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¿Cuáles son las cosas que ama Dios?

De continuo exhortamos a los hermanos para que aprendan a amar las cosas que quiere Dios, pero al reflexionar en todo esto surge una pregunta: ¿Qué es exactamente lo que ama el Creador?  Al escudriñar la Biblia sorprende encontrar pocas referencias al respecto, algo que comúnmente no imaginamos.  Hay unas cuantas declaraciones explícitas sobre lo que Dios ama profundamente, y se pueden clasificar en tres áreas principales: las personas, la justicia y Sion.

El versículo probablemente más memorizado por todos los cristianos es Juan 3:16, que dice: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”.  Claro está, el Creador se regocija con el mundo natural que creó, pero a lo que alude este texto, no tiene que ver con el mundo físico, sino con las personas que lo habitan.

El rey David, el gran Salmista, dijo:  “Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?  Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra.  Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies” (Salmo 8:3–6).

La humanidad fue la obra maestra de Dios en la creación.  Y es cierto, el Creador ama al mundo, pero esto se refiere a las personas que hay en él.  También es cierto que ama a todos: creyentes e incrédulos, pero hay varios grupos específicos de personas que son objeto especial de su amor: el pueblo judío - los hijos de Israel, y los que creen en el Señor Jesucristo.

Sorprende que haya tantos cristianos que no aman al pueblo judío, por eso uno no puede dejar de preguntarse: “¿Cómo puede alguien amar a Jesús, nuestro Salvador judío, y no amar a su familia?”.  Por otro lado, muchos judíos se preguntan: “¿Por qué algunos cristianos, como ustedes, nos aman, y otros sólo quieren hacernos daño en toda forma posible y con todo tipo de sanciones?  ¿Por qué nos odian?”.

La gran mayoría de hispano americanos nacimos en hogares católicos, ya que esta religión fue la que predominó y predomina en América Latina, y desde siempre los sacerdotes enseñaron que los judíos eran un pueblo apartado de Dios ya que habían asesinado a Jesús.

Resulta increíble que todavía haya cristianos que sigan denigrando al pueblo hebreo sobre esta base.  Mientras que la sangre del Señor Jesucristo se derramó “para perdón de todos”, algunos creyentes siguen restringiendo su valor a grupos cada vez más pequeños: por ejemplo los que practican ciertos ritos, observan determinada moral y se ciñen a normas establecidas.

Sin embargo es preciso saber que el antisemitismo es muy antiguo. Ni Hitler ni los alemanes lo inventaron.   El odio contra los judíos, tiene orígenes religiosos. Algunos de los primeros cristianos no admitían que rechazasen creer que Jesús era el “Hijo de Dios”, el Mesías.  Cuando el cristianismo se convirtió en la religión mayoritaria de Europa, los judíos fueron perseguidos regularmente.  Hubo periodos de calma en que se los toleró, y otros de grande persecución, tal como en el tiempo de las Cruzadas en la Edad Media.  En el año 1.096, los israelíes de Spira, Worms, Maguncia y Colonia, en Alemania, fueron masacrados a comienzos de las Cruzadas.   Asimismo el rey Felipe el Hermoso expulsó a los judíos de Francia en julio de 1.336, sin olvidar confiscar sus bienes.

Ellos fueron acusados de toda clase de crímenes contra los cristianos: por ejemplo, se contaba que ellos el día de Pascua, debían raptar y sacrificar un bebé cristiano; que envenenaban el agua de los pozos, y cuando surgía una epidemia, se les culpaba por eso.  Se les asignó el papel de “chivos expiatorios” o de “cabeza de turco”, ya que cuando algo marchaba mal, siempre eran los culpables por considerarlos diferentes al resto de la población.

