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La nueva inquisición

Era el año 1569, y el punto culminante del catolicismo y la Inquisición Española en Holanda.  Dirk Willems, un humilde y piadoso seguidor del Señor Jesucristo, yacía en prisión esperando una terrible muerte en la hoguera.

Pero... ¿Cuál era su crimen?  Haberse vuelto a bautizar después de confesar su fe en la obra consumada por el Señor Jesucristo sobre la cruz.  Los registros oficiales del pueblo, declararon que el «prisionero... quien persistía obstinadamente en su opinión... sería ejecutado por fuego, hasta morir...»

Un día, Dirk descubrió que su celda no estaba custodiada, y en ese momento aprovechó la oportunidad para escapar.  Huyó hacia un lago cercano congelado.  Sin embargo, la alarma cundió rápidamente, y el experto en atrapar ladrones fue convocado para que persiguiera al fugitivo.  Mientras huía escuchó que el hielo a sus espaldas se rompía, Dirk dio media vuelta para ver cómo su perseguidor se hundía en el agua helada.  Deteniéndose sólo por un instante, regresó para rescatar a su enemigo de una muerte segura.

Profundamente agradecido, su perseguidor imploró para que le permitieran a Dirk quedar en libertad.  Su petición fue negada y no se pospuso la fecha de su ejecución.  Los registros oficiales preservados hasta la fecha, nos dicen, «que un viento fuerte del este estuvo soplando ese día, haciendo que el fuego se apartara de la parte superior de su cuerpo... debido a lo cual este buen hombre sufrió una muerte prolongada y extremadamente dolorosa».

¿Puede ver acaso alguna relación entre este recuento y el sufrimiento del propio Señor Jesucristo por nosotros pecadores?  La Escritura declara que Dios es amor.  El amor es su propia naturaleza.  Su obra, al crear el medio perfecto para el hombre, demostró con detalles exquisitos que premeditó todo en favor de los futuros receptores de su amor, el que culminó en su plan para la redención de la humanidad después de su caída.

El cordero del sacrificio prefiguraba el sacrificio final de su Hijo unigénito, cuando en las tenebrosas horas del Calvario, Él derramó su ira contra el objeto más grande de su amor.  Desde la cruz el Señor Jesucristo clamó: “Eloi, Eloi, ¿lama sabactani? que traducido es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mr. 15:34).  Jesús sabía la respuesta a esa pregunta, de que Él mismo se había hecho pecado y debía sufrir el rechazo de su Padre: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Co. 5:21).

¿Debemos atrevernos a comparar la acción salvadora de Willems con esa de nuestro Salvador?  ¿Debemos como cristianos dar un paso más allá y regocijarnos con gozo en nuestra salvación hasta el grado de ocupar el papel del cordero de sacrificio y hacer lo mismo que hizo Willems, si se presenta la oportunidad?

Pero entremos en otra arena, muy distante a los tiempos de la Inquisición Española del siglo XVI.  Porque hoy tenemos otra inquisición que está gestándose bien distante en el oriente, alcanzando proporciones alarmantes actualmente.

En Arabia Saudita, por ejemplo, hay una prohibición y rechazo absoluto a todo lo que es cristianismo: las personas no pueden llevar una Biblia por la calle o tener un estudio bíblico en la privacidad de su propio hogar, incluso ni siquiera en la embajada norteamericana sobre la cual ondea la bandera estadounidense, se puede celebrar un servicio cristiano porque está absolutamente prohibido.  Allí, y en cualquier otro país musulmán, el ciudadano que se convierta a cualquier otra religión, se hace acreedor oficial de la pena de muerte.
Sólo los musulmanes pueden ser ciudadanos de Arabia Saudita.  Incluso en países árabes en donde la Sharia (la ley islámica), no es puesta en vigor por el gobierno, la influencia del islam impide la libertad de expresión, de prensa, de religión y de conciencia.  En los territorios controlados por la Organización de Liberación Palestina, los árabes cristianos, quienes en un tiempo disfrutaron de libertad bajo el gobierno de Israel, ahora sufren persecución, prisión y muerte por su fe.

Sin embargo, ni las Naciones Unidas ni el gobierno norteamericano protestan por tal opresión detrás de la cortina islámica.  Los musulmanes construyen mezquitas y adoran libremente en la mayoría de países del occidente, pero en sus propios países les niegan tal libertad a otros.  Sin embargo, en lugar de exponer públicamente esta hipocresía, los medios noticiosos la encubren.
Un escritor del Medio Oriente, escribe en la página 111 de la publicación Dorchester: «El islam es... mucho más antagónico con la fe cristiana, que lo que fuera jamás el comunismo... En la China comunista actual, el cristianismo sigue creciendo.  Pero si una persona nativa hoy, en una nación islámica, decide seguir a Cristo se considera como alta traición.  En los países islámicos ni siquiera se permite una iglesia oficial, algo que sí consentían los gobiernos comunistas».

