allí, vio a otros dos hermanos, Jacobo hijo de Zebedeo, y Juan su hermano, en la barca con Zebedeo su padre, que remendaban sus redes; y los llamó. Y ellos, dejando al instante la barca y a su padre, le siguieron... Pasando Jesús de allí, vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme. Y se levantó y le siguió” (Mt. 4:18-22; 9:9).

• Jesús les habló con frecuencia a las personas, llamándolas por nombre. Tal como a Pedro: “Cuando hubieron comido, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos? Le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. El le dijo: Apacienta mis corderos. Volvió a decirle la segunda vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Le dijo: Pastorea mis ovejas. Le dijo la tercera vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro se entristeció de que le dijese la tercera vez: ¿Me amas? y le respondió: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas” (Jn. 21:15-17).

• A Zaqueo: “Cuando Jesús llegó a aquel lugar, mirando hacia arriba, le vio, y le dijo: Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa” (Lc. 19:5).

• Tomás: “Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron” (Jn. 20:29). Lázaro: “Y habiendo dicho esto, clamó a gran voz: ¡Lázaro, ven fuera!” (Jn. 11:43).

El juicio individual de los creyentes en el bema celestial es un asunto personal entre siervo y Señor, entre la criatura y el Creador. Así como en el pasado el Señor Jesucristo trató las cosas personales en una forma individual, debemos esperar que algo de una consecuencia tan privada como juzgar la mayordomía de nuestras vidas, sea algo personal y privado.

Además, es sólo natural que se haga una evaluación personal de nuestra vida y trabajo. Realmente no es algo que le concierna a nadie lo que hayamos hecho para el Señor y por qué lo hicimos. Esto sólo le interesa al Juez. De tal manera que únicamente el juzgado y el Juez estarán presentes. Esto no significa que los eventos en el tribunal de Cristo abarcarán una gran cantidad de tiempo, porque el juez es el Dios omnisciente, el Señor Jesucristo. La entera compañía de creyentes será juzgada, privada, individual y simultáneamente.

Si alguna vez ha tenido oportunidad de visitar una fábrica donde se funden y refinan metales, habrá visto los altos hornos con fuego en donde se derriten los metales, la grúa gigantesca que moviliza los calderos con metal derretido y los vierte en los moldes. Estos hornos producen un calor tan intenso que periódicamente los ladrillos que están en el interior tienen que ser remplazados porque el calor los calcina. De hecho, cualquier cosa que se coloca en el interior de estos hornos se deflagra si no tiene suficiente calidad para resistir el intenso calor.

El uso del fuego para derretir y purificar los metales es bien antiguo. El sabio rey Salomón es conocido por haber establecido la ciudad llamada Ezión-Geber, en el extremo norte del golfo de Aqaba. Allí edificó las plantas fundidoras, las que eran azotadas por los vientos del norte prevalentes, los que actuaban como una corriente natural para los altos hornos. Gracias a su inteligencia y por la misericordia de Dios, Salomón se convirtió en un “magnate” del bronce del mundo de ese tiempo.

Pablo viajó a través de muchas de las secciones industriales de Palestina y Asia Menor y debía estar bien al tanto de las cualidades refinadoras del fuego. Probablemente tenía esto en mente cuando escribió en 1 Corintios 3:13: “La obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará”.

El fuego probatorio

Es importante entender que Pablo no estaba hablando de fuego en el sentido de purgar. Sus palabras de ninguna manera proveen la base para la doctrina antibíblica del purgatorio, sino que se refieren al fuego como un elemento que sirve para probar. El fuego no es vengador, sino refinador. No quema a las personas, sino que prueba sus vidas. No es disciplinario en carácter, es discernidor. Este fuego no es una tortura por períodos extendidos de tiempo, sino un fuego instantáneo por el cual podremos saber de inmediato: “Si permaneciere la obra... recibirá recompensa” (1 Co. 3:14). No es un fuego que purgue a los hombres de su vida pasada de pecado, sino que sólo se manifestará en ese día para revelar nuestra obra en el tribunal de Cristo. No, Pablo no estaba hablando del fuego del purgatorio, sino del fuego que es capaz de discernir lo destructible de lo indestructible, lo inaceptable de lo aceptable, lo inferior de lo digno de alabanza.

Este fuego es sugerente de lo que ocurre cuando algo inmundo llega a estar en contacto con la santidad de Dios. En la Escritura, Dios es asociado frecuentemente con el fuego. A menudo se les aparecía a los hombres en medio del fuego:

“Y se le apareció el Angel de Jehová en una llama de fuego en medio de una zarza; y él miró, y vio que la zarza ardía en fuego, y la zarza no se consumía... Y Jehová iba delante de ellos de día en una columna de nube para guiarlos por el camino, y de noche en una columna de fuego para alumbrarles, a fin de que anduviesen de día y de noche” (Ex. 3:2; 13:21).

“Y miré, y he aquí venía del norte un viento tempestuoso, y una gran nube, con un fuego envolvente, y alrededor de él un resplandor, y en medio del fuego algo que parecía como bronce refulgente” (Ez. 1:4).

• Incluso en Malaquías 3:2 se habla de Él “...como fuego purificador...” El juicio de Dios también es asociado con fuego: “Entonces Jehová hizo llover sobre Sodoma y sobre Gomorra azufre y fuego de parte de Jehová desde los cielos” (Gn. 19:24).

“Nadab y Abiú, hijos de Aarón, tomaron cada uno su incensario, y pusieron en ellos fuego, sobre el cual pusieron incienso, y ofrecieron delante de Jehová fuego extraño, que él nunca les mandó. Y salió fuego de delante de Jehová y los quemó, y murieron delante de Jehová” (Lv. 10:1, 2). El fuego representa la santidad de Dios.

Santidad es lo opuesto a impureza, y donde Dios está presente la santidad está presente. En el bema celestial Dios está manifiesto en la persona del juez, el Señor Jesucristo. De tal manera que para la prueba por fuego a la que será sometida nuestra vida, lo mismo que nuestro trabajo, tal vez sólo se necesite la presencia del Dios santo en juicio. No es necesario suponer que se trate de un fuego literal. No se necesita de fuego real, porque allí no se va a probar ningún material tangible, sino nuestras propias vidas y lo que hayamos hecho con ellas. Es posible que la gloriosa presencia de nuestro santo Juez sea suficiente para manifestar nuestra vida y servicio por lo que realmente es. Imagine cuán inútil parecerán esas cosas que hicimos por motivos egoístas cuando sean expuestas en presencia de la santidad de Dios. Todo lo que no hicimos para su honra y gloria se quemará convirtiéndose en vergüenza.

Luego, también Apocalipsis 1:14 describe así al Señor Jesucristo: “Su cabeza y sus cabellos eran blancos como blanca lana, como nieve; sus ojos como llama de fuego”. Apocalipsis 2:18 lo define como “El Hijo de Dios, el que tiene ojos como llama de fuego...” Es posible que la prueba de nuestras obras por fuego sea simplemente la mirada llameante del Señor sobre nuestra vida de servicio. Ciertamente, él podrá ver a través de cualquiera obra que hayamos rendido para ser reconocidos. Su mirada penetrará lo que hayamos hecho con un motivo impuro y la juzgará. Asimismo, certificará como puro lo que hicimos fiel y correctamente. La santidad de su presencia y su mirada que escudriñará nuestras vidas, con ojos como“llama de fuego”, parece ser todo lo que se necesita para quemar cualquier obra injusta o cualquier ministerio que busque gloria. El Juez santo de manera instantánea discernirá los motivos verdaderos de nuestra obra y quemará toda escoria de falta de sinceridad o impureza. Asimismo, recompensará eso que resista el fuego refinador.

Cualquiera sea el fuego que pruebe nuestras vidas o cualquiera sea la forma que tome, su propósito es confirmar la obra de cada hombre: “La obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará” (1 Co. 3:13). Muchos cristianos están involucrados constantemente en un torbellino de actividades para el Señor, pero tal vez sólo están edificando con madera, heno y hojarasca, debido a que sus motivos no son dignos. El propósito para revelar nuestras vidas ante el tribunal de Cristo es “...para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo” (2 Co. 5:10). Esta evaluación con fuego discernirá si las obras que hicimos fueron buenas o malas, fructíferas o infructíferas.

Bueno para nada

Es interesante notar que en esta expresión, Pablo no usa las palabras acostumbradas para malo, que son kakos o poneras. En lugar de eso, emplea el vocablo phaulos. Esta expresión no connota mal ético o moral, sino más bien un sentido de «bueno para nada o falto de valor o mérito». Esto nuevamente señala al hecho que el tribunal de Cristo es un lugar en el cual las obras de los creyentes serán escudriñadas íntimamente para ver si son válidas o no, aceptables o no. El Juez estará preocupado con la clase de obra que hicimos y con la clase de vida que vivimos como siervos cristianos.

Este juicio es uno de discernimiento, de reconocer lo puro de lo impuro. El Señor, el juez justo, verá a través de todas las cosas que hicimos en su nombre. Él nos hará ver que muchas obras que pensamos que eran de valor, de hecho no valían nada, debido a la actitud con que las hicimos. Sacará todo lo que realizamos con un motivo interior puro permitiendo que permanezca, mientras que al mismo tiempo esas acciones que hicimos por ganancia no resistirán y perecerán en el fuego santo inextinguible.

En la prueba por fuego, el Juez examinará la clase de vida que vivimos para Él. 1 Corintios 3:9-15 habla específicamente acerca del fundamento sobre el cual edificamos nuestro servicio: “Porque nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios. Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima; pero cada uno mire cómo sobreedifica. Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo. Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará. Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa. Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego”.

