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La iglesia moderna

Muchos eruditos creen que las siete iglesias a que se refiere el Apóstol Juan en el libro de Apocalipsis, representan siete etapas de la historia eclesiástica, tomándolas en el orden que se mencionan y los sucesivos períodos de historia de la iglesia en sucesión cronológica.

La Biblia no dice que representen siete etapas de la iglesia, sin embargo se ha llegado a esta conclusión tras comparar los rasgos sobresalientes de cada una de ellas, con el desarrollo de la historia de la iglesia.

De igual manera estudiosos de la Palabra de Dios consideran que Salomón representa el espíritu y la naturaleza de la iglesia moderna, el tipo de la iglesia de Laodicea de los últimos días. Esta iglesia, especialmente en Estados Unidos, pero también a través del mundo entero, camina hacia la misma ruina espiritual que enfrentara Salomón. Sobre este rey nos dicen las Escrituras: “Salomón hijo de David fue afirmado en su reino, y Jehová su Dios estaba con él, y lo engrandeció sobremanera” (2 Cr. 1:1).

La iglesia de Jesucristo hoy, ha sido fortalecida y bendecida poderosamente por Dios. Tiene provisión para toda clase de obras. Sólo considere los grandes y hermosos templos que se construyen en la tierra. Recientemente se edificó una gran iglesia Pentecostal a un costo de 28 millones de dólares, pero hay muchísimos otros complejos de iglesias valorizados en 40, en 50 millones de dólares y hasta más. Piense también en la gran bendición financiera de que disfrutan muchas iglesias, invierten millones de dólares en el evangelismo por televisión, en libros, discos, casetes, videos, misiones, instituciones, colegios y ministerios para la evangelización. Piense en las convenciones multitudinarias que realizan, en los seminarios, en la pompa religiosa y la atención ceremonial en servicios y programas de mega-iglesias.

Cuando todas estas obras comenzaron, cada una tenía algo de la unción de Dios. Verdaderamente, la mayoría contaba con la misma bendición que Dios derramó sobre Salomón. Salomón era mucho más educado que su padre David. Hizo cosas grandiosas, maravillosas, cosas que ningún otro rey o gobernante en el pasado había hecho. Por haber sobrepasado en sabiduría a sus contemporáneos de Egipto, Arabia, Canaán y Edom, Salomón fue reconocido como el gran impulsor de la literatura israelita.

En ningún otro tiempo de la monarquía hubo tanta oportunidad de contactos internacionales, ni tanta abundancia y paz como para inspirar obras literarias. Salomón tomó la iniciativa en este movimiento, coleccionando y componiendo miles de proverbios y cánticos. “Y Dios dio a Salomón sabiduría y prudencia muy grandes, y anchura de corazón como la arena que está a la orilla del mar. Era mayor la sabiduría de Salomón que la de todos los orientales, y que toda la sabiduría de los egipcios. Aun fue más sabio que todos los hombres, más que Etán ezraíta, y que Hemán, Calcol y Darda, hijos de Mahol; y fue conocido entre todas las naciones de alrededor” (1 R. 4:29-31).

Las habilidades de Salomón fueron tan grandes y su pompa y ceremonia tan suntuosas y admirables, que cuando la reina de Sabá lo vio subir al templo, quedó maravillada. “Y cuando la reina de Sabá vio toda la sabiduría de Salomón, y la casa que había edificado, asimismo la comida de su mesa, las habitaciones de sus oficiales, el estado y los vestidos de los que le servían, sus maestresalas, y sus holocaustos que ofrecía en la casa de Jehová, se quedó asombrada. Y dijo al rey: Verdad es lo que oí en mi tierra de tus cosas y de tu sabiduría; pero yo no lo creía, hasta que he venido, y mis ojos han visto que ni aun se me dijo la mitad; es mayor tu sabiduría y bien, que la fama que yo había oído. Bienaventurados tus hombres, dichosos estos tus siervos, que están continuamente delante de ti, y oyen tu sabiduría. Jehová tu Dios sea bendito, que se agradó de ti para ponerte en el trono de Israel; porque Jehová ha amado siempre a Israel, te ha puesto por rey, para que hagas derecho y justicia” (1 R. 10:4-9).

