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El reto del Cosmos y el ser humano

       Sólo hay dos formas de mirar al mundo que nos rodea: O apareció de la nada, o es el producto de un ser inteligente que es responsable de él.  Ahora, la casualidad no produce diseño y orden. 

A pesar de los miles de años de inquirir respecto al universo y a la super tecnología de las computadoras de hoy que ayudan a la ciencia, todavía no sabemos casi nada en comparación con todo lo que se encuentra allí para conocer.  No entendemos en realidad qué es la energía, la gravedad, la luz o el espacio.  Refiriéndose al universo, el astrónomo británico Sir James Jeans declaró: “Aún no estamos en contacto con la realidad final”.

      Mucho menos comprendemos qué es la vida.  Las cosas vivas están constituidas por maquinarias químicas, sin embargo el secreto de la vida no se encuentra en la combinación correcta de los químicos de que están hechas.  La ciencia trata de descubrir cómo se le imparte vida a la materia, que de otra forma sería una cosa muerta.  Esperan con esto revertir el proceso de la muerte y crear así vida eterna.  A pesar de todo, nunca podrán descubrir el secreto examinando criaturas vivas, porque la vida que ellas poseen no es propia.

      Nosotros ahora sabemos lo que Darwin nunca imaginó, que la vida se basa en la información codificada en el ADN, el ácido desoxirribonucleico.  Indiscutiblemente, ninguna información se origina del medio que la comunica, sino que sólo puede engendrarse de una inteligencia. Es claro entonces, que lo que proporciona las instrucciones para construir y operar las máquinas increíblemente pequeñas y complejas que constituyen las células, sólo puede provenir de una inteligencia mucho más allá de nuestra capacidad para comprender.  Pero... ¿Qué clase de universo es el que vemos? ¿Es uno de orden?  Examinemos a continuación a modo de ejemplo,  dos objetos muy familiares - el sol y el cuerpo humano.

El sol

      El sol es una esfera de gases incandescentes un millón de veces más grande que la tierra.  Es como un horno atómico que produce un calor en su centro de quince millones de grados centígrados.  El sol está a 149.600.000 kilómetros de distancia de la tierra.  Si estuviera un poco más distante, a unos 193.121.280  kilómetros, la tierra estaría completamente congelada.  Pero si la distancia fuera 96.560.640 kilómetros, la superficie terrestre sería como un horno.

      La ubicación del sol y el delicado balance de la atmósfera de la tierra hacen posible que la energía solar caliente millones de toneladas de aguas de los océanos, las vaporice, las haga perder sus minerales, y colecte todo ese vapor en nubes que luego son movidas a miles de kilómetros por la energía del viento, la cual también es producida por la energía del sol.  Luego condensa los vapores y los esparce sobre la tierra seca, haciendo la vida posible.

      La energía del sol activa el germen de vida y hace crecer la simiente, es aprovechada por los seres fotosintéticos, que constituyen la base de la cadena trófica, siendo así la principal fuente de energía de la vida.  Sin él no habría vida vegetal sobre la tierra, ni tampoco habría carbón, que no es otra cosa que energía acumulada y los restos fosilizados de la vida vegetal.

El cuerpo humano
Nuestro segundo ejemplo es el cuerpo humano, el cual tiene 206 huesos, construidos eficientemente para darle máxima fortaleza.  Cada hueso es hueco y manufactura médula.  La entera estructura del cuerpo humano es la obra más perfecta de precisión e ingeniería, desde la cabeza hasta los pies.  Es un milagro de exactitud, perfección y producción.  No importa cuál sea la porción que  consideremos, lo único que uno puede hacer es sentirse impresionado por el maravilloso mecanismo que activa cada uno de sus miembros u órganos.

      Los 206 huesos que forman el esqueleto, mantienen en pie una masa de músculos y órganos que puede llegar a pesar cinco veces más que ellos mismos.  Lo que podría ser un armazón tosco y desproporcionado, la mayor parte de las veces, resulta en un cuerpo grácil unido en las articulaciones por fuertes ligamentos y tendones y movido por potentes grupos de músculos.

      Sólo los principales órganos  - y hay diez de ellos - realizan proezas tales de conducción eléctrica, que se necesitaría un gran volumen para explicar la función individual de cada uno en forma adecuada.  En la fracción de segundo que le toma a usted leer una palabra, la médula osea en su cuerpo produce cerca de cien mil millones de glóbulos rojos.

      Hay varios miles de billones de células que trabajan duro en cada persona.  Una célula es tan diminuta que se necesitan 250 de ellas, colocadas lado a lado, para igualar el diámetro de un punto.  Dentro de la membrana de cada célula, nadando alrededor del citoplasma, se encuentran cerca de 200 mitocondrias, unas partículas ondulantes que se desplazan con rapidez, cada una de las cuales es un laboratorio químico activo y vivo, una fábrica de alimento y energía.

