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Bocas que salvan y bocas que matan

Pensando en algunos cristianos quienes tan fácilmente usan palabras groseras, se me ocurrió un tema bastante original: «Bocas que salvan y bocas que matan».

El habla es un don inapreciable, especialmente para quienes “vivimos del habla”. Un destacado comentarista, ciertamente inteligente y conservador, suele decir: «Me pagan por hablar, hasta me siento culpable por hacer lo que tanto me gusta ¡y todavía me pagan por ello!» Y aunque él no es cristiano (al menos no parece pertenecer a iglesia alguna), no usa palabras groseras en sus tres horas diarias de comentarios políticos, de orden económico, etc. Escuchando emisoras de nuestro medio, después de unos minutos, suelo apagar la radio porque lo que dicen, y repiten una y otra vez, es tan grosero que a veces estando yo sólo, no puedo escucharlos. Por lo visto una gran cantidad de hombres y mujeres creen que ser groseros es una gran virtud, sin darse cuenta del daño que se hacen a sí mismos y a cuantos los escuchan.

Pero... ¿Acaso nosotros los cristianos estamos libres de esta vergonzosa actitud, hablando como los peores mundanos y abordando temas que nos rebajan y rebajan al interlocutor?

Hágase un autoexamen y usted mismo podrá evaluarse en este campo. No olvide que hablar es un don de Dios. Usted sabe que hay muchos mudos que desearían poder hablar, pero no pueden.

¿Cuáles son los temas que suelo abordar con mis amigos en mi trabajo? ¿Cuáles son las palabras que uso para con mi cónyuge y mis hijos? ¿Aprenden mis hijos de mí a hablar usando palabras que no sean groseras ni de doble sentido?

Las hermanas que trabajan en ambientes seculares, no importa si se trata de alguna institución de prestigio, y las bocas que allí están pareciera que son cuevas desde las cuales salen ranas, como esas de Apocalipsis 16:13, 14: “Y vi salir de la boca del dragón, y de la boca de la bestia, y de la boca del falso profeta, tres espíritus inmundos a manera de ranas; pues son espíritus de demonios, que hacen señales, y van a los reyes de la tierra en todo el mundo, para reunirlos a la batalla de aquel gran día del Dios Todopoderoso”; con la diferencia que en lugar de ser ranas, son palabras, y en lugar de ser espíritus inmundos, son palabras inmundas, las cuales rebajan a quien las usa y a cuantos tienen la desgracia de oírlas.

¡Cuán instructivo y agradable es escuchar a personas que abordan temas importantes, sean bíblicos o no, pero temas que instruyen, hacen reflexionar a quien las escucha y responden a interrogantes que podamos tener! A esto se refiere el apóstol cuando dice: “Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes” (Ef. 4:29).

En otra traducción dice: «Nunca empleen lenguaje sucio. Hablen sólo de lo que sea bueno, edificante y de bendición para sus oyentes».

Notemos ahora lo que dice en Proverbios 10:19-21: “En las muchas palabras no falta pecado; mas el que refrena sus labios es prudente. Plata escogida es la lengua del justo; mas el corazón de los impíos es como nada. Los labios del justo apacientan a muchos, mas los necios mueren por falta de entendimiento”. Después de todo, la otra pregunta que deberíamos de plantearnos es: «¿Qué es mejor, hablar mucho o hablar poco?» No es necesario responder, porque usted sabe que el de menos palabras sale ganando. Muchas veces unas pocas palabras son la mejor medicina para un corazón quebrantado, para una persona triste y desorientada, especialmente cuando logramos orientarla en su vida espiritual. Ahora note lo que dice en Proverbios 16:20-24: “El entendido en la palabra hallará el bien, y el que confía en Jehová es bienaventurado. El sabio de corazón es llamado prudente, y la dulzura de labios aumenta el saber. Manantial de vida es el entendimiento al que lo posee; mas la erudición de los necios es necedad. El corazón del sabio hace prudente su boca, y añade gracia a sus labios. Panal de miel son los dichos suaves; suavidad al alma y medicina para los huesos”.

Hay palabras que se usan con mucha frecuencia entre los mundanos, las cuales los cristianos nunca debieran de usar. Refrenar la lengua no es cosa fácil, mantenerla silenciosa es bastante difícil. Pero la cuestión “boca que salva o boca que mata” tiene además, otro ángulo. Ya sabemos que “de la abundancia del corazón habla la boca”. Estas son palabras de Jesús. Note el versículo 45 de Lucas 6: “El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca”.

Se suele decir: «Dime con quién andas y te diré quién eres». También escuché: «Dime lo que comes y te diré cómo te sientes». Esta vez podemos agregar: «Dime de qué hablas y te diré quién eres». El hombre habla aquello que tiene en su corazón. Habla de lo que piensa y planea. Es como una máquina grabadora. Usted graba lo que desea y no espera reproducir luego otra cosa. ¡Oh si pudiéramos ver lo que hay en el corazón del hombre tal como lo ve Dios!

¿Es usted una persona religiosa? No lo diga a nadie hasta que haya leído Santiago 1:26: “Si alguno se cree religioso entre vosotros, y no refrena su lengua, sino que engaña su corazón, la religión del tal es vana”. Una de las lenguas más aburridas y desagradables es aquella que siempre se jacta, y la Biblia habla mucho de esta lengua. Le recomiendo leer en Santiago 3:1-12, pero veamos los versículos 4-6, 9 y 10: “Mirad también las naves; aunque tan grandes, y llevadas de impetuosos vientos, son gobernadas con un muy pequeño timón por donde el que las gobierna quiere. Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí, ¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego! Y la lengua es un fuego, un mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo, e inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno… Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios. De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así”.

¿No le hacen pensar las palabras de Jesús según Mateo 12:36, 37?: “Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado”. En otra traducción dice: «Les aseguro que en el día del juicio van a dar cuenta de las cosas que digan descuidadamente». Esto incluye las palabras groseras, los insultos, las murmuraciones, las tergiversaciones de la Biblia, la Palabra de Dios; lo que habremos dicho ante nuestros hijos, quienes desde pequeños aprendieron un vocabulario indecoroso, indecente, vergonzoso y ahora se manejan usándolo como si todo fuera tan normal, porque creen que se trata de un lenguaje de adultos. Que esto ocurra entre los incrédulos y en sus hogares se entiende, pero lo triste es que muchos cristianos, tanto jóvenes como mayores, hombres y mujeres, miembros de iglesias cristianas, suelen tomar muy livianamente la cuestión palabras ofensivas y subidas de tono. Cuidémonos de manera tal que nuestra conversación sea siempre agradable para quienes nos escuchen.

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