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William Tyndale

William Tyndale nació en 1494 cerca de la frontera con Cales y murió en 1536.  Se educó en Magdalen Hall donde descolló en el estudio del griego y el latín.  Con 21 años de edad a lo sumo, se graduó como maestro en Artes en la Universidad de Oxford. 

 Después estudió en Cambridge, en donde creció en el conocimiento de los idiomas y en otras artes liberales, especialmente en el conocimiento de las Escrituras.

En 1521 fue ordenado sacerdote católico.  En aquellos años cundía la agitación entre los católicos alemanes a causa de la labor de Martín Lutero.  Sin embargo, Inglaterra permaneció fiel al catolicismo hasta que el rey Enrique VIII rompió con Roma en 1534.
En la época de Tyndale, la educación no se impartía en inglés, sino en latín, el idioma de la iglesia y de la Biblia.  En 1546, el Concilio de Trento ratificó que la Vulgata Latina, la traducción oficial de la Iglesia Católica realizada por Jerónimo, era la única versión que debía utilizarse, pese a que sólo podía leerla la gente ilustrada.

Tyndale trabajó dos años en Gloucestershire como preceptor de los hijos pequeños de John Walsh.  A este hogar acudían muchas veces abades, doctores y hombres de negocios.  Sentados en la misma mesa, Tyndale, conversaba con ellos de hombres eruditos, como Lutero y Erasmo, y también de otras cuestiones acerca de las Escrituras.

     Viendo la ignorancia tanto del clero como de los laicos, Tyndale se convenció que era imposible que los laicos aprendieran alguna verdad, sin tener una Biblia en su lengua materna.  En 1523, dejó a los Walsh y se marchó a Londres.  Aspiraba que Cuthbert Tunstall, obispo de Londres, le otorgara el permiso para realizar su versión de la Biblia.

     Era imprescindible la autorización, ya que los estatutos de un sínodo celebrado en esa ciudad en 1408, prohibían la traducción y lectura de la Biblia en lengua vernácula, excepto con un permiso episcopal.  Por atreverse a contravenir esta prohibición, gran número de lolardos acabaron en la hoguera inculpados de herejía.  Ellos leían y distribuían la Biblia de John Wiclef, una versión inglesa de la Vulgata.  Tyndale creía que era tiempo de traducir la Biblia del griego y de hacer una versión nueva en su propio idioma.

     El obispo Tunstall era un docto que había hecho mucho en apoyo de Erasmo.  Para demostrar su propia competencia, Tyndale tradujo uno de los discursos de Isócrates, un texto griego bastante complejo, en un esfuerzo por obtener la aprobación de Tunstall.  Abrigaba la esperanza de granjearse su amistad y de que aceptara su propuesta de traducir las Escrituras.  Pese a que llevaba consigo una carta de presentación, Tunstall se negó a recibirlo.  Tyndale, solicitó una entrevista por escrito recibiendo nuevamente una negativa.

     La labor reformadora de Lutero en la Europa continental había suscitado gran inquietud en la Iglesia Católica, con lógicas repercusiones en Inglaterra.  En 1521, el rey Enrique VIII publicó un enérgico tratado en el que defendía al Papa y arremetía contra Lutero.  Agradecido, el pontífice le concedió el título de «Defensor de la Fe».  Por su parte, el cardenal Wolsey, a las órdenes del monarca, se entregaba con fervor a destruir las obras luteranas que habían entrado de contrabando.  Como obispo católico fiel al Papa, al rey y a su cardenal, Tunstall se sentía obligado a suprimir a todo el que simpatizara con el rebelde Lutero, y Tyndale se encontraba entre los más sospechosos.

     Durante su estancia en casa de la familia Walsh, Tyndale había criticado sin reparo alguno la ignorancia y el fanatismo de los eclesiásticos de la zona.  Entre ellos figuraba John Stokesley, quien conocía a Tyndale desde Oxford, y acabó sucediendo a Cuthbert Tunstall en el obispado londinense.

