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Cielo: la dimensión de Dios

Todos desean ir al cielo. Incluso aunque sólo se trate del cielo de su propia imaginación, las personas se sienten arrastradas por la esperanza de un paraíso futuro. El hombre secular anhela un cielo en la tierra. Eso que siempre hemos pensado que se encuentra arriba, él quiere hacer que descienda hasta la tierra. Como ya veremos, no están pensando en una dirección, sino en una dimensión.

La ciencia continúa probando el estado de la creación. Arrastrados por una furia interior por descubrir y decodificar el estado del universo, matemáticos y físicos gastan miles de millones de dólares, mientras trabajan por escudriñar el universo como si se tratase de una fruta madura para ser devorada por su codicia de alcanzar el poder del propio Dios.

En un sentido, están mejorando constantemente nuestro estado básico de existencia, conforme sus invenciones, electrónica, farmacéutica, sintética y genética llevan al hombre más cerca hacia una especie de paraíso físico. Ellos luchan por una utopía.

Pero en otro sentido, están persiguiendo el conocimiento prohibido al hombre después de su gran caída, cuando: “Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase. Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Gn. 2:15-17).

Pero... ¿Cuál es este conocimiento? ¿Por qué está tan estrictamente prohibido al hombre sobre la tierra? Ciertamente debe ser un tipo de sabiduría completamente accesible en el reino de los cielos, pero completamente prohibida aquí donde vivimos, en el plano físico.

él quiere hacer que descienda hasta la tierra. Como ya veremos, no están pensando en una dirección, sino en una dimensión., una especie de villano tenebroso, un verdadero Satanás, con el poder de una leyenda hecha realidad. La literatura mundial está colmada con esta clase de personajes.

En medio de la bruma histórica emerge el cuadro de un científico loco. ¿Debemos llamarlo brujo, chamán, nigromante, astrólogo, adivino, alquimista, místico, parapsicólogo o simplemente un hacedor de señales y prodigios? Hoy se le llama cosmólogo, y es alguien que diligentemente desenmaraña las telarañas matemáticas que bloquean la puerta hacia “el otro lado”. La delicada tela no puede ser rota, debe ser penetrada por manipulaciones profundas de una verdad subatómica que es más extraña que la ficción.

Su investigación puede comenzar en inocencia, pero conforme se aproxima a las cámaras del poder se impone la corrupción. La transición de científico a científico loco es tan sutil que bien puede cruzar hacia el lado tenebroso, incluso sin saberlo.

Allí, en un mundo de protones, electrones, piones, mesones, quarks y fuerzas astronómicas, hay energías secretas declaradas que ofrecen las claves hacia el universo. Más valiosas que todo el oro en la creación, ellas están delicadamente balanceadas en una estabilidad que sólo el Creador puede mantener, porque Él es “...quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder...” (He. 1:3).

Pero habiendo perdido acceso directo a Dios debido al pecaminoso colapso de la gran caída, el hombre busca reemplazar ese sentimiento perdido de poder y control en una indagación diligente del conocimiento secreto de la creación.

Esta es la historia del principio del hombre. En el relato sencillo de la serpiente y la mujer, el diablo ofrece el conocimiento secreto que siempre ha sido el centro de una búsqueda asidua por supremacía y control. Convenció a Eva de que la divinidad se alcanza por medio de la apertura de la mente. Le dijo que podría lograr esto fácilmente, si sólo comía del fruto prohibido del conocimiento, agregando: “...sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal” (Gn. 3:5).

En los años antes del diluvio, los “hijos de Dios” penetraron en el mundo físico y conspiraron con la humanidad para crear su propio reino autónomo. La principal motivación de la cultura que crearon era la búsqueda de ese conocimiento prohibido. Dios acabó sus planes con el gran diluvio.