Si servimos a Dios por un propósito diferente al de glorificarlo, lo estamos haciendo sobre un fundamento falso e imperfecto. Tanto nuestras vidas como nuestro servicio deben estar fundados en Cristo Jesús, de otra forma el fuego discernidor en el tribunal de Cristo, lo mostrará por lo que realmente es.

Engañándonos a nosotros mismos

A un contratista, en una ocasión, le pidieron que edificara una hermosa casa para un amigo rico. Al realizar la construcción, el contratista arrojó su amistad al viento en favor de su conveniencia y se dispuso a conseguir los materiales más baratos posibles sin tener en cuenta su calidad. Aunque eso sí, se esmeró por disimularlo todo. Fue así como puso unos cimientos bien económicos, sabiendo que esto no se sabría en muchos años. La casa lucía imponente, pero no tenía buenos cimientos y además era peligroso vivir en ella.

No se imaginan cuál no sería la sorpresa y consternación del contratista cuando hubo concluido la casa, y el hombre rico se la entregó como un regalo personal, ¡con la única condición que viviera en ella por el resto de su vida! El hombre necio había heredado el fruto de su propia infidelidad y falta de integridad. De hecho, al robarle a su amigo rico, se había robado a sí mismo.

Lo mismo es cierto con respecto a nosotros. Si nuestras obras presentes son imperfectas o carecen de sinceridad, no sólo estamos robándole al Señor, sino que estamos privándonos de recompensas mayores en el cielo. El fuego discernidor probará el fundamento de nuestras obras.

Hay una fuerte advertencia en la Escritura respecto al tratar de hacer actividades cristianas dependiendo de nuestra propia fuerza, en lugar de apoyarnos en el Señor. El producir fruto por nuestra propia aptitud o habilidad, es ciertamente dar fruto que será destruido cuando sea probado en el crisol de la santidad de Dios.

Pablo expresó su preocupación sobre este mismo asunto en 1 Corintios 9:27, cuando dijo: “Sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado”. Pero... ¿No sería que Pablo estaba preocupado por perder la salvación? No, para nada. Estaba preocupado porque el servicio que estaba haciendo para el Señor fuera considerado bueno para nada. Estaba atribulado por no construir su actividad cristiana sobre un fundamento débil en lugar de hacerlo sobre Cristo.

En el griego clásico, la palabra adokimos, que en nuestra Biblia se traduce como «eliminado», indica algo que es sometido a prueba. Si eso que se prueba resiste, es aprobado, pero si la prueba fracasa, se desaprueba o rechaza. Pablo no quería que su labor fuera en vano, que fuera rechazada en el tribunal de Cristo. Por eso sometió su cuerpo en sujeción, para no obrar confiando en su propia fortaleza o por ganancia personal. Deseaba que su vida de servicio resistiera el fuego y fuese aceptable, porque había vivido en el Espíritu de Dios y no en el poder de la carne.

En esta prueba por fuego, todos los conceptos erróneos respecto al servicio serán corregidos. La obra de esos que hayan sido alabados injustamente por servicios que realmente no hicieron o que los realizaron por beneficio personal, quedará expuesta por lo que verdaderamente es. Quienes hayan laborado en algún lugar oscuro, en una esquina ignorada en la viña del Señor, en donde nunca escucharon una alabanza, ni recibieron una palabra de agradecimiento, finalmente serán vistos por los ojos del Juez justo, quien reconocerá que hicieron una labor meritoria para Él.

El doctor Harry Ironside, maestro de la Biblia reconocido internacionalmente y pastor por 18 años de la Iglesia Moody Memorial en Chicago, resumió así este pensamiento: «¿Alguna vez, usted como cristiano se ha detenido a pensar en lo solemne que será cuando su vida de trabajo concluya, cuando toda la oportunidad de testificar por Cristo en la tierra haya concluido para siempre, cuando se encuentre de pie en su cuerpo glorificado ante el tribunal de Cristo y él llegue para escudriñar todo lo que usted hizo, y dé su propio estimado de todo su servicio, o todo lo que hubiere intentado hacer para él? ¿Le dirá el Señor en ese momento: ‘Tuviste tus propias oportunidades maravillosas para glorificarme, pero fracasaste porque estabas demasiado ocupado, demasiado atribulado por lo que las personas podían pensar de ti, en lugar de estar preocupado por agradarme? Tendré que eliminar todo lo que hiciste, no puedo recompensarte por eso, porque hubo demasiado egoísmo en tu servicio’. Y luego señalará hacia algo más, algo que quizá ya había olvidado y dirá: ‘¡Vaya! ¿Pensaste que habías fallado en eso? ¿Verdad? Realmente estabas convencido que habías cometido un error craso, tan horrible, que todo tu testimonio no servía de nada, pero yo estaba escuchando y observando, y sabía que en esa hora de debilidad tu deseo era glorificarme, y aunque nadie te aplaudió, yo me dí cuenta y te recompensaré por eso’. ¡Qué gozo será recibir su aprobación en ese día! Si aprendemos a vivir tal como lo hizo Pablo, pensando en el tribunal de Cristo al cual tendremos que comparecer, no trataremos de agradar a los hombres, sino a Cristo».

Será en ese día cuando sabremos la clase de trabajo que realmente hicimos. Tal vez nos sentiremos impactados al comprobar lo poco de nuestra labor que será considerada válida. Asimismo igual podríamos recibir recompensas por algo que pensamos que no tenía valor para el Señor.

Esto debería ser un estímulo para cada uno de nosotros. Debemos sentirnos movidos a servir al Señor a fin de ser siervos aceptables. Pero en ese gran día de evaluación en el tribunal de Cristo, el Juez justo discernirá la clase de labor que hicimos. Todo el servicio que se consuma en la prueba del fuego, indicará que no valía la pena. Pero lo que hayamos hecho movidos por el amor a Cristo, recibirá recompensa. Por lo tanto, vivamos nuestras vidas a la luz de lo que sabemos que ciertamente pasará en la evaluación ante el tribunal de Cristo.

El criterio

Los sistemas judiciales en el mundo adolecen de muchas faltas, pero no será así cuando estemos ante el tribunal de Cristo. Dios, por ejemplo, no va a decirnos: «Sé que eres un fracaso, pero he decidido que los tres primeros en la lista de fracasados podrán entrar al cielo». ¡Para nada! Dios demandará un estándar de excelencia. Él dice muy claramente: “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Ro. 3:23). El criterio de Dios es Cristo. Cuando se nos compara con la vida perfecta de Dios el Hijo, es imposible que podamos ser iguales. Dios no pasará por alto eso, hizo algo al respecto, nos igualó al imputarnos la justicia del Señor Jesucristo. Como dice 2 Corintios 5:21: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él”. Todos quedamos destituidos de la gloria de Dios, no contamos con el mínimo de requerimientos para entrar al cielo, pero Dios nos hizo aptos al recibir a Cristo como salvador.

Así como Dios tiene un criterio para aceptarnos en lo que respecta a la salvación, de la misma forma tiene también cierto criterio para admitir nuestro servicio. Como ya hemos explicado, no todo lo que hagamos en el nombre de Jesús será aceptado por él como servicio legítimo. Sólo se reconocerá como aceptable lo que demuestre autenticidad al ser sometido a la prueba del fuego. La pregunta natural es, ¿cuál será el criterio por medio del cual se juzgará nuestra vida y servicio? Las respuestas pueden variar ampliamente, pero permítame sugerir lo más obvio: Al juzgar nuestra vida de servicio para él, el Señor Jesucristo tomará en cuenta nuestra fidelidad, proporción y motivo.

El principio de “Cristo en mí”

El primer criterio, es lo que podríamos llamar Gálatas 2:20, o el principio que “ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí”. Pablo declara: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gá. 2:20). Hay dos cláusulas claves en este versículo, que producen el principio: “Con Cristo estoy juntamente crucificado” y “vive Cristo en mí”.

El orden en que aparecen las palabras en la primera cláusula, es significativo. El texto original en griego dice Christo sunestauromai, y este orden le da todo el énfasis al Crucificado, no al proceso de nuestra crucifixión con Él. Muchos lo interpretan así, pero están equivocados. Hablan repetidamente acerca de cómo mueren diariamente al pecado, pero le prestan muy poca atención a Cristo quien murió por sus pecados.

El tiempo perfecto del verbo sunestauromai, indica un estado continuo de ser. Pablo se imagina a sí mismo, colgado constantemente sobre la cruz con Cristo, participando de sus sufrimientos, pero el apóstol se apresura a añadir que por medio de su resurrección, también comparte la vida del Señor. La muerte y resurrección de nuestro Señor son inseparables. La doctrina principal de Gálatas 2:20 es nuestra unión especial con Cristo y el hecho de que él se ha convertido en el Señor resucitado de nuestras vidas.

La segunda cláusula clave es “vive Cristo en mí”. El compañerismo de Pablo con el Señor comenzó con la crucifixión de su propia voluntad en el camino a Damasco, y su conversión del pecado y muerte. Pero ese compañerismo muy pronto habría menguado si no sólo hubiera tenido la experiencia en el camino a Damasco.

La base para nuestra conversión como cristianos, es la muerte del Señor Jesucristo en nuestro lugar, como un sustituto, expiando por nuestros pecados; mientras que la base para la vida cristiana es “...Cristo en vosotros, la esperanza de gloria” (Col. 1:27). Lo que hace viable la vida del cristiano, es el conocimiento que Cristo vive en él. Este es el origen para el servicio aceptable.

La furia de la batalla

Debe de comprenderse que Cristo no sólo nos da vida, sino que es nuestra vida, tal como afirma Colosenses 3:4: “Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria”. Cuando nos reconciliamos con Dios por la muerte de Cristo, nuestras vidas llegan a estar tan entrelazadas con la suya, que ya no participamos más de las obras de la carne. Sin embargo, como todavía seguimos siendo pecadores y propensos a pecar, hay una batalla constante en nuestro interior. La vieja naturaleza pecaminosa nos aguijonea para que satisfagamos eso que anhela la carne, mientras que la naturaleza de Cristo nos mueve a vivir justamente.

