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¿Está revelado el nombre de Jesús en el Antiguo Testamento?

Algunos escépticos preguntan: “¿Si es verdad que Jesús cumplió con tantas profecías, por qué en el Antiguo Testamento no se le menciona por su nombre?”.  Bueno, hasta cierto punto consideramos que es una buena pregunta, incluso justificada.  Pero a este respecto, hay por lo menos tres respuestas.  La primera y más obvia es, que nunca, nunca, va a encontrar el nombre “Jesús” en las antiguas Escrituras Hebreas, sencillamente porque sólo se le conoce así, en español, inglés, francés y portugués, y ha existido desde hace unos 500 años.

No hay nada de malo en llamar al Señor por su nombre “Jesús” en español, o como sea en otro idioma; después de todo, Él conoce nuestros corazones y sabe a quién nos estamos refiriendo.  Sin embargo, su nombre hebreo era y es Yeshua, así que ese sería el que tendríamos que buscar en el Antiguo Testamento.

Segundo, si los profetas del Antiguo Testamento hubiesen registrado que el nombre del Mesías iba a ser Yeshua, es casi seguro que decenas de miles de jóvenes madres judías habrían llamado a sus bebés Yeshua a lo largo de la era del Antiguo Testamento, convirtiéndole así en algo completamente inútil como un medio de identificación.

El tercer punto es de hecho otra pregunta: ¿Está usted seguro o segura, que el nombre del Señor en hebreo o arameo, no está revelado en una forma discernible en el Antiguo Testamento?  El tema principal en la Biblia es el Mesías y su obra redentora.  Las buenas nuevas de Jesús y la salvación que Él compró para nosotros en el Calvario, está entretejida en los 66 libros de la Biblia, desde Génesis 3:15 hasta Apocalipsis 22:17.
¡Y está dada en las profecías sobre su primera venida, porque también hay un conjunto de otras profecías sobre su segunda venida!  Esta evidencia minuciosamente detallada nos muestra que no hay duda de que Dios quería que su pueblo Israel, y la humanidad en general tuvieran la información necesaria para identificar al Mesías cuando llegara al escenario del mundo.

La cantidad de detalles que los profetas proporcionaron acerca de este Rey Redentor que vendría es asombrosa, anticiparon toda la información posible para identificar al Mesías Prometido.  En lugares tan lejanos como Persia, donde el pueblo de Israel vivió durante su exilio del territorio de Israel y donde habitó Daniel, los sabios recordaban esas profecías.

Ellos evidentemente, las analizaron y pudieron determinar cuándo y dónde nacería e incluso el hecho de que su nacimiento estaría marcado por la aparición de una estrella.  “Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos, diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle” (Mateo 2:1–2).

Los incrédulos y escépticos enfrentan un dilema similar cuando confrontan la evidencia profética de la Biblia.  ¿Creen ustedes que es posible que un hombre mortal pueda cumplir con decenas de profecías por accidente? ¿Que un estafador, sin ser el Hijo de Dios hubiera podido engañar a la humanidad y planear deliberadamente los acontecimientos para cumplir con las profecías? ¿O es posible que pueda haber una persona demente que pensara que era el Mesías, pero que realmente no lo era?

Afortunadamente, no tenemos que arriesgarnos para adivinar esas probabilidades, porque otros ya lo han hecho por nosotros y los resultados son asombrosos.  Entonces, ¿cuáles son las posibilidades de que el Señor Jesucristo, pudiera cumplir con las profecías sin ser realmente el Mesías?

A mediados del siglo pasado, un matemático cristiano norteamericano de nombre Peter Stoner director del Departamento de Matemáticas y Astronomía de la Universidad de Pasadena, director de la División de Ciencias de La Universidad Westmont y profesor emérito de ciencia, calculó que las probabilidades de que Jesús de Nazaret cumpliera solo con ocho de estas muchas profecías por casualidad, sería aproximadamente de una en cien mil billones, es decir de uno seguido por 17 ceros.

Estimó, que si se convirtiera esta cifra en monedas de un dólar de plata cubrirían el entero estado de Texas con una profundidad de 61 centímetros. Entonces, ¿cuáles creen ustedes que podrían ser las probabilidades de que alguien en un helicóptero volara sobre este mar de dólares de plata, que abarcaría una extensión de 696.241 kilómetros cuadrados, descendiera y tomara al azar un solo dólar previamente marcado?  La mayoría de las personas razonables estarían de acuerdo en que, aparte de cualquier tipo de dirección divina, o un radar electrónico super especial, esto sería prácticamente imposible.

