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Victoria en Cristo

Recientemente se celebró en la Iglesia Saddleback en el sur de California, la reunión cumbre del “programa de recuperación”, cuyo propósito principal fue entrenar a líderes y pastores que retornarían a sus iglesias e inaugurarían en ellas el tan celebrado “programa”.

Su creador, el pastor Rick Warren de la Iglesia Saddleback, lo describe como «un proyecto bíblico y balanceado para ayudar a las personas a sanar sus heridas, vencer sus hábitos y superar sus traumas pasados».

Como crítico por largo tiempo de la conserjería psicológica y de las terapias de los doce pasos en la iglesia, me interesaba mucho conocer el punto de vista de esos que dirigieron o asistieron al programa, para comprender mejor qué es lo que pretenden y cómo lo implementan. De lo que me enteré es que los tres mil y tantos pastores y líderes que asistieron o participaron en el programa, tenían un tremendo celo por el Señor y una sinceridad incuestionable por ayudar a esos que están luchando con su pecado habitual. Esta es la impresión que tengo de todos los participantes. Cada reunión duraba entre ocho a nueve horas diarias y en ellas se cubrió casi todos los aspectos del “programa de recuperación”.

Sin embargo, en la Biblia no encontramos nada que insinúe siquiera un “programa de recuperación”. Debido a su encuentro transformador y comunión continua con el Cristo resucitado, Saulo de Tarso trastornó “...el mundo entero...” (Hch. 17:6), y tal como dice 2 Corintios 11:28 estableció muchas de las primeras iglesias. Sus epístolas constituyen cerca de un tercio del Nuevo Testamento. ¡Qué transformación tan increíble para quien fuera, de acuerdo con sus propias palabras en 1 Timoteo 1:15 el primero de los pecadores, quien luego se convirtió en uno de aquellos grandes apóstoles!

Pero... ¿Qué cambió a Saulo quien “…respirando aún amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, vino al sumo sacerdote” (Hch. 9:1), para que se convirtiera en uno de ellos, sabiendo que él también sería odiado, perseguido, puesto en prisión, apaleado y finalmente martirizado? ¿Cuál fue el “programa de recuperación” que ayudó a Pablo en esta asombrosa liberación, vida consistente y triunfante, para que pudiera decir: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Co. 11:1)?

¿Sería acaso que algún grupo de “Asesinos anónimos” o “Perseguidores anónimos” ayudó a Pablo a “recuperarse” de su desagradable pasado? ¿O sería que era parte de un “grupo pequeño” de personas que odiaban a Cristo en el pasado, quienes encontraban apoyo y consuelo al reunirse semanalmente y confesarse unos a otros que todavía estaban luchando con sus impulsos por oponerse a la iglesia de Cristo? ¿Qué hizo Pablo para declarar triunfante: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gá. 2:20)?

Si tales preguntas son absurdas, entonces ¿qué podemos decir de los “programas de recuperación” de hoy? De hecho, ni Pablo ni los otros apóstoles ni nadie en la Iglesia primitiva ni uno solo de los millones que amaron a Cristo y fueron tan fieles “...a la verdad que está en Jesús” (Ef. 4:21), necesitaron de ningún “programa de recuperación”. Sin embargo, tal como dice el capítulo 11 de Hebreos fueron fieles hasta la muerte. Pablo dejó bien claro que la Iglesia primitiva estaba constituida de personas que habían sido “...fornicarios... idólatras... adúlteros... afeminados... ladrones... avaros... borrachos... maldicientes... estafadores...” Y después de enumerar todos esos pecados, sigue diciendo: “Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios” (1 Co. 6:9-11).

Aquí no se menciona ni una sola palabra acerca de ningún programa especial para que estas personas se recuperaran de su sórdido pasado. ¿Sorprende acaso que seres tan inicuos, se libraran completamente de sus malos hábitos tan profundamente arraigados y vivieran victoriosamente en Cristo sin un “programa de recuperación? ¡Claro que no! ¡Tal transformación fue la que prometió el Señor Jesucristo para todos los que creyeran en él y le obedecieran! Esta es la vida cristiana normal que los misioneros han testificado que viven los nativos convertidos en las áreas más tenebrosas y paganas del mundo.

