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¿Dónde está la verdadera felicidad?

     Puedo decir sin temor a equivocarme, que lo que más buscan los hombres es la felicidad.  Nadie quiere darse por vencido, porque todos piensan que los otros, las generaciones anteriores no eran lo suficientemente sabias para hallarla, y por eso no la han encontrado. 

Pero uno piensa íntimamente, yo sí, yo la encontraré.  Yo seré feliz.

 Luego resulta que justamente cuando uno casi como que la encuentra o la tiene al alcance, repentinamente le viene la muerte.

Salomón era un hombre muy sabio y muy especial.  No creo que haya existido otro hombre parecido a él.  Hay algo que parece claro al leer, especialmente el libro de Eclesiastés, y es que por lo visto Dios le había permitido actuar movido por sus propios antojos, tratando de ser feliz, echando mano de lo legítimo y lo ilegítimo, sin que Dios tomara medida alguna al respecto, y Salomón lo sabía.
Entonces Salomón probó de todo, y luego escribió para que ningún otro hombre luego pretenda buscar esa tan anhelada felicidad por caminos equivocados.
Creo que los que más deberían de leer y estudiar los escritos de Salomón son los jóvenes.  Y puedo asegurar que la inversión del tiempo que requiera la lectura de Proverbios y Eclesiastés, vale la pena.

¿Quién era Salomón?

•  Salomón era uno de los hijos del rey David.
•  Salomón vivió más de novecientos años a.C.
•  Salomón sucedió a David en el trono de Israel.
•  Salomón era temeroso de Dios.
•  Tenía un gobierno de paz.
•  Gobernó durante cuarenta años y…
•  Durante todo su tiempo hubo paz, no solamente en Israel, pero prácticamente en todo el mundo de entonces, ya que virtualmente todos los reyes de la tierra estaban en paz con Israel.

El nombre Salomón significa «pacífico», y él reinó en los años 971 al 931.  Era el tercer rey en Israel después de Saúl y David.

La Biblia habla de un reinado futuro de paz, en donde el mundo durante mil años tendrá un periodo maravilloso.  Se llama «milenio».  Esto será cuando el Señor Jesús regrese con Su iglesia, y Satanás sea atado e impedido, de modo que, no podrá instigar a los hombres a hacer el mal.

El reinado de Salomón es la mejor muestra de ese «reino milenial», aunque dejaba mucho que desear, especialmente en sus últimos años, debido a sus muchas mujeres y su inclinación idolátrica.  Dios permitió, sin embargo, que durante sus cuarenta años de reinado, hubiese paz en Israel.

¿Escuchó alguna vez sobre la… «Decisión Salomónica»?  Para aquellos que saben poco de la Biblia, es extraño oír, a veces incluso en noticias seculares, de alguien que tuvo que tomar una«decisión Salomónica».  Vale la pena aclarar esto, porque esta decisión que tuvo lugar casi al comienzo de su reinado llegó a ser proverbial, y demostró la sabiduría que tenía este hombre.  De modo que, tanto los sabios como los no sabios de sus días entendieron perfectamente bien el caso.

Creo que esa «decisión Salomónica» o «juicio Salomónico», es uno de esos incidentes clásicos que siempre se repiten, y que en un cuadro muy sencillo revelan una gran sabiduría.  “En aquel tiempo vinieron al rey dos mujeres rameras, y se presentaron delante de él.  Y dijo una de ellas: ¡Ah, señor mío!  Yo y esta mujer morábamos en una misma casa, y yo di a luz estando con ella en la casa.  Aconteció al tercer día después de dar yo a luz, que ésta dio a luz también, y morábamos nosotras juntas; ninguno de fuera estaba en casa, sino nosotras dos en la casa.  Y una noche el hijo de esta mujer murió, porque ella se acostó sobre él.  Y se levantó a medianoche y tomó a mi hijo de junto a mí, estando yo tu sierva durmiendo, y lo puso a su lado, y puso al lado mío su hijo muerto.  Y cuando yo me levanté de madrugada para dar el pecho a mi hijo, he aquí que estaba muerto; pero lo observé por la mañana, y vi que no era mi hijo, el que yo había dado a luz.  Entonces la otra mujer dijo: No; mi hijo es el que vive, y tu hijo es el muerto.  Y la otra volvió a decir: No; tu hijo es el muerto, y mi hijo es el que vive. Así hablaban delante del rey.  El rey entonces dijo: Esta dice: Mi hijo es el que vive, y tu hijo es el muerto; y la otra dice: No, mas el tuyo es el muerto, y mi hijo es el que vive.  Y dijo el rey: Traedme una espada.  Y trajeron al rey una espada.  En seguida el rey dijo: Partid por medio al niño vivo, y dad la mitad a la una, y la otra mitad a la otra.  Entonces la mujer de quien era el hijo vivo, habló al rey (porque sus entrañas se le conmovieron por su hijo), y dijo: ¡Ah, señor mío! dad a ésta el niño vivo, y no lo matéis.  Mas la otra dijo: Ni a mí ni a ti; partidlo.  Entonces el rey respondió y dijo: Dad a aquélla el hijo vivo, y no lo matéis; ella es su madre.  Y todo Israel oyó aquel juicio que había dado el rey; y temieron al rey, porque vieron que había en él sabiduría de Dios para juzgar” (1 R. 3:16-28).