Muchos están convencidos que los judíos fueron malditos por lo ocurrido durante el juicio del Señor Jesucristo.  El episodio a que vamos a referirnos sólo lo menciona el apóstol Mateo.  Cuando las autoridades religiosas llevaron a Jesús ante Pilato para que fuera juzgado, el gobernador romano se dio cuenta que lo habían entregado por envidia, e intentó liberarlo recurriendo a una treta.  Pensó que si enfrentaba a Jesús con un famoso criminal llamado Barrabás, y les pedía a los judíos que eligieran a quién debían dejar en libertad, ellos optarían por Él.  Pero se equivocó. Los sumos sacerdotes y dirigentes judíos convencieron a la multitud para que pidiera la libertad del delincuente.

Pilato, al ver frustrada su estratagema, dijo a los judíos que no podía condenar a muerte a Jesús porque no encontraba en Él delito alguno. Esta frase tendría que haber servido para dar por finalizado el juicio, pero este nuevo intento tampoco funcionó porque la gente instigada por los sacerdotes, cuando  “Pilato les dijo: ¿Qué, pues, haré de Jesús, llamado el Cristo? Todos le dijeron: ¡Sea crucificado!  Y el gobernador les dijo: Pues ¿qué mal ha hecho?  Pero ellos gritaban aún más, diciendo: ¡Sea crucificado!  Viendo Pilato que nada adelantaba, sino que se hacía más alboroto, tomó agua y se lavó las manos delante del pueblo, diciendo: Inocente soy yo de la sangre de este justo; allá vosotros.  Y respondiendo todo el pueblo, dijo: Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos” (Mateo 27:22–24).

Ésta es la frase que para muchos resulta desconcertante. En realidad es una fórmula legal frecuente en el Antiguo Testamento, que indicaba quién era la persona que debía asumir la responsabilidad de un delito, y sufrir el castigo correspondiente, que era la muerte.

El libro del Levítico dice: “Todo hombre que maldijere a su padre o a su madre, de cierto morirá; a su padre o a su madre maldijo; su sangre será sobre él” (Levítico 20:9). “Cualquiera que yaciere con la mujer de su padre, la desnudez de su padre descubrió; ambos han de ser muertos; su sangre será sobre ellos” (Levítico 20:11).  “Si alguno se ayuntare con varón como con mujer,  abominación hicieron; ambos han de ser muertos; sobre ellos será su sangre” (Levítico 20:13).

Cuando David se encontró con el soldado que le dio muerte al rey Saúl, le dijo:  “Tu sangre sea sobre tu cabeza, pues tu misma boca atestiguó contra ti, diciendo: Yo maté al ungido de Jehová” (2  Samuel 1:16).  Y cuando Joab, general del ejército de David, le dio muerte al general Abner sin consentimiento del rey, David exclamó: “Caiga sobre la cabeza de Joab, y sobre toda la casa de su padre...” (2 Samuel 3.29a).

Según el Evangelio de Mateo, durante el proceso en contra del Señor Jesucristo, los judíos pronunciaron esa frase, que sin quererlo marcó la historia y el destino del pueblo hebreo en su relación con los cristianos.  Este clamor fue interpretado a lo largo de los siglos como una maldición que el pueblo judío se echó sobre sí mismo, asumiendo la responsabilidad de la muerte de Jesús.

Desde entonces han sido y son muchos los que citan ese versículo como prueba de que Dios rechaza a Israel; y peor aún, ha servido para justificar las atrocidades y persecuciones cometidas contra ese pueblo, al considerar tales sufrimientos como un castigo divino.

Hutton Gibson, padre del actor Mel Gibson, en su libro El enemigo aún está aquí, que fuera publicado en el año 2003 escribió: “Cuando Poncio Pilato se negó a aceptar la responsabilidad de la muerte de Jesús, la culpa cayó sobre los judíos presentes; fue un crimen superior al pecado original y al de la torre de Babel; por eso el castigo se abatió sobre las futuras generaciones judías que han sufrido muchos desastres, tales como el holocausto, todo por la maldición que ellos mismos lanzaron sobre sus cabezas”.

Por esto el teólogo inglés Claude Joseph Goldsmid Montefi, un erudito de la Biblia Hebrea, la literatura rabínica y el Nuevo Testamento, escribió: “Ésa es una de las frases responsables de los océanos de sangre humana, y de los incesantes ríos de miseria y desolación”. Pero ¿por qué quedó registrada en el Evangelio?