      La mitocondria tiene forma alargada u oval de varias micras de longitud y está envuelta por dos membranas distintas, una externa y otra interna, muy replegada. Las mitocondrias son los orgánulos productores de energía. La célula necesita energía para crecer y multiplicarse, y las mitocondrias aportan casi toda esta energía realizando las últimas etapas de la descomposición de las moléculas de los alimentos. Estas etapas finales consisten en el consumo de oxígeno y la producción de dióxido de carbono, proceso llamado respiración, por su similitud con la respiración pulmonar.

      Dentro de cada célula se encuentran cerca de 200 mitocondrias ondulantes. ¡El tamaño de cada una equivale aproximadamente a la cincuenta mil cien milésima parte, de una esfera tan grande como un punto!  El volumen aproximado de cada esfera, es una millonésima parte de la mitocondria. ¡De tal manera que la esfera sería una cinco millonésima parte del tamaño de un punto!  Cada una de esas esferas microscópicas es una factoría química, con una producción en línea, por decirlo así, que elabora energía y alimento para la célula.

      Esta diminuta maravilla de intrincada complejidad es tan increíble que turba la imaginación sólo pensar en ella.

      Ningún instrumento científico es más sensible a la luz que el ojo del ser humano. En la oscuridad su sensibilidad aumenta cien mil veces.  El ojo puede detectar un tenue resplandor, equivalente a una milésima del brillo de una vela.  Puede ver la luz de las estrellas, y la más cercana de todas ellas es Próxima Centauri, que está a unos cuarenta billones de kilómetros de distancia de la Tierra.

      Los músculos del ojo se relajan automáticamente de tal manera que el cristalino se torna pequeño y grueso para ver de lejos o se extiende para enfocar mejor.  No asombra entonces que se usara el ojo como modelo cuando se inventaron las cámaras fotográficas.

      La razón para que una persona no se escupa en su propio ojo, es por sus increíbles reflejos.  Debido a la forma tan maravillosa como Dios hizo el ojo, el párpado se cierra automáticamente cuando estornudamos, de la misma forma como el paladar blando se abre ampliamente para permitir la expulsión a través del canal nasal, a la vez que se cierra firmemente cuando tosemos a fin de expulsar los irritantes a través de la garganta.

      Diversas estructuras, que no forman parte del globo ocular, contribuyen en su protección. Las más importantes son los párpados superior e inferior. Estos son pliegues de piel y tejido glandular que pueden cerrarse gracias a unos músculos y forman sobre el ojo una cubierta protectora contra un exceso de luz o una lesión mecánica.

      Las pestañas, los pelos cortos que crecen en los bordes de los párpados, actúan como una pantalla para mantener las partículas y los insectos fuera de los ojos cuando están abiertos. Detrás de los párpados y adosada al globo ocular se encuentra la conjuntiva, una membrana protectora fina que se pliega para cubrir la zona de la esclerótica visible.

      Cada ojo cuenta también con una glándula o carúncula lagrimal, situada en su esquina exterior. Estas glándulas segregan un líquido salino que lubrica la parte delantera del ojo cuando los párpados están cerrados y limpia su superficie de las pequeñas partículas de polvo o cualquier otro cuerpo extraño.
En general, el parpadeo en el ojo humano es un acto reflejo que se produce más o menos cada seis segundos.  Pero si el polvo alcanza su superficie y no se elimina por lavado, los párpados se cierran con más frecuencia y se produce mayor cantidad de lágrimas. En los bordes de los párpados se encuentran unas glándulas que tienen un tamaño pequeño y producen una secreción sebácea que lubrica los párpados y las pestañas.

      Las cejas, localizadas sobre los ojos, también tienen una función protectora, absorben o desvían el sudor o la lluvia y evitan que la humedad se introduzca en ellos. Las cuencas hundidas en el cráneo en las que se asientan los ojos se llaman órbitas oculares; sus bordes óseos, junto al hueso frontal y a los pómulos, protegen al globo ocular contra las lesiones traumáticas producidas por golpes o choques.

      Los oídos son una maravilla de acústica, tal como el ojo es de óptica.  El oído se divide en tres zonas: externa, media e interna. La mayor parte del oído interno está rodeado por el hueso temporal. El oído externo es la parte del aparato auditivo. Comprende la oreja o pabellón auricular  - el lóbulo externo y el conducto auditivo externo, que mide tres centímetros de longitud.