Pero los destrozos de ese diluvio no extinguieron los deseos del hombre de asaltar las cámaras del cielo. La infame torre de Babel incorporó algo de la metodología ahora perdida de la metafísica. Mediante ella, tal parece que los hombres penetraron el propio cielo. Por extraño que pueda parecer, de acuerdo con el claro registro bíblico, Dios reconoció el potencial del hombre y las consecuencias de sus esfuerzos y tomó medidas para hacerle un alto al proyecto: “Y descendió Jehová para ver la ciudad y la torre que edificaban los hijos de los hombres. Y dijo Jehová: He aquí el pueblo es uno, y todoséstos tienen un solo lenguaje; y han comenzado la obra, y nada les hará desistir ahora de lo que han pensado hacer. Ahora, pues, descendamos, y confundamos allí su lengua, para que ninguno entienda el habla de su compañero” (Gn. 11:5-7).

Note que el Señor “descendió” para ver la obra ilícita que estaban llevando a cabo los hombres. Su movimiento indica que viajó a través de un sendero, el cual los hombres desean recorrer, pero no pueden. Han tratado de hacerlo, pero sus experimentos han convertido la realidad en un embrollo de aparentes contradicciones.

Vida, muerte y el enredo cuántico

Hay un estado inferior de existencia y otro superior. Incluso los científicos hablan de niveles dimensionales, o universos. Hay ciertas reglas en nuestro universo que lo sostienen. Aquí hay vida y muerte. Es fascinante cómo los postulados esotéricos de la física, contribuyen para que se entienda eso que el hombre común y corriente le deja al Todopoderoso.

En un nivel subatómico, conforme uno se aproxima cerca a los hilos más finos en la estructura del universo, las reglas aceptadas de la realidad diaria comienzan a cambiar. De manera extraña e inexplicable se empiezan a notar las cosas. Luego, conforme el cuadro se magnifica, comienzan a percibirse con la vista, convirtiéndose en la regla. La realidad objetiva que se da por sentado en el macrocosmos de nuestra vida diaria, desaparece en el microcosmo de la mecánica cuántica.

En el inconcebible mundo diminuto del estado cuántico, no se puede observar nada directamente. El sentido común se convierte en necedad. El material de la vida y la creación lucen como si fueran pelotas rebotando una contra otra sobre una mesa de billar, más y más como un resplandor energético. En este resplandor debe haber forma, pero nadie sabe qué es. El siguiente relato ilustra el problema que enfrentan los físicos.

En su libro Más allá de Einstein, el eminente físico Michio Kaku escribe: «Las nociones introducidas por la mecánica cuántica son tan originales que Erwin Schrödinger concibió en 1935 un ‘experimento inteligente’ que capturó su aparente ridiculez.

El experimento del gato de Schrödinger o paradoja de Schrödinger es un ensayo imaginario, diseñado por Erwin Schrödinger para exponer uno de los aspectos más extraños, a priori, de la mecánica cuántica. Supongamos un sistema formado por una caja cerrada y opaca que contiene un gato, una botella de gas venenoso, una partícula radiactiva con un 50% de probabilidades de desintegrarse y un dispositivo tal, que si la partícula se desintegra, se rompe la botella y el gato muere. Al depender todo el sistema del estado final de un átomo único que actúa según la mecánica cuántica, tanto la partícula como el gato forman parte de un sistema sometido a las leyes de la mecánica cuántica.

Siguiendo la interpretación de Schrödinger, mientras no abramos la caja, el gato está en un estado tal, que está vivo y muerto a la vez. En el momento en que abramos la caja, la sola acción de observar al gato modifica su estado, haciendo que pase a estar solamente vivo o solamente muerto. Esto se debe a una propiedad física llamada superposición».

Recuerde, así como es imposible observar las partículas cuánticas, es imposible echarle una ojeada al gato sin arruinar el experimento. En el mundo delicado de la mecánica cuántica, el acto de medir u observar establece el estado de la energía. El abrir la caja determinaría si el gato está vivo o está muerto. El observador no puede separar sus propias acciones de la realidad del mundo diminuto que está observando.

Es como si algo existiera sólo cuando no lo observamos directamente. Cuando apartamos la mirada, está allí; cuando le echamos una ojeada, se ha ido. Sólo podemos captarlo con el rabo del ojo. Pero los físicos se sienten motivados a observar e identificar estas fuerzas espectrales, porque le prometen poder a aquel que es capaz de manipularlas.