Una de las piezas clave en la crisis actual en Medio Oriente murió hace casi mil cuatrocientos años.  Su nombre completo era Abu l-Qasim Muhammad ibn ‘Abd Allah al-Hashimi al-Qurashi.  Afortunadamente hoy se le conoce en español por el nombre abreviado de Mahoma.  Nació en la península de Arabia Saudita, en La Meca, en el año 570 de la era cristiana e inició su religión en el año 622.  Según la tradición, recibió la visita del arcángel Gabriel, quien le proclamó profeta de Dios aproximadamente en el año 612.  Recitando en verso sus revelaciones que más tarde constituyeron El Corán, comenzó su predicación de la religión islámica.

En un principio, el profeta sólo logró unos pocos adeptos entre los paganos de La Meca, que adoraban a diversos dioses.  Pero el número de sus seguidores fue aumentando con el tiempo, y comenzó a ser considerado como una amenaza para la élite de La Meca.  En el año 622, Mahoma y sus seguidores, conscientes del peligro que corrían, se trasladaron a la ciudad de Medina, situada junto a un oasis al norte de La Meca.  Esta emigración, conocida como la Hégira, marcaría posteriormente el inicio del calendario islámico.

Antes que llegara a Medina, la ciudad se había visto sumida en violentas disputas encabezadas por los principales clanes.  Varios de los líderes le habían conocido dos años antes de estos acontecimientos y habían escuchado sus enseñanzas durante una peregrinación pagana a La Meca.  Algunos de los más ilustres invitaron al profeta a Medina para que mediara en sus enfrentamientos en calidad de autoridad religiosa e imparcial.

Por su parte, estos jefes se comprometieron a aceptarlo como profeta, lo que proporcionó credibilidad a la nueva religión.  De este modo, Mahoma, que había pasado de árbitro de disputas a líder de una nueva comunidad árabe, inició una campaña para atraer fieles entre los residentes, atacó las caravanas de La Meca y, por último, expulsó a las tres tribus judías que controlaban la mayor parte de la agricultura y a los trabajadores de metal de la ciudad.

Los hombres que le acompañaron en la Hégira eran en su mayoría comerciantes, por lo que carecían de medios de subsistencia en una ciudad eminentemente agrícola como Medina.  Ante esta situación, Mahoma decidió asaltar las caravanas de La Meca para proporcionar una fuente de ingresos a sus compañeros y, al mismo tiempo, cumplir dos objetivos importantes: en primer lugar, restaurar el orgullo de sus seguidores, humillados con la expulsión de La Meca; y en segundo lugar, probar la veracidad de sus propias visiones y confirmar que la nueva comunidad contaba con la bendición de Alá.  Por otro lado, al entorpecer las actividades comerciales de La Meca les demostraba que la fuerza del islam era mayor de lo que habían supuesto.
Mahoma aceptó la autoridad divina del Pentateuco bíblico, los Salmos y los Evangelios.  A menudo les hizo notar a los lectores del Corán que advirtieran la convergencia en la doctrina entre los temas encontrados en la Biblia y en su libro “sagrado”.

El islam se propagó rápidamente bajo él y sus sucesores por medio del jihad (la “guerra santa”). Él mismo planeó 65 campañas y personalmente dirigió 27, las que involucraron agresión abierta y traición.  Este “evangelismo” increíble “ganó” millones de convertidos a punta de espada.  En su clímax, el islam conquistó todo el norte de África y casi tomó control de Europa.
En el año 732 los musulmanes invadieron a Francia.  Carlos Martel, el monarca fundador de la dinastía Carolingia del reino franco de Austrasia, hijo ilegítimo de Pipino de Heristal y abuelo de Carlomagno, le puso freno a la expansión del islam cuando los derrotó cerca de Poitiers en una gran batalla en la que el jefe musulmán, Abd al-Rahman ibn ‘Abd Allah al-Gafiqi, el emir del califato andalusí, murió.

Esta batalla frenó la expansión islámica hacia el norte desde la Península Ibérica y es considerada por muchos historiadores como un acontecimiento de importancia macrohistórica, al haber impedido la invasión musulmana en Europa y preservado el cristianismo como la fe dominante durante un período en el que el islam estaba sometiendo los restos de los antiguos imperios romano y persa.