      El oído medio se encuentra situado en la cavidad timpánica llamada caja del tímpano, cuya cara externa está formada por la membrana timpánica, o tímpano, que lo separa del oído externo. Incluye el mecanismo responsable de la conducción de las ondas sonoras hacia el oído interno. Es un conducto estrecho, o fisura, que se extiende unos quince milímetros en un recorrido vertical y otros quince en recorrido horizontal. El oído medio está en comunicación directa con la nariz y la garganta a través de la trompa de Eustaquio, que permite la entrada y la salida de aire del oído medio para equilibrar las diferencias de presión entre éste y el exterior. Hay una cadena formada por tres huesos pequeños y móviles  que atraviesa el oído medio. Estos tres huesos reciben los nombres de martillo, yunque y estribo y conectan acústicamente el tímpano con el oído interno, que contiene un líquido.

      El oído interno, o laberinto, se encuentra en el interior del hueso temporal que contiene los órganos auditivos y del equilibrio, que están inervados por los filamentos del nervio auditivo interior.  Es como un teclado con unas quince mil teclas diferentes, ya que ese es el número de tonos diferentes que puede detectar.   El oído interno consiste en una serie de canales membranosos alojados en una parte densa del hueso temporal, y está dividido en: cóclea, vestíbulo y tres canales semicirculares. Estos tres canales se comunican entre sí y contienen un fluido gelatinoso. Las ondas sonoras, que son en realidad cambios en la presión del aire, son transmitidas a través del canal auditivo externo hacia el tímpano, en el cual se produce una vibración. Estas vibraciones se comunican al oído medio mediante el martillo, yunque y estribo  y, a través de la ventana oval, hasta el líquido del oído interno.

        El oído es el órgano responsable de la audición y el equilibrio. ¿Quién sino sólo Dios pudo haber originado un instrumento tan perfecto?

      El cerebro es el centro de control del movimiento, del sueño, del hambre, de la sed y de casi todas las actividades vitales necesarias para la supervivencia. Todas las emociones humanas como el amor, el odio, el miedo, la ira, la alegría y la tristeza están controladas por el cerebro. También se encarga de recibir e interpretar las innumerables señales que se envían desde el organismo y el exterior.  Aunque su cerebro llegara a olvidar más del 90% de lo que ha aprendido durante su vida, todavía tendría acumulada más información que la que hay en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, la que cuenta con más de 32 millones de volúmenes, material impreso en 470 idiomas diferentes y más de 61 millones de manuscritos.

      En un artículo publicado en la revista Sunshine se compara el cerebro humano con una computadora.  Allí se dice que le preguntaron a unos científicos que determinaran el tamaño, el sistema de enfriamiento y la energía que se requeriría para efectuar electrónicamente las mismas funciones que realiza automáticamente el cerebro de un ser humano durante el lapso de su vida.  Ellos decidieron, que si todas las partes fueran transistorizadas y se construyeran a una escala miniaturizada como esas que se usan en las sondas espaciales que se envían a la luna, se requeriría lo siguiente:

  •    Una máquina del tamaño del edificio de las Naciones Unidas en la ciudad de Nueva York.             

 

  •    Un sistema de refrigeración, con una potencia de enfriamiento igual a la de las cataratas del Niágara.                
  •    Y una fuente de energía que produzca tanta electricidad como la que se utiliza en las casas e industria del entero estado de California.           

 

      El corazón es una maravilla que realiza un trabajo bien difícil.  Puede mantenerse latiendo automáticamente aunque otros de sus nervios estuvieran cortados. ¡Y qué latidos!

      Palpita un promedio de 75 veces por minuto, 40 millones de veces en un año, unos 2.000 millones ó 2.500 millones de veces en una vida de 70 años.  Con cada latido, el corazón adulto promedio descarga cerca de cuatro onzas de sangre.  Esto suma unos 3.000 galones al día ó 650 mil galones por año, suficiente para llenar más de 81 carros tanques de 8.000 galones cada uno.

      La labor que realiza el corazón en una hora es suficiente para levantar a una persona de 150 libras de peso, hasta el tope de un edificio de tres pisos.  En doce horas produce suficiente energía para levantar a un carro tanque de 65 toneladas, a unos 30 centímetros del suelo y en 70 años puede originar suficiente energía para mantener elevada fuera del agua al barco de batalla más grande.

      Además, según un cálculo que se ha hecho, nuestros vasos sanguíneos podrían rodear dos veces la Tierra si se extendieran el uno a continuación del otro.

      La piel resulta extraordinaria como cubierta protectora, es impermeable, ayuda a regular la temperatura del cuerpo, detiene y destruye las bacterias patógenas, hace crecer el pelo, excreta líquidos y sales, y por medio del sentido del tacto nos permite relacionarnos con el mundo que nos rodea.

      Pero eso no es todo, la piel también absorbe los rayos ultravioleta de la luz del sol y los convierte en ciertas sustancias químicas, tal como la vitamina D, que el organismo necesita para poder utilizar adecuadamente el calcio.

      Este vestido natural que nos cubre pesa entre tres a cinco kilogramos.  Si lo extendiéramos sobre una superficie, cubriría un área de un metro de ancho por dos de largo.

