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Vientos de Apostasía - Es una obra para los cristianos confundidos a raíz de tantas... - Capítulo XII

Capítulo XII

Jesús no sanó a todos, aunque hubieran creído que sanarían 

Después de citar Santiago 5:15, "Y la oración fe salvará al enfermo" (note que no dice sanará), Paul Yonggi Cho tiice: "Dios nos pide claramente que sanemos a los enfermos, de modo que en mi iglesia yo sano los enfermos en la forma en que el Espíritu me guía hacerlo. Me pongo enfrente de ellos y les digo: Tú estás sanado, ¡levántate y ponte derecho! Pido que manifieste la sanidad, y por docenas, por centenares, los enfermos son sanados ... Usted tiene todos los. recursos dentro de sí mismo, ahora usted conoce todos los elementos que se necesitan para la incubación, para que su fe sea usable. Tenga un objetivo o meta bien claro y definido. Tenga un deseo quemante al punto hacerse casi insoportable entonces ore, hasta tener seguridad, o sustancia. Entonces comience a pronunciar la palabra de seguridad que le ha sido dada" (Cuarta dimensión, páginas 27, 29).

Es notable observar que según este autor, "Dios nos pide claramente que sanemos", pero nosotros le ordenamos que lo haga. ¡Los papeles se han cambiado! El hombre ocupa el lugar de Dios y Dios el del hombre. Según este "sanador" las personas se sanan por docenas y por centenares. No menciona sí es o no la voluntad de Dios, porque en este caso es el ministro quien tiene la última palabra, no Dios. Porque "Usted tiene todos los recursos dentro de sí mismo". Él no aclara de dónde provienen esos recursos y en qué consisten, sino que hay que aprender a "incubar" la fe, y aunque no clarifica cómo, agrega que también hay que tener "un objetivo o meta bien claro y definido". No menciona para nada que esta meta u objetivo debe estar dentro de la voluntad divina, porque la persona central aquí no es Dios, sino el hombre.

Cuando la Biblia nos habla de la fe, no dice que antes de orar hay que tener "un deseo quemante al punto de hacerse casi insoportable". Tampoco enseña que debemos repetir el mantra, ya que según el señor Yonggi es necesario "pronunciar la palabra de seguridad". Él tampoco aclara cuál es esa palabra, por que seguramente ese espíritu da en cada caso una palabra diferente la cual a fuerza de repetición sana o hace lo que se pida.

La oración bíblica es muy sencilla y no esconde ningún misterio, ni exige preámbulos complicados, ni confianza en uno mismo. No oramos para nosotros mismos, sino que elevamos nuestras plegarias a Dios en el nombre de Cristo Jesús. En cuanto a la respuesta sólo le corresponde a él. ¡Cómo sería si Dios me diera todo lo que pido! Aun el mejor cristiano falla en la oración. Podemos pedir algo perjudicial o que pueda perjudicar el testimonio cristiano de otros. También podemos orar en forma egoísta y dañina para nosotros mismos. Somos como niños pequeños que dependen de su padre. Ellos muchas veces piden cosas a sus padres, pero no siempre las reciben. A veces la respuesta es el silencio, otras un "¡No!" rotundo, y en algunas circunstancias "más tarde". Ciertamente, hay ocasiones en que con mucha satisfacción le decimos a nuestro hijo o hija: "Sí, con mucho gasto te daré lo que pediste o te lo compraré" o "Te doy permiso para esto o aquello". Jesús al hablar de nuestra actitud como padres y de la relación con nuestros hijos, dijo: "Pues si vosotros, siendo malos sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?" (Mat. 7:11).

Nuestro Padre celestial nos dará siempre "buenas cosas", especialmente a largo plazo, aunque lo que pidamos no sea bueno. Entonces... ¿Cómo puedo saber que Dios me oye y contesta mis oraciones? ¡Por la fe! Sólo tenemos que creer, porque la Biblia dice que él oye nuestras oraciones y se preocupa por nosotros mucho más que el mejor de los padres. "Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho" (1 Jn. 5:14,15).

Sabemos que "él nos oye", no porque hayamos recibido lo que pedimos, sino porque lo pedimos "conforme a su voluntad". Cada vez que oramos debemos buscar sinceramente su voluntad. Aun en el caso que nuestra oración sea egoísta y no se ajuste a su voluntad, es el Espíritu Santo quien la perfecciona para que esta oración llegue perfecta a los oídos de Dios. "Pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles" (Rom. 8:26b).