Incluso en la jungla de asfalto del mundo de hoy, multitudes son libradas de inmediato de “adicciones” de toda clase y están viviendo victoriosa y gozosamente para su Señor. Todo comienza cuando se confiesa la culpa delante de Dios, creyendo que Cristo pagó plenamente por el castigo que demandaba su justicia por el pecado. De inmediato sigue el glorioso nuevo nacimiento, convirtiéndonos como leemos en el capítulo 15 de Juan en “pámpanos” de “la vid verdadera” que es Cristo, quien llega a ser la propia vida de quienes le conocen, le aman y obedecen.

1 Pedro 2:2, dice que los niños recién nacidos desean “la leche espiritual”de la Palabra, se alimentan de ella y comienzan a crecer. Luego viene la responsabilidad de vivir por fe, lo que Dios está haciendo en el corazón, como dice Pedro: “Vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. Porque si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo. Pero el que no tiene estas cosas tiene la vista muy corta; es ciego, habiendo olvidado la purificación de sus antiguos pecados. Por lo cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección; porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás” (2 P. 1:5-10).

Pese a todo, últimamente el cristianismo ha caído en manos de líderes que han perdido la confianza en la suficiencia del Señor, su Palabra y el Espíritu Santo para vivir la vida de Cristo a través de ellos y otros. También han destruido la confianza de sus seguidores. Esa falta de fe engendró “la psicología cristiana” que fue tomada prestada de los impíos humanistas que estaban ahogándose en el pecado, con sus múltiples terapias que la Iglesia primitiva nunca conoció y sin la cual triunfó gloriosamente. De esta fuente atea se originaron muchos de los “programas de recuperación” que son ahora tan populares entre los cristianos, quienes los prefieren a la fe simple en Cristo y en su Palabra.

La nueva vida victoriosa que Cristo prometió, viviendo en el interior de quienes le conocen y confían en él, está disponible para cada cristiano y no requiere de ningún programa especial, sólo simple fe y obediencia. El problema con todas las “terapias” es que ellas de manera inherente niegan la suficiencia de Cristo y de su Palabra para salvar, santificar y guardar al peor de los pecadores. Por lo tanto, es absoluta hipocresía decir que un “programa de recuperación” para cristianos es bíblico, cuando su propia existencia niega lo que enseña la Biblia y lo que la Iglesia primitiva sabía que era suficiente.

Pablo se refiere a la forma de los gentiles inconversos como “Teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios... se entregaron a la lascivia para cometer con avidez toda clase de impureza” (Ef. 4:18, 19). Mientras que cuando se dirige a los creyentes les dice: “En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad. Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros. Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis lugar al diablo. El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad. Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes. Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención. Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo. Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante. Pero fornicación y toda inmundicia, o avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como conviene a santos; ni palabras deshonestas, ni necedades, ni truhanerías, que no convienen, sino antes bien acciones de gracias. Porque sabéis esto, que ningún fornicario, o inmundo, o avaro, que es idólatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios. Nadie os engañe con palabras vanas, porque por estas cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de desobediencia. No seáis, pues, partícipes con ellos. Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz” (Ef. 4:22-5:8).

En todo lo anterior no hay ni una sola palabra acerca de ningún programa para asistir a los hermanos. Los métodos y técnicas que no aparecen en la Escritura, supuestamente para suprimir todos los deseos carnales que plagan incluso a los cristianos que tratan de vivir para Cristo, no habían sido inventados en el día de Pablo. Pero entonces... ¿Por qué los necesitamos hoy? ¡No los necesitamos! Como dijo Isaías: “¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido” (Is. 8:20). Sin embargo, hoy se niega la Escritura.

Ciertamente nadie en la Iglesia primitiva o en los siglos que siguieron, ni siquiera imaginaron que los cristianos podían necesitar ninguna otra cosa más aparte de Cristo, y el poder limpiador de su sangre para triunfar sobre el pecado, Satanás y el mundo. El amor ferviente por Cristo, capacitó a millones por casi dos mil años, para seguir a su Señor fielmente, con gozo, incluso hasta el martirio. El secreto de la victoria de ellos ha sido y será declarado a los demonios, los que se encogen de miedo, y a los ángeles gozosos, y como un testimonio al universo por la eternidad: “Y ellos le han vencido (al ...gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás...) por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y menospreciaron sus vidas hasta la muerte” (Ap. 12:9, 11).