      Cada día aspiramos y exhalamos unos 19.000 litros de aire.  Al hacerlo cumplimos dos propósitos: Primero, le suministramos al organismo el oxígeno que necesita para la combustión de los alimentos, proceso del que las células obtienen su energía.  Segundo, eliminamos el bióxido de carbono, que es el producto de desecho de las funciones vitales.  Cuando aspiramos introducimos a los pulmones oxígeno, un gas que constituye aproximadamente el veinte por ciento del aire puro.  Al exhalar el aire eliminamos el exceso de bióxido de carbono.

      Si usted es un adulto con un peso promedio, esto es lo que su cuerpo realiza en 24 horas.

  •     Su corazón late 103.689 veces.            
  •     Su sangre realiza un recorrido de 270.362.400 kilómetros.               
  •     Respira 23.040 veces.                  
  •     Inhala doce metros, 476 centímetros cúbicos de aire.              
  •     Come tres libras y un cuarto de alimento.                
  •     Bebe 2,9 cuartos de galón de líquido.            
  •     Pierde siete octavos de libra de desperdicios.                 
  •     Habla 4.800 palabras, incluyendo algunas innecesarias.                  
  •     Mueve 750 músculos.          
  •     Sus uñas crecen 11.684, cien millonésimas de centímetros.            
  •     Su cabello crece 435.356, diez millonésimas de centímetros, y                 
  •     Ejercita siete millones de células cerebrales.          

 

Pero... ¿Qué dicen los ateos?

      ¿Cree usted que toda esta maravilla pudo haber sido producto de la casualidad al azar?  Pese a todo lo expuesto, en el prólogo del primer libro del señor Richard Dawkins El gen egoísta, Robert L. Trivers, uno de los promotores más influyentes de la evolución, escribió: “No existe base objetiva sobre la cual elevar una especie sobre la otra.  Los chimpancés y los seres humanos, lagartos y los hongos, todos hemos evolucionado a lo largo de unos tres mil millones de años, por un proceso conocido como selección natural”.  Esta declaración a su vez, expresa el punto de vista de Dawkins.

      Stephen Hawking, físico, cosmólogo y divulgador científico del Reino Unido, por su parte está preocupado por la supervivencia de cada una de las especies sobre la tierra, incluyendo los chimpancés y los lagartos.  Pero... ¿Por qué se preocupa, si Darwin estaba en lo correcto?  Si de todas maneras la naturaleza va a buscar un camino, en el cual sólo sobrevivirán los más aptos... ¿Cuál es el problema entonces?

      Cada especie posee instintos propios de auto-preservación.  Sin embargo, en el hombre no se trata de una urgencia ciega, sino de un deseo racional que le da un valor inestimable a la vida humana. ¿Por qué?  Porque la ciencia no tiene respuesta a las preguntas filosóficas o espirituales.

      Por extraño que parezca, fue de esta preocupación que se originó la eugenesia: el deseo no sólo de preservar, sino de “mejorar” la raza humana - a expensas de esos miembros considerados inferiores, como algo que no vale la pena.  John C. Sanford, graduado en 1976 en la Universidad de Minnesota, con una maestría en ciencias de la Universidad de Wisconsin-Madison, y un doctorado en cultivo de plantas y genética, explica: “El libro de Darwin, el Origen de las especies, introdujo la nueva idea, de que la selección continua de los más fuertes, o supervivencia del más apto, podría ponerle fin a esta tendencia degenerativa que se percibe en las especies humanas.  Darwin repetidamente señaló a los esfuerzos humanos en el cultivo de las plantas, como un modelo para esta selección dirigida por el hombre’.

      “En su libro ‘La descendencia del hombre’, Darwin contendía que hay necesidad  de razas superiores, que la raza blanca por ejemplo debía remplazar a las inferiores.  Esto introdujo la nueva era del racismo, la cual llegó a su culminación en la Alemania de Hitler’.

      “Antes de la segunda guerra mundial, muchas naciones incluyendo Estados Unidos, tenían programas eugenésicos dirigidos por los gobiernos, los cuales incluían la esterilización forzada de los ‘no aptos’ y la promoción agresiva del aborto, control de la natalidad y control de las clases inferiores.  Desde el tiempo de Darwin, todos sus seguidores están en favor de la eugenesia en su corazón, y defienden el mejoramiento genético de la raza humana”.

El señor John Sanford sigue diciendo: “Cuando yo era evolucionista, también era un eugenecista en mi corazón.  Los filósofos y científicos que crearon la moderna ‘teoría sintética’ de la evolución todos estaban en favor de la eugenesia.  Sin embargo, después de los horrores de la segunda guerra mundial, las discusiones abiertas sobre la eugenesia fueron puestas a un lado”.

