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Un hombre rico, púrpura y banquetes

“Había un hombre rico, que se vestía de púrpura (purpurado) y de lino fino, y hacía cada día banquete con esplendidez” (Lc. 16:19). Viajaba por muchos países y era de muy alta jerarquía en su fe religiosa. Dominaba cerca de unos 50 idiomas y era muy admirado por su apariencia bondadosa e inocente.

Tuvo gran influencia sobre casi todos los gobernantes del mundo y se hacía llamar el Vicario de Cristo (vicario significa «el que tiene el poder o la facultad de otro o le sustituye»), con toda esta pretención de tomar el lugar del Espíritu Santo (el verdadero Vicario de Cristo). Este alto dignatario, en el concepto de mil millones de seguidores, tuvo la oportunidad de ver a muchos Lázaros que mendigaban un poquito de religión, con mezcla de tradiciones, liturgias y mucha apariencia de piedad.

Sin saberlo, el rico no captó que el pobre Lázaro había descubierto la verdadera riqueza celestial y así se había preparado para partir un día a la presencia de su Salvador personal. Para el rico este era apenas un mendigo más, pero para el cielo era ya un ciudadano que partiría a su mansión eterna, donde viviría rodeado de muchos millones de redimidos y vería el rostro del verdadero Salvador del Mundo, Cristo Jesús: “Aconteció que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham...” (Lc. 16:22a). Ningún diario dedicó siquiera unas pocas letras para hablar de él, pues para la opinión pública, la prensa, la televisión, radio, internet, era apenas un mendigo más que acababa de morir.

“...Y murió también el rico, y fue sepultado” (Lc. 16:22b).

El sepelio lucía impresionante y no hubo canal de televisión, diario, revista o emisora que no se ocuparan paso por paso de este sepelio de un rico tan encumbrado, admirado y casi incomparable. Se dijeron muchas palabras lindas. Alguien dijo que momentos antes de partir a la eternidad, el cielo lo estaba esperando y el Señor Jesús personalmente decidió darle la bienvenida. Un comentarista (fiel seguidor del rico) dijo también que, ya que se trataba de una persona tan única, tomaría su lugar a la diestra de Dios, lo que a primera vista, de ser así, parece un “golpe de Estado en el Cielo”. Bien sabemos que ya lo había intentado Lucifer, pero fue derrotado (Is. 14:13-17).

Mientras tanto Lázaro, a quien el rico conocía muy bien, pues “...estaba echado a la puerta de aquél, lleno de llagas” (Lc. 16:20) se encontraba en la presencia de hombres tan destacados como el mismo Abraham. Pero el rico, “...dando voces, dijo: Padre Abraham, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque estoy atormentado en esta llama” (Lc. 16:24). Esta fue la primera oración verdadera que hizo el rico, aunque había pronunciado muchos rezos durante su vida en medio de tanto oro, honores, admiración, respeto, autoridad y aclamaciones de tantos millones.

«‘Pero Abraham le dijo: Rico, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida...’ (Lc. 16:25a). Hombres y mujeres concurrían a tu palacio para recibir orientación. Nunca les dijiste a quienes te admiraban para que acudieran a Cristo, el único Salvador, al cual decías conocer. No les hablaste del arrepentimiento, de la gracia divina, de la salvación sin obras, sino confiando en la perfecta obra de Jesucristo al morir clavado de una cruz por los pecados de la humanidad. ¿Acaso no conocías esta doctrina de la salvación por gracia y sin obras?

Lázaro, a quien en forma despectiva llamaste ‘protestante’ no negó al Salvador único que Dios envió al mundo, a Jesucristo. Esta es la razón porqué él está aquí, habiendo llegado acompañado por los ángeles, quienes están al servicio de los que, como él, arrepentidos recibieron el perdón completo de todos sus pecados. Estos mismos ángeles no tenían nada contigo. ¿Acaso no sabías que ellos ‘...son todos espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación?’» (He. 1:14).

Entonces le dijo (el rico): «Te ruego, pues, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo mil millones de seguidores que si alguien no les habla a tiempo, vendrán a este lugar, ya que ellos siguen engañados, porque yo nunca les dí tu mensaje, el mensaje de la salvación.

Ellos viven en completa miseria, tanto espiritual como moral y físicamente. ¡Cuán arrepentido estoy de no haberles hablado acerca del Salvador al cual rechacé a cambio de mi religión! Te ruego, pues, padre, que le envíes a la casa de mis seguidores, porque son tantos millones, ‘para que les testifique, a fin de que no vengan ellos también a este lugar de tormento’» (v. 28).

Y Abraham le dijo: «A predicadores fieles a mi Palabra y la Biblia con sus 66 libros tienen; óiganlos». El rico continuó: «‘No, padre Abraham; pero si alguno fuere a ellos de entre los muertos, se arrepentirán’ (Lc. 16:30). Porque mis seguidores están acostumbrados a ver visiones y a María, mi preferida, con mensajes directamente del cielo». Entonces Abraham volvió a decirle: «Así es, Mr. Rico, si no creen a lo que está escrito inspirado por el Espíritu Santo, que es la Biblia, pero están acostumbrados a ‘visiones’ inventadas, despreciando la revelación dada por Dios, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamentos, ¿cómo creerán al evangelio si les fuera a hablar alguien de entre los muertos? ¿Acaso el Señor no vino de entre los muertos apareciendo a los suyos por 40 días, de lo cual hubo centenares de testigos?

Si no creen a la Palabra escrita, no creerán “...aunque alguno se levantare de los muertos” (v. 31b)».

Y así, mi estimado lector, mientras se hacían arreglos para los pomposos funerales del rico, se recibían muchas notas de condolencia, incluso de gobernantes de grandes y ricas naciones. El que dejaba su cadáver para “el último adiós”, estaba completamente vivo en esa otra dimensión, fuera del cuerpo. Allí su oración fue sincera. Oraba no solamente por sí mismo, sino por aquellos por quienes nunca lo había hecho antes.

Con el tiempo, el rico fue reemplazado por otro, pero éste no había llegado de entre los muertos, pues... se trataba de uno muerto, espiritualmente, de modo que sus cinco hermanos (mil millones) continuaban con su banqueteo pagano.

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