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El cristiano derrotado

Todos hemos conocido a alguien así. Se trata del cristiano derrotado. Esa persona (hombre o mujer) que trata y trata, pero quien después de haber sido salvo o salva por 30 años, todavía no ha dejado de fumar, sino que en lugar de eso, esconde los cigarrillos antes de llegar a la iglesia y no se acerca mucho a los hermanos cuando los saluda, por temor de que puedan percibir el olor del cigarrillo en su ropa, cabello y manos.

También está el cristiano, quien usted sabe que es salvo, pero que no puede dejar de tomar cerveza o licor. O aquel otro que aunque es salvo, nunca asiste a la iglesia porque piensa que no encaja con el resto de la congregación. O ese que no asiste al templo porque está convencido que todos son unos grandes hipócritas.

Está incluso ese cristiano derrotado quien aunque es salvo, no quiere comportarse como todos los demás, porque no le gusta que todos se enteren que es un “aleluya”, un “gloria a Dios”, y por eso evita asociarse con otros cristianos.

Hay otro grupo que no goza de buena salud, y quien teme ir a la iglesia porque algunos hermanos tienen la costumbre de decir que cuando un cristiano se mantiene enfermo, es porque de seguro tiene algún pecado no confesado que lo mantiene en esta condición.

Pero... ¿Por qué algunos cristianos son salvos y de inmediato se convierten en nuevas criaturas, mientras que otros aunque son salvos lucen exactamente lo mismo que antes? ¡Por favor, no me diga que no conoce a alguien así! ¡Tal vez usted mismo lo es! Es difícil, muy difícil tratar y tratar, cuando parece tan fácil para otros, mientras que para usted es prácticamente imposible. Es tanto que en ocasiones sería preferible tirar la toalla.

Ahora vamos a dejar este tema ya trillado para referirnos a otro asunto que afecta a muchos cristianos y que constituye uno de los temas favoritos en los foros cristianos. A lo que voy a referirme no es para quien no se ve acosado por un pecado, ni tiene alguno bien guardado en el corazón que sólo Dios y el enemigo saben. Pero si le interesa puede continuar leyendo.

Ahora, seamos honestos, ¿por qué Dios libra a algunas personas del alcohol, cigarrillos, drogas, de pecados ocultos y a otras no? La respuesta es que realmente no lo sé. ¿Se siente desilusionado? No lo esté porque algunas veces Dios no lo hace. Eso no quiere decir que usted no es cristiano. No significa que no es salvo, tampoco que Dios lo ha abandonado. Lo que implica es que se siente derrotado porque todavía tiene ese pecado en su vida.

Pero, ¿a qué se debe su derrota? ¿Es por su iniquidad? ¿Acaso no le ha hablado a Dios de este problema? Y sí es así, entonces ¿por qué continúa siendo una dificultad en su vida? Sabe que Dios es real, que es Todopoderoso, entonces... ¿Cuál es su confusión? ¡Ninguna!

¡Bienvenido a la “Iglesia de los Heridos! Es por esta razón que tantas personas encuentran más compañerismo a través de un foro en la internet, que el que pueden encontrar en una iglesia. Allí no se sienten culpables. Nadie puede verlos escondidos encendiendo un cigarrillo, o tomándose una cerveza.

Usted va a la iglesia buscando a Dios, tratando de encontrar ese perdón, pero nunca lo encuentra. En lugar de eso, escucha que si fuma, o si hace cualquier cosa que profane su cuerpo, el templo del Espíritu Santo, debe tratar de abandonar su vicio primero, para luego poder tener compañerismo con los hermanos. El gran problema es que ha estado tratando por años de corregirse y no ha sido posible.

Se sienta allí en la banca, pensando en el cigarrillo que fumará cuando vaya de regreso a casa, y se siente avergonzado y culpable. ¿Para qué va a regresar a la iglesia? ¡Es un hipócrita! El pastor le dice que Dios lo hizo todo por usted en la cruz, pero que ahora depende de sí mismo. Todos esos pecados que sabe de sí mismo, tiene que tratarlos usted solo, porque nadie más los conoce y esa es su responsabilidad.

De tal manera que cada vez que toma a hurtadillas un cigarrillo se siente culpable, porque: «El hermano Pedro fue salvo y al cabo de una semana dejó de fumar, beber y decir malas palabras». Y se dice: «Mi amigo Pedro ahora se entretiene practicando la jardinería alegre en su casa, ¡mientras que yo continúo pecando día tras día!»

El pecado es la enfermedad de la raza humana. Ningún ser humano está exento de él. El apóstol Pablo al hablar del pecado dijo: “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero” (1 Ti. 1:15). De acuerdo con la Biblia, el apóstol Pablo se encontraba entre los primeros pecadores, pero también era uno de los primeros entre los apóstoles, porque eso también lo dice la Biblia.