El avance del islam, qe había producido gran alarma en toda la cristiandad, fue, de este modo, contenido por un tiempo.  En el año 739 Carlos detuvo en Aquitania a los musulmanes, que habían avanzado por el actual territorio francés hasta alcanzar Lyon, poniendo así límite a las posesiones islámicas en Europa en el río Aude, al norte de los Pirineos.
Pero eso no acabó allí, sino que el islam continúa su conquista por todo el mundo.  Hoy los invasores son millones de inmigrantes que logran ganar convertidos para su religión mintiendo fraudulentamente.  Uno ve en la televisión a mujeres con un velo sobre la cabeza, adornadas con joyas y con vestidos largos y hermosos que aseguran haberse convertido al islam y quienes testifican del gozo que experimentan y de la paz y el amor que comparten.

Sin embargo, en Arabia Saudita, tienen que vestirse con un ropón negro que les cubre de la cabeza a los pies, ya que lo único que pueden mostrar son los ojos, y ni siquiera pueden conducir un vehículo.  Los hombres pueden tener cuatro esposas, las cuales muy a menudo son víctimas de su maltrato y pueden divorciarse de ellas con sólo expresarlo verbalmente.  Las mujeres son virtualmente esclavas bajo la ley Sharia.

Una de las doctrinas básicas del Corán es que un día habrá una resurrección general de todos los hombres y un juicio colectivo.  De acuerdo con esta enseñanza, después de morir cada persona será entrevistada por dos ángeles terribles llamados Monker y Nakir, mientras se encuentran sentados en su tumba.  Debido a esto, algunos musulmanes mandan hacer sus sepulturas en tal forma, que una persona tenga suficiente espacio para sentarse.

El islam enseña que el tiempo de la resurrección sólo es conocido por Dios.  Se dice que Mahoma le preguntó al ángel Gabriel respecto al tiempo y que él respondió que nadie lo sabía, porque sólo Dios conocía ese día.  El islam también enseña que habrá una serie de eventos que servirán como advertencia a los hombres de que se aproxima el juicio de Dios.

Su meta más ardiente, tal como están dadas en El Corán y en el Hadith (la tradición islámica escrita), permanecen siendo las mismas: «Someter a toda la humanidad bajo sumisión» (que es exactamente lo que significa la palabra «islam», además de «asesinar o esclavizar a los infieles», a quienes no creen en Alá y Mahoma su profeta).  A continuación citaremos como ejemplo, sólo unas pequeñas porciones de lo que dice su libro sagrado:

«Combatid por Alá contra quienes combatan contra vosotros...  Matadles donde deis con ellos, y expulsadles de donde os hayan expulsado.  Tentar es más grave que matar.  No combatáis contra ellos junto a la Mezquita Sagrada, a no ser que os ataquen allí.  Así que, si combaten contra vosotros, matadles: ésa es la retribución de los infieles. Pero, si cesan, Alá es indulgente, misericordioso» (Sura 2:190-192).

«Retribución de quienes hacen la guerra a Alá y a Su Enviado y se dan a corromper en la tierra: serán muertos sin piedad, o crucificados, o amputados de manos y pies opuestos, o desterrados del país.  Sufrirán ignominia en la vida de acá y terrible castigo en la otra» (Sura 5:33).

«Cuando hayan transcurrido los meses sagrados, matad a los asociadores dondequiera que les encontréis (a cristianos y judíos).  ¡Capturadles! ¡Sitiadles!  ¡Tendedles emboscadas por todas partes!  Pero si se arrepienten, hacen la azalá y dan el azaque, entonces ¡dejadles en paz!  Alá es indulgente, misericordioso» (Sura 9:5).

«¡Combatid contra quienes, habiendo recibido la Escritura, no creen en Alá ni en el último Día, ni prohíben lo que Alá y Su Enviado han prohibido, ni practican la religión verdadera, hasta que, humillados, paguen el tributo directamente!» (Sura 9:29).

