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“La ciudad de gloria”, P III

  • Fecha de publicación: Sábado, 16 Marzo 2024, 09:38 horas

Cuando Dios mide algo es una señal de que le pertenece.  El doce que aparece una y otra vez en este recuento: doce mil estadios, ciento cuarenta y cuatro codos, que es doce por doce en la Escritura es el número del gobierno.  Es una ciudad de belleza y simetría, que simboliza la perfección proporcionada, ¡lo completo!  No sólo está revelado el tamaño y figura de la ciudad, sino los materiales con que está construida: “El material de su muro era de jaspe; pero la ciudad era de oro puro, semejante al vidrio limpio; y los cimientos del muro de la ciudad estaban adornados con toda piedra preciosa. El primer cimiento era jaspe; el segundo, zafiro; el tercero, ágata; el cuarto, esmeralda; el quinto, ónice; el sexto, cornalina; el séptimo, crisólito; el octavo, berilo; el noveno, topacio; el décimo, crisopraso; el undécimo, jacinto; el duodécimo, amatista. Las doce puertas eran doce perlas; cada una de las puertas era una perla. Y la calle de la ciudad era de oro puro, transparente como vidrio” (Ap. 21:18-21).

Permita que su imaginación le ayude a ver esta ciudad maravillosa, oro brillante transparente y resplandeciente, con cimientos destellando con luz en una cascada de colores, brotando de grandes joyas empotradas en ambos lados, ¡un calidoscopio de luz y gloria!  Pero... ¿cuáles son esos cimientos?  Como dice la Escritura son los doce apóstoles.  Esto retrata la verdad de que revelación apostólica está colmada con luz.  En Efesios 3:10 el apóstol Pablo declara que “... la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales”.  Y estudiosos de la Palabra de Dios coinciden en que esto describe el mismo fenómeno, porque esta palabra “multiforme” significa literalmente «muchos colores», los muchos colores de la sabiduría de Dios.

Cada puerta está hecha de una sola perla, no una, sino las doce.  Las perlas hablan de belleza producto del dolor.  Esta belleza proviene del dolor en una ostra, ya que la perla se forma cuando un diminuto grano de arena se introduce dentro del molusco y él para aliviar su dolor segrega el lustroso nácar que lo cubre formándose así una hermosa y radiante perla.  Esto describe de manera hermosa cómo los redimidos son producto del dolor de Jesús.

Él fue el mercader que llegó buscando una perla de gran precio.  Y encontró una hermosa que surgió del dolor que sufrió cuando pasó por la terrible angustia de la cruz.  En medio de su dolor se originó la Iglesia, la perla de gran precio.  Él vendió todo lo que tenía para comprarla.  Lo siguiente que se describe es la luz trascendente de esta ciudad: “Y no vi en ella templo; porque el Señor Dios Todopoderoso es el templo de ella, y el Cordero. La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen en ella; porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera. Y las naciones que hubieren sido salvas andarán a la luz de ella; y los reyes de la tierra traerán su gloria y honor a ella. Sus puertas nunca serán cerradas de día, pues allí no habrá noche. Y llevarán la gloria y la honra de las naciones a ella. No entrará en ella ninguna cosa inmunda, o que hace abominación y mentira, sino solamente los que están inscritos en el libro de la vida del Cordero” (Ap. 21:22-27).

A lo largo del libro de Apocalipsis se nos describe un templo en el cielo, el cual permanecerá incluso a lo largo del milenio.  Pero en los nuevos cielos y nueva tierra no hay templo, porque el templo verdadero es el mismo Señor Jesucristo. ¡Dios en el hombre es el templo!  Tal como dice Pablo en 1 Corintios 6:19: “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?”

Si Dios mora en usted, entonces es una parte de ese templo celestial.  Usted comparte el honor de estar en el hogar de Dios, en su morada celestial.  Es por eso, que en esta ciudad no habrá necesidad de luz, porque todos estaremos revestidos de la gloria radiante de Dios.  Tan gloriosa será esta luz que no habrá necesidad de sol ni de luna.  Aunque esto no implica necesariamente que estos dos cuerpos celestes no estarán allí, sí indica que no necesitaremos la luz de ninguno de ellos.  Nunca habrá noche, porque estará iluminada de continuo por la luz de Dios y de sus redimidos.  Las puertas nunca se cerrarán porque no necesitará protección.  Nada podrá destruir este mundo venidero.  Nada impuro entrará porque allí sólo serán admitidos los redimidos.  Finalmente, los primeros versículos del capítulo 22 de Apocalipsis, revelan cómo será la vida en este lugar: “Después me mostró un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero. En medio de la calle de la ciudad, y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida, que produce doce frutos, dando cada mes su fruto; y las hojas del árbol eran para la sanidad de las naciones. Y no habrá más maldición; y el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán, y verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes. No habrá allí más noche; y no tienen necesidad de luz de lámpara, ni de luz del sol, porque Dios el Señor los iluminará; y reinarán por los siglos de los siglos” (Ap. 22:1-5).

¡Qué cuadro más glorioso de abundancia y fertilidad!  ¡Un río de vida, un árbol de vida!  Dice Salmos 46:4: “Del río sus corrientes alegran la ciudad de Dios, el santuario de las moradas del Altísimo”.  El profeta Ezequiel también describe un río que fluye del trono de Dios y los árboles que crecen a un lado y al otro.  El árbol de la vida que se encontraba en el huerto del Edén, se encontrará allí.

El río simboliza el Espíritu Santo.  El Señor Jesucristo dijo en una ocasión: “El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva” (Jn. 7:38).  Y el apóstol comentó a continuación: “Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado” (Jn. 7:39).

El árbol es un símbolo del mismo Jesús, quien es el Camino, la Verdad y la Vida, el verdadero Árbol de la Vida.  Cuando obedecemos su Palabra, estamos alimentándonos de Él y obteniendo vida de este alimento.  Esto es lo que simboliza, porque nos trae salud espiritual.  Florecemos cuando seguimos, obedecemos y vivimos en conformidad con su Palabra.  No asombra entonces que de esta escena tan magnífica fluyan tres ministerios:

1. Seremos facultados para el servicio.  Sus siervos le servirán, y no podríamos pedir nada mejor, porque no hay mayor placer que el gozo de servir a Dios.

2. Tendremos compañerismo íntimo con Él y llevaremos su nombre, exactamente como la esposa lleva el apellido de su esposo, y ve su rostro.

3. Tendremos poder y autoridad.  Gobernaremos con Él por la eternidad.

¿Cree que el cielo será un lugar aburrido?  ¡No!  El aburrimiento es señal de egoísmo.  Cuando uno se aburre es porque es egoísta.  Quiere que alguien haga algo por nosotros.  Pero todo egoísmo terminará y por consiguiente no habrá aburrimiento en el cielo.  ¡Habrá emoción continua, descubrimiento, anticipación, gratitud constante y alabanza!  Y el ángel dijo: “Estas palabras son fieles y verdaderas. Y el Señor, el Dios de los espíritus de los profetas, ha enviado su ángel, para mostrar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto” (Ap. 22:6).

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