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¿Salvo ganador o salvo perdedor?

Supongamos que usted es un cristiano, y supongamos que ha llegado el arrebatamiento, es decir, que el Señor recoge a sus hijos y usted está entre los salvos. ¿Qué espera ni bien llegue a la presencia del Salvador?  ¿Hay alguien en particular a quien desearía ver inmediatamente después del mismo Señor? 

Algunas cosas podemos imaginar, porque ya sabemos con qué nos encontraremos allí: será el tribunal de Cristo.  Estaremos allí todos los redimidos.  Algunos rodeados de miles de creyentes felices y agradecidos porque de él o ella, oyeron el evangelio y fueron salvos.  ¡Habrá alegría, abrazos y hasta llanto de gozo!  Tal vez usted será uno de aquellos que se verá rodeado de tanta gente preguntándose: «¿Por qué tanto me agradecen estos hijos de Dios?  ¿Qué hice yo por ellos?»  Teniendo al Señor al alcance, le dirá usted: «Señor, ¿puedes decirme por qué estos centenares de hombres y mujeres me admiran tanto, me agradecen y se confunden en un ambiente tan festivo?»  El Señor bien podría contestar: «Hijo/a, ellos me conocieron por tu ministerio.  Yo fui quien hizo todo, pero cuando te llamé para que me sirvieras, tú no declinaste mi invitación, sino que con ánimo pronto y con verdadero gozo aceptaste mi invitación.  No buscaste comodidades, no fuiste pastor ni nada de eso, no tuviste grandes títulos, nadie te admiraba por lo que hacías, derivándome siempre toda la gloria.  Tenemos la eternidad por delante y tú podrás entrevistar a estos centenares que te recibieron con tanto gozo para que cada uno te explique cuánto bien hiciste con darles el evangelio.  Probablemente no recuerdes a algunos de ellos pero yo te recompensaré por todo tu esfuerzo».

¡Qué bueno sería esto, que a cada uno de nosotros, aunque no tanto como... centenares o miles que hayan conocido a Cristo mediante nuestro testimonio, nos reciban gozosos justo antes de recibir el galardón que nos corresponda y que el Señor nos tiene preparado!  ¿Recuerda usted la “receta del Señor” para esta ocasión?: “Y yo os digo: Ganad amigos por medio de las riquezas injustas, para que cuando éstas falten, os reciban en las moradas eternas” (Lc.16:9).  Probablemente usted está entre aquellos que gozan de comodidades económicas.  ¿Ha pensado alguna vez derivar parte de lo que el Señor le dio para ayudar a tantos hambrientos y necesitados de ropa, techo, medicina, libros para los pequeños que van a la escuela, etc.?  Recordemos que el Señor ve todo nuestro andar, sabe de todo nuestro pensar, oye todo nuestro hablar y hasta conoce todas nuestras motivaciones.  ¡Esta vida es tan corta!  Una vez que partamos a la eternidad, siendo cristianos, lo único que nos interesará será recibir del Señor lo que nos corresponda y las palabras: “...Bien, buen siervo y fiel... sobre mucho te pondré...” (Mt. 25:21).

Pero... ¿Qué del cristiano que llegará a la presencia del Señor sin una sola gavilla, sin haber contribuido en nada, antes bien, tal vez ha causado daño a la obra del Señor, siendo una pesada carga para la iglesia?  ¡Pobre hermano!  Estará por allí como un pelícano lamentándose demasiado tarde por haber tenido tantas oportunidades y tantos años para servir al Señor y sin embargo su único servicio fue el “servir” de estorbo y escándalo.  Su vida de hogar como cónyuge, padre, madre, vecino, hermano, etc., todo había sido un fracaso, ¡y eso por decisión propia!  Debemos saber que todos nosotros hacemos nuestra decisión en cuanto al testimonio que seremos mientras estamos “consumiendo” nuestros años de cristianos aquí como “extranjeros”.  De estos hermanos, de estos cristianos, Pablo se ocupa en 1 Corintios 3:15.  Jesús también hace referencia a esto en Juan 15:7, 8.  ¡Cuántos cristianos no se dan cuenta de las oportunidades que tienen para servir al Señor, siendo él tan buen pagador!  Creo que muchos lamentarán el haber desperdiciado tanto talento, tantos años, tantas energías y oportunidades, y tanto dinero.  La escena ante el tribunal de Cristo es exclusivamente para los cristianos.  Todos nosotros los salvos estaremos allí nos guste o no, porque esto es lo que dice en 2 Corintios 5:10.

Pero... ¿Y qué si llega el día de la partida de la Iglesia a la presencia del Señor, cuando además resuciten todos los muertos, y usted se queda aquí, sabiendo todo esto que está leyendo?  ¿Cómo se sentirá, qué intentará hacer, a quién irá en busca de ayuda, consuelo, orientación o respuesta a lo sucedido?  Porque sin duda la noticia del arrebatamiento tendrá una gran repercusión en todo el mundo.  Serán millones quienes desaparecerán sin ninguna razón aparente.  En Génesis 5:24 se registra el arrebatamiento de un sólo hombre, Enoc, y sin embargo ese tan aislado hecho fue reconocido por el mundo de entonces: “Caminó, pues, Enoc con Dios, y desapareció, porque le llevó Dios” (Gn. 5:24).  Muchos matrimonios y familias serán separados, porque los salvos entre ellos partirán, pero los otros quedarán.

Todos los salvos hoy, quienes todavía caminamos con Dios estando aquí en este mundo, desapareceremos.  Y sin duda usted sabrá que cualquier explicación al respecto carecerá de importancia.  Por supuesto que las autoridades, los teólogos expertos en “desapariciones” tendrán todo tipo de explicaciones, incluso podrían entrevistar por televisión a algún doctor en “DESAPARICIONOLOGIA”.  ¡Flor de título!  ¿Cuál sería la explicación de semejante “sabio?  «Bueno...» - diría - «es que hubo un alineamiento de planetas, un cambio muy singular y profundo en el cosmos y ciertas energías extrañas, a semejanza de rayos solares, al caer sobre ciertos lugares y ciertas personas, como que los... succionaron y ellos deben estar flotando en el espacio más allá de la fuerza gravitacional.  Prueba de esto» - dirá este doctor - «es que muchísimos millones de cristianos no fueron afectados.  Fíjense, el ‘santo padre’ ofreció hoy un mensaje desde su sede en el Vaticano, que fue difundido por todo el mundo».  Luego dirá: «Si los cristianos se habrían ido en el rapto, él (el Papa) habría sido el primero en desaparecer».  Algo así serán las explicaciones que se darán para consolar a tantos asustados y desorientados.

Si usted no cree lo que lee, entonces le recomiendo que vuelva a leer los siguientes textos bíblicos: Lucas 17:26-30, 34-36; 1 Corintios 15:51, 52; 1 Tesalonicenses 4:16-18.  Lo único que habremos llevado con nosotros al partir serán las obras, es decir, lo que habremos hecho en la causa del Señor (Ap. 14:13).

Trate de responder a esta pregunta: Si yo muriera hoy o si el Señor recogiera a su iglesia, ¿iría al cielo o no?  Esta pregunta usted mismo debe responder.  ¡Usted puede saber si es o no salvo!  Tal vez otros no lo sepan, pero tanto usted como su Salvador sí lo saben.

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