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Cuando las cosas le fallaron a los McQuilkins

El doctor Robertson McQuilkin, fundador del Colegio Bíblico Columbia y su esposa habían hecho reservaciones para embarcarse para África en el barco Ciudad de Lahorn.  Unos pocos días antes que zarpara la embarcación, el doctor McQuilkin estaba atravesando la ciudad en un vehículo público.  Casualmente le echó una ojeada al periódico que leía su compañero de asiento.  De súbito su mirada se detuvo en un titular que decía: “El  Ciudad de Lahorn se hunde en el puerto”. ¡Eso no podía ser cierto!  Pero allí estaba y lo era.  La embarcación se había incendiado y en un esfuerzo por impedir que el incendio se propagara al muelle y a los otros barcos anclados fue necesario hundirlo.

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El mundo y la iglesia sin Dios

Ni entre el personal integrante de Radio América, ni entre los diáconos encargados de la Iglesia Bíblica Misionera, contamos con doctores en teología, ni científicos, ni escritores famosos.  Ni siquiera el amado fundador de este ministerio el Pastor José Holowaty, recibió un título en teología de ninguna universidad.  Su universidad fue el estudio personal diario de la Biblia, ayudado por la oración y el Espíritu Santo que le otorgó sabiduría en la comprensión de su Palabra.

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Ciento cuarenta y cuatro mil evangelistas

Al hablar de los 144.000 evangelistas que predicarán durante la gran tribulación, el escritor cristiano Walter K Price dice: "¡Ciento cuarenta y cuatro mil judíos salvados, más una multitud que ningún hombre puede contar, de todas las naciones, que han sido lavados en la sangre del Cordero!  Y todo esto dentro de los límites del período de la tribulación.  ¡Qué despertar espiritual! Ni Pentecostés en el primer siglo, ni la Reforma, ni el gran despertar evangélico en Inglaterra, ni el que tuvo lugar en las Colonias, podrá compararse a este.  Ni Lutero, ni Wesley, Whitefiled, Finney, Moody, Sunday ni ningún predicador, individual o colectivamente, podrán jamás sumar estadísticas como estas'.

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El hombre

  Los ingenieros jamás han ideado una computadora que iguale a la suprema crea­ción de Dios: al hombre.   Un atleta puede correr 40 kilómetros por hora, lanzar una pelota a 160 kilómetros por hora o saltar a una altura de más de dos metros.  Nues­tras actividades comunes y corrientes se deben a la energía de una maquinaria maravi­llosa, que por su complejidad y eficacia haría parecer rudimentaria a la más perfec­cionada de las computadoras.

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La plegaria de Edmundo Allenb

El Puente Allenby fue construido para honrar a Edmundo Allenby a quien Dios usó para llevar a cabo la conquista milagrosa de Jerusalén sin que se disparara una sola arma.  Se extiende sobre el río Jordán.

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No se atrevió a orar en contra del Duque

Cierto duque de Milán era tan odiado por su insoportable crueldad que todos oraban día y noche para que le ocurriera algo malo.  Alguien notó que cada día a la salida del sol, una anciana decrépita entraba a la iglesia y le imploraba a Dios para que le concediera al duque, salud y larga vida.  El duque, al oír esto y sabiendo muy bien que no lo merecía por sus virtudes, envió a buscar a la anciana y le preguntó por qué rogaba a Dios por él diariamente.

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Hazme como Joe

El reverendo Samuel Hopkins Hadley, se graduó del Seminario Teológico de Andover.  Cuando trabajaba en la Misión Jerry McAuley relató este incidente: Una noche presenté la invitación en el servicio de media noche para todos esos que desearan recibir a Cristo o que quisieran que orara con ellos, para que se acercaran y oraran ante el altar.  Desde la nave central de la iglesia se acercó un borracho a quien había visto a menudo en la comunidad.  Cuando se arrodilló para orar, yo me arrodillé a su lado, él ya estaba orando y su oración consistía de una sola frase que repetía una y otra vez: “Amado Padre Celestial, hazme como Joe”.

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Diez centavos de más

Un hombre joven, empleado por la junta directiva de la escuela dominical, contó la siguiente historia.  A última hora le invitaron para predicar en una iglesia en Nashville.  Por un impulso súbito usó como su texto "No hurtarás".  Al siguiente día se subió a un ómnibus y le entregó al conductor un billete de un dólar.  El conductor le devolvió su cambio y él avanzó hasta el fondo del bus y comenzó a contar el dinero.  Habían diez centavos de más.  Su primer pensamiento fue: "La compañía de buses nunca echará de menos diez centavos".

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El diablo deseaba devolverle la vergüenza

Una leyenda dice que una vez el diablo se llegó hasta un hombre que de rodillas se disponía a confesar sus pecados delante de Dios y le dijo que venía para hacerle restitución.  Cuando el hombre le preguntó que iba a devolverle, el diablo respondió: "La vergüenza, porque es la vergüenza lo que yo le robo al pecador, para que no sienta vergüenza al pecar.  He venido para restaurártela, para que así sientas vergüenza de confesar tus pecados".
Foster

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