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Vientos de Apostasía - Es una obra para los cristianos confundidos a raíz de tantas... - Capítulo VIII

Capítulo VIII

¿Alabanza o alapanza?

Con frecuencia se dan casos de iglesias que dicen haber redescubierto las alabanzas. En México me contaron de un pastor que camina en la plataforma como un zorro, de repente salta sobre el púlpito con la rapidez de una ardilla y coloca las manos como si estuviera tocando una trompeta, señalándole a la congregación que así, así, exactamente sonará la trompeta del rapto. Hecha esta demostración, baja del púlpito para caminar por los pasillos del templo y le ordena al portero que apague las luces, porque ha llegado el momento para alabar con danzas a oscuras. El apóstol Pablo le escribió estas palabras hace muchos años a la iglesia más carnal de todos los tiempos: "De cierto se oye que hay entre vosotros fornicación, y tal fornicación cual ni aun se nombra entre los gentiles..." (1 Cor. 5:1).

Cuando los mundanos celebran sus danzas, o tienen muy bien iluminado el salón o lo hacen a media luz. Pero nuestros "pastores" hoy en día reciben "inspiración del espíritu"... para apagar completamente las luces. No está lejano el día en que se lleven a cabo orgías y desvaríos en los propios templos "cristianos" Toda la culpa por cierto, siempre la tiene el espíritu. Y así es, en todos estos casos, lo que ocurre es que la persona que está al frente, el gurú que hace el papel de pastor, ciertamente tiene comunicación con el espíritu, oye voces, recibe órdenes, instrucciones precisas de un espíritu de confusión que finge ser el Espíritu Santo.

Es verdaderamente triste ver lo que ocurre hoy en los templos y en los servicios que supuestamente son de adoración y alabanza. Lo que menos hay es esto. Los himnarios, con himnos que sirvieran de inspiración a muchas generaciones, tanto por su lírica, ritmo, como por su melodía y armonía, han sido retirados hoy de nuestros templos. Lo mismo ocurrió con el piano y el órgano. Estos fueron sustituidos por guitarras eléctricas, tambores, baterías, instrumentos de percusión y todo tipo de "traka-traka" con ruidos ensordecedores que más bien parecen fluir del fondo del infierno tratando de mitigar los tormentos de sus habitantes, que de alabanzas al Señor.

Sin embargo, es muy poco lo que se puede decir al respecto, porque al tocar este tema el argumento inevitable siempre será que es... "para la gloria de Dios". Pero...¿Quiere decir esto que todos esos cristianos que por los siglos, desde la iglesia primitiva y pasando por la Reforma, adoraron al Señor"con himnos y cánticos espirituales" (Efe. 5:19), no lograron sus objetivos? Obviamente los cristianos hicieron esto durante siglos, pero ahora la iglesia de este siglo de las luces, ¡redescubrió la verdadera alabanza! Si usted me dice que no, que lo que hicieron los antepasados no estaba bien y que sí está correcto lo que hacen hoy muchas iglesias con sus ruidos, entonces tenemos aquí a un Dios mutable, un Dios que recibía antes un tipo de alabanza y que hoy recibe otro.

Lo que ocurre realmente en la actualidad, es que los "alabadores" no son sino piratas que asaltaron los tesoros de Dios y en lugar de rendirle pleitesía a él, se alaban a sí mismos. Buscan encontrar su propia satisfacción emocional, por medio de saltos, aplausos, gritos, aleluyas, glorias a Dios, retorcidas, convulsiones y caídas hacia atrás. Estas experiencias los colocan en cierto nivel especial, donde habiéndose desahogado emocionalmente, sienten por un momento cierto alivio, cierta paz, como el borracho que olvida por un momento sus necesidades, penas y dolores, pero pasado este momento de éxtasis y "borrachera" en alabanzas (alapanzas), la situación vuelve a ser igual o peor que antes.

En la Biblia tenemos un caso ilustrativo y muy interesante cuando el Señor Jesucristo alimentó milagrosamente a grandes multitudes en pleno desierto. El capítulo 6 del Evangelio de Juan nos relata que un muchacho tenía cinco panes de cebada y dos pe cecillos, "Y tomó Jesús aquellos panes y habiendo dado gracias los repartió entre los discípulos, y los discípulos entre los que estaban recostados; asimismo de los peces;, cuanto querían" (Jn. 6:11). Y Mateo 14: 21 dice: "Y los que comieron fueron como cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños" (Mat. 14: 21).