Einstein, entre otros, desaprobó las calculaciones cuánticas por considerarlas una violación de lo que nosotros entendemos como realidad objetiva. Es que hay como una especie de fuerza cuántica que lo sostiene todo, una fuerza que impregna este universo. Nadie puede definirla, pero la ciencia observa sus efectos. Sin embargo, la Biblia sí tiene una respuesta, ya que declara que esa fuerza que mantiene coherente el universo es el Señor Jesucristo: “...el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder...” (He. 1:2b, 3a).

De manera extraña, estos efectos interfieren con el comportamiento del hombre y de todas las cosas vivas. Tal parece que hay un punto en el cual la vida y el material de la creación se convierten en uno y la misma cosa. Las religiones místicas han operado por siglos sobre esta premisa, pero nunca han llegado al conocimiento de la verdad.

La parapsicología y el subespacio

En la década de 1960, las ideas de los científicos comenzaron a penetrar la ciencia occidental. Un ejemplo de esto tuvo lugar cuando el doctor Joseph Banks Rhine de la Universidad Duke, fue pionero del estudio que llegó a ser conocido como «parapsicología». Antiguamente esta rama de estudio se le llamaba «investigación psíquica». Se relacionaba con la telepatía, clarividencia y supervivencia de la vida después de la muerte.

En una serie de famosos experimentos, personas en el laboratorio trataban de discernir a través de imágenes mentales, los símbolos de un grupo de cartas que iban siendo volteadas por otra persona. El doctor Rhine postuló que existe una especie de canal subyacente de comunicación, legalizando así la clarividencia en una hipótesis que sugiere una conexión mental con el mundo exterior, la capacidad para percibir o visualizar objetos y acontecimientos situados fuera del alcance de la visión normal. La clarividencia es una forma de percepción extrasensorial que permite obtener información al margen de los sentidos. Tales experimentos continuaron en un nivel masivo.

Hoy se han expandido, convirtiéndose en una práctica conocida como «visión remota», en la cual el clarividente es elevado al nivel tecnológico. Se asegura que algunos gobiernos cuentan con “observadores” entrenados para ver los secretos del enemigo a distancia, visualizando una escena desde lejos. Lo físico y la física se encuentran en un campo de batalla.

El 2 de febrero de 1966, tuvo lugar otro evento famoso, cuando el experto Cleve Backster que trabajaba para la policía metropolitana de Nueva York, realizó los primeros experimentos con plantas, utilizando un polígrafo, un detector de mentiras, para comprobar si las plantas mostraban alguna respuesta al estímulo externo. Fue así como les colocó sensores en las hojas y se dispuso entonces a aplicar un fósforo en la planta, para ver qué sucedía. En ese preciso instante, la aguja del polígrafo se puso a girar de un lado a otro, como alocada, tal parecía como si la planta hubiera adivinado la intención de Backster, exhibiendo una respuesta galvánica que medía grandes cantidades de conductividad eléctrica. Cuando retiró el fósforo la aguja del polígrafo volvió al estado normal.

De manera asombrosa, Backster descubrió que cuando una planta se veía amenazada, la que estaba a su lado y que tenía los sensores en las hojas, reaccionaba exactamente lo mismo. Era como si en cierta forma se comunicaran. Él automatizó estos experimentos, permitiendo que las plantas se vieran amenazadas en forma mecánica y sin la presencia de ningún ser humano; y las plantas reaccionaron en la misma forma. Las fue separando poco a poco y la reacción fue siempre la misma. Pero... ¿Hasta qué nivel eran capaces de comunicarse? Las plantas no tienen cerebro o sistema nervioso, sólo están vivas, pero entonces... ¿Qué es lo que pueden definir? Backster especuló que tal vez existe una “fuerza” o conexión hasta cierto nivel, desconocido para la ciencia.

Teóricamente, no hay límite con respecto a la distancia hasta la cual las plantas y verdaderamente todas las cosas vivas, pueden comunicarse. La imaginación se ha convertido en realidad. Esto hace que algunos científicos recuerden a los intrépidos aventureros de la serie Viaje a las estrellas. Así como el capitán Kirk, Spock y Scotty se comunicaban instantáneamente a través de lo que ellos llaman “subespacio”, los científicos de hoy hablan rutinariamente de efectos que están acoplados a pesar de las distancias increíbles. Algo que opera a un nivel inferior al umbral de la visibilidad.