Es de imaginar este cuadro con dos mujeres madres de mal vivir, acostumbradas a mentir y a fingir, a hacer teatro de sufrimiento, de veracidad y de congoja con un niño vivo y otro muerto, de pie ante el rey Salomón.  Ambas parecían decir toda la verdad, pero era claro que una mentía, cómo saber cuál de ellas miente.  Salomón conocía el corazón de una madre, no importa el tipo de mujer que fuere.  Cuando el hijo es de ella, hará cualquier cosa por salvarlo.

Esta decisión fue en cierto modo... el “despegue” de Salomón en su carrera de hombre sabio.  Él simplemente dijo: «Bueno, una dice el que vive es mío y el muerto es de ella, y la otra dice, ‘no, el que vive es mío y el muerto es el de ella’.  Ahora, traigan una espada, partamos por la mitad al que vive, y entonces cada una se llevará la mitad y estarán contentas».  Fue entonces cuando la verdadera madre dijo: «No, no lo partan, denle a ella, pero no lo maten».  Entonces Salomón dijo: «Tú eres la madre».

Otro gran acontecimiento en la vida de Salomón lo tenemos en 2 Crónicas 6 y 7, la dedicación del gran templo en Jerusalén, y por supuesto, la oración de dedicación de Salomón.  En respuesta, Dios le dijo a Salomón lo siguiente: “Terminó, pues, Salomón la casa de Jehová, y la casa del rey; y todo lo que Salomón se propuso hacer en la casa de Jehová, y en su propia casa, fue prosperado.  Y apareció Jehová a Salomón de noche, y le dijo: Yo he oído tu oración, y he elegido para mí este lugar por casa de sacrificio.  Si yo cerrare los cielos para que no haya lluvia, y si mandare a la langosta que consuma la tierra, o si enviare pestilencia a mi pueblo; si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra” (2 Cr. 7:11-14).  Esta reunión, la bendición del templo, la oración de Salomón y la tan clara y elocuente respuesta de Dios, fue otro ingrediente de la singular carrera de Salomón.

Mi convicción, es que Salomón tuvo una relación única con Dios, como ningún otro hombre de la Biblia, por lo menos en su primera etapa.  No estoy tratando de decir que Salomón era el más espiritual o el más fiel a Dios, solamente digo, que Dios le levantó para un propósito muy especial y tuvo una relación especial con él.

•   Dios le dio a un padre singular, David.
•   Dios también le encargó construir ese gran templo.
•   Dios, además le dio gran sabiduría y mucha riqueza.
•   Dios le dio gracia, de tal manera que en todos sus días tuviese paz.

Y finalmente, Dios le permitió vivir como quisiese, sin quitarle ninguna de esas bendiciones.  “Y Dios dio a Salomón sabiduría y prudencia muy grandes, y anchura de corazón como la arena que está a la orilla del mar.  Era mayor la sabiduría de Salomón que la de todos los orientales, y que toda la sabiduría de los egipcios.  Aun fue más sabio que todos los hombres, más que Etán ezraíta, y que Hemán, Calcol y Darda, hijos de Mahol; y fue conocido entre todas las naciones de alrededor.  Y compuso tres mil proverbios, y sus cantares fueron mil cinco.  También disertó sobre los árboles, desde el cedro del Líbano hasta el hisopo que nace en la pared. Asimismo disertó sobre los animales, sobre las aves, sobre los reptiles y sobre los peces.  Y para oír la sabiduría de Salomón venían de todos los pueblos y de todos los reyes de la tierra, adonde había llegado la fama de su sabiduría” (1 R. 4:29-34).  Note qué clase de persona era Salomón…

•   Compuso tres mil proverbios, esto es bastante.
•   Mil cinco cantares, algo así como partituras clásicas o canciones que se cantaban durante su reinado tal vez.
•   Él también era experto para hablar sobre los árboles, tal vez un experto botánico de primera línea, o incluso hacía cuentos de los árboles.  Comenzaba con árboles tan nobles, como los cedros de Líbano hasta los insignificantes arbustos.
•   También escribió sobre animales, probablemente fábulas, donde el autor hace hablar al animal, etc., lo mismo que las aves y los reptiles.