      Es difícil imaginar cómo pueden los evolucionistas justificar la preocupación de alguien por la supervivencia de cualquier tipo de vida sobre la tierra, o apoyar los intentos por “mejorar” la raza humana con programas eugenésicos.  Después de todo... ¿Acaso todas las cosas no son simplemente pedazos de la misma materia de la cual está hecho el universo?  De acuerdo con la segunda ley de la termodinámica, todo termina finalmente por desgastarse, por deteriorarse.  Entonces... ¿por qué debemos nosotros, que sólo vivimos setenta, ochenta o un poco más de años, preocuparnos y sacrificar nuestro presente por beneficiar un futuro igualmente transitorio y sin sentido?

      ¿Por qué nos debe preocupar quién vive o quién muere, si no tenemos más valor que una babosa del jardín, tal como declaran los evolucionistas?  Sin embargo, el rechazo que sentimos ante la muerte persiste, no sólo por la muerte de nosotros mismos, sino por la de los demás.  Más irracional es aún la preocupación que tenemos por el medio que nos rodea y por las especies “en peligro de extinción”, las cuales serían exterminadas por la selección natural sino interfiriéramos.  Pero... ¿acaso la selección natural implantó esta ansiedad ética que es claramente peculiar en la especie humana?  No, de acuerdo con Darwin, quien declara con toda seriedad: “Mucho de lo que deseamos creer tal como el amor universal y el bienestar de las especies como un todo, son conceptos que simplemente no tienen sentido con la evolución”.

      Entonces... ¿Cuál es el origen de tales sentimientos, sino es la selección natural? ¿Acaso la preocupación por otros no es algo bueno?  No,  de acuerdo con Darwin, porque lejos de mejorar las probabilidades de supervivencia, sería un impedimento.  Este hecho nos deja con un misterio sin resolver: de por qué razón si somos el producto de la evolución sentimos esta preocupación.  Por consiguiente, ¿por qué desearíamos creer lo contrario, lo cual ni siquiera Darwin puede negar?

Ese deseo debería ser una buena indicación de que no sólo es la teoría de la evolución por la selección natural, una bancarrota moral, sino que hay algo más seriamente equivocado en su propio fundamento.  Sin embargo, reflexionar en estas cosas nos conduce a un terreno peligroso, porque cuestionar a Darwin es hacer que nos califiquen de ignorantes, y si residimos en Estados Unidos de anti-norteamericano.

¿Podemos confiar en la selección natural?

      Pero... ¿Por qué no podemos dejar el futuro de todas las cosas vivas en las manos del omnisapiente “gen egoísta” que según Dawkins es nuestro creador?  Si la selección natural hizo de nosotros lo que somos, tal como insisten los ateos, seguramente nos protegerá al grado que piense que es necesario.  Si miles de millones mueren en el proceso del próximo movimiento ascendente hacia especies superiores, ¿a quién le importa?  ¿Acaso no es así como funciona la evolución?

      Pese a todo, seguimos preocupados por las especies en peligro, por nuestra propia supervivencia y tratamos de ayudar a la naturaleza para que haga su trabajo.  Obviamente, la selección natural no nos implantó esta preocupación.  Pero entonces... ¿Quién lo hizo?

      ¿Acaso no es un exceso de presunción de nuestra parte, imaginar que sabemos más que la omnipotente, omnisciente y omnipresente fuerzas de la evolución que supuestamente nos crearon y controlan nuestra existencia?  El entrometernos podría  retrasar el proceso evolutivo millones de años. ¡Deberíamos sentirnos avergonzados por interferir debido a una preocupación egoísta por nuestra propia supervivencia sin sentido!

¿Acaso no es presuntuoso e incluso peligroso para los humanos, quienes apenas acabamos de llegar en la escena evolutiva, actuar como auto-designados guardianes de este proceso?  Tal deseo y la capacidad para interferir son o el producto de la selección natural y de esta forma legítimos, o la prueba suficiente de que la evolución no es cierta.

      A pesar de todo, Hawking parece realmente preocupado de que los seres humanos puedan desaparecer como especie, a menos que aceleren la colonización de otros planetas tan dispersos por todo el cosmos.  Le dijo a la agencia de noticias BBC, que “Si la carrera es por sobrevivir los humanos tendrán que colonizar planetas en sistemas solares distantes”.  Pero ya hemos demostrado en otra serie de mensajes de Profecías Bíblicas que es imposible viajar a esos otros planetas esparcidos a través del cosmos, mucho menos colonizarlos.

      Hawking es considerado como uno de los científicos más brillantes de la actualidad, sin embargo tal parece que aparentemente imagina que tal colonización es posible, ya que dice: “La supervivencia a largo término de la raza humana está en riesgo, mientras permanezcamos confinados a un solo planeta.  Más tarde o más temprano, desastres tales como colisión de asteroides, o guerra nuclear, podrían aniquilarnos.  Pero una vez nos hayamos instalados por el espacio y establecido colonias independientes nuestro futuro estará a salvo”.