Los experimentos de Backster han aumentando, convirtiéndose en investigación que recibe fondos de los diferentes gobiernos. La ciencia ahora está convencida que algo ocurre a un nivel tan sutil, que hace que sea imposible la observación directa. Es así como los parapsicólogos se ven confrontados con el mismo problema de los físicos cuánticos. Los investigadores en ambos campos pueden “ver” que está ocurriendo algo sólo indirectamente. No pueden echar una ojeada dentro de la caja.

El gato tiene muchas vidas

Y ahora viene un nuevo descubrimiento, publicado recientemente por el Instituto Nacional de Ciencia y Tecnología, el 30 de noviembre de 2005, y decía: «Boulder, Colorado. Científicos del Departamento Comercial del Instituto Nacional de Estándar y Tecnología, anunciaron que los físicos del instituto hicieron girar seis átomos en direcciones opuestas al mismo tiempo, en un estado superpuesto conocido como ‘el gato de Schrödinger’, que obedece leyes inusuales de la física cuántica. La ambiciosa coreografía podría ser utilizada en computación cuántica y criptografía, así como en técnicas ultrasensibles de medidas, que dependen del control exquisito de las partículas más pequeñas de la naturaleza».

Note que en este experimento, los seis átomos giraron al unísono en dos direcciones opuestas, ¡en el mismo momento! En nuestro mundo monótono de la existencia diaria, esto es completamente imposible. Pero lo que sigue ya casi forma parte del mundo de lo absurdo: «Los científicos entrelazaron seis iones de berilio, de átomos cargados, de modo que sus núcleos giraron colectivamente a la derecha y a la izquierda al mismo tiempo. El entrelazamiento, que Albert Einstein llamó ‘acción fantasma a distancia’, ocurre cuando las características cuánticas de dos o más partículas se correlacionan».

En el experimento, a uno de los seis átomos se le disparó un haz de luz ultravioleta láser, haciendo que causara su velocidad a una dirección conocida. Los otros enredados con él, cambiaron también su dirección. El científico Dietrich Leibfried del Instituto Nacional de Ciencia y Tecnología dijo: «Durante este proceso todos los iones hablaron el uno con el otro al mismo tiempo, como en una conferencia».

Este efecto fue demostrado primero en la Universidad de París en 1982, cuando el físico Alain Aspect realizó un experimento cuántico que impulsó la observación de que es posible la comunicación a cualquier distancia. La ciencia ahora dice que el pasado, presente y futuro, todo existe al mismo tiempo, y que cada punto en el espacio tridimensional está igualmente distante de cada otro punto. El tiempo y el espacio están entrelazados como un todo.

Y aquí está la línea final: Teóricamente, no hay límite para la distancia en la cual se pueden comunicar átomos separados. Los átomos enredados al nivel cuántico pueden encontrarse en lados opuestos de la galaxia y todavía seguir reaccionando uno con el otro en el mismo instante.

Es así como a un nivel profundo, existe una conexión universal entre todas las cosas. El conocimiento secreto que persigue la ciencia es virtualmente indistinguible de la metafísica: la investigación del conocer, ser, causa, identidad, tiempo y espacio.

Este entonces, puede ser el conocimiento secreto que la serpiente le prometió a Eva. Le dijo que ella y Adán podían ser como dioses, conociendo no sólo las glorias de Dios en el cielo, sino asimismo el “lado tenebroso”, el bien y el mal.

La Biblia y la realidad final

A este punto, para no caer en el remolino de la confusión secular, debemos retornar a la certeza y confianza de la verdad bíblica. ¿Cómo ve la Biblia el tema de la realidad objetiva, contra el conocimiento aparente de que todo lo que vemos es simplemente ilusión?

Primero, traza una distinción clara entre tiempo y eternidad. Vivimos “atrapados” en el tiempo, siempre enfrentados con el hecho de nuestra propia ignorancia. En términos de posición, estamos limitados por las barreras de tiempo y espacio. Inquirir acerca de Dios necesariamente resulta en una serie de paradojas.

