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Jesucristo, Nuestra Pascua

“Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, sin levadura como sois; porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros” (1 Corintios 5:7).  El apóstol Pablo usó estas palabras para enfatizar que el Señor Jesucristo es una realidad viviente.  Al hacer esto nos recuerda, que las normas para la sociedad de este siglo veintiuno, no son tan diferentes a esas que prevalecían en el imperio romano a través del cual viajó y predicó la verdad del Cristo resucitado. 

Sin embargo, su idea central bien puede significar mucho más de lo que usted pueda pensar.  La Pascua no sólo es una festividad que debe ser recordada en la primavera de cada año, sino que está personificada en Cristo y es una realidad viva y constante.

La enseñanza inspirada de Pablo y sus escritos, estaban dirigidos a una sociedad que había sucumbido a la inmoralidad en todos los niveles: sociales, políticos y personales.  Los griegos, romanos y paganos, ocupaban lo que hoy llamamos Europa y Asia y adoraban en miles de formas irracionales, supersticiosas y demoníacas.

Como los norteamericanos hoy y la sociedad civilizada, los corintios eran personas orgullosas y se consideraban a sí mismos como académicos y líderes sociales en el mundo.  El sur de Grecia era la sede de los filósofos y científicos, pero la condición de la sociedad era abismal y se estaba hundiendo en el colapso.  Cualquiera que haya leído las epístolas de Pablo o estudiado los tratados y su historia, puede asociar todo esto con el caos e inmoralidad que prevalece hoy.

La primera epístola del apóstol Pablo a los corintios nos recuerda, que hasta esos que se acercaron a Cristo continuaron en sus viejos caminos de la vida.  Incluso, entre ellos uno había cometido el grave pecado del adulterio, y por la razón que fuera, el cuerpo de los creyentes en Corinto habían continuado en compañerismo con él.

El apóstol escribió: “De cierto se oye que hay entre vosotros fornicación, y tal fornicación cual ni aun se nombra entre los gentiles; tanto que alguno tiene la mujer de su padre.  Y vosotros estáis envanecidos.  ¿No debierais más bien haberos lamentado, para que fuese quitado de en medio de vosotros el que cometió tal acción?  Ciertamente yo, como ausente en cuerpo, pero presente en espíritu, ya como presente he juzgado al que tal cosa ha hecho.   En el nombre de nuestro Señor Jesucristo, reunidos vosotros y mi espíritu, con el poder de nuestro Señor Jesucristo, el tal sea entregado a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús.   No es buena vuestra jactancia.  ¿No sabéis que un poco de levadura leuda toda la masa?  Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, sin levadura como sois; porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros.  Así que celebremos la fiesta, no con la vieja levadura, ni con la levadura de malicia y de maldad, sino con panes sin levadura, de sinceridad y de verdad.  Os he escrito por carta, que no os juntéis con los fornicarios; no absolutamente con los fornicarios de este mundo, o con los avaros, o con los ladrones, o con los idólatras; pues en tal caso os sería necesario salir del mundo.  Más bien os escribí que no os juntéis con ninguno que, llamándose hermano, fuere fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón; con el tal ni aun comáis.  Porque ¿qué razón tendría yo para juzgar a los que están fuera?  ¿No juzgáis vosotros a los que están dentro?  Porque a los que están fuera, Dios juzgará.  Quitad, pues, a ese perverso de entre vosotros” (1 Corintios 5:1–13).

La Pascua no es sólo una tradición que debe ser observada en el tiempo determinado en el calendario de festividades. ¡Sino que se trata de una realidad viva!  Una de las verdades más increíbles del cristianismo, es que Jesús literalmente se convirtió en el pan sin levadura que fue partido y quebrantado por nosotros.

“Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás...  De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna.  Yo soy el pan de vida” (Juan 6:35,47–48).

En esta temporada santa en que recordamos su resurrección, debemos enfatizar exactamente lo qué significa: Que marcó el tiempo cuando una cadena simbólica y profética de eventos se hicieron realidad. ¡Que así como consumimos el pan - el alimento para sustentar nuestra existencia, ese Pan de Vida sea consumido para levantarnos hacia el reino de la vida eterna!

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