      “¿Nuestro futuro?”. ¡Hawking se atreve a pedir que esta generación presente, sacrifique su tiempo, dinero, esfuerzo y disfrute actual, para invertir en la supervivencia de una generación hipotética tan distante en el futuro de que tal vez nunca llegue a existir! ¿Podría ser el deseo por contribuir a tan increíble filantropía el resultado de fuerzas evolutivas que no pueden pensar, ni tienen sentimientos, a las cuales no les  importa si terminamos por ser exterminados en el interés del proceso evolutivo?  De todas maneras... ¿Por qué debemos preocuparnos si la vida humana es simplemente un accidente, y a la energía que supuestamente nos engendró ni siquiera le importa?
El ateísmo y la selección natural ciertamente no ofrecen ninguna base para que nos preocupemos por la supervivencia de nuestras especies, más de los que nos preocupamos por un virus o un hongo.  Pero... ¿Por qué tenemos que creer en las opiniones sin moral de unos ateos?  No importa cuáles sean las credenciales científicas que posean, nosotros tenemos el derecho a rechazarlas como algo sin sentido.  Las teorías de los ateos nos dicen que nuestra entera existencia no tiene ningún propósito. ¿Por qué tenemos que aceptar sus declaraciones de que no somos más que un montón de átomos en movimiento, que comenzaron con una explosión gigantesca y después de miles de millones de años de evolución, culminaron en el cerebro humano y los propios pensamientos que concebimos y expresamos? ¿Acaso no es tiempo ya de que usemos nuestro sentido común para objetar todas estas irracionalidades que nos presentan en el nombre de la “ciencia”?

      Hawking asegura que si la raza humana quiere sobrevivir debe emigrar a sistemas distantes y luego colonizar los planetas.  Sin embargo, no ofrece ninguna aproximación respecto a cuántos siglos tendrán que transcurrir para que podamos arribar a ese punto, porque con los combustibles propulsores que usamos hoy, llegar allí nos tomaría miles o tal vez hasta millones de años.  Él declara que tendremos que usar como propulsión la antimateria, tal como el combustible que se describe en las series de televisión Viaje a las estrellas.  Pero... ¡esto es ciencia-ficción!  Sin embargo de acuerdo con este científico, “uno de los hombres más inteligentes vivos en la actualidad” ¡esa es la única esperanza para la humanidad!

      Las teorías científicas aceptadas afirman que en el origen del universo existían materia y antimateria en iguales proporciones.  Pero la materia y la antimateria se aniquilan mutuamente, dando como resultado energía pura.  Sin embargo, el universo que observamos está compuesto únicamente por materia.  Se especula que la materia que forma actualmente el universo podría ser el resultado de una ligera asimetría en las proporciones iniciales de ambas.  Se ha calculado que la diferencia inicial entre materia y antimateria debió ser tan insignificante como de una partícula más de materia por cada diez mil millones de parejas partícula-antipartícula.

      Esta desesperada declaración de Hawking nos da una idea de lo inadecuado que considera los programas espaciales actuales.  Pero... ¿Se podría desarrollar el sistema de Viaje a las estrellas, en doscientos o incluso trescientos años, cuando ni siquiera se ha planeado la etapa inicial de un estudio factible?  Incluso, si fuera posible, el costo sería prohibitivo y su valor casi nada en relación con el tamaño del cosmos.  Esos avances supuestamente nos permitirían viajar a la velocidad de la luz.  Pero aunque así fuera, todavía necesitaríamos unos cien mil años para poder cruzar nuestra galaxia y 250 mil para darle la vuelta. ¡La distancia a través del espacio, de una estrella y galaxia a otra, son realidades que no podemos cambiar!  Pero... ¿No será toda esta idea de la exploración del espacio una fantasía motivada por el orgullo y la ambición personal?

      Pero... ¿Quién fue el iniciador de esta carrera espacial?  La respuesta es innegable, fue Darwin y su teoría atea.  Ningún teísta bíblico perdería tiempo en estas cosas, sólo los ateos que creen en la evolución se entretienen con la idea que la vida se originó por casualidad en la tierra y que por consiguiente puede haber comenzado también por casualidad en cualquier otro lugar en el cosmos.  Ya que esa es la meta principal del programa espacial, demostrar que la vida sí existe fuera de la tierra.

      La lucha hoy entre el ateísmo y el teísmo, aunque es muy antigua, ha alcanzado nueva intensidad.  Los ateos tratan de dar la impresión que sólo los necios sin educación son los que creen en Dios.  Esto de ninguna manera es cierto.  Francis Collins, uno de los genetistas más famosos, quien se encuentra vivo en la actualidad, a la edad de 27 años y después de ser un ateo, se convirtió en creyente.