Ningún hombre fue dotado de tanta sabiduría como Salomón, según la Biblia.  Salomón es autor de los libros de Proverbios, Eclesiastés y Cantar de los cantares, en la Biblia.  Es justamente el libro de Eclesiastés, que puede traerle problemas a un cristiano, porque hay expresiones en este libro que parecen contradecir la fe del cristiano, su esperanza eterna y como fin, el mismo cielo.

Veamos algunos de esos pasajes que parecen contradictorios, digo «parecen», pero yo no ofreceré la respuesta a los planteamientos de Salomón, sino hasta cuando lleguemos al final del próximo artículo.  Por ejemplo el que sigue: “Porque lo que sucede a los hijos de los hombres, y lo que sucede a las bestias, un mismo suceso es: como mueren los unos, así mueren los otros, y una misma respiración tienen todos; ni tiene más el hombre que la bestia; porque todo es vanidad.  Todo va a un mismo lugar; todo es hecho del polvo, y todo volverá al mismo polvo.  ¿Quién sabe que el espíritu de los hijos de los hombres sube arriba, y que el espíritu del animal desciende abajo a la tierra?” (Ec. 3:19-21).  Un cristiano que no conoce muy bien su Biblia, bien puede escandalizarse al leer esto.  «¿Y esto también fue inspirado por Dios?», preguntará.

¿Cómo es posible que lo que sucede a los animales cuando mueren, lo mismo suceda también a los hombres?  ¿Acaso no es cierto que los animales mueren, y allí se acaba todo para ellos, pero que nosotros, los humanos, hemos de resucitar para permanecer por la eternidad, unos con Cristo en el cielo, y otros en el infierno?  Pero esto no es todo cuanto Salomón dice en este libro de Eclesiastés...

“Todo acontece de la misma manera a todos; un mismo suceso ocurre al justo y al impío; al bueno, al limpio y al no limpio; al que sacrifica, y al que no sacrifica; como al bueno, así al que peca; al que jura, como al que teme el juramento.  Este mal hay entre todo lo que se hace debajo del sol, que un mismo suceso acontece a todos, y también que el corazón de los hijos de los hombres está lleno de mal y de insensatez en su corazón durante su vida; y después de esto se van a los muertos” (Ec. 9:2, 3).  Esto es muy negativo, no ofrece ninguna esperanza para ningún hombre.  Parece decirnos que somos como animales, que no hay eternidad para nosotros, no hay cielo, ni infierno para los demás, es decir, los incrédulos.

•   ¿No creía Salomón en la inmortalidad del alma?
•   ¿No creía Salomón en la recompensa final y eterna para los justos e injustos, respectivamente?
•   ¿No veía Salomón la superioridad del hombre sobre el animal?
•   ¿Qué le pasó a nuestro querido Salomón cuando dijo todo esto?
•   ¿Son estas palabras inspiradas Divinamente como el resto de la Biblia?

Todas estas preguntas son muy serias.  Antes de escandalizarse, continuemos con nuestro estudio, hasta descubrir lo que estas aparentes “contradicciones bíblicas” realmente significan.

Si los hombres, especialmente los jóvenes leyeran con cuidado Eclesiastés 2, se evitarían muchos dolores de cabeza, al buscar la felicidad donde ésta no se encuentra.

Salomón no niega sus intentos, y nos dice exactamente en qué fue a parar.  Este hombre tuvo la ventaja enorme que ningún hombre más allá tuvo.  Él, además de ser el más sabio de todos los hombres de sus días, tuvo muchas riquezas.  Todos los siervos y siervas que él quería, todo el oro y la plata que quería, todos los lujos que ambicionaba.  Todos los placeres, las fiestas, los manjares y cuanto pudiera desear.  Pero él nos dice que esos lujos, abundancia, sabiduría, conocimientos, autoridad, admiración, popularidad, lujurias, placeres, salud, etc., no le hacen a uno feliz.