Entonces, la pregunta para nuestros amigos incrédulos, cuando enfrentan las pruebas proféticas, es: “¿Se creen ustedes afortunados? ¿Están dispuestos a arrojar los dados, cuando la evidencia es tan abrumadora y el destino eterno de ustedes está en juego?”.

Tal como dijéramos en un principio, es claro que Dios deseaba que su pueblo reconociera a su Mesías cuando llegara a este mundo.  Las Escrituras proveen abundante información respecto a Él.

Pero la pregunta inicial sigue pendiente: ¿Qué con respecto a su Nombre?  Los profetas dijeron cómo y dónde nacería, cuál sería su linaje, cómo viviría, cómo y cuándo moriría; pero...  ¿lo mencionaron en algún lugar por su nombre?

El Nombre del Mesías

En los tiempos bíblicos los nombres estaban más revestidos de significado que en el día de hoy.  Con frecuencia describían el carácter de una persona, y a veces incluso eran profecías sobre el destino o vocación de la misma.  Dios en ocasiones los cambiaba cuando había una variación significativa en la trayectoria de la vida de alguien, tal como cuando a Abram le llamó Abraham, y a Jacob, Israel.

El nombre Jesús es igualmente significativo. Las variantes hebreas Yeshua, Yeshuah, Yehoshua,  están todas relacionadas y significan “salvación” o “Dios es salvación”.  ¿Qué mejor nombre podría haber para Aquel cuya misión era salvar a su pueblo de sus pecados?  El Mesías vino de la Eternidad y entró en el tiempo de nuestro universo para morir y expiar por nuestros pecados.

Es el acto de humildad, sacrificio y amor más grandioso y maravilloso de la historia.  Fue por eso que el ángel les dijo a José y María:  “Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1.21).

“Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Filipenses 2:9–11).

El nombre en hebreo que está sobre todo nombre es Adonai.  Eso quiere decir que Pablo iguala a Jesús el Mesías, con Adonai, ¡Señor de los cielos y de la tierra! ¡Ésta es una declaración maravillosa, especialmente porque provino de un rabino judío!

También implica claramente, que el nombre de Jesús es prominente tanto en el cielo como en la tierra.  Incluso, hasta los que están en el cielo, los ángeles se inclinan ante Él.  Para disgusto  de los escépticos, si realmente lo estamos buscando es posible encontrar el nombre de pila del Mesías en el Antiguo Testamento.  Pero incluso si no estuviera allí, los profetas proporcionaron abundante información por adelantado para que cualquiera con una mente abierta y corazón dispuesto pudiera reconocerlo cuando apareciera.

Uno bien puede decir que todo el Antiguo Testamento es una gran profecía mesiánica, y el entero Nuevo Testamento su cumplimiento.  Cuando examinamos bien de cerca el Antiguo Testamento, vemos que hay literalmente docenas de profecías mesiánicas asombrosas que muestran a Jesús.  Ellos dijeron por ejemplo, que...