El islam, en obediencia al Corán y al ejemplo de Mahoma es la fuerza impulsora detrás de la mayor parte del terrorismo hoy.  Según dice el Hadith, Mahoma declaró: «La última hora no llegará antes que los musulmanes peleen contra los judíos y los asesinen a todos».
Muchos occidentales ingenuamente aceptan a Alá, quien inspiró a Mahoma como si se tratara del mismo Dios de la Biblia.  Sin embargo, Alá no tiene hijo y rechaza la Trinidad.  Vea lo que enseña:

«¡Gente de la Escritura!  ¡No exageréis en vuestra religión!  ¡No digáis de Alá sino la verdad: que el Ungido, Jesús, hijo de María, es solamente el enviado de Alá y Su Palabra, que Él ha comunicado a María, y un espíritu que procede de Él!  ¡Creed, pues, en Alá y en Sus enviados!  ¡No digáis ‘Tres’!  ¡Basta ya, será mejor para vosotros!  Alá es sólo un Dios Uno.  ¡Gloria a Él Tener un hijo... Suyo es lo que está en los cielos y en la tierra... ¡Alá basta como protector!» (Sura 4:171).

Alá además es inescrutable y era el ídolo pagano que adoraba como dios la tribu de Mahoma, mucho antes que él naciera, quien le dijo a los musulmanes:

«¡Creyentes! ¡No toméis como amigos a los judíos y a los cristianos!  Son amigos unos de otros.  Quien de vosotros trabe amistad con ellos, se hace uno de ellos.  Alá no guía al pueblo impío» (Sura 5:51).

Pero el Dios Triuno de la Biblia desea que todos los hombres le conozcan: “Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová” (Jer. 9:24).  Un conocimiento que es esencial para la salvación: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Jn. 17:3).

Los judíos son el pueblo escogido por Dios, así lo declaran estos y muchos otros pasajes de la Escritura:

•    “Y os tomaré por mi pueblo y seré vuestro Dios; y vosotros sabréis que yo soy Jehová vuestro Dios, que os sacó de debajo de las tareas pesadas de Egipto” (Ex. 6:7).
•    “Habéis, pues, de serme santos, porque yo Jehová soy santo, y os he apartado de los pueblos para que seáis míos” (Lv. 20:26).
•    “Oh vosotros, hijos de Israel su siervo, hijos de Jacob, sus escogidos” (1 Cr. 16:13, Sal. 105:6).
Mientras que los cristianos son sus hijos amados:
•    “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios” (Ro. 8:16).
•    “Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús” (Gá. 3:26).
•    “En amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad” (Ef. 1:5).
•    “Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados” (Ef. 5:1).

En lugar de convertir por la fuerza, en Juan 18:36 está registrado que el Señor Jesucristo les dijo a sus discípulos: “Mi reino no es de este mundo...” En realidad les enseñó: “Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos” (Mt. 5:44, 45).

Cristo dio su vida para salvar a los pecadores, y sus seguidores deben estar dispuestos a poner sus vidas para llevarle estas buenas nuevas al mundo.  La salvación bíblica es un regalo que pagó el Señor Jesucristo con su muerte, y quien dijo: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Mr. 16:15).

Esa ordenanza incluye hoy a mil millones de musulmanes.  Ellos representan un reto tremendo e ineludible para cada cristiano.  Pero... ¿Cómo podemos llevarle el evangelio a esos que van a ser asesinados por creer, o que pueden matarnos por presentarles el evangelio?  Morir luchando contra los infieles es la única forma segura para que un musulmán entre en el Paraíso, al menos eso es lo que enseñó Mahoma, El Corán, el Hadith y lo que ellos creen.  Pese a todo, el Señor Jesucristo murió también por los musulmanes y su amor nos obliga a compartir las buenas nuevas con ellos.

Los intentos por evangelizarlos han tenido muy poco éxito, por razones obvias.  Sin embargo, últimamente se está adoptando un nuevo acercamiento, el cual aparentemente ha sido más fructífero: se están usando las escrituras musulmanas para presentar a Cristo.  El Hadith, el cual es llamado «La Palabra de Alá» da testimonio del nacimiento virginal de Jesús, de su vida sin pecado y sus milagros.  Algunas porciones del Corán, también hablan de que Cristo nació de la virgen María, tales como estas:

«Cuando los ángeles dijeron: ‘¡María!  Alá te anuncia la buena nueva de una Palabra que procede de Él.  Su nombre es el Ungido, Jesús, hijo de María, considerado en la vida de acá y en la otra y será de los allegados.  Hablará a la gente en la cuna y de adulto, y será de los justos’.  Dijo ella: ‘¡Señor!  ¿Cómo puedo tener un hijo, si no me ha tocado mortal?’.  Dijo: ‘Así será, Alá crea lo que Él quiere.  Cuando decide algo, le dice tan sólo: ‘¡Sé!’ y es.  Él le enseñará la Escritura, la Sabiduría, la Tora y el Evangelio’» (Sura 3:45-47).