      Entre los cientos de ejemplos literales, podemos citar a Henry "Fritz" Schaefer el Tercero, nacido en 1944, un químico teórico y computacional, autor de un gran número de publicaciones científicas, y uno de los químicos más citados entre 1981 a 1997, profesor y director del Centro para Computación y Química de la Universidad de Georgia.  Él dijo: “El significado y gozo en mi ciencia llega en momentos ocasionales, cuando descubro algo nuevo y me digo a mí mismo: ‘¡Ah, fue así como Dios lo hizo!’.  Mi meta es entender una pequeña esquinita del plan de Dios”.

      Estas palabras, claro está, son simplemente la opinión de un científico y de ninguna manera las estamos usando como prueba de la existencia de Dios.  Sólo queremos citarlas en contraste con lo que dice Dawkins, ya que no todos los científicos son ateos o Darwinianos.  Pese a todo, las teorías de ellos predominan en el mundo científico y académico, gracias a la agresividad de los nuevos ateos.  Es prácticamente imposible eludir este tema hoy.
¿Perdidos en el espacio?

      Casi nadie piensa en el hecho, que es posible que a Voyager Uno o Dos,  las dos sondas espaciales estadounidenses enviadas a los planetas exteriores, se les llegue agotar los generadores radio isotópicos en cualquier momento y que puedan quedar perdidas en el espacio. La Voyager Uno fue lanzada el 5 de septiembre de 1977 desde Cabo Cañaveral. Pasó por Júpiter en 1979 y por Saturno en 1980.  La Voyager Dos fue enviada el 20 de agosto de 1977, pasando por Júpiter y Saturno para llegar a Urano en 1986 y Neptuno en 1989. Supongamos que nuestros descendientes distantes enviaran un día una nave similar que nunca perdiera su poder. ¿Qué pasará entonces?  Tal como reconoce el propio Hawking, el esfuerzo todavía seguiría siendo vano.  De hecho, nuestras naves espaciales actuales, son una broma burda en comparación con lo vasto del universo.

      A pesar de lo que podemos ver como grandes logros, Wernher von Braun, un ingeniero aeroespacial alemán, nacionalizado estadounidense, considerado como uno de los más importantes diseñadores de cohetes del siglo veinte y jefe de diseño del cohete Voyager Dos, así como del cohete Saturno Cinco que llevó al hombre a la Luna, confesó: “Nuestras aventuras en el espacio han sido sólo los pasos más pequeños en la vasta extensión del universo y han introducido más misterios que los que han solucionado”.

      La sonda espacial Voyager Uno, viaja unos 539.130.240 kilómetros  por año.  A esa tasa de velocidad se necesitarían 40 mil años antes que se acerque a la estrella más cercana - es decir que se encuentre a un rango de 1,7 años luz de distancia, lo cual equivale casi a unos 16.090 millones de kilómetros, lo cual todavía es demasiado lejos, pero nada significativo.  Se necesitarían otros 37 mil años, un total de 77 mil años más, desde que abandonó la tierra, para llegar a Alfa Centauro, el sistema estelar más cercano en nuestra galaxia en donde se podrían explorar algunos planetas para ver si existe evidencia de vida en ellos.

      No importa cuán revolucionario o valioso pueda ser esto, por qué ¿cómo puede tal conocimiento que sólo será descubierto en un futuro remoto, beneficiar a cualquiera que este vivo hoy? ¿Acaso es sabio que esta generación invierta dinero y tiempo en algo de lo cual sólo podremos saber su resultado en 77 mil años?  El hecho que el gobierno norteamericano gaste el dinero que pagan los contribuyentes en tal forma, es algo que debe preocupar a cualquiera con un mínimo de inteligencia.

      Es cierto que se ha progresado en lo que respecta a la exploración de nuestro sistema solar, el que sólo es uno de mil millones, únicamente en nuestra galaxia.  Pero... ¿qué con respecto a los otros cientos de miles de millones de galaxias, cada una también con sus miles de millones de sistemas solares? ¡Sin embargo, tenemos la osadía de hablar del programa espacial y de que estamos explorando el cosmos! ¿Cómo pueden criaturas tan limitadas, mantener este gran engaño - criaturas que en relación con las dimensiones increíbles de este universo, son sub-partículas ególatras y egoístas, en una pizca prácticamente invisible de polvo llamado tierra?  Las distancias involucradas en el cosmos son demasiado grandes para que nosotros siquiera podamos comprenderlas.  Incluso es difícil admitir una verdad tan desalentadora.

      Aunque las palabras del expresidente Bush en referencia a la heroica proeza de los primeros exploradores de la tierra, pueden ser inspiradoras, son inapropiadas en el actual contexto.  El sueño de Cristóbal Colón fue algo loable, pero compararlo con la exploración espacial y hacer alarde de que estamos explorando el espacio, es algo irresponsable, porque ni siquiera hemos podido examinar nuestro propio sistema solar, mucho menos saber el origen de la vida y del hombre.

