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Boletin dominical - 02/12/12

  • Fecha de publicación: Sábado, 01 Diciembre 2012, 17:35 horas

La mayoría de los cristianos conocemos el primer milagro que hizo el Señor. Esto ocurrió en Caná de Galilea. Fue en ocasión de una fiesta de bodas. Entre los invitados estaba también María, la madre de Jesús. Lo que nos interesa para esta meditación es cuanto aparece en los versículos 3 en adelante de Juan 2. Tenemos aquí una singular enseñanza y debemos aprovecharla al máximo.

Notemos los versículos 3 y 4: “Y faltando el vino, la madre de Jesús le dijo: No tienen vino. Jesús le dijo: ¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora”.

La mayoría de los cristianos conocemos el primer milagro que hizo el Señor.  Esto ocurrió en Caná de Galilea.  Fue en ocasión de una fiesta de bodas.  Entre los invitados estaba también María, la madre de Jesús.  Lo que nos interesa para esta meditación es cuanto aparece en los versículos 3 en adelante de Juan 2.  Tenemos aquí una singular enseñanza y debemos aprovecharla al máximo.  Notemos los versículos 3 y 4: “Y faltando el vino, la madre de Jesús le dijo: No tienen vino.  Jesús le dijo: ¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora”.

     Teniendo en cuenta el proceder de los hombres, los sirvientes en esas bodas creían que María tenía mayor aceptación de Jesús que ellos.  Esto ha llevado al cristianismo nominal a elevarle plegarias a la supuesta “siempre virgen”, alegando que... «¡Por supuesto que el Señor no rechazaría jamás a su propia madre!».  Pero... ¿Tenemos alguna prueba bíblica de tal proceder del Señor?  Recuerde que Él mismo dijo: “Venid a mí todos”.  El Señor no tiene a sus... “favoritos”, ni aun su misma madre María: “Jesús le dijo: ¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora” (Jn. 2:4).  “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera” (Jn. 6:37).

No olvidemos que el paganismo mariano comenzó mucho antes del catolicismo romano tal como lo conocemos nosotros.  El encumbramiento de María por ser la madre de Jesús lo vemos en Lucas 11:27, 28.  Esta corrección del Señor para quienes madrugaron con encumbrar a María tiene mucho de parecido a lo que Él mismo le dijo a su madre cuando ella le comunicó del problema que significaba la falta de vino en plena fiesta.  ¿Esperaba ella esa respuesta de Él?  Las palabras del Señor hasta parecen una falta de respeto a su propia madre: “¿Qué tienes conmigo, mujer?”.

La diferencia entre ella y las demás mujeres que fueron salvas y lo son hasta hoy, radica en que ella cumplió con la misión que le fue encargada de parte del mismo Señor.  Además, si nos preguntamos cómo es que María no se ofendió por la respuesta que recibió, se debe a que ella fue la primera en recibirle por Salvador personal: “Y bienaventurada la que creyó, porque se cumplirá lo que le fue dicho de parte del Señor.  Entonces María dijo: Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador.  Porque ha mirado la bajeza de su sierva; pues he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones” (Lc. 1:45-48).

Volvamos ahora a Caná de Galilea para ver qué nos enseña todo cuanto el Señor hizo allí al convertir el agua en vino.  Las palabras de María: “…Haced todo lo que os dijere” (v. 5b) nos muestra que María aprendió a derivar a sus semejantes al mismo Señor Jesús, porque ahora Él era su Salvador.

     NOTEMOS LO QUE EL SEÑOR LES ORDENA:
     Jesús les dijo: Llenad estas tinajas de agua.  Y las llenaron hasta arriba.  Entonces les dijo: Sacad ahora, y llevadlo al maestresala.  Y se lo llevaron” (Jn. 2:7, 8).

¿Qué hizo que ellos fueran tan obedientes y llenaran las tinajas de agua cuando en realidad lo que se necesitaba era vino?  Esta pregunta se puede contestar con otra.  Resulta que ellos lo hicieron en obediencia a lo que les dijo una mujer regenerada, María.  Cuando un cristiano es bienaventurado por haber creído, su mensaje puede tener un gran impacto en muchas vidas.  María aprendió que su deber era guiar a otros a Quien la había salvado a ella.

     LAS PALABRAS DEL MAESTRESALA:
     “Cuando el maestresala probó el agua hecha vino, sin saber él de dónde era, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo, y le dijo: Todo hombre sirve primero el buen vino, y cuando ya han bebido mucho, entonces el inferior; mas tú has reservado el buen vino hasta ahora” (Jn. 2:9 ,10).

¡Cuán importante es que entendamos el significado espiritual de este comentario cuando dice: “Todo hombre sirve primero el buen vino, y cuando ya han bebido mucho, entonces el inferior; mas tú has reservado el buen vino hasta ahora”!

¿Cuál es la aplicación de todo esto a nuestra vida, es decir, la de cada cristiano?  Muchos cristianos quieren gozar de muy buena salud y de comodidades materiales, fieles amigos, hijos sanos e inteligentes y una vida plena de victoria en el campo de la santidad.  Pero... ¿Acaso no los hay aquellos que con el intento de tenerlo todo en su juventud, cuando llegan a una edad llamada… «la tercera», andan totalmente inútiles?  El Señor no nos niega si deseamos todo lo mejor en nuestros días en plena juventud, pero Él desearía más bien que sepamos invertir la juventud sirviéndole a Él, pero que en la edad mayor podamos cosechar el “buen vino”, la comunión muy estrecha con Él y que veamos a nuestros hijos y nietos todos sirviéndole.  Las diversiones juveniles tienen su propio sabor, pero esos años deben ser la siembra de la buena semilla para finalmente tener buena cosecha cuando lleguemos a la edad de incontables arrugas, de soledad, de falta de la dentadura, cuerdas vocales que no nos responden y las piernas que no pueden cargar con un esqueleto de pocos kilogramos.  Esto ocurre cuando el mejor “vino” lo bebemos al comienzo de nuestra carrera de la vida, porque queremos hacer como los demás, ya que... el mundo sirve primero el buen “vino”.  ¡No debemos hacer lo que hacen los demás, queriendo gozar de la vida mundana en los mejores años de nuestra juventud!  ¿Recuerda lo que dice el salmista?: “El justo florecerá como la palmera; crecerá como cedro en el Líbano.  Plantados en la casa de Jehová, en los atrios de nuestro Dios florecerán.  Aun en la vejez fructificarán; estarán vigorosos y verdes, para anunciar que Jehová mi fortaleza es recto, y que en él no hay injusticia” (Sal. 92:12-15).

       J. Holowaty, Pastor

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