Sin embargo, la fuerza gobernante en Salomón fue sabiduría y conocimiento. Este fue su clamor profundo a Dios: “Dame ahora sabiduría y ciencia, para presentarme delante de este pueblo; porque ¿quién podrá gobernar a este tu pueblo tan grande? Y dijo Dios a Salomón: Por cuanto hubo esto en tu corazón, y no pediste riquezas, bienes o gloria, ni la vida de los que te quieren mal, ni pediste muchos días, sino que has pedido para ti sabiduría y ciencia para gobernar a mi pueblo, sobre el cual te he puesto por rey, sabiduría y ciencia te son dadas; y también te daré riquezas, bienes y gloria, como nunca tuvieron los reyes que han sido antes de ti, ni tendrán los que vengan después de ti” (2 Cr. 1:10-12).

¿No le parece una oración maravillosa? Suena muy bien y Dios se agradó de que no pidiera nada para sí. Pero si examina bien las palabras de Salomón se dará cuenta de que había un problema, porque este talentoso y confiado rey estaba diciendo en esencia: “Señor, si tú tan sólo me das las herramientas, yo haré el trabajo. Dame la sabiduría y el conocimiento y pondré todo en orden entre tu pueblo”. La oración de Salomón no fue como la de su padre David, un hombre que agradó al corazón de Dios, y quien dijo: “Mas tú, Jehová, eres escudo alrededor de mí; mi gloria, y el que levanta mi cabeza. Con mi voz clamé a Jehová, y él me respondió desde su monte santo. Yo me acosté y dormí, y desperté, porque Jehová me sustentaba”(Salmos 3:3-5).

La oración de Salomón fue la de una nueva generación, la de un pueblo educado con nuevas ideas y habilidades. Su clamor fue: “¡Necesito sabiduría y conocimiento!”. Realmente, no hay nada de malo en eso, pero al hacerlo... ¿No estaba dejando de depender de Dios para depender de sí mismo?.

De la misma manera, la fuerza detrás de la iglesia moderna, la iglesia del tipo de Laodicea, es sabiduría y conocimiento. ¡Cuán grandiosos ríos de conocimiento fluyen a través de la iglesia de los últimos días: computadoras con miles de megabits, Biblias computarizadas, comentarios computarizados, programas sobre filosofía, consejería, para recaudar fondos y cuidado de los niños. Todo lo que hay que hacer es insertar un pequeño disco compacto en la computadora, presionar una tecla y las respuestas aparecerán directamente en el monitor. No estoy en contra de las computadoras, ni de los programas computarizados, de hecho nuestro propio ministerio no podría funcionar tan bien sin ellos. Pero sí me asombra observar como los ministros jóvenes, pasan la mayor parte de su tiempo frente a las pantallas de sus computadoras, tratando de extraer toda la información posible sobre ideas, programas de trabajo y estrategias. Luego llegan, se paran cada domingo frente al púlpito y predican un evangelio computarizado. Sin embargo son pocos los que verdaderamente son salvos, y todavía menos los que son libertados del pecado por sus mensajes.

Existe una sed insaciable por información, sabiduría y conocimiento como nunca antes. En ninguna época de la historia de la iglesia se habían celebrado tantos seminarios y convenciones masivas de enseñanza. Hoy en día vemos que se necesitan pantallas gigantes para que todos vean bien al predicador que está sobre el escenario distante. Cuando concluye la predicación las personas se amontonan para comprar cientos de dólares en videos, discos compactos y casetes. El énfasis está en más herramientas, más información, más sabiduría. La idea es: “Si obtenemos más conocimiento sobre estos temas, suficientes libros, asistimos a buenos seminarios y aprendemos bien podremos hacer el trabajo. ¡Dios, sólo danos las herramientas y evangelizaremos el mundo!” . Recientemente escuché al líder de una organización de jóvenes decir: “¡Si tuviera cien millones de dólares, podría ganarme al mundo!”. Estuvo viajando a través del país tratando de reunir esa cantidad. Estaba seguro que con suficiente dinero, conocimiento, programas de trabajo y estrategia, podría evangelizar al mundo entero para Dios.

Permítame decirle algo: no podremos hacer nada para Dios si sólo contamos con sabiduría, pese a lo importante y necesaria que es. Su Palabra dice: “Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación” (1 Co. 1:21). Todos los tesoros verdaderos están en Jesucristo. “En quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” (Col. 2:3). Sin embargo, la iglesia moderna como Salomón es diferente. Dice el registro bíblico de Salomón, “Y compuso tres mil proverbios, y sus cantares fueron mil cinco. También disertó sobre los árboles, desde el cedro del Líbano hasta el hisopo que nace en la pared. Asimismo disertó sobre los animales, sobre las aves, sobre los reptiles y sobre los peces. Y para oír la sabiduría de Salomón venían de todos los pueblos y de todos los reyes de la tierra, adonde había llegado la fama de su sabiduría” (1 R. 4:32-34).