Al cristiano deben bastarle estas promesas. Dios está mucho más atento a nuestras oraciones que el mejor padre a las súplicas de sus hijos. Nosotros "siendo malos" - en comparación con Dios - como padres le damos lo mejor a nuestros hijos, aunque no siempre les concedemos todo lo que desean, por estar más capacitados para saber cuáles son realmente sus necesidades. No obstante, hoy se enseña que debemos "demandar" lo que queremos, e incluso que tenemos que "ordenarle" a Dios para que haga esto o aquello.

Jesús habló de nuestra generación de "cristianos" cuando dijo: "Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?" (Luc. 18:8b). Él también dijo refiriéndose a esta generación: "La generación mala y adúltera demanda señal; pero señal no le será dada, sino la señal del profeta Jonás. Y dejándolos se fue" (Mat. 16:4). Esta "generación mala y adúltera", ya no pide señal, sino que la "demanda", pero esto fue predicho por Jesús. Sin embargo, la respuesta es aterradora, porque Jesús dice que la única señal que tendrían será la de Jonás, es decir la de su muerte, sepultura y resurrección. Pero ... ¿Acaso el Señor no estaba refiriéndose a las señales que se ven en estas reuniones multitudinarias? Sí, así es, pero Jesús nos hace ver que en cuanto a señales de parte de él, los no regenerados sólo tendrían la de Jonás. En cambio el cristiano regenerado por el poder de Dios, sí puede hablar de otra señal y ciertamente muy poderosa.

Es el milagro de su regeneración. No existe otro milagro mayor que el milagro de morir y nacer de nuevo por el poder de Dios. Eso exactamente es lo que ha experimentado cada hijo de Dios, cada cristiano verdadero.

Sin duda alguna la señal o milagro que más se explota hoy, es la sanidad divina. Pero ... ¿es realmente como dicen los "sanadores" modernos que todo tiene que ver con la fe del enfermo? Esto no lo encontramos en las páginas de la Biblia. Muy raras veces Jesús y los apóstoles exigieron la fe antes de sanar a un enfermo. En el capítulo 4 del Evangelio de Lucas, hallamos a Jesús de Nazaret donde se había criado. La gente tenía problemas para creer en él, porque lo conocían desde niño, pero Jesús no se escandalizó por esto. Admitió que "ningún profeta es acepto en su propia tierra" (Lúe. 4:24). Explicando a continuación por qué razón no hizo milagros allí, o hizo muy pocos. La primera era que la gente tenía problemas para aceptarle como el Mesías, por conocerle desde su infancia, mientras que la segunda él la explica así: "Y en verdad os digo que muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando el cielo fue cerrado por tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en toda la tierra; pero a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda en Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempo del profeta Eliseo; pero ninguno de ellos fue limpiado, sino Naamán, el sirio" (Luc. 4:25-27).

Jesús destaca aquí la soberanía divina. Dios por alguna razón sana a unos pero no a otros. ¿Le faltan fuerzas? ¿No tienen fe los enfermos, excepto algunos? ¿Por qué sana a unos y a otros no? Jesús le plantea cuadros muy conocidos para quienes conocían las Escrituras. Les habla de los días del profeta Elías cuando hubo una sequía de tres años y medio. La hambruna era horrible, la gente se comía a sus propios hijos. Muchos murieron de hambre. Israel era una desolación. Pero Dios proveyó de alimento solamente a una viuda, en Sarepta de Sidón. Hizo un milagro, y "La harina de la tinaja no escaseó, ni el aceite de la vasija menguó, conforme a la palabra que Jehová había dicho por Elías" (1 Rey. 17:16).

Ahora bien: En todo Israel habían muchas viudas y madres que lloraban sin alimento y veían morirse a sus hijos. ¿Qué le costaba a Dios, que es Todopoderoso, hacer que por lo menos en un millar de hogares hubiese suficiente harina y aceite? No lo sé. Es algo que probablemente sabremos algún día, pero este milagro no vino como respuesta a súplicas, ni órdenes, ni reclamos, ni mucha fe, ni de parte de la viuda ni de parte del profeta.

Luego Jesús menciona el caso de Naamán, el general sirio. Este hombre, aunque muy condecorado por sus muchas victorias militares, tenía un serio problema, era leproso. Jesús les recordó este caso cuando dijo: "Y muchos leprosos había en Israel en tiempo del profeta Elíseo; pero ninguno de ellos fue limpiado, sino Naamán el sirio" (Lúe. 4:27).