El Señor Jesucristo declaró: “El que me ama, mi palabra guardará...” (Jn. 14:23). El amor es el poder motivador más grande del universo. Por amor Cristo pagó un precio infinito, el juicio que merecían esos que le odiaban y le crucificaron. El amor verdadero lo sacrifica todo, incluyendo la propia vida por el ser que se ama. ¡No hay adicción, codicia o deseo que pueda vencer al amor! Esos que aseguran ser cristianos, pero a pesar de todo necesitan algo especial “un ministerio de liberación” o un “programa de recuperación” para mantener su comportamiento en conformidad con lo que Cristo ha ordenado, o no le conocen o no le aman como deberían. Eso es lo que dice la Palabra de Dios.

Los cristianos consumidos por el agradecimiento y amor a Cristo, siempre han alcanzado la victoria por simple fe en las promesas de Dios: “No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar” (1 Co. 10:13). Así ha sido con los redimidos a lo largo de los siglos, y así debe ser hoy.

No obstante, en todas las edades siempre han habido esos para quien Cristo junto con el poder de su Palabra y Espíritu es insuficiente, quienes han dicho en su falta de amor e incredulidad: «He tratado, pero no funciona. Soy un caso especial, las cosas son diferentes hoy, necesito ayuda adicional». Algunos de ellos se convirtieron en monjes y trataron de suprimir la carne al abusar de ella, vivieron en cuevas y se privaron de las bendiciones que Dios otorga para que todos disfrutemos libremente de ellas, con acción de gracias. Incluso se flagelaban porque creían que eso los hacía santos. Muchos sacerdotes y monjes católico romanos y ortodoxos, todavía hacen eso hoy. No dudamos de la sinceridad de ellos, sino de su conocimiento verdadero de Cristo y amor por él, que son el único remedio.

Muchos de los llamados “padres del desierto” adoptaron técnicas ocultistas, las que más tarde fueron popularizadas como los “ejercicios espirituales de Ignacio de Loyola”, el fundador de los jesuitas. Ellos pensaban que si podían visualizar a Cristo y los eventos bíblicos en su imaginación, la Biblia llegaría a ser más real y madurarían espiritualmente. Ese engaño todavía es promovido por muchos líderes cristianos hoy, tal como Richard Foster teólogo fundador del Movimiento Renovaré, el escritor y predicador Calvin Miller, Karen Mains directora del ministerio Almas Hambrientasy otros.

Foster atrajo a miles con la engañosa promesa de alcanzar madurez espiritual mediante métodos ocultistas, tal como los que enseña así en las páginas 24 y 27 de su libro Celebración de disciplina: «Comience con un período diario de cinco a diez minutos... aprenda a concentrarse... usando dos ejercicios breves... El primero se llama ‘palmas hacia abajo, palmas hacia arriba’... Coloque sus palmas hacia abajo como un símbolo para mostrar su deseo de cambiar completamente cualquier asunto que tuviera hacia Dios. En su interior usted puede orar: ‘Señor, te entrego a ti mi ira en contra de Juan. Te libero mi temor por la cita que tengo con el dentista... Te transfiero mi ansiedad por no tener dinero para pagar mis deudas... mi frustración por tratar de encontrar una niñera para esta noche’. Cualquiera sea la cosa que agobia su mente... sólo diga: ‘Palmas hacia abajo’. Libérelo... Después de varios minutos de entrega, ponga las palmas de sus manos hacia arriba como un símbolo de su deseo de recibir de Dios, y diga: ‘Me gustaría recibir tu amor divino para Juan, tu paz para la cita del dentista, tu paciencia, tu gozo’. Sea lo que fuere que necesite, dígalo: ‘Palmas hacia arriba’. Estando concentrado permanezca el momento restante en completo silencio...

