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¿Próximos a partir?

  • Fecha de publicación: Sábado, 25 Julio 2020, 18:16 horas

Este mensaje que fuera escrito por el Pastor José Holowaty a finales de la década de 1980, cuando fungía como director del programa Profecías Bíblicas de la Southwest Radio Church, en la ciudad de Oklahoma, fue muy importante y esclarecedor en ese tiempo, pero hoy lo es mucho más.

Al leerlo se advertirá de cómo Dios facultó a su siervo para que hiciera una proyección de lo que estaba ocurriendo entonces, permitiéndole por medio del estudio de su Palabra, que anticipara lo que está sucediendo ahora.  Es además un mensaje de aliento, esperanza y estímulo para que todos los cristianos nos preparemos para el próximo encuentro con el Señor: “El que da testimonio de estas cosas dice: Ciertamente vengo en breve. Amén; sí, ven, Señor Jesús. La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con todos vosotros. Amén” (Ap. 22:20, 21).

Es probable que algunos hermanos digan: «Pero... ¿Por qué el Pastor Holowaty insiste tanto en el asunto del arrebatamiento?»  Admito que insisto, y es muy fácil saber el “por qué realmente quiero que esto suceda pronto”.  No, no estoy diciendo que estaré muy feliz ante el Tribunal de Cristo.  Reconozco que tendré que lamentar mucho lo mal que he hecho, pero de lo que sí estoy seguro, es que aunque el Señor me coloque en el pedestal más bajo, la vida que viviré entonces será tan maravillosa que es difícil describirla ahora.

Jesús, hablando cierta vez de Juan el Bautista dijo: “De cierto os digo: Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el reino de los cielos, mayor es que él” (Mt. 11:11).  Juan el Bautista hizo temblar el desierto de Judea, hizo llorar a los hombres quienes espontáneamente llegaban ante él confesando a Dios sus pecados.  Llamó la atención a la crema religiosa de su día, algo así como El Vaticano de hoy, descendiendo muchos de ellos de sus pedestales jerárquicos para recibir el bautismo de manos de este hombre humilde.

Juan el Bautista tenía la misión de preparar el camino al Señor Jesús.  Lo presentó ante la nación de Israel, e hizo temblar al perverso Rey Herodes al exponerle su pecado por vivir con la esposa de su hermano.  Sin embargo, Jesús dijo que el menor en su reino era superior a Juan.  De modo que, tomando todo esto en cuenta, yo me uno a los millones que dicen: “Sí, ven, Señor Jesús” (Ap. 22:20b).

Pero hay otras razones para desear que el rapto ocurra hoy:
- Al ver a tantos predicadores falsos proclamando el endiosamiento del hombre y enseñando la superstición de la autoestima, la visualización y las supuestas nuevas revelaciones.
- Al escuchar de los crímenes cada vez más y más violentos, cometidos incluso por niños de corta edad.
- Cuando oigo las soluciones que ofrecen para las enfermedades venéreas, incluso hasta cristianos, quienes todo lo resuelven con más dinero y más educación, evitando mencionar el pecado y la perversión.
- Cuando me entero de los privilegios de que disfrutan quienes sistemáticamente destruyen los principios morales más elementales e imponen sus prácticas perversas del homosexualismo, mientras que al mismo tiempo nuestros legisladores, con tal de recibir votos, aprueban el estilo de vida más perverso y aberrante que uno pueda imaginar.
- Cuando veo que se ha prohibido el libro de Dios, la Biblia, en las escuelas, mientras a cambio se propaga el paganismo hindú, el ocultismo, la visualización, el yoga y las prácticas antiguas de los paganos que fueron destruidos por Dios cuando Israel conquistó Palestina.
- Pero eso no es todo, ¡también deseo el arrebatamiento por el adormecimiento y apatía de mis propios hermanos!