De acuerdo con el sentido de la frase en el Evangelio de Mateo, la multitud presente en el juicio de Jesús, asumió la responsabilidad de su ejecución, pero la escena tiene detalles curiosos, porque en primer lugar el pueblo judío no empleó la fórmula como correspondía. Cuando alguien en la Biblia invocaba el castigo de sangre, lo hacía sobre la cabeza de otro, de un tercero, nunca sobre la propia.  En cambio en Mateo el pueblo judío se lo aplicó sobre sí, como si quisiera incriminarse, auto castigarse en vez de librarse de los efectos de la sangre, que era el sentido de la fórmula.
En segundo lugar, resulta llamativo que Mateo 27:20 diga: “Pero los principales sacerdotes y los ancianos persuadieron a la multitud que pidiese a Barrabás, y que Jesús fuese muerto”, y es curioso porque multitud es un grupo de personas, pero luego Mateo 27:25 declara: “Y respondiendo todo el pueblo, dijo: Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos”.  Hasta ese momento Mateo afirmó que se trataba sólo de una “multitud” que presenciaba el juicio, es decir, un grupo limitado de personas.   Esa “multitud” se presentó ante el gobernador pidió la liberación de Barrabás, exigió la crucifixión de Jesús y presenció el lavatorio de las manos.  Luego, de repente el evangelista parece olvidarse de este grupo, y dice que es todo el pueblo quien ahora reclama sobre sí la sangre de Jesús.

Todo indica que se trató de un cambio intencionado.  En Mateo, la expresión “el pueblo” siempre alude a Israel como raza, etnia o nación.   Por eso al reemplazar “la multitud” por “el pueblo” tal parece que declarara que la sangre de Jesús, invocada ese día, no cayó únicamente sobre los asistentes al proceso, sino sobre toda la nación judía y sobre las generaciones posteriores.

Pero... ¿Cuál es el significado real de todo lo ocurrido?  Desde tiempos muy antiguos, esto se la ha interpretado en el sentido de que todos los judíos, de todos los tiempos, son culpables de la muerte de Jesús.  Los primeros en defender este punto de vista fueron los llamados Padres de la lglesia, tal como Orígenes en el siglo tercero, quien enseñaba que la sangre de Jesús “cayó sobre todas las generaciones posteriores de judíos, hasta el final de los tiempos”. De la misma opinión fueron Melitón de Sardes en el siglo segundo; Agustín de Hipona, Jerónimo y Juan Crisóstomo en el siglo cuarto; Teofilacto Patriarca de Constantinopla en el siglo noveno; Tomás de Aquino en el siglo trece, y el teólogo John Calvino en el siglo dieciséis.  Por su parte Lutero afirmó que la miseria en que vivían los judíos en su época, y su posterior condenación eterna, se debía a que habían rechazado al Hijo de Dios.

Ciertamente hubo muchas otras interpretaciones, aunque no tan severas, pero en general fue esa la que prevaleció e hizo que muchos cristianos desarrollaran una antipatía hacia el pueblo hebreo, por considerar que los judíos están malditos porque haberle dado muerte al Hijo de Dios.  Esta creencia se usa para justificar el antisemitismo y los sentimientos de prejuicio contra Israel, sin embargo, no es lo que enseña la Biblia.  El rechazo de los judíos por su Mesías tuvo sus consecuencias, pero la Escritura no habla de una maldición continua sobre el pueblo escogido por Dios.

Los verdaderos cristianos que aman a Dios y su Palabra tienen mayor tendencia a amar al pueblo judío, a diferencia de esos que son cristianos simplemente por tradición.  El primer grupo entiende que toda la Biblia es la Palabra inspirada de Dios, mientras que el segundo, escoge lo que quiere seguir de la Escritura.  Porque si amamos al Creador, entonces seguramente queremos todo lo que Él ama. Exploremos por lo tanto su amor por el pueblo de Israel.

