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¡Seamos intercesores!

Nos encontramos en momentos de la historia mundial cuando la confrontación entre las fuerzas del bien y del mal, entre la luz y las tinieblas, es más pronunciada que nunca.  A finales del 2017, el Instituto para la Economía y la Paz publicó su Índice Anual de Paz Global y concluyó con la siguiente declaración: “Nuestro planeta es un lugar cada vez más peligroso.  De los 195 países en el mundo, solo diez, que equivalen al 5%, están actualmente libres de conflicto”.

De acuerdo con sus factores para medir la carencia de paz global, el conflicto mundial ha ido aumentando progresivamente desde el año 2015 hasta la fecha.  Eso no debe sorprendernos.  Los capítulos 11 y 12 de Daniel describen las confrontaciones y conflictos que acompañarán el final de los tiempos.  En el evangelio de Mateo 24:4-13, leemos las mismas advertencias de parte del Señor Jesucristo, quien dijo: “Respondiendo Jesús, les dijo: Mirad que nadie os engañe.  Porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo; y a muchos engañarán.  Y oiréis de guerras y rumores de guerras; mirad que no os turbéis, porque es necesario que todo esto acontezca; pero aún no es el fin.  Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares. Y todo esto será principio de dolores.  Entonces os entregarán a tribulación, y os matarán, y seréis aborrecidos de todas las gentes por causa de mi nombre.  Muchos tropezarán entonces, y se entregarán unos a otros, y unos a otros se aborrecerán.  Y muchos falsos profetas se levantarán, y engañarán a muchos; y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará.   Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo” (Mateo 24:4–13).

Es claro que el Señor nos dice que todas esas cosas ocurrirán con mayor frecuencia e intensidad, a medida que el final de los tiempos se aproxima.  La batalla gira principalmente en torno a valores morales, individuos, familias y naciones, que deben escoger de qué lado de esta batalla cósmica se encontrarán.  Cada día nos vemos enfrentados con decisiones.  La forma cómo las respondemos, reflejarán en dónde yace nuestra fidelidad, ya sea de un lado o del otro.

Esta batalla espiritual es tan antigua como la humanidad misma. Un lado defiende los valores morales dados al mundo por el Dios de Abraham, Isaac y Jacob al pueblo de Israel, el que en el principio fue llamado para ser luz a las naciones y una bendición para la humanidad, y al que luego se le sumó la Iglesia en el primer siglo de nuestra era, para mostrarle al mundo la bendición y paz que resultan de seguir las instrucciones amorosas de Dios.  Aunque solo una mínima parte de los judíos siguen hoy al Mesías, no por eso han dejado de ser pueblo de Dios.

Mientras que por el otro lado, están todos esos que niegan la existencia del Creador y caminan contrario a sus estándares morales.  Sus adherentes no se preocupan por los pobres, abusan de los débiles y proclaman que su poder les otorga el derecho para hacer lo que ellos quieran.

Conforme el mundo se torna cada vez más caótico, ¿cómo debemos responder las personas de fe?  La Biblia, la Palabra Santa de Dios, tiene mucho que enseñarnos respecto a este antiguo conflicto cósmico. Muchos de nuestros personajes bíblicos favoritos se encontraron en esa misma batalla.  El rey David no era ignorante de la confrontación de las edades, y sus escritos en el libro de los Salmos contienen muchas enseñanzas para los judíos y cristianos sobre esta batalla.
El señor David Nekrutman, Director Ejecutivo del Centro para el Entendimiento y la Cooperación Judeo-Cristiana, enseña que si uno realmente quiere saber lo que el pueblo judío cree, debe estudiar su Sidur - el libro de oraciones judías.  Si lo hace se dará cuenta que sus plegarias son mayormente tomadas de los Salmos.  Eruditos cristianos también dicen que el Nuevo Testamento, contiene más de cien citas de los Salmos.  La importancia de esos bellos versículos para cada nueva generación es lo que los hace trascender el tiempo.

Un ejemplo es el Salmo 2. Veamos lo que podemos aprender sobre él y cómo lo podemos aplicar a nuestras vidas hoy día, especialmente a la luz de la creciente batalla entre el bien y el mal en este mundo. Tanto el Salmo 1 como el 2 comienzan su narrativa sin un título ni adjudicación de autoría, sin embargo,  Hechos 4:24-26 le atribuye textualmente su autoría a David.