«Y a la que conservó su virginidad.  Infundimos en ella de Nuestro Espíritu e hicimos de ella y de su hijo signo para todo el mundo» (Sura 21:91).

También le presentan como el más alto ejemplo:

«Y cuando el hijo de María es puesto como ejemplo, he aquí que tu pueblo se aparta de él» (Sura 43:57).

Y sólo a Él se le llama «Jesús», que significa «Salvador»:

«Cuando los ángeles dijeron: ‘¡María!  Alá te anuncia la buena nueva de una Palabra que procede de Él.  Su nombre es el Ungido, Jesús, hijo de María, considerado en la vida de acá y en la otra y será de los allegados’» (Sura 3:45).

Mahoma nunca realizó milagros:

«Dicen: ‘¿Por qué no se le han revelado signos procedentes de su Señor?’.  Di: ‘Sólo Alá dispone de los signos.  Yo soy solamente un monitor que habla claro’.  ¿Es que no les basta que te hayamos revelado la Escritura que se les recita?  Hay en ello una misericordia y una amonestación para gente que cree.  Di: ‘¡Alá basta como testigo entre yo y vosotros!  Conoce lo que está en los cielos y en la tierra.  Quienes crean en lo falso y no crean en Alá, ésos serán los que pierdan’» (Sura 29:50-52).

Mientras que dice El Corán acerca del Señor Jesucristo:

«Éstas son las aleyas de Alá, que te recitamos conforme a la verdad.  Ciertamente, tú eres uno de los enviados.  Éstos son los enviados.  Hemos preferido a unos más que a otros.  A alguno de ellos Alá ha hablado.  Y a otros les ha elevado en categoría.  Dimos a Jesús, hijo de María, las pruebas claras, y le fortalecimos con el Espíritu Santo.  Si Alá hubiera querido, los que les siguieron no habrían combatido unos contra otros, después de haber recibido las pruebas claras.  Pero discreparon: de ellos, unos creyeron y otros no.  Si Alá hubiera querido, no habrían combatido unos contra otros.  Pero Alá hace lo que quiere» (Sura 2:252, 253).

Y a diferencia de otros, tal como Moisés quien realizó milagros porque Dios se lo ordenó, Jesús los hizo por su propia iniciativa y hasta resucitó a los muertos:

«Y como enviado a los Hijos de Israel: ‘Os he traído un signo que viene de vuestro Señor.  Voy a crear para vosotros, de la arcilla, a modo de pájaros.  Entonces, soplaré en ellos y, con permiso de Alá, se convertirán en pájaros.  Con permiso de Alá, curaré al ciego de nacimiento y al leproso y resucitaré a los muertos.  Os informaré de lo que coméis y de lo que almacenáis en vuestras casas.  Ciertamente, tenéis en ello un signo, si es que sois creyentes’» (Sura 3:49).

«Cuando dijo Alá: ‘¡Jesús, hijo de María!; Recuerda Mi gracia, que os dispensé a ti y a tu madre cuando te fortalecí con el Espíritu Santo y hablaste a la gente en la cuna y de adulto, y cuando le enseñé la Escritura, la Sabiduría, la Tora y el Evangelio.  Y cuando creaste de arcilla a modo de pájaros con Mi permiso, soplaste en ellos y se convirtieron en pájaros con Mi permiso.  Y curaste al ciego de nacimiento y al leproso con Mi permiso.  Y cuando resucitaste a los muertos con Mi permiso.  Y cuando alejé de ti a los Hijos de Israel cuando viniste a ellos con las pruebas claras y los que de ellos no creían dijeron: ‘Esto no es sino manifiesta magia’» (Sura 5:110).

El Corán declara que Mahoma era un pecador, y dice de él:

«¡Que Alá te perdone!  ¿Por qué les has dispensado antes de haber distinguido a los sinceros de los que mienten?» (Sura 9:43).

«¡Ten paciencia!  ¡Lo que Alá promete es verdad!  Pide perdón por tu pecado y celebra al anochecer y al alba las alabanzas de tu Señor» (Sura 40:55).

Sin embargo, su propio libro sagrado declara que Jesús no tenía pecado:

«Y tendió un velo para ocultarse de ellos.  Le enviamos Nuestro Espíritu y éste se le presentó como un mortal acabado.  Dijo ella: ‘Me refugio de ti en el Compasivo.  Si es que temes a Alá...’  Dijo él: ‘Yo soy sólo el enviado de tu Señor para regalarte un muchacho puro’» (Sura 19:17-19).