Pablo describe así esta batalla: “Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado. Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Ro. 7:14-24).

En su lucha consigo mismo, Pablo aprendió que aunque Cristo moraba en él, en ocasiones, tal parecía por su vida que no era así. Esa es nuestra experiencia hoy. Cristo vive en nosotros por medio de la presencia de su Espíritu, pero algunas veces participamos de las obras de la carne y no lo glorificamos. Una vida exitosa cristiana, es esa en la que constantemente reprimimos la tendencia a satisfacer la carne y nos ocupamos en actividades que honran a Cristo.

Esos cuyas vidas están unidas a la suya, encontrarán subsistencia en Él y serán recompensados por sus servicios. Él es la vid y nosotros los pámpanos. Su fortaleza late a través de nuestra fibra y llevamos fruto para Él. Nuestras vidas están tan entremezcladas, que cualquier cosa que lo glorifique, nos hace bien. Sea lo que fuere que hagamos que lo glorifique, traerá consigo recompensa. De manera contraria, cualquier cosa que realicemos que no merezca recompensa, no glorifica a Cristo. Es así como las obras hechas en la carne, ni glorifican a Cristo ni merecen galardón.

Cuando nuestra vida sea probada por el fuego en el tribunal de Cristo, todo lo que hayamos hecho será examinado por su santa y justa presencia. Jesucristo, el juez justo, aprobará sólo esas obras que satisfagan el criterio que estableció. Él planteará preguntas tales como: ¿Cuál es el origen de la obra que se está juzgando? ¿La obra fue hecha en la carne o el Espíritu? ¿Lo hicimos por el poder de su presencia en nosotros o por nuestro poder? ¿Confiamos en Él o en nuestro propio talento? Aunque Cristo estaba viviendo en nosotros, ¿dependimos de su fortaleza o de nosotros mismos?

El criterio del servicio aceptable

Muchas Escrituras indican que el Juez sólo aprobará eso que hayamos hecho confiados en su poder. Juzgando como digno de recompensa, únicamente lo que permitimos que hiciera en nosotros. Cualquier cosa que llevamos a cabo de voluntad propia, será quemado en el fuego. Considere estas Escrituras:

“Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer” (Jn. 15:5).

“Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1 Co. 15:10).

“Siervos, obedeced... como a Cristo; no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino como siervos de Cristo, de corazón haciendo la voluntad de Dios; sirviendo de buena voluntad, como al Señor y no a los hombres, sabiendo que el bien que cada uno hiciere, ése recibirá del Señor, sea siervo o sea libre” (Ef. 6:5-8).

“Y esto pido en oración, que vuestro amor abunde aun más y más en ciencia y en todo conocimiento, para que aprobéis lo mejor, a fin de que seáis sinceros e irreprensibles para el día de Cristo, llenos de frutos de justicia que son por medio de Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios” (Fil. 1:9-11).

“Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil. 4:13).

“Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno, os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén” (He. 13:20, 21).

Todos esos versículos enseñan la misma cosa. En nuestras vidas, eso que es aceptable a Dios es hecho para Jesucristo, quien mora en nosotros. Lo que es aceptable a Dios, lo glorifica por medio de Jesucristo y asimismo trae consigo recompensa para nosotros de parte del Señor. Cualquier servicio que hayamos rendido por la causa del evangelio, pero independiente de Él, no glorifica a Dios ni se hace merecedor de galardón. Es posible incluso, que mucho de lo que hayamos hecho en el nombre del Señor, pueda parecer ante los ojos de los hombres como un gran servicio a Dios, pero si lo hicimos dependiendo de nosotros mismos, aparte de su poder que mora en nosotros, no tendrá valor alguno. No resistirá la prueba.

El Señor Jesucristo está buscando obreros que sean vasos aptos. Desea ganar a los perdidos por medio de nosotros, no quiere que tratemos de hacerlo por iniciativa propia sin depender de él. Dios es el obrero, nosotros los vasos. La obra es suya cuando somos suyos. El trabajo es nuestro cuando lo hacemos nosotros. Debemos vivir en el Espíritu de Dios, pero lo más importante, Él debe vivir en nosotros y trabajar por medio de nosotros.

Cuando nuestra labor para el Señor sea juzgada en el bema celestial, será para discernir si lo hicimos nosotros o si Cristo lo hizo por medio de nosotros. Uno de los criterios para la entrega de recompensas, es cuál fue el origen de la fortaleza para realizar nuestra vida de servicio. Las cosas hechas en la carne, sólo nos traerán desilusión y las que hicimos en el Espíritu, por medio del Señor Jesucristo, resultaran en júbilo. La gloria será de Cristo, pero la recompensa nuestra. Sin Cristo no hay recompensa. Ojalá Cristo more en nosotros y trabaje por medio de nosotros para nuestro bien, pero más especialmente para su gloria.

Fidelidad

El segundo criterio por medio del cual se juzgará nuestra vida de servicio en el tribunal de Cristo, será nuestra fidelidad como siervos. La fidelidad no es la primera de las virtudes en la sociedad actual. El absentismo es un gran problema en la industria porque muchos empleados no son fieles en sus trabajos y no trabajan la jornada completa. La tasa de divorcio se eleva cada año porque muchas parejas carecen de esta cualidad, no son fieles. El cristianismo enfatiza mucho la fidelidad del creyente. No podemos excusarnos ante el Señor, diciendo: «Padre, todos lo hacen».

En el Nuevo Testamento la fidelidad se compara con la integridad. Un siervo no engaña a su amo ni usurpa su posición. La Biblia hace mención a muchos de esos siervos confiables. Por ejemplo dice de:

• Moisés: “El cual es fiel al que le constituyó, como también lo fue Moisés en toda la casa de Dios” (He. 3:2).

• Abraham: “De modo que los de la fe son bendecidos con el creyente Abraham” (Gá. 3:9).

• Daniel: “Entonces los gobernadores y sátrapas buscaban ocasión para acusar a Daniel en lo relacionado al reino; mas no podían hallar ocasión alguna o falta, porque él era fiel, y ningún vicio ni falta fue hallado en él” (Dn. 6:4).

• Timoteo: “Por esto mismo os he enviado a Timoteo, que es mi hijo amado y fiel en el Señor, el cual os recordará mi proceder en Cristo, de la manera que enseño en todas partes y en todas las iglesias” (1 Co. 4:17).

• Tíquico: “Para que también vosotros sepáis mis asuntos, y lo que hago, todo os lo hará saber Tíquico, hermano amado y fiel ministro en el Señor” (Ef. 6:21).

• Epafras: “Como lo habéis aprendido de Epafras, nuestro consiervo amado, que es un fiel ministro de Cristo para vosotros” (Col. 1:7).

• Onésimo: “Con Onésimo, amado y fiel hermano, que es uno de vosotros. Todo lo que acá pasa, os lo harán saber” (Col. 4:9).

• Dice la Escritura de Nehemías, que “Luego que el muro fue edificado, y colocadas las puertas, y fueron señalados porteros y cantores y levitas, mandé a mi hermano Hanani, y a Hananías, jefe de la fortaleza de Jerusalén (porque éste era varón de verdad y temeroso de Dios, más que muchos)” (Neh. 7:1, 2).

• Juan dice en Apocalipsis 17:14 que esos que acompañan al Cordero en la batalla y son victoriosos, “son llamados y elegidos y fieles”.

• El Señor alabó a un hombre llamado Antipas en la iglesia de Pérgamo: “Yo conozco tus obras, y dónde moras, donde está el trono de Satanás; pero retienes mi nombre, y no has negado mi fe, ni aun en los días en que Antipas mi testigo fiel fue muerto entre vosotros, donde mora Satanás” (Ap. 2:13).

• Pablo le aconseja al joven Timoteo que le comunique las verdades preciosas que ha escuchado de él y otros testigos “a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros” (2 Ti. 2:2).

Un administrador fiel

Pablo les recuerda a los corintios que tendrán que rendir cuentas como servidores de Cristo: “Así, pues, téngannos los hombres por servidores de Cristo, y administradores de los misterios de Dios” (1 Co. 4:1). Un administrador es un gerente o superintendente de la casa o propiedad de otro. No es un mayordomo, ni un custodio, sino más bien un guardián o capataz. Esta era una ocupación muy respetable en los tiempos bíblicos, en la Escritura encontramos mencionados a personajes prominentes que tenían mayordomos, tal como Abraham (Gn. 15:2), José (Gn. 43:19), el rey David (1 Cr. 27:25-31), Ela rey de Israel (1 R. 16:9), el rey Herodes Antipas (Lc. 8:3).

Tal como indica la parábola de los talentos en el capítulo 25 de Mateo, un buen mayordomo no sólo supervisa eso que se le ha confiado, sino que también usa el dinero, lo invierte y hace que produzca para su amo.

Como un administrador de los misterios de Dios, esas verdades divinas conocidas sólo por revelación y reveladas únicamente al creyente, Pablo sabía que tenía que poner a trabajar lo que había experimentado en Cristo y hacer que produjera fruto. Es así como advierte: “Ahora bien, se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fiel” (1 Co. 4:2). Pablo tenía un deseo profundo de ser encontrado un administrador fiel a la vista de sus compañeros creyentes y especialmente ante Dios.

Esto mismo es lo que le ordena Juan a Gayo: “Amado, fielmente te conduces cuando prestas algún servicio a los hermanos, especialmente a los desconocidos” (3 Jn. 5). Como administradores del conocimiento de salvación y como siervos del Dios Altísimo, debemos ser fieles en nuestro servicio al Señor: “No temas en nada lo que vas a padecer. He aquí, el diablo echará a algunos de vosotros en la cárcel, para que seáis probados, y tendréis tribulación por diez días. Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida” (Ap. 2:10). El Señor espera que seamos fieles y nos juzgará en conformidad.