¡Este fue el evangelio de Salomón: 3.000 proverbios cortos de conocimiento y sabiduría práctica! Compuso cánticos, historias maravillosas, y grandes aplicaciones de la verdad acerca de la naturaleza y comportamiento humano. Podemos leer mucho de su sabiduría a través del libro de Proverbios. Ofreció instrucción práctica sobre el matrimonio y crianza de los niños. Dio clara dirección de cómo enfrentar las cosas, cómo conducirse y cómo ser bendecido. ¡Y a todos les encantaba su predicación! Fue tan conciso y tan directo. Pero, a menos que el Espíritu de Dios unja la predicación o la enseñanza, esta permanece muerta. ¡Se convierte en letra muerta si no está activada por el poder del Espíritu Santo!.

¡Al final Salomón pronunció un mensaje sin poder, porque no practicó lo que predicó! Se entregó a mujeres extrañas. Crió hijos malvados, incluyendo a quien fue su sucesor en el trono. En realidad, terminó como un decrépito, idólatra angustiado, viviendo sus días en un sensual pozo de inmoralidad. Al tomar para sí mismo caballos, mujeres y oro en abundancia, cosa que Dios prohibió y que posteriormente los profetas del siglo VIII censuraron, Salomón cedió a las tentaciones que resultan de la prosperidad excesiva. “Pero él no aumentará para sí caballos, ni hará volver al pueblo a Egipto con el fin de aumentar caballos; porque Jehová os ha dicho: No volváis nunca por este camino. Ni tomará para sí muchas mujeres, para que su corazón no se desvíe; ni plata ni oro amontonará para sí en abundancia” (Dt. 17:16,17).

No obedeció la segunda amonestación de Dios, quien le dijo: “Y si tú anduvieres delante de mí como anduvo David tu padre, e hicieres todas las cosas que yo te he mandado, y guardares mis estatutos y mis decretos, yo confirmaré el trono de tu reino, como pacté con David tu padre, diciendo: No te faltará varón que gobierne en Israel. Mas si vosotros os volviereis, y dejareis mis estatutos y mandamientos que he puesto delante de vosotros, y fuereis y sirviereis a dioses ajenos, y los adorareis, yo os arrancaré de mi tierra que os he dado; y esta casa que he santificado a mi nombre, yo la arrojaré de mi presencia, y la pondré por burla y escarnio de todos los pueblos”(2 Cr. 7:17-20).

Salomón se volvió orgulloso, se entregó a los placeres carnales y se olvidó del Dios a quien tanto amó al principio. “Mas Salomón amó a Jehová, andando en los estatutos de su padre David; solamente sacrificaba y quemaba incienso en los lugares altos” (1 R. 3:3). Cometió idolatrías abominables para complacer a sus numerosas esposas extranjeras. “Pero el rey Salomón amó, además de la hija de Faraón, a muchas mujeres extranjeras; a las de Moab, a las de Amón, a las de Edom, a las de Sidón, y a las heteas; gentes de las cuales Jehová había dicho a los hijos de Israel: No os llegaréis a ellas, ni ellas se llegarán a vosotros; porque ciertamente harán inclinar vuestros corazones tras sus dioses. A éstas, pues, se juntó Salomón con amor. Y tuvo setecientas mujeres reinas y trescientas concubinas; y sus mujeres desviaron su corazón. Y cuando Salomón era ya viejo, sus mujeres inclinaron su corazón tras dioses ajenos, y su corazón no era perfecto con Jehová su Dios, como el corazón de su padre David. Porque Salomón siguió a Astoret, diosa de los sidonios, y a Milcom, ídolo abominable de los amonitas. E hizo Salomón lo malo ante los ojos de Jehová, y no siguió cumplidamente a Jehová como David su padre. Entonces edificó Salomón un lugar alto a Quemos, ídolo abominable de Moab, en el monte que está enfrente de Jerusalén, y a Moloc, ídolo abominable de los hijos de Amón. Así hizo para todas sus mujeres extranjeras, las cuales quemaban incienso y ofrecían sacrificios a sus dioses” (1 R. 11:1-8).