Nacería en Belén: Miqueas 5:2; Mateo 2:1; Lucas 2:4-7
De una Virgen: Isaías 7:14; Mateo 1:21-23
Que sería un descendiente de Abraham: Génesis12:1-3; 22:18; Mateo 1:1;  Gálatas 3:16
De la tribu de Judá: Génesis 49:10; Lucas 3:23, 33; Hebreos 7:14
Del linaje real de David: 2 Samuel 7:12-16; Mateo 1:1
Que su vida estaría en peligro por la matanza de los infantes llevada a cabo por Herodes: Jeremías 31:15; Mateo 2:16-18
Que sería llevado a Egipto: Oseas 11:1; Mateo 2:14-15
Que su nacimiento sería anunciado por un mensajero del Señor: Isaías 40:3-5; Malaquías 3:1; Mateo 3:1-3
Ungido por el Espíritu Santo: Isaías 11:2; Mateo 3:16-17
Un predicador de Buenas Nuevas: Isaías 61:1; Lucas 4:14-21
Un varón de milagros: Isaías 35:5-6; Mateo 9:35
Que purificaría el Templo: Malaquías 3:1; Mateo 21:12-13
Que entraría a Jerusalén como un Rey cabalgando sobre un pollino, hijo de asna:  Zacarías 9:9; Mateo 21:4-11
Presentado como un Rey y subsecuentemente ejecutado en algún momento entre los años 30 al 33 de nuestra era.  Daniel 9:25-26
Rechazado por los religiosos en el poder en Jerusalén: Salmo 118:22; Mateo  26:57-66; 1 Pedro 2:7
Que sería sometido a una muerte humillante: Salmo 22; Isaías 53
Repudiado incluso por sus conocidos: Isaías 53:3; Juan 1:10-11; 7:5,48 y hasta por un amigo íntimo Salmo 41:9; Lucas 22:3-4; Juan 13:18
Vendido por 30 piezas de plata: Zacarías 11:12; Mateo 26:14-15
Sería motivo de burla: Mateo 22:7-8; Mateo 27:31; y golpeado sin misericordia Isaías 52:14; Mateo 27:26
Lo escupirían: Isaías 50:6; Mateo 27:30
Traspasarían sus manos y sus pies: Salmo 22:16
Traspasarían su costado: Zacarías 12:10; Juan 19:34
Crucificado con malhechores: Isaías 53:12; Mateo 27:38
Oraría por sus perseguidores: Isaías 53:12; Lucas 23:34
Le darían a beber hiel y vinagre: Salmo 69:21; Mateo 27:34; Lucas 23:36

No le quebrarían las piernas, lo cual era un procedimiento cruel, pero normal, considerado como un acto de misericordia parte del proceso de la crucifixión romana: Salmo 34:20; Juan 19:32-36
Que sería sepultado en la tumba de un hombre rico: Isaías 53:9; Mateo 27:57-60
Despojado de sus vestiduras, mientras los soldados jugaban por la posesión de sus ropas: Salmo 22:18; Juan 19:23-24
Que resucitaría triunfante de entre los muertos: Salmo 16:10; Marcos 16:6; Hechos 2:31
Que ascendería al cielo desde la Jerusalén terrenal: Salmo 68:18; Hechos 1:9.

La venida del Mesías

La mayoría de los cristianos dispensacionalistas, los que creemos en la interpretación literal de la Escritura, especialmente en lo tocante a la profecía bíblica, y en la distinción entre Israel y la iglesia dentro del programa de Dios, estimamos que el número de días, desde el momento en que se dio la orden para reconstruir a Jerusalén hasta la venida del Mesías son 173.880 días.   Los proponentes de otros puntos de vista citan una cifra ligeramente diferente, sin embargo la vasta mayoría de los cristianos evangélicos estamos de acuerdo en que Daniel 9:26 es una profecía sobre el tiempo de la venida del Mesías y su ejecución.

Si los judíos hubieran discernido las profecías y especialmente las del libro de Daniel, habrían podido conocer la fecha exacta con sólo multiplicar los 483 años, el tiempo transcurrido desde el momento en que se dio la orden para reconstruir a Jerusalén, por 360 días. Tenemos que usar 360 porque éste es el número de días que tiene el año profético.  Era el año calendario que se usaba en ese tiempo entre las naciones. 

La orden que da comienzo a la profecía

Dijo Daniel: “Sabe, pues, y entiende, que desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas; se volverá a edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos.  Y después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías, mas no por sí; y el pueblo de un príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario...” (Daniel 9:25,26).

Por consiguiente, la orden que da comienzo a la profecía es el mandato de reconstruir a Jerusalén.  La clave son las palabras “plaza y el muro”.  Es más o menos como el centro de la ciudad, el cual no se construía en tiempos antiguos hasta tanto no había un muro, por lo tanto la palabra clave es "muro".  En la Biblia hay cuatro ordenanzas concernientes a la reconstrucción de Jerusalén.

Ciro el persa dio la orden de reconstruir el templo.  Eso lo encontramos en el libro 2 de Crónicas y en Esdras: “Así dice Ciro, rey de los persas: Jehová, el Dios de los cielos, me ha dado todos los reinos de la tierra; y él me ha mandado que le edifique casa en Jerusalén, que está en Judá ...” (2 Crónicas 36: 23a).