     La oposición a Tyndale se hizo más patente por el careo que sostuvo con un alto jerarca eclesiástico, quien dijo: «Mejor nos iría sin la ley de Dios que sin la del Papa».  A lo que Tyndale respondió: «Desafío al Papa y todas sus leyes.  Si Dios me hace la merced de seguir vivo, de aquí a no muchos años lograré que el muchacho que guía el arado sepa más de la Escritura que usted».

     Tras este incidente, Tyndale tuvo que comparecer ante el administrador de la diócesis de Worcester por falsas acusaciones de herejía.  Después de haber sido tratado como a un perro, tuvieron que dejarlo en libertad, porque no hubo pruebas suficientes para inculparlo de herejía.

     Luego de pasar un año en Londres, Tyndale se convenció que ningún impresor de Inglaterra iba a atreverse a publicar una Biblia en inglés.  Fue así como en 1524 cruzó el Canal de la Mancha para nunca volver.

     Cargado con sus valiosos libros, se asiló en Alemania.  Disponía de diez libras que le diera su amigo Humphrey Monmouth, un comerciante londinense muy influyente.  Monmouth acabó detenido por ayudarlo y por sus supuestas simpatías hacia Lutero.  Fue interrogado y recluido en la Torre de Londres, siendo finalmente liberado después de suplicar el indulto al cardenal Wolsey.

Se desconoce en qué lugar exacto de Alemania estuvo Tyndale.  Algunos dicen que fue en Hamburgo, en donde tal vez pasó un año.  Se ignora si pudo reunirse con Lutero, pero algo sí es indiscutible: Tyndale se entregó por entero a traducir las Escrituras Griegas, confiándole la labor de su impresión a su amigo Peter Quentell de Colonia.

     Todo fue por buen camino hasta que un enemigo suyo, John Dobneck, conocido por el nombre de Cochlaeus, averiguó lo que sucedía.  Cochlaeus de inmediato le comunicó su hallazgo a un amigo íntimo de Enrique VIII, quien enseguida hizo gestiones para que se prohibiera la impresión que realizaba Quentell de la versión de Tyndale.

     Tyndale y su ayudante, William Roye, escaparon para salvar la vida, llevándose consigo las páginas impresas del evangelio de Mateo.  Remontaron el Rin hasta llegar a Worms, donde finalizaron su trabajo.  Con el tiempo se publicaron seis mil ejemplares de la primera edición del Nuevo Testamento de Tyndale.

     Pese a todo, una cosa era traducir e imprimir el Nuevo Testamento y otra muy distinta introducirlo en Gran Bretaña.  Los agentes eclesiásticos y las autoridades civiles estaban decididos a impedir que se hicieran envíos a través del Canal de la Mancha.  La dificultad se superó gracias a comerciantes con buena disposición que ocultaron los volúmenes en fardos de telas y de otras mercancías, y los introdujeron de contrabando en las costas de Inglaterra, de donde se distribuyeron incluso hasta Escocia.  Tyndale cobró ánimo, pero la batalla no había hecho más que comenzar.

     El 11 de febrero de 1526, el cardenal Wolsey, acompañado de 36 obispos y otros prebostes de la iglesia, se reunieron cerca de la Catedral de San Pablo de Londres “para ver cómo se arrojaban canastos de libros al fuego”, entre ellos varios ejemplares de la valiosa traducción de Tyndale.  Hoy sólo quedan dos copias de la primera edición.  El único ejemplar completo carece de la portada y se encuentra en la Biblioteca Británica, y el otro, al que le faltan 71 páginas, fue descubierto en la Biblioteca de la Catedral de San Pablo, sin que nadie sepa cómo llegó allí.