Dios ama al pueblo judío

En el libro de Deuteronomio, encontramos un bello pasaje que describe la relación de Dios con los Hijos de Israel, dice: “Porque tú eres pueblo santo para Jehová tu Dios; Jehová tu Dios te ha escogido para serle un pueblo especial, más que todos los pueblos que están sobre la tierra.  No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido, pues vosotros erais el más insignificante de todos los pueblos... Y te amará, te bendecirá y te multiplicará, y bendecirá el fruto de tu vientre y el fruto de tu tierra, tu grano, tu mosto, tu aceite, la cría de tus vacas, y los rebaños de tus ovejas, en la tierra que juró a tus padres que te daría” (Deuteronomio 7:6–7, 13).

Los profetas también hablaron del amor de Dios por Israel: “Ahora, así dice Jehová, Creador tuyo, oh Jacob, y Formador tuyo, oh Israel: No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú... Porque a mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable, y yo te amé; daré, pues, hombres por ti, y naciones por tu vida” (Isaías 43:1,4).

“En aquel tiempo, dice Jehová, yo seré por Dios a todas las familias de Israel, y ellas me serán a mí por pueblo.  Así ha dicho Jehová: El pueblo que escapó de la espada halló gracia en el desierto, cuando Israel iba en busca de reposo.  Jehová se manifestó a mí hace ya mucho tiempo, diciendo: Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia.  Aún te edificaré, y serás edificada, oh virgen de Israel...” (Jeremías 31:1–4a).

“Profecía de la palabra de Jehová contra Israel, por medio de Malaquías.  Yo os he amado, dice Jehová; y dijisteis: ¿En qué nos amaste?  ¿No era Esaú hermano de Jacob? dice Jehová.  Y amé a Jacob” (Malaquías 1:1–2).

“Él nos elegirá nuestras heredades; la hermosura de Jacob, al cual amó. Selah” (Salmo 47:4).

El apóstol Pablo reconoció el amor inagotable de Dios por el pueblo judío, pese a que pocos habían aceptado a Jesús. “Así que en cuanto al evangelio, son enemigos por causa de vosotros; pero en cuanto a la elección, son amados por causa de los padres.  Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios” (Romanos 11:28–29).

Los padres saben que aunque amen a su primer hijo de manera especial, sus corazones se expanden para amar a los que vienen luego de igual forma.  Sin embargo, los niños no comprenden eso y algunos hijos por ser los mayores, llegan a pensar que sus padres los aman más, lo cual no es cierto.

De manera parecida, algunos cristianos resienten el profundo amor de Dios, nuestro Padre, hacia el pueblo judío, que es su primogénito, pero aunque ellos se hubieran apartado, Dios nunca dejará de amarlos.   “Pero Sion dijo: Me dejó Jehová, y el Señor se olvidó de mí.  ¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre?  Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti.  He aquí que en las palmas de las manos te tengo esculpida; delante de mí están siempre tus muros” (Isaías 49:14–16).

La nación judía sufrió por haber rechazado a su Mesías.  En su camino hacia el lugar donde sería crucificado, el Señor Jesucristo se refirió al juicio venidero, dijo “... Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos.  Porque he aquí vendrán días en que dirán: Bienaventuradas las estériles, y los vientres que no concibieron, y los pechos que no criaron.  Entonces comenzarán a decir a los montes: Caed sobre nosotros; y a los collados: Cubridnos. Porque si en el árbol verde hacen estas cosas, ¿en el seco, qué no se hará?” (Lucas 23:28b-31).

En el lapso de la propia generación del Señor Jesucristo, en el año 70 de la era cristiana, Jerusalén fue totalmente destruida por los romanos.  Los judíos fueron dispersados, y durante casi 1.900 años, hasta 1948, no tuvieron patria. Esto también tuvo ramificaciones espirituales, ya que durante ese tiempo el Evangelio fue predicado a los gentiles quienes fueron más receptivos.
Dice la Escritura que “Pablo estaba entregado por entero a la predicación de la palabra, testificando a los judíos que Jesús era el Cristo.  Pero oponiéndose y blasfemando éstos, les dijo, sacudiéndose los vestidos: Vuestra sangre sea sobre vuestra propia cabeza; yo, limpio; desde ahora me iré a los gentiles” (Hechos 18:5-6). 