El Anticristo llamado Dajjal es un tema principal en el Hadith, el cual advierte de su venida.  Le llama «el falso Cristo», el que engaña a muchos antes del tiempo del fin.  El Hadith enseña que Jesús retornará al final para destruir al Dajjal.  La creencia “en los últimos días” es una parte esencial de la fe musulmana.  Como leemos en Sura 2:62:

«Los creyentes, los judíos, los cristianos, los sabeos, quienes creen en Alá y en el último Día y obran bien.  Esos tienen su recompensa junto a su Señor.  No tienen que temer y no estarán tristes».

A pesar del honor y reverencia que se le rinde, el Jesús del islam no es el Jesús de la Biblia, sino otro Jesús: “Porque si viene alguno predicando a otro Jesús que el que os hemos predicado, o si recibís otro espíritu que el que habéis recibido, u otro evangelio que el que habéis aceptado, bien lo toleráis” (2 Co. 11:4).
Por un lado, El Corán en sus primeros pasajes honra partes de la Biblia como «el Libro», es decir, las Escrituras hebreas, y a los cristianos a los que define «como las personas del Libro», mientras que, por otra parte, la contradice.  Por ejemplo, niega que Jesús sea Dios, o que haya muerto en la cruz por nuestros pecados, dice:

«Para Alá, Jesús es semejante a Adán, a quien creó de tierra y a quien dijo: ‘¡Sé!’ y fue» (Sura 3:59).

«Ésta es la exposición auténtica.  No hay ningún otro dios que Alá.  Alá es el Poderoso, el Sabio» (Sura 3:62).

«¡Gente de la Escritura!  ¡No exageréis en vuestra religión!  ¡No digáis de Alá sino la verdad: que el Ungido, Jesús, hijo de María, es solamente el enviado de Alá y Su Palabra, que Él ha comunicado a María, y un espíritu que procede de Él!  ¡Creed, pues, en Alá y en Sus enviados!  ¡No digáis ‘Tres’!  ¡Basta ya, será mejor para vosotros!  Alá es sólo un Dios Uno.  ¡Gloria a Él Tener un hijo... Suyo es lo que está en los cielos y en la tierra... ¡Alá basta como protector!» (Sura 4:171).

«Y por haber dicho: ‘Hemos dado muerte al Ungido, Jesús, hijo de María, el enviado de Alá’, siendo así que no le mataron ni le crucificaron, sino que les pareció así.  Los que discrepan acerca de él, dudan.  No tienen conocimiento de él, no siguen más que conjeturas.  Pero, ciertamente no le mataron, sino que Alá lo elevó a Sí.  Alá es poderoso, sabio» (Sura 4:157, 158).

«Y cuando dijo Alá: ‘¡Jesús, hijo de María! ¡Eres tú quien ha dicho a los hombres: ‘¿Tomadnos a mí y a mi madre como a dioses, además de tomar a Alá!’?’. Dijo: ‘¡Gloria a Ti! ¿Cómo voy a decir algo que no tengo por verdad? Si lo hubiera dicho, Tú lo habrías sabido. Tú sabes lo que hay en mí, pero yo no sé lo que hay en Ti. Tú eres Quien conoce a fondo las cosas ocultas. No les he dicho más que lo que Tú me has ordenado: ‘¡Servid a Alá, mi Señor y Señor vuestro!’ Fui testigo de ellos mientras estuve entre ellos, pero, después de llamarme a Ti, fuiste Tú Quien les vigiló. Tú eres testigo de todo. Si les castigas, son Tus siervos, Si les perdonas, Tú eres el Poderoso, el Sabio’» (Sura 5:116-118).

La tradición islámica antigua sostiene que a petición de Cristo un discípulo que lucía como Él lo rescató al morir en la cruz en su lugar.  Otros pasajes, parecen declarar en cambio, que Cristo, realmente sí murió:

«Cuando Alá dijo: ‘¡Jesús!  Voy a llamarte a Mí, voy a elevarte a Mí, voy a librarte de los que no creen y poner, hasta el día de la Resurrección, a los que te siguen por encima de los que no creen.  Luego, volveréis a Mí y decidiré entre vosotros sobre aquello en que discrepabais’» (Sura 3:55).

El Corán niega que una persona pueda morir por otra:

«Hemos asignado a cada hombre su suerte, y el día de la Resurrección le sacaremos una Escritura que encontrará desenrollada: ‘¡Lee tu Escritura!  ¡Hoy bastas tú para ajustarte cuentas!’.  Quien sigue la vía recta la sigue, en realidad, en provecho propio, y quien se extravía, se extravía, en realidad, en detrimento propio.  Nadie cargará con la carga ajena.  Nunca hemos castigado sin haber mandado antes a un enviado’» (Sura 17:13-15).