Eso hace que uno se sienta bien incómodo, tal como hoy se siente usted. Hay unos que no beben café porque saben que les hace daño, pero están los otros que se encuentran bien al tanto de que no deben tomar demasiado café, pero sucumben a la tentación y hacen lo que no deben una y otra vez. Es un tema bien difícil y escribo esto con cierto temor y aprensión, porque sé que ya muchos me critican por predicar que cuando el pecador es salvo, es salvo por la eternidad. Algunos hasta me han dicho que estoy dándoles a las personas licencia para pecar. Pero no es así.

Antes de apresurarse a criticarme, por favor escuche lo que dice el apóstol Pablo, no lo que digo yo: “Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado. Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí” (Ro. 7:14-17).

Tal vez Pablo no esta hablándole a usted, pero sí está refiriéndose a mi tema favorito: “Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros” (Ro. 7:22, 23).

¿Le suena todo esto como de alguien que está teniendo muy buen tiempo? Pero entonces... ¿Por qué Pablo no hizo lo que el pastor le dice a usted que haga? ¿Por qué no acudió al Señor y le presentó su problema, para que él se hiciera cargo de todo?

¿Es que acaso lo hizo una vez y luego dejó de hacerlo? ¿Será que no se consideraba digno? ¿O es que tal vez al Señor le importa más Pedro el jardinero, que Pablo y usted? Pablo escribió: “Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera” (2 Co. 12:7).

He leído lo que han escrito muchos teólogos y exégetas que han analizado estos versículos. Si uno le presta atención a todas sus teorías, tendría hasta que pensar que Pablo se cayó sobre un arbusto de espinas. Algunos dicen que Pablo tenía un impedimento para hablar, otros, que tenía problemas con la vista, que tenía una apariencia poco atractiva, ¡incluso no hace mucho escuché a un predicador en la televisión que dijo que posiblemente Pablo sufría de mal aliento!

Pero... ¿Es qué la Biblia no nos dice cuál era ese aguijón en la carne? Todos miran a algo específico para tratar de explicar este versículo. Buscan un defecto físico que Pablo pensaba que podía obstaculizar su efectividad para Dios. Pero al hacer esto, dejan de mirar al bosque por tener los ojos fijos en un árbol.

El apóstol Pablo, “el primero” entre los pecadores, dijo específicamente que este aguijón era “un mensajero de Satanás”, enviado para abofetearle. El aguijón de Pablo era su pecado, el cual impedía que pudiera exaltarse. Y sigue diciendo: “Respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí” (2 Co. 12:8).

Detengámonos en este versículo y examinemos el cuadro completo. Aquí tenemos a Pablo, consciente de la obra que el Señor había puesto frente de él, sabiendo que es “el primero” entre los pecadoresy conociendo su debilidad por el pecado que lo asediaba. Por lo tanto, presenta todo ante Jesús, exactamente como usted mismo ha hecho, esperando sinceramente que Él se haga cargo de este problema, tal como el pastor le ha dicho a usted que lo hará, ¿y qué le respondió el Señor?: “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad...” (2 Co. 12:9a).

La Biblia dice que somos vendidos al pecado, que ese es nuestro estado natural, que la cosa más antinatural que el hombre puede hacer es no pecar. Que somos salvos, creemos, pero a pesar de todo tenemos que luchar minuto a minuto contra el pecado.

Cada vez que se libra de un pecado, aparece otro nuevo contra el cual tiene que luchar. Es una batalla constante y usted siempre es el perdedor. Pero... ¿Cómo puede ser esto? ¿Cómo puede ser sinceramente salvo y todavía continuar luchando contra pecados que tal parece que no le molestan a otros cristianos?

Y hay sólo una respuesta lógica: QUE EL SEÑOR JESUCRISTO LO HIZO TODO. realmente LO HIZO TODO.

Este es el más simple de los principios, sin embargo la gran mayoría de predicadores se basan en el engaño de que realmente no lo hizo. En lugar de eso, enseñan que Jesús hizo todo en la cruz por usted, pero luego que lo salvó, lo que haga o deje de hacer con su naturaleza pecaminosa es su propia responsabilidad. Por consiguiente, cuando se ve confrontado constantemente con su pecado y con lo malo que es, resulta más fácil tirar la toalla y no tener que enfrentar la confrontación semanal, por eso usted cree que está derrotado.

En lugar de sentirse libre, es esclavo de su culpa. ¿Cuántas personas conoce que acudieron al llamado desde el púlpito el domingo, y luego se sienten acosadas por la culpa el miércoles? La salvación, o es un regalo de la gracia por medio de la fe, o es un producto de la fe más las buenas obras. Moisés tenía fe, más las buenas obras. Lo mismo Abraham y David, pero sin el Salvador habrían muerto en sus pecados.

