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Llevaban puestos cuarenta órganos

Un misionero que regresó con licencia a su casa fue invitado a una comida en un gran lugar para vacaciones de verano en donde conoció a muchas damas de prominencia y posición.

Después de la comida fue a su habitación y le escribió una carta a su esposa.  Le dijo: Querida esposa: Hoy he comido en el hotel.  La compañía era maravillosa.  Ví cosas extrañas.  Estaban muchas señoras presentes.  Había algunas, quienes de acuerdo con mi conocimiento, llevaban puesto encima una iglesia, 40 órganos y 20 bibliotecas”.

En su gran anhelo de conseguir dinero para llevarle el Evangelio a los millones de almas hambrientas, no pudo refrenarse y comparó el valor de las sedas, satines y diamantes que llevaban las invitadas a la comida, en función de lo que la gente necesitaba.

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