La segunda orden fue dada por Darío y todo lo que él hizo fue confirmar el decreto de Ciro.  Esto fue en el año 519 antes de Cristo.  Ustedes pueden leer esto en Esdras 6:7.  Y dijo Darío: “Dejad que se haga la obra de esa casa de Dios; que el gobernador de los judíos y sus ancianos reedifiquen esta casa de Dios en su lugar”.

La tercera orden para reconstruir a Jerusalén fue dada por Artajerjes en el año 458 antes de Cristo, y se encuentra en Esdras, y dice en parte: "Esta es la copia de la carta que dio el rey Artajerjes al sacerdote Esdras, escriba versado en los mandamientos de Jehová y en sus estatutos a Israel: Artajerjes rey de reyes, a Esdras, sacerdote y escriba erudito en la ley del Dios del cielo: Paz.  Por mí es dada orden que todo aquel en mi reino, del pueblo de Israel y de sus sacerdotes y levitas, que quiera ir contigo a Jerusalén, vaya” (Esdras 7:12-13).

La cuarta orden fue dada por Artajerjes Longimano a Nehemías en el año 445 antes de Cristo.  Pero entonces... ¿Cuándo comenzaron las 70 semanas proféticas?  El capítulo 2 de Nehemías nos presenta una fecha: "Sucedió en el mes de Nisán, en el año veinte del rey Artajerjes, que estando ya el vino delante de él, tomé el vino y lo serví al rey.  Y como yo no había estado antes triste en su presencia, me dijo el rey: ¿Por qué está triste tu rostro? pues no estás enfermo.  No es esto sino quebranto de corazón.  Entonces temí en gran manera.  Y dije al rey: Para siempre viva el rey.  ¿Cómo no estará triste mi rostro, cuando la ciudad, casa de los sepulcros de mis padres, está desierta, y sus puertas consumidas por el fuego?  Me dijo el rey: ¿Qué cosa pides?  Entonces oré al Dios de los cielos, y dije al rey: Si le place al rey, y tu siervo ha hallado gracia delante de ti, envíame a Judá, a la ciudad de los sepulcros de mis padres, y la reedificaré... Y me lo concedió el rey, según la benéfica mano de mi Dios sobre mí" (Nehemías 2:1-4, 8b).

El rey Artajerjes inició su reinado en el año 465 antes de Cristo, lo cual quiere decir que el “año veinte” de su reinado nos lleva al 445 antes de Cristo.  Ese fue el año en que Artajerjes dictó el decreto para reconstruir a Jerusalén y el punto principal de Nehemías fue reedificar el muro.  Cuando leemos el libro de Nehemías llegamos al tema del muro.  "Fue terminado, pues, el muro, el veinticinco del mes de Elul, en cincuenta y dos días" (Nehemías 6:15).

En el capítulo 2 cuando dice “el mes de Nisán”, pero no menciona un día, esto quiere decir que está refiriéndose al primero del mes.  Es fácil determinar la fecha exacta.  El primero de Nisán, de acuerdo con nuestro calendario correspondió al 14 de marzo.  Respecto a esto no hay duda, esa fue la orden que dio comienzo al cumplimiento de la profecía.  En el capítulo 9 de Daniel podemos ver que el mandato para edificar el muro fue dado el 14 de marzo del año 445 antes de Cristo.  En el versículo 25 vemos que desde la fecha de esa orden, "hasta el Mesías Príncipe", debían transcurrir 69 semanas de siete años cada una, para un total de 483 años.

La forma como está dado este versículo significa que la venida del "Mesías Príncipe" es un evento público del cual están enterados todos los judíos.  Es la presentación pública del Mesías.  La mayoría de estudiosos de las profecías creen que esto se refiere a la entrada que hiciera el Señor Jesucristo a Jerusalén, debido a algo que Él mismo dijo.  No se trata del día en que murió porque eso está mencionado en Daniel 9:26, "se quitará la vida al Mesías".  El versículo está refiriéndose a que ellos deberían haber sabido que llegaría el Mesías.

