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Amanda Smith

  • Fecha de publicación: Martes, 31 Marzo 2020, 03:32 horas

“Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís” (Col. 3:23–24)

Amanda Smith nació siendo esclava en un pequeño poblado de Maryland, Estados Unidos.  El nombre de su padre era Samuel y el de su madre Mariam.  Los Smith tuvieron 13 hijos. Su padre era un hombre honesto, y la viuda de su amo confiaba en él lo suficiente, como para encargarle el cuidado y administración de su granja. Una vez que terminaba sus deberes del día, podía salir y ganar dinero extra para él y su familia.  Pasaba muchas noches sin dormir porque se mantenía ocupado haciendo escobas y esterillas para el mercado de Baltimore a fin de reunir lo suficiente para comprar su libertad, y la de su esposa e hijos. Después de lograrlo y quedar emancipados, los Smith se establecieron en Pensilvania.

Amanda aprendió a leer y escribir desde su infancia, a diferencia de muchos otros niños esclavos.  Su padre convirtió en una práctica el que leyera la Biblia para toda la familia, el domingo por la mañana.  Asistió a la escuela junto con su hermano desde los 8 años.  Más tarde cuando tenía 13, tuvo la opción de recibir clases, pero el lugar donde las impartían quedaba a 21 kilómetros y sólo podían asistir después que los niños blancos atendían las suyas.  Ellos fueron por unos pocos días pero después siguieron estudiando en su hogar.  Al cabo de unos meses Amanda fue a servir como criada de una viuda con 5 hijos en Pensilvania.  Mientras estaba allí atendió a un servicio evangelístico en la Iglesia Metodista Episcopal y determinó dedicar su vida a Cristo.

Trabajaba muy duro como cocinera y lavandera, para proveer lo necesario para su hija y ella misma, después que su esposo fuera asesinado en la guerra civil norteamericana.  Cuando sólo tenía 32 años ya había perdido dos esposo y a 4, de sus 5 hijos.  El asistir a campamentos religiosos y a campañas evangelísticas le ayudaban a sobrellevar su pena y evitar la depresión. Pasaba todo el tiempo disponible en la Iglesia Africana Metodista Episcopal.

La oración se convirtió en una forma de vida para ella, ya que confiaba en Dios para todo: desde comprar la libertad de una hermana en la fe, hasta para la comida y lo necesario para su familia. Se hizo conocida por su hermosa voz y enseñanzas inspiradas, por lo tanto, se le presentaron oportunidades para evangelizar en el sur y el oeste del país.  Fue así cómo se convirtió en una mujer predicadora, y por serlo, pensaba cuidadosamente en su vestido. Donde quiera que iba, llevaba puesto un sencillo gorro sobre su cabeza, y una especie de bufanda cuaquera alrededor de los hombros, de color marrón o negro, mientras usaba su propia maleta como una especie de alfombra. Las mujeres afroamericanas luchaban por recibir el respeto que merecían, dado a los estereotipos que prevalecían por haber sido esclavas.

En 1878, hizo arreglos para que su hija Mazie, estudiara en Inglaterra. Los dos viajaron al extranjero y se quedaron allí durante dos años.  En el viaje de regreso, el capitán se enteró por varios pasajeros de la labor que desempeñaba en la iglesia y la invitó a que realizara un servicio religioso a bordo de la embarcación. Ella, a pesar de su modestia, tuvo que aceptar la invitación a insistencia del capitán

Posteriormente viajó a India donde estuvo sirviendo en el ministerio por 18 meses.  Pasó 8 años en África, trabajando y evangelizando en las iglesias.  Permaneció un tiempo en Liberia y África Occidental.  Expandió su familia al adoptar dos niños africanos.  Mientras estaba allí sufrió ataques repetidos de fiebre africana, pero persistió en su trabajo.  Como una fuerte proponente del “Movimiento por la Templanza” en contra del consumo de bebidas alcohólicas tanto en África como en Estados Unidos, al regresar a este último país fue invitada por un notable defensor de este movimiento, el reverendo Theodore Ledyard Cuyler para que predicara sobre esto en la Iglesia Presbiteriana en la Avenida Lafayette en Brooklin, Nueva York, la que en ese entonces contaba con el mayor número de fieles de esa denominación en Estados Unidos.

Fundó y financió el Orfanato que llevaba su nombre y el Hogar Industrial para Niños de Color Abandonados y Desamparados. Era una institución para los niños morenos, pobres y sin amigos. Estaba ubicada en North Harvey, un barrio suburbano de Chicago.  El orfanato comenzó a operar el 28 de junio de 1899 y proporcionaba un hogar para que los niños se volvieran autosuficientes.

Viajó por muchos estados solicitando ayuda y recaudando dinero, para y así poder llevar a cabo su trabajo. El apoyo a esta institución dependía de la asistencia individual de personas, y de una junta asesora, y para lograr reunir fondos para los costos iniciales, solicitó la cooperación interracial de los metodistas en todo el país.  Trabajaba muy duro y aportaba mucha de su energía en la labor del hogar.  Sin embargo, pronto se encontró con un conflicto con el orfanato debido a muchos problemas financieros.

En los primeros años del siglo XX, Amanda continuó visitando varias naciones y llegó a ser conocida internacionalmente con el calificativo “De la imagen de Dios tallada en ébano”. Se retiró a Sebring, Florida en 1912 debido a problemas de salud.  Murió en 1915 a la edad de 78 años. Dos años después de su muerte se produjo un incendio en el orfanatorio en el que murieron dos niñas y el edificio fue cerrado para siempre.

¡Trabajemos sin desmayar en la obra del Señor, sin importar cuáles sean las circunstancias que nos rodean!

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