Debido a esto y para demostrarlo, él se hizo una lista de elementos a los que acudiría y trataría de probar de todo un poco, hasta ver dónde está escondida la felicidad.  Salomón enumera una por una las pruebas que él hizo, y nos dice que todo eso lo decepcionó, y que aunque Dios le dio permiso para que hiciera lo que quisiera, él salió perdiendo, y la felicidad no la encontró en ninguno de esos recursos.

“Propuse en mi corazón agasajar mi carne con vino, y que anduviese mi corazón en sabiduría, con retención de la necedad, hasta ver cuál fuese el bien de los hijos de los hombres, en el cual se ocuparan debajo del cielo todos los días de su vida” (Ec. 2:3).  Lo que nos está diciendo aquí es que él quería ser al mismo tiempo, bien tonto y hacer las tonterías más grandes, para buscar la felicidad por ese camino, y muy sabio sin perder nada de su gran sabiduría, por encima de todos los demás hombres, y lo logró.  Veremos cómo enumera él estas cosas:

“Engrandecí mis obras, edifiqué para mí casas…” (v. 4a).  Salomón dijo un día, «voy a levantar grandes barrios, casas lindas de todo tipo.  La ciudad crecerá, la gente podrá adquirir propiedades bien construidas.  Todo el mundo verá el progreso de las ciudades en todo el país, y admirarán mi benévolo y sabio gobierno».  Cuando él hizo una buena parte de esto, y como todavía no se sentía feliz por ello, agregó un detalle más a su campaña de construcción.  Comenzó a edificar casas para sí mismo.  Primero, para los demás, ahora para mí, más grandes y más pequeñas, todo tipo de modelos con todas las comodidades.

Usó del mejor cedro de Líbano.  Las cerraduras las hizo de oro, había en ellos mucho mármol y todo era maravilloso.  Allí estaban los mejores dibujantes, arquitectos y entendidos en construcción, a disposición entera de Salomón.

Todo estaba muy bien.  Los edificios lucían mejor de lo que él había imaginado o había soñado jamás.  Pero no había hallado la felicidad en esto.

¿Alguna vez se le ocurrió la idea de… «si tan solo yo pudiera tener una casa propia, cualquiera, y si ésta estuviera pagada, completamente mía y con mi título de propiedad en mi poder… esto me haría realmente feliz»?  Los muros, los cedros, la cerradura de oro, los cristales, el mármol y tantas otras cosas que embellecen una casa, a nadie jamás le han traído un gramo de felicidad.

Salomón lo probó, pero no logró ni un poquito de felicidad.  No intente estimado joven buscar la felicidad por este lado, porque no la encontrará, aunque fuera usted tan sabio como Salomón, no la va a encontrar.  Y le falta mucho para llegar a la mitad de Salomón.

Entonces Salomón recurrió a la segunda “teoría”, “…planté para mí viñas” (v. 4b).  Cuando Salomón terminó su plan de construcción, por lo menos una buena parte de lo que tenía en mente; decidió echar mano a la plantación de extensos viñedos.  Todo estaba bien hecho.  Por supuesto se plantaron las mejores vides, y se hizo todo de tal manera que éstas crecieron como “por encanto”.  Salomón miraba sus plantaciones y luego… al probar los primeros frutos, quedó encantado.

Todos sus príncipes admiraban la calidad de sus plantíos, la calidad de sus uvas, y luego el delicioso vino que se lograba de esas uvas.  Los más finos vinos franceses de hoy, jamás lo aceptaría alguien que haya probado alguna vez, un poco del vino Salomónico.

Después de admirar su industria vitivinícola y de compartir su satisfacción con sus amigos y miembros de su gabinete y su familia, Salomón descubrió algo muy extraño.  Todavía no le trajo felicidad tampoco éste.  “Me hice huertos y jardines, y planté en ellos árboles de todo fruto” (v. 5).  Dijo Salomón: «Parece que la felicidad está en el cultivo de las flores.  Tengo que hacer unos jardines jamás vistos, tendré flores de todo tipo, incluso flores que nadie conoce en todo mi país.  Y además de flores, mi huerto será grande.  Habrá también árboles ornamentales, pero eso no es todo, incluiré también árboles frutales».  De esta manera, uno podrá pasearse por lo jardines de Salomón y probar durazno directamente de un duraznero, una manzana del manzano, una ciruela de la planta.  O si prefiere habrá también plantaciones cítricas.  «Ahora sí que seré feliz, porque esto será algo no solamente hermoso, sino aromático, atractivo a la vista, y para la alimentación».