Nuestro cristianismo superficial y de careta dominical no podría resistir hoy la más mínima amenaza de persecución.  Son muy pocos los hermanos que están dispuestos a sufrir incomodidad, ya sea para ayudar a alguien con la transportación, enseñar, dirigir o gastar algo de lo suyo por amor al Señor.  Pero... ¿Qué pasó con los hermanos que desean servir al Señor? ¿Qué pasó con nuestras reuniones de oración siendo que usted llega a tiempo a su casa? ¿Qué hace los miércoles por la noche cuando un puñado de hermanos están orando? ¿En dónde están sus hijos más jóvenes? ¿Es usted una de esas madres que clama a Dios por la salvación de su hijo o hija? ¿Es esa esposa sabia y prolija que mantiene a raya las influencias mundanas en su hogar? ¿O se pasa la vida contemplando la morbosidad putrefacta de las llamadas telenovelas de amor que no son otra cosa más que “Escuelas de sensualismo” producidas en los talleres de Lucifer para corromperle a usted y a su familia?  Satanás quiere que sea una esposa aburrida e inútil y que sus hijos pasen de esta vida, sin escala intermedia, directamente hacia el infierno.  ¡Hermanos! ¿Cuándo despertaremos?

Jesús dijo cuando entró en el templo: “Mi casa es casa de oración; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones” (Lc. 19:46).  Y yo me pregunto: ¿Qué son nuestros hogares hoy? ¿Cuevas de hipócritas, mezquinos, charlatanes y santos dominicales? ¿Cuevas de ladrones, de egoístas, mentirosos y con apariencia de servidores del Señor?  Padres: ¿Dónde están las responsabilidades de ustedes como cabezas del hogar que dirigen la formación y el crecimiento espiritual de toda la familia?

La Iglesia no es una persona, es un cuerpo.  Si los miembros se atrofian porque se niegan a doblegarse delante del Señor, la Iglesia está condenada, en el mejor de los casos a la silla de ruedas y tal vez hasta la misma muerte.  Ninguna Iglesia puede darse el lujo de crecer si no tiene principios bíblicos en su formación doctrinal, sino que practica una vida como cualquier Iglesia liberal.  Es probable que la única razón para la falta de crecimiento de la Iglesia sea el PECADO.  El pecado colectivo e individual de cada hermano.  Si no estamos dispuestos a corregir esto, aunque lloremos, oremos, ayunemos y hagamos esfuerzos titánicos, no saldremos de la morgue en la que estamos.  No hermanos, no debemos hacernos los ciegos ante nuestras propias faltas y esperar que el Señor nos bendiga con una Iglesia floreciente, saludable y siempre en crecimiento.  Una Iglesia en donde las familias destrozadas se componen, donde los jóvenes arruinados encuentran la solución, los matrimonios descubren una vida feliz y abundante, los pecadores claman por el perdón de Dios y la regeneración de las almas es rutina dominical.  Sé que hay sólo dos cosas que deben hacerse en estos casos:

1.  Confesar los pecados y
2.  Abandonar esos pecados.

          “El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia” (Pr. 28:13).  Todos tenemos el deber de confesar los pecados.  Nadie puede pretender que no tiene nada que confesar y de qué arrepentirse...

-  ¿Hay malos pensamientos en su corazón?  Eso es pecado.
-  ¿Hay deseos de grandeza o de sobresalir?  Es pecado.
-  ¿Hay pensamientos sensuales y codicia en su mente?  Es pecado.
-  ¿Falta de respeto hacia su cónyuge?  Es pecado.
-  ¿Falta de atención por los hijos?  Es pecado.
-  ¿No coopera económicamente con la Iglesia?  Es pecado.
-  ¿Hay ofensa en su corazón contra algún hermano?  Es pecado
-  ¿Practica algún negocio turbio, perjudicando a otros?  Es pecado.
-  ¿Hay desprecio de su parte por la Palabra de Dios y la oración?  Eso se llama pecado de negligencia.

¿Recuerda el caso de Acán?  Los israelitas acababan de conquistar Jericó, la primera de las tantas ciudades que debían tomar.  Todo era maravilloso.  Dios intervino y la conquista resultó un éxito rotundo.  Pero el Señor había ordenado que todo cuanto tenía este pueblo debía ser destruido.  No obstante, un caballero de nombre Acán codició ciertos objetos y se los llevó, guardándolos en un lugar determinado para luego recogerlos.  ¡Nadie sabía nada, excepto él mismo, y Dios!