Dice: “¿Por qué se amotinan las gentes, y los pueblos piensan cosas vanas? Se levantarán los reyes de la tierra, y príncipes consultarán unidos contra Jehová y contra su ungido, diciendo: Rompamos sus ligaduras, y echemos de nosotros sus cuerdas.  El que mora en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos.  Luego hablará a ellos en su furor, y los turbará con su ira.  Pero yo he puesto mi rey sobre Sion, mi santo monte.  Yo publicaré el decreto; Jehová me ha dicho: Mi hijo eres tú; Yo te engendré hoy.  Pídeme, y te daré por herencia las naciones, y como posesión tuya los confines de la tierra.  Los quebrantarás con vara de hierro; como vasija de alfarero los desmenuzarás. Ahora, pues, oh reyes, sed prudentes; admitid amonestación, jueces de la tierra.  Servid a Jehová con temor, y alegraos con temblor.  Honrad al Hijo, para que no se enoje, y perezcáis en el camino; pues se inflama de pronto su ira.  Bienaventurados todos los que en él confían” (Salmo 2).

¿Pero implica esto, que el compilador de los salmos entendió que este era un salmo sobre David?  El rabino Pesaj Wollicki, Director Asociado del Centro para El Entendimiento y la Cooperación Judeo-Cristiana enseña, que cuando se omite algo que normalmente se encuentra en el texto bíblico, debemos preguntarnos cuál fue la razón para ello.  En este caso, Hechos 4:25-26 nos deja saber que este Salmo fue escrito por David, asimismo concuerdan en que el Salmo 2 es Mesiánico - que se refiere al Mesías.

Podemos encontrar referencias a él en cuatro lugares del Nuevo Testamento, y dicen:

          “Que por boca de David tu siervo dijiste: ¿Por qué se amotinan las gentes, y los pueblos piensan cosas vanas?” (Hechos 4.25).

          “La cual Dios ha cumplido a los hijos de ellos, a nosotros, resucitando a Jesús; como está escrito también en el salmo segundo: Mi hijo eres tú, yo te he engendrado hoy” (Hechos 13:33).

          “Porque ¿a cuál de los ángeles dijo Dios jamás: Mi Hijo eres tú, Yo te he engendrado hoy, y otra vez: Yo seré a él Padre, y él me será a mí hijo?” (Hebreos 1:5).

          “Así tampoco Cristo se glorificó a sí mismo haciéndose sumo sacerdote, sino el que le dijo: Tú eres mi Hijo, Yo te he engendrado hoy” (Hebreos 5:5).

Aunque los versículos que hemos citado pueden referirse a David, dejan ver que también aluden al Mesías.   Por ejemplo, cuando las naciones vecinas fueron dadas a David, eran solo un pequeño número que le servían.  Por eso podemos concluir que el Salmo 2, registrado por el rey David, tiene su pleno cumplimiento en el Mesías.

Las palabras de este Salmo son muy parecidas a lo que leemos y escuchamos en las noticias hoy en día.  Describen lo que hacen de continuo las Naciones Unidas, la Unión Europea y muchas otras organizaciones y naciones en contra de Israel.  El mundo entero manifiesta hoy un esfuerzo renovado por deslegitimar los derechos de Israel a existir, y una renuencia para no aceptar a su Dios, Su soberanía, y sobre un territorio que escogió como propio.

Además de las consideraciones físicas y políticas contra Israel, finalmente las naciones se sublevarán y tramarán juntos contra el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. Ya se oponen a Su gobierno sobre este mundo y los pueblos. Lo niegan como Creador no aceptan su autoridad ni sus mandamientos, aunque sean por su propio bien.  El versículo 3 describe su meta en común: “¡Rompamos Sus cadenas y echemos de nosotros sus cuerdas!”.

El contexto histórico del salmo es probablemente una referencia a los planes de los filisteos por anular su pacto con David y las recién unificadas tribus de Israel. Pero también tiene un significado más amplio. El comentario de los Salmos de Artscroll Tanach Series incluye una interpretación del Tora del rabino Samson Raphael Hirsch, uno de los principales eruditos de los cinco primeros libros de la Biblia.  Él dijo: “Ciertamente, si Dios es Rey Creador, entonces tiene el derecho de darnos sus instrucciones.  Estas producen vida y plenitud en los individuos y las sociedades que le aman, pero los que niegan a Dios se rebelan contra ellas”.