      La Biblia es el único libro que nos dice que fuimos planeados por el Creador. Ya que declara: “E hizo Dios animales de la tierra según su género, y ganado según su género, y todo animal que se arrastra sobre la tierra según su especie.  Y vio Dios que era bueno” (Génesis 1:25).  Sin embargo, la creación no estaba completa sin el hombre, “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra” (Génesis 1:26).

Pero... ¿Qué significa eso para nosotros? ¡Quiere decir que la creación del hombre fue un hecho deliberado de Dios, no un pensamiento tardío de la Trinidad! Fue algo tan premeditado hasta el punto que “... Vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (Génesis 1:31a).

      La Biblia nos dice que la primera pareja fue hecha a la imagen de Dios. “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Génesis 1:27).   No obstante, nosotros fuimos creados a la imagen de Adán después de que pecó, ya que dice la Escritura “Y vivió Adán ciento treinta años, y engendró un hijo a su semejanza, conforme a su imagen, y llamó su nombre Set” (Génesis 5:3).

      Muchos han tratado de explicar lo qué significa “ser hecho a la imagen de Dios”, lo cual es un concepto importante, aunque mal entendido.  Nuestros tele-evangelistas modernos, entre ellos el señor Benny Hinn, aseguran que esto se refiere a la apariencia corporal del hombre, que se relaciona a su imagen como un todo, incluyendo tanto la parte material como la inmaterial.  Sin embargo hay dos obstáculos para aceptar este punto de vista:

1.   Dios es espíritu y no tiene cuerpo, por lo tanto ¿cómo puede ser la imagen corpórea del hombre igual a la de Dios?

2.   Los animales tienen cuerpo, pero la Biblia no dice que fueron creados a la imagen de Dios.  Por lo tanto la realidad del cuerpo no tiene nada que ver con la imagen de Dios.

      En Génesis 2:7, la Escritura dice: “Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente”.  Notamos que cuando Dios creó al primer hombre lo creó con un cuerpo y un alma.  Note que al ejecutar el acto creador lo hizo con dos pasos:

1.   “Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra”,

2.    “Sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente”.

      Por esta Escritura aprendemos que cuando Dios creó al hombre, primero formó su cuerpo.  Pero... ¿por qué hizo el cuerpo primero?  Lo hizo porque el cuerpo sería el lugar de morada en el cual colocaría su alma.  ¿Sabía usted que su cuerpo es su casa, el tabernáculo temporal en el cual vive su alma?  Eso es exactamente lo que enseña la Escritura cuando dice: “Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos” (2 Corintios 5:1).

      La Escritura nos dice también que Dios formó al primer hombre del polvo de la tierra.  En la era moderna en que vivimos, sabemos que el polvo de la tierra está formado de unos veinte químicos diferentes.  Los científicos nos dicen que todas esas sustancias se encuentran en el cuerpo humano.  Es por eso que David el profeta de Dios, escribió en los Salmos: “Porque él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo” (Salmos 103:14).
Es cierto que el cuerpo es hecho de polvo, pero eso no significa que no vale nada: Para la década de 1930 se estimó que el contenido químico, es decir los componentes inorgánicos de un hombre de 150 libras de peso, valían 98 centavos de dólar, y para el año 2000, aproximadamente unos $15 dólares.  Sin embargo hoy, con el poder atómico en vista, todo esto ha cambiado. Alguien ha estimado que los átomos en el cuerpo humano producirían 14.400.000 kilovatios de poder por libra, si se pudieran utilizar.  En base a esta computación, un hombre que pese 150 libras, valdría $85.500.000.000 millones de dólares.

      ¡Sí, el cuerpo humano es una maravilla increíble!  Y fue creado por Dios, no fue producto de la casualidad al azar.   Pero... ¿Por qué Dios creó primero el cuerpo del hombre antes de poner su alma en él?   ¿Por qué el Creador, quien es Todopoderoso, no creó al hombre en un solo paso, como hizo con todas las criaturas?   Tal vez lo hizo en esta forma para enseñarnos que el hombre, en sí mismo no tiene poder sobre la vida.  El hombre por sí mismo, no puede dar vida, tampoco puede crear nada vivo.  Dios es el Señor de la Vida, y sólo en Él podemos encontrarla.  La vida no se origina del hombre, ¡es un don del Creador!  La Escritura dice: “Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente”.  Fue entonces cuando el cuerpo creado por Dios comenzó a vivir.  Pero... ¿Por qué vivió? ¡Porque el Señor de la Vida, le dio un alma! ¡Dios le impartió el aliento de vida a este cadáver!   La vida que estaba en Él, ahora estaba en el hombre.  Fue así como llegó a ser un ser viviente.

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