Debemos ser encontrados fieles, así nuestro servicio para el Señor sea grande o pequeño. Jesús estableció un principio cuando dijo: “El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel; y el que en lo muy poco es injusto, también en lo más es injusto” (Lc. 16:10). Si amamos al Señor tal como debemos, entonces seremos fieles en un servicio pequeño, al igual que en uno grande. Nuestra fidelidad no depende de la naturaleza de la labor, sino de nuestro amor por el Maestro. Si el Señor realmente tiene control de nuestras vidas, seremos fieles en todo, lo poco o lo mucho.

No obstante, hay algo más. En la parábola de los talentos el señor le dijo al siervo que recibió cinco talentos y los duplicó: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor” (Mt. 25:21). Cuando somos encontrados fieles en la realización de un servicio pequeño para el Señor, él nos confiará un servicio mayor, el cual a cambio nos traerá una recompensa mayor.

En el registro de Lucas de la parábola del siervo infiel, el Señor Jesucristo le hace esta advertencia al administrador: “Pues si en las riquezas injustas no fuisteis fieles, ¿quién os confiará lo verdadero? Y si en lo ajeno no fuisteis fieles, ¿quién os dará lo que es vuestro?” (Lc. 16:11, 12). La responsabilidad engendra responsabilidad, si el siervo no es fiel, tal vez no tenga otra oportunidad adicional para servicio.

Esto debería ser un gran incentivo para cada uno de nosotros, ser fieles en todo lo que el Señor nos ha confiado como siervos o administradores, así sea que recibamos o no recibamos recompensa: “...se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fiel” (1 Co. 4:2).

Proporción

El pensamiento de fidelidad y mayor responsabilidad nos lleva naturalmente a considerar el tercer criterio para juzgar nuestro servicio en el tribunal de Cristo: la norma de la proporción. Por proporción queremos decir que Jesús juzgará nuestra labor para él en relación con nuestra habilidad para trabajar. Si simplemente somos incapaces de cantar una canción para su gloria, el Señor no nos condenará por rehusarnos a cantar en el coro de la iglesia. Si no tenemos un llamado genuino para predicar la Palabra, el Juez justo no nos negará la recompensa porque hicimos otra cosa. Hay muchas formas en las cuales podemos servir a Dios. Él sólo nos juzgará en proporción a la habilidad y oportunidad que nos ha dado.

También se nos dice al principio de la parábola de los talentos en el capítulo 25 de Mateo, que el señor de los siervos, al entregar los talentos: “A uno dio cinco talentos, y a otro dos, y a otro uno, a cada uno conforme a su capacidad; y luego se fue lejos” (Mt. 25:15). No fue el hombre con gran habilidad el que recibió un solo talento, sino ese con menos aptitud. El que tenía menos capacidad, también tenía menos responsabilidad. Esto mismo es cierto con nuestro Señor. Él no nos pide como siervos que hagamos más de lo que nos ha capacitado para hacer, sin embargo, tampoco nos pedirá menos.

Note también que el hombre recompensó a sus siervos en proporción con lo que habían llevado a cabo. El siervo que recibió cinco talentos fue el primero en acercarse. Trabajó fielmente y produjo cinco talentos más, duplicando la cantidad original: “Y su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor” (Mt. 25:21). El hombre a quien su señor le dio sólo dos talentos, trabajó tan fielmente como el primero y dobló la suma. Su señor estaba también muy complacido y le dijo: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor” (Mt. 25:23). ¿Estaba su señor menos complacido con éste que con el primero? ¡De ninguna manera! Su respuesta a ambos fue idéntica. Él no castigó al segundo porque al final sólo tenía cuatro talentos, en comparación con los diez que tenía el primero. Este sabio señor, miró a la proporción de su servicio y lo juzgó en conformidad con su habilidad para producir para él.

George Washington Carver, un pedagogo estadounidense y destacado innovador de la agricultura, hijo de esclavos, nació en Missouri. En 1894, tras graduarse en agricultura y mecánica, continuó sus estudios universitarios, especializándose en el trabajo bacteriológico de laboratorio en el campo de la botánica. En 1896 fue nombrado director del Departamento de Investigación Agrícola del Instituto Industrial Tuskegee hoy Universidad de Tuskegee, donde emprendió una exhaustiva serie de experimentos con el maní. Desarrolló centenares de usos industriales para estas semillas.

Se dice que en una ocasión, George Washington Carver le pidió a Dios que le dijera todo lo concerniente al universo. Según el doctor Carver, el Señor respondió: «George, el universo es demasiado grande para tu entendimiento. Déjame a mí preocuparme por eso». Humildemente, George replicó: «¿Señor, y qué con respecto a un maní?» Y Dios replicó: «Bien, George, eso sí es algo proporcional con tu tamaño, vé y trabaja en eso y te ayudaré». Gracias a sus investigaciones se comenzaron a producir 325 productos derivados del maní. Hizo una gran contribución a la humanidad, en proporción a su habilidad humana para entender lo que Dios había puesto delante de él. El Señor juzgará nuestro desempeño en proporción a la habilidad y oportunidad que nos ha dado.

Jesús no está tan interesado en el talento o habilidad que tenemos, lo que más le preocupa, es lo que hacemos con esa capacidad. Se ha dicho con respecto a entregarle nuestros bienes al Señor, que Él no mira el monto del cheque, sino al balance en la cuenta. A Dios le preocupa qué proporción de la habilidad que nos ha dado es la que usamos para servirle y nos recompensará en conformidad con esa proporción. El señor se mostró molesto con el siervo que nada produjo, porque nada hizo con el talento que había recibido. Debemos tener mucho cuidado de no ser siervos improductivos.

En la parábola paralela del capítulo 12 de Lucas, se añade un elemento adicional a la proporción, como un criterio para nuestra recompensa. Aquí, el Señor Jesucristo habla de un siervo que es fiel hasta el fin, y añade: “...porque a todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará; y al que mucho se le haya confiado, más se le pedirá” (Lc. 12:48b). ¡Qué pensamiento más sobrecogedor para un siervo cristiano infiel! Aquí vemos una vez más la proporción. Todo el talento, habilidad y conocimiento que poseemos, nos lo ha dado el Señor. Por esto tenemos que estar agradecidos. Sin embargo, el relato de Lucas indica claramente que se nos requiere que produzcamos, en proporción a cualquier talento, habilidad o don que Dios nos haya otorgado. La responsabilidad va mano a mano con la habilidad y oportunidad. ¡Ay de esos que poseen talentos que podrían usar para la gloria de Dios, pero no lo hacen! ¡Ay de esos cuyos dones que recibieron del Creador les permitirían llevar a cabo un mayor servicio para su honra, pero quienes están satisfechos con tan poco servicio! Pablo le hizo esta advertencia al joven Timoteo: “No descuides el don que hay en ti...” (1 Ti. 4:14a). Si usamos la habilidad que Dios nos ha dado para su servicio, Él hará que brille como la azada que resplandece de tanto usarse. Si somos negligentes se enmohecerá.

En ese grandioso día en que se juzgará toda la labor terrenal que hayamos hecho, el Señor Jesucristo tratará con nosotros con completa imparcialidad. Nadie podrá decir: «Señor, me juzgaste muy duramente», porque nos evaluará en proporción a nuestra capacidad para servirle. Ojalá lo hagamos siempre con toda la aptitud que poseemos.

Y usted se preguntará: «Pero... ¿Qué con respecto a mí? Yo me convertí en cristiano a una edad avanzada. ¿Se me castigará por la eternidad porque no tengo los años de servicio que tiene mi vecino, quien fue salvo cuando era un adolescente?” ¡No, no será así! Una vez más, la clave es la proporción. No sólo seremos juzgados en conformidad con la proporción de nuestra habilidad para servir a Dios, sino también en proporción a la oportunidad. Las recompensas se ganarán por el servicio. El servicio sólo puede hacerlo un siervo, es decir, uno cuyo Señor es Cristo. No puede ser un siervo, si primero no recibe al Maestro como su Salvador y Señor. Es entonces cuando comienza el servicio, cuando el Señor empieza a tomar en cuenta la habilidad y oportunidad que tenemos para servirle. Si sólo tiene tres años de servir al Señor, usted no se verá defraudado porque alguien más lleva 30 años sirviéndole. Su recompensa será en conformidad con la oportunidad que haya tenido para ser un siervo leal.

La parábola en Mateo 20:1-16, parece enseñar que ese creyente que sólo ha sido salvo por pocos años, puede recibir tanta recompensa como quien ha sido salvo por muchos años. Cada uno de los obreros, aunque fueron contratados en horas diferentes del día, no recibieron menos de lo que le había prometido el señor, igual será con los siervos de Dios, así vivamos poco o mucho tiempo. La proporción como un criterio para nuestro juicio, nos anima a no ser inútiles. Como dice 1 Samuel 12:24: “Solamente temed a Jehová y servidle de verdad con todo vuestro corazón, pues considerad cuán grandes cosas ha hecho por vosotros”.

Motivo

El criterio final por medio del cual el Dios de justicia evaluará nuestra vida de servicio en el bema, es la motivación. Es bueno ser fiel al laborar para el Señor, realmente se requiere, pero también es necesario que esa fidelidad brote de un motivo puro. Una maestra de escuela dominical puede ser extremadamente fiel en la preparación de sus lecciones y en visitar a sus alumnos. Puede recibir la alabanza del superintendente de la escuela dominical, sin embargo si la motivación de la maestra es sólo recibir la aprobación del superintendente o una palmada en la espalda de su superior, el motivo cancela cualquier posibilidad de que reciba la alabanza directamente del Señor.