Nos preguntamos cómo es posible que Dios pueda estar presente al mismo tiempo en todas partes, ser omnipresente. Muy bien podríamos preguntarnos cómo es que puede saberlo todo, cómo es omnisciente. También podríamos preguntar cómo puede alterar la condición de tiempo y espacio, al ser omnipotente. Su propia acción demuestra su dominio. Él creó nuestro universo y lo mantiene.

Él es esa fuerza indefinible... ése que le da sentido a todo lo que es. Caminamos en un mundo de paradojas, en donde las verdades espirituales más profundas a menudo desafían la intuición. Nos vemos desconcertados y perplejos por ambigüedades y contradicciones aparentes. Pero eso es sólo debido a nuestra posición... muy, pero muy inferior a la de Dios. Nosotros estamos abajo, él está arriba: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Is. 55:8, 9).

Es un hecho que los atributos de Dios son superiores a los de los hombres, infinitamente superiores. Sus pensamientos y sus formas son superiores. En otras palabras, tanto su intelecto como su situación son superiores. Su lugar es superior.

Pero... ¿En qué son los pensamientos del hombre inferiores a los de Dios? Claro está, nosotros no poseemos su intelecto. Tampoco operamos desde una posición de poder, con acceso a cualquier lugar. Pero lo más importante: estamos restringidos a una dimensión inferior. Esto puede verse fácilmente en un ejercicio simple de la imaginación.

A menudo usamos la frase «los cielos arriba». Pero cuando lo hacemos, no nos estamos refiriendo a una dirección, como cuando decimos «arriba en la colina» o «abajo en el valle», sino que más bien estamos hablando de un movimiento ascendente en estado, posición o dimensión. La eternidad está en todas partes, no importa hacia cuál dirección señalemos. Es el eterno «aquí y ahora».

Si el «cielo arriba» fuera direccional, un hombre en Estados Unidos podría señalar hacia un amigo, mientras indica en la dirección general de la estrella Polar, la estrella norte. Un hombre en Australia que le hable a su amigo del cielo, podría señalar en dirección a la Cruz del Norte. Claro está, ellos estarían señalando en direcciones opuestas. Alguien con un entendimiento simplista del significado de «arriba», desestimaría la entera idea de que el cielo realmente existe. Después de todo, incluso cristianos en dos hemisferios diferentes no pueden coincidir respecto a su lugar. Por consiguiente, su propia existencia debe ser una pregunta.

Tras escuchar estas contradicciones aparentes, el cínico sonreiría con astucia y burla ante la ingenua noción del cielo, y la ignorancia de esos que creen en él. Pero con la comprensión apropiada de la dimensionalidad, entendemos que tanto el norteamericano como el australiano están correctos cuando señalan hacia arriba. El cielo está arriba, en una dimensión superior, en donde los “pensamientos” y “caminos” de Dios, ambos se encuentran por encima de todos los parámetros de nuestro universo.

La frase «sus caminos» proviene de una traducción de la palabra hebrea derek, que significa «sendero, carretera o camino». En otras palabras, el estado en el cual camina Dios está por encima del estado en el cual caminamos nosotros. De hecho, en nuestro presente estado físico, no podemos desplazarnos allí, porque somos por definición una creación inferior.

Transcendencia, translación, transformación

Esta condición se encuentra hermosamente ilustrada en la breve narrativa de la Biblia, acerca de la vida de Enoc.  Este hombre justo nos ofrece una excepción asombrosa a la forma de caminar humana: “Vivió Jared ciento sesenta y dos años, y engendró a Enoc.  Y vivió Jared, después que engendró a Enoc, ochocientos años, y engendró hijos e hijas.  Y fueron todos los días de Jared novecientos sesenta y dos años; y murió.  Vivió Enoc sesenta y cinco años, y engendró a Matusalén.  Y caminó Enoc con Dios, después que engendró a Matusalén, trescientos años, y engendró hijos e hijas.  Y fueron todos los días de Enoc trescientos sesenta y cinco años.  Caminó, pues, Enoc con Dios, y desapareció, porque le llevó Dios” (Gn. 5:18-24).

Enoc, el hijo de Jared era del piadoso linaje de Set.  El nombre Enoc se origina de la raíz hebrea que significa «entrenado o educado».  Se cree unánimemente que tal como dice la Biblia fue trasladado directamente al cielo.  En el momento de su desaparición, fue elevado a la dimensión superior, la de Dios.