Por todas estas abominaciones Dios le anunció que lo castigaría dividiendo el reino entre su hijo Roboam y Jeroboam I. “Y se enojó Jehová contra Salomón, por cuanto su corazón se había apartado de Jehová Dios de Israel, que se le había aparecido dos veces, y le había mandado acerca de esto, que no siguiese a dioses ajenos; mas él no guardó lo que le mandó Jehová” (1 R. 11:9,10).

¡Su generación entera llegó a ser reprobada, a pesar de toda su sabiduría, enseñanza y los 3.000 proverbios que compuso! Ahora, no piense ni por un minuto que la iglesia moderna, amiga de pecadores, la iglesia del tipo de Laodicea, no tiene predicadores buenos y profundos. Los sermones de muchísimos de los predicadores de esta iglesia de los últimos días, son concisos, homiléticamente correctos, centrados sobre cómo tratar con los problemas de la vida. En su mayoría son mensajes de 15 minutos, ilustrados con puntos claros y empaquetados con un montón de verdad. ¡Con todo esto son mensajes muertos, en los que no hay vida! El divorcio está a la orden del día, aun entre los pastores. La fornicación y la infidelidad es cosa común. Los adolescentes fuman, beben y tienen relaciones sexuales prematrimoniales con quien les place. No se advierte cambio en la vida de personas que se llaman a sí mismas cristianas. ¿Por qué? Porque el conocimiento por sí solo es incapaz de salvar o cambiar a nadie, ¡ni siquiera a quienes lo poseen!.

Los servicios de la iglesia pueden estar muy bien organizados, con música excelente, nueva y contemporánea. El coro puede cantar mil cánticos nuevos, como los mismos ángeles. El pastor puede condenar el pecado y señalar el camino correcto claramente. ¡Pero, sin el Espíritu Santo todo se vuelve como letra que mata! Salomón tuvo una cabeza llena de sabiduría y una boca llena de cánticos. Predicó y enseño con increíble conocimiento y habilidad. Organizó a Israel, su ejército, su gobierno. Designó a líderes talentosos. Todo lo relacionado con su administración parecía estar en perfecto orden. Pero a pesar de todo lo que hizo, comenzó el libro de Eclesiastés con la frase: “Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad” (Ec. 1:2).

Lo mismo es con la iglesia de nuestros días, parece tener todas las respuestas. De afuera parece poderosa. ¡Pero está absolutamente sin vida! Ojalá que como Salomón no vaya a terminar en vanidad, idolatría, sensualidad, vacía y en desesperación. David por el contrario fue un hombre conforme al corazón de Dios. Al comparar la fuerza detrás de David, descubrimos que todo su poder se debió a su dependencia total de Dios. Esto fue lo que distinguió, “Y Samuel tomó el cuerno del aceite, y lo ungió en medio de sus hermanos; y desde aquel día en adelante el Espíritu de Jehová vino sobre David...” (1 S. 16:13). Y éstas fueron sus últimas palabras: “... Dijo David hijo de Isaí, dijo aquel varón que fue levantado en alto, el ungido del Dios de Jacob, el dulce cantor de Israel: El Espíritu de Jehová ha hablado por mí, y su palabra ha estado en mi lengua” (2 S. 23:1,2). En otras palabras, David estaba diciendo: “No confié en mi conocimiento o sabiduría. ¡No confié en ningún momento en mi carne! ¡Fui un hombre débil y pecador, dependí únicamente del Señor! Toda palabra que hablé fue bajo la unción del Espíritu de Jehová. ¡Sus palabras llenaron mi boca!”.

Desde que comenzamos este ministerio de Radio América, nuestro lema siempre ha sido: “Padre Celestial, tú eres quien está aquí encargado de todo”. Desde entonces miles han sido salvos. Pero no se han rendido al Señor porque predicamos un evangelio social, ni porque tergiversamos las Escrituras a fin de acomodarlas a los descubrimientos y teorías científicas. Tampoco porque prediquemos un “mensaje positivo” o porque hagamos declaraciones como esta: “Dios nos llamó a ganar almas, no a criticar a otros”. Nunca nos hemos abstenido de reprender el pecado, sino que día a día enseñamos lo que es el arrepentimiento verdadero, dando advertencias sobre el error. “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (He. 4:12).