Un pastor y su congregación pueden trabajar bien duro visitando, ministrando y evangelizando en su comunidad, pero si los motivos que los mueven es ser conocidos entre todos como la mejor iglesia y la de mayor crecimiento, la motivación que los impulsa obstaculiza la posibilidad de que reciban recompensas de parte del Juez Celestial: “Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa” (Mt. 6:2, 5).

Por favor, no me mal interprete. Esto no quiere decir que las iglesias más grandes y con un gran crecimiento tienen motivos impropios. Dios no está interesado en el tamaño, ni en la cantidad, sino en la labor y por qué lo hacen. Dios bendice lo que se hace para su gloria y muchas iglesias cuya única preocupación es glorificarlo por medio de la salvación de los perdidos, verdaderamente crecen. Llegará un día cuando serán recompensados. El criterio no es el tamaño, ni la fama, sino la motivación.

Pablo les hace esta advertencia a los cristianos de Corinto respecto a juzgar por ellos mismos la condición de otros creyentes, les dice: “Así que, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones; y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios” (1 Co. 4:5).

Tal vez haya cosas dignas de alabanza en unos cristianos que nunca hemos notado. De hecho, quizá algunos obreros cristianos a quienes más hemos criticado, recibirán más recompensa que nosotros. El Señor expondrá todo a la luz, además esas otras cosas que preferiríamos que se mantuvieran en tinieblas, nuestros hechos vergonzosos. En ese día habrá motivo tanto de gozo como de vergüenza, y como no sabemos la proporción de cada uno de nuestros compañeros de labor, haríamos muy bien en no levantar el dedo para señalar a alguien.

No hay duda que no sólo nuestro servicio será juzgado, sino la razón detrás de ese servicio. Muy probablemente, habrá casos en los cuales algunas obras podrían ser dignas de recompensa, pero que serán anuladas por los motivos vergonzosos que las causaron. Es bien fácil que una persona pueda llenarse de orgullo por lo que está haciendo para el Señor. Si Dios ha bendecido a alguien con una personalidad agradable, habilidad para hablar desde el púlpito, o un talento destacado, existe el peligro real de que pueda sucumbir víctima del orgullo en lugar de glorificar a Dios. Cuando nuestra labor comienza a dar frutos, podemos sentirnos tentados a valorar nuestra capacidad en lugar de agradecer la fidelidad del Señor. Dios ve el corazón y le complace lo que puede hacer por medio de nosotros, no lo que podemos hacer por Él.

Pero no se equivoque, Dios no se complace con esos que no dan fruto que dé testimonio de su fidelidad. No podemos excusarnos diciendo: «Oh, bueno, al menos soy fiel». Tampoco podemos decir: «Puede que no dé fruto, pero al menos mis motivos son puros». Dios busca siervos fieles y exitosos, cuyos métodos y motivos para honrarle sean honorables.

Un ministerio especial

El ministro del evangelio en particular, tiene que estar bien consciente de sus motivos para servir a Dios. La serpiente antigua, el diablo, es astuto y fácilmente puede hacer que todo ese éxito que parece honrar a Dios se convierta en ocasión para orgullo personal. Después que un pastor predica un sermón que estuvo preparando por varios días y en el cual invirtió horas puliéndolo y llega alguien al concluir y le dice: «Qué sermón tan maravilloso, pastor», algunas veces es difícil que recuerde que es un pecador caído y responda: «Muchas gracias», en lugar de decir: «Gracias a Dios». Esos de nosotros a quienes Dios ha confiado un ministerio especial, tenemos la responsabilidad única de mantener nuestros motivos puros.

Cada pastor del rebaño que mira por las almas de su congregación, tiene una responsabilidad adicional, “...como quienes han de dar cuenta...” (He. 13:17), de su otra obligación. Es por eso que Santiago da este consejo: “Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación” (Stg. 3:1). El atalaya no sólo tiene un privilegio especial, sino también una responsabilidad mayor y la posibilidad de un juicio más estricto. Así lo ratifica este texto de la Escritura: “Hijo de hombre, yo te he puesto por atalaya a la casa de Israel; oirás, pues, tú la palabra de mi boca, y los amonestarás de mi parte. Cuando yo dijere al impío: De cierto morirás; y tú no le amonestares ni le hablares, para que el impío sea apercibido de su mal camino a fin de que viva, el impío morirá por su maldad, pero su sangre demandaré de tu mano” (Ez. 3:17, 18).

El vocero escogido por Dios tiene además que confrontar otros peligros. Tal vez sea llamado a realizar una obra en particular, a pesar de que prefiera otro tipo de ministerio. Es posible que aparentemente sea bendecido en la posición que está ocupando, pero si no es allí donde Dios quiere tenerlo, entonces... ¿Cree usted que está glorificando a Dios? Tal vez tenga alguna influencia que le permita ocupar una posición de autoridad y responsabilidad en el servicio cristiano al cual Dios nunca le llamó. ¿Cree usted que debe esforzarse por esa posición? Quizá la consiga, pero... ¿Lo bendecirá Dios? ¿Será recompensado en el tribunal de Cristo?

Pablo dice: “Algunos, a la verdad, predican a Cristo por envidia y contienda; pero otros de buena voluntad. Los unos anuncian a Cristo por contención, no sinceramente, pensando añadir aflicción a mis prisiones” (Fil. 1:15, 16). Ciertamente, el crimen de ellos no era predicar a Cristo, sino hacerlo por los motivos equivocados que no eran honrar a Dios.

El Señor Jesucristo también hace mención a hombres que hacen bien, pero por motivos equivocados, dice: “Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos. Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público. Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa” (Mt. 6:1-5). El dar limosna y el orar eran dos prácticas muy loables, pero el propósito por lo cual lo practicaban era despreciable. El bien que se hace por las razones equivocadas no es bien.

Cada uno de nosotros debe examinar de continuo los motivos de nuestro servicio para el Señor. No seremos recompensados por eso que no se ajusta al criterio del motivo puro de glorificar a Dios. Las motivaciones egoístas no tienen mérito alguno. Todo lo que se hace por el amor de Cristo, así esté o no marcado por el éxito, merecerá una recompensa. El éxito tiene muy poco que ver en el tribunal de Cristo, la motivación sí. Y usted... ¿Cuál es su motivo para servir a Dios?

Cada cristiano debería escudriñar su propia vida y eso que hace para el Señor. Debemos estar seguros de que no estamos laborando para Él, sino permitiendo que Él lo haga a través nuestro. Muchos siervos quedarán desilusionados en el tribunal de Cristo, porque mucho de su ministerio y servicio lo han hecho contando con sus propias fuerzas. Debemos vivir en conformidad con el potencial completo que el Señor nos ha dado y aprovechar cada oportunidad para servirle sin tener en cuenta si el mundo lo considera o no, como un éxito. Concentrémonos en lo que Dios puede hacer por medio de nosotros. Cada uno debe examinar cuáles son los motivos que lo impulsan a servir a Dios. ¿Nos gusta servir al Señor, sólo para ser el centro de atención? ¿Por qué lo hacemos?

Laboremos para Dios conscientemente, con el criterio para juzgar nuestro servicio constantemente, moldeando nuestra labor. El Señor Jesucristo está buscando a siervos fieles y consistentes, que permitan que Él trabaje por medio de ellos. Desea siervos movidos por el amor a Cristo, quienes recuerden que aunque «repartan todos sus bienes para dar de comer a los pobres, o entregaren el cuerpo para ser quemado, pero no tienen amor, de nada les sirve» (1 Co. 13:3).

Las recompensas

Si alguna vez ha asistido a un partido de fútbol, sabrá que hay una cosa que nunca encontrará en las gradas, y eso es una persona neutral. Los espectadores, o están en favor de un equipo o están en contra. Cuando termina el juego, los partidarios del equipo victorioso estarán delirantes de alegría, pero los seguidores de los perdedores se encontrarán desanimados. Cualquiera sea el caso, una cosa es cierta: usted no puede estar apático ante un evento como este; es mucho lo que está en juego. Lo mismo será cierto en el tribunal de Cristo. Cuando vea que toda su vida de servicio para el Señor pase por el fuego probatorio del tribunal, usted no podrá salir de allí diciendo: «Bueno, ¿y qué?» Su labor será o aceptada o rechazada, recibirá o no recibirá recompensa. El resultado dependerá si resiste la prueba del fuego.

La Escritura enseña que hay dos resultados emergentes del fuego refinador del tribunal de Cristo. 1 Corintios 3:11-15 describe esos dos resultados: “Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo. Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará. Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa. Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego”.

Cuando nuestra vida de servicio sea sometida a la prueba del fuego, esas cosas que hicimos en el cuerpo, serán buenas o malas, indestructibles o destructibles, aceptables o inaceptables. Si nuestra labor permanece recibiremos recompensa, si se quema sufriremos pérdida. No hay territorio intermedio. La recompensa o la pérdida son las únicas dos posibilidades. 1 Corintios 4:5 indica que ante el tribunal de Cristo todos los hombres tendrán su porción de vida juzgada por Cristo. Asimismo cada persona experimentará o ganancia o pérdida. La pregunta es, ¿cuántas recompensas recibirá y qué serán estas recompensas? Aunque para saberlo por cierto, tendremos que esperar por la evaluación de las obras en el bema, no podemos servir al Señor con este criterio en mente. Esto haría que obrásemos, no movidos por el amor, sino por el anhelo de recibir la recompensa. Asimismo es normal que sintamos un deseo por saber cuáles serán esas recompensas. La Biblia específicamente habla de “recompensas, coronas y galardones”.