La entrada triunfal está descrita en Lucas 19:28 y en los versículos siguientes.  Este pasaje de la Escritura habla de cómo Jesús entró a Jerusalén cabalgando sobre un pollino y el versículo 36 dice que “a su paso tendían sus mantos por el camino”.  Una multitud entera de discípulos se regocijaron y alabaron a Dios diciendo: “¡Bendito el rey que viene en el nombre del Señor; paz en el cielo, y gloria en las alturas!”(Lucas 19:38).  “Y cuando llegó cerca de la ciudad, al verla, lloró sobre ella, diciendo: ¡Oh, si también tú conocieses, a lo menos en este tu día, lo que es para tu paz!  Mas ahora está encubierto de tus ojos.  Porque vendrán días sobre ti, cuando tus enemigos te rodearán con vallado, y te sitiarán, y por todas partes te estrecharán, y te derribarán a tierra, y a tus hijos dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, por cuanto no conociste el tiempo de tu visitación” (Lucas 19:41-44).

Pero... ¿Cuánto tiempo tenía que transcurrir para que llegara el Mesías?  483 años.  ¿Y a qué día estamos entonces refiriéndonos?  De acuerdo con Jesús, al día de su entrada triunfal.  ¡Eso fue lo que dijo el propio Señor Jesús!   Él declaró que por eso serían destruidos, todo lo cual ocurrió el año 70 de la era cristiana.  Algunos judíos preguntan por qué Dios permitió que el templo fuera destruido en el año 70 y la respuesta la da claramente el Señor Jesucristo en este pasaje.  Porque rechazaron al Mesías Príncipe, si no lo hubieran hecho Él habría establecido su reino en la tierra.  Pero sabemos ya que no fue así.

Si ellos hubieran discernido las profecías y especialmente las del libro de Daniel, habrían podido conocer la fecha exacta con sólo multiplicar los 483 años por 360 días.  Tenemos que usar 360 porque éste es el número de días que tiene el año profético.  Era el año calendario que se usaba en ese tiempo entre las naciones.

Multiplique 483 por 360 y tendrá 173.880 días, lo cual al hacer la cuenta nos lleva, del 14 de marzo del año 445 antes de Cristo, hasta la fecha de la entrada triunfal.  De acuerdo con esta cuenta la entrada del Señor a Jerusalén fue el día 6 de abril del año 32.  Pero si es así de sencillo... ¿Cómo fue entonces, que los judíos no se dieron cuenta?  Todo ocurrió exactamente como Daniel había profetizado, pero ellos lo pasaron por alto, por eso fueron juzgados.

“Y después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías, mas no por sí; y el pueblo de un príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario; y su fin será con inundación, y hasta el fin de la guerra durarán las devastaciones” (Daniel 9:26).

Ya hemos visto que las variantes “Yeshua, Yeshuah y Yehoshua” significan esencialmente lo mismo: “Jehová es salvación”.   Por lo tanto, ¡en los más de 400 lugares en el antiguo testamento donde aparece una forma o variante de Yeshuah - ese término nos prefigura o señala a Jesús!  Después de todo, Él es la encarnación de todo lo que Dios ha hecho para “salvar, rescatar o liberar” a la humanidad a lo largo de la historia

Sin embargo, hay un buen número de ocurrencias de Yeshua, Yeshuah, o Yehoshua, en donde la aplicación al Mesías es incluso más directa.  He aquí algunas de estas instancias:  “Tu salvación esperé, oh Jehová” (Génesis 49:18).
Este versículo se encuentra en uno de los capítulos proféticos más importantes del Torá.  Ya que Jacob encontrándose en su lecho de muerte, reunió a sus hijos y los bendijo a cada uno y a la tribu que representaban.  Sin embargo, es evidente que es mucho más que una serie de bendiciones, sino que además son profecías, ya que Jacob les dice: “Juntaos, y os declararé lo que os ha de acontecer en los días venideros” (Génesis 49:1).

Jacob procede a hablarle a cada uno de sus hijos, uno por uno, comenzando con Rubén y así continúa.  Cuando llega a Judá, “el león” y que es una prefigura del Mesías y el reino mesiánico le dice: “Cachorro de león, Judá; de la presa subiste, hijo mío.  Se encorvó, se echó como león, así como león viejo: ¿quién lo despertará?  No será quitado el cetro de Judá, ni el legislador de entre sus pies, hasta que venga Siloh; y a él se congregarán los pueblos” (Génesis 49:9–10).

