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La gran persecución

Cuando Diocleciano se convirtió en emperador del imperio romano en el año 284, los cristianos se sintieron animados debido a los rumores que su esposa Prisca y su hija Valeria eran cristianas.  Y de hecho, durante los primeros diecinueve años  de su reinado, los creyentes vivieron en una paz y prosperidad relativas, algunos incluso hasta ocupaban altas posiciones en la corte del emperador.

En los asuntos civiles Diocleciano tenía grandes habilidades como organizador.  Para facilitar el papel del imperio romano, estableció su tetrarquía con corregentes: dos emperadores experimentados llamados “Augustos” y dos más jóvenes llamados “césares”.  Los “Augustos” eran él mismo y Maximiano, y los “césares” su yerno Galerio y Constancio, el padre de Constantino.

El 23 de febrero del año 303, el día de la fiesta romana Terminalia, se publicó un edicto que ordenaba que se quemaran todas las copias de la Escritura, que se destruyeran todas las iglesias, se confiscaran sus propiedades y se prohibiera la adoración cristiana.  Al día siguiente fue decretada una medida adicional: que los cristianos que resistieran ya no tenían ningún recurso legal.  Los cristianos fueron privados de cualquier honor y de ocupar oficios públicos.  Mientras que los que trabajaban en la casa real serían esclavizados sino se retractaban.  Fue así como comenzó la gran persecución, a pesar de que no fue puesta en vigor de manera uniforme por los cuatro emperadores.  Muchos cristianos se enteraron por primera vez de los edictos cuando vieron a sus iglesias que eran incendiadas.

Un tercer edicto, que ordenaba el arresto de los clérigos cristianos, provocó una crisis, ya que las prisiones estaban colmadas por verdaderos criminales.  Para tratar con este problema, el siguiente edicto declaraba que los prisioneros cristianos serían puestos en libertad, si le ofrecían sacrificios a los dioses romanos.  Los guardias de la prisión no pudieron obligarlos por ningún medio posible para que hicieran estos sacrificios.  Pero las proclamaciones no pararon allí.  A principios del año 304, otro edicto insistía que todos en el imperio romano - tanto clérigos como laicos - tendrían que sacrificar ante los dioses romanos.  Cada cristiano ahora estaba en peligro.

En el año 305, Diocleciano y Maximiano abdicaron en favor de Constancio y Galerio, poniéndole fin de manera efectiva a la persecución en el occidente, ya que Constancio no estaba interesado en poner este edicto en vigor.  La persecución continuó en el oriente hasta el 311, cuando poco antes de su muerte Galerio cedió y expidió un edicto de tolerancia limitada, garantizando libertad de adoración si los cristianos no perturbaban la paz.

Los años de la gran persecución terminaron oficialmente con un segundo edicto de tolerancia, en esta ocasión expedido por Constancio en el año 313.  El Edicto de Milán fue un gran evento histórico, porque le garantizaba libertad religiosa a los cristianos y paganos.  Eusebio, el primer historiador y además contemporáneo de estos eventos, registró así las palabras del edicto de Constantino: 

          “Las regulaciones pertinentes a la reverencia a la divinidad deben ciertamente hacerse primero.  Por lo que debemos conceder a los  cristianos y a los demás, total autoridad para observar la religión que cada  uno prefiera.  Para que cualquier divinidad que sea que se siente en los  cielos sea propicia y benévola con nosotros y con todos los que están bajo  nuestro reino.  Y así, por medio de este sano consejo y honesta provisión  pensamos hacer los arreglos para que a nadie se le niegue de manera alguna  la oportunidad de dar su corazón a la observancia de la religión  cristiana, a la religión que piense que es la mejor para sí mismo, para  que la suprema deidad, a quien libremente adoramos e inclinamos nuestro  corazón, muestre en todas las cosas su usual favor y benevolencia.  Por  tanto, deben saber que nos ha placido remover todas las condiciones  impuestas anteriormente respecto a los cristianos y ahora, cualquiera que  desee observar la religión cristiana puede hacerlo libre y abiertamente sin  ser molestado.  Queremos que sepan que le hemos dado a los cristianos libertad irrestricta  para ejercer su adoración religiosa. También le hemos concedido a  otras religiones el derecho de llevar libre y abierta observancia de su  adoración con el propósito de mantener la paz en nuestros tiempos, que cada uno pueda tener libertad de culto según quiera”.

Reflexión

¿Qué habría hecho usted si hubiera estado viviendo en el año 304 y el emperador romano decretara que todos debían ofrecer sacrificios a los dioses romanos?  Este asunto tal vez sea más relevante de lo que cree si se encuentra vivo en el tiempo en que aparezca el Anticristo, porque él exigirá que todos le adoren y decretara la pena de muerte para esos que se rehúsen a hacerlo.

“Después vi otra bestia que subía de la tierra; y tenía dos cuernos semejantes a los de un cordero, pero hablaba como dragón...  Y engaña a los moradores de la tierra con las señales que se le ha permitido hacer en presencia de la bestia, mandando a los moradores de la tierra que le hagan imagen a la bestia que tiene la herida de espada, y vivió. Y se le permitió infundir aliento a la imagen de la bestia, para que la imagen hablase e hiciese matar a todo el que no la adorase” (Apocalipsis 13:11,14-15)