La esclavitud del pecado para un cristiano, es el peso de la culpa por ese pecado. Es eso lo que impide que busque el rostro de Dios. El Señor Jesucristo nos libró de la esclavitud del pecado, pero ¿significa esto que tenemos entonces licencia para pecar? ¡Dios nos libre!

Pablo dijo: “Todo me es lícito, pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no todo edifica” (1 Co. 10:23). La palabra que en nuestra Biblia se traduce como “conviene”, es muy interesante. En el texto original griego significa algo «apropiado para un propósito».

La realidad es que somos seres humanos. Incluso después que nos convertimos en nuevas criaturas en Cristo, todavía seguimos cohabitando en el “castillo” de carne con el viejo hombre.

Usted tendrá sus batallas, pero sus derrotas sólo llegan cuando se rinde. Siguiendo a las lamentaciones de Pablo sobre su lucha con la carne y la dualidad del hombre, el apóstol escribe comenzando con Romanos 8:1: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu”. Este versículo también ha sido espiritualizado fuera de su contexto. He oído decir, incluso a pastores, que si usted peca es porque anda en pos de la carne, en lugar de andar en el Espíritu.

Pero permítame planteárselo en esta forma: Desde que fue salvo, ¿alguna vez cometió un pecado y no le importó, ni sintió ninguna responsabilidad delante de Dios? La forma cómo reaccionó ante este dilema, le dirá en pos de qué está caminando. ¿Tras la irresponsabilidad de la carne? ¿O está viviendo en el Espíritu?

No es el pecado lo que derrota al cristiano. No es el hecho que no haya dejado de fumar o cualquiera sea el pecado que usted cree que lo mantiene en derrota. Pecar es lo que hacemos todos los seres humanos. Y perdonar es lo que hace Dios. Es la culpa lo que lo mantiene en derrota e impide que se acerque al trono de gracia. Es lo que impide que le hable a otros de Jesús.

El cristiano debe tratar de vivir una vida bien centrada en Cristo, pero la Biblia dice que debido a la dicotomía, a la división que hay en nosotros, esto es imposible.

Incluso usted que ahora está escandalizado, sabe que todavía tiene el problema del pecado, así lo admita o no. Es posible que sólo sea un pecadillo, tal vez un pecado habitual o hasta un gran pecado, pero sea lo que fuere es PECADO. Cuando pecamos, y la Escritura dice que todos pecamos, odiamos ese pecado, tal como hizo Pablo. Pero pecamos, al igual que el apóstol. Preste atención a lo que dice el capítulo 7 de Romanos: “Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado. Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado” (Ro. 7:14-25).

Si pudiésemos vivir una vida libre de pecado, entonces... ¿Por qué fue necesario un Salvador? Y si es así, ¿de qué estaba divagando Pablo cuando dijo que quería hacer el bien y no podía?

Si había una fórmula que sólo involucra aceptar al Señor Jesucristo y luego vivir una vida sin pecado, entonces ¿por qué Jesús tuvo que ir a la cruz? ¿Por qué esos “que no pecan”,no escriben mejor una versión revisada de los diez mandamientos que diga: «Acepte al Señor Jesucristo y no peque, así podrá ir al cielo?» La respuesta es obvia: nadie llegaría allí.

Estamos viviendo en los últimos días. Nos encontramos en el campo de batalla y no hay tiempo para vendar a los que caminan heridos. Se necesita desesperadamente la presencia de cada soldado en la línea de combate. Un soldado hace lo mejor que puede, y eso es suficiente. Especialmente para Ese que realmente sabe que usted está haciendo lo mejor. Él no sólo entiende, sino que le hizo a usted con un propósito específico. Es por esta razón entonces que Pablo dijo: “Todo me es lícito, pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no todo edifica”.

Lo que tal vez pueda parecerle una derrota a usted, desde su posición en la batalla, de hecho bien puede ser una victoria táctica en otra parte a lo largo de la línea de combate. Sólo nuestro General sabe, y Él dice: «¡Confía en Mí!»

¡Anímese! No permita que el hecho de que es un pecador, le arrebate la victoria. El único prerrequisito para ser un cristiano, es ser un pecador primero, y eso somos todos. Dios tiene un plan para su vida y ha determinado un momento en que tendrá una cita con usted. ¿Se encontrará allí o estará curando sus heridas derrotado en alguna esquina? Se nos está acabando el tiempo, y la única meta del enemigo para su vida es mantenerlo derrotado e inefectivo conforme el reloj sigue su acompasado tic-tac hacia la confrontación final.

Lo mismo que le dijera el Señor a Pablo, le está diciendo ahora a usted: “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo” (2 Co. 12:9).

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