El rey David quien escribió muchos Salmos, representaba a la Casa de David, la dinastía ordenada por Dios a través de la cual nacería un día el Mesías prometido.  Y dice literalmente en Salmo 9:14:  “Para que cuente yo todas tus alabanzas en las puertas de la hija de Sion, y me goce en tu salvación” - en Jesús.  No podemos saber si David sabía exactamente el significado de estas palabras, sin embargo, como es una Escritura inspirada, es poderosa y potencialmente profética.

Dios usa el nombre del Mesías para mostrarle al propio Jesús que “Él es la salvación”.  Dijo por medio del profeta: “He aquí que Jehová hizo oír hasta lo último de la tierra: Decid a la hija de Sion: He aquí viene tu Salvador; he aquí su recompensa con él, y delante de él su obra” (Isaías 62:11).  Aquí Él se dirige “a la hija de Sion”, una frase que se menciona 24 veces en la Biblia como una referencia a Jerusalén y a su pueblo, la encontramos citada en Isaías, Lamentaciones, Miqueas, Sofonías y Zacarías.

El profeta declara: “Decid a Jerusalén: He aquí viene tu Salvador; he aquí su recompensa con él”.   Es imposible no advertir la similitud entre esta frase y otra que dijo el profeta: “Alégrate mucho, hija de Sion; da voces de júbilo, hija de Jerusalén; he aquí tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna” (Zacarías 9:9).

Mateo, escritor del Nuevo Testamento, identifica este pasaje de Zacarías, como uno Mesiánico, dice:  “Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el profeta, cuando dijo: Decid a la hija de Sion: He aquí, tu Rey viene a ti, manso, y sentado sobre una asna, sobre un pollino, hijo de animal de carga” (Mateo 21:4–5).  Dado que las palabras en Isaías 62:11 son muy similares a las de la profecía mesiánica en Zacarías 9:9, los estudiosos no dejan de preguntarse, sino sería que tanto Isaías, como Zacarías, se estaban refiriendo, de manera indirecta a la entrada del Señor Jesucristo “la salvación a Jerusalén - y de la nuestra”.

Dice Habacuc 3:13a: “Saliste para socorrer a tu pueblo, para socorrer a tu ungido...”   Algunos comentaristas dicen que “el ungido” aquí es una referencia a la nación de Israel, no a una persona.   Sin embargo, distinguir al Mesías de su pueblo Israel puede ser un asunto delicado, porque la Persona del Mesías está estrecha e íntimamente identificada con esta nación.

Jakob Jocz, profesor de teología en el Seminario Wycliffe en Toronto, Canadá  por muchos años, nos recuerda que el destino de Israel, y el del Mesías, parecen coincidir a tal grado, que a menudo es imposible distinguir  el uno del otro.   En otras palabras, el Mesías es la representación de Israel por excelencia. Su vida y experiencia son una figura de la historia de Israel, pero con una diferencia: donde Israel falló, el Mesías tuvo éxito.  Lo que Israel fue destinado a ser, tiene cumplimiento en el Mesías el Siervo Perfecto de Dios.

Si pudiéramos viajar en una máquina del tiempo, de regreso a Nazaret en el primer siglo, nos sorprendería mucho si nos acercáramos a alguien en la calle y le preguntáramos dónde vivía “Jesucristo”.  ¿Por qué? Porque esa persona no tendría ninguna idea de quién estábamos hablando.  El nombre del Señor no era “Jesucristo”.  Tal como dijéramos en un principio, el nombre Jesús en español, inglés, francés y portugués no existía en el primer siglo.

Pero si preguntáramos dónde vivió Yeshua ben Yosef  - “Jesús, hijo de José”, eso sería diferente, porque su nombre hebreo es Yeshua.  Es una forma abreviada del nombre Yehoshua, que significa “Jehová es salvación”.  El ángel instruyó a José y María a que le dieran al Niño el nombre Yeshua.  Les dijo: “Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21).  “Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS” (Lucas 1:31).  La palabra hebrea para “salvación” es Yeshuah, Yeshua, o Yehoshua, todas son simplemente variaciones del mismo nombre.

¡Entonces es claro, que el nombre de nuestro bendito Salvador, sí se encuentra dado en forma discernible en el Antiguo Testamento!

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