     Sin amedrentarse, Tyndale hizo nuevas ediciones de su versión, que fueron sistemáticamente confiscadas y quemadas por el clero inglés.  Más tarde, Tunstall cambió de estrategia.  Hizo el trato de comprarle al comerciante Augustine Packington todos los libros de Tyndale, incluido el Nuevo Testamento, a fin de quemarlos.  Como Packington había llegado antes a un acuerdo con Tyndale, coordinó con éste la operación.  En su obra Chronicle, cierto autor explica, que «El obispo tuvo los libros; Packington, las gracias; y Tyndale el dinero, con el cual imprimió más Nuevos Testamentos que fueron distribuidos en Inglaterra».

     Pero... ¿A qué se debía la oposición del clero a la traducción de la Biblia de Tyndale?  A diferencia de la Vulgata que estaba rodeada de un halo de misterio, la versión traducida por Tyndale del texto original griego, trasmitía por primera vez el mensaje bíblico en un lenguaje accesible al pueblo inglés.  Él empleó la palabra «congregación», y no «iglesia», para destacar que se refería a los fieles, y no a los templos.  Sin embargo, lo que acabó con la paciencia clerical fue la sustitución de «sacerdote»por «anciano» y de «hacer penitencia» por «arrepentirse», lo que despojó al clero de su pretendida autoridad sacerdotal.

     David Daniell dijo en su obra Biografía de William Tyndale: «Allí no aparece el purgatorio; tampoco la confesión auricular y la penitencia.  Se habían derrumbado dos pilares de la riqueza y el poder de la iglesia».  Los eruditos modernos han confirmado la certeza de su elección al haber elegido estas palabras.

     Entre 1526 y 1528, Tyndale se trasladó a Amberes, donde se sentía a salvo entre los comerciantes ingleses.  Allí escribió La Parábola del malvado Mammón, La obediencia del cristiano y La práctica de los prelados.  Tyndale prosiguió con su labor de traductor, y fue el primero en utilizar el nombre de Dios, Jehová, en una versión al inglés de las Escrituras hebreas.

     Mientras Tyndale se mantuvo en casa de su amigo y benefactor Thomas Poyntz, en Amberes, estuvo a salvo de las intrigas de Wolsey y sus espías.  Durante ese tiempo adquirió renombre por cuidar de los enfermos y los indigentes.  Pero un inglés llamado Henry Phillips, quien con astucia logró ganarse su confianza, lo traicionó en 1535.  Fue llevado al Castillo de Vilvoorde a diez kilómetros al norte de Bruselas, donde vivió encarcelado 16 meses.

     No puede determinarse con certeza quién contrató a Phillips, pero todas las sospechas señalan al obispo Stokesley, quien en ese tiempo estaba muy ocupado quemando a “herejes” en Londres.  W. J. Heaton dice en su obra La Biblia de la Reforma, que en 1539 y ya en su lecho de muerte, Stokesley «se ufanó de haber quemado a cincuenta herejes».  Uno de ellos fue William Tyndale, quien fue estrangulado y luego quemado en público en octubre de 1536.

     La comisión que juzgó a Tyndale estaba integrada por tres teólogos de la universidad católica de la ciudad de Lovaina.  También estuvieron presentes tres canónigos lovanienses y tres obispos, además de otros dignatarios.  Tyndale, fue condenado por herejía y ejecutado cuando sólo tenía 42 años, con gran regocijo de los miembros del clero.

     William Tyndale siempre se destacó por su sinceridad e intrepidez.  En una carta que le escribiera a John Frith, colaborador suyo quien también acabó en la hoguera por obra de Stokesley, dijo: «Nunca he alterado ni una sílaba de la Palabra de Dios contra mi conciencia, ni lo haría hoy, aunque se me entregara todo lo que está en la Tierra, sea honra, placeres, o riquezas».

     Fue así como William Tyndale dio su vida por el privilegio de proporcionarle al pueblo inglés una Biblia fácil de entender.  Pagó un precio muy caro, pero dejó un regalo inapreciable.

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