Es casi seguro que si se hubiera contado el total de personas la cifra de comensales habrían sido de más de 20.000. Imagino que la comida era muy sabrosa y que todos quedaron muy satisfechos, ya que comieron cuanto querían y aun sobró mucho. Jesús esperaba que al mostrarles un milagro tan elocuente, creyeran en él, pero no fue así. Cabe destacar que aunque el Señor Jesucristo hizo muchos milagros, como sanar enfermos, limpiar a los leprosos, dar vista a los ciegos, hacer caminar a los paralíticos, etc, su misión no era esa, como tampoco lo es ahora. Parece que los que comieron ese día lo que él les sirvió, interpretaron su milagro fuera del contexto.

A ellos les convenía un Jesús que sana, que alimenta, que los hacía sentirse bien, que estaba siempre a la mano, que no quería que un hijo de ellos sufriera de hambre, depresión, enfermedad o colapso financiero. Cuando Jesús alimentó a esa multitud la Biblia dice: "Al anochecer, descendieron sus discípulos al mar, y entrando en una barca, iban cruzando el mar hacia Capernaum. Estaba ya oscuro, y Jesús no había venido a ellos. Y se levantaba el mar con un gran viento que soplaba. Cuando habían remado como veinticinco o treinta estadios, vieron a Jesús que andaba sobre el mar y se acercaba a la barca; y tuvieron miedo. Mas él les dijo: Yo soy; no temáis. Ellos entonces con gusto le recibieron en la barca, la cual llegó en seguida a la tierra donde iban. El día siguiente la gente que estaba al otro lado del mar vio que no había habido allí más que una sola barca, y que Jesús no había entrado en ella con sus discípulos, sino que éstos se habían ido solos. Pero otras barcas que habían arribado de Tiberios junto al lugar donde habían comido el pan después de haber dado gracias el Señor. Cuando vio, pues, la gente que Jesús no estaba al1í ni sus discípulos, entraron en las barcas y fueron a Capernaum, buscando a Jesús" (Mat. 6:16-24).

Uno se siente animado cuando lee este relato, porque dice: "¡Qué bueno que la gente buscara a Jesús tan ansiosamente! ¡Quiera Dios que más personas lo siguieran hoy de esa misma manera!". Pero la admiración por esta gente se desvanece cuando descubrimos lo que ocurrió después. "Y hallándole al otro lado del mar, le dijeron: Rabí: ¿cuándo llegaste acá? Respondió Jesús y les dijo: De cierto, de cierto os digo que me buscáis, no porque habéis visto las señales sino porque comisteis el pan y os saciasteis" (Jn. 6:24, 25).

Jesús había permitido que toda esa multitud se quedara allí en el desierto porque sabía lo que iba a hacer. Debía exhibir sus credenciales de Mesías y lo haría para que los judíos que conocían las profecías mesiánicas comprobaran, una vez más, que él era realmente el Mesías prometido. Sin embargo, ellos no tenían la menor idea de esto, consideraban que como Jesús era "el mismo ayer, y hoy, y por los siglos" estaba obligado a satisfacer sus necesidades físicas y materiales. Mientras los alimentaba, curaba a los enfermos, todo era ¡Aleluya y gloria a Dios!, pero cuando el Señor les hizo ver lo equivocados que estaban y cuán erróneas eran las motivaciones que los movían a buscarlo, ellos quedaron perplejos. Mientras Jesús estuvo en este mundo realizó muchos milagros, sanó enfermos, alimentó hambrientos y hasta resucitó a los muertos. Pero esta NO era su misión. Él vino expresamente para dar su vida por nosotros y de esta manera saldar nuestra deuda delante de Dios.

Por favor, note lo que le contesta el Señor Jesucristo a los mensajeros de Juan el Bautista, cuando él, estando en la cárcel, envió a dos de sus discípulos para que le pregunten al Señor si él era realmente el Mesías: "Cuando, pues, los hombres vinieron a él dijeron. Juan el Bautista nos ha enviado a ti para preguntarte: ¿Eres tú el que había de venir o esperaremos a otro? En esa misma hora sanó a muchos de enfermedades y plagas y de espíritus malos, y a muchos ciegos les dio la vista. Y respondiendo Jesús, les dijo: Id, haced saber a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiado .los sordos oyen, los muertos son resucitados y a los pobres es anunciado el evangelio; y bienaventurado es aquel que no halle tropiezo en mí" (Luc. 7:20-23).