«Nadie cargará con la carga ajena.  Y si alguien, abrumado por su carga, pide ayuda a otro, no se le ayudará nada, aunque sea pariente.  Tú sólo debes advertir a los que tienen miedo de su Señor en secreto y hacen la azalá.  Quien se purifica se purifica en realidad, en provecho propio.  ¡Es Alá el fin de todo!» (Sura 35:18).

Para que el pecador pudiera ser completamente perdonado, Cristo tuvo que pagar el castigo que demandaba la justicia de Dios:
•    “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Co. 5:21).
•    “Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (1 Jn. 2:2).
•    “Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante” (Ef. 5:2).
Pero ese concepto es ajeno al islam.  El Corán es ambiguo respecto al perdón, ya que asegura:

«Alá perdona sólo a quienes cometen el mal por ignorancia y se arrepienten en seguida.  A éstos se vuelve Alá.  Alá es omnisciente, sabio» (Sura 4:17).

«Alá no perdona que se Le asocie.  Pero perdona lo menos grave a quien Él quiere.  Quien asocia a Alá está profundamente extraviado» (Sura 4:106).

La Biblia, en contraste, ofrece perdón para todos.  El Señor Jesucristo incluso murió para redimir a esos que le odiaban y le pidió al Padre que perdonara a quienes le crucificaron.  En la vida real, el perdón de Alá nunca llega a tiempo para impedir que las manos, los pies o las orejas sean cortados como castigo por robar.  Cientos de iraquíes mutilados por este inhumano decreto del islam, huyen a los campos que rodean ese país.  Sin embargo, el secuestro no requiere tal mutilación porque a las personas no se les considera como propiedad, tampoco la fornicación, mientras que un robo insignificante sí.
Se dice que las contradicciones en El Corán respecto a la Biblia, es porque la Biblia se corrompió, pero que El Corán fue enviado para permanecer como guardián por encima de la Biblia:

«Te hemos revelado la Escritura con la Verdad, en confirmación y como custodia de lo que ya había de la Escritura.  Decide, pues, entre ellos según lo que Alá ha revelado y no sigas sus pasiones, que te apartan de la Verdad que has recibido.  A cada uno os hemos dado una norma y una vía...» (Sura 5:48a).

El Corán se contradice solo a sí mismo.

Implica en Sura 54:49 y 50, que Alá creó todo «en un abrir y cerrar de ojos».
Luego declara en Sura 41:9 y 12 que fue en dos días, dice:

«Di: ‘¿No vais a creer en Quien ha creado la tierra en dos días y Le atribuís iguales?  ¡Tal es el Señor del universo!’... ‘Decretó que fueran siete cielos, en dos días, e inspiró a cada cielo su cometido.  Hemos engalanado el cielo más bajo con luminares, como protección.  Tal es la decisión del Poderoso, del Omnisciente’».

Mientras que dice en Sura 41:10:

«En cuatro días iguales: ha puesto en ella, encima, montañas firmes, la ha bendecido y ha determinado sus alimentos.  Para los que inquieren...»

Y en Sura 7:54, afirma que fue en seis días:

«Vuestro Señor es Alá, Que ha creado los cielos y la tierra en seis días.  Luego, se ha instalado en el Trono.  Cubre el día con la noche, que le sigue rápidamente.  Y el sol, la luna y las estrellas, sujetos por Su orden.  ¿No son Suyas la creación y la orden?  ¡Bendito sea Alá, Señor del universo!».

Declara en este pasaje que un día es equivalente a mil años:

«Él dispone en el cielo todo lo de la tierra.  Luego, todo ascenderá a Él en un día equivalente en duración a mil años de los vuestros» (Sura 32:5).

Y en este otro, que un día es igual a cincuenta mil años:

«Los ángeles y el Espíritu ascienden a Él en un día que equivale a cincuenta mil años» (Sura 70:4).

Hay también errores científicos en El Corán.  Incluso las leyendas árabes se narran como si realmente hubieran sucedido. Contiene muchas supersticiones y ocultismo, sobre todo respecto a los genios.  Por tal razón, en lo que respecta al Corán, y el Hadith, debemos evitar dar la impresión de que estamos de acuerdo con estas escrituras.
Debemos hacer como Pablo cuando estaba en Atenas y les testificó a los atenienses, quien no se limitó a decir: “…Como algunos de vuestros propios poetas también han dicho…” (Hch. 17:28), implicando en forma alguna que lo que decían esos poetas era inspirado por Dios, sino que fue más allá de ellos para presentar el evangelio.  De la misma manera, debemos ser prudentes en ir más allá, además de lo que dice El Corán, referente a Jesús, para presentar el verdadero evangelio, porque de otra manera no habría base para la salvación.
Para que un musulmán se convierta en cristiano verdadero tiene que renunciar a los falsos dioses del islam, a Alá y su falso evangelio de salvación por obras.  No podemos comprometer la salvación para hacerla aceptable a ellos.  Muchísimos que son contados como “convertidos” nunca han entendido realmente el evangelio que “…es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Ro. 1:16b).