Si nos hubiéramos encontrado cerca de él en ese momento, lo habríamos visto desaparecer en el mismo instante en que parpadeamos, porque simplemente desapareció.  Fue elevado al nivel de Dios... “se fue” al lugar en donde camina Dios y fue así porque caminaba muy estrechamente con Dios, es decir, tenía un compañerismo íntimo con él.

Las explicaciones históricas de la experiencia de Enoc usualmente declaran que fue transformado, cambiado de alguna forma para ser compatible con la dimensión superior que llamamos «cielo».  Pero... ¿Fue este realmente su caso?  ¿No pudo ser posible que simplemente se le permitió acceso a la dimensión de la eternidad, sin tener que pasar por transformación alguna?  Hay buena razón para hacer esta pregunta, ya que tal parece que hay otras evidencias en la Escritura que sugieren la posibilidad de que un ser humano común y corriente pueda entrar en el cielo.

Desde que tuviera lugar la resurrección de Señor Jesucristo en un cuerpo transformado y glorificado, los fieles anhelan pasar por la experiencia de la glorificación.  Enoc simplemente caminó con Dios.  Por su parte, la iglesia de Cristo experimentará una transformación súbita.  La promesa que le hiciera Jesús a los fieles no fue que esperaran algo similar a lo que le ocurrió a Enoc, porque eso fue algo único.  Pero se nos da este ejemplo para explicar la dimensionalidad.

Es por eso que desde su día hasta el nuestro, los fieles han vivido con la promesa de que un día ascenderán al lugar en donde Dios mora eternamente.  El único prerrequisito es ser justo ante los ojos de Dios, de haber recibido la justicia que nos imputa el Señor Jesucristo cuando creemos en él y lo recibimos como Señor y salvador.

El carro y la nube

Pero tal parece que hay otra causa bíblica para que uno sea llevado al cielo.  Elías, por ejemplo, fue comisionado para un trabajo especial.  Fue destinado a ser más que un profeta en la era de su nacimiento.  Era también como una especie de faro del designio de Dios, durante la era de Cristo.  Y no sólo eso, ¡sino que su trabajo continuará en el futuro!

Su llamado tuvo lugar durante el reinado del perverso rey Acab.  Ese llamado se extiende a lo largo de las edades hasta la transfiguración, cuando él y Moisés se aparecieron en la cima del monte junto a Jesús, Pedro, Jacobo y Juan.

Y tal como creen los estudiosos de las profecías se extiende aún más hasta el futuro, cuando vendrá como uno de los dos testigos que se opondrá al Anticristo, tal como hizo en el pasado contra Acab y Jezabel.  El profeta Elías se convirtió en  una profecía recordada por los judíos en cada conmemoración de la cena del Cordero Pascual, cuando ellos colocan un lugar para él en la mesa, esperando su venida.

Como Enoc, Elías fue elevado al cielo, pero en su caso, la Biblia nos ofrece algunos breves detalles sobre su traslado.  Un carro de fuego lo arrebató al cielo, pero no se trataba de un simple carro, era un vehículo celestial capaz de desplazarse transdimensionalmente.  Cuando desapareció no se le vio más: “Y aconteció que yendo ellos y hablando, he aquí un carro de fuego con caballos de fuego apartó a los dos; y Elías subió al cielo en un torbellino.  Viéndolo Eliseo, clamaba: ¡Padre mío, padre mío, carro de Israel y su gente de a caballo! Y nunca más le vio; y tomando sus vestidos, los rompió en dos partes.  Alzó luego el manto de Elías que se le había caído, y volvió, y se paró a la orilla del Jordán” (2 R. 2:11-13).

En un segundo, Elías estaba visible para Eliseo, en el siguiente había desparecido.  Aunque fue al cielo, su trabajo real como profeta de Dios todavía no ha concluido, porque un día retornará a su pueblo como un ser físico.  No hay indicación de que fuera transformado en el momento en que fue llevado a bordo de un carro celestial.  Mientras Eliseo era testigo de su partida, el poderoso vehículo trasladó a Elías al cielo.