Estas personas no cayeron sobre sus rodillas porque predicamos sermones concisos y cortos. No fueron redargüidos de culpa por nuestras hermosas ilustraciones o por historias de la naturaleza. ¡No! Quienes han sido salvos por la predicación de Radio América testifican de lo que hace el poder de Dios. Pueden decir, “¡Yo era un pecador, pero el Espíritu de Dios me cambió!”. Es la Palabra de Dios y la manifestación del Espíritu de Dios lo que ha hecho poner a tantos pecadores de rodillas ante Dios. ¡Cuándo el Espíritu Santo desciende, criminales endurecidos son cambiados y claman a Dios por misericordia!.

Salomón habló de árboles, del hisopo, del león, de las hormigas, de los animales que trepan, de los peces. Pero David habló de intimidad con el Señor, de quebrantamiento y contrición. Habló de la “Roca”, que es Cristo. Y fue redargüido y cambiado por su propia predicación. “Porque ¿quién es Dios sino sólo Jehová? ¿Y qué roca hay fuera de nuestro Dios?” (Sal. 18:31). Valoró en gran manera la presencia del Espíritu Santo en su vida, y le pidió al Señor que nunca quitara de él su Espíritu. ¡David sabía que no era nada sin Jehová y su Santo Espíritu!.

En la iglesia moderna, un predicador simplemente reúne verdades, información bíblica y crea un sermón para otros. Entonces lo predica ante la congregación y se dice a sí mismo: “Es la Palabra, tiene que impactar. Tiene que causar crecimiento y cambio en mis oyentes, porque es la poderosa Palabra de Dios”. ¡Pero, no es así! Usted puede citar tantos versículos de la Biblia como le plazca, sermón tras sermón, enseñanza sobre enseñanza, sabiduría y conocimiento en abundancia, pero si no tiene la aprobación de Dios y de su Espíritu, si no está dependiendo enteramente del Señor, es palabra muerta. Si el predicador no ora delante de Dios cada día, si no clama de corazón reconociendo que nada es posible sin él, no tendrá el fuego de Dios en su alma, no habrá unción en sus palabras, sin importar cuán sabias sean y cuán colmadas estén de conocimiento. ¡Simplemente no producirán vida! Pablo dijo:

“Y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios”(1 Co. 2:4,5).

“... Hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual. Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1 Co. 2:13,14).

Nunca vaya a la iglesia sin antes orar, sin clamarle a Dios para que su Santo Espíritu lo ayude a discernir el mensaje que va a escuchar. Para que Dios le dé oídos para escuchar y un corazón que pueda comprender y aplicar la Palabra de Dios en su vida. De la misma forma, el pastor debe predicar la Palabra de Dios con la unción del Espíritu y la dependencia absoluta en el Señor.

Pero... ¿Cuál es la diferencia entre la Iglesia verdadera y la del tipo de Laodicea? En una iglesia llena del Espíritu Santo, siempre habrá un clamor de arrepentimiento desde lo más profundo del corazón de cada persona. En efecto, usted no puede ser un hijo de Dios, si no ha clamado por perdón desde lo más íntimo de su ser, reconociendo que es pecador y que no hay salvación aparte de Dios. ¡Eso fue algo que Salomón nunca hizo! En ninguno de sus libros leemos que Salomón hubiera llorado con fuerza ante Dios. Por el contrario, en la dedicación del templo, se paró con ropas reales y pronunció una oración majestuosa. Fue sincera, precisa y muy ordenada. Pero no fue un llanto o un clamor con fuerza ¡y nunca penetró a su propio corazón! En su oración, Salomón exhortó a la congregación: Sea, pues, perfecto vuestro corazón para con Jehová nuestro Dios, andando en sus estatutos y guardando sus mandamientos, como en el día de hoy” (1 R. 8:61).

Salomón conocía los estatutos de que habló, entre los cuales estaban las advertencias para cada rey de Israel: “Pero él no aumentará para sí caballos, ni hará volver al pueblo a Egipto con el fin de aumentar caballos; porque Jehová os ha dicho: No volváis nunca por este camino. Ni tomará para sí muchas mujeres, para que su corazón no se desvíe; ni plata ni oro amontonará para sí en abundancia” (Dt. 17:16,17). Estos eran estatutos claros y directos. Sin embargo, después que Salomón haya llegado al reinado, violó los tres.