Josué envió a Hai, la segunda en conquistar, sólo 3.000 hombres porque el informe que le dieron era que la ciudad era muy pequeña y que con ellos era más que suficiente.  Para sorpresa, los enviados de Josué fueron derrotados, muriendo 36: “Y los de Hai mataron de ellos a unos treinta y seis hombres, y los siguieron desde la puerta hasta Sebarim, y los derrotaron en la bajada; por lo cual el corazón del pueblo desfalleció y vino a ser como agua” (Jos. 7:5).

Todavía nadie sabía nada del pecado de Acán.  Por eso Josué, junto con otros ayudantes inmediatos, se humillaron delante de Dios y clamaron a Él por ayuda.  No podían entender cómo iban a conquistar todo el territorio de Canaán.  Apenas estaban comenzando y ya los habían derrotado: “Y Josué dijo: ¡Ah, Señor Jehová! ¿Por qué hiciste pasar a este pueblo el Jordán, para entregarnos en las manos de los amorreos, para que nos destruyan? ¡Ojalá nos hubiéramos quedado al otro lado del Jordán! ¡Ay, Señor! ¿qué diré, ya que Israel ha vuelto la espalda delante de sus enemigos? Porque los cananeos y todos los moradores de la tierra oirán, y nos rodearán, y borrarán nuestro nombre de sobre la tierra; y entonces, ¿qué harás tú a tu grande nombre? Y Jehová dijo a Josué: Levántate; ¿por qué te postras así sobre tu rostro? Israel ha pecado, y aun han quebrantado mi pacto que yo les mandé; y también han tomado del anatema, y hasta han hurtado, han mentido, y aun lo han guardado entre sus enseres. Por esto los hijos de Israel no podrán hacer frente a sus enemigos, sino que delante de sus enemigos volverán la espalda, por cuanto han venido a ser anatema; ni estaré más con vosotros, si no destruyereis el anatema de en medio de vosotros” (Jos. 7:7-12).

Pero destaquemos algunos aspectos: Era el pecado de un hombre, no de todo Israel.  Nadie sabía de esto, excepto quien lo cometió y Dios mismo.  Por eso Josué sintiéndose fracasado recurrió a la oración.  Dios le responde diciéndole que no era momento para orar, porque había que resolver el problema de un pecado en particular.  Dios no acusa a un hombre sino que dice “Israel ha pecado”.

Pero... ¿Acaso no era Acán el culpable?  Esto nos enseña que cuando un miembro de la Iglesia está en pecado, toda la Iglesia en cierto modo es culpable de ello.  Cuando un miembro de nuestro cuerpo está enfermo, todo nuestro organismo sufre a causa de ese padecimiento.  Tenemos que guardar cama o ir a un hospital.  Hay ocasiones, incluso que hay que amputar el miembro afectado para poder sanar.

Hoy diríamos que el pecado de Acán era “un pecado insignificante”: el pecado de “codicia”.  Pero Josué tomó el asunto en serio, halló al culpable, le impuso el castigo determinado y únicamente entonces Israel fue victorioso.  Permítame destacar eso de que “Uno sólo pecó”.  ¿Recuerda el caso que aborda Pablo en el capítulo 5 de 1 Corintios?  En esta ocasión fue también sólo uno de los hermanos quien pecó.  Sin embargo, Pablo dice algo que debe hacernos reflexionar: “No es buena vuestra jactancia. ¿No sabéis que un poco de levadura leuda toda la masa? Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, sin levadura como sois; porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros” (1 Co. 5:6, 7).