Dios desea que Su pueblo, tanto judío como cristiano, sea luz a las naciones, llevando un conocimiento fidedigno sobre sus instrucciones dadas al mundo, según están expresadas en las Escrituras.  En Éxodo 19:5-6, dice: “Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra.  Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa.  Estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel”.

Dios también dijo por medio del profeta Isaías: “Vosotros sois mis testigos, dice Jehová, y mi siervo que yo escogí...” (Isaías 43:10a).

El apóstol Pedro amplía el sentido de ese pasaje para incluir a todos los que son del pueblo de Dios en Cristo, diciendo: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia.   Amados, yo os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma, manteniendo buena vuestra manera de vivir entre los gentiles; para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, glorifiquen a Dios en el día de la visitación, al considerar vuestras buenas obras” (1 Pedro 2:9–12).

Por lo tanto, debemos ser testigos y embajadores de Dios. El rabino Jonathan Sacks dice: “Cuando los judíos son fieles a su misión, cuando viven, dirigen e inspiran a otros, siendo judíos, el nombre de Dios es exaltado.  Ninguna nación ha recibido una responsabilidad tan grande y crucial como esta.  Y también significa que cada uno de nosotros tenemos que ser parte de esa tarea”.   Nosotros los cristianos, siendo creyentes en el Dios de Israel y quienes nos hemos identificado con el Israel de Dios, adquirimos la misma responsabilidad de ser embajadores de Dios.  El Señor Jesús nos dijo: “Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder.  Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa.  Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:14–16).

Si damos a conocer al Dios verdadero por medio de nuestras vidas y enseñamos sobre su compasión y justicia moral, las naciones del mundo también podrán entrar en una relación correcta con Él.  A la larga, quienes se oponen a su autoridad algún día tendrán que admitir que la verdadera bendición proviene de conocer al único Dios y de vivir según sus principios: “Entonces nuestra boca se llenará de risa, y nuestra lengua de alabanza; entonces dirán entre las naciones: Grandes cosas ha hecho Jehová con éstos” (Salmo 126:2).

Nosotros reconocemos al Dios de Abraham, Isaac y Jacob como Rey Soberano de este mundo que creó, y somos responsables por adelantar su reino. Debemos vivir vidas ejemplares que brillen ante los demás.  También debemos actuar en respuesta al Salmo 2:8, intercediendo por las naciones.

El espíritu de maligno que impera en este mundo rehúsa reconocer a Dios, sin embargo, el Señor Jesucristo nos dijo: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá.   Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.  ¿Qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra?  ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente?  Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?” (Mateo 7:7–11).

Nosotros, como seguidores de Dios, proclamamos su Reino en este mundo y tenemos el derecho a reclamar sabiduría para testificarle a los perdidos.  Dios espera que le pidamos y si no se lo hacemos, no cumplimos con su mandato.  Sabemos que es Su voluntad que toda la humanidad ande en sus caminos y sea bendecida.  Cuando intercedemos por las naciones, oramos en contra del espíritu del maligno y podemos tener la confianza de que oramos según la voluntad de Dios.

El apóstol Juan nos recuerda: “Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye.  Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho” (1 Juan 5:14–15).

Dios promete que Él finalmente hará que tengan cumplimiento estos versículos  “Se acordarán, y se volverán a Jehová todos los confines de la tierra, y todas las familias de las naciones adorarán delante de ti.   Porque de Jehová es el reino, y él regirá las naciones” (Salmo 22:27–28).

Dios escogió al pueblo judío para que fuese su especial tesoro entre las naciones del mundo.  Lo hizo por la razón que describe en su Palabra:  “Porque yo sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová, haciendo justicia y juicio, para que haga venir Jehová sobre Abraham lo que ha hablado acerca de él” (Génesis 18:19).

Les ordenó que fuesen un reino de sacerdotes y nación santa, y que fueran bendición para todas las familias de la tierra, reflejando de esa manera su carácter.  Si usted cree en el Dios de Israel, entonces también se ha comprometido a unirse en esta misión de transformar al mundo, y debe vivir una vida que refleje la gloria de Dios intercediendo por las naciones.

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