El evangelio ciertamente no es El Corán, y los musulmanes consideran que son salvos a través de su observancia.  El autor del libro publicado en inglés en 1997 Construyendo puentes: Cristianismo e islam, registra en la página 27 el testimonio de un musulmán convertido al cristianismo en Paquistán, y dice: «Mientras escuchaba El Corán en la radio todos los días, oía que Cristo era altamente honorado… y puesto cerca de Dios.  Y me dije: ‘¿Quién mejor que Cristo para que interceda ante Dios por mí?’… Y entonces oré: ‘Señor Jesús, te pido que me ayudes.  Quiero consagrarme a Dios a través de ti, y porque eres muy honorado y te sientas al lado de Él, lo puedes hacer’». El autor agregó entonces, que «después de esto, el hombre se sintió realmente cambiado, mucho más feliz que antes...»

Este es un engaño, similar al de esas personas a quienes les dice Jesús: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.  Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?  Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mt. 7:21-23).

Pedirle al “Jesús” del islam que interceda por alguien, no lo salvará.  Es necesario creer en el evangelio para ser salvo, tal como dijo Pablo: “Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis; por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano.  Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras” (1 Co. 15:1-4).

Y como declaró el propio Señor Jesucristo: “Para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.  Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn. 3:15, 16).

Este evangelio no está presente en El Corán, porque no hay nada en los testimonios de los “convertidos”, que indique un conocimiento real y fe.  El mismo autor declara que «el 60% de los musulmanes que se les ha aplicado los métodos explicados en el libro, han depositado su confianza en Cristo…» Ni siquiera el Señor Jesucristo y sus apóstoles igualaron un porcentaje tan alto de convertidos.  Por el contrario, Jesús dijo: “Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan” (Mt. 7:13, 14).

En la página 10, el autor se refiere entusiásticamente «a musulmanes que se han convertido a Cristo mientras han permanecido por años dentro de su comunidad islámica... sin hacerse detestables dentro de los suyos». A diferencia, el Señor les advirtió a sus discípulos: “Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre...” (Mt. 10:22a).  Pero... ¿Qué con respecto a los musulmanes?

El Señor dijo: “Acordaos de la palabra que yo os he dicho: El siervo no es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra” (Jn. 15:20).

Es necesario ser sabios y no ofender innecesariamente a nadie cuando presentamos el evangelio, teniendo bien presente el consejo de Pablo, quien dijo: “No seáis tropiezo ni a judíos, ni a gentiles, ni a la iglesia de Dios” (1 Co. 10:32).  Así sea a un musulmán o a alguien más a quien le hablemos, necesitamos gracia para “...anunciar entre los gentiles el evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo” (Ef. 3:8b).

Sin embargo, no podemos evitar ofender a ciertas personas: “Como está escrito: He aquí pongo en Sion piedra de tropiezo y roca de caída...” (Ro. 9:33a).  “...Porque tropiezan en la palabra, siendo desobedientes; a lo cual fueron también destinados” (1 P. 2:8b).  Y en “...el tropiezo de la cruz” (Gá. 5:11c).

Debemos tener cuidado cuando presentamos el evangelio que las personas deben creer para ser salvas, porque si en nuestro celo por hacer que el mundo lo acepte, le predicamos otro diluido que sea aceptable a todo el mundo, sólo contribuiremos en la condenación de más almas.

No olvidemos a Dirk Willems, quien como representante de Cristo en la tierra en otra época, estuvo dispuesto a abrazar la cruz para que su enemigo pudiera vivir.  Permita Dios que nosotros también podamos ministrarle vida a los enemigos de Cristo en nuestra era, aunque veamos a los seguidores de Alá como ministros de muerte.  La cruz proclama que Dios es amor, un amor que conquistó por el derramamiento de la sangre preciosa de Cristo por los pecadores.

En debilidad parecida a la derrota, Él ganó la corona de la victoria, Y aplastó a todos sus enemigos bajo sus pies, al dejarse pisotear.

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