Asimismo el apóstol comparó la inclusión de los gentiles en la salvación con las ramas silvestres que se injertan en un olivo cultivado.  Los judíos -  las ramas naturales, no han sido completamente abandonados, tal como afirmó Pablo: “Y aun ellos, si no permanecieren en incredulidad, serán injertados, pues poderoso es Dios para volverlos a injertar” (Romanos 11:23).

Al rechazar al Señor Jesucristo, “tropezaron con la piedra de tropiezo” tal como dice Romanos 9:32 e Isaías 8:14, pero no fueron maldecidos por Dios.  Pablo hace esta pregunta retórica: “Digo, pues: ¿Ha desechado Dios a su pueblo?  En ninguna manera.  Porque también yo soy israelita, de la descendencia de Abraham, de la tribu de Benjamín.  No ha desechado Dios a su pueblo, al cual desde antes conoció...” (Romanos 11:1-2a).

Y sigue ratificando el apóstol: “Porque no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio, para que no seáis arrogantes en cuanto a vosotros mismos: que ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles; y luego todo Israel será salvo, como está escrito: Vendrá de Sion el Libertador, que apartará de Jacob la impiedad.  Y este será mi pacto con ellos, cuando yo quite sus pecados.  Así que en cuanto al evangelio, son enemigos por causa de vosotros; pero en cuanto a la elección, son amados por causa de los padres.  Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios” (Romanos 11:25–29).

¿Cómo pueden los judíos estar “malditos”, cuando Dios hizo un pacto incondicional con Abraham, y le dijo: “Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición.  Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra” (Génesis 12:2–3)?

En el capítulo 15 de Génesis leemos que el Señor también les prometió un gran territorio.  Israel nunca ha tenido su plena posesión, lo que indica que la profecía aún está por cumplirse.

Dice Gálatas 6: 7: “No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará”.  La desobediencia causa tristeza.  Cuando el pueblo de Israel se sumió en la idolatría perdió su territorio durante los 70 años del exilio babilónico “Porque así dijo Jehová: Cuando en Babilonia se cumplan los setenta años, yo os visitaré, y despertaré sobre vosotros mi buena palabra, para haceros volver a este lugar” (Jeremías 29:10).

Cuando rechazaron a su Mesías, perdieron su tierra por un período de tiempo mucho más prolongado, porque Jesús “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron” (Juan 1:11).  Pero la promesa de Dios sigue en pie, así lo dijo por medio del profeta:  “He aquí que Jehová hizo oír hasta lo último de la tierra: Decid a la hija de Sion: He aquí viene tu Salvador; he aquí su recompensa con él, y delante de él su obra.  Y les llamarán Pueblo Santo, Redimidos de Jehová; y a ti te llamarán Ciudad Deseada, no desamparada” (Isaías 62:11-12).

Dios ama a los cristianos

En contraste, los seguidores de Jesús no tenemos una historia con Dios tan larga como el pueblo judío.  Pero las Escrituras describen su gran amor por nosotros.  El propio Señor Jesucristo declaró: “Pues el Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado, y habéis creído que yo salí de Dios” (Juan 16:27).  Asimismo Él nos enseñó a amar con estas palabras: “Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado” (Juan 15:12).

El apóstol Juan confirma el amor que Dios tiene por los seguidores de su Hijo, cuando dice: “Todo aquel que confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios.  Y nosotros hemos conocido y creído el amor que Dios tiene para con nosotros.  Dios es amor; y el que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él” (1 Juan 4:15–16).

El Señor Jesús confirmó igualmente su amor por nosotros, dijo: “Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor. Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor” (Juan 15:9–10).

Dios responde a los corazones amorosos de sus hijos, de la misma manera como nosotros respondemos a las personas que nos aman, sin embargo su amor no son simples palabras amables, sino un amor expresado en acciones.

Dios ama a quienes aman la justicia

- “Conoce, pues, que Jehová tu Dios es Dios, Dios fiel, que guarda el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos, hasta mil generaciones” (Deuteronomio 7:9).