Lo que Pablo está diciendo es: «Si un hermano está en pecado, toda la Iglesia está comprometida con ese pecado.  El hermano es ese ‘poco de levadura’ capaz de fermentar toda la masa.  Es cierto que es sólo uno entre varias decenas o centenas, pero el resto de la iglesia es el resto de la masa».  Pablo no dice que todos están cometiendo el mismo pecado.  Sin embargo, Dios sí consideraba a toda la Iglesia en Corinto culpable del asqueroso pecado de un sólo hermano.  Por lo tanto, la única solución era expulsarlo para que la congregación pudiera volver a la normalidad.  Hoy en día las Iglesias no expulsan a nadie.  ¿Es que ya no hay más pecado entre los creyentes? ¿O será acaso que lo están ocultando bajo su propio “manto babilónico... [unos] doscientos siclos de plata, y un lingote de oro de peso de cincuenta siclos”?

La Iglesia oculta su “manto de apariencia”, su plata y su oro que no quiere compartir para la obra del Señor.  Creo que el pecado de anatema es algo que no tuvo, no tiene, ni tendrá solución jamás.  Por eso dice en Levítico 27:29: “Ninguna persona separada como anatema podrá ser rescatada; indefectiblemente ha de ser muerta”.

Pablo también le habla del anatema a los Gálatas: “Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente. No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo.  Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido sea anatema” (Gá. 1:6-9).

Estas son palabras muy fuertes y hasta se puede considerar que Pablo, inspirado por el Espíritu Santo emite juicio contra quien comete pecado de anatema.  El pecado encubierto en la Iglesia hace que otros perezcan, impide que ésta crezca.  El pecado encubierto en la Iglesia rebaja el testimonio de esa congregación y le cierra las puertas a la victoria tal como ocurrió con Josué y su ejército.  A cualquiera que esté comprometido con el pecado, mi consejo, es que cuanto antes lo resuelva delante del Señor, siguiendo el consejo de Proverbios 28:13: “El que encubre su pecado no prosperará; mas el que lo confiesa y se aparta alcanzará misericordia”.  Si está decidido a apartarse de su pecado confiéselo a Dios mismo, pero si no quiere abandonar su pecado, ¡APÁRTESE DE LA IGLESIA y permita que ésta siga adelante!  De lo contrario Dios tomará medidas muy pronto.  El pecado siempre tiene consecuencias y lo tendrá en usted también.

¿Está preparado para partir?

Al hablar de “partir” no estoy refiriéndome necesariamente a la muerte física, medio que nos permite “partir y estar con Cristo”.  Estoy pensando en la partida colectiva de todos los redimidos, porque este momento está demasiado cerca.  Cuando las personas hacen sus declaraciones de cuán bueno o malo está todo, es importante que aprendamos a distinguir según de quien venga.  Hay hombres muy conservadores y moralmente intachables, pero no creen en la Biblia ni en sus profecías.  Para ellos no hay tal cosa como “arrebatamiento, segunda venida, resurrección de los muertos” ni nada de eso.  Consideran la Biblia como un libro respetable, pero de ninguna manera son capaces de vivir en conformidad con sus enseñanzas.

Si escucha hoy a algunos que proclaman el Evangelio, que se dedican a dar conferencias sobre la veracidad de la Biblia y cómo el Señor nos está mostrando la cercanía del fin, mi consejo es que los escuche con atención, creyendo que Él sin duda los está usando para su propio bien.  Si le va a hablar, lo hará por medio de alguien que bebe de la fuente de Su sabiduría.  Dios nunca usa profetas falsos aunque sean muy nobles, morales, filántropos y hasta eclesiásticos. “He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria” (1 Co. 15:51-54).

No importa cuántas vueltas quiera darle a estas palabras, siempre significarán lo mismo.  Siempre tendremos que entender que Dios está hablándonos aquí del traslado de su amada Iglesia para encontrarse con su Salvador.  Será en un momento, en una fracción de segundo.  Cuando esto ocurra, todos los salvos que hayan muerto, resucitarán en un cuerpo glorificado.  Mientras que los que estén vivos serán transformados.  En un instante se encontrarán en las alturas, en un lugar no especificado para reunirse con su Señor: “Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero.  Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor” (1 Ts. 4:16, 17).

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