“Y traían de Egipto caballos y lienzos a Salomón; porque la compañía de los mercaderes del rey compraba caballos y lienzos” (1 R. 10:28).

“Pero el rey Salomón amó, además de la hija de Faraón, a muchas mujeres extranjeras; a las de Moab, a las de Amón, a las de Edom, a las de Sidón, y a las heteas; gentes de las cuales Jehová había dicho a los hijos de Israel: No os llegaréis a ellas, ni ellas se llegarán a vosotros; porque ciertamente harán inclinar vuestros corazones tras sus dioses. A éstas, pues, se juntó Salomón con amor”(1 R. 11:1,2).

“E hizo el rey que en Jerusalén la plata llegara a ser como piedras, y los cedros como cabrahigos de la Sefela en abundancia”(1 R. 10:27).

La oración de Salomón de andar perfectamente ante la presencia de Dios, no produjo efectos en su propia vida, debido a que no había convicción de pecado en su corazón. E hizo Salomón lo malo ante los ojos de Jehová, y no siguió cumplidamente a Jehová como David su padre” (1 R. 11:6). Donde no hay unción del Espíritu Santo en la predicación, no hay convicción de pecado, ¡ni mucho menos personas que sigan al Señor! Salomón pecó sin remordimiento aun mientras predicaba contra el pecado. Sabía por las Escrituras que no debía ir a Egipto a comprar caballos, pero de inmediato fue a comprar miles de caballos y carros. Sabía que no debía tener tantas esposas para sí mismo, pero tenía un harén de ellas. Salomón no mostró evidencia de tristeza ni señales de arrepentimiento. Satisfacía abiertamente todos sus pecados e inmoralidades y luego iba a su recámara y escribía un proverbio. Compare la indiferencia entre Salomón y la angustia y tristeza total de David por haber pecado contra Dios.

David no fue perfecto, de hecho cometió adulterio. Mató a un hombre inocente y por un tiempo estuvo sumido en las tinieblas del pecado. Sin embargo, después que reconoció su culpa, David pronunció este clamor desde lo más íntimo de su ser: “Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones. Lávame más y más de mi maldad, y límpiame de mi pecado. Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos... Purifícame con hisopo, y seré limpio; lávame, y seré más blanco que la nieve. Hazme oír gozo y alegría, y se recrearán los huesos que has abatido. Esconde tu rostro de mis pecados, y borra todas mis maldades. Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí. No me eches de delante de ti, y no quites de mí tu santo Espíritu. Vuélveme el gozo de tu salvación, y espíritu noble me sustente” (Sal. 51:1-4,7-12).

Más tarde David volvió a pecar al realizar un censo del pueblo de Israel, lo cual no debía hacer. Para entonces ya había derrotado a todos los gigantes y al remanente de Gat, había expulsado a los asirios y toda la tierra tenía paz. En ese momento David disfrutaba de gran bendición y victoria. ¡Sin embargo fue engañado por el diablo! David estaba tan cegado por su pecado que ninguna cantidad de razonamientos pudieron cambiarlo. “Pero Satanás se levantó contra Israel, e incitó a David a que hiciese censo de Israel. Y dijo David a Joab y a los príncipes del pueblo: Id, haced censo de Israel desde Beerseba hasta Dan, e informadme sobre el número de ellos para que yo lo sepa. Y dijo Joab: Añada Jehová a su pueblo cien veces más, rey señor mío; ¿no son todos éstos siervos de mi señor? ¿Para qué procura mi señor esto, que será para pecado a Israel? Mas la orden del rey pudo más que Joab. Salió, por tanto, Joab, y recorrió todo Israel, y volvió a Jerusalén y dio la cuenta del número del pueblo a David” (1 Cr. 21:1-4).

Esto debe ser una advertencia para cada uno de nosotros, de que un justo, un siervo temeroso de Dios, también puede ser engañado por Satanás. Sin embargo, en esta ocasión ningún profeta tuvo que ir a él para exponerle su pecado. ¡Sino que fue el propio Espíritu Santo quien le dio convicción de pecado! Poco después que el censo había empezado, David se desanimó, ni siquiera terminó el censo. Para ese tiempo, ya era un anciano y fue sensible a la voz del Espíritu Santo. La Biblia nos dice, que “Después que David hubo censado al pueblo, le pesó en su corazón; y dijo David a Jehová: Yo he pecado gravemente por haber hecho esto; mas ahora, oh Jehová, te ruego que quites el pecado de tu siervo, porque yo he hecho muy neciamente” (2 S. 24:10).