De hecho, en la transfiguración, Jesús cambió ante los ojos de los discípulos, glorificado en un ser de luz, pero Moisés y Elías simplemente aparecieron.  No hay registro que indique que tenían cuerpos glorificados: “Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan su hermano, y los llevó aparte a un monte alto; y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz.  Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías, hablando con él” (Mt. 17:1-3).

Todo indica que Elías fue llevado al cielo físicamente, mientras permanecía como ser humano.  La profecía de que retornará a Israel en los últimos días, no sugiere que nacerá en un cuerpo nuevo en ese tiempo.  Tal vez simplemente lo harán descender cerca de Jerusalén en la misma forma como fuera llevado al cielo hace tantos años.

El punto es este: En Cristo, las sutilezas de la existencia interdimensional tienen forma, propósito e identidad; tienen personalidades y nombres.  El cielo es una realidad que tiene sentido, no un estado ambivalente de contradicciones aparentes.

La ascensión de nuestro Señor

Después de su resurrección, Jesús se reveló a sí mismo a sus seguidores y a muchos otros.  Durante el período de 40 días que siguió a su resurrección y de acuerdo con los registros que tenemos, todos le veían como un ser humano físico normal.  Pero entonces fue de regreso al cielo.  De manera interesante ascendió en una especie de vehículo celestial: “Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos.  Y estando ellos con los ojos puestos en el cielo, entre tanto que él se iba, he aquí se pusieron junto a ellos dos varones con vestiduras blancas, los cuales también les dijeron: Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo” (Hch. 1:9-11).

¿Por qué el Señor Jesucristo entró en una nube para regresar al cielo?  Él bien pudo haber pensado simplemente que se encontraba allí y de inmediato ser trasladado al cielo.  Es muy probable que deseara que su retorno al cielo, fuese por decirlo así, algo “oficial”.  Muchos lo observaron entrar en una nube, la cual no era una nube común y corriente.  Después de eso, es muy probable que los hermanos hubieran estado observando el cielo por horas, para ver si volvía a aparecer.  Dos ángeles llegaron para llamarles la atención y dejarles saber que debían regresar a su vida habitual, recordándoles que Él iba a regresar.

Ascendió al cielo en cuerpo

El apóstol Pablo relata su propia experiencia en viajes interdimensionales, y su descripción del evento subraya la dificultad de determinar la naturaleza exacta del fenómeno.  Estudiosos serios de la profecía creen que Pablo fue allí físicamente, a pesar de que dos veces aseguró que aunque la situación lo involucró personalmente, no estaba seguro si había experimentado el viaje en su cuerpo físico o en su espíritu: “Ciertamente no me conviene gloriarme; pero vendré a las visiones y a las revelaciones del Señor.  Conozco a un hombre en Cristo, que hace catorce años (si en el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe) fue arrebatado hasta el tercer cielo.  Y conozco al tal hombre (si en el cuerpo, o fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe), que fue arrebatado al paraíso, donde oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar.  De tal hombre me gloriaré; pero de mí mismo en nada me gloriaré, sino en mis debilidades” (2 Co. 12:1-5).

No obstante, parece completamente razonable si nos basamos en las comparaciones con los incidentes en las vidas de Enoc, Elías y Jesús, quienes viajaron en el cuerpo.  Pero note que Pablo dice que “fue arrebatado”.  Citó el mismo término que empleó para describir lo que se conoce como «el rapto».  Tanto aquí como en los pasajes del rapto, la palabra de Pablo sugiere un movimiento rápido hacia arriba.  Pero esto sólo es una sugerencia, ya que hemos dejado claro que no se trata del término que implica «dirección», sino «dimensión».

En el cielo, Pablo se enteró de muchas cosas que le fue prohibido repetir cuando regresó a la tierra.  A no dudar, mucho de lo que oyó debe ser el conocimiento que usó la serpiente para engañar a la mujer.  En su estado presente, al hombre pecador simplemente no le está permitido conocer los secretos de este universo, mucho menos esos del cielo.