No olvidemos que Juan estaba entonces en la cárcel, esperando sin saberlo, su decapitación. Él había comenzado a dudar de su papel al presentar a Jesús al pueblo de Israel como el "Cordero de Dios que quita el pecado del mundo". Jesús al responderle a los dos mensajeros no les dice ni sí, ni no. Su respuesta es muy extraña, les manifiesta: 'Vayan a Juan y díganle que los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, etc". Pero... ¿Por qué esta respuesta tan original? Porque los profetas habían dicho entre otras cosas, que el Mesías además de ser un descendiente de la tribu de Judá, nacería de una virgen en la aldea de Belén, y que además de provenir de Egipto protagonizaría toda clase de milagros para que los judíos creyesen en él. El profeta Isaías dijo: "Decid a los de corazón apocado: Esforzaos, no temáis; he aquí que vuestro Dios viene con retribución, con pago; Dios mismo vendrá y os salvará. Entonces los ojos de los ciegos serán abiertos y los oídos de los sordos se abrirán. Entonces el cojo saltará como un ciervo, y cantará la lengua del mudo; porque aguas serán cavadas en el desierto y torrentes en la soledad" (Is. 35:4-6).

No es necesario cursar estudios teológicos para descubrir que Jesús no vino para curar a los enfermos, ni alimentar a los hambrientos. Sin embargo, sí lo hizo, aunque no siempre ni con todos, pero lo hizo. El Señor Jesucristo debía probar que Isaías hablaba de su persona, que nadie jamás había exhibido credenciales como éstas. Los hombres lo confundieron con un bonachón que se deleitaba en alimentar milagrosamente a los vagos. Cuando estas personas buscaron a Jesús al otro lado del mar, aunque era la hora del desayuno, Jesús no hizo más milagros. No los alimentó. Pero... ¿Acaso no es cierto que él es el mismo "ayer y hoy, y por los siglos"? ¿Cómo es posible entonces que ayer alimentara a esos miles y que no lo hiciera al día siguiente? ¿Cree usted que la gente no tuvo entonces fe en él y en su poder? Si no hubieran tenido fe no habrían ido a buscarlo hasta el otro lado del lago. Ellos no tenían la menor duda de que Jesús, no sólo podía ofrecerles pan como desayuno, sino hasta huevos fritos con tiras de tocino al estilo americano, con pan bendito, y tortillas para los mexicanos. Pero el Señor Jesucristo no protagonizó el milagro que esperaban que hiciera. Si Jesús les hubiera preguntado: "¿Cuántos creen que puedo alimentarlos esta mañana con pan, tal como lo hice ayer?". El grito de aprobación habría sido unánime. Pero... supongamos que Jesús hubiera actuado como los gurúes de hoy y hubiera seguido preguntando:

"¿Cuántos creen que puedo curar toda enfermedad y dolencia?". "¡Yo...!" - habría gritado a coro la multitud. "¿Cuántos creen que puedo transformar un siclo de los que ustedes han depositado en el plato de ofrenda en cien siclos?". "¡Yo...!" - habrían vuelto a gritar. Es que en circunstancias como esta, no era difícil creer, porque el Señor había probado su capacidad hacía menos de 24 horas. No obstante, tal cosa no ocurrió, y esa gente tuvo que volver a cruzar el mar de Galilea para ir a sus casas porque Jesús no les dio lo que pedían.

Me temo que muchas de las supuestas alabanzas de nuestros días no son sino comedias de individuos que saltan al son de espíritus extraños, que si les hacen los favores en la medida necesaria para tenerlos atrapados en su poder. Es posible que alguien se sane de vez en cuando, aunque sea a base de trucos. Por otra parte qué bien se sienten después de dar saltos en las danzas de David, después de los muchos aplausos para "Jesús", después de escuchar música subliminal, después de los ruidos ensordecedores que los hacen saltar hasta el cansancio y luego de relajarse y poner la mente en blanco, para que "el espíritu de Jesús los guíe" ...

Usted no necesita ser un experto en la Biblia para descubrir los siguientes aspectos: ¿Habla el orador directamente de la Palabra de Dios, urgiendo al pecador para que se arrepienta y acuda por fe a Cristo Jesús? ¿O le ofrece directamente el Espíritu Santo hasta emborracharlo? ¿Presenta a Jesús como único salvador tal como dice Hechos 4:12, que "...en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres en que podamos ser salvos"? ¿Deja clara que el Espíritu Santo es un don de Dios y que el cristiano nunca debe pedirlo, ni siquiera para obtener la tal llenura, "pues Dios no da el Espíritu por medida" (Jn. 3:34)? ¿Dice el predicador que el perdón de Dios es gratuito y que el pecador puede ser salvo de una vez y para siempre, porque Jesús dice... "Y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás; ni nadie las arrebatará de mi mano"?