Salomón creía que la felicidad ahora estaba justamente al alcance de su mano, ya que contaba con gente muy bien preparada, que sabía cultivar la tierra, y sabía cómo cuidar luego sus jardines, y todo su huerto.  Si de cipreses se trataba, ellos sabían darle forma de aves, animales y hasta persona.  La manera de podar, recortar y limpiar era algo perfecto.  Pero, después de tener su huerto con todos los árboles que se le había ocurrido, Salomón no halló la felicidad y la verdadera razón de la vida.

Entonces pensó, tengo dinero suficiente y puedo darme el lujo para probar otras cosas.  Tal vez halle la felicidad en la combinación de varias cosas juntas.  “Me hice estanques de aguas, para regar de ellos el bosque donde crecían los árboles” (v. 6).  Ahora se le ocurrió a Salomón otra idea.  Él pensó, mis jardines y parques y todo cuanto se plantó, tanto flores como árboles; ya sean éstos ornamentales o frutales, no es completo.

Ahora debo inventar algo para la irrigación.  Llamó entonces a los expertos en este campo, les dijo que no se preocuparan por el costo, esto no era problema.  Les dijo que inventaran algo atractivo, original, novedoso y muy útil.  Les dijo que además fuese algo, altamente eficiente, algo que pruebe que es incomparable.  Es de imaginar el tipo de canales que estos ingenieros construyeron.  Una serie de cascadas aquí y allá, para hacerlo más atractivo, aguas que eran retenidas y aguas que hacían un sendero de zig zag, aguas limpias que corrían en abundancia por todas partes.

Cuando llegó el momento de inaugurar su sistema de irrigación, uno quedaba asombrado ante tanta belleza y tanta originalidad.  Pero sabe una cosa… Salomón muy pronto descubrió, que su cuarto proyecto tampoco le permitió alcanzar la tan anhelada felicidad.

Sin embargo, él no se dio por vencido.  Su meta era dedicar gran parte de su vida, su sabiduría, su dinero, su autoridad, su influencia; para alcanzar la felicidad.  Después de todo, sería un buen legado para las generaciones venideras.

Y la quinta… “Compré siervos y siervas, y tuve siervos nacidos en casa…” (v. 7a).  Después de tantos intentos, ahora Salomón pensó en los objetos y en las plantas… y dijo: «Aquí no se encuentra la felicidad, debo tratar con gente.  Compraré muchos siervos y los trataré muy bien, compraré parejas jóvenes, compraré también muchachas y muchachos solteros.  Compraré egipcios, libaneses, sirios, algunos africanos, los trataré tan distinguidamente, que ninguno de ellos querrá jamás abandonarme, preferirán estar conmigo.  Con el tiempo tendré siervos nacidos en mi casa, todos ellos tendrán los mejores beneficios sociales que jamás siervo alguno haya tenido.  Todos ellos disfrutarán de los días festivos, atención médica, jubilación adecuada, en fin, todo».

Un día Salomón comprobó que tenía todo esto que su alma había deseado, siervos felices, pero tampoco en la compra y la tenencia de los siervos, encontró felicidad.

Y sexto lugar, “…También tuve posesión grande de vacas y de ovejas, más que todos los que fueron antes de mí en Jerusalén” (v. 7b).  Por fin, Salomón pensó que seguramente la felicidad está en la ganadería.  No está en la agricultura, florería, joyería ni nada de eso, sino que debe estar en la ganadería, tener muchas vacas y muchas ovejas, tanto que no se puedan contar.  Pronto comenzó el proyecto para convertirse en gran ganadero.  No tardó mucho tiempo y los campos de Salomón estaban cubiertos de pieles de ovejas de la mejor lana y de la mejor carne de animales.  Allí estaban sus manadas de ovejas, allí estaban también todas esas vacas pastando.  Había rojas, blancas, negras, de todo.  Al principio Salomón llevaba la cuenta de las miles de cabezas de ganado que tenía, pero luego prefirió no hacerlo más.  Se multiplicaban increíblemente como la arena del mar.

Pero pronto Salomón descubrió que la felicidad no está en la ganadería tampoco.  ¿Dónde está la felicidad después de todo?  ¿Acaso no la buscamos nosotros?  ¿No es legítimo buscarla?

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