Esta es otra meditación cuyo objetivo es concentrarse... Sentado... cómodamente, despacio comience a estar consciente de su respiración, para ponerse en contacto con el nivel de tensión en su interior. Inhale profundamente, con lentitud incline su cabeza hacia atrás tanto como pueda. Luego exhale, permitiendo que su cabeza vuelva hacia adelante hasta que la barbilla casi descanse sobre el pecho. Haga esto varias veces, orando interiormente algo como esto: ‘Señor, exhalo mi temor... e inhalo tu paz. Exhalo mi apatía espiritual, e inhalo tu luz y vida’. Luego, como hiciera anteriormente permanezca en silencio.

Después de haber ganado destreza en concentrarse, añada cinco a diez minutos meditando en algún... árbol, planta, ave, hoja, nube y cada día medite en esto cuidadosamente y en oración. Dios usa su creación para mostrarnos algo de su gloria y nos da algo de su vida... Tal como Evelyn Underhill dice... comience con esa contemplación que los místicos de la antigüedad algunas veces llamaron el ‘descubrimiento de Dios en sus criaturas’.

Habiendo practicado por algunas semanas con las dos clases de meditación expuestas anteriormente, usted deseará añadir meditar en la Escritura... Tome un solo evento... Busque vivir la experiencia, recordando el valor de Ignacio de Loyola para aplicar todos sus sentidos a la labor. Aspire el aroma del mar. Escuche el chapoteo del agua a lo largo de la playa. Vea la multitud. Sienta el sol sobre su cabeza y el hambre en su estómago... Francis de Sales dice: ‘Represente en su imaginación la totalidad del misterio en el cual desea meditar como si realmente hubiera pasado en su presencia...’ Conforme entra en la historia... recuerde que ya que Jesús no está limitado por el tiempo, este evento del pasado es una experiencia viva para él. Por lo tanto, puede de hecho encontrar al Cristo vivo en el evento... El Señor Jesucristo de hecho puede venir hasta usted».

Esto, claro está, es ocultismo. El “Jesús” visualizado a menudo tiene vida propia y realmente “habla”. Este no es el Señor Jesucristo que ha descendido de la mano derecha de su Padre en el cielo, sino un espíritu engañador, exactamente tal como el apóstol Pablo advirtió que ocurriría: “Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios; por la hipocresía de mentirosos que, teniendo cauterizada la conciencia...” (1 Ti. 4:1, 2). No hay excusa para sucumbir a tal engaño, lo cual es absolutamente contrario a la Palabra de Dios.

Los cristianos primitivos vivían en la fe expectantes de que tal como dice Colosenses 3:4, Cristo, quien es nuestra vida, viviría esa vida a través de ellos en victoria sobre el mundo, el diablo y la carne. Tal como dijo Juan: “Os escribo a vosotros, hijitos, porque vuestros pecados os han sido perdonados por su nombre. Os escribo a vosotros, padres, porque conocéis al que es desde el principio. Os escribo a vosotros, jóvenes, porque habéis vencido al maligno. Os escribo a vosotros, hijitos, porque habéis conocido al Padre. Os he escrito a vosotros, padres, porque habéis conocido al que es desde el principio. Os he escrito a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes, y la palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al maligno. No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Jn. 2:12-17). Cristo prometió: “...porque yo vivo, vosotros también viviréis” (Jn. 14:19). Y si es así, entonces ¿por qué la Iglesia adopta técnicas que se originan de la sabiduría mundana a fin de ser “librados” de sus llamadas adicciones?

Pablo dice en Filipenses 1:20 que para él cada tentación y deseo carnal era barrido y puesto a un lado: “Conforme a mi anhelo y esperanza de que... será magnificado Cristo en mi cuerpo, o por vida o por muerte”. Agregando: “A fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte, si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos. No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Fil. 3:10-14).

¿Acaso no es a eso a lo que debemos asirnos para tener el poder en la vida de abandonarlo todo por amor a nuestro Señor?

Tal como dice un coro: «Después de todo lo que él hizo por mí. Después de todo lo que él hizo por mí. Cómo puedo hacer menos que dar lo mejor de mí, y vivir para él completamente. Después de todo lo que él hizo por mí». Esta es la única respuesta al amor verdadero, y prevalecerá por encima de todo.

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