Esto fue lo que distinguió a David de su hijo Salomón. Por supuesto, también hay personas entre la iglesia que fallan y sucumben al engaño, pero como David, son sensibles a la voz del Espíritu Santo y no necesitan que ni el pastor ni un hermano les digan que han pecado. ¡Se arrepienten antes que otro llegue a ellos a recriminarlos, debido a que se sienten heridos por su pecado! Por el contrario, la actitud similar a la de Salomón nunca trata con el engaño y con el tiempo, lleva a la ceguera y la ruina.

¡En los cristianos que son como David, hay un clamor de piadosa angustia, un clamor por liberación, un corazón herido y afectado por haber pecado contra Dios! David dijo de su pecado: “Ligaduras del Seol me rodearon; tendieron sobre mí lazos de muerte. En mi angustia invoqué a Jehová, y clamé a mi Dios; él oyó mi voz desde su templo, y mi clamor llegó a sus oídos... Envió desde lo alto y me tomó; me sacó de las muchas aguas. Me libró de poderoso enemigo, y de los que me aborrecían, aunque eran más fuertes que yo” (2 S. 22:6,7,17,18).

Después de todo lo que Salomón escribió y compuso, concluyó su vida con estas trágicas palabras: “Porque todos sus días no son sino dolores, y sus trabajos molestias; aun de noche su corazón no reposa. Esto también es vanidad. No hay cosa mejor para el hombre sino que coma y beba, y que su alma se alegre en su trabajo...” (Ec. 2:23,24a). Salomón filosóficamente estaba diciendo: “Tendrás noches de insomnio y no podrás hacer nada en tu desesperación. Así que lo mejor que puedes hacer es darte el gusto al máximo de todo lo que puedas en la vida. ¡Sólo disfruta!”. Así fue como murió. ¡Y esa misma es la actitud de la mayor parte de los miembros de la iglesia en la actualidad!.

El cristiano que es como David dice: “Con mi voz clamé a Jehová, y él me respondió desde su monte santo. Yo me acosté y dormí, y desperté, porque Jehová me sustentaba” (Sal. 3:4,5). Ahora considere esta profecía del Nuevo Testamento: “Después de esto volveré y reedificaré el tabernáculo de David, que está caído; y repararé sus ruinas, y lo volveré a levantar” (Hch 15:16). Todos esos cristianos que despliegan las características de Salomón, al igual que él terminarán en ruinas. Por el contrario, Dios le prometió a David que reedificaría su tabernáculo. Ese remanente de cristianos que como David se lamentan por su propio pecado, depende totalmente del Señor y del Espíritu Santo.

Si escucha el evangelio que se predica hoy en la televisión cristiana, usted podría pensar que Jesús volverá a la tierra en Beverly Hills manejando un Rolls Royce. Esta imagen del cristianismo es lo más abominable que se haya podido concebir. Dios dice que todo esto vendrá a la ruina, porque él mismo reedificará su casa, el tabernáculo de David sobre esas ruinas. Lo único que quedará serán esos programas de televisión con verdaderos hombres de Dios predicando el Evangelio. Toda esa predicación de prosperidad caerá, porque la mayoría de los llamados “reavivamientos espirituales” son meros escenarios de madera y cartón. Dios va a edificar a su iglesia de los últimos días sobre las ruinas. Acabará con lo malo que ha tomado lugar en su iglesia y terminará con todas las abominaciones. Sobre esas ruinas él reedificará una iglesia santa y arrepentida, que clama por arrepentimiento desde lo mas profundo de su ser.

Demos gracias a Dios porque él mismo edificará su iglesia. Ciertamente, muchos de los que me escuchan, después de vivir en pecado y arrepentirse fueron perdonados. Si este ha sido su caso, entonces tenga por seguro que Dios lo usará para edificar su iglesia. Si está abrumado por un problema de pecado, no tiene necesidad de ir a ninguna reunión multitudinaria para escuchar a uno de estos grandes evangelistas de la televisión quienes supuestamente están llenos de sabiduría y conocimiento, para que lo ayude con su problema. Ni tampoco tiene que acudir a ningún sicólogo cristiano. ¡Póstrese sobre su rostro y busque la solución ante Dios! Sea un cristiano como David lleno del Espíritu Santo y clame al Señor con todo su corazón.

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