El relato completo lo encontramos en el capítulo 5 del libro Segundo de Reyes. En este caso en particular, no sólo se dice que Naamán no tenía fe, sino que no tenía ninguna. Cuando el criado del profeta Elíseo le dijo que fuera y se zambullera siete veces en el río Jordán, en Israel, Naamán se opuso, y de no haber intervenido sus consejeros y subalternos, habría regresado con su lepra: "Entonces Elíseo le envió un mensajero, diciendo: Vé y lávate siete veces en el Jordán, y tu come se te restaurará, y serás limpio. Y Naamán se fue enojado, diciendo: He aquí yo decía para mí: Saldrá él luego, y estando en pie invocará el nombre de Jehová su Dios, y alzará su mano y tocará el lugar, y sanará la lepra. Abana y Farfar, ríos de Damasco, ¿no son mejores que todas las aguas de Israel? Si me lavare en ellos, ¿no seré también limpio? Y se volvió, y se fue enojado. Mas sus criados se le acercaron y le hablaron diciendo: Padre mío, si el profeta te mandara alguna otra cosa, ¿no lo harías? ¿Cuánto más, dictándote: Lávate, y serás limpio? Él entonces descendió, y se zambulló siete veces en el Jordán, conforme a la palabra del varón de Dios; y su carne se volvió como la carne de un niño, y quedó limpio" (2 Rey. 5:10-14).

Vemos entonces que la actitud de Naamán no era de fe, sino de rebelión e incredulidad, sin embargo la voluntad de Dios era sanarle. Aunque Naamán no creía en Dios, el Señor había decidido sanarlo y así lo hizo. Según los "sanadores" modernos, Naamán hizo todo lo que tenía que hacer para no sanarse, sin embargo verdaderamente quedó limpio. Ahora ... ¿era el único leproso en Siria e Israel? ¡No! Jesús dijo que había "muchos leprosos en Israel", quienes seguramente vieron lo que le ocurrió a Naamán después de su séptima zambullida. Puedo imaginarme la cantidad de leprosos que hicieron lo mismo que Naamán para ser curados, pero todos continuaron leprosos. Tal vez no entendían por qué el Dios de Elíseo no los oía, sin embargo fue así. Sin duda muchos de ellos creían en Dios, en cambio sólo se sanó este sirio, un pagano, prepotente, orgulloso, que se negaba a obedecer al Señor.

Otro ejemplo muy elocuente respecto a la forma cómo funciona la soberanía de Dios, lo encontramos en el capítulo 5 de Juan. Allí está registrado el caso del paralítico de Betesda. Y dice: "En éstos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos, que esperaban el movimiento del agua" (Jn. 5:3). Pero Jesús solamente sanó a uno, tal vez el que esperó más tiempo para que se agitara el agua, o quizá el que estaba en peores condiciones. No tenía la menor esperanza de sanarse, porque siempre entraba alguien antes que él. Todo lo que Jesús hizo, sin pregunta si creía que se sanaría milagrosamente, fue decirle "¿Quieres ser sano? ... Levántate, toma tu lecho anda. Y al instante aquel hombre fue sanado, y tomo su lecho, y anduvo" (Jn. 5:6,8,9).

¿Acaso no tenía Jesús poder para sanar a todos los demás? ¿Cuántos eran en total? ¿Qué importa cuántos eran para el Dios Todopoderoso? Si podía sanar a uno, ¿por qué no a todos? Obviamente, el único que se sanó tampoco tenía fe, por otra parte o podemos acusar a los otros enfermos que están allí de no haber tenido fe, porque la Biblia no dice nada al respecto. La única respuesta es que la sanidad física no depende de la fe que tengamos, sino la voluntad divina. En cambio, los "sanadores" hoy, primero se colocan en lugar de Dios para necesitar de su voluntad, luego comienzan a llamar la atención hacia sus propias personas. Ellos han descubierto una fuente de poder especial que ayuda a protagonizar milagros. Es por esta razón que se sienten libres para asegurar que en tal o cual reunión habrá milagros. Porque la voluntad de los sanadores es lo único que cuenta.

Pero ... ¿No dijo el Señor Jesucristo que los suyos tendrían poder para sanar y hacer milagros? Hay muchos que dicen tener esos poderes de que habla el capítulo 16 de Marcos, por lo tanto vale la pena que examinemos este pasaje: "Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos y sanarán" (Mar. 16:17,18).

Si usted se detuvo a pensar un poquito en el significado de estas palabras, habrá notado que Jesús dice que estas señales seguirán a todos aquellos que crean, sean judíos, gentiles, hombres, mujeres, jóvenes y niños. Ahora bien: ¿Por qué "estas señales" no se manifiestan en todos aquellos que creen en Cristo? El Señor no nos dijo que serían señales protagonizadas por algunos pocos dotados de ciertos poderes extraordinarios, que tenían la dicha de compartir momentos muy dulces en su propia habitación en compañía del Espíritu Santo. Tampoco dice que serían individuos con poder "soplador" especial, que arrojarían su chaqueta y la frotarían contra su cuerpo para impregnarla de poder, o que echarían al suelo a cuantos Quisieran para demostrar sus poderes espirituales.