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La asignación divina de la oración

En una fría mañana cerca de Bedford, Inglaterra, en la década de 1870, una viuda llamada la señora Symons se acercó a la puerta de su pequeña cabaña para observar los perros que corrían por allí, seguidos por los cazadores.  Siempre disfrutaba saludando con su mano a los niños mientras pasaban cabalgando en los ponis.  En esa mañana particular, ella se sentía extrañamente atraída por los niños del capitán Polhill-Turner, una familia que a menudo participaba en la cacería.  Mientras el repiqueteo de los cascos se desvanecía en la distancia, la señora  Symons de súbito sintió la convicción de que el Señor Jesucristo deseaba que orase por esos niños.  Y así lo hizo, orando por ellos fielmente cada día.

La jornada espiritual de un hombre

En 1779 Charles Simeon ingresó al College del Rey en la Universidad de Cambridge como un estudiante ávido, pero sin lealtad particular hacia Dios.  Después de tres días se quedó aterrado al enterarse que en Cambridge, la participación en la cena del Señor era obligatoria.  En sólo tres semanas tendría que comer el pan y beber el jugo de la vid en la comunión.  Su reacción inicial fue que Satanás probablemente estaba más dispuesto para la cena del Señor que él.

Toda una vida de batalla

John Knox, quien nació en 1514 en Haddington, Escocia, fue educado en la Universidad de San Andrés y ordenado como sacerdote católico.  Sin embargo, para 1542, junto con muchos otros de sus contemporáneos, abrazó la fe evangélica.

Paz como un río

Cuando comenzaba 1871, Horatio Spafford era un hombre feliz.  Su esposa y sus cuatro hijas eran una fuente de gran gozo y consuelo.  Sus propiedades e inmuebles en el centro de Chicago valían la pena y le estaban dando buenas ganancias, gracias al rápido crecimiento de la ciudad.  Luego en abril de ese año, el gran incendio de Chicago consumió sus pertenencias.  Sin embargo, Spafford se consoló grandemente en el hecho que su familia había escapado del incendio.  Y estas palabras comenzaron a llegar a su mente:

La jornada espiritual de un hombre

Con alma sincera determinó que debía preparase de inmediato.  Fue y compró el único libro cristiano que conocía, La total obligación del hombre, por William Law, un gran devocional inglés.  Conforme lo leía y lo volvía a leer, clamaba a Dios por misericordia.  Para el tiempo en que recibió la comunión, se había enfermado por la intensa lectura, ayuno y oración.

La asignación divina de la oración

En una fría mañana cerca de Bedford, Inglaterra, en la década de 1870, una viuda llamada la señora Symons se acercó a la puerta de su pequeña cabaña para observar los perros que corrían por allí, seguidos por los cazadores.  Siempre disfrutaba saludando con su mano a los niños mientras pasaban cabalgando en los ponis.  En esa mañana particular, ella se sentía extrañamente atraída por los niños del capitán Polhill-Turner, una familia que a menudo participaba en la cacería.  Mientras el repiqueteo de los cascos se desvanecía en la distancia, la señora  Symons de súbito sintió la convicción de que el Señor Jesucristo deseaba que orase por esos niños.  Y así lo hizo, orando por ellos fielmente cada día.

Estaba contento con ser el segundo

Entre los líderes más conocidos de la Reforma, Martín Lutero tenía a Philip Melancthon, John Calvino a Thedore Beza y Ulrich Zwingli a Johann Oecolampadius.  Su verdadero nombre era Johann Hausschein, pero como su apellido en alemán significaba “la luz de la casa”, adoptó el de Oecolampadius, su equivalente en griego.

Enfrentando una audiencia hostil

Era el año de 1882 y el predicador norteamericano Dwight L. Moody planeaba celebrar una semana de reuniones, para evangelizar a los estudiantes de historia de la Universidad de Cambridge.

En pos de lo supremo

Oswald Chambers uno de los escritores cristianos más famosos, de hecho sólo escribió un libro, sobre el cual la mayoría de sus lectores nunca han oído hablar.  Nació en Aberdeen, Escocia en 1874 y era hijo de un ministro bautista.  Cuando adolescente acompañó a su padre a escuchar un sermón del famoso predicador Charles Spurgeon.  Después de eso, le dijo a su progenitor, que si hubiera una oportunidad para el servicio, se entregaría al Señor.  Él rápidamente le respondió: “Puedes hacerlo ahora mismo, hijo mío”. Y allí, en una calle de Londres con su padre, Oswald Chambers calladamente sometió su vida a Jesucristo como su Salvador y Señor.

El voto de Benjamin Breckinridge

En 1876 cuando Benjamín Breckinridge Warfield le hizo este voto a Annie Kinkead, la mujer con quien se iba a casar, lo expresó con todo su corazón: “Yo Benjamín, te tomo a ti Annie, para ser mi esposa, para estar contigo a partir de este día en adelante, para bien y para mal, para riqueza o pobreza, en enfermedad y en salud”.

Nació en 1851 cerca de Lexington, Kentucky.  Su padre era un granjero, experto en la crianza de ganado.  Su madre era la hija del reverendo Robert Jefferson Breckinridge, un teólogo del seminario presbiteriano en Danville, Kentucky.

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