Durante su ministerio Pablo tuvo que defender su apostolado, ya que no fue uno de los 12 apóstoles originales del Señor, ni tampoco fue el escogido para remplazar a Judas el traidor. De hecho, Pablo fue llamado para predicarles el evangelio, no al pueblo escogido, a los judíos, sino a los gentiles. Hubo muchos charlatanes en el primer siglo que llegaron a las nuevas iglesias predicando falsas doctrinas, mientras se aprovechaban de la caridad de los creyentes. Fue así como Pablo frecuentemente invitó a los cristianos del primer siglo a que investigaran su apostolado. Su argumento era: “¿No soy apóstol? ¿No soy libre? ¿No he visto a Jesús el Señor nuestro? ¿No sois vosotros mi obra en el Señor?” (1 Co. 9:1). A los hermanos de Galacia, Pablo les dijo: “Pues, ¿busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo. Mas os hago saber, hermanos, que el evangelio anunciado por mí, no es según hombre; pues yo ni lo recibí ni lo aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo” (Gá. 1:10-12).

Como es el caso con muchos de los siervos de Dios, Pablo no fue apreciado de la forma como se merecía mientras estuvo vivo. No recibió la alabanza de los hombres, pero eso no le molestaba. Sabía que llegaría un día cuando todas las cosas serían corregidas. La alabanza que anhelaba de ninguna forma era la de los hombres. Este fue exactamente el sentimiento que expresó en 1 Corintios 4:3-5: “Yo en muy poco tengo el ser juzgado por vosotros, o por tribunal humano; y ni aun yo me juzgo a mí mismo. Porque aunque de nada tengo mala conciencia, no por eso soy justificado; pero el que me juzga es el Señor. Así que, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones; y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios”.

Es evidente por sus cartas que Pablo nunca esperó recibir alabanza de los hombres. En realidad no la quería. El apóstol anhelaba ese día en que su vida de servicio sería juzgada por el Señor, el Juez justo. Entonces toda su obra sería conocida. Lo que Pablo deseaba escuchar era la aprobación del Señor.

Por su parte el apóstol Pedro hizo eco a este mismo pensamiento. Fue él quien dijo que nuestra fe sería probada con fuego. En su primera epístola a los creyentes dispersos a través del Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, Pedro los anima en la fe. Les recuerda que ellos habían sido engendrados por Dios para una esperanza viva en la resurrección de Jesucristo: “Para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo” (1 P. 1:7).

Él nos dice que el sufrimiento que podamos experimentar en la actualidad al vivir una existencia agradando a Dios, es muy poco comparado con la alabanza que recibiremos cuando nuestra vida sea probada con el fuego. El elogio del Señor que Pablo anhelaba, era la misma “alabanza, gloria y honra”que Pedro sabía que acompañará la manifestación del Señor Jesucristo. Cuando nuestra vida de servicio sea probada en el tribunal de Cristo, y nosotros estemos próximos a emprender la eternidad con Dios, podemos estar seguros que el Juez justo elogiará esas obras que resistan la prueba del fuego.

Responsabilidad administrativa

Una de las parábolas más fascinantes que pronunciara Jesús es esta registrada en Lucas 19:11-27: “Oyendo ellos estas cosas, prosiguió Jesús y dijo una parábola, por cuanto estaba cerca de Jerusalén, y ellos pensaban que el reino de Dios se manifestaría inmediatamente. Dijo, pues: Un hombre noble se fue a un país lejano, para recibir un reino y volver. Y llamando a diez siervos suyos, les dio diez minas, y les dijo: Negociad entre tanto que vengo. Pero sus conciudadanos le aborrecían, y enviaron tras él una embajada, diciendo: No queremos que éste reine sobre nosotros. Aconteció que vuelto él, después de recibir el reino, mandó llamar ante él a aquellos siervos a los cuales había dado el dinero, para saber lo que había negociado cada uno. Vino el primero, diciendo: Señor, tu mina ha ganado diez minas. Él le dijo: Está bien, buen siervo; por cuanto en lo poco has sido fiel, tendrás autoridad sobre diez ciudades. Vino otro, diciendo: Señor, tu mina ha producido cinco minas. Y también a éste dijo: Tú también sé sobre cinco ciudades. Vino otro, diciendo: Señor, aquí está tu mina, la cual he tenido guardada en un pañuelo; porque tuve miedo de ti, por cuanto eres hombre severo, que tomas lo que no pusiste, y siegas lo que no sembraste. Entonces él le dijo: Mal siervo, por tu propia boca te juzgo. Sabías que yo era hombre severo, que tomo lo que no puse, y que siego lo que no sembré; ¿por qué, pues, no pusiste mi dinero en el banco, para que al volver yo, lo hubiera recibido con los intereses? Y dijo a los que estaban presentes: Quitadle la mina, y dadla al que tiene las diez minas. Ellos le dijeron: Señor, tiene diez minas. Pues yo os digo que a todo el que tiene, se le dará; mas al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará”.

El relato de esta parábola tiene lugar en conjunción con la conversión de Zaqueo. En el versículo 11, el Señor nos da su razón para haber pronunciado esta parábola: “por cuanto estaba cerca de Jerusalén, y ellos pensaban que el reino de Dios se manifestaría inmediatamente”. El Señor estaba en Jericó, a una breve jornada de la santa ciudad. Pronto habría de entrar triunfante a Jerusalén y muchos le proclamarían “...El rey que llegaba en el nombre del Señor” (Lc. 19:38).

El entusiasmo y la emoción aumentaban. Muchos judíos pensaban que finalmente habían encontrado una personalidad política que los libraría del yugo de la esclavitud romana. Esperaban que el Señor Jesucristo desplegaría su estandarte, proclamándose Rey y que restauraría el reino de David completo con su gloria y esplendor antiguo.

Fue por eso que el Señor les habló esta parábola, para ofrecerles un cuadro de lo que en realidad les esperaba a ellos. Jesús sabía que quienes le seguían desde Jericó se identificarían con esta parábola. Durante su vida el noble Arquelao, se había ido literalmente desde Jericó hasta un país lejano. Viajó a Roma para que César le otorgara un reino. Cuando Arquelao regresó no fue bien recibido por los ciudadanos de Judea. Le odiaban y enviaron una delegación hostil de 50 personas para que protestara en contra de la elección del futuro rey. La protesta tuvo éxito porque Arquelao nunca recibió el título de rey que tanto ambicionaba, sino que fue nombrado tetrarca. Los judíos estaban bien enterados de todos esos eventos.

Sin embargo, el significado real de la parábola va mucho más profundo que estos eventos superficiales. Jesús estaba hablando de sí mismo como el hombre noble. Para corregir el error de que establecería su Reino de inmediato, el Señor les estaba diciendo que iba a partir y que sus siervos tendrían la responsabilidad de velar por sus intereses mientras estuviera ausente. El Señor Jesucristo ascendería al cielo y esos que le amaban quedarían para aguardar su retorno. Como en la parábola, los ciudadanos del país odiaban al Señor. Le crucificaron, persiguieron su Iglesia, y se burlaron de su segunda venida. Pero como en la parábola, Él vendrá nuevamente y recompensará a sus siervos: “Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Jn. 14:3).

Las tareas en el reino

Los creyentes de toda la edad de la Iglesia recibirán sus asignaciones ante el tribunal de Cristo. A los creyentes del Antiguo Testamento y los mártires de la tribulación se les encomendarán sus obligaciones después de la segunda venida de Cristo. Cristo les asignará a los creyentes sus lugares respectivos y apropiados en el reino. Unger dice: «Si un sabio monarca en la tierra es sensato y discriminador en su selección y asignación de oficios y posiciones de confianza y poder, cuánto más no será cuando retorne el todo glorioso ‘Rey de reyes y Señor de señores’ (Ap. 19:16). En el reino venidero, el gobierno de los cielos sobre la tierra; algunos serán menos y otros mayores; algunos gobernarán sobre muchas ciudades y otros sobre pocas. En el reino, Cristo, quien está ahora con su Padre, en el trono de su Padre, ocupará entonces su propio trono, el trono de David. A los vencedores de la iglesia de Laodicea, como recompensa, se les asignará la dignidad y autoridad de sentarse con Cristo en su trono (Ap. 3:21). Pablo dijo que esos que hayan soportado o sufrido con Cristo, también reinarían con él (2 Ti. 2:12). En Apocalipsis 19:14, vemos al todo glorioso Cristo viniendo con sus santos ‘...vestidos de lino finísimo, blanco y limpio...’ para quebrantar a las naciones y gobernarlas con vara de hierro.

A los vencedores del podrido Balaamismo y los Nicolaitas, en la orgía de la corrupción católica romana en la iglesia de Tiatira, se les promete la recompensa de recibir ‘...autoridad sobre las naciones’, las naciones mileniales, para gobernarlas con Cristo con vara de hierro, tal como el alfarero desmenuza las vasijas (Ap. 2:26, 27; Sal. 9:2). Se dice que los benditos y santos que tienen parte en la primera resurrección serán ‘...sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años’ (Ap. 20:6)».

La naturaleza de las asignaciones

El Señor valorará la fidelidad en sus siervos y los recompensará en conformidad. El servicio del cristiano tiene una relación definitiva con el servicio en Su reino. El escritor Raud dice: «Veamos mejor nuestra vida terrenal y servicio como un entrenamiento divinamente ordenado que nos hará aptos para nuestra ocupación en las edades venideras. El Señor ha preparado para cada creyente un servicio definido en el reino eterno. Debemos aprender a pensar de ese servicio como el ‘trabajo de nuestra vida’, el ministerio que Dios ha planeado y para el cual busca prepararnos. Hagamos con todo corazón y con toda nuestra fuerza lo que sea que Dios nos encomiende hacer en esta tierra, sabiendo que en la gloria nos espera nuestro más pleno, poderoso y gozoso servicio eterno. El solemne pensamiento que debemos capturar ahora es que nuestra vida en la tierra tiene relación directa con nuestro futuro eterno».