- “Abominación es a Jehová el camino del impío; mas él ama al que sigue justicia” (Proverbios 15:9).

- “Jehová abre los ojos a los ciegos; Jehová levanta a los caídos; Jehová ama a los justos” (Salmo 146.8).

- “Conoce, pues, que Jehová tu Dios es Dios, Dios fiel, que guarda el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos, hasta mil generaciones” (Deuteronomio 7:9).

- “Abominación es a Jehová el camino del impío; mas él ama al que sigue justicia” (Proverbios 15:9).

-  “Abominación es a Jehová el camino del impío; mas él ama al que sigue justicia” (Proverbios 15:9).

En muchas ocasiones cada uno de nosotros se ha portado mal en el hogar, pero nuestros padres no dejaron de amarnos por eso.  Nos amaron a pesar de nuestra conducta.   La aceptación en cada una de nuestras familias, no se basó en acciones.  Éramos hijos de ellos y por eso nos amaban.  De la misma manera, Dios ama incondicionalmente a los que son nacidos en su familia.  Sabe que no siempre actuaremos perfectamente, y debemos estar profundamente agradecidos por su gracia, misericordia y amor.

La idea de que Dios es recto y que ama la rectitud está intrínsecamente conectada con el primer concepto expresado en este estudio, de que Dios ama a las personas. Él desea vernos vivir en armonía y paz. Si la humanidad hiciese eso, nuestro mundo sería totalmente diferente.

Pero tenemos un problema: ¿quién podrá ser verdaderamente justo? Los creyentes aspiramos vivir rectamente, pero no alcanzamos nuestras expectativas. ¿Cómo podremos esperar agradar a Dios? Salomón escribió:  “Ciertamente no hay hombre justo en la tierra, que haga el bien y nunca peque” (Eclesiastés 7:20).  El apóstol Pablo estuvo de acuerdo y dijo: “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23).

Los cristianos estamos profundamente agradecidos de que Dios, en su misericordia, enviara al Señor Jesucristo para vivir una vida libre de pecado y que derramara su sangre por nuestros pecados.  ¿Eso significa que debemos dejar de procurar vivir rectamente porque Dios ahora nos mira a través de la justicia de Jesús?  Pablo expresó su opinión al respecto cuando dijo: “¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?  En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?” (Romanos 6:1–2).

Los cristianos no tan sólo tenemos el regalo de la salvación por medio de la obra justificadora de Jesús sino que también tenemos el regalo del Espíritu Santo, quien nos conduce en toda rectitud. No debemos continuar pecando, y tenemos todas las herramientas que necesitamos para vencer al pecado. Cada hora adoptamos decisiones, escogemos cómo queremos vivir, si vamos a hacerlo rectamente o no.  “En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios” (1 Juan 3:10).

Dios Ama a Sion

La Biblia dice que Dios ama a Sion, que es otro nombre para Jerusalén.

- “Ama Jehová las puertas de Sion más que todas las moradas de Jacob” (Salmo 87:2).

- “Sino que escogió la tribu de Judá, el monte de Sion, al cual amó” (Salmo 78:68).

- “La tierra a la cual pasáis para tomarla es tierra de montes y de vegas, que bebe las aguas de la lluvia del cielo; tierra de la cual Jehová tu Dios cuida; siempre están sobre ella los ojos de Jehová tu Dios, desde el principio del año hasta el fin” (Deuteronomio 11:11–12).

- “Porque Jehová ha elegido a Sion; la quiso por habitación para sí.  Este es para siempre el lugar de mi reposo; aquí habitaré, porque la he querido.  Bendeciré abundantemente su provisión; a sus pobres saciaré de pan.  Asimismo vestiré de salvación a sus sacerdotes, y sus santos darán voces de júbilo” (Salmo 132:13–16).

- “Y conoceréis que yo soy Jehová vuestro Dios, que habito en Sion, mi santo monte; y Jerusalén será santa, y extraños no pasarán más por ella” (Joel 3:17).

¡Dios ama a Israel!

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