Éstas y otras palabras deben ser contestadas claramente. Si usted acude a escuchar la Palabra de Dios, porque alguien le convidó, porque publicaron anuncios en el diario, recogió algún volante o escuchó la invitación por televisión o radio, es su deber asegurarse que no se encuentra en medio de un círculo de ocultistas, frente a curanderos que como pretexto invocan el nombre de Jesús. No interesa cuánta emoción sienta por las oraciones, los cánticos o los dichos conmovedores de quienes trabajan sin que usted se dé cuenta para lograr una hipnosis colectiva a fin de manipular a toda la audiencia. Por lo general algunas canciones, música instrumental, palabras escogidas, testimonios, sopladeras, tumbaderas, carcajadas espirituales y cosas de este tipo, son necesarios para lograr dominar a toda la multitud reunida. Concurrir a ese tipo de reuniones, aunque no sea más que por pura curiosidad, le traerá a usted tanto beneficio como el que obtuvo Saúl cuando visitó a la bruja de Endor (1 Sam.. 28). Mi recomendación es que no acuda a esos lugares, ni siquiera por curiosidad. Satanás no le permitirá tener paz ni tranquilidad a quien curiosee en sus negocios.

¿Sabe usted lo que dice la Biblia sobre la verdadera alabanza o glorificación de Dios? Permita que el mismo Jesús lo aclare: "En esto es glorificado mi Padre, en que llevé  mucho fruto, y seáis así mis discípulo" (Jn. 15:8). La Biblia menciona por los menos dos tipos de frutos. En primer lugar se refiere al fruto de una nueva vida. "Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz paciencia, benignidad, bondad fe, mansedumbre, templanza..." (Gal. 5:22,23).

El carácter del cristiano es moldeado por el propio Señor, gracias a que el pecador recibe a Jesucristo como Salvador y lee regularmente la Palabra de Dios, es así como el Espíritu Santo va moldeando esa vida para que glorifique a su Salvador. Esto no quiere decir que el cristiano nunca va a estar triste, que nunca va a llorar, sufrir o sentir dolor. Lo que ocurre con el cristiano verdadero es que sus experiencias difíciles le acercan más a Dios. No obstante, también hay otro fruto que el cristiano debe llevar y con ello glorificar al Señor. Se trata de esas almas que no conocen a Dios y a las cuales todo cristiano tiene la obligación de hablarles del Salvador. Ésta es la Gran Comisión. Jesús dijo: "Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones; bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén" (Mat. 28:19,20).

Dios quiere hijos obedientes, no cosméticamente santos. quiere personas transformadas interiormente. Usted podrá impresionar a los demás con su postura supuestamente espiritual, puede platicar de sus profundas experiencias con Jesús, tal vez en su cámara privada donde habla con el Espíritu Santo. Puede hilvanar una serie de historias de estas supuestas experiencias y es probable que convenza a muchos de aquellos que desconocen la doctrina del Espíritu Santo. Si no tiene mucho conocimiento de la Palabra de Dios, debe tratar de corregir esta situación.

¿De verdad desea alabar a Jesús? Permítame ofrecerle unos sencillos consejos:

1   Lea con mucha atención el capítulo 2 de Colosenses y trate de ponerlo en práctica cada día.

2   Lea diariamente algo de la Biblia, siga su plan para leerla durante un año.

3   Propóngase tener siempre consigo algún tratado para darle testimonio a otros.

4   Ore por su familia y por otras personas, especialmente por aquellos que desea que se conviertan y hábleles de Cristo.

5   Corrija su vocabulario, evite los chistes obscenos o de doble sentido.

6   No deje de congregarse, pero no para criticar, sino para ayudar y cooperar.

7   Sin duda Dios le ha dado algún don o dones. Desarróllelos para su gloria. Es probable que usted sea un buen maestro de la Palabra, tal vez puede visitar, quizá sea evangelista (ganador de almas), tal vez canta bien y puede ayudar en los himnos congregacionales.

8   Evite por todos los medios el autoexhibicionismo.

9   Cuidado con repetir a cada momento "gloria a Dios" o "Aleluya". Quienes hacen esto, generalmente son hipócritas

10   Si está enfermo pida a Dios que lo ayude, pero no le obligue a que le sane. Su voluntad será lo mejor para usted. Ore para que el Señor le ayude a sobrellevar su carga.