Para esta gloria venidera el cristiano debe estar entrenado en obediencia, sufrimiento, tentaciones y pruebas, tal como fuera el Rey. La vida presente es importante, porque tal como señala el señor Raud: «El único tiempo que tiene Dios para preparar a sus gobernantes es esta breve vida en la tierra. Su entrenamiento es necesario, es real y completo, y lo más precioso. Nuestro entrenamiento está hecho de pruebas continuas de obediencia, algunas de ellas gravosas, otras aparentemente triviales, pero cuán importantes son de hecho. Estamos siendo entrenados para hacer como Dios nos ordena, no importa cuánto nos cueste. Los gobernantes en el reino eterno serán ejemplos de puntualidad y obediencia sincera. Nuestra obediencia a Dios en ese tiempo debe ser perfecta, un patrón para que los hombres estudien e imiten. Estamos siendo entrenados ahora en obediencia».

Cristianos espiritualmente retardados

Pero... ¿Cuál será la posición en el cielo de los cristianos perezosos, egoístas o rebeldes? Estas actitudes impropias son el producto de la falta de crecimiento espiritual y pueden atribuirse a un desarrollo pobre, como resultado de una respuesta inapropiada de parte del cristiano a la gracia de Dios, y al ministerio instructor del Espíritu Santo. La posición de ellos en el reino puede ser ilustrada por la posición de un niño retardado en el hogar.

Los padres pueden, y a menudo lo hacen, amar a sus hijos retardados tanto como aman a sus otros hijos. Debido a este amor los protegen y los cuidan, les suministran alimentos, abrigo y la ropa necesaria. Tratan de hacer la vida de los retardados tan feliz como pueden, en relación con su capacidad para disfrutar la vida.

De la misma forma, los hijos espiritualmente retardados tienen vida eterna porque han nacido en la familia de Dios. Dios los ama y proveerá para todas sus necesidades. Les dará protección y cuidado necesario. Sin embargo, sus responsabilidades serán limitadas. Su habilidad para servir será prácticamente inexistente y su capacidad para experimentar felicidad y gozo será más limitada que la de esos que han experimentado el crecimiento espiritual normal o deseado.

La actividad en el cielo

Dios no ha hablado acerca de los muchos eventos que tendrán lugar en el cielo. Sin embargo, lo que ha dicho indica que en este mismo momento debe haber allí gran actividad. Los cristianos que creen en la soberanía de Dios aceptan el hecho de que puede hacer cualquier cosa. Por su voluntad el universo comenzó a existir y por su palabra se mantiene. Juan describió el descenso de la Ciudad Santa, la Nueva Jerusalén y dijo: “La ciudad se halla establecida en cuadro, y su longitud es igual a su anchura... doce mil estadios; la longitud, la altura y la anchura de ella son iguales” (Ap. 21:16).

La fe acepta el hecho de que el Todopoderoso pudo haber creado tal lugar en un momento. No obstante, si hubiera sido así, los habitantes del cielo sólo habrían tenido que ser testigos y aplaudir su creación. La razón rechaza esa idea. El país de Dios está colmado de ángeles y personas redimidas que han dedicado su tiempo y talento al servicio de Dios. Está escrito: “Por esto están delante del trono de Dios, y le sirven día y noche en su templo; y él que está sentado sobre el trono extenderá su tabernáculo sobre ellos” (Ap. 7:15).

Si los eventos en la tierra se asemejan a la actividad en el cielo, entonces los siervos de Dios están extremadamente activos. Cualquier suceso favorable en este planeta está precedido por grandes planes, así es como todo llega a estar listo para el gran día. Cuando una ciudad es sede de juegos olímpicos o de cualquier otro evento internacional, las preparaciones se inician muchos años antes de las ceremonias inaugurales. Se construyen estadios, hoteles, gimnasios, se gastan millones de dólares y se toman toda clase de decisiones para hacer la ocasión memorable. Tal vez lo mismo sea en el país de Dios en donde están programados los eventos más grandiosos de este universo. No cabe duda que deben estarse llevando a cabo preparaciones grandiosas para ese glorioso momento. A este respecto son muchas las preguntas que podríamos hacer, tales como:

• Además del Señor, ¿con quién más se reunirán los santos?

• ¿Tendrán necesidad de alimentarse? Y si es así, ¿quién proveerá el alimento?

• ¿Cómo estarán vestidos?

• ¿Llevarán puestos vestiduras blancas que representan la justicia de los santos?

• ¿Cuál será el color de nuestra piel cuando seamos “transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos?”

• ¿Será todavía posible discernir que los redimidos han llegado procedentes “de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas?”

• ¿Hay algo de malo en suponer que cuando se aproxime este maravilloso evento el cielo estará colmado de ángeles y santos emocionados que se preparan para este espectacular evento?

Las recompensas de los siervos fieles

Es refrescante pensar que cuando Simón Pedro le recordó al Señor el sacrificio hecho por los apóstoles, el Salvador replicó: “De cierto os digo, que no hay nadie que haya dejado casa, o padres, o hermanos, o mujer, o hijos, por el reino de Dios, que no haya de recibir mucho más en este tiempo, y en el siglo venidero la vida eterna” (Lc. 18:29, 30). La declaración del Salvador fue vista con muy buenos ojos, pero como dice el dicho: «No debemos contar los pollos hasta que no nazcan». Algunas personas que esperan recibir grandes recompensas tal vez se desilusionen, otros que no esperan nada se sorprenderán y estarán encantados. Es imposible describir todas las recompensas que se le otorgarán a los siervos fieles de Dios, pero es muy significativo que los escritores del Nuevo Testamento mencionen seis coronas diferentes.

Pablo ledejó bien claro a los hermanos de Mileto que nunca esquivó alguna doctrina, que no predicó un evangelio diluido, adulterado, apócrifo o acomodaticio conforme a las circunstancias. Si alguno de los hermanos presentes hubiera escuchado en cualquier momento que Pablo enseñaba una herejía, tenía la oportunidad de contradecirle, pero no hubo uno solo que lo hiciera. Sabía que llegaría un día cuando él, los hermanos de Mileto y todos los cristianos tendrían que comparecer ante el tribunal de Cristo para rendirle cuentas al Señor y recibir según el caso su recompensa. Pablo dijo que a él le estaba guardada “la corona de justicia”, pero la Biblia menciona otras más:

• La “...corona incorruptible...” (1 P. 5:4)

• La corona de gozo(1 Ts. 2:19)

• La “...corona... de gloria” (1 P. 5:4)

• La “...corona de vida...” (Stg. 1:12)

• La “...corona de justicia...” (2 Ti. 4:8)

• Las “...coronas de oro...” (Ap. 4:4)

Tengo la convicción que la recompensa y el galardón son sinónimos, que son la misma cosa. Si queremos descubrir el secreto de la recompensao galardón, debemos prestar atención a algunas expresiones bíblicas comparándolas con esos pasajes que parecen ofrecernos una respuesta clara. Lo primero que notamos es que siempre se habla en singular, en ningún texto de la Escritura leemos que dice «galardones o recompensas», sinogalardón” o “recompensa”:

“...recompensa tendréis...” (Mt. 5:46)

“...recompensa de profeta recibirá...” (Mt. 10:41)

“...recompensa de justo recibirá” (Mt. 10:41)

“...recompensa conforme a su labor” (1 Co. 3:8)

“...recompensa tendré...” (Pablo) (1 Co. 9:17)

“...recibiréis la recompensa de la herencia...” (Col. 3:24)

“...tu galardón será sobremanera grande” (Gn. 15:1)

“...galardón para el justo...” (Sal. 58:11)

“...vuestro galardón es grande en los cielos...” (Mt. 5:12)

“...que tiene grande galardón” (He. 10:35)

“...tenía puesta la mirada en el galardón” (He. 11:26)

“...que recibáis galardón completo” (2 Jn. 8)

“...vengo pronto, y mi galardón conmigo...” (Ap. 22:12)

Tengamos entonces bien claro este detalle, que cada uno recibirá un “galardón”, aunque cada uno de estos galardones será diferente. Vimos ya que la Biblia habla de galardón grande, completo, sobremanera grande, etc. A continuación vamos a examinar las coronas:

1. La corona incorruptible

“¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis. Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible. Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado” (1 Co. 9:24-27).

Cuando Pablo le envió este mensaje a los corintios, estaba pensando evidentemente en los eventos deportivos que se celebraban en Roma. El premio sólo era una corona de laurel la cual pronto se marchitaba y terminaba por secarse. Sin embargo, para ganar ese premio los atletas se sacrificaban, entrenaban y estaban sujetos a severa disciplina. Como no deseaba que los cristianos golpearan en el aire a la ventura, el apóstol les recordó a sus lectores que debían luchar para ganar una corona eterna. Para lograr esto ningún sacrificio debía ser demasiado grande ni ninguna preparación demasiado tediosa. El premio será “una corona incorruptible”, “...una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros” (1 P. 1:4).

2. La corona de gozo

“Porque, ¿cuál es nuestra esperanza, o gozo, o corona de que me gloríe? ¿No lo sois vosotros, delante de nuestro Señor Jesucristo, en su venida?” (1 Ts. 2:19).

Evidentemente esta recompensa se le entregará a esos que ganan almas. Pablo estaba esforzándose en hacerle comprender a sus convertidos en Tesalónica que encontrarse con ellos en la presencia del Señor sobrepasaría cualquier otra felicidad en el cielo. Probablemente Juan habría estado de acuerdo con él, porque escribió: “No tengo yo mayor gozo que este, el oír que mis hijos andan en la verdad” (3 Jn. 4). Daniel, quien recibió una visión especial concerniente a los últimos tiempos, escribió: “Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua. Los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento; y los que enseñan la justicia a la multitud, como las estrellas a perpetua eternidad” (Dn. 12:2, 3). Salomón expresó verdadera sabiduría cuando escribió: “...el que gana almas es sabio” (Pr. 11:30b).