“Sube acá”

Y luego está la experiencia de Juan, quien entró al cielo a través de una “puerta”.  Pero esta no fue una experiencia normal de caminar y trasponer una puerta, sino que ascendió: “Después de esto miré, y he aquí una puerta abierta en el cielo; y la primera voz que oí, como de trompeta, hablando conmigo, dijo: Sube acá, y yo te mostraré las cosas que sucederán después de estas.  Y al instante yo estaba en el Espíritu; y he aquí, un trono establecido en el cielo, y en el trono, uno sentado” (Ap. 4:1, 2).

En esta instancia de viaje al cielo, tenemos la observación de Juan de que “al instante estaba en el Espíritu”.  Tenemos que permanecer ignorantes respecto a sentido preciso.  ¿Significa que Juan no fue en su cuerpo, o implica acaso que su cuerpo fue de alguna forma modificado para su permanencia temporal en el cielo?  No hay forma de saberlo.

Probablemente, si le hubiéramos hecho esta pregunta a Juan, habría respondido exactamente lo mismo: “Si en el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo, no lo sé”.  Pero si las narrativas de Enoc y Elías pueden ser generalizadas, Juan fue en su cuerpo.  Además, viajó en el futuro.  Como ya hemos mencionado en otros artículos, su perspectiva fue de un hombre que ya estaba en el futuro, observando cosas que le estaban ocurriendo en ese mismo momento.  Para él, los eventos del Apocalipsis eran realidades actuales, poderosas verdades presentes.

Antes de la fundación de la tierra

Cuando Jesús caminó en este mundo, trajo la inmensidad del tiempo y el espacio en la vida de un solo ser humano.  Además redujo la complejidad de la creación en una sola palabra: amor.  El amor es de hecho, el verdadero secreto de la creación, la poderosa fuerza que confunde la ciencia.  Ellos no pueden conocerlo, a menos que le conozcan a Él.

El amor fue manifestado desde los eones de la eternidad, antes de que hubiera raza humana.  Incluso entonces, Dios vio a la humanidad y al Hijo del Hombre, quien vendría a vivir entre esos que creó.  Más que un término descriptivo, el amor es la acción central por medio del cual el Padre eterno se manifiesta a sí mismo en esta dimensión.  Fue amor lo que Jesús recordó en su plegaria en el huerto: “Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado.  Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo” (Jn. 17:23, 24).

Su plegaria invoca el amor del Padre cuando habla del compañerismo perfecto de los santos.  Este proceso comenzó antes de que fuera colocada la fundación de la tierra, luego fue llevado en su conclusión en Adán, y será perfeccionado en Cristo, “el postrer Adán”.

Muchos han escrito acerca de la complejidad y de las contradicciones paradójicas de la predestinación, sin embargo ahora estamos siendo capaces de percibir borrosamente que Dios mora en el presente eterno.  Él permite que el hombre tome sus propias decisiones, pero puede ver anticipadamente cuáles serán las consecuencias de esas decisiones.  Para él esto es normal, para nosotros es paradójico.

“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado” (Ef. 1:3-6).

Él nos escogió, sin embargo somos nosotros quienes decidimos si lo seguimos a Él.  Esta decisión es un punto crucial  en la vida de cada redimido. Los salvos están en el umbral del cielo, en donde el presente eterno elimina todos nuestros conceptos preconcebidos acerca de la causa y efecto.

El plan de Dios para la redención se completó antes de que existieran Adán y Eva o pecaran en el Edén: “Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros, y mediante el cual creéis en Dios, quien le resucitó de los muertos y le ha dado gloria, para que vuestra fe y esperanza sean en Dios” (1 P. 1:18-21).

¿Cómo pudo el Creador anticipar esta necesidad para la redención humana?  Porque su amor (la fuerza creativa de nuestro universo) demandaba que diera la sangre limpiadora de su propio Hijo.  Él se comprometió a esta causa desde antes de la creación del mundo.

Sólo la fe y la comprensión bíblica del delicado sendero entre el cielo y la tierra, pueden darnos la aceptación pacífica de eso que de otra forma es inexplicable.  Las extrañas paradojas de la creación son reconciliadas pacíficamente en la persona de Jesucristo.  Él es la fuerza que sustenta y que sólo puede ser percibida en un acto de fe.  Él es el Verbo de la creación, es amor.

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