3. La corona de gloria

“Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria” (1 P. 5:4).

Cuando un atleta llegaba a la meta final, el público que observaba en las graderías se ponía de pie y aplaudía el logro del corredor o atleta. Incluso hasta César sonreía cuando colocaba la corona sobre las sienes del ganador victorioso. Conforme Pedro visualizaba esta escena, sus pensamientos volaron hasta ese día cuando el Rey de reyes y la multitud de almas redimidas reconocerán el valor de los atletas espirituales de la tierra. Cristo colocará coronas sobre las cabezas de los ganadores y quienes las reciban nunca lamentarán el esfuerzo que hicieron para concluir triunfantes la carrera. Pablo dijo: “Corred de tal manera que lo obtengáis”.

4. La corona de la vida

“Bienaventurado el varón que soporta la tentación; porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de vida, que Dios ha prometido a los que le aman” (Stg. 1:12).

Esta será una recompensa especial para las personas que vencen las tentaciones. No es una recompensa por un servicio victorioso, sino por la dedicación a Cristo y a su reino, cuando el mal desafía la integridad. El Señor le dijo a la iglesia en Esmirna: “Yo conozco tus obras, y tu tribulación, y tu pobreza (pero tú eres rico), y la blasfemia de los que se dicen ser judíos, y no lo son, sino sinagoga de Satanás. No temas en nada lo que vas a padecer. He aquí, el diablo echará a algunos de vosotros en la cárcel, para que seáis probados, y tendréis tribulación por diez días. Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida” (Ap. 2:9, 10).

5. La corona de justicia

La declaración de Pablo “Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (2 Ti. 4:8), es muy significativa. Note que no dice «para todos los que esperan su venida», porque la mayoría de cristianos esperan su venida. Pero decir «yo espero su venida» no es lo mismo que decir «yo amo su venida».

El apóstol Pablo, quien había predicado el evangelio a través de todo el mundo conocido en su día estaba convencido que el Señor recompensaría su esfuerzo. En el prefacio de su declaración hizo un breve registro de sus logros: “Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe” (2 Ti. 4:6, 7).

Él había llegado al fin de su ministerio y estaba listo para encontrarse con el Señor. Tal vez haya una conexión entre su testimonio y el consejo que le diera a los efesios, urgiéndoles a que se vistieran “...de toda la armadura de Dios...” (Ef. 6:11), algo que el apóstol usó durante toda su vida. Él, cuyo corazón había estado cubierto por la justicia era un digno receptor del más alto honor que el cielo puede otorgar.

6. Las coronas de oro

“Y alrededor del trono había veinticuatro tronos; y vi sentados en los tronos a veinticuatro ancianos, vestidos de ropas blancas, con coronas de oro en sus cabezas” (Ap. 4:4). Cuando Juan describió la escena en el cielo enfatizó dos cosas:

• Los ancianos estaban vestidos con ropas blancas, las cuales representaban la justicia de los santos: “Y a ella se le ha concedido que se vista de lino fino, limpio y resplandeciente; porque el lino fino es las acciones justas de los santos” (Ap. 19:8).

• Ya les habían otorgado coronas de oro, lo cual indicaba que eran reyes y sacerdotes para Dios. Su sacerdocio era superior al de Aarón, porque no sólo llevaban puesto el pectoral de la justicia, sino que también tenían coronas de oro, un privilegio del que nunca disfrutaron esos que intercedieron por Israel.

La variedad de galardones mencionados por los apóstoles representan algunos de los honores que se les otorgarán a los siervos de Cristo. Debe recordarse que el Señor le advirtió a la iglesia de la posibilidad de perder la corona: “He aquí, yo vengo pronto; retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona” (Ap. 3: 11). Cuando hayan concluido todos los procedimientos ante el tribunal de Cristo, los designados para posiciones de autoridad en el reino estarán listos y probablemente entrenados para hacer todo lo que sea necesario cuando Cristo reine en Jerusalén.

Alguien me preguntó: «¿Cree usted que en el cielo iremos a la escuela?» Y prosiguió diciendo: «Si los santos van a reinar con Cristo, ¿no cree que necesitarán entrenamiento especial para estar preparados para cualquier emergencia que pueda surgir? Suponga por ejemplo que me pidieran que gobernara una ciudad, o dos, o diez, ¿qué puedo saber yo sobre esa clase de trabajo? Seguramente el Señor no esperará que alguien haga algo para lo que no está calificado. Así que debe haber un lugar en donde a los santos se les enseñe lo que necesitan saber. Tal vez el Señor tenga universidades especiales en donde nos matricularemos». ¡Esta sugerencia me pareció muy estimulante!

Cuando el finado Conway Twitty regresó a Estados Unidos después de dos semanas de conciertos en China, una multitud de sus admiradores le dieron una calurosa bienvenida. Una dama anciana que había sido misionera en China por más de 40 años parecía un poco desilusionada cuando murmuró: «Él estuvo allí sólo por dos semanas; yo estuve allí por más de 40 años, ¡sin embargo, nadie ha venido a esperarme!» ¡Esta hermana olvidó que todavía no está en el país de su Padre!

¿Cómo será nuestra apariencia futura?

Debemos recordar que este cuerpo que tenemos ahora no heredará el cielo. Aquellos que hayan partido para estar con el Señor antes del arrebatamiento resucitarán, pero la generación de cristianos que sea sorprendida por el rapto pasará por una experiencia de TRANSFORMACIÓN, se despojará de este cuerpo y se revistará de otro. Los cristianos tendremos un cuerpo incorruptible, glorioso, eterno, celestial y perfecto.

La Biblia hace distinciones entre los resucitados, por eso leemos: “Los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento; y los que enseñan la justicia a la multitud, como las estrellas a perpetua eternidad. Pero tú, Daniel, cierra las palabras y sella el libro hasta el tiempo del fin. Muchos correrán de aquí para allá, y la ciencia se aumentará” (Dn. 12:3, 4). Daniel habla de dos tipos de personas que toman parte en la resurrección de los justos. La misma resurrección mencionada con relación al arrebatamiento.

Lo llamativo es que Daniel establece una diferencia general entre los redimidos resucitados. Dice que unos redimidos “resplandecerán como el firmamento” y los otros, “los que enseñan la justicia a la multitud”quienes además de ser redimidos ganan almas o dan fruto, “como las estrellas a perpetua eternidad”. Creo que Daniel está presentando la diferencia entre los cristianos pasivos y los activos.

Nadie puede negar que existen dos grupos de cristianos y que cada uno de nosotros pertenece a uno de los dos. Cuando comparezcamos ante el tribunal de Cristo, esa gran diferencia nos acompañará por la eternidad y será lo que determinará la clase de galardón o recompensa que obtendremos.

Pablo también se refirió a lo mismo cuando dijo: “Pero dirá alguno: ¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué cuerpo vendrán? Necio, lo que tú siembras no se vivifica, si no muere antes. Y lo que siembras no es el cuerpo que ha de salir, sino el grano desnudo, ya sea de trigo o de otro grano; pero Dios le da el cuerpo como él quiso, y a cada semilla su propio cuerpo. No toda carne es la misma carne, sino que una carne es la de los hombres, otra carne la de las bestias, otra la de los peces, y otra la de las aves. Y hay cuerpos celestiales, y cuerpos terrenales; pero una es la gloria de los celestiales, y otra la de los terrenales. Una es la gloria del sol, otra la gloria de la luna, y otra la gloria de las estrellas, pues una estrella es diferente de otra en gloria. Así también es la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción” (1 Co. 15:35-42).

La pregunta de los corintios fue: “¿Cómo resucitarán los muertos (los redimidos)? ¿Con qué cuerpo vendrán?” Pero hay varias cosas que podríamos añadirle a esa pregunta, como por ejemplo: ¿Serán parecidos a los ángeles tal como los describieron quienes los vieron? ¿Serán completamente diferentes a todo cuanto conocemos hasta hoy? En síntesis: ¿Cómo serán los cuerpos de los salvos resucitados y de quienes sean transformados al momento del arrebatamiento?

Pablo no dice que los cuerpos resucitados serán como los de los ángeles. Cuando Jesús mismo al responderle a los saduceos su pregunta, dijo que en la resurrección seríamos “como los ángeles”, no estaba refiriéndose a la apariencia física de nuestros cuerpos, sino a la resurrección en sí (Mt. 22:23-33). Los ángeles recibieron sus cuerpos directamente de Dios, mientras que nosotros fuimos engendrados y nos formamos en la matriz, luego al nacer nuestro cuerpo fue desarrollándose en forma natural. Sin embargo, el cuerpo futuro será algo que Dios dará a cada uno, hecho por él mismo. Pero... ¿Cómo decidirá Dios qué clase de cuerpo tendrá cada uno? Obviamente habrá personas que recibirán cuerpos más lindos que otros.

Pablo explica esto con asombrosa exactitud. Si combinamos sus palabras con las de Daniel, la respuesta es que nuestra apariencia futura tiene relación directa con nuestra conducta actual. Pablo dice que cada estrella tiene su propia gloria y que no hay dos que sean exactamente iguales, pero es un hecho que hay unas más hermosas y radiantes que otras. Pero... ¿Será posible que resucitemos con cuerpos diferentes, cada uno acorde con el servicio que hubiere rendido como cristiano? Creo que esta es una explicación clara al galardón o recompensa que obtendremos como hijos de Dios.

En cierto modo debemos admitir que con nuestro diario andar estamos forjando nuestra apariencia física externa. Tengamos esto bien presente cuando vivamos livianamente la vida espiritual, cuando participemos de algún pecado, cuando permitamos que la lengua baile al son de nuestros pensamientos pecaminosos, cuando nos resistamos y no queramos contribuir con la obra, cuando teniendo tantas oportunidades no ganamos almas para Cristo.

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